Disclaimer | Nope, Shingeki no Kyojin no es mío. Todos sus derechos están reservados al gran Isayama Hajime.


Departamento de Soltero
•·.·´¯`·.·•

Capítulo 6 ● Se busca trabajo

"Tengo una pregunta que a veces me tortura:
¿estoy loco yo, o todos los demás?"
—Albert Einstein—


Pasé dos horas dando vueltas por todo el Caribbean Trost Mall mascullando maldiciones hacia todo aquel que osara de tropezarme. No ando de humor como para tener que recibir los empujones de tipos dos metro más altos que yo ni de las «amigas» de Marla saliendo de su peluquería.

Intenté con la tienda deportiva en la que trabajan Eren y, del que pronto me enteré, Reiner. El sitio era cómodo, amplio y todos los empleados se encargaban de una sección deportiva a la vez, e iban rotándose cada semana. Si por ejemplo a Reiner le tocó la vez anterior estar en la sección de fútbol, él iría a la que estaba Eren, que era la de vóleibol, mientras que Eren iría hacia la de hockey y el que estaba en hockey pasaría a fútbol. Algo así.

Me agradaba su dinámica de trabajo y pensé en pedir empleo, pero entonces lo consulté mejor conmigo misma. Ya es suficiente con tener a Eren en casa, ¿ahora también en el trabajo? Ugh, no. Aparte que soy algo torpe y ciertos instrumentos deportivos suelen ser muy pesados para una chica como yo, por lo que preferí ahorrarme tener que estar pidiendo ayuda a mis compañeros de trabajo.

Probé también con las tiendas de ropa por departamento, boutiques, tiendas de accesorios y perfumerías. Ninguna me convenció.

Las tiendas de ropa por departamento acá en Trost parecen los Juegos del Hambre o algo peor; hay señoras peleándose por la ropa de bebés, por blusas de tallas únicas y hasta por calcetines más feos que los barros que tengo en la cara. Así que… mejor no.

Con respecto a las tiendas de bisutería, justo cuando me estaba decidiendo sobre si trabajar o no en una, vi a una de las empleadas caérsele varios accesorios y ser reprendida por la cajera de la tienda —que parecía ser la dueña—, exasperándole porque había roto dos pulseras muy caras. Definitivamente no querría ser ella en esas circunstancias, así que lo decliné.

Y las perfumerías… nope. Apenas entré en una tuve que salir a tomar aire. El lugar estaba impregnado de olores combinados que no sé cómo es posible que los empleados puedan respirar ahí dentro, o que no se atrevan a usar mascarillas.

En medio de mi desespero incluso fui a visitar la librería en la que trabaja Annie.

—Este lugar es relajado —dijo ella una vez me hizo seguirla al rincón de una estantería de la sección de misterio—. Aquí vengo a leer mis libros de asesinatos cuando no hay clientes pesados que me molesten.

—¿Qué tiene que ver que los leas en otro lugar?

—Ah. —Annie se llevó una mano a la barbilla. La argolla de su nariz emitió un brillo extraño—. Es que hace cinco años un hombre murió aquí durante un asalto. Se siente su alma vagar por aquí.

Y definitivamente no trabajaré ahí.

Entre tantas cosas se me han ido las dos primeras horas de la tarde y ahora no sé qué diablos hacer con mi vida. Cuando acompañé a Eren a su trabajo, él me sugirió escoger lo que fuera. ¡Pero es que yo quiero trabajar en un lugar que vaya a disfrutar y en el que me sienta cómoda, no solo para mí es ganar dinero!

No supe qué tan desesperada estaba hasta que pasé por un lado de la peluquería de Marla. La vi por fuera de la vitrina secándole el cabello con total astucia a una chica que recién acababa de pintárselo de azul. Las «secuaces» de Marla me señalaron cuando fui pasando por ahí, haciendo que ella se volteara para verme. La mirada que me envió era cautivante, y no lo digo solo por la cantidad de delineador con que se maquilló hoy ni las maxi pestañas postizas que cargaba, sino porque me mandó lejos de ahí como recordándome que estaba exiliada de su aposento.

Les escribí un llamado de emergencia a mis dos mejores amigas para vernos en la feria de comidas. Para algunos es horario de almuerzo, aunque nosotras ya habíamos comido previamente en la universidad. Apenas son las dos de la tarde; los lunes salgo de clases a las doce al igual que Eren, por lo que se podría decir que tenía algo de ventaja contra el tiempo hasta las seis.

Y sentada en una mesa frente a la pizzería donde trabajan Sasha y Marco, con Ymir de turno de almuerzo en frente de mí, fue como empecé a acudir ayuda y consejos especiales.

—Hay una tienda de lencería por el cuarto pasillo —recomienda Ymir.

No miento que me lo he pensado varios segundos, hasta desistir. Dicha tienda de lencería ha de ser una parecida a la tienda de ropa por departamentos a la que fui, es decir, un campo de guerra.

—No.

—Creo que te enrollas demasiado —dice Sasha desde la caja registradora, más pendiente de nuestra conversación que a quien está atendiendo el pago—. Son cinco con cincuenta.

—Solo tengo diez.

Sasha le arranca el billete de la mano y lo mete en la caja registradora, sacando un cambio de dos dólares y tomando cinco caramelos de la cestilla que tiene a un lado. A ellos se la ponían ahí para que calmaran ansias durante las horas de trabajo.

—Muchas gracias por comprar en Caribbean's Pizza.

El muchacho que acababa de ser atendido por Sasha la observa consternado antes de abandonar el puesto con su caja de pizza y una mirada de extrañeza, misma que ha sido dirigida tanto a la cajera como al cambio devuelto. Hecha la pendeja le quitó tres dólares en caramelos que prácticamente son gratis.

—¿Y ahora qué? —cuestiona Ymir.

Suspiro.

—No sé. Y dudo que Marla quiera darme trabajo en la sexy shop.

Ymir ladea una sonrisa.

—Marla no será problema, pero dudo que quieras trabajar conmigo y Berth ahí.

Ugh, de solo imaginármelo me dan diabetes.

—¿Qué tal el cine?

—Fue el segundo lugar al que fui. La mayoría de los jóvenes universitarios acuden ahí primero antes que a cualquier otro lugar. Para mí no hay disponibilidad, tienen personal de sobra.

—¿Y si te metes a puta y ya?

Ymir —reprende Sasha, quién tiene frente a ella una cliente mayor que nos ha estado observando desde hace rato como si estuviésemos locas. Tras los diez dólares que le entrega la señora, Sasha le devuelve dos billetes más seis caramelos—. Lamento las circunstancias. Gracias por comprar en Caribbean's Pizza.

De paso que ha estado toda la fila escuchando nuestras extrañas conversaciones, ha tenido un mal servicio por parte de Sasha y hasta le roban 2.50$. Pobre mujer.

Estuve al alcance de protestar por mi propia cuenta hasta que escucho provenir de no muy lejos de la feria de comidas unos gritos escandalizadores casi propios de películas de terror, que por poco retumban todo el centro comercial y ahuyentan a las personas que van pasando. Frunzo el ceño y entrecierro extrañada los ojos, preguntándome qué rayos sería eso.

—¿Vieron a Pie Grande o qué? —ironizo girándome hacia la pizzería, que ahora está vacía debido a que la fila de clientes se ha terminado.

—No, son las beliebers —especifica Marco, que por raras circunstancias de la vida se ha unido a nuestra conversación—. Están desde temprano por la madrugada haciendo fila en la disquería del Caribbean Mall para adquirir el nuevo disco de Justin Bieber.

