Disclaimer: esta historia es una adaptación del libro de Phillips Susan Elizabeth, Heaven Texas, el segundo libro de la saga Chicago Stars adaptados a los personajes del mundo de Naruto, que tampoco me pertenecen, sino a Masashi Kishimoto, aquí nada es mío, pero espero que disfruten de este libro tanto como me gustó a mi.
CAPÍTULO 6
Sasuke se quitó el Stetson, se pasó los dedos por el pelo y echándose hacia atrás miró a Tsunade con ojos fríos y penetrantes.
—Dime si no le he entendido bien. ¿Me estás diciendo que has despedido a Hinata porque no me trajo el lunes?
Estaban al lado del remolque de producción. Eran las seis pasadas, y acababan de terminar el rodaje por ese día. Sasuke se había pasado la mayor parte del día sudando por el calor o con alguien arreglándole el pelo. Por ahora el trabajo no le atraía, esperaba que al día siguiente se pusiera más interesante. Lo único que él había rodado había sido salir por la puerta trasera de la casa, mojarse la cabeza con un cubo de agua y caminar hacia el corral. Lo habían fotografiado desde cada ángulo posible y el director, parecía satisfecho.
—Tenemos un presupuesto muy ajustado —contestó Tsunade—. No hizo su trabajo, así que la despedí.
Sasuke inclinó la cabeza y se frotó la ceja con el pulgar.
—Tsunade, me temo que no has entendido algo que Hinata comprendió desde que me conoció—dijo con un tono seguro que puso nerviosa a la mujer, ya que no sabia con que le iba a salir el pelinegro.
—¿El qué? —preguntó nerviosa, intentando ocultar, sabía que si el estaba temblando como flan sería peor.
—Soy completamente irresponsable—dijo sin ningún tipo de tapujo sorprendiendo a la rubia.
—Por supuesto que no—intentó mediar la mujer. —Por eso está aquí.
—Lo soy. Te aseguro que soy inmaduro, indisciplinado y egocéntrico, más un niño que un hombre, aunque apreciaría que no lo comentases por ahí.
—Eso no es cierto, Sasuke—insistió la mujer, temía que en cualquier momento le dijera que iba a dejar la película.
—Lo cierto es que nunca pienso en nadie salvo en mí mismo. Probablemente te lo debería haber contado desde el principio, pero mi agente no me dejó. Voy a ser honesto contigo. Si tengo que tener a alguien a mi alrededor para mantenerme bajo control, me temo que hay muchas posibilidades de que tú no puedas.
Ella toqueteó su pendiente, algunas mujeres lo hacían cuando estaban nerviosas y ella lo estaba, lo estaba y mucho.
—Supongo que Udón podría hacerlo. —Señaló a uno de los chicos.
—¿Ese que parece bobo de gafas con un sombrero de los Rams? —Sasuke la miró con incredulidad—. ¿Piensas en serio que haría caso a un hincha de los Rams? Cariño, gané mis anillos de la Super Bowl jugando en un equipo de verdad.
Claramente, Tsunade no sabía qué hacer, se le estaban acabando las opciones y parecía que el chico estaba cada vez menos interesado.
—Parece que Amaru te ha impresionado. Te la asignaré—dijo casi desesperada, mientras se sentía un poco mal por utilizar así a su empleada, aunque estaba convencida de que a la chica no le importaría en absoluto.
—Es una chica agradable, esa Amaru. Desafortunadamente, saltan chispas entre nosotros cada vez que nos miramos, cada vez que me enredo con una mujer, puedo hacer que haga cualquier cosa. No lo digo por jactarme, entiéndeme, sólo para informarte. Dudo que Amaru pueda encargarse de mí mucho tiempo.
Tsunade lo miró con ojos perspicaces.
—Si estás intentando que vuelva a contratar a Hinata, te puedes ir olvidando. Es evidente que ella no te puede controlar.
Sasuke la miró boquiabierto como si ella hubiera perdido el juicio.
—¿Estás bromeando? Esa mujer podría dar lecciones a un guardia de prisión. Mira, si dependiese de mí, probablemente no hubiera llegado aquí hasta octubre. Lo cierto es que tuve que visitar a un tío en Houston, y pensamos que era antipatriótico pasar por Kioto sin visitar el rodeo de Mesquite. También necesité un corte de pelo, y el único barbero en el que confío está en Tallahassee. Pero la Señorita Hinata siguió insistiendo y no pude deshacerme de ella. Ya la has visto. No me digas que no es como una de esas solteronas que dan inglés en secundaria.
