You've got the love
El día siguiente había tardado en llegar. Era extraño ver hasta qué punto la espera de algo que nos alegra puede alargarse, y las horas que separaban a Emma de la señora Mills le parecían ser años. Ella deseaba tan profundamente verla. La conversación de la noche anterior, y el corazón que había visto antes de salir para el instituto, no habían hecho sino multiplicar lo que podía sentir con respecto a ella. Estos sentimientos eran tan extraños, ella no lograba definirlos. Nunca había sentido eso por alguien, alguien a quien apenas conocía, y que además era una mujer. Y su profesora. ¿Desde cuándo se sentía atraída por las mujeres mayores? ¿En fin por las mujeres? Pero le daba igual. Vivía el momento. Por primera vez, desde hacía mucho tiempo, formaba parte de algo, y poco le importaba lo que era, o lo que iba a durar. Por supuesto eso no le impedía que se hiciera numerosas preguntas, y una de ellas, esencial: ¿qué espera la señora Mills de ella? Y, ¿por qué, apenas podía pensar en la palabra, estaba ligando con ella? Si no es un ligue, al menos un flirteo. Ella sabía, ahora, que su pareja no iba bien, y aunque sabía que estaba mal, quería, de algún modo, sacar provecho. Así que a mediodía en punto estaba delante de la puerta de la 131. Había hecho creer a Ruby, a August y a Neal que tenía un ensayo de teatro, y había corrido hacia allí en cuanto la clase acabó. Al otro lado de la puerta, se escuchaban ruidos de sillas. El timbre sonó y una marea de alumnos salió del aula, como una invasión de zombis avanzando hacia Emma. Esperó que la ola pasara, y después metió la cabeza por el hueco de la puerta. La señora Mills la miró un momento, una gran sonrisa pegada a sus labios de un rojo intenso, después le hizo señal con su dedo de que se acercase. Ella llevaba su habitual traje chaqueta, y estaba subida en unos tacones vertiginosos, así parecía casi una cabeza más alta que Emma. Al entrar en el aula, esta última se sintió de repente tímida. Estaba sola con ella. Completamente sola en esa gran aula.
«¡Buenos días , Swan!» exclamó la morena jovialmente
«¿Swan?» se asombró Emma, con la voz algo más aguda de lo normal «¿Dónde ha quedado el señorita Swan?»
«¿No le gusta? Puedo volver al señorita Swan si quiere…»
«Me da igual» respondió la rubia «con tal de que sea usted quien me llame, no me importa la manera en la que lo haga»
Eso había salido de su boca antes de que tuviera tiempo de pensarlo. Estaba nerviosa. Incluso Regina se sintió incómoda un instante, después se recobró.
«¿Y su mano?» preguntó «Es lo que la trae aquí, ¿no?»
«Aún está…»
Pero Regina se había acercado a Emma, su mirada apoyada en su mano dolorida, hinchada y violácea.
«Oh, Dios mío, señorita Swan! ¡Pero está en un terrible estado! ¡Es peor de lo yo creía! ¿Puedo…ver?»
Ella miró a Emma, quien percibió de verdad la pena en sus ojos marrones. Emma asintió con la cabeza, y la morena cogió entonces su mano herida en la suya. La acarició, con la punta de los dedos, la examinó bajo todos los ángulos. Emma no pudo contener un estremecimiento.
«¿Le he hecho daño?»
«No, en absoluto…» dijo Emma en un suspiro
«Esta mano necesita realmente ser curada, señorita Swan. ¡No estoy bromeando!» Realmente estaba seria, sus trazos habían recobrado su tono autoritario. Fruncía el ceño examinando aún la herida.
«La llevo a la enfermería. La señorita Blanchard se ocupará de usted»
Emma hizo una mueca. Entonces, ¿su beso mágico? ¿Por qué Regina debía siempre ceñirse a lo prioritario? Además a Emma no le dolía. Bueno sí. Un poco. Bueno, mucho, pero le daba igual, ella quería probar ese nuevo remedio, el remedio Regina Mills.
