Capítulo 6: Desenterrando el pasado y formando el futuro.


LILIAN.

— ¿Por qué nunca me lo has contado?

Estaba sentada en la mesa del comedor. Mi desayuno estaba a un lado, y entre las manos tenía un álbum de fotos antiguas que no había visto nunca. Mi madre estaba frente a mi, con la mirada apagada y sin enfocarla en un punto concreto.

Habían pasado dos días de mi salida con Seth por la playa y de la visita inesperada a la casa de Billy Black. También habían pasado tres días desde que me enteré que no era la primera vez que venía a la reserva, y por fin hoy tenía respuestas.

Durante ese tiempo, mi madre había esquivando mis preguntas con la habilidad de una ninja: cada vez que me veía aparecer por el pasillo, las manos se le llenaban de ropa que tenía que colgar, de trabajo que tenía que hacer, o de pronto recordaba que tenía que recoger unos papeles en Port Ángeles o Seattle y me dejaba a cargo de la casa y de mi hermano, mientras ella desaparecía más rápido que un calcetín en un armario. Además, la llegada de mi padre le había dado la excusa perfecta para invertir su tiempo en otro tipo de cosas que no fueran contestar a mis preguntas.

Él tampoco había sido de mucha ayuda para resolver el misterio que poco a poco se estaba convirtiendo en un dolor de cabeza.

La verdad era que me había esperado muchas cosas, algunas incluso rozaban lo ilegal, pero ninguna era tan triste como lo que acababa de contarme.

— Era demasiado doloroso... —dijo en apenas un susurro— El día en el que Sarah tuvo el accidente, yo...

Aspiró de forma entrecortada.

— Lo siento mucho, mamá —murmuré arrugando la frente—. No debí haberte preguntado.

Pestañeó con rapidez mientras negaba.

— No, no, está bien. Te ibas a enterar tarde o temprano. Llevo demasiado tiempo esquivando el tema, a ella no le gustaría; si estuviera aquí me regañaría.

— Gracias por contármelo.

— No tienes que darme las gracias, cariño —alargó su mano hacia la mía y me la estrujó cariñosamente.

Le devolví el gesto y continué mirando el álbum. Estaba repleto de cosas diversas: fotografías de mi madre y de Sarah, de cartas escritas con letra alargada y cursiva, y de diferentes dibujos, y flores secas. Lo que más llamó mi atención fue la cantidad de fotografías que había de unas vacaciones navideñas aquí, en la reserva. Al verlas, entendí el comentario que había hecho Billy días atrás.

Se me hacía extraño no poder recordar nada de eso; no tener ni idea de aquella parte de la vida de mi madre que parecía ser tan importante para ella. Tenía un extraño sentimiento en la boca del estómago cada vez que pasaba de página, parecido a la nostalgia de algo que se queda en el olvido del pasado.

— ¿Y esta foto?

Al pasar la página me di cuenta de que el resto del álbum estaba vacío, y que lo último que se había guardado ahí era una fotografía de 1999 y una carta.

A mi madre se le escapó un suspiro estrangulado al ver lo que estaba señalando.

— Esa es una de las últimas que me mandó —la sacó del plástico protector y la observó durante unos segundos antes de dármela. Se aclaró la garganta antes de continuar hablando—. Solíamos tener la costumbre de enviarnos fotos al menos una vez al mes, igual que tú y tu primo. Esa foto fue tomada poco antes de su accidente. Coincidió con el inicio del curso escolar.

En la fotografía se veía a dos adolescentes idénticas, cada una posando de forma diferente como si estuvieran en una sesión de fotos. En medio de las dos estaba un chico moreno que no podía tener más de diez años. Sonreía arrugando toda la cara, y hacía una uve con los dedos mientras guiñaba un ojo a la cámara. Alcé las cejas al reconocer al niño.

— ¿Son Rachel y Jacob?

— Sí, y esta es Rebecca. Jacob aquí tenía nueve años, las gemelas acababan de cumplir los catorce.

Después de quedarme mirando la foto durante unos segundos, empecé a leer la última carta que le había escrito Sarah a mi madre.

"¡Hola Emma!

¿Qué tal van las cosas por allí? Por aquí todo va bien; después de empezar el tratamiento para la diabetes, Billy ha mejorado bastante, y los niños acaban de empezar un nuevo curso. Las gemelas están ya en esa terrible edad (¡la adolescencia viene para quedarse!), y no hacen otra cosa que discutir continuamente. Rachel deja las brochas de las acuarelas por todos los lados y a Rebecca eso la pone de los nervios; por otro lado, Becca se pone la ropa de su hermana sin permiso, y te puedes imaginar la que se lía, ¡menudo carácter que tienen las dos! No sé de quien lo habrán heredado. Menos mal que mi Jake todavía no ha entrado en la pubertad, sigue igual de alegre y juguetón que siempre. El otro día lo encontré con Quil y Embry, los tres empapados, con barro hasta las rodillas, y con un pez del río de detrás de casa. Lo habían metido en un vaso lleno de agua y lo traían para cuidar de él, ¿te lo puedes creer? Le pusieron el nombre de Nemo... por favor ¡que no crezca nunca!

¿Os habéis instalado ya en la nueva casa? Espero que la mudanza haya ido mejor que la última, aún recuerdo lo estresada que te pusiste, jamás te habías parecido tanto a Tiffany. Estoy segura de que Miguel estará contento de teneros más cerca. ¿Qué tal va Lily en el colegio? ¿Ha conseguido adaptarse bien? Las fotos que me enviaste (y tu carta también) me dejaron un poco preocupada, tenía la carita un poco triste, sobre todo en la última, la del uniforme. Por cierto, ¡cuánto ha crecido! Se parece más a Miguel, aunque esa nariz y ese pelo es totalmente tuyo. Cada día está más guapa. Espero que pronto consiga hacer amigos nuevos y vuelvan a aparecer esos hoyitos tan monos de sus mejillas. Puede que tome algo de tiempo, pero sé que tu niña es fuerte y que va a superar eso y más. Desde pequeña ha sido toda una guerrera, ¡hazme caso!"

Un escalofrío me recorrió la espalda de arriba a abajo y apreté los labios con fuerza. Sarah estaba hablando de la segunda mudanza. Era la primera que podía recordar, ya que en aquel entonces tenía edad suficiente para hacerlo. Había sido unos meses después de la boda de mi tía Bonnie, al inicio de verano.

La palabra que mejor podía definir mi vida hasta este mismo momento era, sin duda, "despedida". Había tenido que decir adiós tantas veces a personas importantes en mi vida que ahora tenía miedo de decir "hola", y todo era culpa de aquellos malditos traslados.

