El Lobo y la Paloma
Por Zshieszka
Disclaimer: El PoT le pertenece a Takeshi Konomi, solo utilizó los nombres de los personajes sin fines de lucro; y este fic tiene la total y absoluta autoría de Katheleen Woodiwiss.
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Capitulo 5
Ryoma salio furioso de la casa señorial y cruzó el patio, con el rostro dirigido al sol poniente, con intención de aguantar a que su cólera se apaciguara.
Súbitamente hubo un gritó y un brazo señalo. El guerrero miró en la dirección indicada y vio una nube de homo negro que ascendía desde atrás de la cresta de una colina. Bramó una orden, y varios hombre saltaron a sus caballos y Momoshiro y él se acomodaron en sus sillas de montar. Los grandes cascos de los animales arrancaron la hierba pardusca del otoño cuando se alejaron velozmente de la enorme casa.
Momentos después habían pasado la colina y descendían a la carrera hacia la granja que estaba abajo, donde una gran parva de paja y un pequeño cobertizo ardían furiosamente, despidiendo el humo denso que habían visto. La escena que se desarrollaba ante los ojos de Ryoma hizo que los cabellos de la nuca se le erizaran de cólera. Siete u ocho cuerpos estaban tendidos en el lugar, entre ellos los de los dos aldeanos que había enviado como guardias. Los otros eran hombres andrajosos, que tenían clavadas las flechas disparadas por los arcos de los guardias normandos.
Cuando se acercaron a la cabaña, una mancha informe de color se convirtió en una muchachita, brutalmente maltratada y muerta entre los jirones de su vestido. Una anciana golpeada y aturdida, salio arrastrándose de de una zanja y cayó sollozando al lado de la niña. Tal vez una docena de hombres huía a pie a campo traviesa, pero lo que llamó la atención de Ryoma fueron seis jinetes que desaparecían en un bosquecillo apartado.
Gritó a sus hombres que rodearan a los que huían por el campo y enseguida hizo una señal a Momoshiro y los dos emprendieron la persecución de los que escapaban a caballo. Los vigorosos animales normandos conocían su trabajo, y sus músculos se contrajeron y estiraron en un veloz galope devorador de distancias, que rápidamente los hizo alcanzar a los fugitivos. Cuando acortaron la distancia que los separaba, Ryoma desenvaino su espada y elevo la voz en un iracundo grito de guerra.
Dos hombres redujeron la marcha y se volvieron para enfrentar a sus perseguidores; el joven guerrero siguió de largo unos pocos metros, pero su acompañante los embistió de lleno con su gran cabalgadura y derribo a uno de ellos mientras su hacha se hundía profundamente en el pecho del otro. Una mirada hacia atrás indico a Ryoma que Momoshiro no estaba en peligro en lo que presentaba batalla al sobreviviente.
Ryoma dirigió su atención a los cuatro que iban delante de él; estos merodeadores, creyendo que se encontraban en situación ventajosa, también redujeron la marcha y se dispusieron a presentar batalla. Nuevamente, el escalofriante grito resonó en los bosques y su gran cabalgadura no se detuvo sino que se lazó directamente contra los caballos más pequeños. La espada y el escudo de Ryoma sonaron con sus golpes, después la larga espada silbo y partió a uno desde la coronilla a los hombros, dejándolo muerto en la silla, mientras el caballo se alejaba tambaleándose. La furia de la carga llevó a hombre y jinete a través de los otros; guiando por la rodilla del muchacho, el caballo se detuvo de pronto y giró a la izquierda, de modo que la gran espada trazó un amplio círculo, recibió impulso adicional y atravesó el escudo de otro para hundirse profundamente en su cuello.
El hombre soltó un gritó estertoroso y Ryoma levantó el pie y de un empujón separo el cuerpo de su espada. El tercer hombre levanto un acero para golpear y en seguida quedó mirando fijamente, aturdido por el horror, su hombro sin brazo; la espada volvió para poner fin a su dolor en una corta embestida, y el hombre cayó debajo de los cascos de su montura. El último, al ver caídos a sus compañeros bajo el relampagueante acero del joven hombre, se volvió para huir y recibió la espada de lleno en la espalda. La fuerza del golpe lo envió rodando de cabeza al suelo.
Momoshiro llegó para unirse a la lucha pero encontró a Ryoma observando la escena y limpiando cuidadosamente la sangre de su larga espada. El nórdico se rascó la cabeza y miró a los hombres andrajosos, desaseados, que estaban en el suelo, los cuales pese a su aspecto miserable, llevaban armas y escudos de caballeros.
- ¿Ladrones? –preguntó.
El otro asintió y envaino nuevamente su espada.
- Aja, y por el aspecto que tienen han merodeado por el ensangrentado campo de batalla de Hastings para conseguir sus armas.
Con la punta del pie, volteó un escudo que estaba en el suelo y mostró su frente, que exhibía un blasón ingles.
- Estos buitres no consideran ni sagrados ni a los suyos.
Los dos guerreros reunieron los caballos y ataron los cuerpos a ellos. Condujeron la lúgubre caravana de regreso a la granja, mientras el sol terminaba de hundirse detrás del horizonte el poniente. Allí, en la creciente oscuridad, sepultaron a los muertos y marcaron sus tumbas con cruces.
Once de los hombres en campo abierto se habían rendido sin luchar. Dos levantaron sus espadas y se ganaron una muy pequeña parcela de tierra donde quedaron definitivamente.
Ryoma dio un caballo a la anciana, pequeño pago por la perdida de su hija, pero ella, con un sentimiento de sorpresa ante la generosidad de él, lo aceptó, asombrada ante el nuevo lord de Darkenwald. Frente a la casa señorial, él joven descendió y ordenó a sus hombres que ataran a los ladrones y pusieran una guardia para vigilarlos. Despidió al resto y se dirigió a la casa.
Cuando cruzó la puerta, se detuvo y miró hacia donde Kintarou yacía dormido, entre los perros. Su frente se arrugo en expresión pensativa; con la sed producida por el combate, atravesó el salón y se sirvió una buena cantidad del ale (cerveza) de octubre. Mientras bebía, se acerco al ingles derrotado; la potente bebida le hizo templar el estomago y empezó a aflojarle los músculos tensos. Ryoma poso los ojos en los del joven y sonrió, apesadumbrado.
- Creo yo mi amigo inglés, que estimulas demasiado las virtudes de la moza –murmuró-. ¿De que te ha valido eso, fuera de una espalda desollada?
