¡YAHOI! ¡Buah, la de tiempo que hacía que no podía actualizar Loneliness! Sorry por eso, Mor xDD.

Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.


Uselessness

Llevaban varias semanas buscándola, y parecía que al fin habían dado con ella. El rastro los había llevado hacia una pequeña aldea semioculta en el bosque. No había duda de que ella estaba allí. Su olor estaba por todas partes.

—Es aquí—dijo. Su compañero de viaje asintió, ya imaginándoselo—. Miroku… ¿crees que…

—Pronto lo sabremos, InuYasha. —El medio demonio respiró hondo y asintió—. Seguiremos el plan: yo iré primero y le diré que quieres verla. Seguro que no se negará. Entonces podrás pedírselo. —InuYasha asintió, conforme. Se acomodó en una de las ramas más altas de un árbol cercano a la aldea, bien oculto por el follaje del mismo. No quería asustar a los aldeanos antes de tiempo.

Así pues, Miroku inició el avance hacia la aldea. La gente se lo quedaba mirando, ligeramente sorprendida, tanto como desconfiada. No era muy normal que extranjeros fueran a parar a su aldea. Y por allí no es que le tuvieran mucho cariño a los monjes, precisamente. No obstante Miroku sonreía con despreocupación, totalmente relajado. Se acercó a un aldeano que enseguida se apartó de él. Miroku amplió su sonrisa.

—Disculpe, buen hombre, soy un monje viajero. Llevo varios días andando sin descanso y me preguntaba si podrían darme asilo hasta mañana. —El hombre arrugó la nariz, pero termino contestando.

—Hable con el jefe de la aldea. Su cabaña es aquella de allí. —El aldeano señaló la construcción de madera más grande del lugar. Miroku asintió; sacó un par de monedas del interior de su hábito y se las tendió al hombre.

—Gracias por su ayuda. —El aldeano miró asombrados las dos monedas que ahora tenía en la mano. Balbuceó un agradecimiento, aun aturdido, y se apresuró a irse al tiempo que guardaba las monedas a buen recaudo entre sus humildes ropas.

Miroku dirigió entonces sus pasos hacia la cabaña del jefe. Llegaba a la entrada justo cuando de su interior salía un hombre.

—Disculpe. —El hombre se volvió, entrecerrando los ojos al ver a un monje delante de su casa.

—¿Qué quieres, extranjero?—Cuánta agresividad, pensó Miroku para sus adentros. Ya no había respeto ni educación en el mundo.

—Soy un monje viajero, llevo caminando varios días seguidos y me preguntaba si podría descansar en su aldea. Solo por esta noche. —El jefe tardó unos largos segundos en contestar.

—Tendrá que ir a ver primero a nuestra sacerdotisa. —Miroku asintió, preguntándose si dicha sacerdotisa no sería la persona que habían ido a buscar. Siguió al jefe por media alea hasta una cabaña que se notaba era recién construida. De su interior salía un aroma a hierbas y ungüentos medicinales, así como también se oían voces.

El hombre que lo acompañaba apartó la estera de bambú e intercambió unas palabras con las personas de dentro. Entonces se hizo a un lado y de la cabaña salieron dos personas: una mujer y una niña. La niña tenía el ceño fruncido y se agarraba a las ropas de la mujer, mirándolo con palpable desconfianza. La mujer, por otro lado, tenía los ojos clavados en él, sin expresión alguna en el rostro.

—Monje.

—Vaya, Kikyō-sama, cuánto tiempo. —El hombre y la niña miraron para la sacerdotisa.

—¿Lo conoce, Kikyō-sama?

—Algo así. —Aquella afirmación pareció aliviar considerablemente al hombre y a la niña.

—Disculpe mis modales de antes. Son tiempos difíciles. —Miroku hizo un gesto con la mano, quitándole importancia.

—No pasa nada. Lo comprendo.

—¿A qué has venido?—Miroku sonrió apaciblemente en dirección a Kikyō.

—Me gustaría descansar del viaje, si no es molestia. —La sacerdotisa asintió y le dejó paso a su morada.

—Un momento. —Kikyō se volvió y puso una mano en la cabeza de la niña—. Luego nos vemos, Aiko-chan. Seguiremos con la lección. —A la niña se le iluminó el rostro y le dio un abrazo a la mujer, para acto seguido marcharse en compañía del jefe de la aldea.

Kikyō cerró la estera de bambú y se arrodilló frente a Miroku, quien ya estaba cómodamente sentado con la espalda apoyada en una de las paredes de la cabaña. Kikyō siguió con la tarea a la que estaba antes de que Miroku las interrumpiera a ella y a Aiko.

—Veo que se ha asentado muy bien aquí. —Kikyō no contestó. El silencio se apoderó de la vivienda hasta que Miroku suspiró—. InuYasha está aquí. Ha venido conmigo.

—Lo suponía. Sino, no me habrías encontrado. —Miroku se sintió algo ofendido por sus palabras, pero decidió pasarlo por alto. No era momento de tonterías.

—Quiere hablar con usted.

—¿Y por qué no ha venido él mismo?—Miroku alzó las cejas. Kikyō suspiró, cesando al tiempo el movimiento de sus manos—. ¿Qué queréis? Debe de ser importante si InuYasha ha tenido el valor de venir a buscarme—dijo con cierto rencor en la voz.

—No creo que sea la más indicada para hablar, Kikyō-sama. ¿No lo cree?—Kikyō apretó los labios, reprimiendo así el reproche que quería abandonarlos—. Tenemos algo que pedirle. —La sacerdotisa parpadeó, ahora confusa. ¿Algo que pedirle? ¿InuYasha y el monje? ¿Qué sería? Debía de ser algo gordo para que InuYasha se atreviese a ir a buscarla.