—Ahora que lo dices… —Tsunade pareció percatarse que la había acorralado e inmediatamente retrocedió—. Entiendo lo que tratas de hacer, pero me temo que no te servirá de nada. He tomado una decisión. Hinata está despedida—sentenció con toda la firmeza que le quedaba.
Él suspiró.
—Disculpa, Tsunade. Sé lo ocupada que estás y estoy haciéndote perder tu tiempo y el mío. —Su sonrisa se volvió más tierna, su voz más suave, pero sus ojos eran tan fríos como bloques de hielo—. Voy a necesitar una ayudante personal y quiero que sea Hinata. Es ella o ella, tú decides.
—Ya veo. —Bajó los ojos, consciente de que había recibido un ultimátum—. Entonces te diré lo que hay. Si la vuelvo a contratar, tendré que despedir a otra persona, andamos mal de presupuesto.
—No hay necesidad de despedir a nadie. Yo pagaré su sueldo, aunque será mejor que lo guardemos en secreto. Hinata es muy pesada con el tema del dinero. ¿Cuánto le pagáis? —preguntó a lo que la mujer le respondió, haciendo que él negara con la cabeza claramente disgustado. —Ganaría más repartiendo pizzas.
—Es un empleo de principiante—refutó ella.
—No quiero ni suponer a donde iba a llegar aceptando ese empleo de principiante. —Se empezó a dirigir hacia el Thunderbird y después se paró.
—Una cosa más, Tsunade. Cuando hables con ella, quiero que le dejes una cosa totalmente clara. Dile a Hinata que está a mi cargo. Al cien por cien. Su único propósito en esta vida es tenerme contento. Soy el jefe y hace lo que yo le digo. ¿Lo has entendido?
Ella lo miró con desconcierto, no entendía por qué tenía tanto interés en aquella muchacha.
—Pero eso es contrario a todo lo que dijiste antes. Dijiste que ella la única que te podía mantener a raya.
Él le dirigió esa amplia sonrisa que derretía a las mujeres.
—No te preocupes por eso. Hinata y yo ya nos arreglaremos.
. . . . . . . . . . . .
A las nueve de la noche, Tsunade todavía no había encontrado a Hinata, y ni siquiera el brutal entrenamiento al que Sasuke se había sometido en el gimnasio que había montado al lado del apartamento sobre el garaje había aliviado su frustración ante su incompetencia. Después de refrescarse en la ducha, se sentó en la tumbona del dormitorio de su casa de madera blanca que se asentaba en una pequeña arboleda a las afueras de Amaguriama. La había comprado tres años atrás para no molestar a su madre cuando volvía a casa. En ese momento, el teléfono comenzó a sonar. Lo ignoró y dejó que el contestador automático saltara. La última vez que lo había mirado, el aparato había registrado diecinueve mensajes.
En las últimas horas, le habían hecho una entrevista para The Amaguriama Timer, Orochimaru había aparecido por la puerta para dar la vara sobre el Festival de Heaven, dos de sus viejas novias, junto con una mujer que no conocía, se habían presentado para invitarle a cenar, y su entrenador de secundaria le había preguntado si podía ir a uno de los entrenamientos de la semana siguiente. Lo que realmente quería era comprarse la cima de una montaña perdida en alguna parte y sentarse allí solo hasta que pudiera tolerar de nuevo a la gente otra vez. Lo habría hecho si no odiase tanto estar solo. Recordó que tenía treinta y tres años y que lo único que no podía ser era futbolista. Sólo recordarlo le hacía pensar que ya no sabía quién era.
Aún no se podía explicar por qué no se había deshecho de Hinata en algún momento del viaje, quizás porque aún seguía sorprendiéndolo. Estaba loca, pensó, recordando la manera en que había saboteado su coche y se había tirado delante de las ruedas. Pero además era simpática. Lo mejor de Hinata era que no importaba lo loca que estuviera, no lo aburría como muchas otras personas.
Cuando estaba con ella, no tenía que agotar toda su energía en tratar de ser él mismo. Y además lo divertía muchísimo, y en ese momento de su vida, eso era suficiente.