Sus palabras cayeron en el vació y él se volvió, flexionando el brazo con que había empuñado la espada. Se sirvió otra gran cantidad del líquido para ayudarse en el camino hacia el dormitorio y subió ágilmente la escalera.
Abrió la puerta de la recamara. La luz era débil en el cuarto, porque solamente había el suave resplandor del fuego y ardía una única vela. Ryoma sonrió para si mismo al ver la gran tina de madera, a medias llena de agua caliente, y un gran caldero humeante que colgaba de un gancho en la chimenea. Una bandeja con carne, queso y pan se calentaba frente al fuego. Por fin su muchacha, Sakuno, le proporcionaba unas pocas comodidades. Evidentemente, la esclava podría aprender a obedecer.
Sus ojos se demoraron en la forma esbelta de ella, acurrucada en el gran sillón frente a la chimenea, y en el rostro dormido que se veía perfecto, sin fallas. Ryoma se detuvo unos momentos para contemplar a su placer la dormida, beldad. Ella respiraba suavemente con los labios entreabiertos y sus mejillas estaban ligeramente sonrosadas por el calor del fuego. Sus pechos subían y bajaban con regularidad cubiertos por la tela del vestido, y por un instante, el pensamiento en todas las otras mujeres de borró en su mente. Se inclinó, y levanto cuidadosamente con los dedos un rizo suelto que caía sobre la mejilla de ella, lo acerco a su rostro y aspiro el aroma fresco que desprendía.
Se irguió de repente, porque no había adivinado el efecto excitante que tendría en él la suave fragancia. Al hacerlo, la vaina de su espada golpeó contra el sillón. Sakuno se despertó sobresaltada y temerosa, pero cuando sus ojos cayeron sobre él, sonrió con expresión soñadora, se estiró y suspiró.
- Milord.
A la vista del cuerpo esbelto de ella, Ryoma sintió que empezaba a palpitarle las sienes. Se apartó a una distancia segura, levantó el cuerno de ale y bebió un largo sorbo en un esfuerzo por suprimir el temblor de sus manos. Empezó a quitarse los atuendos de su profesión y dejarlos a un lado. Momoshiro enviaría a un muchachito por la mañana para que los limpiará y aceitará, y que frotara el cuero y el metal hasta dejarlos brillantes.
Vestido con una liviana camisa de lino y el pantaloncillo, Ryoma tomo nuevamente el cuerno y se volvió hacia Sakuno. Ella se había acurrucado otra vez en el sillón, desde donde observo los movimientos del cuerpo largo y musculoso de él, con algo parecido a admiración. Cuando la mirada de el regreso a posarse en ella, Sakuno se levantó y fue a poner un nuevo leño en el fuego.
- ¿Qué demora tu descanso, damisela? –preguntó él en tono cortante-. Es tarde. ¿Deseabas algo más de mí?
- Milord pidió que a su regreso hubiera un baño aguardándolo y yo he mantenido calientes el agua y la cena. No importa cuál venga primero. Las dos cosas están esperándote.
Él la miro fijamente.- ¿No sentiste ansiedad por mi seguridad mientras estuve ausente¿Confías tanto en los normandos?
La muchacha lo miro de frente y cruzó sus manos a la espalda.
- Supe que enviaste a Atobe con una misión, lejos de aquí, y puesto que yo soy tuya, tus hombres guardan la distancia. Ellos deben temerte mucho.
Ryoma gruño, ignorando la ironía.- Mi hambre no se calmaría con todo un jabalí asado. Dame de comer para poder bañarme después.
Cuando ella se volvió para obedecer, la mirada de él fue atraída por su espalda perfecta; observo el gracioso movimiento de las caderas y recordó demasiado bien de el aspecto de ella sin sus ropas. Sakuno pasó junto a él cuando puso la comida sobre la mesa y él notó nuevamente el perfume, como lavanda en el mes de mayo. La victoria del día le había levantado el ánimo, la fuerte cerveza lo templaba y ahora la proximidad de ella, y ese perfume tentador, hacían que su sangre circulara por su cuerpo con un ardor desconocido. Ella se volvió y se encontró con la mirada de él, intensa, si bien un poco pensativa.
Aun en la luz vacilante del fuego, Ryoma pudo distinguir los colores acentuados en la chica. Sakuno pareció vacilar cuando él se le acerco, y se alejo un paso. El se detuvo a su lado y la miró en los ojos color rojizo. Estiró una mano, la apoyo sobre el pecho de ella y sintió contra su palma el corazón que latía y saltaba.
- Puedo ser tan gentil como Atobe –murmuro roncamente.
- Milord, él no fue nada gentil –susurro ella, incomoda bajo el contacto de él, sin saber si huir o luchar.
La mano de el no la acariciaba sino que descansaba en ella, como si el estuviera cansado y el menor movimiento pudiera dejarlo sin fuerzas. Le rozo un pezón con el pulgar.
- ¿Qué tienes aquí, Sakuno? –pregunto el en tono de gracia-. Me interesa.
Ella levantó ligeramente el mentón.- Tú ya has practicado antes este juego, milord, y ahora quieres tomarme por tonta. No puedo enseñarte nada que ya no sea conocido, pues me has visto desnuda y sabes muy bien lo que hay debajo de mi vestido.
- Ahh, hablas con frialdad, mujer. Tu sangre necesita ser calentada por el fuego.
- Preferiría milord, que tú enfriaras la tuya.
Ryoma hecho la cabeza atrás y sus carcajadas resonaron en la habitación.
- Oh, creo que aquí encontraré placer, en la cama y fuera de ella.
Sakuno apartó la mano de él.- Ven a comer milord. Tu comida se enfriara si no lo haces.
- Hablas como una esposa y yo todavía tengo que hacerte mi querida.-dijo él.
- Fui educada cuidadosamente en los deberes de una esposa –replicó la joven-. No en los de una querida. En mí, ello surge naturalmente.
Ryoma se encogió de hombros.- Entonces, considérate mi esposa si eso te place, mi pequeña Sakuno.
- No puedo hacerlo sin la bendición de un sacerdote –repuso ella fríamente.
Él la miró con expresión divertida.- ¿Y podrías hacerlo, después de formulados los votos matrimoniales?
- Podría, milord –dijo ella serenamente-. A las jóvenes, no se les permite muy a menudo elegir a sus maridos. Tú eres como cualquier otro hombre, excepto que eres normando.
- Pero tú dijiste que me odiabas –señaló él en tono burlón.