Me había tenido que mudar cinco veces. Seis, si contaba este intercambio.

La primera había sido cuando tan solo tenía tres años, con lo cual todo era muy borroso.

La segunda había sido todo un shock. Recordaba con claridad haberme aferrado a una de las patas de la cama mientras que mis berridos provocaban miradas de compasión en los hombres de la empresa de mudanzas. Mi protesta, por supuesto, no surtió efecto y no tuve más remedio que despedirme de mis amigas, de las que jamás volvería saber nada. Lo único que me quedaba de esa época eran unas postales coloridas con monigotes dibujados que supuestamente representaban a mis compañeros de clase. No habíamos tenido más remedio que hacer las maletas y mudarnos a otro sitio, ya que a mi padre lo habían trasladado a la otra punta del país.

El uniforme que se mencionaba en la carta era el de una escuela privada a la que había asistido durante tres años, antes de la tercera mudanza. Todo el mundo allí era el hijo de alguien importante, o venía de una familia adinerada, o tenían unos contactos increíblemente útiles. Yo había conseguido entrar simplemente porque casi todos los niños de los trabajadores del hospital al que habían trasladado a mi padre iban allí, con lo cual, alguien me coló en la lista de espera del colegio, y unos pocos días después nos dieron una plaza.

Me encogí ligeramente cuando los pasillos de la escuela aparecieron en mi mente.

Todos esos elementos, junto a mi timidez y a mi sentido de inadaptación, ayudaron a crear un coctel que me acompañó durante los tres años siguientes. A pesar de mis intentos por relacionarme con la gente, seguía sintiendo que todo el mundo juzgaba cada palabra que decía o cada cosa que hacía, con lo cual, al final terminé por tirar la toalla y pasar mis horas libres dentro de la biblioteca o en la sala de arte. Ahí había empezado mi obsesión por la pintura.

Siendo completamente sincera, no podía decir que todo en esa escuela había sido un calvario. Si que era cierto que hubo muchos momentos en los que habría preferido quedarme en casa y olvidarme del dichoso uniforme y todo lo que representaba; pero en ese estricto y desapacible sitio, había podido hacer una amiga de verdad que jamás había tenido intención de perder el contacto conmigo, a pesar de mis mudanzas y de las suyas.

Las dos nos conocimos cuando ella, en un autentico momento de valentía que hasta ese momento en mi vida no había visto nunca, vació toda su fiambrera encima de la cabeza de un chico que se estaba metiendo conmigo en mitad del comedor por tener las solapas de la camisa manchadas de pintura azul. Por suerte ningún profesor andaba cerca en ese momento, y ella no terminó castigada, pero el chico jamás volvió a acercarse a mi en los dos años siguientes, y nadie se atrevió a decir nada. En aquel momento no entendí por qué nadie iba a chivarse a un adulto de lo que había pasado, pero luego me enteré de que los padres de la chica eran personas importantes en el mundo de la medicina, y que tenían bastantes contactos en un montón de sitios, (uno de ellos siendo la escuela), por lo que todo cobró sentido. Cada vez que me acordaba de ese momento no podía evitar sonreír. Aún podía oler la col fermentada en el pelo del chico y ver los granos de arroz y las verduras arrastrarse por su cara.

Después de ese acto que yo consideré heroico, ella se sentó conmigo en la mesa como si no hubiera pasado nada, me preguntó si podía compartir mi almuerzo con ella y se presentó como Hana Park.

Tendría que encender pronto el ordenador (que acababa de llegar sano y salvo en una montaña de cajas de la mudanza) y contestar a alguno de sus correos para darle mi número de teléfono nuevo antes de que se volviera loca y me inundase el e-mail de mensajes preguntando si me había atropellado un coche o me había tragado un oso. Me pregunté dónde estaría ella ahora, ya que la última vez que hablamos, haría una semana más o menos, me dijo que iba a volver a casa de sus abuelos en Corea del Sur junto con su hermano.

La tercera mudanza que hicimos fue quizás una de las más duras a nivel de despedida, ya que Hana y yo nos habíamos vuelto inseparables en esos tres años. Por suerte, ella mantuvo su palabra y hasta el día de hoy seguíamos hablando. Además, mi hermano había nacido unos pocos meses antes del traslado y eso hizo que todo fuese más llevadero. Ni siquiera el tener que repetir de curso hizo que mi humor empeorase, ya que al saberme la materia de antes, podía pasar más tiempo con Adrián y hablar por teléfono con Hana todo el rato que me diese la gana.

La cuarta y la quinta mudanza, fueron, sin duda alguna, las más horribles y traumáticas de todas.

Al acordarme de todo aquello, me empezaron a temblar las manos.

No. Ahora no.

Cerré los ojos con fuerza durante un momento, e intenté normalizar mi respiración antes de ponerme a hiperventilar por unos recuerdos que deberían de quedarse encerrados con miles de candados.

No quería revivir en mi cabeza nada de lo ocurrido en ese tiempo. Nunca. Me había dejado muchas más cicatrices de las que se podían ver por fuera.

Antes de dejar que mis recuerdos me nublasen la mente, sacudí los hombros, y volví a centrar toda mi atención sobre la carta de Sarah; todavía quedaba un buen trozo que no había terminado de leer.

Aspiré una buena bocanada de aire, y continué.

"¡No tienes ni idea de las ganas que tengo de veros en navidad! Por fin vamos a volver a pasarlas juntas y ya tengo un montón de cosas planeadas: los juegos de mesa (pienso ganarte al Monopoly este año, que lo sepas), enseñar a Lily a pintar, llevar a los niños a la playa... Además, Sue (¿la recuerdas? La mujer de Harry Clearwater) me ha dicho que seguramente pasen las navidades en casa este año, con lo cual Seth puede jugar con Lily, Jake y Embry; igualmente, Jane se tiene que ir por esas fechas por un asunto de trabajo y nos va a dejar a Lukas, así que los niños van a estar muy bien acompañados (me parece que Seth es de la misma edad de Lukas, un año menos que tu niña, ¿no?). Tendré que preguntarle a Nora a ver qué van a hacer ellos. Al final la casa se va a llenar de niños, ja ja ja.

Espero con ansias a que llegue principios de diciembre para poder volver a abrazaros y a comerme a besos las regordetas mejillas de Lily.