De solo escuchar esa denominación me han entrado escalofríos. De por sí las fangirls son peligrosas, pero las beliebers son como bombas nucleares, explotan ante cualquier lanzada y esparcen sus Bieber-partículas a todo el mundo, intoxicándolo y calentándolo con sus cachonderías por a él. Es como el calentamiento global, pero de hormonas.

—¿Y tú cómo sabes? —curiosea Ymir.

Lo último que falta es que Marco fuera belieber también, suficiente lo soportamos siendo hippie. Hoy, por cierto, carga una bandana amarrada a la cabeza, con colores psicodélicos y extraños.

—Mina, una amiga, acampó en la fila —responde Marco.

Mis ojos se abren con horror ante lo dicho por el pecoso. ¿Cómo será una belieber hippie?

—Cielos —exclama Sasha frunciendo el ceño y mirando hacia la distancia por la parte noroeste de la feria de comidas, hacia el pasillo de las tiendas—, creo que he visto la carpa.

—Si tiene un afiche de Justin Bieber pegado, es el de ella.

Sasha parpadea repetidas veces.

—¡Es que todas esas carpas que logro ver tienen a Justin Bieber de ventanilla!

Ymir bosteza.

—Bueno, mi descanso acabará en breve —nos avisa, observando su reloj de muñeca—. Iré un rato a joderle la paciencia a Annie y me iré a mi puesto de trabajo. Suerte consiguiendo empleo, Mikasa.

—Gracias —contesto, aunque más bien ha sonado como un quejido.

—Oye, ¿no te gustaba la música? —dicr Sasha de repente, como si se le hubiese venido a la mente la cura para la pereza.

—¿A qué ser humano no le gusta la música, Sasha?

—A mí —contesta Marco levantando una mano—. Bueno, dependiendo de qué música.

Sasha hace atisbo de suspirar, pero lo reprime; yo en cambio, aparto mi mirada hacia otro lado disimulando mi perplejidad.

—Lo decía porque trabajar en una disquería no sería mala idea —sugiere mientras tomaba un caramelo de la cestilla de «muestras gratis» y se lo mete a la boca con todo y papel.

Enarco una ceja mientras observo su acción. Ella parece masticar la golosina y saborear, hasta que saca el plástico por la boca, lleno de su saliva.

—¿Qué? —pregunta ante mi horror—. El papelito siempre queda lleno de dulce, me gusta lamerlo.

Demasiada rareza por hoy, gracias.

—¿No has ido a la disquería a pedir una oportunidad de trabajo?

—Realmente no —afirmo—. No se me ocurrió.

—Pues deberías, es tu todo o nada. A menos que quieras trabajar conmigo y Marco acá. —Y mientras se ha referido a ambos, abraza a su hermano por el hombro atrayéndolo hacia sí.

Oh no, yo no quiero trabajar con Pinky y Cerebro. NO.

—Creo que mejor voy a probar con la disquería.

Y antes de que pudiera escuchar una palabra más de parte de Sasha o Marco, me encamino hacia el lado noroeste del centro comercial, donde ya estoy empezando a divisar la larga fila de beliebers frente a la disquería. Para extrañeza mía, está cerrada.

Me detengo a unos metros de la entrada de la tienda enarcando una ceja. Hay un afiche promocional colgado de un soporte en el que se ve la imagen del cantante viral. Supongo que es la misma fotografía que usa de portadilla de su álbum. Debajo de él, decía al público con letras vistosas que la venta de su último disco iniciaría el día de hoy a partir de las tres de la tarde.

Parpadeo un par de veces mientras dirijo mi mirada hacia mi reloj de muñeca. Son las 2:30pm y yo sigo parada aquí como una idiota, sin trabajo y observando el rostro jovial de Justin Bieber estampado en un afiche.

Pero tampoco tengo nada más al alcance. La disquería está cerrada y hay una enorme fila de fans esperando a tumbar las puertas para adquirir sus discos. ¿Qué más puedo hacer yo? Observar detenidamente el interior de la disquería no ayuda; está vacía, aunque las luces están encendidas y se puede visualizar a través de las vitrinas.

Desconfiando un poco de las apariencias, decido acercarme a la puerta a ver si hallo algún buen samaritano que me acepte como empleada aquí.

Y antes de que pudiese siquiera darme cuenta de que de todas formas está vacío, siento un repentino jalón por el brazo que hace que me gire hacia mi agresor. Ella es más o menos bajita, por lo menos más que yo, como del tamaño de Sasha. Tiene ojos oscuros tras sus gafas RayBan sin aumento, junto a un peinado de coletas. Viste demasiado femenina para mi gusto, con una falda rosa y una sudadera que tiene inscrito «YOLO» en el pecho. Aparte, apesta a Girlfriend de Justin Bieber, como si se hubiera bañado en él.

Me mira de manera fulminante, como si le he quitado el novio o algo por el estilo, mientras se cruza de brazos y zapatea en el suelo. A un lado suyo, apoyado de la pared, yace una figura tamaño real de Justin junto a una tienda de campaña deshecha en el suelo.

Aguarden. A esta chica la conozco…

¡Pero si es la chica que le estaba flirteando a Marco ayer y no lo dejaba en paz!

—Disculpa, amiga, yo llegué primero —manifiesta con exagerados ademanes mientras me señala con su uña del dedo índice, barnizada en rosa pálido—. Así que si quieres tener tu propio CD de Justin, tendrás que hacer fila como las demás y mover tu gordo trasero al último lugar.

Parpadeo ante el asombro, ¿más o meeenos? ¿Fue idea mía o le salió en verso?

—No, yo no soy belieber.

—¡A mí no me importa si eres selenática o directioner, yo llegué antes que nadie más!

Y con una fuerza que ni los doctores más experimentados en la materia podrían explicar, la niña ésta me ha empujado con una sola mano provocando junto a mi descuido que me fuese hacia atrás. Antes de caer al piso, pude escuchar un quejido femenino desde atrás acompañado del retumbar de objetos empaquetados en cajas cayéndose al suelo.

—Oh, por dios —exclama una belieber.

—¡Por fin está aquí!

—¡Es el nuevo disco de Justin!

—¡AAAAHHHH!

Tuve que taparme los oídos ante el coro de griteríos y el retumbar de saltos que emitieron unas cuantas. Varias personas se habían detenido a ver el espectáculo, pero todo fue tan fugaz que perdí la cuenta de la gente a mí alrededor. Tan pronto como empezaron a chillar, las beliebers me han caído encima escudriñando mis costados en busca de lo que ellas tanto anhelaban.

Nuevamente, detrás de mí oigo los quejidos de alguien.

—¡No, no, señoritas, esperen! ¡En orden—! AH —jadea un chico de cabeza rapada y ojos avellana mientras intenta arrancarles de las manos los discos a las fanáticas. Creo que fue con él que tropecé, pero en lugar de ponerme a comprobar el hecho, me fijo en que una belieber ha osado de morderle un dedo durante el forcejeo—. ¡AH! ¡OYE, ME ACABABA DE QUITAR UN CALLO Y DOLÍA!

La misma tipa de lentes RayBan sin aumento casi me mete una rodilla en la boca mientras se lanza a la montaña de chicas con hormonas alborotadas en busca de algún disco. Por impulso me aparto lo más rápido que puedo, así logrando quedar por lo menos un poco más lejos de la multitud de chicas. El corazón me palpita a creces, generándome adrenalina. Esta es la primera vez que siento que estoy al borde de la muerte.