Sakuno se encogió de hombros.- He conocido a muchas jóvenes que odiaban al hombre con quien se casaron.
Ryoma se le acerco más e inclinó la cabeza para mirar mejor el hermoso perfil de ella. Su aliento calido la tocó en la mejilla, pero ella siguió mirando directamente hacia delante, aparentemente sin prestarle atención.
- ¿Hombres que tenían que ser puestos sobre sus novias con ayuda de manos serviciales? –preguntó él-. Dime la verdad. ¿No eran hombres viejos y decrépitos los que odiaban esas doncellas?
- No puedo recordarlo, milord –replicó ella con petulancia.
Ryoma rió por lo bajo mientras levantaba una mano para levantar un rizo que caía sobre el pecho de ella. Sus dedos rozaron atrevidamente esas curvas suaves.
- Creo que si recuerdas, damisela. Una moza no suele lamentarse por tener un novio fuerte y viril con quien compartir el lecho y pasar las frías noches de invierno –murmuró él-. En mi cama, ten la seguridad de que no te aburrirás.
Sakuno lo miró con ojos burlones.- Milord¿estas pidiendo mi mano?
Él joven guerrero se irguió y la miró desde toda su estatura, con las cejas levantadas.
- ¿Qué¿Y tener una cadena alrededor de mi cuello¡Jamás!
Se alejó un paso, pero ella lo miró fijamente a los ojos.
- ¿Y que sería de tus hijos bastardos?-pregunto ella-. ¿Cómo los tratarías?
Él gruño.- Hasta ahora no ha habido ninguno.- la miro lentamente mientras una sonrisa provocativa se dibujaba en los ángulos de su boca.- Pero contigo, podría ser diferente.
Las mejillas de Sakuno enrojecieron y ardieron de cólera.
- Gracias por tu advertencia –replico con sarcasmo, perdida ya su frialdad y compostura, y con expresión ofendida. Lo odio por que parecía disfrutar del enojo de ella y podía hacerla enfadar a voluntad.
El se encogió de hombros.- Quizás seas estéril.
- ¡Oh! –Exclamó la joven mujer, ahogada de furia-. Eso te complacería mucho, sin duda. Entonces no tendrías el problema de los bastardos. Pero ello no quitaría que esté mal tomarme sin que hayamos pronunciado los votos.
Ryoma rió y se sentó en la mesa.
- Y tú, doncella con vocación de esposa, tienes la determinación de un mono. Si te hago mi esposa, probablemente piensas que podrías ablandar mi mano y salvar a tu gente. Sacrificarte por los campesinos y la familia, un gran gesto.- unió las cejas y la miró, ceñudo.- Pero yo no aprecio tu noble renuncia.
- El sacerdote no vino hoy –dijo ella, cambiando abruptamente de tema cuando él dirigió su atención a la comida-. ¿Has olvidado tu promesa de bendecir las tumbas?
- No –repuso Ryoma, sin dejar de comer-. El está de viaje, en alguna parte, pero cuando regrese a Cregan, mis hombres lo apresurarán a traerlo aquí. Quizá en unos pocos días; ten paciencia.
- Algunos aldeanos vieron fuego en la granja de Kaede. Ladrones, probablemente. ¿Los atraparon?
- Sí –dijo y la miró fijamente-. ¿Acaso lo dudabas?
Ella le devolvió la mirada sin pestañar.- No, lord. Ya he comprobado que eres un hombre que consigue lo que se propone.- volvió el rostro a un lado.- ¿Qué harás con ellos?
- Ellos mataron a la hija de la mujer y yo maté a cuatro de ellos –dijo él-. A mis hombres no les gustan los números; los ladrones restantes juran que no tomaron parte en el asesinato, aun que la mayoría abusaron de la niña, sin duda. Por la mañana, sentirán el látigo por haber estado allí y tendrán que trabajar, como castigo, para indemnizar a la vieja por la perdida de su hija. Después de eso, quedarán en mí poder como esclavos.
El corazón de Sakuno tembló, no por los hombres sino por el recuerdo del látigo en la mano de este normando.
- Tu trabajo se volverá aburrido –murmuró ella.
- No seré yo quien lo haga. Los hombres de tu aldea aplicarán los castigos en nombre de la anciana.
Él mastico un bocado de comida y sostuvo la mirada de ella, la chica se sintió inquieta y buscó una tarea sencilla para ocupar sus manos.
- ¿Los ladrones se volvieron y presentaron batalla? –preguntó suavemente-. Generalmente son unos cobardes. Han venido antes a molestar a mi padre.
- No, salvo aquellos a quienes seguimos Momoshiro y yo.
Ella pasó rápidamente la mirada por el largo cuerpo de él. - ¿Y no fueron heridos?
Ryoma se hecho atrás en su asiento y la miro a los ojos.
- No. Nada más que esto.- El volvió sus palmas hacia arriba y mostró sus manos. Sakuno ahogo una exclamación al ver las grandes ampollas.- Los guanteletes son muy útiles, damisela. Fui un tonto al dejarlos olvidados.
- Debiste luchar muy duro con tu espada.
- Lo hice. Mi vida dependía de ello.
Cuando el se puso de pie y empezó a desvestirse para el baño, Sakuno se volvió delicadamente y se dedicó a otra tarea. Aunque siempre había sido una costumbre de las mujeres de la casa ayudar a bañarse a los visitantes, su padre se había negado a permitir que ella lo hiciera y ella sabia que la razón era que él desconfiaba de los hombres y sus carnales apetitos.
"Eres una muchacha bonita" le había dicho Sako una vez. "Y despertarías las pasiones de un santo. No hay por qué buscar problemas cuando pueden ser evitados".
De modo que ella había permanecido en la ignorancia del cuerpo de los hombres. Hasta que llegó Atobe.
Ryoma se deshizo el nudo de la prenda que le ceñía los pequeños pantalones pero aun sin quitárselos y después la llamó. Sakuno miro por encima de su hombro y vio que él le señalaba la pierna y el vendaje que allí había. Ella busco las tijeras que él le había arrancado horas antes de la mano, se le acercó, se arrodilló, cortó el vendaje y retiró el opositor. La herida estaba empezando a sanar notablemente bien y ella le pidió que tuviera cuidado para que no volviera a abrirse. Recogió los vendajes y mantuvo los ojos apartados hasta que lo oyó terminar de desvestirse y meterse al agua.
- ¿Quieres acompañarme damisela?
Sakuno giró sobresaltada, con los ojos dilatados, y lo miró con incredulidad.
