Ok, esta vez me pasé. Este capítulo es el DRAMAAAAAAAAAAAAA. Y es lo que llamo "gatillo". A partir de acá, empieza la VERDADERA historia :D Diviértanse.

Música para este cap: 505, de The Arctic Monkeys (en serio, si la escuchan, va a entender mejor todo).

Carla: ya verás cómo c: YA VERÁS CÓMO.

Rikasa: BABU, me hacés feliz :D Leé ya todo y ponete al día (?)

Nati: VOS, personita hermosa, te dedico este cap a vos -ojalátegusteyonoestoytanconvencidaperobuehnomesalebienkeaser-.

Ahora, disfruten c:


CAPÍTULO VI: Die Flügel der Freiheit

Era fuerte. Más fuerte que nadie, y sabía que, si moría, eso no significaba nada.

Por otra parte, de solo pensar que otros morían diariamente de la misma forma en la que sus padres lo habían hecho su sangre hervía.

Nadie tiene derecho.

Y sin embargo, aunque odiase admitirlo, Mikasa reconocía que era incapaz de salvar ―o siquiera intentar hacerlo― a los cientos de judíos que se tambaleaban frente a su balcón.

Solo podía pasear la vista cual halcón atento entre la multitud en busca de aquella única vida que valía la suya, en el sentido, al menos, de que no dudaría en sacrificarse si existía la posibilidad de salvarla de aquella guisa.

―Ackerman. Es hora de irnos.

La mandíbula de Mikasa tembló.

No, quería decirle. Eren podría estar aquí. Eren podría escaparse de mí, pasar frente a mí y yo podría no verlo…

Ackerman, llegaremos tarde a la ceremonia. Así que vámonos de una vez.

Ella no respondió. Rivaille suspiró.

―Te esperaré en el auto.

Mikasa no se marchó hasta que el último de los judíos desfiló frente a ella, piel y huesos en un saco.

Piel y huesos, como era Eren, probablemente, ahora mismo. Como ella se sentía.

Como el peso que la esvástica en su brazo le hacía sentir.

Cumpliría dieciocho años en una semana.

Y hoy era una soldado oficial de la SchutzStaffel.

Sí.

Era el dos de febrero del año 1944.


Cuando Mikasa hubo subido al auto, para su sorpresa, no se encontró con ninguna regañina de Rivaille. Era como si este intuyese en algo lo que ocurría, y estuviese siendo considerado.

Eso era lo lógico, lo que cualquiera pensaría si se tratase de cualquier otra persona.

Empero, Mikasa tenía sus sospechas hacia la actitud de su capitán.

Para empezar, hacía un par de años que Rivaille se había apartado de forma drástica respecto a todo lo que tuviese que ver con ella: evitaba los más mínimos roces, y Mikasa era plenamente consciente de que hacía como dos años que no sentía esa repugnancia visceral que solía hacerse presente cuando el soldado la tocaba aunque fuese por accidente.

Era como si Rivaille hubiese decidido que convenía a ambos evitar verse el uno al otro como seres humanos, y Mikasa, por primera vez en su vida, podía alegar completa reciprocidad ante la opinión ajena.

Porque ella nunca lo había visto como un ser humano, de todas maneras.

―Llegamos.

Rivaille bajó del auto con brusquedad; Mikasa notaba a la legua su malhumor. Pero no lo entendía: no era él quien se había convertido en soldado de aquel monstruo que le había robado todo lo que era importante para sí, no era él quien debía tragarse largos discursos nacionalistas en los que no creía y hasta le repugnaban, y definitivamente no era él quien había sido presentado como la gran esperanza, la gran promesa del Partido Nacionalsocialista Alemán cuando cada parte de su ser lo despreciaba tanto que sentía ganas de arrancarse el brazo donde iba amarrada la esvástica cual símbolo de que uno había perdido todo, incluso a sí mismo.

Sin embargo, ¿qué sabía Rivaille, de todas maneras?

Mikasa lo siguió, sus ojos fijos en la nuca descubierta que bajaba hasta unos hombros anchos.

