Esto es horrible, he perdido una gran parte de este capítulo por ser idiota y no guardar. He perdido un par de párrafos importantes que me habían quedado bastante decentes, y de los que estaba ciertamente orgulloso... Dios qué asco. Lo peor es que el resto lo volví a escribir pero casi sin inspiración... Luego, mientras iba escribiendo me iba acordando de algunas cosas.
Dios... Me ha costado horrores escribir este capítulo. No sólo porque mi vida, fuera de instagram y esas cosas, es una mierda; sino porque todo lo que escribo me repercute de una forma u otra. Tengo muchísimas ganas de ponerme a jugar más rato, pero no puedo huir del mundo para siempre.
También me sabe fatal no haber publicado nada antes, siento que escribo muy lento...
Pero al menos siento que los diálogos me salen de adentro, que son... naturales. Quiero que sean así, naturales, como hablaría cualquiera de nosotros. No sé, esto está quedando muy largo, pero no me arrepiento de nada. Escribo para mí, porque necesito explotar por algún sitio, porque tenía ganas de escribir esto hace años... Escribo porque... Quiero.
Riku había pasado toda la tarde pensando en lo ocurrido mientras ayudaba a Kairi con la balsa. No podía quitarse de la cabeza la imagen de su amigo en el suelo temblando y llorando con heridas causadas bajo el peso de sus puños. Pero aún así disimulaba. Ahora, que le convenía, fingía que nada había pasado. Ahora sí, pues, ¿cómo le miraría Kairi si se enterase de lo ocurrido? ¿Y los demás? Estas dudas iban rondando su cabeza, mientras rezaba porque Sora mantuviese la boca cerrada en su casa; y le conocía lo suficientemente bien como para saber que el chico mentiría a su madre por miedo, y que seguramente al día siguiente se presentaría en la isla. Pero las dudas le seguían atacando. Sora no mentiría a Kairi, ¿o si? Si la pelirroja se enteraba podía dar aquella alianza por muerta, y su excusa por salir de las islas, también.
La conversación entre ellos no parecía haber sido nada del otro mundo:
"¡Riku! ¿Has visto a Sora...?" Le saludó la chica saliendo de una de las cabañas.
"No, Se fue a su casa." Riku de acercó a ella con una pequeña sonrisa calmada, mientras que sus cejas dibujaban una falsa preocupación, como si no supiese mucho de lo ocurrido. "Me dijo que iba a volver mañana, no te preocupes."
"¿Qué le ha pasado? ¿Está bien?" La cara de la pelirroja, por su parte, sí que dejaba ver cierta preocupación por la desaparición tan repentina de su amigo. Y era normal, pues hacía aproximadamente una hora Sora estaba con ella. Desde que lo vio entrar a la cueva no le volvió a ver, y no sólo se extrañaba, sino que también sospechaba.
"No, no te preocupes. Sí, Sora está bien. Sólo que nos fuimos a dar una vuelta por el bosque, ya sabes, para hablar." Riku comenzaba a crear una excusa de cero, intentando sonar lo más natural posible. Parecía estar encubriendo un asesinato, casi. "Pues se resbaló con la hierba húmeda y rodó colina abajo. Se hizo bastante daño. Así que le ayudé, pero decidió irse a casa por hoy. Me dijo que su madre probablemente había vuelto de trabajar, y que también probablemente, necesitase ayuda. Que ya nos veríamos mañana, vamos." Se encogió de hombros, dejando escapar un pequeño suspiro.
"Qué le vamos a hacer... Siempre se ha preocupado mucho por su madre." Kairi sonrió, algo aliviada. "Oye, vamos a continuar la balsa. Tenemos que planear bien todo, pasado mañana a la mañana zarpamos, que hará buenamar."
Sin embargo, al ver cómo Riku se dirigía hacia la cala en la que construían su embarcación, la expresión de Kairi cambió por completo. ¿Sora, yéndose a casa por un par de heridas? ¿Qué tan dura debía haber sido la caída como para hacerle volver, y por qué Riku no le había acompañado? Claro que Kairi sospechaba, pero decidió cambiar de tema con tal de preguntar más tarde y pillarle por sorpresa, a ver si podía llegar a la verdad de una vez por todas. No sólo eso, sino que a demás, cuando viese a Sora, iba a preguntarle a él, a ver qué podía sacarle de aquello. Kairi podía ser una chica sencilla, pero no era una tonta. Sabía leer el lenguaje corporal de la gente, había notado la falsa tranquilidad que había estado manteniendo Riku durante aquel día, con tal de fingir que todo estaba bien; pero también le había notado como una bomba de relojería, porque eso era lo que era el albino con según qué temas, y uno de esos temas era Sora. Ahí había algo más, y no sólo lo de la noche. Sora tal vez sí que se iría para ayudar a su madre, viuda con dos trabajos y un hijo que mantener, pues él era bastante consciente de la situación en la que se encontraba su familia; pero no se iría por reslabalarse y caerse. Riku había dado una excusa de más, podía haberle dicho un simple "tiene que ir a ayudar a su madre", ¿por qué había añadido lo de la caída? Porque allí había gato encerrado, pero no se le pasaba por la cabeza que Riku fuese a hacer algo horrible. ¿Riku a Sora? No. O sí que se le pasaba por la cabeza, pero se negaba a creerlo.