¿Dónde diablos estaba? Entre su inocencia y su maldita curiosidad, probablemente ya se habría metido de lleno en algún follón. Según Tsunade, nadie del pueblo sabía dónde estaba, sólo que había recogido el cheque de su salario en el hotel y se había ido. Él todavía tenía su maleta en el maletero. Aunque cualquier cosa que estuviera allí debía ser quemada por el bien de la humanidad. Excepto su ropa interior. Durante su strip-tease y cuando había saltado sobre la puerta de su coche, no había dejado de notar que Hinata tenía debilidad por la ropa interior bonita, o al menos la parte de abajo, ya que el sujetador que había sido vislumbrado un poco no combinaba para nada con sus bragas.
Impulsando sus piernas por un lado de la tumbona, se levantó y comenzó a vestirse. No quería que la gente de Amaguriama pensasen que el éxito se le había subido a la cabeza, así que sustituyó sus Levi's por unos Wranglers, luego se puso una camiseta azul claro, un chaleco negro de tela vaquera y unas botas. Antes de salir de la habitación agarró un sombrero vaquero del armario. Hasta ahora había logrado evitar entrar en el pueblo, pero con Hinata perdida, sabía que no lo podía posponer más.
Con una combinación de desesperación y resignación, se encaminó hacia un pequeño cuadro de una bailarina, la descolgó y marcó la combinación de la caja fuerte que ocultaba. Cuando la abrió, extrajo un joyero azul marino de terciopelo y levantó la tapa con el pulgar.
Dentro estaba el segundo anillo que había conquistado al ganar la Super Bowl.
El logotipo del equipo, tres estrellas doradas rodeadas de un círculo azul, estaba tallado en lo alto del anillo, las puntas de las estrellas eran diamantes blancos, mientras que el centro de cada estrella era un diamante amarillo algo más grande. Más diamantes formaban el número de la Super Bowl en cifras romanas y el año. Era grande y llamaba la atención, requisito imprescindible de cualquier anillo de la Super Bowl que se preciara.
Sasuke apretó los labios cuando lo deslizó en su mano derecha. Aunque siempre había sentido aversión por la joyería masculina llamativa, su reacción no se basaba en la estética. En primer lugar, llevar ese anillo lo hacía sentirse como uno de esos jugadores retirados con los que había tratado durante años; hombres que todavía trataban de vivir como si estuvieran en sus días de gloria cuando ya deberían haber dejado el pasado atrás. Sasuke recordó, que desde que se había roto la rodilla, nunca había querido volver a tocar ese anillo otra vez. Llevarlo puesto era un recordatorio de que ya había vivido los mejores años de su vida.
Pero ahora estaba en Amaguriama —era el hijo predilecto de un pueblo moribundo— y lo que él sentía no importaba. En Amaguriama tenía que llevar el anillo en el dedo, como todos sus predecesores, porque él sabía lo que significaba para todos los habitantes del pueblo.
Entró en la sala de estar y se acercó a una mesa redonda situada entre dos sillas doradas. La sobrefalda de la mesa tenía impresas flores rosa y lavanda sobre un fondo verde. Encima había un cenicero lleno con pequeños trozos de pétalos secos, justo al lado de una figura de cupido y unas cajas de porcelana china. Sasuke la abrió y cogió las llaves de su camioneta.
Después de cerrar la caja de porcelana, miró a su alrededor y comenzó a sonreír. Paseó la vista por el papel de la pared color pastel, las cortinas de listas color caramelo recogidas a los lados de las ventanas. Los mullidos sofás de cretona con volantes que rozaban la alfombra; se recordó no dejar nunca más que una mujer que estuviera enfadada con él decorara su casa
Todo en esa habitación era femenino, rosa, floreado o tenía un volante. Algunas veces las cuatro cosas a la vez; aunque la decoradora —una antigua novia— había tenido cuidado de que no empalagara. Como no quería que ninguno de sus colegas se partiera de risa al verla, nunca había permitido que ninguna revista de decoración fotografiara el interior de esa casa en particular. Irónicamente, era la única que le gustaba realmente. Aunque no lo admitiría delante de nadie, esa casa tan cursi lo relajaba. Había pasado tanto tiempo en enclaves exclusivamente masculinos que entrar en ese lugar siempre lo hacía sentir como si estuviera de vacaciones. Desafortunadamente, al minuto de salir por la puerta principal, sus vacaciones terminaban.