Sí, ¿qué sabía Rivaille de sacrificio, de dar todo en busca de un objetivo mayor? ¿Qué sabía él, qué conocía él, sino el adoctrinamiento de perros nacionalsocialistas que lo usaban a su conveniencia bajo la simple promesa de un techo, una cama y un plato de comida?

Rivaille era un alma egoísta. Mikasa no se engañaba ni por un segundo: había dejado ir a Eren para llevarla consigo, porque había advertido su potencial.

Potencial que, había decidido, le sería útil en algún futuro.

La muchacha rechinó los dientes.

Dios, cómo odiaba a Rivaille.


―¡Bienvenidos, reclutas!

Mikasa no se esperó globos ni guirnaldas, pero el aspecto miserable del predio, igual al de todos los días, la deprimía aún más. ¿No se susponía que esto era una celebración?

―¡Señor, sí, señor! ―exclamaron todos, adoptando la posición de atención requerida.

La ceremonia fue larga, vacía y tediosa. En representación del Führer acudió el capitán Amon Göth, quien se encontraba de paso por Berlín aquellos días.

El capitán Göth era famoso por su crueldad: se decía que mataba judíos desde su balcón en Plaszow por pura diversión. Mikasa fijó en los ojos en su palpitante yugular mientras este hablaba: ¿cuánto tardaría, si se lo proponía, en rebanarle el cuello? ¿Llegaría, o le dispararían antes? ¿Valía la pena matar a Göth aunque ello descartase por completo sus posibilidades de encontrar a Eren? Ciertamente que acabaría con una de esas escorias humanas tan similares a Rivaille…

Ackerman.

Mikasa luchó por no cerrar los ojos en un gesto de hastío. En su lugar, miró de soslayo al capitán a su lado.

―No hagas nada estúpido.

La advertencia arruinó sus planes, aunque eliminó sus dudas. Bien, Eren sería su prioridad.

Y luego, el cadáver de este animal que parecía capaz de leer la mente en alguna fosa común.


Rivaille tomó un sorbo de su taza de té con completa serenidad. Ah, la serenidad era infravalorada actualmente.

―La mujer que vale cien soldados, ¿eh?

Sí. La serenidad era infravalorada…

―Y con un pasado oscuro respecto a ella, ¿uh?

―No hay nada de oscuro respecto a Mikasa ―la calma se oía en su voz como algo ya instalado hacía tiempo―. La encontré en una casa en ruinas, la salvé, la convertí en soldado.

―… y todo durante la Noche de los Cristales Rotos, ¿eh, Rivaille?

El aludido bajó su taza, y miró al capitán como quien no quiere la cosa.

―Si tienes algo que decir, te sugiero que lo digas, Amon.

Él sonrió. Sus dientes amarillentos a causa de la nicotina causaron que el ceño de Rivaille se frunciese.

―Solo quiero hacer notar las similitudes entre la mujer que vale cien soldados y el hombre que vale una brigada entera: un pasado imposible de rastrear, un talento excepcional, y una mirada que denota cuánto odian a ciertas personas. Un odio hasta el punto de desear exterminarlas con sus propias manos.

―¿Es así? ―Rivaille volvía a su taza de té―. ¿De esa forma te miro? Creí que era menos obvio.

―Quizás tú sabes disimular, Rivaille ―el capitán se había levantado, y ahora se colocaba su sobretodo―, pero tu protegida no.

―Quizás tú inspires estos sentimientos de forma natural, Amon.

―Oh, quizás ―aceptó él con esa sonrisa asquerosa suya―. Pero nunca dije que ella me mirase a mí.

No pudo seguir tomando su té. Amon se marchó, y Rivaille no encontró qué decir.

Era demasiado difícil hablar sintiendo la mirada gris como un hierro caliente en su nuca.

Dos años habían transcurrido desde aquella noche en que había visto más del mundo de Mikasa de lo que ella permitiese diariamente.

Dos años desde que se prometiese matar todo lo que esa chiquilla despertaba en él: cualquier sentimiento, bueno o malo.

Y había fracasado.


Ya en el auto, Mikasa se cuestionó seriamente su vida. ¿Iba en verdad a lograr algo? Pronto cumpliría la mayoría de edad, y aún no había logrado uno solo de sus objetivos…

No había encontrado a Eren, no había matado a Rivaille, y era lisa y llanamente imposible hallar a Bertholdt sin siquiera salir en su búsqueda.

