Disclaimer: Los personajes y la serie "Yu Yu Hakusho" no me pertenecen, son propiedad de Joshihiro Togashi. Yo los uso sin fines de lucro, con el único objetivo de divertir a quien lo lea. La historia y los personajes no pertenecientes a la serie previamente mencionada sí me pertenecen, prohibido su uso con o sin fines de lucro sin mí previa autorización. La primera parte es basada en el fic "viñetas" de Haruka Hikawa, dado que es el fic que me dio la idea.
Capitulo 6
Llevaba horas en su búsqueda, el sol ya empezaba a ocultarse en el horizonte, y recién en ese momento había encontrado el rastro de su amiga, sabía que la pelinegra era mucho más veloz que ella, así que optó por dejarla saber que la estaba siguiendo para que la esperase. Provocó que el viento se helará a su alrededor y pequeños trazos de nieve y hielo aparecieran. Cho pareció comprender el mensaje al instante, pues detuvo su carrera de inmediato. Pasaron un par de segundos hasta que la koorime llegará a donde la pelinegra la estaba esperando. La youkai estaba con la espalda apoyada en un árbol y los brazos cruzados sobre su pecho, viendo fijamente a la recién llegada a los ojos.
- Lo siento. – Fue todo lo que la mujer pudo decir.
La pelinegra negó con la mano, como restándole importancia a la situación, y sonrió, aunque el gesto no alcanzó sus ojos.
- No hay nada por lo que disculparse, Yukina. Hiciste lo que consideraste correcto.
Ambas se mantuvieron en silencio, viéndose a los ojos, evaluando los sentimientos que cada una sentía en esos momentos. La koorime habló primero, tanteando el terreno con un comentario casual.
- Le dije a Hiei que sé que es mi hermano.
Cho ladeó la cabeza con genuina curiosidad. Yukina no pudo evitar suspirar con alivio, entonces la pelinegra no la odiaba, ella aún se preocupaba genuinamente por su estado.
- ¿Y cómo se lo ha tomado?
- No muy bien. Tendremos que hablar luego.
- Ya veo.
La youkai de fuego alzó la mirada, fijó su vista en el anochecer y sin más, murmuró.
- No quiero volver, pero si es lo que vienes a pedirme sabes que cumpliría con lo que fuera.
La dama de hielo negó tristemente con la cabeza.
- No te obligare a quedarte.
- Bien.
Con esa única palabra la mujer se despegó del árbol y comenzó a internarse entre las sombras del bosque. Yukina clavó su vista en el piso, controlando las lágrimas que luchaban por salir.
- ¿Te volveré a ver?
Pero la respuesta nunca llegó, la pregunta había sido lanzada al viento. Cho se había marchado. Sin tener nada más que hacer ahí, la mujer se dio la vuelta y regresó a casa lo más rápido que pudo.
En la habitación estaban Hiei, sentado en uno de los sofás individuales, aún en shock; frente a él estaba sentado Kurama, viéndolo con preocupación, pero sin decir palabra. Cerca de ellos estaban parados Keiko, Yusuke y Kuwabara, visiblemente confundidos, pero sin saber que decir. Cuando el discípulo de Genkai finalmente se ánimo a abrir la boca para hacer la pregunta, el sonido de su voz fue silenciado por la puerta que se abría de repente, mostrando a una alterada Yukina que nada más verlos corrió a los brazos de Kuwabara y estalló en llanto. El susodicho simplemente atinó a abrazarla por la cintura y acariciar su cabello, buscando tranquilizarla.
- Se fue. – Murmuró Yukina aún en los brazos de Kuwabara, tras haberse tranquilizado
- ¿Quién? – Preguntó Yusuke, aún sin entender la situación.
- Cho, se fue. – Repitió la mujer, aún alterada, pero ya pudiendo controlar el llanto.
Keiko decidió separarse de su novio y acariciar suavemente los cabellos de la muchacha con la mejor sonrisa tranquilizadora que tenía para luego decirle.
- Ella volverá seguro, tranquila.