Definitivamente, ni loca trabajaré aquí.

O sea, ¿tener que soportar cada temporada a estas fanáticas alocadas solo porque los discos de sus ídolos han salido a la venta? Nooo, gracias. Prefiero ahorrarme el estrés.

Estoy a punto de girarme completamente y regresar a los pasillos a ver si por fin hallo alguna oportunidad en algún otro lado, pero entonces puedo escuchar los quejidos del chico de cabeza rapada, junto a sus nulos intentos de quitarles a las chicas los CDs que se le habían caído. Arrugo los labios.

"Mikasa, vete", clama mi yo interna.

¡Pero es que no lo puedo dejar así!

"Mikasa, vete".

Pero… ¿acaso no te gustaría que por ti hicieran lo mismo si te pasara eso?

"MIKASA, VETE".

No puedo retractarme más. Me hallo frente al chico que lucha por traer de vuelta lo que le pertenece y sería muy cruel de mi parte abandonarlo en este preciso momento, así que… al diablo.

—¡Oigan, chicas! —grito, pero las desgraciadas estas no me escuchan—. ¡Chicas—! Ah, cómo sea. —Llevo los dedos a mi boca y disparo un silbido lo suficientemente fuerte como para que todas se giraran hacia mí, sin cambiar sus posiciones iniciales—. Por ahí escuché a un pajarito decir que si se llevan los CDs de Justin sin pagar, no estarán concursando por entradas oficiales y pases a camerino del concierto de él en Sina.

Y como si les acabaran de pedir matrimonio, se han puesto a chillar como becerras, unas se han tumbado al suelo abrazándome a otras, incluso algunas se han puesto a llorar de la emoción. La YOLO es una de ellas, hasta ha tirado los lentes sin aumento a un lado mientras se desparrama en el suelo abrazando su disco casi robado.

—¡YASTEN, YASTEN, YASTEEEEN! —Es lo único que se oye en el pasillo.

Frunzo el ceño agradeciendo que ninguna de ellas me notara por estar más ocupadas «fangirleando» que otra cosa. Noto que, sin un orden específico, han comenzado a entrar a la disquería que ya ha sido abierta con las esperanzas de ser partícipes de mi mentirijilla blanca y poder llevarse oficialmente sus anhelados discos.

He estado a punto de irme una vez más, pero una mano sobre mi hombro impide mi acción. Al girarme, veo al mismo chico calvo sonreírme; era más bajito que Sasha y luce bastante simpático, incluso cuando carga puesto un delantal rosa de Card Captor Sakura con la vestimenta de la segunda película.

—Ay, amiga, te la debo —manifiesta, utilizando un tono tan… gay que no era difícil darse cuenta de que lo es—. Es más, te pagaré ahora mismo. ¿Cuánto cobras por tus servicios, mi linda?

—Eh… No, no hace falta que me pague.

—¿Segura, amiguita? —cuestiona dubitativo—. Mira que yo soy bien agradecida cuando me ayudan en algo. Y gracias a Jesucristo que me quitaste a esas mujeres de encima, chica, porque qué estrés lidiar con esas beliebers.

Este hombre habla tanto y de una forma más amanerada que la propia Marla. Me tiene un poco aturdida, no le he entendido ni pío. Solo sé que me ofrece un pago por mis «servicios» de ayuda.

—Ahora que lo pienso… me vendría bien un trabajo —le planteo con sinceridad.

El chico calvo sonríe cómplice, llevándose una mano a la barbilla.

—¿Trabajo? Has venido al lugar indicado, querida —canturrea como si estuviera promocionando algún comercial de televisión. Es que hasta tenía la sonrisa brillante y todo, aunque un look poco convencional.

Y casi tan pronto como me dice eso, saca de los bolsillos de su delantal otro exactamente igual al que carga, pero doblado, por supuesto. Con tan solo darle una sacudida en el aire lo despliega; en un abrir y cerrar de ojos, ya lo cargo puesto.

—¡Bienvenida al clan, cariño!

Parpadeo confusa observando mi uniforme de trabajo a partir de ahora, justo cuando mi «jefe» entra al establecimiento jalándome por la mano. La disquería está infestada por beliebers más amanzadas que un perro lazarillo, haciendo correctamente filas para pagar sus discos. Fui llevada a la segunda caja mientras que el chico se coloca a mi lado en su propia máquina.

—Me imagino que sabes cómo usarla, ¿no? —averigua con una ceja alzada.

Y bueno, tuve una de estas cosas como regalo de navidad en el pasado, aunque era de juguete. Además, he visto a las cajeras de los supermercados utilizarlas un montón de veces, así que por lo menos sé que no la bloquearé o quemaré con tan solo presionar un botón.

—Sí, soy experta —exagero un poco, pues no quería que me diera otro puesto en la tienda, como desempolvar o algo así. Con ser cajera me basta.

—Me llamo Connie Springer por cierto, linda —se presenta ofreciéndome su mano con un movimiento bastante suelto.

La estrecho con gusto, presentándome también.

—Mikasa Ackerman.

—Muy bien, Mikasa, ¡a trabajar!

Me siento feliz de haber cumplido mi objetivo de conseguir un trabajo. Es que ya quiero verle la cara a Eren cuando le diga que lo he logrado. Cuando lo acompañé al suyo, a ver si me adaptaba ahí para trabajar, él me había visto de manera burlona. claramente desconfiando en que yo pudiese encajar en algún sitio de este centro comercial. Pero, JA, de nada le valió la acción al muy idiota, porque por fin podré poner de mi dinero en casa de igual forma que él lo hace.

Dispuesta a emprender con mis nuevos deberes, sonrío dándome ánimos de comenzar y levanto la mirada al frente para cobrarle a la primera belieber de la fila que quiere llevarse legalmente su disco.

Y agh…

—¿Qué? ¿Vas a estar mirándome espantada todo el día o me dejarás pagar mi disco? —rezonga YOLO habiendo recuperado sus gafas sin aumento, mientras arruga el labio al mirarme.

Sonrío falsamente, tomando su dinero.

—Te estaré vigilando, usurpadora de puestos. No te librarás de mí tan fácil —profiere antes de irse por fin.

Mi cara es un poema.

¿Es que yo no me libro de un loco o qué?

•·.·´¯`·.·•

—¡Oye, Eren! ¡Ven acá y ayúdame! —reclama Reiner desde su lugar en el departamento de vóleibol, que está justo por encima del mío, en la segunda planta de la tienda deportiva.

Al notar que nadie más circula por los alrededores ya que el día ha estado muy tranquilo, me encojo de hombros. A veces me hacía el desentendido de mis lugares, sobre todo cuando me tocaba hockey. Es que como aquí en el país y más en Trost se practica raras veces este deporte, muchos de los atletas que llegan a la tienda le restan importancia. Aunque sí se han vendido varios palos y patines a lo largo de las semanas de trabajo, incluso cascos para complementar los disfraces de Jason en temporada de Halloween, y más ahora que estamos en octubre.

Por irónico que parezca, soy empleado del mes. Estoy en esta tienda desde que me mudé definitivamente a Trost poco después de la graduación. Y aunque hoy Mikasa me acompañó a la tienda al llegar, ni siquiera notó mi fotografía colgada en el cajero con esa cursi denominación. Mikasa ni debe estar segura de cuánto tiempo llevo viviendo en Trost realmente.

Lo cierto es que me extraña ser empleado del mes. Mierda, yo no hago casi nada aquí. Atiendo a los clientes que se acercan a mis departamentos, nada más, gran cosa.

