¡Hola de vuelta! Les traigo por fin el capítulo que más me gusta hasta el momento (y de mis personajes favoritos). Por cierto, hice una especie de "trailer" para el fanfic, que pueden encontrar en youtube buscando "los cuatro elementos we walk through the fire". Debería ser la primera opción. También pueden ojear mi blog, que cree con la intención de mostrar la "atmósfera" de la historia. Verlo desde una computadora hace una experiencia completamente nueva. La dirección es l4einspo tumblr com (corten los espacios). ¡Espero que les guste!


Capítulo VI: MOLLY

—Entonces lo veré el próximo miércoles, señor Coote —dijo—. No vaya a dejarme plantada.

No había sido sencillo encontrar una oportunidad adecuada para acercarse al nuevo delegado de la Confederación Internacional de Magos. Molly había tenido que recurrir directamente a su Jefa y pedirle la responsabilidad de tomar en sus manos ese «asuntillo» existente entre las dos divisiones del Departamento de Cooperación Mágica Internacional.

—¿Y por qué es que quiere hacerse cargo de esto en particular, señorita Weasley? —le preguntó su Jefa, una mujer alta, de nariz ganchuda y pelo oscuro que llevaba peinado en un ridículo recogido.

—Me sirve la experiencia —sonrió Molly—. Usted más que nadie sabe lo comprometida que estoy con mi puesto, y lo que le agradezco que haya confiado en mí para ocuparme del problema con aquellos escregutos patagónicos. Por eso le pido que, una vez más, deposite en mí su confianza y me permita encargarme de esto.

La bruja pareció vacilar un momento.

—Eres una joven extremadamente hermosa y perspicaz, Molly —dijo finalmente—. Lo que le hace fácil conseguir lo que quiere, cuando quiere. Por eso creo que eres perfecta para realizar este trabajo. Deberás completar el papeleo necesario, claro está, y…

Molly no pudo reprimir la sonrisa que se escabulló por sus labios. Una vez más, había logrado salirse con la suya en el primer intento, y sin mover un solo dedo. Aunque tenía que darse un poco de crédito: su Jefa jamás le hubiera confiado la tarea de no haber probado que era lo suficiente capaz para realizarla. Eso era algo que había conseguido con esfuerzo y determinación, nada que hubiera dejado a la suerte. Si bien muchas veces sí se valía de sus encantos para obtener lo que quería, en el trabajo no era solo eso a lo que debía recurrir si quería salirse con la suya. Requería empeño, inteligencia y astucia… Y hasta un poco de manipulación. A Molly todo aquello se le daba muy bien.

El miércoles había llegado. Molly se apareció frente el prestigioso restaurante en el que había citado al señor Coote. Á La Carte estaba ubicado en pleno Londres, justo en el medio de una tienda de ropa y una farmacia —aunque Molly no tenía idea qué significaba eso—, y a los ojos de un muggle no se trataba más que de una vieja y sucia taberna que parecía estar eternamente cerrada. En cambio, ante ella, que era una bruja, se alzaba un establecimiento elegante y frecuentado, con amplias ventanas en el frente que permitían observar hacia dentro.

Entró al restaurant y su mirada recorrió el lugar de punta a punta, hasta que sus ojos dieron con aquel hombre bajito y regordete que aguardaba sentado y en silencio. Coote ya había ocupado una mesa para los dos. Ella se acercó con una sonrisa encantadora y tomó asiento sin darle tiempo al otro a ponerse de pie para recibirla.

—Lo siento mucho —se disculpó Molly, con un rostro que derrochaba arrepentimiento—. ¿Me ha estado esperando hace mucho tiempo?

Pero por supuesto que ya conocía la respuesta. Lo había citado para las doce del mediodía, y la última vez que Molly se había fijado, el reloj señalaba la una menos veinte.

—No se preocupe —la tranquilizó Coote, que lucía nervioso y se removía incómodo en su asiento—. ¿Ha traído todo?

Molly le dedicó una sonrisa angelical.