Y bueno... Sé que hace mucho que no te lo digo, y que te va a parecer muy extraño y repentino, pero últimamente tengo la necesidad de verbalizarlo... Gracias. Gracias por todos los años tan maravillosos y por ser como una hermana para mi durante tanto tiempo. Sabes a lo que me refiero, ¿verdad? Creo que nunca se me olvidará aquel día en la playa hace ya más de 25 años (26 años ya, ¿te lo puedes creer? ¡Cómo pasa el tiempo!). Recuerdo que Jane me tuvo que sobornar para que aceptase ir con ella, y que a ti Tiffany prácticamente te arrastró hasta La Push. No sé si lo que nos unió fue nuestra afición por la pintura, que fuéramos de la misma edad, o que por fin alguien me entendiese cuando decía que los profesores de instituto eran los más intimidantes de todos; sea lo que fuere lo que verdaderamente nos hizo inseparables aquel día, doy gracias al destino. A parte de Billy, la única persona con la que verdaderamente he podido ser yo misma has sido tú; ni siquiera con mi hermana Jane sentía tanta confianza. Así que, antes de que sigas llorando (lo sé, soy bruja, ¿verdad?), voy a dejarlo aquí. Creo que has entendido lo que quiero decirte. Muchas gracias por ser mi hermana del alma durante tanto tiempo.

¡Espero con ansias tu respuesta y las noticias de que Lily ha podido hacer amigos nuevos!

Te quiere, tu hermana,

Sarah Black."

Al terminar de leer la carta, me di cuenta de que tenía la visión borrosa y que mi madre estaba igual que yo. Me dedicó una sonrisa pesarosa y pude comprender aún más por qué jamás habíamos hablado de este tema.

Pasé los dedos por encima del papel, releyendo las palabras de Sarah. Daba la impresión de que se despedía de mi madre, lo que hacía que me diese aún más pena toda la situación.

Hice una mueca, y me mordí el labio inferior. Pestañeé unas cuantas veces para poder ver con claridad.

— Dos semanas después de esa carta, tuvo el accidente de coche —dijo mi madre. Volvió a aspirar de forma entrecortada y frunció ligeramente el ceño—. Todo fue tan rápido, que durante un tiempo tuve la sensación de que no era real. Nada más saber la noticia, tu padre me sacó unos billetes de avión, volé hasta aquí, y me quedé con Billy y los niños durante mas o menos un mes, para ayudarles a pasar el trance.

Billy y las niñas fueron los que peor lo llevaron. Ellas eran ya mayores, y te puedes imaginar cómo se quedó él; jamás lo había visto tan devastado. Jacob, por suerte, todavía era bastante joven y el shock no fue tan grande, pero sí es cierto que hubo un cambio en él —recordaba ese tiempo en el que mi madre estuvo fuera, pero siempre había creído que tuvo que irse por trabajo, ya que era habitual que tuviese que desplazarse para tasar alguna obra de arte—. Cuando volví a casa, le pedí a tu padre que guardase todas las cartas y las fotos hasta que estuviera de nuevo preparada para poder verlas.

Justo en ese momento, alguien tosió detrás de mi. Dí un brinco del susto. Había quedado tan absorta en mis recuerdos y en los de mi madre que no me había dado cuenta de que todavía continuábamos en el comedor.

Me giré con rapidez.

Mi padre estaba observándonos desde el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho. A saber cuánto tiempo llevaría ahí de pie.

Sus ojos verdes brillaban por la luz de la mañana que se colaba por los ventanales, y le dedicaba una tierna y leve sonrisa a mi madre. Se acercó a mi y apoyó las manos en la parte posterior de mi silla, acercándose a mi oreja. El olor reconfortante de su colonia hizo que pudiera tranquilizarme y dejase de sentir el apretón de la garganta. También ayudó a aclarar mi cabeza.

Antes de hablar, le lanzó una mirada de complicidad a mi madre.

— Si quieres esconder algo, te recomiendo que lo hagas entre los libros de las cirugías; jamás se acerca a mirar el estante —mi madre chasqueó la lengua y se levantó de la silla, restregándose los ojos. Antes de que se diera la vuelta, pude ver una sonrisilla involuntaria aparecer por su cara.

Mi padre empezó a pasar rápidamente las páginas del álbum hacia atrás, hasta que volvió a las fotografías de la navidad de cuando era un bebé. Señaló una en la que estaba sentada en el suelo, con un niño de dos o tres años sujetándome la cabeza y vestido de Santa.

Sin previo aviso, mi padre me agarró de una mejilla y tiró con fuerza.

— Había echado de menos esta foto, ¡mira que mejillas más rellenitas y sonrosaditas que tienes aquí! No es más que una copia de la original, pero, ¡mírate! Tan adorable.

— ¡Papá! —protesté dándole golpecitos en la mano para que parase —¡Para!

— Mi bebé ya ha crecido —me soltó una mejilla, y antes de que pudiera escapar de él, me agarró la otra e hizo lo mismo. Gruñí y le agarré la muñeca—. Ya no le gusta que su padre le haga carantoñas.

— ¡Suelta! —lejos de hacerme caso, me agarró de nuevo la otra y me movió la cabeza a los lados—. Vas a marearme

— ¿Qué voy a hacer cuando crezcas más? —siguió como si nada, tirando de mis mejillas, con algo más de delicadeza, pero sin dejar de moverme de un lado a otro— Dentro de nada vas a cumplir 18 y en un abrir y cerrar de ojos darás la patada a tu querido padre, ¡no vas a necesitarme para nada! Qué voy a hacer yo entonces, ¿eh?

— Todavía te queda Adrián —ante eso, paró de pronto y vi mi oportunidad de soltame de su agarre de acero—. Te quedan por lo menos diez años más para molestarle a él.

— Tienes razón.

Y con las mismas soltó mis mejillas y me dio unas palmaditas en la espalda.

— Menudo par —escuché a mi madre murmurar.

La risa de mi padre retumbó en mi espalda y me revolvió el pelo. Me llevé las manos a las mejillas, que se me habían puesto coloradas y calientes, y las dejé ahí para que mis manos heladas las enfriasen. Eso solo provocó más su risa. Por lo menos había conseguido cambiar completamente el ambiente que se había creado en la cocina-comedor.

Poniendo los ojos en blanco, me levanté de la silla y vacié el plato del desayuno en la basura.

— En fin, ¿estáis preparadas? Adrián ya se ha vestido y calzado. Solo quedáis vosotras y podremos irnos.

。。。。。。

Después de dar varias vueltas por un aparcamiento abarrotado, mi padre estacionó en coche al lado de una camioneta roja de aspecto antiguo. Para un pueblo tan pequeño, todo el mundo había decidido ir a comer al restaurante que estaba frente al muelle. Cómo se notaba que era fin de semana.