Suspiró largamente y al final asintió. No tenía sentido que se pusiera caprichosa ni orgullosa. Igual era algo importante relacionado con Naraku o con la Joya. Se levantó, sacudiendo sus ropas. Recogió su arco y sus flechas mientras Miroku también se incorporaba.

—Vayamos, pues. Cuanto antes, mejor. Las conversaciones incómodas no conviene demorarlas.

—Estoy de acuerdo. —Así, ambos salieron de la cabaña donde la mujer se alojaba. Miroku se puso delante, guiando a la miko hacia las afueras de la aldea. Cuando llegaron a una zona frondosa del bosque, desde donde los aldeanos no los podían ver, Miroku se detuvo y silbó. Al segundo una figura roja cayó frente a ellos, flexionando los tobillos para amortiguar así la caída.

El corazón de Kikyō comenzó a latir frenético en cuanto un par de ojos dorados se clavaron en ella. Era inevitable. A pesar de todo el daño que se habían causado el uno al otro, todavía lo amaba.

Onee-sama…

Estoy bien. —Intentó calmar al alma de su hermana con ese pensamiento, pero ambas sabían que estaba lejos de estar bien.

—Kikyō… —La voz masculina, ronca, varonil, la hizo temblar. Tuvo que aferrar con fuerza el arco para evitar que él notara lo que su sola presencia le causaba—. Yo…

—¿A qué habéis venido?—preguntó bruscamente. No quería alargar el encuentro más de lo necesario. No era prudente. No se veía capaz de guardar la compostura por mucho más tiempo.

Contrólate, onee-sama. Recuerda de quién es la culpa. —Las palabras de Kaede le apuñalaron el corazón. Tragó saliva y levantó el mentón orgullosa.

—Necesitamos tu ayuda. —Se atrevió al fin a proferir InuYasha. Aunque no pudo evitar desviar la mirada cuando lo hizo.

—¿Mi ayuda? ¿Para qué? ¿Es que ha pasado algo? ¿El poder de Kagome no es suficiente y vienes corriendo a suplicarme?

¡ONEE-SAMA!—InuYasha la fulminó con la mirada, ahora furioso. A un lado, Miroku suspiró. Aquello iba a ser más difícil de lo que había supuesto.

—En realidad, Kikyō-sama, no tiene nada que ver con el poder de Kagome-sama. Nosotros queríamos pedirle que…

—Necesitamos que vengas con nosotros a la aldea y te quedes allí protegiéndola—interrumpió InuYasha a Miroku. Kikyō se quedó, literalmente, con la boca abierta.

—¿Q-qué? ¿Có-cómo… ¡¿Cómo te atreves a pedirme tal cosa?!

—Kagome tiene que acompañarnos en nuestro viaje, pero no quiere dejar la aldea desprotegida. Así que la única solución es que tú te quedes allí.

—También podrías pedirme que yo os acompañara. —InuYasha clavó sus ojos ambarinos en ella, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, en señal clara de molestia.

—No estás en posición de exigir nada, Kikyō, y lo sabes. Nos lo debes y se lo debes a Kaede. —Kikyō sintió en su interior el regocijo que de pronto parecía sentir el alma de su hermanita. Kaede le estaba diciendo que tenía que aceptar, la estaba empujando a ello, estaba intentando doblegar su voluntad. Intentó luchar contra ello. Ella no era la marioneta de nadie ¡de nadie! Y menos de InuYasha y Kagome.

—Kikyō-sama…

Debes aceptar. Es culpa tuya y lo sabes. Si no me hubieras asesinado nada de esto habría pasado. InuYasha tiene razón: me lo debes a mí y se lo debes a ellos. —Kikyō se llevó las manos a la cabeza, con las lágrimas saliendo de sus ojos, deseando más que nunca no haberse dejado llevar por aquella malvada bruja—. Tarde, onee-sama.

—¡Cállate, cállate, cállate!—Miroku la miraba extrañado e InuYasha desdobló los brazos, haciendo ademán de acercarse a la mujer. Pero finalmente se contuvo, manteniéndose en su sitio, firme. No iba a flaquear. Kikyō no merecía compasión por lo que había hecho. Puede que sí por otras cosas, pero el asesinato de Kaede no era una de ellas.

Al fin Kikyō se recompuso y miró a los dos hombres frente a ella inexpresiva, sin mostrar ni una sola emoción en su rostro de porcelana.

—Ki-

—Vosotros ganáis. Pero necesitaré unos días para terminar aquí mis asuntos. —InuYasha asintió. Miroku pareció tremendamente aliviado.

—La acompañaré.

—¿Para vigilarme, monje? ¿Teméis que pueda hacer daño a alguien más?—dijo con el sarcasmo tiñendo su voz.

—Eso ni lo dudes. —El tono duro que empleó InuYasha hizo que su corazón se rompiera en miles de pedazos.

Ahora entendía mucho mejor los sentimientos de su reencarnación, todo el sufrimiento por el que tuvo que pasar cuando InuYasha aun guardaba sentimientos por ella.

Ahora era ella, Kikyō, la que se sentía una inútil como sacerdotisa, la que no podía parar las rebeldes lágrimas que manchaban sus mejillas.

Fin Uselessness


Bueno, bueno ¿os ha gustado? Espero que sí. Hoy agarré el turbo ahora de noche con Mägo de fondo y me dije "¡Lo termino! ¡Lo termino! ¡Que lo termino, leñe!" (?).

Muchísimas gracias por sus reviews del capítulo anterior a: mariankawaii, Anglica, Say's DAIK y, por supuesto, a mi queridísima Capitana Morgan's Panties. ¡TE ADORO!

Joder qué sueño tengo, mierda (perdón por las malas palabras).

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.