- ¡Milord!
Él rió con ganas y ella supo que nuevamente el estaba bromeando, pero esos ojos ámbar la recorrieron de pies a cabeza y brillaron con una luz calida y decidida.
- En otra ocasión Sakuno… quizá cuando nos conozcamos mejor-. Dijo el sonriendo.
La muchacha se ruborizó intensamente y se retiro a las sombras. Desde allí observarlo sin a su vez ser observada, aun que varias veces él miró en su dirección, tratando de ver en la obscuridad que la envolvía.
Por fin se levantó terminando su baño y salió de la tina. Ella permaneció quieta y en silencio en su rincón, sin atreverse a acercarse, por temor a que las pasiones de él volvieran a despertar y ahora, estando él desnudo, el destino de ella fuera rápido y seguro. Era más prudente permanecer fuera de su alcance.
Cuando Ryoma habló, ella se sobresaltó.- Ven aquí Sakuno.
La aprensión pasó sus dedos helados a lo largo de la columna vertebral de ella. Sakuno vaciló, preguntándose que haría él si ella le huía como la noche anterior. Vio que él había olvidado poner cerrojo a la puerta; quizá pudiera llegar a tiempo hasta allí, pero la idea rápidamente se desvaneció. Se levanto con las piernas temblando y caminó hacia él, demorando cada paso como si fuera al encuentro de su verdugo. De pie frente a él, se sintió pequeña y desamparada; su cabeza apenas le llegaba al mentón del hombre, aunque, pese a todo el miedo que sentía, lo miró atrevidamente a los ojos. Vio que el sonreía, burlón.
- ¿Creíste que olvide la cadena, milady? No me atrevo a confiar tanto en ti.
Sakuno respiró aliviada y permaneció muy dócil mientras él se inclinaba y aseguraba el anillo de hierro alrededor de su tobillo. Después sin decir nada, él atrancó la puerta, sopló la vela y subió a la cama, dejándola en agradecida confusión. Finalmente la chica se volvió y fue al extremo de la cama donde todavía estaba en el suelo la sabana.
Sintiendo sobre su cuerpo los ojos de él, se quitó el vestido, se dejo la camisa por modestia y empezó a soltarse el cabello, que cayó libremente en reluciente cascada.
Estaba peinando sus sedosos rizos al resplandor del calido fuego, intrigada por este hombre que la tenia al alcance de su mano y nada hacia, cuando levanto la vista y vio que él, apoyado en un codo, se había incorporado y la observaba intensamente. Quedó paralizada, incapaz de ningún movimiento.
- A menos que estés dispuesta a ser mi compañera de cama esta noche- dijo el roncamente- sugiero que demores tu arreglo hasta mañana. Mi mente no esta tan cansada que no pueda recordar los encantos que se ocultan debajo de esas ropas, y a mí poco me importaría que tú no estuvieses dispuesta.
Sakuno asintió en silencio, rápidamente se tendió en su lugar y se cubrió hasta el mentón.
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Pasaron varios días sin acontecimientos desastrosos. Sakuno no olvido la advertencia de Ryoma, aunque veía que la trataba más como una sirva que como a una querida. Ella le recomendaba las ropas, le traía las comidas y lo ayudaba a vestirse. Durante el día, él parecía olvidarse de ella; lo pasaba ocupado con sus hombres y construyendo defensas por si llegaban a ser atacados por ladrones merodeadores o ingleses leales.
De Tezuka llegó la noticia de que el ejército estaba detenido por enfermedad y que Ryoma debía sostenerse hasta que estuvieran nuevamente en condiciones de marchar. Él joven guerrero aceptó el mensaje sin comentarios, aun que Sakuno, al mirarlo, pensó que él parecía agradecido por el respiro que se le ofrecía. A veces, lo observaba desde lejos; él parecía dominar cualquier situación que se presentará. Un siervo valiente pero estupido que atrancó la puerta de su modesta morada para evitar que registraran en busca de armas, tuvo que escoger entre que su hogar fuera quemado hasta los cimientos a su alrededor o dejar entrar a los soldados. El pobre individuo comprendió rápidamente el ultimátum cuando Ryoma ordeno que encendieran una antorcha.
Se mostró todavía mas diligente para someter su cabaña en registro, del que surgieron unas cuantas armas variadas y primitivas. Ante el insistente interrogativo, finalmente confesó que las armas estaban allí desde la llegada de los normandos y que él no estaba enterado de ninguna conspiración de los siervos para derrocar al nuevo lord.
Cuando la puerta de la recamara quedaba cerrada contra la entrada de entrometidos y ellos quedaban solos, la mirada de Ryoma se posaba en ella y Sakuno se daba cuenta de que estaba caminando sobre hielo delgado. Los ojos ambarinos y pensativos la seguían por toda la habitación y la observaban con una intensidad que la hacia temblar. En su 'cama' separada, ella era consiente del hecho de que él permanecía despierto largos periodos de tiempo.
Una noche despertó helada y temblando en el suelo y se levantó con intención de llegar a la chimenea y avivar el fuego, pero la cadena asegurada a su tobillo no le era suficientemente larga y le impidió cumplir su propósito. Permaneció indecisa, temblando de frío, tratando de envolverse con sus propios brazos, preguntándose cómo haría para calentarse. Un movimiento a sus espaldas la hizo volverse cuando Ryoma pasaba sus piernas sobre el borde de la cama y se sentaba. Apenas una sombra de su cuerpo le era visible en la obscuridad.
- ¿Tienes frío? –preguntó él.
Un castañear de dientes le contestó cuando ella asintió con la cabeza. Él tomo una piel de la cama, se acerco y con ella envolvió los hombros. Después fue hasta el fuego, donde arrojó astillas y leños sobre las llamas ardientes. Se agachó hasta que las flamas se enroscaron alrededor de la madera y luego se acerco nuevamente a Sakuno; le liberó el tobillo, arrojó la cadena a un lado, se incorporó y la miró a los ojos. La luz del fuego recordaba nítidamente su perfil.
- Aceptaré tu palabra de que no te marcharás. ¿Me lo prometes?
Sakuno asintió.- ¿Adónde podría ir?
- Entonces eres libre.
Ella sonrió agradecida.- No me gustaba estar encadenada.
- Tampoco a mí –repicó bruscamente, y volvió a su cama.