Así que la joven tomó una decisión cuando ambos llegaron a su hogar.

Rivaille, no obstante, como siempre, se entrometió en su plan apenas estuvieron dentro del apartamento:

―Ackerman, ponte una camisa de mangas largas en lugar de ese molesto saco. Vamos a salir otra vez.

Ella no dijo nada.

Solo guardó, en completo silencio, la daga que Rivaille le hubiese regalado en una de sus botas, pegada a su pierna.


Eran casi las nueve de la noche cuando llegaron a destino.

―¿Dónde estamos?

Rivaille no respondió, sino que salió del auto y lo rodeó con el fin de abrir la puerta de Mikasa. Esta, adivinando sus planes, se bajó antes de que este hubiese logrado su propósito.

La mirada de Rivaille, lejos de denotar irritación, se mantuvo estoica.

―Sígueme, Ackerman.

El sitio donde se hallaban parecía una fábrica abandonada. Cuando abrieron la puerta de pesado hierro, la muchacha comprobó por el olor a polvo que parecía infectar sus pulmones como una molesta enfermedad que así era. Increíblemente, Rivaille no emitió queja alguna respecto al estado deplorable de la edificación y siguió caminando hasta el centro del lugar. Una vez allí, se detuvo de forma tan abrupta que ella estuvo cerca de colisionar contra la espalda del capitán; no obstante, recuperó su distancia con rapidez.

Empero, antes de que ella pudiese inquirir acerca del paradero compartido, él habló:

―Ackerman, dime: ¿qué sabes sobre mí?

La pregunta la tomó por sorpresa. Pese a todo, el tono en el cual fue formulada era la misma inflexión monótona de todos los días, así que Mikasa no tardó en responder:

―Que eres un asesino.

Él se mantuvo estático por un breve segundo, para terminar asintiendo luego.

―¿Qué más?

―Que me usas porque tengo potencial.

Otro asentimiento.

―¿Algo más?

Mikasa pensó y pensó. Pensó, y recordó todas las cosas que hacían a Rivaille quien era: su velocidad y eficacia en el campo de batalla, su constante malhumor, su obsesión por la limpieza, su habilidad innata para todo lo que tuviese que ver con arreglar cosas rotas, su manía de repetir las palabras ajenas con ironía cuando alguien lo desafiase.

También recordó su cuerpo y cómo se sentía en los entrenamientos, o cuando la había cargado, el asco cuando su mano rozó su marca no una, sino varias veces…

Incluso cuando se había cortado el cabello que le recordaba a su madre como reacción ante la total repugnancia que aquel hombre le inspiraba.

Hombre…

¿Cuándo había dejado de llamar «monstruo» a Rivaille? ¿Cuándo, en el transcurrir de tantos años odiándolo?

¿Cuando lo vio hacer la vista gorda ante el romance evidente de dos reclutas mujeres?

¿Cuando se detuvo a la vera del camino para recoger a un gato empapado bajo la lluvia y llevarlo hasta un albergue de animales?

¿O fue cuando colocó la manta sobre el cuerpo de Alphonse y el suyo aquella noche, hacía tantos años…?

Al recordar tantos acontecimientos, a Mikasa le pesaban muchas cosas en el pecho. Le pesaban su odio y su rabia, porque cualquiera habría de cansarse de odiar durante tantos años ininterrumpidos.

Pero ella no podía dejar de odiar. Aquel odio iba dirigido con justa razón a Rivaille, quien se había robado su felicidad para siempre.

Rememoró una tarde en la que los reclutas habían conversado sobre los sueños que cada uno tenía: cuando le había tocado el turno, Mikasa había dicho la verdad; que quería ser ama de casa.

Todos rieron: ¿cómo una mujer tan fuerte se rebajaría a ser un ama de casa? ¿Cómo, cuando sus manos estaban hechas para herir y matar y no para acariciar y vendar?