La chica negó con la cabeza, tristemente.
- No lo entienden. – Dijo Yukina finalmente. – Esta vez ella no quiso prometerme que volvería, se fue antes de que pudiese pedírselo.
Nadie se atrevió a decir nada, mientras la pequeña mujer se separaba de Kuwabara y de la mano de Keiko para marcharse del lugar sin mencionar más nada. El ambiente se volvió aún mas incomodo en segundos, los demás no sabían que había pasado, pero tenían bien claro que fuese lo que hubiese sido, el demonio del fuego estaba definitivamente involucrado con la partida de la pelinegra. Finalmente Kuwabara se decidió a seguir el mismo camino que la dama de hielo para asegurarse de que estuviera bien, mientras que Keiko se llevó a rastras a su novio para así poder dar algo de privacidad al par de amigos.
- ¿Qué harás?
Como si esas palabras fueran una especie de interruptor, el demonio de fuego colapso. Sus codos sobre sus piernas y sus manos sujetando su cabeza con fuerza, mientras su mirada permanecía clavada en el suelo. El pelirrojo lo dejó desahogarse hasta que algunos minutos después el youkai logró pronuncias algo coherente.
- ¿Y ahora que hago Kurama?
El aludido se congeló, eran muy pocas las veces que había escuchado a su amigo llamarlo por su nombre y la mayoría de veces no había sido por algo bueno.
- Debes tranquilizarte. Ya luego veremos qué hacer.
Hiei finalmente levantó la cabeza, el pelirrojo se sorprendió por su expresión. Era la primera vez que el demonio de fuego de hecho se veía tan frágil ante sus ojos, como si fuese un niño pequeño y perdido que estuviese aterrado buscando a su madre para que ella lo rescatase. Conocedor de que sus palabras no servirían de nada, colocó su mano en el hombro del pelinegro como muestra de apoyo.
- Quisiera salir a caminar. – Murmuró él.
El pelirrojo abrió la boca para acotar algo, pero el muchacho volvió a hablar antes.
- Pero creo que Yukina no se lo tomaría muy bien. ¿Cierto?
Los ojos verdes del zorro se encontraron con los orbes rojos de su amigo que lo miraban como si de un momento al otro lo consideraran como un ser que supiese ahora todas las respuestas que el pelinegro necesitaba. Kurama se limitó a asentir con la cabeza para darle la razón a lo que el otro youkai simplemente bajó la mirada.
La mañana llegó sorprendiendo en el mismo lugar a Hiei, quien no se había movido del sofá, y a Kurama que no se había atrevido a dejar a su amigo solo siquiera por un instante. Kuwabara se había marchado un par de horas atrás tras dejar a una exhausta Yukina dormida en su cama, mientras Genkai se mantenía encerrada en su cuarto, tratando de respetar la privacidad de los integrantes del drama que daba lugar en su templo.
Pasaron un par de minutos y nada cambiaba, todo permanecía en un silencio tal que si es que cualquier persona estuviera ahí sin saber de la existencia de los demás, se sorprendería al verlos. El lugar parecía inhabitado. Tanto así era que el suave sonido de la puerta al abrirse se escuchó prácticamente por toda la casa. Tras la puerta se encontraba una Yukina con un aspecto un tanto demacrado, demostrado que lo poco que había dormido no le había servido de nada; su cabello un tanto desaliñado, su piel más pálida de lo usual, sus ojos un poco enrojecidos por el llanto y unas ojeras marcaban su rostro. Su mirada pronto se cruzó con la de su hermano, sin mediar palabra alguna se acercó a él, besó su mejilla y continuó su camino a la cocina.
Hiei sintió el calor que le produjo el contacto de los labios de su hermana con su mejilla y se quedo quieto por la sorpresa. Él había pasado la noche contemplando posibilidades, modos en los que Yukina le expresaría su odio y le exigiría no volver a verlo jamás y cuando había creído que el momento finalmente había llegado, ella simplemente se había acercado a él y lo había besado. Vio como con ese acto Kurama se relajó un poco en su lugar, probablemente había estado temiendo otro enfrentamiento. Pocos minutos más tarde el ambiente empezó a llenarse de olor a comida. No mucho tiempo después el pelirrojo se levantó a ayudar a su hermana a poner la mesa.