Después de eso, la muchacha tuvo más libertad de ir donde quisiera. Podía caminar por la aldea sin tener a alguien que la siguiera a corta distancia; parecía que nadie había estado tan bien custodiada como ella, en el pasado. Sin embargo él día que Atobe regresó y se le acerco en el patio, Sakuno comprobó que ni siquiera ahora estaba libre de ser observada. Dos hombres de Ryoma se hicieron ver inmediatamente.
- Él te cuida bien y a mí me da tareas en otra parte –murmuro Atobe, mirando a su alrededor-. Debe de tener miedo de perderte.
La boca de ella se curvo.- Quizá, sir Atobe, él conoce demasiado bien tus costumbres.
Él la miro ceñudo.- Pareces satisfecha de ti misma. ¿Entonces tu amo es un amante tan grande? Yo no lo creería. Parece que el prefiere los jóvenes carilindos a las mujeres hermosas.
Los ojos de Sakuno se agrandaron inocentes mientras los iluminaba una chispa de malicia.
- ¡Pero señor, sin duda bromea! Yo nunca había visto a un hombre tan grande y tan fuerte.- Vio que la boca de él se ponía tensa y le gusto a un más su propio juego. Su voz se hizo más suave.- ¿Tengo que admitir que me provoca desmayos?
El rostro de Keigo parecía de piedra.
- El no es atractivo –dijo él.
- ¿Oh, no? Yo pienso que si lo es. Pero de todos modos, esto tiene que ver con ello¿no estáis de acuerdo?
- Tú estas jugando conmigo –repuso Atobe.
Ella fingió una expresión de simpatía.
- ¡Oh, señor! Os aseguro que no es así. ¿Esta diciendo que mis anhelos y suspiros son fingidos¿Piensa que no puedo amar a quien es nada más que amable conmigo, que se muestra sumamente gentil y que pone fuego en todas mis partes con sus palabras llenas de ternura?
- ¿Qué es lo que ves en él? –Preguntó el guerrero-. Quiero saberlo.
Sakuno se encogió de hombros.
- Mi buen señor, yo sé que su tiempo es precioso y no fastidiare vuestros oídos durante las muchas horas que me llevaría explicar por que una mujer encuentra en un hombre su verdadero señor, y las muchas cosas, profundas y muy privadas, compartidas por ambos, que sellan los lazos entre los dos. Vaya, no puedo empezar a explicar…
Un tronar de cascos turbo la paz de la aldea y los dos se volvieron: Ryoma y sus hombres se aproximaban, a caballo, él joven pelinegro se puso ceñudo y detuvo su cabalgadura junto a ellos. Se bajo y entregó las riendas de su caballero, Eiji, y se volvió mientras sus hombres se dirigían a los establos.
- Has regresado muy pronto.
- Sí –replicó con rencor.- Patrulle hacia el norte, como me ordenaste, pero sin objeto. Los ingleses se han encerrados en sus hogares y atrancaron sus puertas para evitar que los espiemos. No puedo saber que hacen dentro de sus paredes; quizá se divierten y se revuelcan sobre sus mujeres tan libremente como tú parecer hacer con esta muchacha.
Ryoma miró a Sakuno y vio que ella enrojecía y se movía con evidente embarazo.
- La moza dice que tú juegas muy bien –dijo Atobe, y levantó una ceja mientras no dejaba de mirar al bastardo.
Una lenta sonrisa se extendió por los labios de Ryoma.
- ¿Eso dice ella? –apoyó distraídamente una mano en un hombro de Sakuno y lo acaricio. Sintió que ella se ponía rígida bajo su contacto; su sonrisa se acentuó.- Ella también me complace.
- Yo digo que ella miente –estalló el hombre.
Ryoma rió por lo bajo.- ¿Por qué¿Porque luchó contigo? Como cualquier damisela, ella responde de más buena gana cuando se le trata con gentileza.
Atobe hizo una mueca de desprecio.
- Ella no se parece a un muchacho. Me preguntó cómo es posible que la hayas confundido con uno.
Sakuno sintió la creciente cólera de Ryoma en la presión de los dedos sobre su hombro, pero él hablo con tranquilidad, ocultando cuidadosamente su malhumor.
- Hablas con atolondramiento, amigo mío. No sabía que deseabas a tu damisela hasta el punto de arriesgar tu vida. Pero te perdono, porque comprendo que la moza es capaz de volver temerario a cualquiera; yo también lo seria, si estuviera en tu lugar.- su mano se deslizo hasta la cintura de ella y la apartó ligeramente mientras la atraía hacia sí.- Te conviene ir a buscar a Hlynn. Por la mañana, tendrás que unirte con el duque y ponerte a sus órdenes. Tendrás muy poco tiempo para regocijarte con mujeres.
Se apartó de Atobe, llevándose a Sakuno, y subió con ella la escalera de la casa señorial. Cuando entraron, Kintarou los miró desde donde estaba, encadenado con los perros, y su rostro se ensombreció de cólera y de celos cuando vio que el normando acariciaba suavemente la espalda baja de ella antes de soltarla.
Con tanta furiosa atención Kintarou siguió los movimientos de la mano de Ryoma que no vio la mirada de cólera con que ella respondió a la sonrisa burlona del normando.
Sakuno dio media vuelta y corrio escaleras arriba, llamando a Hlynn para que le llevara agua. Él la miró a su placer hasta que ella cerró con fuerza tras de si la puerta del dormitorio, y entonces se volvió lentamente hacia Kintarou.
- Inglés –dijo-, si puedes hablar mi lengua, te felicitaré por tu buen gusto. Pero tú y Keigo son imprudentes al desear a la doncella como la desean. Ella ha rebanado los corazones de ustedes dos sobre su plato y los ha arrojado lejos. Pronto aprenderás, como yo, a no confiar en las mujeres.- Llenó un cuerno de cerveza y lo levantó, como si brindara por el hombre encadenado.- Mujeres. Usarlas, acariciarlas, abandonarlas, pero jamás amarlas, amigo mío. Desde la infancia, me han enseñado muy bien esta lección.
Ryoma se acercó al fuego y lo miró pensativo mientras terminaba su bebida. Por fin se volvió y subió la escalera.
Entró en el dormitorio, pero, con sorpresa, encontró vacía la habitación. Con ira creciente, se dio media vuelta, preguntándose que juego estaba haciendo ahora la pequeña bruja. Podía admitir que ella sintiera necesidad de vengarse de Atobe, pero que lo condenaran si permitía que ella lo convirtiera a él mismo en objeto de su espíritu vengativo. Airadamente, fue hasta la puerta de la habitación que había destinado a la madre de ella, y sin detenerse, la abrió de repente.