Como sea, la hija de mi jefe está buenísima y eso es lo que cuenta. Una vez la invité a una fiesta y terminamos en un motel de mala muerte porque era lo más cerca que estaba del lugar y ambos estábamos muy ebrios como para conducir; aun así, fue la gloria.

—¿Qué pasa, idiota? —pregunto al llegar donde está Reiner; parece estar forcejeando con las varas donde se cuelgan las redes.

—¿Qué no ves? —ruge. Solo a él se le ocurre cargar con dos pares al mismo tiempo. Se sabe que es fuerte y sus músculos son hasta más grandes que la cabeza de Armin con todo y pelo, pero venga…

Dando un suspiro me le acerco y le quito dos de las varas. Con algo de esfuerzo las llevo a su respectivo sitio y las recorto del rincón. Reiner hace lo mismo.

—Gracias, amigo —manifiesta dedicándome unas duras palmadas en la espalda de las que no protesto por no tener ganas de discutir con él.

—De nada.

Reiner seguidamente saca su celular del bolsillo y se sienta a escudriñarlo en un puff que tenemos en cada departamento para probarse zapatos deportivos, tacos de fútbol o patines. La mayoría de los empleados los usamos más que los propios clientes que llegan.

Decido acompañarlo un rato, pues tampoco es como si tuviera nada más interesante que hacer.

—Oye, cuando te fuiste de la universidad, Sasha nos contó que peleó ayer con tu vecina.

—Vaya, lo rápido que corren las noticias.

Conociendo la lengua que tiene esa chica a la hora de echar los chismes la verdad es que no me sorprende que decidiera estudiar Comunicación Social.

Saco mi teléfono del bolsillo de mi pantalón y seguidamente lo desbloqueo con un patrón que suelo olvidar. Me vuelvo a girar hacia Reiner, casi arrepintiéndome. En su rostro se ha dibujado la picardía de una vieja quisquillosa. Da más miedo que el maquillaje de un drag queen de los años sesenta.

—¿Qué? —pregunto.

—¿Qué tal tú y Mikasa? ¿Ya han…? —Y de una forma tan de primero de secundaria, mete su dedo índice en un agujero que ha hecho con los dedos de su otra mano.

—No —respondo encogiéndome de hombros.

Por la expresión de extrañeza y sorpresa que ha hecho, casi le provoca que se cayera del puff. Solo le falta hacerse la señal de la cruz para que comience a exorcizarme, porque apuesto a que nunca creyó que yo contestaría negativamente ante una pregunta como la anterior.

Este Reiner es un exagerado, parece un niño pequeño. Por nada la machorra amiga de Mikasa le dice «marico triste».

—¿Quién eres y qué hiciste con Eren Jaeger?

—Pendejo —profiero mirándolo con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido.

Él empieza a reír.

—Lo siento, bro. Es que en serio es raro, no pareces tú.

Iba a volver a encogerme de hombros, pero estoy más concentrado en ver las notificaciones en la pantalla de mi celular hasta fijarme en varios mensajes de Whatsapp de Mikasa. Los abro por curiosidad y no puedo evitar reír ante lo que mis ojos ven.

Mikasta: "CONSEGUÍ TRABAJO, IDIOTA".

Mikasta: Imagen.

Mikasta: "EN TU CARA".

Lo que me envió fue un selfie de ella donde apenas se le ve un ojo, como si hubiese tomado la foto de modo de que nadie más se diese cuenta de que lo hizo. Detrás de ella, casi por encima del hombro, podía verse una enorme fila que seguro atendía en caja. Lo que más me sorprende es ver las caras de las personas en la fila, que son solo mujeres y muchas de ellas tienen expresiones de excitación.

Mierda, ¿está trabajando en sexy shop? Cuánta envidia me da.

Aunque, ahora que lo pienso, ya Bertholdt me hubiera informado. Estaría plantado acá contándonos el chisme a Reiner y a mí o simplemente me enviaría un discreto mensaje al Whatsapp. Aparte, sé por él que la única sexy shop del centro comercial es donde trabaja él con su novia machorra.

Yo: "Interesante, Ackerman. Ya era hora".

Sin esperar su mensaje de respuesta, apago el celular y lo meto de vuelta en el bolsillo. Por un momento creí que Reiner estaba fisgoneando nuestra conversación, hasta que noto que está en realidad dándome la espalda y emitiendo unos extraños sonidos como gemidos. Parece que está llorando en voz baja.

—Reiner, ¿qué diablos te pasa? —cuestiono con el ceño fruncido, mientras él se gira de vuelta hacia mí.

En efecto, está lloriqueando como el propio maricón. Tiene la cara llena de lágrimas y mocos. Mierda, esto da hasta más miedo que su expresión de picardía. Luce perfecto para ser candidato de un GIF en Tumblr.

—Es que Annie me acaba de contar el final de un libro que estaba leyendo —sorbe por la nariz—. Era una niña con leucemia, ¡Y SE MURIÓÓÓ!

Clientes que pasan cerca del departamento en el que estamos me miran raro una vez que la enorme bola de pelo rubio se aferra a mi hombro para llorar..

Genial, lo que me faltaba.

•·.·´¯`·.·•

—¡OH POR DIOS, NO PUEDO CREE QUE TENGO POR FIN EL CD DE JUSTIN! ¡AAAYYYY, SÚJETENME QUE ME CAIGOOOO! —farfulla una muchacha con complejo de Fix a heart* que merodea, no, invade la tienda de discos quizás esperando a las amigas que van detrás de ella en la fila—. ¡Es que tengo que twittearlo ya mismo!

Busco la mirada de Connie para comprobar si está igual o peor de consternado que yo, pero él en cambio luce tan tranquilo en su propia caja atendiendo a las secuaces de Fix a heart, que hasta pienso que la ha ignorado. Era eso o que estaba acostumbrado a lidiar con este tipo de locas en la tienda.

Gracias a Dios ese grupillo belieber es el último en ser despachado en dos horas y media que nos extendimos Connie y yo. No nos habríamos diferido demasiado si no le hubiésemos tenido que pasar la tarjeta a varias chicas hasta como cuatro veces a ver si aceptaba la transferencia, y no, siempre daba rechazada y luego andaban pidiendo limosna a las hermanas-de-fandom solo para que sus corazoncitos estuvieran felices. En mi opinión, si ellas no se hubiesen puesto a gastarse todo el crédito de la tarjeta en Victoria's Secret, no hubiésemos tenido que tardar tanto, porque ellas habrán pasado rabias pero nosotros estábamos hartos.

Vaya que atender una disquería en las temporadas en las que salen a la venta los álbumes más buscados es sinónimo de suicidio. Me compadezco de Connie, y de mí también, pues ahora trabajo en esto.

—Uff —suspira Connie a mi lado, pasándose una mano por la frente como quitando restos de sudor imaginario, pues está más fresco que una lechuga—. Hubieses estado presente cuando salió el tercer álbum de estudio de One Direction, esto sí que parecía una guerra civil de tantos fanáticos que había.

—Me imagino, aunque para entonces yo no vivía todavía en Trost.

—¡Pues menos mal, cariño! —exclama—. Yo tampoco trabajaba aquí aún, pero sí vine a comprarme el CD y wow… La fila casi le daba la vuelta al centro comercial y yo obtuve mi disco casi que al anochecer, y estuvimos desde la madrugada.

—Qué miedo.

Connie niega la cabeza, llevándose las manos a la cara.