- Acompáñanos a comer, hermano.
La reacción a esa palabra le resultó impresionante, apenas la escuchó llamarlo de esa manera gran parte de la tensión de su cuerpo pareció desaparecer junto a un poco del peso que sentía sobre sus hombros. No tenía hambre, pero no tenía el corazón para negarse en esos momentos, así que simplemente se levanto y la siguió hasta la mesa. Se obligó a comer aunque de alguna manera su estomago parecía negarse a cooperar. Nadie dijo nada, ya sea por miedo a romper la calma que los envolvía o por no encontrar nada que decir. Una vez acabaron la comida Yukina y Kurama se dispusieron a lavar todo mientras Hiei los observaba desde la mesa, con la mirada de algún modo ausente.
Hiei se removió un tanto incomodo en su asiento, el ambiente era tan deprimente que parecía un funeral. Lo que normalmente le hubiera parecido ridículo, nadie había muerto, simplemente había resultado herida y había huido, que era diferente. Sacudió sus cabellos con frustración, aunque nadie hubiese muerto, él se sentía como si fuese un asesino de un modo u otro. Se sentía culpable y eso lo llenaba de sentimientos encontrados, una parte de él se negaba a aceptar cualquier tipo de culpa, a veces incluso llegaba más lejos y la culpaba a ella, después de todo él nunca había dicho que iba en serio, por lo tanto la pelinegra se creó una ilusión solita, él nunca le dijo que la amaba. Pero otro lado de él lo atormentaba, le decía que Cho había tenido razón y que además, como broche de oro, había lastimado a su hermana. Cerró los ojos por un momento y luego se levantó para ir camino a la puerta, dispuesto a dar un paseo para tranquilizar sus pensamientos.
- No te vayas.
Detuvo sus pasos sin siquiera haber llegado cerca de la puerta, sorprendido. Su hermana había leído sus intenciones y ahora le pedía dejarlas a un lado.
- Por favor. – Dijo Yukina.
Hiei volteó a mirarla sin saber que decir para encontrarse con el rostro asustado de la dama del hielo. Sintió como su urgencia por salir del lugar terminaba por quedar en segundo lugar frente a la necesidad de ofrecer algo de tranquilidad a la koorime, pero antes de que él pudiera moverse de su lugar, ella procedió a explicar el porqué de su pedido.
- Puede que la haya perdido a ella. – Murmuró la mujer. – No quiero perderte a ti también.
Sintió como su corazón se apretaba dolorosamente, sabiéndose la causa del dolor de la muchacha frente a él y por primera vez en la vida deseó saber cómo se hacía para confortar a alguien, para darle paz. Sin saber que más hacer, terminó por simplemente darse la vuelta y regresar. Se paró frente a Yukina y con algo de nerviosismo y esperando estar haciendo las cosas bien, besó su mejilla.
- No me iré a ningún lugar. - Susurró él lo suficientemente alto para que ella lo escuchara.
La sintió tensarse por un momento y Hiei se tensó en respuesta, preguntándose si es que había hecho las cosas mal, pero antes de que pudiese retroceder, ella ya se había relajado y tomándolo por sorpresa, se lanzó a sus brazos, aferrándose a él. El pelinegro simplemente regresó el abrazo, acercándola a sí y notando como ella parecía desmoronarse contra su pecho. Oyó los golpes secos de las perlas contra el piso, haciendo evidente que la mujer estaba llorando y abrió aún más los ojos en sorpresa, mientras se tensaba. Clavó su vista en su amigo, interrogante, pero el pelirrojo se limitó a hacer señas que el pelinegro no terminaba de entender, así que simplemente imitó lo que había visto hacer a Kuwabara y empezó a acariciar su cabello, tratando así de detener su llanto.