«No se comporte como una niña, señorita Swan, no la voy a llevar al dentista, es solo una enfermera»
«Lo sé, pero…»
Era inútil hablar. Regina miró su reloj, hizo señas a Emma para que saliera y cerró con llave el aula. El camino hacia la enfermería le pareció largo. Hubo que atravesar todo el instituto bajo la mirada de otros alumnos. Atravesar el instituto con un profesor era poco corriente, sobre todo si se estaba solo. Pronto se pasaría a ser el favorito, y por lo que concernía a la señora Mills, Emma no deseaba llamar la atención.
La enfermería era grande, formada por varias salas, todas blancas. La sala principal estaba ocupada por el despacho de la señorita Blanchard.
«¿Regina?» preguntó ella sorprendida por verla ahí
«No vengo por mí, Mary Margaret, sino por la señorita Swan»
«¡Oh, Dios mío, Emma! ¡Tu mano! ¡Deberías haber venido a verme mucho antes!» exclamó la enfermera acercándose a Emma
«Está así desde el sábado» precisó Emma, para recordarle el porqué de la herida.
«Ven conmigo» dijo señalándole una pequeña puerta a la izquierda de su despacho «¡Vamos a curar eso!»
Ella hablaba con una voz tan dulce que calmó a Emma inmediatamente.
«Regina, ¿puedes quedarte aquí?»
«Oh, ¿puede entrar conmigo?» dijo Emma precipitadamente «En fin, si ella quiere…»
«Está bien» afirmo la susodicha con una sonrisa que intentaba ser tranquilizadora.
Entonces las tres pasaron a una sala mucho más exigua, pero también toda blanca. Había un asiento confortable, y todo el material de primeros auxilios.
«Emma, ¿te has puesto hielo desde el sábado?» preguntó Mary Margaret
«¿Bolsas de guisantes congelados cuentan?»
«¡Oh, Emma!» se exasperó la pequeña morena
«Oh, señorita Swan» se exasperó al mismo tiempo Regina.
Emma sonrió ligeramente como excusa, mientras que la enfermera tomó una bolsa de hielo del congelador y la aplicó con cuidado sobre la mano de Emma.
«Voy a buscar vendas. Emma, ¿puedes sujetar la bolsa de hielo?»
«Yo lo haré» dijo Regina decidida
La morena se puso entonces delante de la rubia y puso la bolsa de hielo entre su mano y la suya.
Emma tenía tanto calor en ese momento que se preguntaba si el hielo que separaba su mano de la de Regina no se fundiría en cinco segundos. Una vez que Mary Margaret hubo salido, Regina se acercó un poco más a Emma, y la miró fijamente a los ojos. Estaba tan cerca que, con la luz del techo, Emma podía casi verse en los ojos chocolate de Regina.
«Le pido perdón» comenzó la morena «Es por mi culpa si tiene la mano destrozada»
«No está muerta, mi mano» la tranquilizó Emma «Aun la siento» Movió sus dedos «¿Ve?»
Y le sonrió a Regina que le devolvió una sonrisa aún más grande, y una risa salió de su garganta.
«En efecto, lo veo, señorita Swan, lo veo. Son muy vivaces esas yemas de sus dedos»
Y Emma rio a su vez. La mirada de Regina se detuvo un momento en el rostro de Emma. Emma se sintió enrojecer, y Regina desvió la mirada, comprendiendo que la incomodaba.
«Perdón»
«No es nada…»
Se quedaron un momento sin saber dónde apoyar la mirada, visiblemente incomodas las dos, mientras que al otro lado se escuchaba a Mary Margaret enervarse y agitarse.
