En las sombras

Godric caminó en la oscuridad con mucho sigilo. Ni siquiera fue capaz de encender su varita. No quería llamar la atención de nadie. Salazar era capaz de estar por allí, escondido y esperándolo. Aunque, sinceramente, no entendía por qué. ¿Por qué después de rechazarlo, romperle el corazón y jugar con él, Salazar estaba tan preocupado en hablar con él?

Entró en la cocina. Su estómago ronroneó, como si entendiera que al fin había llegado la hora de comer, tras veinticuatro horas encerrado en su habitación.

Estaba distraído, comiendo las sobras de la cena, cuando algo lo sobresaltó. Un ruido, a sus espaldas. Volteó para encontrarse con una silueta enmarcada contra la puerta. Primero pensó que era Salazar. Fue un pensamiento absurdo, considerando que aquella persona eran mucho más baja y regordeta.

―Helga, me has asustado―soltó un suspiro de alivio y siguió con su comida.

―¿Qué haces a estas horas aquí? ―preguntó la bruja, sentándose a su lado.

―¿Qué haces tú? ―devolvió él la pregunta.

―Duermo junto a la cocina, querido. El ruido de tu estómago atraviesa muros.

―Lamento haberte despertado.

―¿Qué te angustia?

Godric la miró unos segundos. Helga siempre había sido buena para ver en los demás que algo les preocupaba. Suspiró.

―Me he peleado con Salazar―dijo al fin.

―¿Nada más? Bueno, tranquilo. Ya lo resolveréis. Sois buenos amigos.

"Amigos", pensó Godric. Ese era el problema. Él no quería ser su amigo.

―Vuelve a la cama, Helga. Yo ya he terminado.

Ella asintió, le puso una mano en el hombro, como si quisiera darle a entender que estaba con él, y salió de la cocina.

Sin embargo, Godric no salió. Se quedó allí sentado, en silencio, durante varios minutos.

Volvió a sentir que alguien entraba en la cocina. Ni siquiera se volteó esta vez.

―Helga, en serio. Quiero estar solo.

―No soy Helga.

Godric se volteó una vez más, para encontrarse con la cara de Salazar a tan solo unos centímetros de la suya. Más cerca de lo que era conveniente para su compostura.

Sintió cómo se aceleraba su pulso y dejó escapar un leve suspiro.

―Tenemos que hablar.

Estaban tan cerca que el aliento de Salazar entró en su boca al decir aquellas palabras. Y más allá de todo el dolor que sentía, Godric solo quería más. Porque, al parecer, esa era la única cura posible.