- Me parece que podrías esperar un poco.

- ¿Para qué? Padre ya sabe que iba a salir a ver a Hilario.

- Corrección. – Dijo el otro niño. – Tu padre sabe que irás con él donde Hilario.

- Bien. – Concedió Oscar, parándose derecha. -Cuando mi padre pregunte si fui a buscar su encargo, tú le dirás porque no lo hice.

- Oscar, no podemos irnos así.

- ¿Quiénes? Yo voy sola. – Le sonrió, estirando un poco la manga de su camisa. – Tú debes ayudar a empacar las cosas.

- No, si mi abuela se entera que te deje salir sola, me rompe su cucharon en la cabeza. – Oscar lo miró fijamente mientras André se sobaba un golpe imaginario. – Además, no puedo dejar que la señorita de la casa salga sola.

- No soy una señorita, idiota.

- ¿Las clases con los nobles no te ayudan? Tienes una lengua peor que la del negro Jacinto.

- Y el preceptor no te ha jalado lo suficiente las orejas, niño fastidioso. – La rubia se puso en marcha hacia una puerta lateral que daba directamente a las caballerizas, ignorando todo el jaleo de los esclavos, sirvientas y peones hacían al empacar los objetos más valiosos de la casona donde Oscar había vivido desde su nacimiento hasta su décimo cumpleaños.

- Su Mercé Panchito, por diosito santo, no me tape el camino. – Observó con el ceño fruncido a una esclava que sostenía las colchas favoritas de su madre y que trataba de no caer al suelo al casi atropellar a su amito.

Antes de que pudiese contestar, André le tomó una mano, tirando de ella para llevarle a la cocina.

Oscar se crispó antes de sentir el agradable aroma del pan recién horneado, una sirvienta apresurándose en darle un vaso con leche fresca.

- Señorito, usted debería estar en su habitación, su padre dijo…- Habló la mujer con una dicción casi impecable, una de esa raras criaturas criadas por monjas que terminaban en una cocina sirviendo gente mucho más importante y rica.

- Sé lo que dijo mi padre.

- Te lo dije. – Susurró a sus espaldas André, quejándose ruidosamente cuando su amiga le piso un pie.

- ¡Vayan al cuarto de la niña Oscar y terminen de empacar! – Ordenó la abuela de André a dos esclavas que terminaban desplumar unas gallinas. – Y ustedes dos…siéntense para que almuercen, no pueden andar correteando sin comer nada.

- Pero, abuela, no andamos… - Se volvió a quejar cuando la anciana le jaló una oreja.

- Nadie te dijo que hablaras. – Oscar no pudo reprimir una risilla, ganándose una mala mirada de su amigo. – Ahora, coman. – Dijo colocando dos platos rebosantes de sopa frente a los niños.

- Pero, nana…

- Nada de peros, niña Oscar, debe comer o no crecerá. – Regañó la mujer mayor, Oscar haciendo un puchero antes de tomar la cuchara y empezar a comer, aunque al parecer lo había hecho muy lento, pues, antes de dar un par de bocados, André ya había terminado de comer.

- ¡Esta muy bueno, abuela! – Golpeó su plato con la cuchara. - ¡Quiero más!

André, para evitar que Oscar saliera de casa sin alguna supervisión, se le había pegado como garrapata, vigilándola.

- Ya no me sigas, ya es demasiado tarde para ir a ver a Hilario, creo que mejor voy a dormir la siesta.

- Espera. – Le tomó una mano. – Vamos a la biblioteca a leer un poco, yo aun no tengo sueño.

- No quiero.

- ¡Oscar! – Los niños se quedaron quietos, la rubia mirando hacia donde la llamaban, observando a su padre hacer un movimiento con la mano mientras sonreía.

- ¿Padre? – Ambos se aceraron al hombre mayor, él acariciando los cortos rizos dorados.

- Acompáñenme, tengo una sorpresa para ambos. – Caminaron en silencio hasta las caballerizas, Oscar deteniéndose cuando vio a Hilario Díaz parado al lado de dos caballos. – Sé que te dolió a muerte de Aldonza, así que fui a ver a Don Hilario y le compré dos caballos, uno para ti y otro para André, para que siempre te acompañe, además, servirá para que conozcas Santiago.

- ¿Es mío?

- Claro ¿cómo lo nombraras? – Oscar se acerco a uno de los caballos, de un lustroso color blanco que parecía brillar bajo la luz del sol.

- César. – Apenas susurró, acariciándole la cabeza al animal.

- ¿Y tú, André?

- No sé, ¿el mío es macho? – Hilario negó. – Entonces será Rosa, me gustan las rosas.