Al salir del coche, el olor a sal y a humedad se me coló por la nariz y entrecerré los ojos. Poco a poco me estaba acostumbrando al cielo encapotado, a los olores de la reserva, e incluso a los graznidos de las gaviotas, y eso, en cierto modo me asustaba. Mi tiempo aquí iba a ser limitado y no quería encariñarme demasiado con el lugar; ya me había pasado antes y lo único que conseguí fue una dolorosa despedida. Solo tenía que pensar en las dos noches anteriores en las que había podido descansar como hacía años que no era capaz, para darme cuenta de que ya me estaba acomodando al rítmo de vida de la reserva. Ni siquiera me habían molestado los ruidos del bosque o los aullidos de los animales, y eso era extraño, ya que tenía el sueño bastante ligero.

Solté el airé con fuerza al darme cuenta en qué dirección iba mi cerebro. Esperé a que mi hermano saliera del coche, y cerré la puerta de un portazo. Tenía que empezar a cambiar la costumbre de ser tan pesimista.

Observé el vaivén de los botes amarrados en el muelle, hasta que mi madre me llamó. Estaba señalando un punto por encima del restaurante, a unos cuantos edificios de distancia. Por suerte, esta vez no se me habían olvidado las grandes y redondas gafas en casa, y pude ver hacia dónde estaba apuntando.

— Ahí está el colegio de tu hermano.

El único edificio que podría pasar por una escuela primaria era uno cerca de un pequeño descampado con dos porterías en cada punta. Era antiguo y estrecho, y tenía las tejas pintadas de un color rojo brillante que contrastaban perfectamente con la madera oscura de la fachada. Había varios coches aparcados delante del edificio, y cerca de la entrada había un caminito con baldosas de diferentes colores.

Sin duda ese iba a ser el colegio de Adrián.

— Es bonito.

— Unas dos calles más allá está tu instituto —estiré tan rápido el cuello para poder verlo, que me dio un calambrazo. Mi madre se rió por lo bajo mientras yo soltaba un quejido—. Es mucho más pequeño que a lo que estás acostumbrada, pero mis mejores recuerdos están allí.

Solté un suspiró mientras me frotaba el cuello.

— Espero que los míos también.

— Seguro que sí.

Me dedicó una pequeña sonrisa y comenzó a caminar en sentido contrario al aparcamiento. Iba directa a un edificio enorme con el techo a dos aguas, del que salía una pareja agarrada de la mano. Tenía las puertas y las ventanas pintadas de blanco, y justo en medio de la fachada había un cartel con un pez dibujado en blanco y negro, rodeado del nombre del sitio.

El restaurante River's Edge era uno de los pocos que había en La Push, y por lo que aseguraban mis padres, era de los mejores de la zona. Mi madre no paró de hablar durante todo el trayecto de lo fresco que era el marisco, el pescado, y la selección tan grande de comida que tenían en el menú. Tampoco pudo parar de parlotear sobre lo contenta que estaba de poder comer con los Black de nuevo. Por mi parte, la perspectiva de sentarme a la mesa a comer con Jacob, Rachel, quizás su novio, y su padre, provocó que se me cerrase el estómago.

Después de echar un vistazo a donde creía que estaba mi instituto, aceleré el paso y la seguí.

Detrás de mi, mi padre hablaba con Adrián.

Lo que le dijo hizo que los mirase de reojo.

— Dale la mano a tu hermana.

Adrián arrugó sus oscuras cejas y negó enérgicamente.

— Puedo ir solo.

— Hay que cruzar la carretera, así que hazlo.

Sin darle tiempo para protestar, mi padre agarró su muñeca y lo arrastró hacia mi. Al soltarse, mi hermano me miró con recelo, dando un paso hacia atrás. Hizo un gesto de desagrado y me inspeccionó con la mirada.

Alcé una ceja esperando a que dijese algo. Desde el traslado aquí, no paraba de meterse conmigo, ignorarme o hablarme con total desinterés. Me pregunté si se debía a un cambio hormonal o algo parecido, ya que yo no le había hecho nada; pero él iba a cumplir ocho el mes que viene, así que esa opción era poco probable.

— ¿Te has lavado las manos?

Su pregunta hizo que soltase un bufido.

— Tengo mejor higiene que tu.

— Me vas a contagiar algo —puse los ojos en blanco y sujeté su mano con fuerza. Imitando a mi padre, tiré de él mientras avanzaba por la carretera hacia la entrada—. Puedo sentirlo pasarse de tu mano a la mía.

— Lo único que voy a contagiarte es un poco de inteligencia. Ya me lo agradecerás luego.

Mi madre se giró a mirarnos con cansancio.

— No empecéis.

— Ha empezado ella.

— ¿Es posible que esté entrando en la pubertad? —le pregunté a mi padre en voz baja. Las esquinas de su boca temblaron y negó con la cabeza.

— No lo creo.

Ah, que pena. Eso podría haber explicado su cara de asco.

— Ahora es un buen momento para... ya sabes —me señalé la mejilla y él rió por lo bajo.

— Quizás después, cuando menos se lo espere.

Cruzamos las puertas del restaurante y una ola de calor se arremolinó alrededor de mi cuerpo. El sitio estaba a rebosar de gente, algunos de pie esperando a que una de las mesas se vaciase y los demás hablando y comiendo alegremente. Tres camareros vestidos de negro iban de aquí para allá con las bandejas hasta arriba. Uno de ellos, un chico con el pelo negro peinado hacia atrás, pasó por mi lado y la boca se me hizo agua; el olor de los platos que llevaba en las manos hizo desaparecer por completo el nudo de mi estómago.

Miré a mi alrededor con curiosidad mientras sorteaba a la gente que estaba de pie, intentando no perder de vista a mis padres. El sitio era bastante amplio: en la mitad del restaurante había una barra en "U" repleta de taburetes que ahora estaban ocupados. En uno de los extremos había una cafetera enorme rodeada de tazas blancas, que supuse se usaría para los desayunos. Detrás de la barra había una puerta que seguramente conducía a la cocina, y varios carteles y posters con los anuncios más importantes de la reserva. La mayoría de ellos estaban en un idioma que no entendía.

A la derecha de la barra, justo en frente de la puerta de entrada, había unos biombos de mimbre con un cartel en el que ponía "reservado". En esa misma pared estaban colgadas unas fotos antiguas en blanco y negro. Me detuve a verlas ensimismada. Eran de los años cuarenta, o quizás de los cincuenta. Varios hombres tiraban de una red en una de ellas, en otras sujetaban un pez enorme y sonreían a la cámara. También había una del restaurante (que no había cambiado absolutamente nada), y otra de los empleados.

