Los personajes no me pertenecen, son propiedad intelectual de Rumiko Takahashi, esto lo hago sin fines de lucro.

Capítulo 6.

Desperté en esa cama de hospital, me sentía adolorido, era como si un camión me hubiera pasado por encima… de hecho justamente eso había sucedido. Me dolía intentar siquiera abrir los ojos, no podía creer que con mis reflejos hubiera dejado que ese camión me atropellara… y entonces lo recordé.

-¡Akane!- grité abriendo los ojos asustado, sin importarme cuanto dolor sintiera.

Akane iba conmigo esa tarde, ella caminaba a mi lado y si ese accidente me había dejado en tal estado, no quería ni pensar lo que podría haber pasado con ella. Estaba tan preocupado, si le había sucedido algo no me lo perdonaría jamás.

-Oye, es muy descortés llamar a otra mujer frente a tu esposa.

Esa voz extraña me perturbó en muchos niveles… giré lentamente la cabeza mientras asimilaba la información, ¿quién era esa mujer? ¿Cómo que mi esposa?

La observé confundido, en esos momentos me pareció algo mayor que yo, no era una mujer fea, de hecho a algunos les parecería muy bonita, pero a mi me repelía de alguna forma, mis instintos nunca se equivocaron.

-¿Quién es usted?- le pregunté tentativamente, temía la respuesta.

-Soy Cornelia Fitzwillyam, hija de Tránsito Fitzwillyam y su única heredera- se presentó altaneramente para luego verme de manera desafiante –Y tú como mi esposo heredarás mi apellido ya que la mía es la familia de mayor poderío, ya lo hablamos con tu padre y él no opuso resistencia.

Mi padre, eso lo explicaba todo, ese hombre nuevamente arruinaba mi vida, como si los problemas en los que yo solo me metía no alcanzaran, él estaba a la orden del día para darme miles de nuevas y variopintas dificultades, aunque siempre noté cierta predilección por las que incluían bodas con extrañas. "Esposo", esa palabra me turbaba más de lo que demostraba en esos momentos, casi no me atrevía a preguntarle a que se refería, no quería ser consciente de que estaba casado con alguien más… a la única que aceptaría como mi esposa sería a…

-¡Akane! ¿Dónde está ella? ¿Se encuentra bien?- tenía que saber que había sucedido, la sola idea de que estuviera herida me horrorizaba, y el despertar y no verla a mi lado me daba un muy mal presentimiento.

-¿Podrías dejar de hablar de esa pobretona? ¡Ella te abandona y tú lo único que has hecho ha sido llamarla… eres un idiota!

¿Abandonarme?, me pregunté internamente mientras sentía que el mundo se desmoronaba sobre mi. No podía creer que Akane me hubiera abandonado, ella no haría eso, ella no era ese tipo de persona, ella se quedaría allí cuidándome hasta que me sintiera mejor. Entonces esa nefasta idea me golpeó nuevamente.

-¡No lo creo, Akane debe estar herida y por eso no está aquí, tú sólo dices eso para que no siga preguntando por ella!- le grité intentando engañarme a mi mismo.

No me respondió, se limitó a mirarme con molestia mientras tomaba su bolso, y sin decir más se marchó. Intenté salir de la habitación, al menos levantarme de la cama, pero no lo logré, no comprendía porqué me sentía tan débil, apenas tenía un par de vendajes en el cuerpo, algunas contusiones menores y cortadas que ya habían cicatrizado. Aún así no planeaba quedarme allí mirando el techo, necesitaba respuestas, ese estúpido panda tendría que hablar, y luego lo golpearía hasta cansarme. Estaba a punto de lanzarme de cabeza al suelo cuando la puerta se abrió.

-¡Hijo mío, al fin despiertas!- era mi madre, dejó caer las flores que llevaba y corrió a abrazarme –Estaba tan preocupada- sollozó apretándome más contra sí.

Era reconfortante ver a alguien conocido, más aún sentir el calor maternal, respondí el abrazo con las pocas fuerzas que me quedaban, para cuando nos separamos ya estaba ansioso por preguntarle eso que tanto me molestaba.

-¿Dónde está Akane? Esa chica me dijo que ella me abandonó, pero no puedo creer eso.