Sakuno se sobresaltó cuando la puerta se abrió y golpeó contra la pared, y rápidamente se cubrió con sus brazos los pechos desnudos. Hlynn dio un salto y casi dejó caer el cubo de agua estaba vertiendo sobre la espalda de su señora. La muchacha retrocedió asustada cuando Ryoma se acerco y se detuvo junto a la tina para mirar a la joven, quien parecía querer fulminarlo con la mirada y se encontraba a punto de ahogarse de furia.
- ¿Tienes algún inconveniente, milord? –dijo ella, indignada, y haciendo rechinar los dientes.
Él sonrió y la piel de ella ardió lo mismo que las mejillas bajo la mirada lenta, deliberada del hombre de ojos ámbar.
- No, damisela, no tengo ningún inconveniente.
Sakuno se levantó de repente, salpicando agua por encima del borde de la tina y sobre él. Lo miró con desagrado y odió la actitud de él, la cual, estaba segura, haría que la muchacha que servia creyera que eran amantes.
Ryoma señaló a Hlynn.- Creo que Atobe está buscándola –dijo.
- Yo la necesito -respondió la chica secamente, señalando su baño-, como tu mismo puedes ver.
- Es curioso –dijo Ryoma en tono burlón, mientras sus ojos se regalaban con el festín de los redondos pechos de ella-. Creí que te bañabas por las mañanas, durante mi ausencia.
- Habitualmente lo hago –replicó Sakuno.- Pero con tanto manoseo, siento necesidad de lavarme más.
Ryoma río por lo bajo y se rasco la nuca.- Dime, damisela¿es que no puedes soportar la idea de que Atobe Keigo este sobre otra muchacha que retienes a la moza contigo?
Ella le dirigió una mirada asesina.
- Keigo puede gozar con cualquier perra sucia normanda de su elección, pero Hlynn no está acostumbrada a los modales groseros con que ustedes, los extranjeros tratan a las mujeres. Él le hace daño, y si tu tuvieras en tu alma un poco de compasión, no la darías tan libremente a él.
- Yo nada tengo que ver en las discusiones de las mujeres –dijo Ryoma y se encogió de hombros.
Estiró una mano para tomar un mechón suelto de los cabellos castaños rojizos que caía de la melena de rizos atados hacia arriba.
- Lo sé –replicó Sakuno-. Tratas de desacreditarme delante de mi prometido con tus carisias. Si él estuviera en libertad tú no me tocarías con tanta familiaridad.
Él rió con ligereza y se sentó en el borde de la tina de madera.
- ¿Deberé dejarlo en libertad, doncella? Pero me parece que él inglés está mucho más enamorado de ti que tú de él.
Miró a Hlynn, quien estaba acurrucada en un rincón y se mantenía los más alejada posible de él. Su voz sonó cargada de impaciencia cuando se dirigió a Sakuno.
- ¿Tiene ella que parecer tan asustada? Dile que es a su ama a quien quiero tener en mi cama, no a ella.
La joven miró a la temblorosa muchacha.
- Milord no quiere hacerte daño Hlynn –dijo en ingles-. Quizá, si pudiera ser persuadido, hasta te daría su protección. Calma tus temores.
La muchachita de claros cabellos se sentó en el suelo, todavía asustada del alto normando, pero ahora llena de cierta confianza en que su ama la salvaría, si es que alguien podía salvarla.
- ¿Qué le has dicho? –pregunto el joven.
Sakuno se levantó dentro de la tina, tomó un paño de lino y se envolvió el cuerpo, mientras sentía que Ryoma la devoraba con la mirada. Rápidamente se cubrió y salió de la tina.
- Le dije que no le harías daño –respondió ella-. Es me ordenaste que le dijera.
- Si conociera tu idioma, podría estar seguro de que no me tomas por un tonto.
- Un hombre se toma por tonto él mismo. Es difícil que otro lo haga, a menos que él permita primero.
Deslizo un dedo por el brazo de ella en una caricia lenta, sin prisa, y Sakuno se volvió y lo miró con expresión implorante. Ella estaba tan cerca que el costado de su pierna rozó la cara interior del muslo de él que estaba apoyando sobre el borde de la tina. Fue como una carga del luminoso fuego de una tormenta saltará en arco sobre los y el contacto los sacudiera a ambos con un abrupto choque de pasión. Sakuno se sintió débil e insegura en proximidad de él; la reacción de Ryoma fue más física y su respiración salia dificultosamente entre sus dientes apretados, como si acabara de sufrir un fuerte golpe.
Apretó los puños en un esfuerzo por soportar la cercanía de ella sin tomarla en brazos y aquietar allí mismo el fuerte latir de su entrepierna. Sabía que Hlynn los observaba y se sorprendió de responder tan rápidamente a una mujer en presencia de ojos extraños. Sintiéndose agradecido por tener puesta su cota de mallas, pero su capacidad de controlarse se veía debilitada por el paño mojado que Sakuno había envuelto alrededor de su cuerpo. Aunque le había costado un tremendo esfuerzo, había logrado controlarse y dominar sus rugientes deseos mientras la miraba bañarse. Pero la proximidad del cuerpo esbelto de ella envuelto solamente en esa fina tela, el sólo pensar con lógica le resultaba una ardua tarea. Sus pasiones lo dominaban y lo sacudían casi más allá de los limites de su voluntad de hierro.
- Milord –murmuró ella suavemente-. Tú has dicho que no somos más que esclavas. Seguramente, es tu derecho entregar a Hlynn a cualquiera que elijas, pero te ruego que seas misericordioso con ella. Siempre ha servido bien y esta deseosa de seguir haciéndolo, pero no como una ramera para tus hombres. Sus sentimientos son tiernos; no los pisotees y no los hagas odiar por ella como los hombres que maltrataron. Ella nada hizo para merecer tanta crueldad.
Ryoma la miró ceñudo.- ¿Estas regateando por otra vida, Sakuno¿Estás dispuesta a compartir mi cama para que esta muchacha no tenga que entregarse a Atobe?
La chica aspiró profundamente.- No, Ryoma. Estoy implorando, nada más-
Él la miro fijamente.- Pides mucho pero estás dispuesta a dar nada cambio. Has venido a mí pidiendo por tu Kintarou, ahora por esta muchacha. ¿Cuándo vendrás por ti misma?
- ¿Está en juego mi vida, milord? –preguntó ella, mirándolo a los ojos.
- ¿Y si lo estuviera? –replicó él.