«No somos muy locuaces…» dijo Regina
«No, es verdad»
«Pero, si hubiera una pantalla entre nosotras, sería otra cosa»
«Seguramente… Es solo…estoy poco acostumbrada a que me…devoren de esa…»
«¡Oh, Dios mío, tengo que irme!» exclamó de repente la morena mirando rápidamente su reloj «Lo siento señorita Swan, pero mis alumnos no me esperarán si no me voy enseguida» dijo dándole la bolsa de hielo
«Entonces, vaya a su rescate, ¡yo me las apañaré!»
Regina se dirigió hacia la puerta. Emma estaba desilusionada una vez más. ¿Cuándo pasarían cinco minutos a solas? ¿Y su beso prometido? Como en respuesta a su pregunta silenciosa, Regina se detuvo cerca de la puerta aún cerrada, después se dio la vuelta rápidamente hacia Emma, caminó hacia ella y le tomó el rostro entre las manos. La escrutó con la mirada un instante, a continuación depositó un largo beso sobre la mejilla de la rubia. Sus labios rojos se separaron de la piel blanca de Emma, para después acercarse a su oído.
«Esto por el beso mágico» susurró «Espero que ayude»
El bajo vientre de Emma explotó, ella literalmente resplandecía. El ligero aliento de Regina en su oreja la hizo estremecerse. La morena se separó de ella, colocó un rizó rubio detrás de su oreja, y la puerta se abrió
«¡Las tengo!» dijo Mary Margaret sacudiendo las vendas para extenderlas.
«Me tengo que ir Mary Margaret» le dijo Regina apretándole el brazo amablemente «Cuida de ella, ¿de acuerdo?»
«Ningún problema, Regina» dijo ella con ese tono tranquilizador que a Emma empezaba a gustarle. Regina salió de la estancia, y Mary Margaret se giró hacia Emma, con una sonrisa en los labios. La rubia la miró frunciendo el ceño.
«Tienes pinta labios en la mejilla, Emma»
«¿Eh?» exclamó ella frotándose fuertemente la mejilla «No, en absoluto»
Mary Margaret se echó a reír.
Regina no había visto el día pasar. Solo tenía prisa por hacer una cosa al entrar en casa: conectarse a su ordenador para ver si Emma le había dejado algún mensaje. Quería hablar con ella esa noche, le había gustado mucho la conversación del día anterior, y la de ese día quizás aún mucho más. Pero sus planes se vieron truncados por una llamada a su móvil. Leyó el nombre de David.
«¿Regina?»
«¿Sí, David?»
«¿Estás sola esta noche o…?»
«Robin aún no ha vuelto»
«Entonces, es oficial, Mary Margaret y yo te invitamos a Granny's»
«Pero, no deseo molestaros…»
«Considéralo una velada entre amigos, Regina, no estarás de sujeta velas si es lo que te asusta…»
«De acuerdo, de acuerdo. Me arreglo y me uno a vosotros»
«¡Magnífico! ¡Hasta luego!»
Y se escuchó la voz de David gritar al otro lado del teléfono, contento «Regina está de acuerdo…» antes de colgar.
Ella se sintió bien. Definitivamente ese día sería genial mirase por donde se mirase.
Se conectó rápidamente y comprobó con algo de decepción que Emma no había dejado mensaje. Quizás no se atrevía. De todas maneras Regina quiso avisarle de que estaría ausente.
«No estaré aquí. Se verá sin mí, qué triste decepción. Pero tranquilícese, no estaré ausente mucho tiempo. Hasta más tarde ;)»
Tomó una ducha rápida, se maquilló como solía, opto por una ropa elegante, sin pasarse. Después de todo, era Granny's, no un restaurante muy lujoso.
Llego a Granny's poco después que David y Mary Margaret, que estaban sentándose. Los dos le hicieron una señal con la mano, completada con una gran sonrisa. Eso recalentó a Regina de la misma manera en que un buen fuego la calentaría en pleno invierno.
