Gracias a Lady Evanna (sí, intento cambiar de personalidad, a ver que tal queda) y a Sandra91296 (me diste la idea de intentar apostar por personalidad atrevida de ambos) por sus reviews.
El capítulo que leereis a contiuación os sonará, pero ¿que pasaría si Edmund no fuera tan... "ingenuo"?.
Que os guste y... a leer se ha dicho.
Rebuscaban en la habitación, moviendo los muebles, tirando papeles, ... en busca de la Reliquia que necesitaban. Les había resultado treméndamente sencillo colarse en la casa, teniendo en cuenta que se celebraba una multitudinaria fiesta de disfraces en la misma; pero no les estaba resultando tan fácil encontrar lo que habían ido a buscar.
De pronto, Edmund oyó pasos en el pasillo.
"Lucy, viene alguien, ¿qué hacemos?" dijo el joven. Su hermana tiró de él hasta entrar en la habitación contigua, que resultó ser un dormitorio de unas dimensiones mínimas. Apenas cabían en él la cama y una mesa.
Oyeron como la gente hablaba en la habitación de al lado, y cuando ya estaban cerrando la puerta, se acercaron sigilosos... o al menos Lucy se acercó de este modo, porque Edmund tiró un tintero al suelo que sonó como si una bala de cañón hubiese rebotado en la pared. Las personas en la puerta se detuvieron.
"¿Qué hacemos?" preguntó Edmund bloqueado. Pero su hermana ni siquiera le contestó, se acercó hasta él y le quitó la casaca, abrió su camisa de un golpe dejándole al descubierto el pecho y revolvió su cabello para a continuación, tumbarle de un empujón sobre la cama, mientras ella se soltaba el pelo y se subía sobre él. Antes de que su hermano pudiera decir esta boca es mía, Lucy se lanzó a ella, devorándola con pasión. Y justo en ese momento, la puerta se abrió, y la titilante llama de una vela iluminó la estancia, para después de observar el panorama (a una mujer a horcajadas de un hombre, en postura comprometida) abandonar la habitación.
Pero a pesar de que la luz había desaparecido, Lucy no se separaba de Edmund, eran demasiado tentadores sus labios dulces, su pecho cálido de piel tersa, acarició sus pectorales, haciéndole estremecer. Cuando la faltó el aire, se separó de él que la miró con ojos brillantes.
"Buena treta Lucy. Se lo han tragado por completo".
"Sí". Contestó ella, susurrando, y se mordió el labio. Edmund se incorporó, mirando a su hermana a los ojos, ahora que quedaban apenas a unos milímetros.
"¿Puedo?" Dijo haciendo amago de levantarse. Lucy asintió y se apartó, dejando que él se levantara, pero en vez de meterse la camisa por dentro del pantalón, como ella (y todas) esperaba, se la sacó por la cabeza. Después le tendió la mano a Lucy, que la cogió y se levantó de la cama. Sin decirla una palabra, la dio la vuelta, haciendo que se mirara en el espejo, y poco a poco empezó a desatar los nudos que cerraban el vestido de la joven. Cuando todos estuvieron abiertos subió las manos, acariciando la piel de su hermana por encima de la ropa interior (un precioso corsé blanco) llegando hasta los hombros, y entonces, con un cuidado infinito, deslizó la tela hasta que cayó al suelo. Miró a su hermana a los ojos a través del espejo y entonces ella entreabrió los labios, en un gesto mudo, pidiendo más. Él sonrió y la sujetó con su brazo derecho por la cintura, para a continuación en gesto lleno de sensualidad, rozar con su nariz el cuello de su hermana hasta llegar a su hombro, haciendo que ella cerrara los ojos y se recostara contra su pecho desnudo.
Al llegar al final de su hombro, lo besó con suavidad y volvió a dedicarse a la prenda que le impedía llegar hasta la piel de su hermana. Sus ojos pardos brillaban con intensidad en la oscuridad de la habitación; se mordió un labio al ver la piel de su hermana apareciendo desnuda ante sus ojos. La ropa volvió a caer al suelo, haciendo compañía al vestido. Lucy volvió a apoyarse en el pecho desnudo de Edmund mientras miraba su reflejo, el roce de sus pieles, templadas y suaves, les provocó una satisfacción indecible.
Lucy sonrió y sin decir nada, se movió, colocándose tras él. Ahora era él quién se veía reflejado y tras su hombro, la mitad de la cara de su hermana, ya que era más alto que ella. Entonces ella con manos hábiles, desabrochó su cinturón, y el botón de sus pantalones y en cuestión de segundos, la ropa de Edmund descansaba en el suelo junto a la de Lucy.
Entonces, terminaron el juego... o lo comenzaron según se mire. El espejo dio paso a los besos, las caricias, los gemidos, las respiraciones entrecortadas y el nombre del otro ahogado en los labios de Edmund y Lucy.
Al cabo de unas horas ambos salían de la habitación, dados de la mano, con la Reliquia en un bolsillo y un secreto en otro.