-Creo que ya conociste a Cornelia- comentó secándose las lágrimas mientras se acomodaba en una silla a mi lado -. Ella te dijo la verdad, Akane se marchó en cuanto tuviste el accidente.

-¡No, eso es imposible, Akane no me dejaría en este estado! ¿Habló con alguien antes de irse? ¡¿No la habrán secuestrado? ¡Demonios, talvez aprovecharon el accidente para llevársela sin que yo pudiera evitarlo!- debo admitir que tenía exceso de imaginación en esa época.

-Tranquilízate Ranma por favor, Akane se fue por voluntad propia, si alguien la hubiera secuestrado habrían pedido rescate, ha pasado más de un mes del accidente y no hemos tenido noticias, y las malas noticias son las primeras en saberse.

-¿Tanto tiempo estuve inconsciente?- pregunté asombrado, eso explicaba el horrible entumecimiento en mi cuerpo.

Charlamos hasta que me quedé dormido, me explicó que la familia de Cornelia tenía demasiado dinero, ese era el motivo por el cual mi padre se empeñó en casarme con ella y por el cual pudieron comprar a un ministro que nos casara sin mi consentimiento. Mi madre no se veía muy feliz por ese matrimonio en esos momentos, nunca lo estuvo de hecho.

No tardé más de una semana en salir del hospital, durante ese tiempo Cornelia me visitaba una hora por día, no se veía muy a gusto, yo tampoco lo estaba, saberme casado con esa mujer extraña de mal carácter y ego sólo comparable con el de Kodachi me ponía de mal humor. Mi padre no se apareció por el hospital, una actitud muy inteligente de su parte, de todas formas al llegar a la casa me ocupé de él con las pocas fuerzas que me quedaban.

Mi llegada a esa casa provocó una serie de sentimientos en mí… ninguno agradable. Ya me habían advertido que no estaba en Tokio, me habían transferido a una clínica privada de Kyoto, aún así me disgustó no conocer las calles por las que transitó esa limusina. Era una mansión gigantesca como las que sólo había visto en películas norteamericanas, cuando bajé del coche casi esperé que hubiera una fila de sirvientes esperando para recibirme, por suerte no había nadie, me habría sentido muy estúpido.

Apenas mi madre me enseñó mi habitación, el terrible lugar que compartiría con mi "esposa", busqué a mi padre para reclamarle por todo… fue fácil encontrarlo, estaba en la cocina como era de esperar. Le hice tragar las galletas que miraba con tantas ansias con charola incluida, luego de golpearlo a gusto claro está. Satisfecho por haberle dado su merecido, y algo dolorido por el esfuerzo comencé a buscar el dojo para retomar mi entrenamiento, tenía que haber un dojo en alguna parte de esa enorme casa… pero no había ninguno.

Y para coronar los males de ese día… de hecho desde el momento en que desperté en la clínica, en la noche no tuve otra opción que ir al cuarto matrimonial, planeaba hablar con ella y convencerla de dormir en otra habitación, había miles después de todo, al menos hasta llegar a conocernos mejor, lo cual esperaba que nunca sucediera claro. Pero las cosas no salieron como lo planeé.

-Al fin apareces, creí que tendría que dormir sola una vez más- me reclamó altaneramente.

-Amh, sobre eso, quería plantearte que quizás sea mejor que nosotros…

-¡Basta de tanta charla y quítate la ropa, ya esperé demasiado!- me interrumpió cerrando la puerta tras de mi.

-¡¿Q… qué?- pregunté asustado, sintiéndome acorralado.

-¡Estamos casados y ya es hora de que cumplas tus deberes de esposo, así que comienza de una vez!

Para cuando me dijo eso ya estaba sentada en la enorme cama, esperándome, así que aproveché mi oportunidad para escapar, Pero al abrir la puerta, un par de gorilas me impedían salir, no tardé en enterarme de que eran los guarda-espaldas de Cornelia. Ella les ordenó que me "convencieran", mientras se metía en el baño para arreglarse.