- Creo que ni siquiera así sería capaz de hacer de prostituta –respondió ella levemente.
- ¿Vendrías libremente si me amaras? –preguntó él, y sus ojos dorados parecieron hundirse en las suaves profundidades de los ojos de ella.
- ¿Si te amará? –preguntó ella-. Mi amor es todo lo que tengo para dar por mi propia voluntad, libremente. El hombre a quien yo amase, no tendría que implorarme que fuera su novia ni que le diera todo aquello a que eso le da derecho. Atobe tomó lo que yo guardaba para mi prometido; sin embargo, mi amor todavía es mío y puedo darlo o negarlo a un hombre, según me lo ordene mi corazón.
- ¿Amabas a Kintarou?
Ella meneó levemente la cabeza y respondió con sinceridad.- No –dijo-. No he amado a ningún hombre.
- Y yo a ninguna mujer –dijo él-. Sin embargo, las he deseado.
Su mano acarició en la mejilla y descendió por la hermosa curva del cuello. Sintió que ella temblaba bajo su contacto.
- Creo que alimentas sueños de doncella, damisela.
Ella lo miro a la cara y vio que él estaba burlándose. Levantó orgullosamente el mentón y estaba por replicar airadamente, pero él la silencio poniendo un dedo en los labios.
- La muchacha Hlynn, se dedicará a atenderte hasta que Atobe se marche por la mañana. Él no perderá mucho tiempo buscándola y encontrará otra; y a menos de que tú quieras ocupar el lugar de ella, te sugiero que no te alejes de mí, por tu seguridad. Todos sabemos que es eso lo que él desea, y no es diferente en ese aspecto de cualquier hombre e su campo o el mío. Pero mientras mis hombres guardarán su distancia, posiblemente los de él no; creo que pronto descubrirás la seguridad de nuestro nido en la otra habitación, si te dejo librada a tus propias defensas.
Sakuno sonrió y en un extremo de su boca se formo un hoyuelo fugaz.
- Estoy bien advertida de los beneficios de dormir cerca de ti, milord, si no de dormir contigo.
Ryoma sonrió cínicamente, se levantó y fue hacia la puerta.- Pronto aprenderás también esos beneficios, milady. Quédate tranquila.
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En el festin de la noche, Sakuno ocupo su lugar habitual al lado de Ryoma, pero vio que Atobe había elegido un asiento al lado de ella. Él poso sus ojos en la brillante cabellera enroscada en una masa gloriosa sobre su cabeza. La piel blanca de ella brillaba con un resplandor de juventud y un saludable tono rosado le coloreaba las mejillas y acentuaba la luminosidad de sus ojos.
Cuando ella se volvió para responder una pregunta de Ryoma, los ojos de Keigo recorrieron el cuerpo esbelto vestido de terciopelo color verde selva y se detuvieron un momento donde nacía el cabello en la nuca, mostrando el cuello suave y tentador. Atobe sintió un hambre profundo, en ebullición, y pensó que había sido estafado, que le habían robado su lujoso premio, que el bastardo, con su codicia y lujuria, lo había privado de lo que le pertenecía por derecho. Se inclinó hacia ella.
- Él me envía a Tezuka –murmuró-. Pero no siempre podrá tenerme alejado de ti.- rozó suavemente la manga de ella con sus nudillos.- Yo puedo darte más que él, mi familia es importante. Puedo contar con ellos cuando yo quiera mejorar mi posición. Ven conmigo y no lo lamentarás.
Sakuno aparto disgustada la mano de él.- Mi hogar es Darkenwald. No buscó un tesoro más grande.
Atobe la estudió.- ¿Entonces iras con el hombre que sea dueño de esta casa señorial?
- Esta casa es de Ryoma y yo soy suya –replicó ella fríamente, pensando que así daría por terminada la cuestión, y dirigió su atención al guerrero, mientras Atobe se echaba atrás, en su silla y cavilaba sobre esa respuesta.
Después de la comida, Ryoma dejó la casa por un tiempo y Sakuno buscó la seguridad del dormitorio, como él le había indicado. Pero no contó con el hecho de que Atobe la aguardaba en las sombras del angosto pasillo fuera de la habitación. Él surgió de la obscuridad y ella, tomada por sorpresa, se detuvo abruptamente. Una sonrisa confiada curvo los hermosos labios de él cuando se le acercó y la tomó en brazos.
- Ryoma es descuidado contigo, Sakuno –murmuro roncamente.
- Él no pensó que perderías los sentidos –replico ella fríamente, y trato de apartarlo.
La mano de Atobe se movió lentamente sobre un pecho redondeado y quedo apoyada en la cadera de ella.
- Nunca pensé que el recuerdo de una mujer podría atormentarme tanto como me ha atormentado el tuyo estos días pasados – dijo con voz ronca.
- Usted solamente me busca porque Ryoma me ha reclamado como suya –repuso ella disgustada, y lo empujo e el pecho duro-. ¡Déjeme! Busque otra muchacha a quien acariciar y déjame tranquila.
- Ninguna me gusta tanto como tú –murmuro él contra el pelo de ella, mientras la sangre corría por sus venas como un río tormentoso. Estiró una mano hacia atrás y de un empujón abrió la puerta de la habitación.- Ryoma, el tonto se demorará con sus hombres y caballeros, y Ryoh me ha prometido sentarse junto a esta puerta para vigilar su regreso. Él nos avisará con un golpe en la madera cuando el bastardo se aproxime; de modo que ven paloma mía, porque no tenemos tiempo que perder.
Sakuno ahora luchó con ímpetu y trató de arañarlo en la cara, pero Atobe le tomó las muñecas antes de que ella pudiera clavarle las uñas para hacerle daño, le dobló los brazos hacia atrás y la atrajo con fuerza contra su pecho. La sostuvo con salvaje firmeza y sonrió ante la mirada penetrante de ella.
- Palabra de honor, muchacha, eres un bocado mucho más apetitoso que esa simple mujer que me ha dado Ryoma.- rió por lo bajo cuando pensó en lo otro.- Él verá que yo no me conformo con cualquier cosa cuando hay algo que me tienta más.
La levanto en brazos y entro con ella en la alcoba, después de lo cual cerró la puerta con el pie.
- ¡Reptil, alimaña¡Repugnante animal! –gritó Sakuno, luchando contra la fuerza superior de él.- ¡Moriré antes de volver a someterme a ti!
- Lo dudo paloma mía, a menos que puedas ordenarte a ti misma morir en los siguientes instantes. Ahora relájate y yo seré gentil contigo.