—Que ansioso resultó ser, señor Coote —dijo Molly—. Tal parece que quiere librarse cuanto antes de mí.

Aquel comentario pareció incomodar todavía más al pobre Coote, que tragó saliva y la miró con los ojos como platos.

—¿Cómo dice? No, por supuesto que no, señorita Weasley…

—Molly —lo corrigió ella—. Solo dígame Molly.

Y pronto se acercó el mesero con los menús. Una vez que cada uno decidió lo que comería, lo llamaron y este se retiró con apremio hacia las cocinas.

—Bien —comenzó ella—. Debo confesarle que es un poco tedioso para mí tener que empezar desde cero, porque, como bien debe saber, Cumberbatch y yo ya habíamos hecho los primeros arreglos sobre este asunto, pero como él ya no está y usted lo releva, es lógico que me corresponda ponerlo al tanto.

Mentira. Una completa y total mentira. Molly jamás había tenido contacto alguno con Clive Cumberbatch, ni oído su nombre hasta que Ron lo mencionó la semana anterior en Grimmauld Place. Pero Coote no tenía por qué saber eso, ni la verdadera razón por la que Molly quería verlo. No, definitivamente no tenía por qué saberlo.

La bruja sacó unas hojas de su portafolio y se las entregó. Molly se propuso a explicarle a Coote sobre qué iba su papeleo; el mago la observaba atentamente, pero ella tenía la impresión de que le hablaba a un tonto. Prosiguió con su explicación hasta que el mozo regresó con sus órdenes.

—Hay un protocolo que las empresas procuran seguir al pie de la letra si quieren pasar las auditorías del Ministerio. Pero mantener todo legal tiene sus desventajas —Molly dijo con aplomo mientras cortaba la carne con elegancia—. Mucha mercadería queda varada en la inspección de seguridad. Y déjame decirte, esos son controles muy rigurosos. Rigurosos, pero necesarios, especialmente porque el contrabando de dragones chinos está muy de moda hoy en día.

»En fin. Por una cosa, por la otra, algo que consideren fuera de lugar es suficiente para negarles la entrada a Gran Bretaña. Me imagino que entiendes que esto es dinero perdido para las empresas porque bueno, ingresar artículos (en este caso, ingredientes) exóticos al país conlleva todo un proceso. Entre la mercancía, los proveedores y los aranceles... Te parecería más fácil recurrir a la vía ilegal, pero, créeme que las deudas a afrontar si no pasan una sola revisión del Ministerio es cuatro veces más de lo que, hipotéticamente, podrían perder en la inspección inicial. De todas formas, las grandes empresas como Potestatem se encargan de todo de antemano para no toparse con ninguna sorpresa a mitad de camino. Y bueno, para algo sirve la experiencia. —Tomó un sorbo de vino a la vez que alzaba las cejas elocuentemente.

—Disculpe —dijo Coote después de haber estado en silencio durante todo su relato—. Pero, específicamente, ¿cuáles son los ingredientes por los que está aquí hoy?

—Varios. Hierbas, aceites… Ese aceite de flor de fuego asiática (vaya a saber uno cual sea su utilidad) crece en demanda cada día, junto a otras cosillas que podrá leer ahí. Sí, ahí. Está todo escrito —le señaló un apartado en las hojas—. Pero las empresas no pueden ingresarlo porque no está en el listado de ingredientes internacionalmente comerciables. Solo necesito que Cumberbatch (si es que regresa) le dé un repasito a esto y lo proponga en la próxima asamblea. Con suerte lo aprueben. Y tal vez se dejen de aparecer en mi oficina empresarios indeseables que acusan a nuestro Departamento de negligentes. ¡Cómo si nosotros tuviéramos la última palabra! Ya quisiera yo tenerla, y ya ve como esos hombrecitos de negocio terminan en la calle...