En el espacioso garaje de detrás de la casa estaba aparcado el Thunderbird junto con su camioneta Chevy. Había instalado encima un gimnasio, así como un pequeño apartamento donde alojaba a todas las visitas que no se pensaban dos veces presentarse en su casa de improviso sin avisar. Una pareja del pueblo se encargaba de todo cuando él no estaba, lo cual era la mayor parte del tiempo, porque estar en ese lugar que amaba más que cualquier otro del mundo era más doloroso de lo que podía aguantar.
Encendió el motor y condujo la camioneta por el camino de grava hacia la carretera. Al otro lado de la carretera, se veía la pista de aterrizaje que había hecho construir en el terreno sobrante. El Barón estaba guardado en un pequeño hangar al lado de la carretera, en medio de mesquites y nopal.
Dejó pasar un camión lleno de cerdos. Después, salió a la carretera asfaltada. Recordó todas esas noches de verano cuando sus amigos y él hacían carreras de coches en esa misma carretera. Luego bajaban al South Llano donde bebían demasiado y acababan vomitando. A los diecisiete años, había aprendido que no tenía estómago para el alcohol y no había sido un gran bebedor desde entonces.
Pensar en el río le recordó las noches que Karin y él habían pasado allá abajo. Karin había sido su primera novia real. Ahora estaba casada con Suigetsu Hozuki. Su mejor amigo durante toda la secundaria, pero cuando Sasuke saltó al mundo, Suigetsu no había ido con él.
Alcanzó los límites del pueblo y vio el letrero que habían puesto cuando lo habían nombrado "Americano del año" su segundo año en la Universidad de Konoha.
AMAGURIAMA, KONOHA
POBLACIÓN 4.290
HOGAR DE SASUKE UCHIHA
Y DE LOS TITANES DE AMAGURIAMA
Se había hablado de quitar su nombre del cartel cuando había fichado por los Suna Stars en vez de por los Cowboys. Había sentado mal en el pueblo ver como su hijo predilecto elegía Suna en vez de Kioto, y cada vez que se acercaba la fecha de su renovación por los Stars, había recibido una serie de llamadas de los ciudadanos más prominentes urgiéndole a recordar sus raíces. Pero le había encantado jugar en Suna, especialmente después de que Indra Otsutsuki se hubiera convertido en su entrenador. Además, los Stars le pagaban los suficientes millones como para compensar la vergüenza de jugar con un equipo yanqui.
Pasó por delante de la pequeña urbanización donde vivía su madre. Ahora asistía a una Junta Educativa, pero habían hablado antes por teléfono y habían quedado pasar algún tiempo juntos el fin de semana. Hasta hacía poco, había pensado que su madre había asimilado la muerte de su padre. Había aceptado la presidencia de la Junta Educativa y participaba de voluntaria en varias organizaciones locales. Últimamente, sin embargo, había comenzado a pedirle opinión sobre cosas que no se la había pedido nunca: Si tenía que reparar el tejado o dónde debería ir de vacaciones. Aunque la quería mucho y se desvivía por ella, su creciente dependencia era inusual y le preocupaba.
Cruzó los carriles del ferrocarril, mirando hacia el depósito de agua elevado decorado con la T naranja del Instituto de Telerosa y luego bajó la vista a la Calle Mayor. La publicidad del Festival de Heaven en el toldo del viejo teatro Palace le recordó que tenía que llamar a sus compañeros uno de esos días para invitarlos al torneo de golf. Hasta ahora había rumiado la lista en su cabeza sólo para tener callado a Orochimaru.
La panadería había cerrado desde su última visita, pero La cocinilla de Sasuke estaba todavía funcionando, junto con el Lavacoches Qwik de BT y La tintorería Limpieza en seco Uchiha. No todos los negocios de Amaguriama llevaban su nombre, aunque algunas veces lo parecía. Hasta donde él sabía, nadie del pueblo había hablado nunca de un contrato de licencia, y si alguno lo había pensado, lo había descartado como una de esas gilipolleces de izquierdas. En Suna, que los negocios usaran su nombre le habían proporcionado casi un millón de dólares al año, pero los ciudadanos de Amaguriama lo usaban libremente sin pensar en pedir permiso.
Podía haber finalizado todo eso –si fuera cualquier otro lugar, lo habría hecho- pero estaba en Amaguriama. La gente de ese pueblo creía que él era propiedad suya y los argumentos y explicaciones carecían de importancia.