—¡Y ahora Zayn se salió, ayyyy noooo! ¡Mi mundo se pone de cabeza cada vez que me recuerdo! —lloriquea. Por un momento creí que exageraba hasta que se abanica los ojos para evitar soltar lágrimas que amenazaban con salir—. Ya Connie. Relajada, chica. Zayn sigue estando igual de bello a pesar de que se salió de la banda y se rapó ese coco. Ay que ver, chica, que solo a mí y a Zayn nos luce este look.

Decido quedarme callada, a este punto no sé si reír o acompañarlo en el llanto.

Justo al irse las beliebers, por la puerta ha entrado Sasha de una manera un tanto abrupta. Casi me asusto cuando lo hace y me le quedo observando de piedra.

—¡MIKASAAA! —chilla corriendo hasta mi caja—. ¡Por fin tienes trabajoooo!

—Síííí… —contesto en su mismo tono, aunque mucho menos chillón y emocionado.

Sasha luce como si hubiese conseguido un anillo de oro en una caja de cereal. Observo a Connie a mi lado analizándonos con expectación, como si fuéramos dos actrices de Gossip Girl o algo así. Siento pena por tenerlo al margen así que decido presentarle a Sasha.

—Connie, ésta es Sasha —la señalo—. Y él… —Dudo al momento de presentarlo, recordando la manera en que ofendí a Marla por llamarle «loco»—… lla es Connie.

—Un gusto, chica —corresponde Connie extendiendo una mano hacia mi amiga.

Sasha se la estrecha de vuelta, sonriendo.

—Lo mismo digo. Bonito delantal.

—¡Está a la orden, cariño! Lo diseñé yo misma, ¿verdad que está divino?

Sasha quería reír al notar que yo también uso uno igual, pero disimuladamente le pellizco la mano y se contiene. No quiero romper la burbuja de Connie, porque en serio parece gustarle su trabajo.

—¿Qué haces aquí? —pregunto—. ¿Y a qué se debe tanta emoción que cargas?

—Ah, es que me escapé un rato del trabajo y dejé a Marco a cargo. ¡Y a lo que vine! ¡Acabo de ver a tu chico culón merodeando por los pasillos! —suelta enarcando las cejas con picardía.

Me quedo con la boca abierta y la sombra de una sonrisa sin saber qué otra expresión menos estúpida debería poner justo ahora.

—Oh… genial…

—¿Solo genial? ¡Venga, Mikasa! —insiste, sacudiéndome por los hombros—. ¡Es tu oportunidad de hablarle otra vez por «casualidad»!

Siento terror cuando Sasha dramatiza las comillas imaginarias al decir lo último, aunque en realidad me he cohibido con toda la frase final.

—¿Hablarle otra vez? Estás loca.

—Ja, por supuesto —expresa como si le hubiese dicho un cumplido, para luego extender su estúpida sonrisa—. ¡Vamoooos, tontaaaa! ¡Ve a hablarle!

—¡Pero si ya le hablé hoy en la universidad!

—Pues hazlo otra vez.

Y la muy perra desgraciada lo dice como si fuese tan simple.

—Ah, vamos. ¿Qué te cuesta?

—No es que me cueste, es el hecho de que podría pensar que lo estoy acosando o algo.

Sasha rueda los ojos.

—A menos que pases por ahí «casualmente» —agrega Connie, incluyéndose en la conversación. Él también ha dramatizado unas terroríficas comillas en el aire que me han helado la sangre.

De pronto, la complicidad con la que se miran mi jefe y mi amiga es tan intensa como un dolor en el vientre en plena menstruación. Y lo dice la que está en su primer día del ciclo de este mes; los hincones que me dan a rato son terribles.

Oh, oh —canturreo en un susurro.

—Querida. —Connie me mira—. ¿Por qué no vas a mi carro a buscar una caja de más CDs que quedaron en el maletero? No te preocupes por el seguro y la protección en el auto, toma mis llaves.

Y apenas logro atajar las mencionadas, siento las manos de Connie empujarme fuera de la caja y luego las manos de Sasha sacarme de la tienda de discos. Antes de perder de vista mi nuevo lugar de trabajo por cruzar una esquina, observo que esos dos chocan las manos como si hubiesen logrado su cometido.

Y a todas estas, ¿Connie dijo «protección»?

Bajo la vista hacia la mano que sostiene las llaves entregadas y noto que, incrustado en la argolla que une al llavero, está el paquete de un preservativo.

MI-ER-DA.

¡¿Es que acaso pretenden que me tire a Jean en el auto de mi propio jefe?!

Arrugo la cara siento un sonrojo surcarse por mis mejillas de solo pensar en eso. Diablos. Aprieto las llaves con el preservativo en mi mano tratando de que mi vergüenza disminuyera. Empiezo a tomar respiraciones momentáneas a medida que camino a paso relajado, pero por estar de idiota mirando hacia un lado noto a unos diez metros de mi lugar al al mismo chico del que estaba hablando antes con Sasha y Connie.

MIEEEEERDAAAAA.

Y todo mi proceso de «curación de la vergüenza» fue en vano. Siento mi cara más roja y el flaquear de mis piernas. Me hago la que no lo vio y camino más rápido hacia la siguiente bifurcación que lleva al estacionamiento. Agradezco a los cielos el posible hecho de que no haya reparado en mí y en mis bobas acciones.

Casi tan rápido como llego al estacionamiento, hago sonar la alarma del auto de Connie y ubico su auto. Es un escarabajo de modelo de antaño que pareció haber comprado en una subasta de autos usados o quizás en rebajas. Dudo de abrir el maletero por miedo a que se le cayera una pieza o algo así. El auto realmente no luce en malas condiciones, pero tampoco en las mejores.

Finalmente saco la caja con los dichosos discos y cierro la tapa del maletero con sumo cuidado. Ahora parezco Danbo, el muñequito de la caja, cargando con esta cosa tan pesada de regreso a la disquería. Por suerte, no veo a Jean otra vez por ningún lado.

—¡MIKASA VEN ACÁ! —escucho que me grita Ymir desde dentro de la tienda. Me sorprende que esté ahí, aunque apuesto a que Sasha la invitó.

—¡Ya voy, estoy cargando con una caja pesada! —respondo desde fuera, dando pasos lo suficientemente largos para llegar rápido.

—¡Déjala afuera un rato, no le pasará nada! —dice Connie de repente—. ¡Solo ven ya, es urgente!

Suelto un gruñido mientras dejo la bendita caja en el suelo. Estuve a a un simple metro de la entrada de la disquería, pero ya mis pobres brazos no dan para más. Rodando los ojos hago caso y entré. Sasha está recostada de la mesilla del cajero mientras Connie parece hablar con ella de ropa e Ymir está callada pero expectante; parece que ya se han presentado y que podrían llevarse bien. Normalmente Ymir es apática con todo el mundo.

—¿Qué? —digo apenas entro. Ha sonado como un suspiro casi gutural, pues intento recuperar el aire que perdí en la fuerza.

—Cariño, me enteré por unos parajitos que por ahí andaba el tuyo —chamulla Ymir de una forma tan pícara al momento en el que enarca las cejas y sonríe como la propia hiena que es.

—¿Ah sí? Porque yo no lo vi —miento desviando la mirada de los tres atentos a mí, restándole importancia en el mismo viaje.

Sasha bufa e Ymir resopla y se cruza de brazos. Connie, mientras tanto, se encoge de hombros arrugando el labio.

—Lástima —dice—. Por cierto, devuélveme mis llaves.

Frunciendo el ceño, accedo a su petición y le tiro de vuelta las llaves con el preservativo todavía incrustado en la argolla.