Adrián tiró de mi quejándose para que andase, y tuve que dejar de mirar aquellas fotos. Antes de girarme, creí ver en una de ellas a un hombre con un sombrero en la cabeza que me resultaba familiar.

En el lado izquierdo había varios ventanales con vistas al muelle, a la playa y a la Isla de James. Si te fijabas bien incluso podías ver los acantilados. Desde la entrada hasta el final del restaurante había una fila de mesas pegadas a los ventanales, con sillones de cuero rojo de aspecto mullido. Parecía ser un sitio muy popular donde sentarse, sobre todo entre los más jóvenes, ya que todas las cabinas estaban ocupadas. Seguramente sería por las vistas, eran espectaculares.

En medio, entre las cabinas y la barra, había más mesas con sillas de madera que esquivé para seguir a mis padres.

— ¿Ves a Billy? —preguntó mi padre.

Mi madre señaló uno de los ventanales.

— Allí.

Me puse de puntillas para ver por encima de las cabezas de la gente, y seguí la dirección de su dedo hasta una de las pocas mesas que no eran cabinas, pero que estaban pegadas a las ventanas. Estaba colocada en uno de los sitios con menos gente del restaurante, y me alegré de comprobar que justo al lado había unas puertas francesas abiertas por donde se colaba el aire fresco de la calle. Iba a necesitarlo si quería no salir corriendo del sitio; podía notar el agobio nacer y trepar por mi estómago hacia mi pecho por culpa del bullicio.

Mis nervios por la comida (más bien por los comensales) tampoco ayudaban demasiado a calmarme.

Después de casi tropezarme con el mismo camarero de antes, mi corazón comenzó a latir con fuerza contra mi pecho al alzar la mirada.

Pegué un respingo de sorpresa.

Unos ojos negros me abrasaban desde uno de los asientos de la mesa hacia donde mis padres nos conducían. Casi me atraganté con mi propia saliva.

Madre del amor hermoso, esa mirada iba a provocarme una arritmia.

Inmediatamente mis mejillas se incendiaron cuando le devolví la mirada al chico, pero no fui capaz de mantenerla por mucho rato.

Había algo en Jacob que no podía descifrar.

Tuve la misma sensación el día que lo conocí, cuando Seth me arrastró desde First Beach a su casa. Nada más verle, mi corazón reaccionó de una manera extraña, como si se saltase varios latidos y tomase velocidad para salir corriendo de entre mis costillas. Tuve un sofocón enorme todo el tiempo que estuve en su casa; tanto, que el frío que se me había colado en el cuerpo por mi visita a la playa desapareció completamente. En su lugar un calorcillo agradable se instaló bajo mi piel.

En un principio pensé que mi visita le había molestado, ya que no paraba de mirarme de forma rara y el ambiente de su cocina se había puesto extraño muy rápido: Embry parecía de mal humor, el novio de Rachel no paraba de reírse y la hermana de Seth me miraba con las cejas alzadas. Por suerte ese día Leah decidió empezar a hablarme, a pesar de que tan solo fue para ofrecerme algo de comer y para preguntarme si su hermano se había comportado. No fue mucho, pero por lo menos me dio la impresión de que su enfado del otro día en casa de Emily no había sido provocado por mi, y eso me tranquilizaba bastante. El alivio me duró apenas unos segundos, claro, porque la mirada de Jacob no dejaba de perseguirme, y a mi el escrutinio me ponía nerviosa. Llegué a creer que él estaba igual de incómodo que yo, pero Rachel y Billy estaban encantados con la visita, así que no entendí su reacción.

Intenté hablar con el, agradeciéndole el regalo que nos había hecho a mi hermano y a mi. Por un momento pensé que iba a seguirme la conversación, pero no. Lo único que recibí fue una sonrisa deslumbrante que desapareció en segundos, así que desistí. De todas formas, Rachel y Kim no pararon de hablarme y hacerme preguntas sobre cualquier tema que se les ocurría, así que no volví a intentarlo. Aún así, noté sus ojos pegados en mi nuca durante todo el tiempo. Después de dos horas, Emily se ofreció a llevarme a mi casa cuando mi madre me avisó que mi padre había llegado.

Desde ese momento tuve una sensación extraña en todo el cuerpo, como una especie de corriente eléctrica.

— Ya puedes soltarme la mano.

La sacudida que me dio Adrián en el brazo hizo que lo soltase. Al darme cuenta de que se frotaba la mano, hice una mueca. Le había estrujado los dedos por culpa de los nervios.

— Lo siento.

Él me miró como si de pronto me hubiese salido un tercer ojo en mitad de la frente.

— ¿Quién eres tú y que has hecho con mi hermana?

— ¿Eh?

— Ya habéis hecho el cambiazo, ¿verdad? —preguntó en voz baja— Las abducciones son cada vez más rápidas.

Resoplé y le dí un pequeño empujón en la espalda en dirección a la mesa.

— Cállate, renacuajo.

— Vuelve a tu planeta, alienigena.

Cuanto más cerca estaba de la mesa y de Jacob, más deseaba que las palabras de mi hermano fuesen ciertas; una abducción en ese momento no habría estado nada mal.

。。。。。。

Jamás había estado tan incómoda, y eso que mi vida estaba llena de ese tipo de momentos.

Si hubiese podido decidir dónde sentarme, habría escogido el sitio más alejado del chico moreno, pero para cuando mi hermano y yo llegamos a la mesa, mis padres ya habían tomado asiento, con lo cual, no me quedó más remedio que dejarme caer sobre la silla en la cabecera de la mesa, a la derecha de Jacob.

No me había atrevido a mirarle de nuevo, y no entendía por qué de pronto me había vuelto tan cobarde.

En los cinco minutos en los que llevábamos en el restaurante, me había dedicado a mirar por la ventana, deseando acordarme de las historias de Seth sobre la Isla de James, y en las ganas que tenía de volver a sacar la cámara para ir a tomar más fotos. Lo intenté con todas mis fuerzas, pero los ojos de Jacob pegados a un lado de mi cabeza me desconcentraban.

Por suerte, mis padres hablaban animadamente con Billy, y mi hermano se había apoderado de sus teléfonos móviles, así que nadie se había percatado todavía de la situación.

Suspiré lentamente y me mordí el interior de la mejilla. Juntando todo el valor que pude, miré a Jacob de reojo.

Me quedé totalmente descuadrada por la expresión de su cara.

Tenía las cejas muy juntas, los ojos entrecerrados en un gesto de concentración y la boca en una línea muy fina. No me estaba mirando a la cara.