Intenté resistirme pero fue inútil, esos malditos me golpearon sin piedad, en óptimas condiciones no habrían sido rivales, pero luego de un mes y medio sin moverme de esa cama, mi cuerpo no era el mismo. Mientras recibía los golpes comprendí el motivo por el que el viejo me había permitido vengarme, seguramente no le había dolido demasiado, y sabía que sólo con esa paliza terminaría perdonándolo.

Para cuando acabaron con mis fuerzas ataron mis pies y manos a la cama, esos malditos no me golpearon lo suficiente para que perdiera la conciencia, así que pude ver con molestia como Cornelia aparecía frente a mí una vez que los matones salieron cerrando la puerta tras ellos. Llevaba puesto un "baby doll" rojo que el único sentimiento que despertaba en mi era repulsión, para cuando se subió a la cama metiendo sus manos dentro de mi pantalón, ya la odiaba.

Me desnudó a gusto, haciendo comentarios sobre mi cuerpo, incluso se quejó por las contusiones que recién comenzaban a aparecer producto de las órdenes que le había dado a sus matones. Giré la cabeza y cerré los ojos cuando acercó sus asquerosos labios a mi boca, no le importó continuó con su labor, tocando y estimulando lo que no era suyo, lo que únicamente le habría enseñado a… Akane.

Tenía la esperanza de que mi cuerpo no respondiera por lo vapuleado que estaba, pero esos tipos sabían donde golpear y donde no, así que ella logró endurecerme lo suficiente para colocarse a horcajadas sobre mí y hacerme entrar en su interior. Me sentí terrible, mi cuerpo respondía a sus caricias aunque internamente luchara por salir de esa situación, y no podía quitarme esa horrible sensación de estarle siendo infiel a Akane, siéndole infiel a la persona que me abandonó cuando más la necesitaba.

Los días pasaron con lentitud, las golpizas continuaron, se daban por todo, por lo que decía, por lo que hacía, por intentar escapar, por negarme a esos nefastos encuentros íntimos, cualquier excusa era buena para golpearme. Me tomó un par de días comprenderlo, ellos sabían lo fuerte que fui alguna vez, sabían que si me recuperaba corrían riesgo. Siempre tuve la secreta esperanza de que algún día se pasaran y acabaran matándome de una vez, pero nunca tuve tanta suerte.

Mi padre me veía con compasión algunas veces, pero nunca intentó hacer nada por mi, mi madre cada día estaba más triste, podía notar que se ocultaba a llorar en su habitación, no la culpo su fuerte hijo se había convertido en un guiñapo humano, incluso caminar me costaba, mis huesos estaban hechos polvo por tantas quebraduras y dislocaciones, y mis costillas dolían como el infierno ya que nunca llegaban a soldar.

Las aburridas y estúpidas reuniones sociales eran cosa de todos los días, debía portarme bien en ellas o me llevarían a algún sitio apartado y me castigarían, ese par de forzudos habían aprendido a no dejar huellas de sus palizas… y cuando llegaba la noche… cada maldita noche me veía atado a esa suntuosa pero extremadamente fuerte cama, siendo manoseado por esa perra ninfómana.

Algunas veces lo hacía todo rápidamente, otras con más calma pasando plumas por mi pecho, untándome chocolate y demás cosas para luego lamerlos o mordiendo cada parte de mi cuerpo… cada perversa cosa que se le ocurría yo debía soportarla. Pero una noche decidió cambiar la estrategia…

Llevó una botella con un líquido transparente a la habitación, lo sirvió en una copa grande y me dijo que lo tomara, desconfié de ella, no pensaba tomar una cosa que no sabía lo que era. Ante mi negativa ella bebió la mitad, me dijo que sólo era agua, que necesitaba hidratarme, me pareció una excusa muy estúpida, pero al dar un sorbo por pura curiosidad y no notar gusto alguno, creí que si era agua.

Permanecimos sentados en silencio, los hombres hacían guardia afuera, si saltaba por la ventana, en mi estado no podría avanzar más de medio metro antes de que me alcanzaran. Pasaron más minutos y llegué a preguntarme que estarían haciendo que no entraban a amarrarme, entonces sentí algo muy extraño.

Me sentía excitado, al principio sólo fue un poco, pero con el tiempo iba aumentando, no entendía nada, ella ni siquiera me había tocado, de hecho no sentí igual a cuando la tenía encima cabalgándome, esta sensación era mucho más… intensa.