—De acuerdo —accedió finalmente Coote—. Lo propondré en la próxima asamblea. Pero no se entusiasme, porque no puedo prometerle nada, recuerde que…

—Espere —lo cortó Molly, aunque educadamente—. ¿Entonces Cumberbatch ya no regresará? —Inquirió, sin permitir que su rostro denotara emoción alguna. Por dentro, estaba saltando en una pata al creer que se estaba acercando a saber algo más sobre el misterioso hombre que se había esfumado de la noche a la mañana.

Coote se tensó en su asiento y la miró fijamente con sus grandes ojos de sapo.

—Por el momento, el señor Cumberbatch no ha vuelto a presentarse en el trabajo. Tampoco esperamos que lo haga, así que a partir de ahora yo me ocuparé de estos asuntos. Ahora, ¿podría decirme cuáles son las empresas…?

—¿Por qué no esperan que regrese al trabajo? —Lo interrumpió nuevamente—. ¿Ha enfermado gravemente? —Molly fingió preocupación, su rostro tensándose repentinamente.

Al ver el rostro abatido de la joven bruja, Coote pareció ponerse más nervioso.

—¡No! Por supuesto que no. Puede quedarse tranquila, Molly —trató de sonreírle, aunque falló miserablemente y terminó resultando en una fugaz mueca desagradable.

—Pero, ¿sabe qué le ocurrió? Lo siento, es que por como lo dijo…

—Me expresé mal —argumentó el mago con ojos de sapo, mientras bebía nerviosamente. Se aclaró la garganta—. Lo que ocurre es que creemos que Clive no se sentía cómodo con su puesto, y por eso se fue tan repentinamente…

Molly asintió ante sus palabras, pero no dijo nada. No quería que Coote se diera cuenta que, sin querer, le había proporcionado una información que tal vez le resultara útil en un futuro. El hombre estaba claramente instruido por alguien que no quería que se supiera la verdad de lo ocurrido.

—Bien. Ahora, según las condiciones del Ministerio… —Y Molly siguió enzarzándolo en un palabrerío de negocios infinito.

Se despidió de Coote después de una hora que pareció eterna.

El Atrio era un pasillo muy largo y elegante con un pulido suelo de madera oscura y un amplio techo azul eléctrico con incrustaciones de oro que estaban en constante movimiento, como un enorme tablón de anuncios celeste. De vez en cuando podía verse a una bruja o mago salir de las chimeneas doradas fijadas en las paredes oscuras y brillantes. La mayoría de los empleados del ministerio preferían utilizar aquel método de transporte porque la Aparición, para muchos, era innecesaria. Para Molly, por otro lado, era lo contrario. Aunque no era muy buena idea aparecerse poco después de comer —sus tripas aún se revolvían dentro de ella—, Molly prefería aparecerse antes que arriesgarse a ensuciar su ropa utilizando la Red Flu.

Se unió a la multitud y avanzó entre los apesadumbrados empleados del Ministerio hasta las puertas que guiaban al abarrotado vestíbulo. Tuvo que esperar un rato hasta que consiguió entrar a uno de los ascensores vacíos. Tras ella ingresaron tres magos; uno de ellos cargaba con un maletín lo suficientemente grande como para guardar un tablero de ajedrez mágico. Estaba pensando que preferiría cenar excremento de hipogrifo antes que usar uno como ese cuando la reja se cerró con un estruendo y, automáticamente, despegó hacia arriba.

—Séptimo piso, Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, que incluye el Cuartel General de la Liga de Quidditch de Gran Bretaña e Irlanda, el Club Oficial de Gobstones y la Oficina de Patentes Descabelladas —dijo la fría voz de mujer a la que Molly, para su propia sorpresa, ya se había acostumbrado.

Las puertas del ascensor se abrieron permitiéndole la salida a uno de los ocupantes, a la vez que varios memorándums interdepartamentales entraron volando. Molly se recargó contra la pared y se distrajo mirando a uno de los aviones de papel revolotear alrededor de la lámpara. Casi no oyó la voz femenina hablar esta vez.