De pronto, un escalofrío me puso la piel de gallina al darme cuenta de dónde tenía puestos los ojos: encima de mi oreja, cerca del nacimiento del pelo. No sería capaz de verlas, ¿verdad?

Giré rápidamente la cabeza y maldije mi suerte. Jamás solía recogerme el pelo, pero esa mañana me había dado pereza meterme en la ducha, y como no tenía el pelo tan sucio, lo había recogido en una coleta. Quise desaparecer ahí mismo. Instintivamente me llevé una mano a mi oreja, apoyé el codo en la mesa y tapé la zona que Jacob estaba mirando.

Por favor, que no pregunte; por favor, que no pregunte. Por favor, por favor...

Empecé a mover la pierna de arriba abajo, y me mordí con fuerza el interior de la mejilla para traerme de nuevo a la realidad y centrarme en otra cosa. Nuevamente, por segunda vez en el día, tuve que recordarme respirar con tranquilidad. No me hacía falta que mi cabeza volara otra vez en el tiempo y me hiciese revivir todo aquel infierno; apenas pude evitarlo esa mañana y ahora no quería abrir la caja de Pandora en medio de un restaurante abarrotado de gente. Vagamente me pregunté si tendrían bolsas de papel detrás de la barra, por si acaso me ponía a hiperventilar.

Centré toda mi atención en el ruidito que estaba haciendo el juego al que estaba jugando Adrián, y a las explosiones de colores cada vez que subía de nivel.

Estaba consiguiendo dejar la mente en blanco, cuando Jacob carraspeó. Se me tensaron los hombros, y lentamente dirigí mi mirada hacia él.

Lo va ha hacer, ¿verdad? Va a preguntar por las cicatrices.

Cuando nuestros ojos se encontraron, una corriente eléctrica me atravesó todo el cuerpo.

Él sonrió de medio lado, con el gesto mucho más suavizado que antes.

Su voz grave me produjo escalofríos.

— Hola.

— Hola —contesté en apenas un susurro.

— Me parece que el otro día no pude presentarme. Soy-

— Jacob —interrumpí. Él me miró con una ceja alzada y yo intenté sonreír y parecer tranquila, como si hiciera unos segundos no hubiera estado a punto de darme un yuyu.

Fallé miserablemente.

— Seth me habló de ti el otro día y Embry te ha mencionado algunas veces —aclaré—. Yo me llamo-

— Lilian. También lo sé.

Asentí. Lo observé con cautela esperando a que hiciera la pregunta que tanto estaba temiendo, pero ese momento no parecía llegar. Quise soltar un suspiro de alivio, pero me contuve.

Procuré continuar con la conversación, para distraerle por si todavía tenía esa pregunta rondándole la cabeza.

— Embry no ha parado de hablar de nosotros ¿verdad? Quil me dijo el otro día que se había puesto bastante pesado.

— Eso parece; pero me sé tu nombre por otras razones —dijo con una sonrisa enigmática. Le miré con curiosidad, girando levemente la cabeza—. Ya nos habíamos conocido antes, ¿verdad?

En el estado de nervios en el que me encontraba, me costó un poco saber a lo que se estaba refiriendo, hasta que recordé la conversación de esa mañana con mi madre.

Abrí los ojos con sorpresa.

— ¿Te refieres a las fotos de navidad de hace años?

Él asintió.

— La verdad es que no recuerdo nada de ese tiempo —reconocí haciendo una mueca. Me removí en mi asiento, intentando destensar los hombros. Extrañamente estaba empezando a encontrarme más tranquila cuanto más hablaba con él. Quizás se debía a su tono amable, o a que ya no me estaba examinando la parte izquierda de mi cabeza—. No tenía ni idea de que nuestros padres habían sido amigos.

— Yo tampoco. Hace poco que me enteré —hizo una pausa y luego se cruzó de brazos—. ¿Dices que Embry me había mencionado...?

Asentí.

— Algo así. Embry me comentó que había montado su coche desde cero con unos amigos; me envió las fotos del proceso. Tú salías en alguna de ellas.

Después de la visita a su casa, me pasé toda aquella tarde ordenando mi nueva habitación. Aprovechando que habían llegado las cajas de la mudanza, mi madre nos había puesto a todos a trabajar.

Al sacar una carpeta del interior de una de ellas me di cuenta de que dentro estaban las cartas y las fotografías que Embry y yo nos solíamos enviar todos los meses. Las revisé y pude por fin saber por qué me resultaban tan familiares las caras de Quil, Billy o la de Jacob. Mi primo me había enviado tantas fotografías durante los meses en los que había estado armando el coche, que aparecían en bastantes. Aunque las fotos debían de tener unos dos o tres años por lo menos, ya que tanto Embry, como Quil y Jacob no eran físicamente ni la mitad de lo que eran ahora.

Jacob había cambiado el que más; se notaba que había crecido varios centímetros, que se había vuelto un aficionado al gimnasio como todos los demás, y ya no llevaba el pelo largo y atado en la nuca.

— Así que eran para ti —dijo él rascándose la barbilla—. Nunca nos dijo por qué estaba tan empeñado en sacarlas. Me parece que hizo alguna incluso del aceite desparramándose por el suelo, ¿esas también te las envió?

— Todas. Siempre decía que el coche era como su bebé y esas fotografías eran las "ecografías". El proceso desde el día en que tuvisteis la idea, hasta que estuvo montado y funcionando —Jacob soltó una risotada y no pude evitar contagiarme—. En serio, parecía una madre a punto de dar a luz. No me hubiera extrañado nada que le pusiera una mantita al coche para que no pasase frío por las noches.

El moreno se palmeó el pecho después de calmar su risa.

— En momentos como estos me pregunto por qué sigo siendo su amigo.

— Tu tienes la oportunidad de elegir; yo estoy emparentada con él y no me queda más remedio que soportar sus rarezas.

— Te compadezco, debe ser terrible.

— Desde luego te hace ver las cosas de forma diferente —me mordí el labio inferior—. Siendo justa también tengo que reconocer que tiene sus cosas buenas; él es mi primo favorito... Pero si pregunta, yo no te he dicho nada.

Jacob volvió a sonreír de medio lado y se encogió de hombros.

— Me parece que tengo pérdida de memoria a corto plazo y no recuerdo lo que me acabas de decir.

Nos quedamos en silencio, y no pude evitarlo: empecé a reírme por culpa de los nervios.

Toda la situación era tan surrealista que no había podido aguantarme; este tipo de cosas tan solo pasaban en las películas o en los libros. En concreto en los que tenían títulos cursis, como por ejemplo: "La reunión del destino", "El pasado siempre vuelve" o "Cómo retomar una amistad en diez sencillos pasos después de casi dos décadas. Guía para tontos". El pensar eso tan solo hizo que me riese más.