«Entonces, ¿qué tal todo desde el mediodía?» preguntó Mary Margaret mientras que Regina se sentaba a su lado
«Todo muy bien. ¿Y tú David?»
«También muy bien» respondió él «Bien, ¿qué tomamos? No tengo mucha hambre, pero algo sí»
Leyeron la carta durante un momento.
«¿Crees que la lasaña estará buena, David?» preguntó Mary Margaret
«Sin duda, pero no tanto como la de Regina»
«Puedes pedirla sin miedo, Mary Margaret» respondió Regina, haciendo callar a David con un gesto de la mano «¡Aquí todo es bueno! Es más, es lo que yo voy a pedir»
«Entonces, te sigo» dijo la pequeña morena de cabellos cortos con su voz dulce
«Así, cuando NOS invites, podrá comparar» dijo David con un guiño
«Eres imposible…» suspiró Regina.
Los tres pasaron su comanda a Ruby, que estaba de servicio esa noche, y que los miró con una expresión intrigada.
«Entonces, ¿cómo va todo con Robin?» preguntó David, que se preocupaba aún de la situación
«Pues realmente no lo sé…No nos hablamos mucho para ser sinceros. Cuando él vuelve, a menudo, yo ya estoy acostada, y como dormimos en habitaciones separadas…»
Mary Margaret tomó la palabra.
«Y por…»
«Es Marianne quien lo tiene la mayor parte del tiempo» cortó Regina, que sabía a dónde quería llegar
«¿Y Robin está de acuerdo con eso?»
«Dado que pasa más tiempo en casa de Marianne que en la mansión, supongo que sí…»
«Pero, ¿entonces tú?»
Los ojos de Regina se empañaron de lágrimas. Ella no podía imaginar lo que pasaría si la separación entre Robin y ella se hacía oficial, no quería imaginarlo, pues sabía lo que sucedería. Se encontraría sola, sola después de esos seis años, obstinándose, luchando por encontrar su lugar.
Mary Margaret, al ver su turbación, le cogió la mano y le dio un apretón.
«Estamos aquí. Sé que no hace mucho tiempo que nos conocemos, pero tu amistad con David se remonta a muy lejos, y cuentas para mí. Así que estaré aquí, si lo necesitas. Te lo prometo»
«Y yo también» confirmó David, que sostenía la otra mano de su novia «La vida es horrible contigo, a menudo lo ha sido, y quizás aún lo sea. Pero no estás sola, acuérdate de eso»
«Gracias…» dijo finalmente Regina «no sé qué decir…»
«Pues no digas nada. Bien…¿vienen esas lasañas, Ruby?» gritó a la joven camarera que se ocupaba de la mesa de al lado, que se sobresaltó haciendo temblar los platos que llevaba «¡Dile a tu abuela que esperamos con impaciencia sus lasañas!»
«De acuerdo, señor Nolan. ¡Abuela!» gritó ella a su vez, corriendo hacia las cocinas.
La atmosfera se relajó considerablemente durante la comida. Los tres amigos charlaron y bromearon, Regina se sentía bien con ellos, se sentía en casa, y lo mejor de todo, se sentía segura, protegida. Y, sin que lo viera venir, la conversación giró alrededor de Emma.
«Es una chica maja» dijo David «¡Y pensar que le dio un puñetazo en toda la cara a Robin! ¡Todavía no me lo creo!»
«Hoy le he puesto el vendaje» explicó Mary Margaret a su novio «Le he dicho que vuelva a finales de la semana para ver el estado de su mano»
«¿Crees que va a curarse con un simple vendaje» preguntó Regina, preocupada por el estado de salud de la rubia
«No tiene nada roto, es lo importante, lo único es que no la fuerce mucho y que se ponga la pomada que le he dado»
«Mejor»
«Pero, ¿qué pasa con Emma, Regina?» preguntó ella
«No pasa nada con Emma» dijo precipitadamente la interesada, en pánico, las mejillas enrojecidas «¿Por qué me preguntas eso?»
