CAPÍTULO 5
Al entrar en la Madriguera, Draco se encontró con miradas hostiles, recelosas y, hasta de odio se atrevería a decir, desde luego eso no era nada que no se esperase. Todo lo contrario, tenía más que claro, que de aquella manera sería su recibimiento, desde el momento en el que Nymphadora se lo dijo.
Pero hubo una mirada que lo sorprendió. Una mirada que no tenía ni hostilidad, ni recelo y mucho menos odio. Lo más sorprendente era que la dueña de aquella mirada era quien más razones tenía para odiarlo.
Los ojos de Hermione Granger lo observaban con curiosidad, amabilidad y… ¿era acaso, lo que percibía en su mirada, compasión?
Draco podría asegurar que sin duda, la mirada de Granger le dolía muchísimo más que las miradas de odio que le daban la mayoría de los presentes, ya estaba muy acostumbrado a ese tipo de miradas, prácticamente había sido criado y educado para soportarlas sin tan siquiera inmutarse. Pero la mirada de Granger…
No había sido preparado para recibir miradas como la de ella. Y odiaba con todo su ser, que lo miraran con compasión, pena o algo que se asemejara. Esas miradas le hacían sentirse débil, como un cachorrito indefenso que necesitaba ayuda y causaba que la gente se compadezca de él.
Oh, desde luego que odiaba esa mirada.
¿Por qué Granger lo miraba así? ¿Acaso esperaba que, ahora que había vuelto, hubiese cambiado totalmente su forma de ser? ¿Esperaba que ahora fueran los mejores amigos?
De tan solo pensarlo, se le revolvió el estómago.
Apartó sus ojos de la castaña, que no dejaba de observarlo de la misma manera y se centró en mirar hacia el frente, imperturbable, frío y orgulloso como solo él sabía ser, en una casa llena de leones y una tejona.
A pesar de ello, Draco aún podía sentir la mirada de la castaña sobre él. Esforzándose al máximo para no girarse hacia ella y gritarle alguna obscenidad, cosa que en cualquier otro momento habría hecho sin tan siquiera dudarlo, pero que ahora no podía permitirse, puesto que tenía que mantener la compostura.
-¡Por Merlín! ¡Pero que flaco estás! –el rubio frunció el ceño viendo con desagrado a la mujer pelirroja que lo observaba como si fuera un tierno huérfano con problemas alimenticios.
Antes de que pudiera decir nada, se vio siendo arrastrado por la pelirroja mujer, que tenía bastante más fuerza de la que Draco habría imaginado en un principio, hacia una mesa con un montón de platos delante.
El chico puso cara de espanto, ¿Esa mujer se esperaba que se comiera todo eso? ¿Qué quería? ¿Engordarlo para poder llevarlo de un lado a otro, rodando?
Hermione no era capaz de quitar su mirada de él, tuvo que reprimir una risa al mirar la cara de horror que puso al ver toda la comida que la Señora Weasley había preparado para él y Thonks, aun siendo dos personas, toda esa comida era demasiada para ambos.
Cuando vio a Malfoy no pudo evitar pensar en que se veía cambiado, no sabía que era lo que la hacía pensar eso. Desde luego había crecido en altura, si ya antes era alto, ahora era un auténtico gigante, no literalmente, claro está. Su pelo seguía igual de platinado, aunque estaba muy desordenado en comparación a años anteriores, pero sin duda no le quedaba nada, pero que nada mal.
Y sus ojos… ¡Merlín! ¡Debería estar prohibido tener unos ojos tan intensos y bonitos! Aunque había algo en sus ojos, algo diferente…pero no podría decir de que se trataba, al fin y al cabo, nunca se había fijado en sus ojos, ni en demasiadas cosas relacionados con él, y no tenía nada con que comparar el antes y el ahora.
-Me pasas la sal, Nymphadora. –dijo la suave y grave voz de Draco, desde luego no se comería todo aquello, pero algo sí que podía comer, sobre todo porque mientras comiera no tendría que responder a preguntas y podría distraerse para no tener que prestar atención a la mirada de Granger, que no se despegaba de él como si estuviera evaluándolo, esto último le estaba resultando terriblemente complicado.
-¡¿Cuántas veces tengo que decirte que no me llames así?! –le chilló Thonks enfadada y con su pelo de un color llameante, producto de la furia.
Draco se encogió de hombros.
-Es tu nombre, no la tomes conmigo, no es mi culpa que te llames así. –los Weasley, en su totalidad exceptuando a Charlie, Bill y Percy, se encontraban en la estrecha y pequeña cocina, además de Hermione y Harry, todos miraron con atención a Thonks, esperando que le chillara aún más.
-Lo sé, es culpa de mi desconsiderada madre, que no pudo elegir un nombre más normal. –lo apoyó ella con disgusto.
Todos la miraron sorprendidos, lo normal hubiera sido que pusiera el grito en el cielo.
-Mi nombre tampoco es muy normal. –dijo Draco con simpleza, ignorando a sus acompañantes, como si estuvieran solo ellos dos en aquella cocina.
-Estúpida tradición Black. –maldijeron los dos a la vez, para sorpresa de sus espectadores.
-Ti hijo acaba de firmar su propia sentencia de muerte y con ella, la de tu marido. –ronroneó la voz de Bellatrix. –Dime, ¿qué vas a hacer ahora? Aparte de contemplar como mi Señor mata a Lucius delante de todos. –soltó una carcajada, mostrando lo mucho que estaba disfrutando de todo.
Narcissa se mantuvo impasible por fuera, con la mirada hacia el frente, la cabeza bien alta y con expresión fría. Pero por dentro todo era un caos, su mente buscaba con desesperación una salida, una solución…, su corazón chillaba, impotente y sufriendo. Y su alma, su alma se desgarraba por el dolor.
Pronto su marido estaría muerto y a él, lo seguiría su hijo. Ella seguiría viva solo por ser hermana de Bellatrix, porque ella sabía que su hermana no la dejaría morir, al fin y al cabo estaba segura de que la quería, de una forma retorcida y enfermiza, sí, pero la quería y ese era su salvavidas.
Pero ¿qué tipo de vida le esperaba sin su marido y sin su hijo? ¿Una vida destinada a ser una esclava del Señor Oscuro y teniendo que aguantar las burlas y desprecios de su hermana y el resto de los Mortífagos?
Y en aquel momento, en ese instante, su mente se vacío, dejándola expensa de toda aquella desesperación que hasta entonces le enturbiaba la mente. Su corazón dejó de sufrir, como si no pudiese sentir nada. Y su alma dejó de desgarrarse.
Fue ahí, cuando tomó una decisión, que seguramente acabaría con su vida, pero que salvaría la de su hijo y eso, era lo único que le importaba. Ella y su marido hacía mucho que estaban destinados a perecer, pero Draco, su pequeño y eterno Dragón…él no podía morir tan joven, le faltaba tanto por vivir, aún tenía que enamorarse, casarse, fundar una familia…y ser feliz.
Sí Bellatrix no hubiera estado tan ocupada burlándose y riéndose, seguramente se hubiera percatado de la determinación que había en los ojos de su hermana, tal vez se hubiera dado cuenta de esa pequeña pero innegable sonrisa que se abría paso en el fino y delicado rostro de Narcissa.