—Quinto piso, Departamento de Cooperación Mágica Internacional, que incluye el Organismo Internacional de Normas de Instrucción Mágica, la Oficina Internacional de Ley Mágica y la Confederación Internacional de Magos, Sede Británica.

Molly se adelantó para salir, pero cuando se abrieron las puertas y dio un primer paso fuera, una figura la empujó bruscamente hacia dentro.

—¡Jane! ¿Qué demonios…?

—Lo siento, lo siento, lo siento —comenzó a disculparse la muchacha—. Te he buscado por todos lados. Qué suerte que te encontré. Tu tía… —al ver la expresión amenazadora que cruzó el rostro de Molly, Jane tragó en seco y reformuló la oración—. La señora Granger ha pedido verte.

Molly sintió que su corazón daba un brinco. Aunque no sabía por qué, su intuición le decía a gritos que algo no iba bien.

—¿Tú sabes por qué? —cuestionó.

Jane negó con la cabeza nerviosamente.

—No —dijo—. Solo me ha dicho que te avise en cuanto te vea.

Se detuvo en silencio un momento. No tenía una sola razón válida para desconfiar de Jane. Mentir no se le daba bien. Además, se encontraba donde se encontraba gracias a Molly; al principio, ambas ocupaban un puesto en la misma división, pero cuando Jane le comentó que su verdadera aspiración era trabajar para el Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas, Molly acudió a su tía para que le otorgara algún trabajo a su compañera, por más mínimo que fuera. Suponía que, de alguna forma, la chica debía de sentirse obligada a saldar esa deuda eternamente.

—Cuarto piso, Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas, que incluye las Divisiones de Bestias, Seres y Espíritus, la Oficina de Coordinación de los Duendes y la Agencia Consultiva de Plagas.

Las puertas se abrieron nuevamente. Molly salió seguida por Jane, que caminaba con prisa tras ella. Sin decir nada, atravesaron juntas el vestíbulo hasta el fondo, los memorándums que iban y venían sobrevolaban sus cabezas. A pesar de que Molly mantenía su andar elegante y seguro de siempre, su corazón latía incesantemente en su pecho.

Se encontraban de pie frente a una puerta de madera negra en la que había una placa dorada que rezaba «HERMIONE JEAN GRANGER» y debajo: «JEFA DEL DEPARTAMENTO DE REGULACIÓN Y CONTROL DE LA CRIATURAS MÁGICAS». Jane llamó una vez.

—Adelante —la voz de su tía resonó aplacada desde el otro lado.

Molly permitió que Jane ingresara primero.

—Señora, su so… la señorita Weasley ha venido a verla.

Los ojos de su tía la contemplaron expectante.

—Gracias, Jane. Puedes retirarte.

Oyó la puerta cerrarse a sus espaldas. Molly suspiró disimuladamente y, como si aquel simple acto la hubiera hecho recobrar su compostura, sonrió inocentemente.

—¿Sí, tía Hermione?

—Siéntate, Molly —le exigió su tía, tajante, aunque una sonrisa se deslizó en sus labios. A pesar de todo, Molly no quería obedecer.

—Estoy bien aquí.

Pero los ojos de Hermione permanecían impertérritos y esta vez tuvo que hacer caso. Molly tomó asiento de una vez y cruzó los brazos sobre su pecho.

—¿Sí?

—Creo que ya te imaginas por qué estás aquí.

—No realmente. ¿Algo que ver con el comercio ilegal de elfos domésticos?

—Suficiente, Molly —la cortó, impávida. Había algo en su voz, algo que Molly no consiguió distinguir, pero que Rose y Hugo debían conocer de sobra—. Sé dónde estuviste hoy. Y por qué.

Molly sintió que se le tensaba el cuerpo y por un momento se quedó sin palabras. Entonces, como si el cielo la hubiera iluminado, se dio cuenta de qué estaba ocurriendo.

—¿Es que ahora usas a tus empleados para seguirme? Cuánta clase.