Y sin embargo, era el sueño de Mikasa. Tan simple como eso: casarse, tener un hijo, y llenar de besos a su esposo y a su hijo todas las noches antes de dormir. Incluso cantaría todas las canciones de cuna que el pequeño necesitase para dormir…

Jean se había sentido atraído hacia ella, ahora que lo recordaba, mas su atracción pronto se había disipado bajo la convicción de que ella no era más que un arma.

Un arma forjada por y para Rivaille.

Y un hombre que la despojaba dos veces de todo lo que consideraba preciado, se merecía su odio infinito.

―Sé… que si sigo entrenando contigo es para tenerte de rodillas ante mí algún día.

El soldado la miró por encima del hombro.

―Eso es algo que sabes sobre ti misma, no sobre mí.

―No ―Mikasa replicó―, es algo que sé que harás.

Las palabras de Mikasa quedaron suspendidas como partículas de polvo en el aire durante largos segundos.

Finalmente, Rivaille habló:

―Así será. Pero antes, hay algo que necesito de ti.

La desconfianza se hizo presente en los ojos grises.

El solo mantuvo su fachada fría, porque el día que la perdiese, se desataría el infierno.

Porque significaría que había perdido ante Mikasa.


Pese a su completo dominio de situaciones críticas, esta escapaba por completo a la capacidad de Mikasa.

Había seguido a Rivaille a través de una compuerta en el suelo, y ahora ambos se encontraban bajando unas inacabables escaleras de piedra en completa oscuridad.

¿Qué esperaba al final de las escaleras? Mikasa no tenía idea: lo lógico sería pensar que se trataría de algo malo, y aun así, ¿por qué Rivaille permitiría aquello? No se engañaba: las cosas eran tal y como ella las había dicho, él la utilizaba, mas ¿por qué la lastimaría aquí y ahora?

¿Tal vez era algún rito de iniciación? Qué sinsentido… Todos esos trámites innecesarios debían haber sido realizados antes de la graduación.

Pronto, Mikasa percibió algo de claridad más adelante. Se puso en guardia, mas no aminoró el paso, siempre manteniendo el ritmo del capitán.

¿Qué encontraría ahora? ¿Armas, cadáveres, enemigos…? Todo eso se le venía a la mente al pensar en Rivaille.

No se esperó hallar, pues, bajo ningún concepto, un salón bellamente iluminado con el piso similar a un enorme tablero de ajedrez a causa de hermosas baldosas blancas y negras. En el centro, un enorme candelabro llenaba de luz todo el lugar.

Y debajo del mismo, se hallaban sus compañeros de casi dos años de prácticas y sufrimientos.

La muchacha no pasó por alto que todos vestían atuendos similares al suyo: nada más que botas, pantalones y camisas blancas de mangas largas.

―¿Qué es est…?

Armin se le adelantó, y tiró de su manga.

―¡Shhh, Mikasa, ven, está por empezar!

¿Empezar qué?

Mas nadie le respondería una pregunta que no había siquiera formulado. Inquieta, ya detrás de Armin en una improvisada fila, buscó a Rivaille con la mirada: este se había situado en una amplia tarima al frente junto a los otros tres capitanes. Detrás, se apreciaba a los miembros de élite de todos los escuadrones. Mikasa distinguió a Petra, quien esbozó una sonrisa, pero su atención estaba centrada en el capitán del Escuadrón de Ofensiva.

Recién entonces Mikasa se percató de que todos vestían capas verdes. Rivaille no había salido del apartamento con ella, por lo que era obvio que únicamente ahora se la había colocado.

Llamó también su atención los cuatro escudos que figuraban en la pared a espaldas de los capitanes. No obstante, no le bastó el tiempo para examinarlos con atención, puesto que el capitán Erwin Smith carraspeó sonoramente.

―Buenas noches a todos los presentes ―saludó al fin―. Los he reunido aquí para la verdadera ceremonia de graduación.

Las miradas de Rivaille y Mikasa permanecían cruzadas: ella preguntaba con insistencia, y él solo se mantenía firme en su silencio.

―En primer lugar, quiero ofrendar mi respeto a cada uno de ustedes, valientes: son, no solo soldados, sino guerreros que han decidido que sus vidas son nada más que el precio a pagar por un bien mayor; el bien de la humanidad. Por eso y más, yo los saludo, soldados.