«Oh, por nada…» Regina sentía que su amiga le escondía algo…¿habría escuchado sus conversaciones? «Pero parece, no sé, que la proteges, o algo parecido. Lo he visto en tu mirada cuando la has traído a la enfermería, verdaderamente estabas asustada»
«Evidentemente, ¿has visto el estado de su mano? Sobre todo porque…es un poco mi culpa si está así» Regina volvió a ensombrecer su expresión
«No es TU culpa, Regina» la tranquilizó David «Es culpa de Robin, por ser un completo idiota. Y Emma te protegió porque quiso, tú no se lo pediste. Fue muy caballeresco por su parte. Idiota, pero…caballeresco»
«Es lo que yo le dije» comentó Regina, con una pequeña sonrisa
«¿Quizás deberíamos darle las gracias, no?» dijo Mary Margaret
«¿Cómo?» preguntó la morena
«Mary Margaret tiene razón. Ella me impidió que yo cometiera una estupidez, y a ti, te salvó de un Robin medio borracho. ¡Deberíamos invitarla! Y si tiene miedo de estar sola con tres profes, puede invitar a Ruby»
«¿Tú crees de verdad que está bien que los profesores inviten a sus alumnos?» preguntó de nuevo Regina inquieta «Si Gold se entera…»
«Lo que se hace fuera del instituto no incumbe a nadie, Regina. Emma es una buena chica, lo he dicho. Y Robin es un cabrón. Ella golpeó a Robin. No hace falta más para que yo la aprecie, y además tú también pareces apreciarla…¿me equivoco?»
«No puedo negarlo, ella es…»
No terminó su frase, pero David y Mary Margaret sonrieron.
«¡Y además, necesitaremos gente para celebrar nuestros seis meses juntos!» dijo David alegremente mirando a Mary Margaret amorosamente.
«Esperad, ¿lleváis juntos desde hace todo ese tiempo y no me habíais dicho nada? Pequeños mentirosos»
Y todos rieron a mandíbula batiente.
Desde el otro lado del restaurante, Ruby había escuchado el final de la conversación, y estaba mandando un mensaje a su mejor amiga.
«EMMA «3 22h 18: ¡SOS!»
Emma escuchó la música de su teléfono, y corrió hacia él. Sin Regina para hablar, se aburría. Leyó el mensaje «SOS» Ruby le enviaba siempre ese tipo de mensajes en caso de problemas. ¿En qué barullo se habría metido ahora? Decidió llamarla.
«¿Ruby?»
«¿Emma?» susurraba
«¿Qué ocurre? ¿Por qué hablas en voz baja?»
«Estoy en la despensa. Tenemos un problema»
«¿Qué?»
«Estás sentada, espero»
«Deja de marear la perdiz y dime ya lo que sea» dijo Emma, media irritada, medio preocupada
«Ok. El señor Nolan, la señora Mills y la enfermera, la señorita Mac…
«Blanchard» corrigió Emma casi de forma mecánica
«Sí, ella, bien, están en el restaurante. Los tres. Y hablaban de ti hace dos minutos»
«¿En serio? Pero…espera, ¿estaba la señora Mills?»
El corazón de Emma se saltó un latido.
«Acabo de decírtelo. Hablaban de ti, y de tu mano» dijo Ruby «En fin, más tarde te cuento todo, pero que sepas que estás invitada no sé a dónde con ellos. Quieren darte las gracias por haberle pegado al tío bueno. ¿No es algo francamente extraño?»
«Espera» repitió ella, sin estar segura de haber comprendido «¿Por qué decías "tenemos" un problema?»
«Porque han dicho que podías ir conmigo, y créeme, no tengo ganas de perderme eso»
Al colgar, Emma se sintió completamente rara. Definitivamente, le estaba sucediendo cada cosa en esos momentos.