—No creas que…

—Entonces, aclárame el panorama: tío Ron te contó sus teorías, que nos ha reclutado y que piensa volver a reunir la Orden —enumeró con los dedos y una sonrisa mordaz se escabulló por sus labios—. Creo darme una idea de cuál de todas es la que te molesta. Le dijiste que es un idiota por habernos involucrado en esto, pelearon, y ahora estás aquí, hostigando a mí (porque soy la que más cómoda te queda) para ver si suelto la lengua. Una pena que yo no sea Freddie, ¿verdad, tía?

Un denso silencio azotó en la habitación. Los ojos oscuros de su tía permanecían fijos en los suyos, de un azul verdoso idénticos a los de su madre y su hermana. Podía sentir que la estaba estudiando, como si estuviera analizando sus posibilidades. Sabía que lo que había dicho era cierto: Molly no era Fred. Si quería hacerla hablar, tendría que esforzarse un poco más, y aunque lo hiciera, sería inútil.

—¿Has conseguido lo que querías? Me refiero a esta reunión con el nuevo delegado. ¿Tu esfuerzo dio sus frutos?

La forma en la que lo dijo hizo que a Molly le hirviera la sangre.

—Tal vez. Puede que el tío Ron lo considere importante.

—¿Y valió la pena? —su rostro se suavizó; ya no quedaba nada de aquella marcada severidad que reinaba en su semblante desde que Molly ingresó en la oficina. Ahora portaba la clase de expresión que se ve en una madre preocupada porque hace un frío invernal fuera y su hijo olvidó llevarse el abrigo consigo—. ¿Valió la pena arriesgarse tanto?

—¡Por Circe! —Estalló Molly—. ¿Arriesgarme tanto? Actúas como si me hubiera enfrentado en un duelo a muerte con un mago oscuro.

—No creo que tengas idea lo peligroso que puede llegar a ser esto —dijo Hermione.

—¡La tengo! Es por eso por lo que quiero ayudar. Si Ron necesita mi ayuda, lo haré. No tengo miedo. —Al decir eso, sintió un manantial de valentía emerger de lo más profundo de su ser—. Hermione, cuando tú y los tíos se enfrentaron al Señor Tenebroso, eran incluso más jóvenes que yo. Tengo veinte años, ya no soy una niña. Deja de actuar como si lo fuera.

Hermione suspiró.

—Es diferente, Molly. Nosotros sabíamos a lo que nos enfrentábamos. Hoy no sabemos absolutamente nada.

—Y por eso debemos averiguarlo —dijo.

—¿Qué crees que dirá Percy sobre esto? ¿O tu madre? ¿Crees que estarán contentos?

—Me importa un rábano lo que opinen mis padres. ¿O acaso a ti te importó mucho cuando les borraste la memoria a los tuyos para enfrentarte a Voldemort?

En ese momento, Molly supo que se había pasado de la raya. Una punzada de culpa le presionó el pecho y tragó saliva mientras pensaba que, si no la mataba su tía, su propia lengua lo haría.

—Tía… —comenzó—. Lo siento mucho, no quise…

—Ahórratelo, Molly. —Su rostro se había vuelto de mármol, y la pared que se había alzado entre ellas al inicio de la discusión pareció elevarse en toda su totalidad—. Lo único que quiero es que te preguntes si sabes en lo que te estás metiendo. Por un minuto deja de pensar en Ron o en la estúpida tarea que les encomendó o en que tienes algo que probar. Solo… Solo piensa que no habrá marcha atrás.

—Y no la habrá.

Las palabras salieron por sí solas, y a Molly le sorprendió la serenidad con la que había hecho aquella declaración. Al parecer, también a Hermione, que se irguió en su silla y la observó en silencio por un momento que pareció infinito. Luego se inclinó sobre su escritorio y comenzó a escribir resueltamente sobre un largo pergamino como si nada hubiera pasado.

Molly se heló en su silla, desconcertada, sin poder emitir palabra.

—Bien —dijo su tía finalmente, sin mirarla, con la voz más gélida que Molly le había escuchado jamás—. Ya puedes retirarte.