»Los saludo porque ninguna vida será sacrificada en vano. Los saludo porque han visto el infierno y han decidido hacer frente a sus llamas.

»¡Y por sobre todas las cosas, los saludo porque a partir de ahora, cargan con las alas de la libertad sobre sus espaldas!

Todos llevaron el puño derecho al lado izquierdo del pecho, imitando lo que el capitán acababa de hacer. Mikasa no podía reaccionar, mucho menos procesar lo que había oído. Sus ojos se mantenían fijos en Rivaille, preguntando, exigiendo la contestación a las sospechas que su mente había empezado a albergar desde hacía un tiempo respecto a todos los capitanes.

Y él no decía nada.

―A continuación, asignaremos a los graduados a sus respectivos escuadrones. Damos la palabra a Zöe Hange.

Con un enérgico salto para ocupar el lugar de Erwin, Hange empezó su discurso:

―¡Yupi! ¡Aquí requerimos la presencia de los inteligentes, los detallistas, aquellos cuyo ingenio no destaca en la batalla, sino en el descubrimiento de nuevas tecnologías que han de ser el instrumento mediante el cual nos dirigiremos hacia la victoria: el Escuadrón de Investigación!

»¡Y los nombres de los afortunados que se divertirán conmigo son Marco Bodt e Historia Reiss! ¡Acérquense, chicos!

A Mikasa le sorprendía cómo la garganta de la mujer de gafas no disminuía su potencia pese a hablar tan rápido y fuerte. No obstante, su atención se enfocó en sus dos compañeros, quienes ahora pasaban al frente en medio de una oleada de fuertes aplausos: el segundo al mando había depositado en las manos de Hange dos capas verdes que Marco e Historia tomaron y abotonaron sin demora antes de retornar a sus sitios en la formación.

Mikasa distinguió el llamativo perfil de un unicornio verde con una crin plateada en la parte de atrás de las prendas: era, pues, igual a uno de los escudos; específicamente a aquel que se encontraba suspendido sobre el lugar que ocupase Hange antes de que Erwin le diese paso.

El siguiente en hablar fue Mike, con su imponente estatura haciendo gran contraste entre todos los presentes, en especial Rivaille.

―Hacemos un llamado ―la voz profunda de Mike era hasta relajante tras escuchar los cacaeros de Hange― a los sagaces y astutos, aquellos cuyas pisadas puedan confundirse con el rumor de las hojas de un árbol: ellos serán nuestra información y nuestra intuición allí donde el mero raciocinio no baste.

»Hablamos, por supuesto, del Escuadrón de Rastreo: un paso al frente soldados Kirschtein, Braus y Springer.

Aplausos nuevamente, y esta vez, Jean, Sasha y Connie fueron los que tomaron las capas verdes de las manos de Mike; una vez que estas estuvieron abrochadas sobre sus cuerpos, la observadora Mikasa reparó en la diferencia del escudo: en lugar de un unicornio, dos rosas. No pudo evitar asociarlo con el hábito de Mike de juzgar a las personas por su olor, y se preguntó si tendría algo que ver.

―El siguiente llamado ―Erwin volvía a hablar tras haber recuperado su lugar en el centro de la tarima; a su derecha, un despreocupado Rivaille paseaba la vista como ausente entre los recién graduados― está dirigido a los ágiles mentales en situaciones de riesgo y presión: ¿a qué apostar, si todo parece perdido? A ustedes, soldados. Yo apuesto a ustedes; en ustedes depositamos nuestra fe y nuestras esperanzas. ¡Que su juicio acertado se torne el mapa que nos guíe hasta la victoria! El Escuadrón de Estrategia da la bienvenida a sus nuevos miembros: Armin Arlert e Ymir.

Sin despegar los ojos de Armin mientras este tomaba la capa verde que le correspondía ―esta vez con un par de espadas en la espalda―, Mikasa sintió una enorme calidez en el pecho: el otrora trémulo niñato rubio se había convertido en un hombre y al fin había alcanzado la tan ansiada posición en la milicia.