Las luces del garaje de Suigetsu estaban apagadas, así que dobló la esquina hacia la pequeña casa de madera donde vivía su antiguo mejor amigo. Tan pronto como la camioneta pisó el camino de acceso, la puerta principal se abrió de golpe y Karin Hozuki salió corriendo.
—¡Sasuke! —Él sonrió ampliamente mientras recorría con la mirada su cuerpo pequeño y regordete. Después de dos bebés y demasiados pastelillos, ella había perdido su figura, pero a sus ojos, era una de las chicas más bonitas de Amaguriama.
Él saltó del camión y le dio un abrazo.
—Hola, cariño. ¿Pero alguna vez estás fea?
Ella le dio un golpe cariñoso.
—Eres un payaso. Estoy gorda como un cerdo y no me importa en absoluto. Vamos. Déjame verlo.
Él obedientemente extendió su mano para que ella pudiera ver su último anillo y ella dejó escapar un chillido de deleite que podría haberse oído en el supermercado de Fenner.
—¡Guauuu! Es tan precioso que me ciega. Es más bonito que el anterior. Mira todos esos diamantes. ¡Suigetsu! ¡Suigetsuuuu! ¡Sasuke está aquí, ven a ver su anillo!
Suigetsu Hozuki bajó lentamente del porche donde había estado esperando mientras los observaba. Por un momento sus miradas se encontraron y décadas de recuerdos flotaron entre ellos. Luego Sasuke vio el familiar resentimiento.
Aunque ambos tenían treinta y tres años, Suigetsu parecía más maduro, aunque posiblemente siempre lo había sido. El pelo blanco del arrogante quarterback que había conducido a los Titans a la gloria del fútbol había perdido un poco de su brillo, pero aún era un hombre guapo. Además de todavía tener esos magnéticos ojos violetas del que siempre alardeaba.
—Hola, Sasuke.
—Suigetsu.
La tensión entre ellos no tenía nada que ver con que Sasuke hubiera estado antes con Karin. Sus problemas habían comenzado porque, aunque Suigetsu y Sasuke había llevado al instituto de Amaguriama al campeonato de institutos de Konoha, el único que había sido fichado por la Universidad y posteriormente se había hecho profesional era Sasuke. Incluso así, eran el uno para el otro su más viejo amigo, y ninguno de ellos lo había olvidado nunca.
—Suigetsu, mira el último anillo de Sasuke.
Sasuke se lo sacó del dedo y se lo tendió.
—¿Quieres probártelo?
Con cualquier otro hombre, habría sido como frotar sal en una herida abierta, pero no era así en ese caso. Él sabía que Suigetsu creía que al menos un par de esos diamantes le pertenecían, y Sasuke lo creía también. ¿Cuántos miles de pases le había lanzados Suigetsu durante años? Cortos, largos, en los entrenamientos, sobre el campo. Suigetsu le había lanzado balones desde que tenían seis años y vivían el uno al lado del otro.
Suigetsu tomó el anillo y se lo puso en su dedo.
—¿Cuánto cuesta un anillo como éste?
—No sé. Un par de miles, supongo.
—Ya, bueno, eso es lo que pensaba. —Suigetsu hizo como si valorara uno de esos caros anillos todos los días cuando Sasuke sabía que Karin y él apenas tenían para llegar a fin de mes—. ¿Quieres entrar y tomar una cerveza?
—Esta noche no puedo.
—Vamos, Sasu —dijo Karin—. Tengo que hablarte de una amiga mía, Mabui. Acaba de divorciarse y sé que eres exactamente lo que ella necesita para olvidarse de sus problemas.
—Lo siento, Karin, pero ha desaparecido una amiga mía y estoy preocupado por ella. ¿No le habrás alquilado un coche a una chica flaca con un pelo espantoso, no, Suigetsu? —Además de poseer el taller, Suigetsu tenía la franquicia de coches de alquiler del pueblo.
—No. ¿Forma parte de la gente de la película?
Sasuke asintió con la cabeza.
—Si la veis, apreciaría que me llamarais. Temo que se haya metido en algún problema.
Él charló con ellos unos minutos más y prometió oír todo lo de Mabui en su siguiente visita. Cuando se estaba yendo, Suigetsu sacó el anillo de la Super Bowl de su dedo y se lo tendió a Sasuke.
Sasuke no lo tomó.