Además, el darme cuenta de que quizás no había visto las cicatrices y que toda esa escena me la había formado yo sola en mi cabeza me hizo sentir tanto alivio y vergüenza, que ni siquiera intenté reprimir mi carcajada.

Él me observó divertido.

— Lo siento —me disculpé cuando pude tranquilizarme—, es que... Es todo un poco extraño.

— Se podría decir que lo extraño es algo constante en mi vida —dijo él. El matiz de su voz hizo que alzase una ceja.

— Es curioso, ¿no? —pregunté— El que hayamos compartido una navidad hace tantos años, pero no tengamos ni idea, y mira dónde estamos ahora.

— Sí... En ocasiones el destino es así de caprichoso.

— A veces pienso que la vida tiene una forma muy extraña de manifestar sus intenciones —murmuré por lo bajo.

— ¿Qué quieres decir?

Giré la cabeza rápidamente con sorpresa. No había esperado que él me escuchase.

Subí mis gafas por el puente de mi nariz antes de contestar.

— Estaba reflexionando en voz alta. Si no hubiera aceptado el intercambio, quizás seguiríamos sin saberlo, y no estaríamos aquí hablando de ello —respondí encogiéndome de hombros. Empecé a romper en pequeños trocitos la servilleta que tenía a mi costado—. Quien sabe si algún día nos habríamos conocido o no.

Jacob miró con atención mis manos durante unos momentos.

¿Quien sabe cómo sería mi vida ahora de haber sabido todo eso antes? Desde mi llegada a La Push no me quitaba esa pregunta de la cabeza.

Había tenido más crisis existenciales en cinco días que en casi toda mi vida.

— ¿Te arrepientes de haber aceptado?

Su susurro hizo que alzase la mirada hacia él. Parecía preocupado por escuchar mi respuesta, pero no podía estar segura.

Me perdí un momento en sus ojos y una ola de sinceridad me ahogó por completo. No podía mentirle. No cuando me estaba mirando de esa forma y mi cabeza estaba echa puré de tantas emociones juntas.

— Ahora no. Para serte sincera, al principio no quería venir —me mordí el labio al decir en voz alta lo que había estado guardándome desde que acepté el intercambio. Desde luego no había sido una decisión fácil. Jacob frunció el ceño, por lo que me apresuré a aclarar lo que acababa de decir—. No por el sitio o por las personas, de hecho tenía muchas ganas de ver a mi familia, pero... Digamos que el instituto no es un lugar al que asocie muy buenos recuerdos, y prefería no tentar a la suerte; la fortuna tiene por costumbre esquivarme.

Él se quedó unos instantes callado y luego volvió a decir en voz baja:

— Pues yo me alegro de que hayas venido.

Imité la sonrisa que curvaba sus labios. De nuevo la sensación electrizante me recorrió el pecho.

— Yo también.

Aquel inusual momento de complicidad que estaba teniendo con Jacob se rompió de pronto cuando una persona se acercó a la mesa.

— ¿Estáis listos para pedir?

El mismo camarero con el que casi había tropezado antes, vino a la esquina donde estaba sentada, mirando en dirección a Billy.

Al estar más cerca de él me di cuenta de que tenía un piercing en la ceja izquierda, y varios pendientes de calaveras en las orejas. Si mis ojos no me engañaban las puntas de su pelo eran de un color azul eléctrico. Sin dudarlo, tenía toda la pinta de alguien a quien yo habría evitado en el instituto.

— ¿Está tu madre en la cocina? —preguntó el padre de Jacob.

Alcé una ceja. Menuda pregunta más extraña.

El chico chasqueó la lengua y cambió el peso del cuerpo hacia un lado.

— No, ha tenido que ir un momento a casa, Maggie se ha dejado el rizador de pelo enchufado en el baño —dijo mientras rebuscaba en los bolsillos de su delantal—. Si quieres puedo llamarla y decirle que venga.

— Tranquilo, ahora hablo con ella. Hay algunas personas a las que le gustará volver a ver.

Billy señaló en dirección a mis padres.

Supuse que de ahora en adelante iría descubriendo a más gente de su pasado, ya que por fin conocía esa parte que nunca me habían contado.

Mi madre miró al camarero con sorpresa.

— ¿Eres el hijo de Nora?

— Sí.

— Va a ir al mismo curso que Lily —comentó Billy.

De pronto el chico se giró hacia mi. Enarcó una ceja negra e inspeccionó mi cara con curiosidad.

—Así que tu eres la chica nueva. Todo el mundo está hablando de ti; estábamos todos esperando al primer día de clase para ver quién eras.

Ante su comentario me quedé de piedra. ¿Cómo que todo el mundo estaba hablando de mi? Oh Dios, por favor, no. Quería pasar lo más desapercibida posible durante todo el año y graduarme silenciosamente, sin que nadie me molestase, ni me viese como una especie animal exótico en un zoológico. Mi cerebro empezó a hacer un plan de fuga, mientras que las lucecitas de emergencia se activaban con un estruendo.

Me había metido en la boca del lobo, ¿o qué?

Me quedé boqueando sin saber que contestarle y Jacob pareció darse cuenta.

— Si querías intimidarla, lo has conseguido, Rob —la mirada que le echó al tal "Rob" podría haber carbonizado a cualquiera.

El camarero me miró apenado.

— No era mi intención —se disculpó. Extendió una mano hacia mi y sonrió como si no hubiera hecho saltar las alarmas de mi cerebro—. Soy Robin Bennett, pero supongo que ya lo habías leído... —dio unos golpecitos a la placa de su pecho donde ponía su nombre. Como todavía tenía mi mano en la suya, tiró de mi hacia él para decirme algo en voz baja— Y aunque parezca mentira, comparto genes con este de aquí. Pronto te darás cuenta de que todo el cerebro de la familia Black lo heredé yo.

Robin me soltó y volvió a coger la pequeña libreta de su delantal. El resoplido de Jacob sonó muy cerca de mi oreja.

— Vaya, gracias, yo también te tengo mucho aprecio —respondió haciendo una mueca. Me miró y señaló al chico—. Es mi primo, pese a que ahora no lo parezca.

Las cejas de Robin se volvieron a alzar y levantó las manos.

— No he dicho que no tengas cerebro, solo he cuestionado su funcionamiento —Jacob le lanzó una mirada de reproche, pero Robin siguió como si nada. A cualquiera con dos dedos de frente, esa mirada le habría hecho salir corriendo—. Espera a que Maggie se entere de que estás aquí; nos diste un buen susto.