No obstante, cuando aún Armin no había terminado de colocarse la prenda, ella fijó los ojos en Rivaille, justo para ver cómo rechazaba las capas que Petra le había ofrecido. Confundida, la joven pelirroja se mantuvo al lado de su capitán.

Este no tomó la palabra de inmediato, sino que dejó que un agobiante silencio se apoderase del salón antes de hablar.

―«Este escuadrón ―para Mikasa, su voz era un siseo similar al de una serpiente― es para los fuertes. Es para aquellos que mantendrán la frente erguida y la mandíbula apretada en el campo de batalla, y traerán la victoria o la muerte.»

»Eso es lo que me gustaría decir.

El silencio que inundaba la sala pareció intensificarse. Rivaille hablaba con calma, y no fijaba la vista en nadie en particular.

―Pero la realidad es otra.

Se cruzaron miradas angustiadas de soldados que no comprendían qué ocurría.

―La realidad es, que nosotros somos la carne de cañón: somos el cuerpo que no alcanza a la mente que son los demás escuadrones.

»Por lo tanto, si quedaron seleccionados para este escuadrón, es porque tienen dos destinos posibles: morir, y que la muerte no sea solo de ustedes sino también de aquellos a quienes protegen, o sobrevivir y convertirse en soldados superiores a la media.

»Esto es, desafiar al destino que se nos impuso.

»Y aun así, cada decisión es una ruleta rusa, y muchos morirán en vano. Ni siquiera tendremos un cuerpo para velar, y de todas maneras, este escuadrón no es para lamentarse por las pérdidas: los sacrificios deben ser hechos, y el precio a pagar es nuestra vida.

»Pero no se equivoquen: no lo digo como lo dijo Erwin ―el capitán de Estrategia miró sorprendido a Rivaille―, como estimando un riesgo existente mas remoto; yo se los digo con la seguridad de la persona que abandonará sus cuerpos donde sea necesario, y los utilizará de barricada si con eso logra sobrevivir.

Gritos ahogados se escucharon en el salón.

―Muchos de ustedes dirán, entonces, «¿por qué debería aceptar este riesgo?». Y no tengo respuesta. Si desean creer, aunque sea por un momento, en el futuro de la raza humana, ofrézcanme sus vidas. No vivirán por ustedes: vivirán por los padres y hermanos que caen muertos cada día en cámaras de gas o ejecutados por soldados que se burlan del temblor de los dedos a causa del frío.

»Vivirán por mí, por este hombre que sacrificará a cada uno de ustedes de ser necesario, y usará sus cuerpos como escalones pútridos que lo llevarán hasta el cuello del Führer, quien dirige cada día caravanas de muertos hasta el infierno.

»Y por esto les digo, si están dispuestos a llevar las alas de la libertad en sus espaldas, y a aceptar que los enemigos los degüellen vivos cuando las vean, Braun y Leonhardt, vengan conmigo.

»Porque no espero nada menos que su completa devoción, no a mí, que no soy más que un hombre despreciable que terminará muerto y tirado en una zanja tarde o temprano, sino a la causa que entraña mi existencia.

Por supuesto, el discurso heló la sangre de todos los presentes. Pero Mikasa solo podía pensar en porqué no había sido llamada mientras veía a Annie y a Reiner avanzar sin miedo a tomar las capas que Petra sostenía: el ala blanca y el ala azul parecían grabar en su retina una imagen en extremo dolorosa.

¿Por qué Rivaille no la había llamado?

¿Por qué estaba allí, de blanco, en medio de un mar de verde?

Él al fin se dignó a mirarla, y Mikasa vio algo raro en sus ojos, algo que no había visto antes, y que parecía tan obvio, tan evidente…

―Ackerman, tú eres la excepción.

Pese a que la expresión confundida de los presentes era un verdadero espectáculo, la joven no lo veía.

―¿Qué? ―interrogó.

Rivaille suspiró hondamente, y por un momento, Mikasa vio todo el peso de los años, todo lo que el capitán no había parecido envejecer en su tiempo juntos, caerle sobre los hombros como un golpe colosal.

―Hasta ahora… no he sido más que un héroe. Para la resistencia, para la humanidad. Y lo sigo siendo. Lo sigo siendo aunque mi nombre ni siquiera sea Rivaille.