—Voy a estar realmente ocupado los próximos dos días, y me temo que no voy a poder tener tiempo para ver pronto a tu madre. Sé que querrá verlo. ¿Por qué no te lo quedas unos días y se lo enseñas tú? Lo recogeré el fin de semana.
Suigetsu asintió con la cabeza como si lo que Sasuke hubiera propuesto sólo lo apropiado y se volvió a meter el anillo en el dedo.
—Estoy seguro de que te lo agradecerá.
Después de haber eliminado la posibilidad de que Hinata hubiera alquilado un coche, Sasuke fue a hablar con Atsui Don Horton, que poseía el depósito de coches de Greyhound, luego con Dango, el único taxista del pueblo, y, finalmente, con Ebisu, que se pasaba la mayor parte de su vida sentado sobre las escaleras y vigilando lo que hacía todo el mundo. Como había jugado al fútbol tanto con niños negros como blancos o hispanos, Sasuke siempre se había movido libremente entre los límites raciales y étnicos del pueblo. Había invitado a todos a su casa y comido en sus mesas; se había sentido a gusto en todas partes, pero a pesar de su red de contactos, nadie con quien habló había visto a Hinata. Todos ellos, sin embargo, expresaron su desilusión de que no llevara el anillo y todos o tenían una chica que presentarle o necesitaban un préstamo.
A las once, Sasuke estaba convencido de que Hinata había hecho algo tan estúpido como irse en coche con un desconocido. Sólo pensarlo lo sacaba de quicio. La mayor parte de los hombres de Konoha eran gente de principios sólidos, pero había muchos no muy recomendables y conociendo lo optimista que era Hinata con la naturaleza humana, era probable que se hubiera topado con uno de ellos. Además, no podía creer que no hubiera intentado recuperar su maleta. A menos, claro, que no hubiera podido. ¿Y si le había ocurrido algo antes de que hubiera tenido la oportunidad?
Su mente se rebeló ante ese pensamiento, y se encontró pasando delante de la comisaría para hablar con Menma Namikaze, el nuevo jefe de policía. Menma y él se habían odiado desde la escuela primaria. No recordaba cómo había comenzado, pero cuando llegaron a secundaria y Sasame decidió que prefería los besos de Sasuke a los de Menma, el resentimiento había aumentado hasta convertirse en algo de escala mundial. Cuando Sasuke regresaba al pueblo, Menma siempre encontraba alguna excusa para tomarla con él, pero de alguna manera Sasuke no podía imaginarse que el jefe de policía no lo ayudara a encontrar a Hinata. De todas maneras, decidió intentarlo una última vez antes de entrar en lo que recibía la dudosa denominación de Departamento de Policía de Amaguriama.
El Dairy Queen, estaba situado en la zona oeste del pueblo y servía de centro comunitario no oficial de Amaguriama. Allí, las Oreo y los Mr. Mistys lograban lo que ninguna garantía constitucional de la legislación americana había podido lograr. El DQ lograba que todos los de Amaguriama se consideraran y trataran como iguales.
Cuando Sasuke llegó al aparcamiento, pasó con la camioneta entre un Ford Bronco y un BMW. Había una variada colección de vehículos familiares, un par de motocicletas y una pareja hispana que no conocía subiéndose en un viejo Plymouth Fury. Como era una noche entre semana, no había mucha gente, pero aun así, había más de los que quería ver, y si no hubiera estado tan preocupado por Hinata, nada lo hubiera hecho entrar en ese panteón a sus viejas glorias, el lugar donde sus compañeros de equipo de secundaria y él celebraban las victorias los viernes por la noche.
Aparcó en el extremo más alejado de la puerta y se obligó a sí mismo a bajar de la camioneta. Sabía que, salvo usar un altavoz, era la manera más rápida de saber algo de Hinata, pero aun así, desearía no tener que entrar. La puerta del DQ se abrió y salió una figura familiar. Maldijo entre dientes. Si alguien le hubiera pedido que hiciera una lista de gente que no querría ver en ese momento, el nombre de Danzo Shimura ocuparía el lugar justo debajo de Menma Namikaze.
Cualquier esperanza que hubiera tenido de que Shimura no le viera quedó desterrada cuando el dueño de Tecnologías Electrónica Raíz bajó a la acera y se paró con un helado de vainilla en la mano.
—Uchiha.
Sasuke saludó con la cabeza.