-Al fin comenzó a hacer efecto- murmuró ella poniéndose de pie mientras comenzaba a desprender su blusa.

-¡¿Q… qué demonios le echaste al agua?- pregunté alarmado luego de pararme.

-Un inofensivo afrodisíaco, yo también tomé por eso me siento más… enloquecida que de costumbre, así que tendrás que hacerlo bien- me susurró al oído apretando sus senos semidesnudos contra mi pecho.

-¿Porqué?- pregunté en un hilo de voz, no podía entender porqué si me desagradaba tanto, lograba encenderme con tan poco.

-Es aburrido hacer todo el trabajo… quería verte en acción alguna vez- se alejó para que pudiera verla –Quiero saber de qué eres capaz…- me retó dejando caer su blusa, y el sostén de encaje negro nunca me pareció tan interesante.

Apreté mis puños con fuerza, debía controlarme, no podía ceder ante un tonto fármaco, esa mujer no me gustaba, no sentía por ella más que odio, pero se veía demasiado sensual caminando nuevamente hacia mí, con esa corta falda bailando en torno a sus piernas, y su cabello suelto colándose entre sus firmes pechos.

Soporté estoicamente que abriera botón a botón mi camisa, que acariciara con dolorosa lentitud mi torso, pero cuando sentí su caliente lengua en mi cuello, cualquier resquicio de sentido común se extinguió…

La tomé de los hombros con fuerza acercándola a mi, y enterré mi cabeza en esos pechos que desde hacía rato estaban tentándome. La escuché exhalar con gusto y decidí que quería escuchar más. La puse en la suave cama, y con desesperación casi animal bajé los tirantes de su sostén, no perdería tiempo quitándoselo, masajeé sus senos con fuerza y así obtuve complacido, los primeros de muchos gemidos. Gemidos que se intensificaron cuando mi boca se ocupó de sus pezones, endureciéndolos al instante, provocándola tanto que parecía haber perdido la noción de que tan enterradas estaban sus uñas en mis hombros, no importaba, estaba acostumbrado a sentir dolor.

Pero quería aún más, nada me era suficiente en ese estado, bajé lamiendo su abdomen en el proceso, sólo tuve que levantar la pequeña faldita para ver su tanga que hacía juego con el sostén, no me detuve demasiado a verla, con mi nariz rocé su intimidad, volvió a gemir, música para mis oídos. Aparté la tela e introduje mis dedos mientras me incorporaba para observarla, su rostro lleno de placer, sus senos moviéndose mientras el blanco cuerpo se convulsionaba, me encendían aún más. Acaricié su interior, probé introducir mis dedos en ella, luego hacerlo mientras acariciaba uno de sus senos y volvía a lamer el otro, con cada nuevo intento obtenía más y más fuerza en sus gritos, me excitaba de tal forma que no podía pensar en otra cosa más que en poseerla.

Su interior pulsaba, eso me agradaba, quería sentirlo en mi lengua, así que lamí su intimidad por completo, estaba cegado de pasión, me sentía a punto de acabarme, y no lo haría fuera de ella, claro que no. Bajé apenas mi pantalón y boxer, solo lo necesario para liberarme, y entonces entré en ella con fuerza, para ese entonces había contado al menos 3 orgasmos en esa mujer, alguna perversa parte de mí, se sentía complacida por ello. La penetré salvajemente, para ese entonces ya no pensaba, sólo podía complacer a mis instintos…

Finalmente acabé… junto con mis fuerzas se esfumó el deseo y la conciencia regresó, más devastadora y cruel que nunca. Tendido aún sobre el sudoroso cuerpo de mi carcelera lloré mi vergüenza y mi culpa… y entonces comprendí que no sólo la odiaba a ella, comprendí que me odiaba también a mí, en esos momentos supe que yo era el culpable de todo… y en el peor de los momentos ese angelical rostro apareció en mi mente… Akane, no sólo me había traicionado a mí mismo, también la había traicionado a ella, y eso… eso era imperdonable.

Continuará.

Cof, cof… no soy perver… sólo son ideas suyas...