—¡Yo quería acción! —gimotea Sasha.

—Pues creo que la tendrás pronto —insinúa Ymir, señalando con su labio hacia fuera de la tienda. Por las vitrinas se ve que Jean se acerca a este pasillo desde el ala de la feria de comidas.

Mierda.

¿Cuántas veces he dicho «mierda» ya? Yo que casi ni digo palabrotas.

Ni siquiera pude darme el lujo de sonrojarme al verlo cuando Ymir me tiene agarrada de los hombros y me empuja hasta reunirme de regreso con los tres. Los tres sonríen como una manada de hienas, lo cual no me da buena espina.

—Mira, cariño, el chico viene para acá y te va a ver, lógicamente. Así que tienes que estar buenísima para cuando lo haga, ¿me oyes?

Apenas y parpadeo para intentar comprender lo que me dice.

—¿DIJE QUE SI ME OÍAS? —pregunta más fuerte, observándome con el ceño fruncido.

—¡Sí, sí, sí!

—Bien —accede, volviendo a su misma expresión de antes—. Ahora, harás exactamente lo que te digo, sin un paso en falso, ¿bien?

—Sí.

—En primer lugar, te quitarás esto —enumera, desabrochándome el delantal de Card Captor Sakura.

—¡Oye nooo! ¿Por qué eso? ¡Le quedaba divinooo! —objeta Connie.

—Será solo por un momento. El delantal no dejaba ver estas mamis —miente, ambas sabemos que el delantal me hace parecer ñoña. De repente, siento que atrevidamente Ymir me levanta los pechos con las manos al referirse a ellos como «mamis».

—¡Ymir, grosera! —reprocho dándole un manotazo.

—¡Venga Mikasa, no te hagas la santurrona! —bufonea Sasha acercándose a mí—. ¡Eres más pechugona que nuestras propias madres juntas!

Me sonrojo fuertemente. No estoy segura de si eso es una bendición o una maldición.

—En segundo lugar, hay que enderezarte, niña —prosigue Ymir y yo la obedezco poniéndome recta, como ya es mi costumbre colocarme.

Ymir chasquea la lengua repetidas veces mientras niega con la cabeza acercándose a mí. Entonces, mientras habla, ha corregido toda mi postura poniendo sus manos de aquí a allá.

—Levanta el mentón, endereza la columna, saca las tetas, mete la barriga y levanta el culo. Eeeeso es —expresa besándose los dedos como los franceses—. Exquisito.

No sé por qué, pero de repente me siento una Barbie; tan plástica y proporcionada como una.

—Esto es incómodo.

—¡Pero si te ves como toda una perra! —me halaga Sasha, o eso creo, pues lo ha dicho tan emocionada que parece una de las beliebers de esta tarde al obtener su disco.

—¡Ahora camina y conquístalo, zorra! —sentencia Ymir dándome una descarada patada en las nalgas que casi me hace perder el equilibrio con la postura que cargo.

Ante esa acción, me giro hacia ella antes de abandonar la tienda y la fulmino con ojos de obsidiana. Los tres cómplices me sonrieron de forma inocente. Connie desde su lugar me levanta los pulgares y señala lo que tiene incrustado en la argolla del llavero como si me dijera que le avisara por si lo necesitaba.

Pongo ojos de exasperación ignorando el sonrojo de mi cara. Una vez fuera, obedezco ante el grito exigente de Ymir:

—¡ENDERÉZATE!

Y ahora, luciendo como regalada levantando el trasero y el pecho mientras intento agacharme para recoger la caja de discos, Jean ha pasado cerca y siento su mirada detenerse en mí.

—¡Rápido, marica! ¡Actúa natural! —escucho los alientos de mis amigas desde dentro de la tienda.

Lo más natural que se me ocurre a estas alturas, porque la postura no lo era para nada, es sonreír. Y contrastada con forma de enderezarme, mi sonrisa no parece la de una prostituta. Por un momento se me ha olvidado cómo caminar mientras lo miro y él me devuelve la sonrisa, debatiéndose entre si seguir su camino o acercarse a mí. Tras un corto momento de duda noto que se encamina en mi dirección.

MIERDA…

En serio, ¿cuántas veces ya he dicho lo mismo en todo el rato?

Lo cierto es que… no sé cómo diablos pasó, pero resbalé como la propia pendeja, como si hubiese sido con la cáscara de una banana. Todo por no fijarme ni en el camino y por mantener firme esa incómoda postura cargando con la endemoniada caja, cuyo peso llegó a parar directo a mis pies.

¡MALDITA SEA!

¡ESTO ES TU CULPA, YMIR!

—¡Oh, cielos! —oigo que un chico exclama y que la caja de los CDs es quitada de mis pies.

Por impulso he cerrado mis ojos al caer, por lo que al abrirlos casi me quedo sin oxígeno.

Oh, por Dios… ¡Jean Kirschstein está frente a mí!

Jean Kirschstein está frente a mí…

¡MIERDA, JEAN KIRSCHSTEIN ESTÁ FRENTE A MÍ!

Siento que sonrío como idiota al verlo a la vez que me devuelve la mirada. Su expresión preocupada se compone en una mirada dulce y atractiva dándome una sonrisa. Lo veo abrir la boca para hablar y por segunda vez en el día he vuelto a escuchar esa sexy voz de chico maduro.

—¿Estás bien? —pregunta.

Afirmo con la cabeza, pues siento que las palabras no me saldrán mientras siguiera tan cerca de mí. Su sonrisa se extiende.

—Me aleg—

—¡APÁRTATE, NIÑO BONITO!

Parpadeo confusa al notar que Jean es empujado por Connie, que coloca a un lado de mí un enorme botiquín de primeros auxilios que sabrá Dios de dónde lo sacó. Busco con la mirada a Jean, el cual ha permanecido agachado detrás de Connie desde que éste interrumpió su pobre parlamento. Me mira igual de extrañado que como estoy yo.

—Oh por dios, Mikasa, ¿estás bien? —pregunta Sasha saliendo de la tienda.

Ymir, que viene tras ella, me mira, luego a Jean y seguidamente a la caja. Termina palmeándose la frente. Al parecer combinar chico bonito y culón con un pesado cargamento y una sin-gracia como yo era señal de peligro y de que, por una razón u otra, Connie esté haciendo infantiles sonidos de ambulancia.

—¡WI-U, WI-U, WI-U! ¡TENEMOS EMERGENCIA! —canturrea hacia los espectadores que se han detenido a ver el show—. ¡Sasha, apresúrate ya mismo y llama al 911! ¡Esta chica puede tener derrames internos!

—¿Qué? —alcanzo a decir—. ¡Alto, estoy bien! ¡Ni siquiera me he raspado nada y—!

—¡QUÉDESE ACOSTADA, SEÑORITA! —me corta Connie otra vez, volviendo a recostarme del suelo—. ¡PUEDE MOVER ALGÚN ÓRGANO DE SU RESPECTIVO LUGAR Y CAUSAR DAÑOS MAYORES!

Iba a protestar una vez más cuando noto que entre la multitud, que Connie aparta con sus sonidos de ambulancia, no hay pista de Jean por ningún lado.

¡Ah, jodeeeer! ¡Trágame de una vez, tierra!

•·.·´¯`·.·•

Abriendo otro paquete de chicles, me llevo uno más a la boca. Este era el quinto en solo un rato; cómo odio estas cosas a las que se les pasa el sabor rápido. Lo peor es que son tan adictivos que no aguanto al meterme otros en la boca.