Shimura tomó un poco de helado mientras clavaba en Sasuke una fría mirada. Cualquiera que viera al dueño de Tecnologías Raíz con su camisa de cuadros y sus vaqueros habría creído que era un ranchero en lugar de uno de los hombres de negocios más importantes de la industria electrónica y el único hombre de Amaguriama que era tan rico como Sasuke. Era un hombre grande, no tan como alto como Sasuke, pero sólido y rudo. A los cincuenta y cuatro años, su cara era atractiva, pero demasiado ruda para ser clásicamente guapo. Su pelo oscuro y tieso estaba muy corto y salpicado de gris, pero la línea del pelo no se había retirado. Era como si Shimura hubiera puesto un límite invisible en su cuero cabelludo y hubiera desafiado a su pelo a traspasarlo.
Desde que habían surgido los rumores sobre el cierre de Tecnologías Raíz, Sasuke había considerado asunto suyo aprender todo lo que pudiera sobre su dueño antes de ir a reunirse con él en marzo pasado. Danzo Shimura había sido un chico pobre e ilegítimo del lado malo de Amaguriama. Cuando era un jovencito, había acabado en la cárcel por todo tipo de robos o peleas. La marina le había proporcionado disciplina y educación y cuando se había licenciado, había sacado un título en ingeniería. Después de graduarse, había ido a Boston, donde, con una combinación de inteligencia e implacabilidad, había ascendido en la industria emergente de los ordenadores, haciendo su primer millón a los treinta y cinco años. Se había casado, había tenido una hija y luego se había divorciado.
Aunque los de Amaguriama habían seguido su carrera, Shimura nunca había regresado al pueblo. Por consiguiente, todo el mundo se sorprendió cuando después de anunciar su retiro de la empresa, había mostrado un gran interés por Tecnologías Raíz y había anunciado su intención de adquirir la compañía. Tecnologías Raíz era una patata para un hombre con la reputación de Shimura y habían aparecido rumores sobre que cerraría la planta y trasladaría todos los contratos a una planta de Kikyo. De ahí en adelante, los ciudadanos de Amaguriama habían estado convencidos de que Shimura sólo había comprado Tecnologías Raíz para vengarse del pueblo por no haberlo tratado mejor cuando era niño. Por lo que Sasuke sabía, no había negado el rumor.
Shimura señaló con el cono la rodilla lesionada de Sasuke.
—Veo que ya no llevas bastón.
Sasuke apretó los dientes. No le gustaba pensar en esos largos meses cuando se había visto forzado a caminar con bastón. En marzo pasado, durante su recuperación, se había encontrado con Shimura en Kioto a instancia del consejo municipal para tratar de persuadirle de no cerrar la planta. Había sido una reunión infructífera, y Sasuke le había tomado una fuerte aversión a Shimura. Cualquiera que fuera lo suficientemente cruel como para arruinar el bienestar de un pueblo entero no merecía llamarse ser humano.
Con un golpecito de la muñeca, Danzo lanzó su cono apenas sin comer sobre el césped quemado.
—¿Cómo llevas la retirada?
—Si hubiera sabido que me divertiría tanto, lo habría dejado hace un par de años —dijo Sasuke con expresión dura.
Shimura se chupó el pulgar.
—He oído que vas a convertirte en una estrella de cine.
—Alguno de nosotros dos tiene que traer dinero al pueblo.
Shimura sonrió y sacó un juego de llaves del bolsillo.
—Hasta la vista, Uchiha.
—¿Sasuke, eres tú? —El chillido de mujer provenía de un Olds azul que justo acababa de entrar en el aparcamiento. Hokuto, que había jugado al bridge con su madre durante años, corrió hacia él y luego se detuvo al ver con quien estaba hablando. Su cara pasó de la bienvenida a la hostilidad. Nadie ocultaba que Danzo Shimura era el hombre más odiado de Amaguriama, en el pueblo lo consideraban un paria.
A Shimura no pareció importarle. Palmeando las llaves, le dirigió a Hokuto un saludo cortés con la cabeza y luego se giró hacia el BMW granate.
Treinta minutos más tarde, Sasuke aparcaba delante de una gran casa blanca de estilo colonial en una calle sombreada de árboles. La luz que salía de las ventanas delanteras salpicaba la acera cuando se acercó. Su madre era como una lechuza, lo mismo que él.
El que nadie en el DQ hubiera visto a Hinata había aumentado su preocupación y había decidido detenerse y ver si a su madre se le ocurría alguna idea más de cómo localizar a una persona desaparecida antes de visitar a Menma. Conservaba una copia de la llave debajo de la maceta de geranios, pero llamó al timbre porque no quería asustarla.