- ¡Jamás! –bramó la chica.
- Entonces será a mi modo –replicó él.
La arrojó sobre la cama y cayó sobre ella antes que Sakuno pusiera rodar a un lado. La joven luchó como un animal salvaje temeroso de ser capturado y entre ellos empezó una batalla; ella se retorcía debajo de él en un esfuerzo por escapar y con sus manos se acomodaba las ropas que él apartaba de sus miembros.
Si sus fuerzas durarán hasta que regresará Ryoma… pero ella no tenia forma de saber cuando regresaría él, y empezó a perder rápidamente terreno en su lucha por conservar la dignidad que le quedaba. Atobe tiro de sus ropas y desgarro el vestido para descubrirle el pecho; ella sintió la boca caliente, húmeda de él sobre sus pezones y se estremeció de repugnancia.
- Sí puedes acostarte con ese idiota de Ryoma –murmuró roncamente él, con la boca apoyada en el cuello de ella-, entonces encontrará el verdadero placer con un amante más experimentado.
- Estupido torpe –dijo ella semiahogada, defendiéndose del insistente ardor de su atacante-, sois un niño de pecho enfermo comparado con él.
Súbitamente, ambos se sobresaltaron cuando un fuerte ruido resonó en la habitación; parecieron vibrar las paredes de la recamara. Con una convulsión, Atobe se aparto de ella y miró boquiabierto la fuente del sonido. Sakuno se incorporo y vio la puerta abierta y a Ryoma de pie junto a esta; a sus pies yacía Ryoh, ahora decaído y gimiente.
Con una despreocupación que inquietó a Atobe aun más, Ryoma se apoyo en el marco de la puerta y puso un pie sobre el pecho de Ryoh. Primero su mirada se posó en Sakuno para ver el daño sufrido por la joven, mientras ella trataba de cubrirse apresuradamente el busto y los blancos muslos, a fin de ocultarlos a la mirada de él. Después, los temibles ojos dorados cayeron sobre el atacante, cuya palidez estaba bien justificada.
- No deseo matar a un hombre encima de una mujer –dijo Ryoma lentamente-. Pero tú, señor Keigo, abusa peligrosamente de mi paciencia. Lo que es mío, yo lo defiendo y no permito que nadie dude de que yo lo poseo. Fue conveniente de que Momoshiro viniera a advertirme que estaban preparando una fechoría, con Ryoh acechando en las sombras fuera de mi habitación. Si hubieras llegado más lejos con la muchacha, podrías no haber visto la luz del día de mañana.
Ryoma se volvió, hizo una seña fuera de la recamara y apareció Momoshiro. Sakuno se sentó y una sonrisa deliciosa se extendió por sus facciones ciando vio que el hombre alto entraba y arrancaba de su lado el bien nacido normando. Atobe luchó juro e insulto al nórdico y a su señor, mientras Ryoma sonreía complacido.
- Arroja esta basura cerca de la pocilga –le dijo el muchacho a Momoshiro y después señaló a Ryoh-. Después ven por ese y haz lo mismo. Allí encontraran dulce compañía y podrán reflexionar sobre los peligros de inmiscuirse con lo que es mío.
Cuando ellos ya no estuvieron en la habitación, Ryoma cerró la puerta y se volvió hacia Sakuno. Ella exhibía una brillante y feliz sonrisa de gratitud, pero cuando él se acerco, rápidamente se levantó de la cama.
- Seguramente, sir Atobe tendrá motivos para querer tu cabeza después de esta insulto a su orgullo –dijo ella, sonriendo dichosa ante la humillación del otro normando-. Has aplicado un golpe tremendo a su orgullo. Yo no hubiera podido vengarme tan bien de él.
Ryoma continuó contemplando el cuerpo tentador cuando ella pasó junto a él, caminando majestuosamente, y conteniendo cuidadosamente los jirones del corpiño de su vestido.
- Y eso, Sakuno, ciertamente debe de haberte complacido: que nos peleemos por ti. ¿De cual de nosotros, dime, te alegrarías más de verte libre? Yo soy, para tu tranquilidad de espíritu, una amenaza más grande que él.
Sakuno lo miró y sonrió lentamente a esos ojos ambarinos.
- Milord¿me tienes por una tonta? Yo no me atrevo a dar un solo paso sin tener la seguridad de que el ser propiedad tuya es mi protección. Se muy bien que no he pagado por esa defensa y por ello estoy muy agradecida, pero sigo esperando que tu seas de carácter galante y que no exijas un pago tan indigno de una dama que no esta casada contigo.
Él soltó un resoplido de desdén.- Mi carácter nunca ha sido galante, Sakuno, y todavía menos con las mujeres. Puedes tener la seguridad de que pagarás, y de que pagarás bien.
Los labios de ella siguieron curvados en una sonrisa seductora y sus ojos se encendieron con fulgor que hubiera deslumbrado a un hombre menos fiero.
- Creo milord, que tus ladridos son peores que tus mordeduras.
Él arrugo un poco su frente.- ¿Lo crees, damisela? Entonces un día desearía haber creído más en mis palabras.
Sin agregar más, él sopló las velas y se desvistió al resplandor del fuego. Después se tendió en la cama para descansar; en las sombras de la habitación, su voz sonó dura y severa.
- Desde mañana, llevarás una daga para protegerte; quizá ello disuada a otros que quieran atacarte.
Con un encogimiento de hombros y una sonrisa, Sakuno se tendio sobre su lecho de sabanas y piel y buscó la bendición del sueño, pensando mientras tanto en cómo la luz del fuego jugaba sobre la blanca piel de él y la forma en los músculos de su espalda ondulaban con cada movimiento.
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N.A: Bueno primero que nada, lamento la demora, y es que había prometido que lo publicaria más rápido que el anterior, pero es que ahora tengo muchas cosas que hacer, sobre todo con la tonta escuela (examenes); pero les aviso de una vez que me tardare en subir el siguiente cap por que tengo que hacer un proyecto bastante largo para pasar una materia pero les aseguro que esta muy bueno.
Tambien les doy no solo una, sino mil gracias por sus reviews y es que cuando los leo me da más inspiración para continuar este fic; ya que cuando publique el primer cap me dio miedo de que no les gustará.
Bueno proximamente; una pequeña conspiración para ser libres de los normandos y el deseo de Kintarou sobre Sakuno se hace presente.
Bueno es todo, sigan escribiendo reviews.
Bye Zshieszka
