CAPÍTULO 6: DESCONTROL

(Natsuki)

Me presenté ante el capitán-comandante Yamamoto para solicitar el cambio de división. El cuartel de la 1ª división era imponente, pero nada comparado con el aspecto del anciano capitán-comandante: su rostro estaba surcado por arrugas e innumerables cicatrices y presentaba una dureza tan extrema en su mirada que me era imposible mirarle a los ojos.

Cabizbaja, avancé hacia su posición y me arrodillé ante él, notando cómo sus ojos se clavaban en mí.

-Capitán-comandante Yamamoto, soy Natsuki Umihime: llegué al Seiretei recientemente y formo parte de la 3ª división – tomé aire y continué. – Venía a solicitar un cambio de división…

-¿Por algún motivo concreto? – preguntó.

Su áspera voz me intimidó e hizo que me encogiera un poco más, pero seguí hablando:

-C-creo que no acabo de encajar… - mentí. – y, bueno, el capitán Aizen me sugirió unirme a su división.

Alcé la vista y vi como Yamamoto asentía con la cabeza.

-Bien, hablaré del tema con el capitán Aizen y con el capitán Ichimaru – hizo una pausa mientras yo me sobresaltaba al oír ese nombre. – Por cierto, ¿sabe Ichimaru algo de esto?

Miré al suelo y murmuré:

-No le he dicho nada… Se lo iba a comentar en cuanto supiera que mi petición de traslado sería aceptada.

-Está bien. Lo hablaré con los capitanes de la 3ª y la 5ª división, pero si ha sido cosa del capitán Aizen, lo más probable es que se acepte tu petición.

Sonreí con tristeza y asentí. El capitán-comandante Yamamoto se dio la vuelta y se fue. En ese momento, me puse en pie y me dispuse a marcharme. Eché a andar y, finalmente, llegué a la puerta, donde me esperaba el capitán Aizen.

-¿Ya has pedido el ingreso en mi división? – preguntó en tono burlón.

-Sí – le respondí secamente.

-No pareces muy contenta.

-¡Muy observador! No lo estoy: usted no me gusta. Sólo lo hago por el capitán Ichimaru… - mi tono de voz fue bajando hasta desvanecerse.

-Sí señor… ante todo, sinceridad – rió. – Pero te aviso: no te conviene ser tan insolente, niña – añadió con seriedad.

-Como usted diga, capitán – dije con desgana.

Me giré y me dispuse a irme, pero el capitán Aizen me lo impidió tomándome del brazo.

-¿Qué hace? – pregunté a medida que me giraba para mirarle a los ojos.

No dijo nada: únicamente sonrió, sin soltarme el brazo. Acto seguido, me inmovilizó contra la pared y me besó. Me quedé atónita, incapaz de hacer nada por zafarme. Segundos después, Aizen separó su rostro del mío, me miró fijamente y sonrió satisfecho.

-Muchas gracias por no apartarte. Ahora, Gin tiene otra razón para no tratar de acercarse de nuevo a ti.

-¿Qué quiere decir…? – pregunté sin comprender a qué se refería.

-No me gustas en absoluto, pero he tenido que hacerlo: allí detrás, – dijo señalando un edificio cercano – estaba Gin esperando a que te quedaras sola para hablar contigo, pero parece ser que se ha ido al ver cómo te besaba otro hombre…– rió con malicia.

Ni me lo pensé: le solté un manotazo con todas mis fuerzas. Eso sólo incrementó su diversión, al parecer.

-Hasta en tu forma no-vampírica pegas fuerte… ¿o es a causa de tu odio hacia mí? – siguió riendo.

Mi nivel de ira iba en aumento y estaba a punto de perder el control. En ese instante, noté cómo aumentaba sustancialmente mi reiatsu y empezaba a desprender una luz azulada.

Pude ver la expresión de Aizen cambiar bruscamente, pasando de la diversión a la incredulidad.

Una oleada de airé lo impulsó a varios metros de mí y cayó de espaldas. El viento me acarició el pelo y me lo echó hacia adelante, permitiéndome comprobar que había adquirido una tonalidad rojiza. Empecé a asustarme, pero pronto noté un aumento en el tamaño de mis colmillos y lo comprendí: había entrado en fase vampírica.

Las corrientes de aire cesaron y caminé parsimoniosamente hacia donde se encontraba Aizen, tendido en el suelo. Él se incorporó levemente y retrocedió, intimidado.

Supuse que ya habría escarmentado, pero algo me empujaba a acabar con su vida: algo más fuerte que mi propia voluntad.

Una sensación desconocida me embriagaba y me obligaba a saltar al cuello de Aizen. Por mucho que no quisiera hacerlo, esa sensación podía conmigo: mi cuerpo sólo obedecía a mi instinto vampírico.

Cerré los ojos y noté el aroma de la sangre de Aizen. Inconscientemente, salté sobre él, pero choqué contra algo que me echó hacia atrás.

Abrí los ojos de golpe y me encontré con el rostro del capitán Ichimaru.

-¡Para! – gritó, exaltado. –Natsuki, ¡escúchame!

Me cogió de los hombros y me zarandeó.

-Capitán, suélteme… estoy bien – murmuré.

Pareció sorprenderse inmensamente y me soltó.

-Natsuki… espera, ¿estás consciente?

-A medias… sé lo que estoy haciendo, pero el instinto me puede – hice una pausa para tomar aire. – Ayúdeme: no quiero hacerle daño a nadie… - supliqué.

-A ver, antes de nada, ¿Cómo has conseguido transformarte estando consciente? – preguntó.

El olor de la sangre de Aizen seguía atrayendo mi atención y no me dejaba pensar con claridad.

-¡No lo sé! Me he enfurecido por culpa del capitán Aizen y, de repente, he entrado en fase vampírica. – dije, muy nerviosa.

-Bien, entonces, lo que tienes que hacer es relajarte – dijo mirándome a los ojos con seriedad.

-¡No puedo! Soy incapaz de concentrarme… ¡sólo pienso en sangre! – grité asustada.

El capitán Ichimaru se acercó a mí y me abrazó con fuerza, haciéndome apoyar la cabeza sobre su pecho, mientras me acariciaba el pelo.

-Venga, cálmate… - me susurró al oído, produciéndome un estremecimiento.

Traté de tranquilizarme, pero ahora era la sangre del capitán Ichimaru la que me llamaba. Me abracé con fuerza a él y le besé el cuello lentamente. Me di cuenta de que había perdido el control de mi cuerpo cuando le rocé con mis afilados colmillos y empecé a hundirlos en su piel, sin poder remediarlo.

Al comprender que, si no hacía algo, acabaría por matarlo, actué a la desesperada: cogí mi zampakutô y me la clavé en el estómago. Empecé a sangrar y entonces sí que pude alejarme de Ichimaru.

Pronto me abandonaron las fuerzas y caí de rodillas en el charco de mi propia sangre.

Mi capitán se agachó junto a mí, visiblemente preocupado.

-¿Por qué lo has hecho…? – susurró.

Sonreí débilmente y le di un fugaz beso en los labios.

-No quería hacerle daño – respondí.

-Boba…

Sonrió y me cogió en brazos para alejarme del lugar. Una vez en sus brazos, me acurruqué contra su pecho y, finalmente, cerré los ojos.

Pronto, la pérdida de sangre hizo que me desmayara.