La espaciosa casa de dos pisos tenía los postigos negros y una puerta roja como los arándanos y una aldaba de latón. Su padre, que había levantado una pequeña agencia de seguros que durante años fue la más exitosa de Amaguriama, había comprado la casa cuando Sasuke fue a la universidad. La casa donde Sasuke había crecido era una pequeña casa de un solo piso que el consejo municipal había cometido la tontería de querer convertir en atracción turística, y que estaba al otro lado del pueblo.
Mikoto sonrió cuando abrió la puerta y lo vio.
—Hola, cielito.
Él se rió del nombre con el que lo llamaba desde que podía recordar y, entrando, la cogió por la barbilla. Ella colocó sus brazos alrededor de su cintura y le dio un abrazo.
—¿Has comido algo?
—No sé. Supongo.
Ella lo miró con tierna reprimenda.
—No sé por qué tuviste que comprar esa casa cuando yo tengo tantas habitaciones vacías. No comes bien, Sasuke. Sé que no lo haces. Ven a la cocina. Me ha quedado algo de lasaña.
—Suena bien. —Lanzó su sombrero a la percha del latón en la esquina del vestíbulo.
Ella lo miró, arrugando el ceño inquisitivamente.
—Lamento molestarte, ¿pero por qué no hablas tú con el del tejado? Tu padre se ocupaba siempre de ese tipo de cosas y no estoy segura de que tengo que hacer.
Oír ese tipo de dudas en la mujer que competentemente supervisaba el presupuesto de la escuela pública preocupaba a Sasuke, pero reprimió sus sentimientos.
—Le llamé esta tarde. Te da un buen precio, y creo que deberías hacerlo.
Por primera vez se percató que las puertas que llevaban a la sala de estar estaban cerradas. No podía recordar haberlas visto nunca cerradas por completo y las señaló con la cabeza.
—¿Qué pasa?
—Come primero. Te lo diré más tarde.
Él comenzó a seguirla, pero se paró en seco al oir un sonido extraño y amortiguado.
—¿Hay alguien durmiendo ahí?
En cuanto soltó la pregunta se percató de que su madre estaba vestida para dormir, con una bata de seda azul claro. Sintió una punzada dolorosa. Ella nunca había mencionado nada sobre que viera a otros hombres desde que su padre había muerto, pero eso no quería decir que no lo hiciera.
Se dijo a sí mismo que era su vida, y él no era quien para interferir. Su madre era todavía una mujer bella, y merecía toda la felicidad que pudiera encontrar. Él ciertamente no quería que estuviera sola. Pero por más que trataba de convencerse a sí mismo, le rechinaba la idea de su madre estando con cualquier hombre que no fuera su padre.
Él se aclaró la voz.
—Oye, si estás con alguien, lo entiendo. No tenía intención de interrumpir nada.
Ella pareció alarmada.
—Oh, no. En serio, Sasuke… —Se apretó el cinturón de la bata—. Hinata Hyuga está durmiendo allí.
—¿Hinata? —El alivio lo invadió, casi seguido inmediatamente por la cólera. ¡Hinata lo había asustado de muerte! Y mientras él la imaginaba en una zanja en alguna parte, estaba en casa de su madre.
—¿Y cómo acabó aquí? —preguntó en tono seco.
—La recogí en la carretera.
—¿Estaba haciendo autostop? ¡Lo sabía! De todas las malditas tontas…
—No hacía autostop. Me detuve cuando la vi. —Mikoto vaciló—. Como probablemente puedas suponerte, está algo enfadada contigo.
—¡Pues no es la única que está enfadada! —Se giró hacia las puertas correderas, pero Mikoto lo detuvo poniendo la mano sobre su brazo.
—Sasuke, ella ha estado bebiendo.
La miró.
—Hinata no bebe.
—Desafortunadamente, no me di cuenta de eso hasta que ya le había ofrecido vino frío.
La idea de Hinata bebiendo vino lo puso todavía más enfadado. Rechinando los dientes, dio otro paso hacia las puertas, sólo para que su madre lo detuviera otra vez.
—Sasuke, ¿sabes esas personas que se ponen contentas y mareadas cuando beben?
—Si.
Ella levantó una ceja.
—Bien, pues Hinata no es una de ellas.