Ante eso, Jacob se puso visiblemente tenso. Esta vez me tocó a mi mirarle atentamente mientras la preocupación se instalaba en mi pecho. Intenté buscar el por qué de las palabras de su primo en su rostro inútilmente.

— Tampoco es para tanto —dijo él intentando restarle importancia.

Robin dirigió de nuevo su mirada hacia mi.

— Si de pronto te dijesen que tu primo ha desaparecido, ¿qué harías?

Abrí los ojos y mis cejas se alzaron por la sorpresa.

— ¿Desaparecido? —pregunté, abriendo la boca con incredulidad. Quil había dicho estuvo fuera un mes, no que hubiera desaparecido.

Jacob soltó un suspiro y cruzó los brazos sobre el pecho. Le echó una mirada de cautela a su primo, lo que me pareció extraño.

— No desaparecí.

— No claro, porque luego nos hemos enterado de que huyó de casa para hacer vete a saber tú qué —rebatió él. Después de volver a chasquear la lengua, hizo un ademán con las manos y su gesto se suavizó—. En fin, lo importante es que has vuelto, ¿no?

— Y que no va a volver a irse —dijo Billy desde el otro extremo de la mesa.

— Más te vale.

Tras tomarnos nota, Robin se marchó, y yo me incliné sobre la mesa mirando a Jacob.

— ¿Huiste de casa? —pregunté frunciendo el ceño.

— Es complicado —se rascó la nuca e hizo un gesto con la boca— Digamos que necesitaba un tiempo alejado de la realidad.

— Puedo entender eso — murmuré. Él alzó las cejas, y de nuevo volvió a mirarme con intensidad—. Espero que ese tiempo haya servido para algo.

— Sí, ha servido de mucho.

— También espero que no decidas volver a irte —dije sin pensar. Al darme cuenta de su sonrisa, empecé a hablar atropelladamente como me solía pasar cuando estaba nerviosa—. Q-quiero decir, todo el mundo estaba preocupado por ti... Hay veces en las que desearías que el mundo se callase a tu alrededor o que te tragase la tierra, pero en esos momentos quizás la mejor opción es rodearte de las personas que más te quieren y no guardártelo para ti solo. Si vuelves a sentir eso, habla con alguien que te comprenda antes de tomar una decisión tan drástica —tomé aire sin estar muy segura de lo que iba a decir a continuación—. P-puedes hablar conmigo si quieres. Sé que no me has pedido mi opinión y que quizás pienses que soy una entrometida-

— Pienso que es muy amable por tu parte, y que tienes razón —interrumpió él con suavidad. Sus ojos brillaron con algo que no pude identificar—. Te tomaré la palabra en un futuro.

Sonreí levemente. Otra vez ese maldito calambrazo me serpenteó por el pecho.

— Siempre hay otras opciones antes de huir —dije—. Al final no solucionas tus problemas.

— Apoyo todo lo que ha dicho la chica —dijo Robin. Acababa de volver con una bandeja llena de bebidas que empezó a repartir por la mesa—... y esto era para ti, y la Coca Cola para ti. Tienes suerte de que hoy me tocase trabajar a mi, si hubiese sido mi hermana, tu bebida estaría mezclada con agua del váter.

Jacob se echó hacia atrás en la silla y miró a Robin con cansancio. Empezó a mover la pierna de arriba abajo con molestia.

Yo también me eché hacia atrás al darme cuenta de que me había acercado demasiado a él para hablar. Carraspeé y me recoloqué las gafas.

— Es alucinante lo agradable que estás siendo hoy conmigo. Gracias por no traerme un vaso de agua sucia.

— De nada —respondió el chico dándole unas palmadas en el hombro—. Ahora en serio, me alegro mucho de que volvieras, jamás había pasado tanta ansiedad en mi vida —apretó los labios un instante y se encogió de hombros—. En fin, voy a ver si está vuestra comida... Por cierto, ¿Lily? No sé si te habrán enviado una carta con la lista de los libros...

— Ah, ya los he encargado, pero gracias por preocuparte —dije.

— Bien, bien, porque en menos de dos semanas empezamos. Espero verte pronto por clase, y a ti... —señaló a Jacob y luego se llevó dos dedos frente a los ojos y volvió a señalar a su primo— te estoy vigilando.

Solté una risita mientras Robin se perdía por la puerta de detrás de la barra. Jacob tenía una mano sobre los ojos y negaba con la cabeza.

— De pequeño se cayó demasiadas veces de la cuna —dijo.

— Yo creo que es muy simpático —dije encogiéndome de hombros—, a pesar de haberte amenazado con vigilarte.

La sonrisa ladeada de Jacob volvió a aparecer.

— ¿Has ido a recoger los libros ya? —preguntó mientras apoyaba los codos sobre la mesa— Me parece que la madre de Seth ha traído los suyos de Forks.

Lo miré confundida.

— No, había quedado con él para ir a por ellos.

— Ha estado un poco ocupado estos días, quizás se le ha pasado avisarte —suponía que Seth debía tener una buena excusa para no avisarme, por lo que no le dí mayor importancia—. Puedo llevarte yo, si quieres.

Su ofrecimiento me sorprendió y encendió mis mejillas, de nuevo.

— No quiero molestar-

— No eres ninguna molestia —ahí volvía de nuevo esa mirada abrasadora que provocaba cosas raras dentro de mi—. Me he ofrecido yo.

— Ahm... —titubeé unos segundos, pensando si aceptar o no. Decidí que sería buena idea, ya que tenía que ir a la librería lo más pronto posible, y también porque tenía verdaderas ganas de conocer a Jacob; aunque eso último no lo reconocería. Esperaba no arrepentirme—. Claro, vale, ¿por qué no?

— Bien.

Jacob llevó su mano hacia uno de los bolsillos traseros de su pantalón y rebuscó hasta dejar un papelito en la mesa. Tenía las esquinas irregulares, como si alguien lo hubiese arrancado con prisas y sin miramientos. Había una serie de números escritos en tinta negra.

— Toma, éste es mi número de teléfono. Hablamos mañana para concretar la hora.

Mientras metía el papel en el bolsillo de mi chaqueta, un pensamiento estúpido pasó por mi cabeza.

Dudé unos momentos, pero la curiosidad pudo conmigo.

— ¿Tenías tu número preparado?

La sonrisa deslumbrante de Jacob, que tan solo había visto en las fotografías de cuando era pequeño, hizo su aparición.

El aire de mis pulmones se me fue por la ventana.

— Puede ser.