Observo a mi lado en el asiento del copiloto a Mikasa. Está tan callada con la vista al frente que me extraña. Con la boca llena formulo la pregunta que tal vez haya estado esperando.

—¿Quieres?

Dirige su mirada de reojo primero al envoltorio de chicles y luego a mí.

—No, gracias —responde entornando la mirada de regreso al frente.

Enarco una ceja mientras enciendo el auto. ¿A ésta qué coño le pasa? ¿Anda en sus días?

Ninguno de los dos agrega nada más mientras intento desalojar el estacionamiento del Caribbean Mall que ha formado tráfico. Son aproximadamente las seis de la tarde, fin de la jornada laboral para estudiantes según impuso el alcalde de Trost.

El cielo está dejando ver los últimos rayos del sol. A esta hora el tráfico nocturno es infernal, incluso cuando lo único que tenemos que hacer es girar en el desvío más cercano hasta llegar a la entrada del aparcamiento de nuestro edificio.

Sin embargo, mientras ninguno de los dos dijese ni «pío» y en la radio no se escuchara ni un grillo cantar, a tan solo un cruce el camino a casa se hace tedioso.

—Y… ya tienes trabajo —digo para intentar iniciar una conversación.

Mikasa apenas asiente y hace un sonido afirmativo. Luce tanto cansada como molesta, y algo me dice que no es todo culpa de su ciclo.

—¿Tienes sue—?

—¿Quieres dejarme en paz un rato? —agría girándose por fin hacia mí con una mirada tan encolerizada que da miedo.

Okeeey… Nota mental: jamás molestarla mientras esté en sus malos días del mes.

—Lo siento —susurro seco. No quiero demostrarle que me ha asustado con ese tono tan amargado que utilizó conmigo. Más bien quiero que vea que si ella se molesta de esa manera conmigo sin razón aparente, yo también puedo hacer lo mismo, por eso la misma falta de tacto al responder.

Permanecimos callados un rato más, logrando atravesar el tráfico y salir del aparcamiento del Caribbean por fin para ahora estar en medio de una cola formada en la autopista. Nuestro cruce está aproximadamente a veinte metros pero tenemos autos delante de nosotros que no se mueven y un semáforo lento con la luz en rojo. Suspiro, y un sonido muy parecido ha salido de la boca de ella al mismo tiempo.

La observo de reojo removerse en su asiento. Carga su bolso de la universidad encima de sus piernas. Por un momento pensé que se había bajado en el centro comercial con él, pero no recuerdo haberla visto cargándolo. Me fijo en que el compartimiento superior del bolso está abierto y dentro de él puedo divisar una tela rosa con motivos. No sabría decir con exactitud qué es.

En un momento rápido en el que ella se descuidó, saco la tela de color rosa de su bolso y la despliego frente a mí. La escucho quejarse al mismo tiempo que trata de quitarme lo que le pertenece, pero yo la ignoro mientras analizo lo que tengo.

¿Por qué rayos tiene un cursi delantal de Card Captor Sakura?

Al instante, no puedo seguir conteniendo mis risas, por lo que me permito la libertad de carcajearme a todo pulmón de esta estupidez.

—¡Deja! —exclama Mikasa dándome un duro golpe en el hombro y jalando mi brazo derecho para ver si con eso logra quitarme lo que es suyo—. ¡Dame eso!

Tras secarme una lágrima y dejar que tome de vuelta el delantal, la miro con una ceja alzada y una sonrisa grabada en mi rostro mientras ella vuelve a guardar el objeto en su bolso, esta vez cerrándolo.

—No sabía que te gustaban los animes, Mikasa.

—Soy de ascendencia japonesa, ¿qué esperabas? —suelta ácidamente.

Me encojo de hombros sin apartar la mirada de ella, que la tenía clavada en el frente como todo el rato.

—¿No me digas que con eso limpiarás el sábado? —me burlo.

—Muy gracioso —replica ella—. Es el uniforme de mi trabajo.

Enarco una ceja.

—No hay tiendas de disfraces en el Caribbean, que yo sepa.

—No es por una tienda de disfraces, idiota —gruñe rodando los ojos—. Trabajo en la disquería y mi jefe utiliza este tipo de delantal como uniforme.

Vuelvo a soltar una carcajada ante lo que me dice. Ella me observa seria, sin un rastro de gracia en su rostro, hasta que de tanto que me reí se le forma una pequeña sonrisa en los labios que trató de ocultar girándose hacia mi lado contrario.

—Vamos, es gracioso. Admítelo.

—Sí, sí. Cómo sea.

Sonrío. Ella no lo admitirá, pero yo tengo razón.

Finalmente pude doblar la curva que nos lleva al edificio cuando el semáforo frente a nosotros se encendió en verde y los autos delante del mío comenzaron a avanzar. Doblo una vez más hacia el aparcamiento y entramos. No me ha costado hallar un buen lugar para mi auto entre otros tantos, aunque creo que he alterado un poco a Mikasa cuando estaciono de retroceso. Creyó que chocaríamos o algo así.

Avanzamos en silencio hasta llegar al departamento. No fue hasta entrar, hasta que ambos soltamos un suspiro, que pudo haberse comparado con los gruñidos de ogros. Mientras lo hicimos, caímos de boca hacia los sofás. Es entonces que notamos que uno está más vuelto mierda que el otro por el cansancio.

La observo acomodarse en el sofá a regañadientes, sobándose el coxis. Al parecer estar más cómoda en su sitio, se gira para verme y le sonrío.

—¿Qué tal le fue en su trabajo, milady?

—Raro —afirma frunciendo el ceño—. Me atacaron unas beliebers, descubrí que mi jefe es fanático de One Direction, también me di cuenta de que no sirvo para modelar bajo presión y hoy me he caído al suelo tres veces en todo el día. Aunque la primera no fue una caída como tal, porque me sujetaron antes de desparramarme; sin embargo, la segunda sí que lo fue, y la tercera pareció ser la vencida, porque ahora me duele el trasero.

»Además, pasé vergüenzas tanto en el centro comercial como en plena calle; ésta última por tu culpa. Ah, y hablando de eso, pasé LAS rabias en la mañana antes de irme a la universidad porque creí estar retrasada para irme caminando a la universidad, cuando de repente me entero de que mi infernal compañero de piso tiene auto y ni siquiera se ofreció a llevarme.

No he podido evitarlo, pero me he reído ante sus ocurrencias y sé que a ella le molestó que lo hiciera, pues la mirada de obsidiana llena de enojo que me está dirigiendo no es precisamente con la que mi madre me dice «te amo».

—¿De qué diablos te ríes tú, adefesio mal hecho? —sulfura Mikasa, con una ceja alzada.

—Pues de eso —me encojo de hombros—. A ti sí que te ocurren cosas, Ackerman. Ayer fue lo de Petra y hoy te encasquetan un delantal de Card Captor Sakura. ¿Qué falta, que te haya caído una caja encima?

Comienzo a reír más alto esta vez, cuando entonces siento que un cojín que ella seguramente me ha lanzado, me cae en toda la boca.

—Muy gracioso, Jaeger. Muy gracioso.

—Eso dicen muchas.

Mikasa suspira y cierra los ojos en el mismo sofá. Aprovecho a levantarme del que yo había caído con ganas de irme a mi propia habitación.

—Oye, no te duermas ahí. No quiero que babees el sofá, cuesta mucho la limpieza de ellos —le reprendo dándole unos ligeros golpecitos en la mejilla con mis dedos.