¿Qué…?

―Mi nombre, Ackerman…

¿Qué estaba diciendo…?

―… es Levi.

Esta vez, fue ella quien sintió un golpe caer sobre sus hombros.

Levi.

El hombre que le había arrebatado todo tenía otro nombre, no aquel que ella había escupido con rabia tantas veces.

El hombre que le había arrebatado todo tenía otro nombre, uno que no hablaba de glorias ni grandezas, sino de una etnia perseguida.

Levi.

―Pero ―el capitán volvió a hablar― no soy judío. Hace tiempo que me arranqué la estrella del pecho, y la tiré al mismo lugar que mi humanidad: soy, pues, el soldado más fuerte de la humanidad sin un ápice de compasión humana.

»Y soy un asesino.

Había soldados que temblaban convulsivamente, mientras que otros parecían sumidos en un estado catatónico. Mikasa habría advertido, si hubiese sido capaz de mirar a Erwin, Hange, Mike y al escuadrón entero de Levi, que todos lucían igual de impactados por sus palabras.

―Soy un asesino, porque el nueve de noviembre de 1938, asesiné a los padres de Mikasa Ackerman frente a ella, en la casa número 124 de Friedenstraße. Primero maté a su padre, y luego, a su madre. Rompí la nariz de su amigo de la infancia, y finalmente, la traje conmigo, porque vi potencial en ella como soldado para esta causa.

―S-señor… ―Petra parecía a punto de romper en lágrimas, mas Levi la calló con un gesto.

―Todos aquí saben de mi verdadero nombre, y algunos hasta saben de mi pasado. Y sin embargo, hasta este momento nadie sino Ackerman estuvo al tanto de mis acciones, y nadie más que ella puede juzgarme. El porqué no interesa; sería una excusa. Tengo las manos manchadas con la sangre de las dos personas más importantes de esta muchacha, y aun así, voy a hacerle un ofrecimiento.

Mikasa olvidó cómo respirar. Olvidó cómo hablar, y cómo llorar, aunque ganas no le faltaban. No sabía siquiera por qué: todo lo que Rivaille… no, Levi decía era cierto. Y ella lo sabía de memoria, lo había presenciado, lo había vivido, lo había soñado y lo seguía haciendo al menos una vez al mes.

Y aun así, los ojos de Levi le hablaban de algo que no conocía. Esa mirada no era la misma de aquel que la había utilizado, y Mikasa se negaba a creer que esto fuese posible: debía ser la misma.

Debía hallarse ante el mismo monstruo, ¿por qué, por segunda vez, le parecía que no era así…?

―Ackerman, dame tu vida. No te pido que la sacrifiques, porque muerta no me sirves. Eres un prodigio. Tu talento excepcional es algo que necesito, como necesito de la inteligencia de Hange, o de la astucia de Erwin o de la intuición de Mike.

»Lo necesito para que cubra mi espalda, y para que cercene a los enemigos de la humanidad.

»Lo necesito, como ya lo dije, no por , Ackerman, sino por esta causa que es mucho más grande que mi vida o cualquier anhelo de venganza que haya echado raíces en tu corazón, esta causa que te escondí hasta saber que tu juicio vale más que la simple subjetividad de tus emociones.

»Y si me das tu vida… Si dejas de pensar en cómo apuñalarme mientras duermo, y piensas mejor en cómo robar de toda fuerza a los enemigos que asechan fuera de este refugio, yo te prometo, Ackerman, te juro frente a todos los presentes, que mi vida será tuya para lo que quieras.

Levi bajó de la tarima, y se llevó consigo la última capa que Petra sostenía. Se situó frente a Mikasa, y aunque cualquiera hubiese reído al ver cómo ella le sacaba fácilmente diez centímetros, la escena era tan impresionante como lo sería el contemplar la erupción de un volcán.

―¡Así que toma la maldita capa, y dame tu maldita vida porque tan cierto como que el infierno existe que la necesito!

Fue la primera vez que Levi perdió el control frente a sus subordinados, y fue la primera vez que estos vieron la mandíbula de Mikasa temblar. Su respiración se escapaba en fuertes jadeos a través de sus labios, y ella no recordaba desde cuándo estaba así.

