Y antes de que se diera cuenta, las dos semanas de su estancia habían llegado a su fin. Los miembros de la empresa, decidieron reunirse en un restaurante a cenar y beber antes de que el inglés se marchara. Y aunque esa mañana le había avisado a Kiku que llegaría más tarde de lo normal, no pudo evitar los fuertes latidos de su corazón al llegar a casa del japonés, solo para encontrarlo aún despierto, esperando por su llegada. El alcohol en su organismo tampoco ayudaba. Ante sus ojos, aquel moreno brillaba más que el mismo sol, y la calidez que emanaba de su sonrisa, no podía compararse a la de mil hogueras ardiendo; el suave tacto marcaba su piel, incluso por encima de la ropa; y las dulces palabras que llegaban a sus oídos, se anidaban en su corazón, como si este les perteneciera de siempre. Pero al rubio, eso no podría importarle menos. En su nublada consciencia, lo único que cobrara verdadero sentido, era la dulce expresión preocupada de Kiku, cuya voz sonaba tan lejana. Y para cuando se dio cuenta, se encontraba completamente solo en la habitación. Como pudo, se deshizo de sus prendas, para poder vestir su pijama; hubiera sido una operación exitosa, de no ser por los trompicones constantes.

Las cobijas lo cubrían hasta la barbilla; sus ojos fijos en el techo, soñando despierto con la misma escena de momentos antes. Sonreía como bobo, sin siquiera percatarse de ello. Y ese fue su primer error: aceptar sus sentimientos, solo con la ayuda del alcohol; porque, como años después lo diría él mismo, era un cobarde imbécil por buscar aquel refugio, para poder sincerar su corazón. Miles de ideas se cruzaron por su embriagada mente: lo que haría, qué le diría, y cómo. ¿Acaso él pensaría lo mismo? ¿Soportaría un rechazo? Las preguntas se acumulaban en su cabeza, y sin darse cuenta, cayó dormido. Ni siquiera recordó los sueños que lo visitaron en la noche, llenos de promesas y felicidad junto a aquel moreno. Y tal vez, eso era lo mejor. Así, la culpa sería menos; los remordimientos no serían más fuertes de lo que ya eran; el arrepentimiento no lo atormentaría las 24 horas del día. Arthur no era un mal sujeto, simplemente, tomaba malas decisiones. Como todas las personas; porque eso es lo que caracteriza a los humanos, su capacidad de equivocarse, y muchas veces, no notarlo hasta que es demasiado tarde.

Aquella mañana no comenzó muy bien para el rubio. El trinar de las aves, taladraba su cabeza con fuerza, y solo atinaba a cubrir su cabeza con las cobijas, en un vano intento de regresar al silencio que reinaba por las noches. – ¿Señor Arhtur? –aquella melodiosa voz sonaba demasiado fuerte para el mencionado, quien solo se encogía en el futón. –El desayuno está listo –al no recibir respuesta alguna, decidió entrar a la habitación, algo dubitativo. Soltó una pequeña risa al notar el enorme bulto en el que se había convertido su "inquilino". – ¿No se siente bien? –no podía ocultar la diversión que la escena le provocaba. Pequeños quejidos de dolor apenas si se lograban escuchar, pues la voz del inglés era ahogada por las colchas. Con el mayor silencio que pudo, se acercó hasta él, sentándose a su lado, palmeando con suavidad el cuerpo escondido del otro. –Vamos. Levántese. Le prepararé algo para la resaca –más gruñidos como respuesta, y una nueva risita. Una última caricia a lo que suponía era la espalda del inglés, se levantó y abandonó el cuarto. Un par de minutos después, Arthur asomó la cabeza, dejando ver su enmarañada cabellera, y los ojos algo rojos e hinchados. Con extrema pereza, terminó por descubrir su cuerpo y levantarse para salir de aquel lugar.

Arrastraba los pies, sosteniendo la cabeza entre sus manos, cubriendo sus ojos cada vez que pasaba por alguna ventana; y por vigésima vez en la mañana, se juró no volver a pasarse con el alcohol. No recordaba haber bebido tanto, apenas y unas copas, no lograba entender cómo podía amanecer en ese estado tan lamentable y molesto. Al llegar a la cocina, volvió a cubrir sus ojos, pues la luz entraba a raudales en ella; se obligó a abrir los ojos, al sentir como un par de manos lo sostenían de los hombros, encaminándolo a quién sabe dónde. –Aquí, este té le ayudará –aquella hermosa voz resonó muy cerca de él, dándole un vuelco al corazón. –Thank you –murmuró, parpadeando repetidas veces para poder acostumbrarse a la luz. La taza de té descansaba solitaria frente a él, mientras las manos de Kiku aparecían efímeramente, colocando cuencos y platos en la mesa; el delicioso aroma de la comida asaltó sus sentidos, abriendo su apetito. Un sorbo; dos sorbos; lentamente, la infusión comenzaba a hacer efecto en su organismo, despejando su mente, y relajando sus músculos. Su rostro se cubrió en un tono carmín, ante el enorme gruñido que escapó de su estómago, inducido por el aroma del desayuno. Y la habitación se vio inundada por una bellísima melodía. –Yo… lo siento… ay que pena –sus manos escondieron su rostro, mientras sus oídos se regocijaban con la música. Entre risas, Kiku trató de restarle importancia a los reclamos del estómago de Arthur, mientras seguía ordenando todo.

– ¿Nos volveremos a ver, señor Arthur?

–No lo sé. Eso espero.

Ambos intercambiaron sonrisas, no muy seguros de que hacer ante esa situación. El vuelo a Inglaterra no salía, sino hasta las 9 de la noche, pero como en todas las aerolíneas, Arthur se tuvo que presentar 2 horas antes del embarque. –De todas formas, las puertas de mi casa siempre estarán abiertas para usted, si es que un día vuelve a Japón –sus corazones se estrujaron un poco ante aquella oferta. –Y si un día llegas a ir a Inglaterra, mi hogar es tu hogar –tal vez fuera mera amabilidad, pero… ¿Por qué dolía? Una voz femenina resonó por los altavoces, anunciando que en poco tiempo se abrirían las puertas de embarque. –No olvide escribirme.

– ¿Y por qué no mejor un e-mail? –el japonés desvió la mirada, apenado.

–Las cartas tienen un encanto, que el correo electrónico nunca podrá obtener –fue su única respuesta. Un nuevo anuncio; la hora de la despedida había llegado. Ambos hombres estrecharon sus manos, aguantando las ganas de fundirse en un abrazo, doblegando sus corazones, enterrando los deseos que albergaban. Y aunque sonreían, debajo de ese gesto se encontraba una enorme tristeza, una que era demasiado grande, para un par de sujetos que apenas si se habían conocido hacia dos semanas.