—Bah, tú le pagas a la de limpieza con sexo y listo —contesta en un balbuceo.

Sonrío ante sus palabras. Esta chica, aunque es casta y todo, no deja de sorprenderme tan rápido.

Escucho su voz resonar en un bostezo, justo cuando ya estoy atravesando el pasillo de camino a mi habitación. Me giro hacia ella, también iba de camino a su alcoba llevando en un mano el bolso de la universidad. Luce agotada por todas las matadas que hoy se echó. Sé que es malo burlarse del mal ajeno, pero aún no deja de darme risa su situación a pesar de que sé poco.

Ha entrado a su habitación tras soltar aquel bostezo que me detuvo de ingresar a mi aposento. Yo pude haber hecho lo mismo que ella, sin embargo, me quedo plantado todavía en el pasillo observando la puerta por la que acababa de pasar.

Una sonrisa crece en mis labios en el mismo instante en que una idea macabra surca por mi mente. Avanzo unos pasos hasta su puerta y la toco con los nudillos; ella, desde el otro lado, pregunta qué quiero.

—Oye Mikasa, ¿quieres que mañana te lleve a la universidad?

Al no escuchar una respuesta próxima, estuve a punto de regresar mi camino de vuelta a mi habitación, pero entonces la puerta de su cuarto se abre y tras ésta pedo verla apenas vestida con un cursi pijama de motivos de ranitas, que por suerte —para ella— no era clara. Entre sus manos había una almohada que no ha dudado en tirarme a la cara y recoger una vez ésta cae en el piso.

Un nuevo portazo en el pasillo volvió a escucharse, y yo, una vez más, no pude evitar que todo esto me causara gracia.

Quizás molestarla en sus malos días del mes no fuese tan malo como creí.

•·.·´¯`·.·•

"Las chicas superpoderosas".

ABRIL DE 2014.

Sasha creó el grupo "Las chicas superpoderosas".

Sasha te añadió.

Sasha añadió a Ymir.

Sasha añadió a Christa.

Sasha añadió a Annie.

Ahora eres un administrador.

Annie salió.

OCTUBRE DE 2015.

Christa: emoji consternado.

Christa: "¡POR LOS DIEZ MANDAMIENTOS, MIKASA, TE HACE FALTA JESÚS!".

Christa: "¡¿Cómo puedes vivir con Eren Jaeger?!".

Sasha: "RT MIL VECES".

Yo: "Ugh…".

Yo: "Creí que habíamos dejado este tema por zanjado. No es para tanto".

Ymir: emoji de carcajada.

Ymir: "Y a todas estas, Sasha se peleó con la zorra de Eren cuando ayer se encontraron frente a la puerta del apartamento".

Sasha: "¡Sí, esa insecta me terminó rasguñando en el cuello".

Christa: "Dios mío…".

Christa: "Mañana iré a la iglesia y rezaré por todas ustedes, Dios las tenga en gloria".

Yo: "HE DICHO QUE NO ES PARA TANTO".

Sasha: "¡Chris! ¿Te acuerdas del culón que vimos ayer?".

Sasha: "¡Mikasa se tropezó con él hoy en la universidad!".

Christa: "¿Qué, en serio?".

Yo: "En realidad enterró su quijada en mi cabeza y su pecho tropezó con mi espalda por no estar viendo dónde caminaba".

Christa: "¡Oh por dios! ¡Qué emoción!".

Ymir: "Y no es todo, hoy su jefe la hizo pasar vergüenza frente a él".

Sasha: "Estaban en un momento romántico tipo el héroe que salva a la pendeja de un tropiezo, hasta que llega Connie y la caga".

Yo: "LITERAL".

Christa: "Vaya :(".

Christa: "La verdad es que a mí me ha pasado más o menos igual que tú hoy en la Universidad de Stohess".

Ymir: "¿Un culón te tropezó ¬u¬?".

Christa: "No, en realidad Armin Arlert. ¿Se acuerdan de él?".

Sasha: "Ugh".

Ymir: "Ugh".

Yo: "¿Por qué «ugh»? Él no era malo".

Sasha: "Es amigo del pendejo con el que vives".

Ymir: "Es virgen".

Yo: "¿Y eso qué -_-?

Sasha: "¡Pues que alcahuetea a ese cabrón!".

Ymir: "Que es virgen pues".

Yo: "Sasha, no juzgues a Armin, que tú te la pasas con Annie y Reiner y también son bien amigos de Eren de toda la vida".

Yo: "Ymir… Ni siquiera sé qué decirte a ti".

Christa: "Ysabel, la castidad no es un defecto en las personas. Ellos solo están esperando a que les llegue ese alguien con el que Dios los ha predestinado".

Ymir: "Nooo, mis ateos ojoooos D:".

Yo: "Ugh, las veo mañana. Voy a dormir".

Sasha: "¡NOOO, MIKASAAAA! ¡NO ME DEJEEES!".

Sasha: "¡MIKASAAAA!".

Sasha: "¡MIKAAAA!".

Ymir: "Yaaaa, loca. Puso el teléfono en silencio".

Christa: emoji de ojos entornados.


*Fix a heart: es el nombre de una canción muy linda de Demi Lovato, pero hace como tres años aproximadamente, había una cuenta en Twitter con ese nombre de usuario y, ay Dios… era para morirse de las risas o la pena x_x. Creo que ya no existe, pero twitteaba unas locuras x_x… como que se iba a cortar las venas o algo así porque ni el Yasteeen ni la Demi ni le respondían. Pueden buscar #TwitteoComoFixAHeart para que se hagan una idea de cómo eran sus tweets.


| ¡HEY! ¿Notas algo distinto? No te preocupes, el fic está siendo editado para mejorar la redacción.


HEY *—*/.

Okey, sé que los tenía desesperados x_x. I'm sorra— digo, I'm sorry. Estuve en mis exámenes finales, tuve que estudiar mucho, me estresé tanto, estaba cansada, quiero graduarme ya y bue ;-; todas las emociones acumuladas me costaron la inspiración. En fin, la zorra vino por más(?). Y ya estaba angustiada por no haber subido, así que decidí hacerlo hoy pues ya tenía el capítulo listo, que inicialmente lo iba a publicar junto a DS… PERO DS, AAYYY X_X. Y, pues, no me quería quedar sin subir si ya tenía uno listo u.u, eso.

Para el que lee DS, sin mentiritas, pinky promise, lo subo mañana puesto que falta que le edite algunas cosas; creo que me está quedando algo cursi y agvjdbk NO. Y si no ven rastros de mí, les doy permiso de amenazarme; bajo presión trabajo bien a veces o.o

Y bien, ¿felices ;u;? AMO a Connie tanto como a Marla xD. Connie en los inicios del fic me tenía entre debates puesto que era, y sigue siendo, el candidato perfecto para un montón de papeles. Desde el de Marco, el de la misma Marla, el de Fix a heart, el de Mina "la YOLO" Carolina, hasta el de Reiner, el de Gunter (que aún no sale, pero pronto saldrá)… ¡muchos x_x! A la final le dejé éste, que me enkantha mushio *w*, y al igual que Marla, seguiremos viendo.

Ahora que me doy cuenta, este es el capítulo de DdS más largo hasta el momento ;u;.

Como sea, ya los estoy aburriendo mucho y blah, blah… Así que me iré. AH, y Yumi, acá sigue siendo sábado x).

Los quiere Ayu *—*.


Ah, y una vez más, le deseo un feliz y unicornio cumpleaños a
una de mis lectoras y fickers favoritas, que es mi compañera de signo también,
Mel *—*.