Lo cierto era que con una mano sacó de su bota la daga que había guardado, y con otra apretó el cuello de Levi: nunca este había estado tan desprevenido.

Pero cuando el puñal iba a encontrar su piel, Mikasa no pudo evitar detenerse.

Porque pensó en Eren.

En Eren, y en las vidas de todos los Eren que vagabundeaban llorando la muerte de sus padres y hermanos.

Y por mucho que odiase admitirlo, este hombre era el único que podía evitar que siguiese ocurriendo.

Mikasa era la perfecta soldado, y sabía que su vida estaba para ser dada por las vidas de los demás.

―Te odio tanto ―farfulló a la par que dejaba caer el arma al suelo y rodeaba su cuello con ambas manos―. Rivaille o Levi… te odio tanto, tanto

Él lo comprendió entonces. Pese a que ella mantenía las manos en su garganta, rodeó el cuello ajeno con la capa, y la abotonó. Lo siguiente que hizo fue retirar con delicadeza las manos femeninas con las suyas, aunque no las soltó, sino que las mantuvo en el aire puesto que Mikasa seguía apoyando todo su cuerpo contra ellas.

―Y es probable que yo todavía… ―susurró Levi―… aun con tus manos alrededor de mi cuello…

Pero no terminó su frase.

No la terminó, porque alguien se atrevió a caminar, a moverse cuando todos apenas podían respirar.

Mikasa, tienes que pelear.


Levi apreció la transición del odio visceral a la completa vulnerabilidad en los ojos grises. Pronto, los dedos que tan firmemente se habían apoyado en sus manos lo soltaron, y no hubo más mar de plata frente a él.

Solo la cabellera ónice que rozó sus dedos aún inmóviles debido a la rapidez con la que la muchacha volteó.

Sabía quién era: él mismo le había pedido que viniese, ya sea para unirse a la lucha, o para llevarse para siempre a la destrozada joven que él había acabado de arruinar.

Mikasa corrió hacia el joven de cabello castaño y enormes ojos verdeazulados, y enterró la cabeza en su pecho. Sus rodillas fallaron a causa de la emoción, y ambos terminaron en el suelo.

Él sonrió, y la rodeó entre sus brazos, confortándola como si fuese una niña pequeña.

Y ella solo emitió el quejido más lastimero que Levi jamás había escuchado. Este no era el llanto de la pequeña que había perdido a sus padres recientemente y estaba demasiado rota como para siquiera llorar, no: era el llanto de la mujer que se hacía añicos al saber que lo había logrado.

Que había resistido una eternidad, y había logrado reunirse nuevamente con el ser amado.

Levi supo entonces que se había equivocado: no había forma de que él arruinase a Mikasa.

Ella estaba hecha de diamante puro, y resistiría todo lo que se le atravesase.

Y aunque una parte de él se sintió feliz y satisfecha con que aquella capa verde colgase de su cuerpo, otra parte de él no podía hacer más que sentirse miserable al escucharla llorar.

Levi volteó, y dejó en paz a la feliz pareja: las miradas no se hicieron esperar, y él solo negó con la cabeza y gruñó algo similar a una orden de retirarse.

Solo con Petra fue cortés, y le pidió que acercase al mocoso una de las capas de su escuadrón.


Aquella noche, Mikasa no llegó a dormir.

Levi volvió solo al vacío apartamento 505. Debía ser pacífico, mas era «vacío» la palabra adecuada para describirlo.

Recordó las palabras de la joven: ella lo odiaba. No necesitaba que se lo dijese, lo sabía.

Y sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, Levi sonrió.

La había hecho feliz esa noche, ¿no? Aunque ella no estuviese allí ahora mismo, volvería a la mañana.

Y es probable que yo todavía, aun con tus manos alrededor de mi cuello…

Y volvería feliz, aunque nunca fuese a regalarle una sonrisa a Levi.

te adore.


LEVI BABU, MIKASA BABU, LOS AMO I CAN'T MIS FEELINGS.

En fin, REVIEWS POR FAVOR, este cap no me deja segura, pero BUEH, hice lo que pude no me maten sean buenos ;w;

Saludos c:

-Peque