Tras cargar troncos prácticamente sin descanso, Kairi llamó a Riku al puente de madera que llevaba hacia el trozo de tierra apartado en el que se encontraba el emblemático árbol paopu. La chica traía un mapa entre sus brazos, y una vez el albino la alcanzó, cruzaron el puente juntos. Aquella tarde, tras la desaparición repentina del chico castaño, las cosas no habían seguido con normalidad. Kairi miraba de reojo a su amigo todo el rato, y éste le esquivaba la mirada. Pero esos ojos aguamarina lo delataban, pues la culpa se dibujaba en ellos. Riku no había hablado demasiado con su amiga, aprovechando cada oportunidad posible para huir a por troncos, cuerdas, comida, o lo que fuese necesario, o incluso innecesario; con tal de huir de la mirada tajante de la chica, que juzgaba prácticamente cada gesto que hacía. Pero pese a que Kairi no estuviera especialmente antipática con él, tampoco parecía relajada a su lado, era como una falsa simpatía y Riku sabía el porqué, la tensión entre ellos crecía a cada segundo que pasaba pero nadie decía nada al respecto. Era como si juez, culpable y víctima supiesen lo ocurrido pero fingiesen lo contrario con tal de seguir el orden establecido de las cosas que supuestamente tenían que ocurrir, pero no el de las consecuencias reales a lo ocurrido.
Kairi desplegó el mapa con ambas manos, una vez estuvieron sentados sobre el enorme tronco de la palmera. La luz comenzaba a irse y tenían que aprovechar para planear la ruta antes de que ambos se quedaran a oscuras. Kairi, que sabía bastante del tema, comenzó a explicarle a Riku cómo debían tomar las corrientes, qué días podría afectarles las mareas y el punto al que tenían que llegar. Riku escuchaba sin mucha atención, pensando en cambio, en todo lo que había ocurrido entre aquella noche y aquella tarde. No podía quitarse a su amigo de la cabeza, en ninguno de los sentidos.
—Y... ¿De qué hablasteis? —Preguntó Kairi de golpe. La voz de la niña le sacó de sus pensamientos tan rápida y repentinamente como el cantar de un despertador en mitad de un sueño.
— ¿Qué...? ¿Quién...? —Riku pareció despertar de golpe, deseando que aquella pregunta no fuese sobre "aquel" suceso.
—Ya lo sabes. Sora y tú, antes, en el bosque, antes de que cayese colina abajo. —Insistió Kairi con una risa. Pese a hacerle gracia la reacción de su amigo, realmente reía para aliviar la tensión entre ellos.
—Ah... Ah, sí. Pues... —y tal y como Kairi había planeado, la pregunta le había pillado desprevenido y ahora tenía que pensar una respuesta rápida.— A ver, es que han pasado muchas cosas.
—Qué y cuándo —atajó —. Ya no me contáis nada, ayer vinisteis a la isla sin mí y todo.
—Oye, lo siento —se disculpó el albino, con un falso aire de culpa. Aunque tal y como se había expresado su amiga, en el fondo realmente le sabía mal haberla dejado tirada. —. Es sólo que... A ver, Sora y yo casi no pasamos tiempo y...
—No, si ya —le cortó—. A ver, qué entiendo que quieras pasar tiempo a solas con él, que entiendo también que Sora te guste, y...
—¡Oye, para el carro! —Ahora fue él quien cortó a la chica de golpe. Agitado, y al sentirse descubierto, supo que no podía disimular, pero al igual que durante la noche anterior, no fue capaz de darse cuenta. — ¡¿De dónde sacas tú que él me guste?!
—No mientas, Riku. A mi no me puedes engañar, hace tiempo que dejasteis de competir por mi, porque tenías otro objetivo —Kairi, por su parte, decidió burlarse un poco de él—. Te la pasas encima suyo, no dejas que ningún otro chico o chica se le acerque...
—¡Porque es mi amigo!
—Y ayer te lo llevaste a sólas a la playa, de noche, sin mi, ni ningún otro amigo más, para dormir juntos. ¡No me mientas! ¡Riku, no soy tonta!
—¡Pues porque quería pasar tiempo con él...! —Siguió intentando ocultarse.
—¡Porque te gusta!
—¡No! ¡A nosotros nos gustas tú, y siempre ha sido así!
—¿Por qué pones palabras en su boca? A Sora ya no le interesan estas cosas, y eres consciente de que a ti tampoco. —Bufó Kairi, rodando los ojos.— Deja de buscar excusas, lo sé yo y medio mundo ya.
—¡¿Qué?! —Riku hizo una pausa, bajando la mirada. — ¿Tanto... Tanto se nota?
—Sí y mucho, a leguas. Literalmente lo sabe ya media isla. —Kairi sonríe, habiéndolo pillado de lleno.— Todos se han dado cuenta de que a Riku, el albino de quince años que todas desean va tras el hijo de la viuda cual perrito guardián.
—Pero si no le voy TAN detrás... Sólo un poco —admitió el chico, ante la mirada inquisidora de la chica.
—Repito: os encontré durmiendo abrazados en la arena —Acotó Kairi en un tono algo cansado—. No me gusta tener que interrogar a mis mejores amigos para que me cuenten las cosas, es como si ya no confiaseis en mi, me da rabia. Antes veníais a contarme vuestros dramas, y pues estaba bien. Yo sentía que estaba guay el escucharos y sufrir con vosotros, y veros resolver vuestros problemas... Y ayudaros a resolverlos. No sé, estaba bien —Kairi suspiró, quejándose por el trato recibido hacía meses—. Sé que ya no competís por "ver quién se lleva a la chica", y en parte lo agradezco bastante, pero de ahí a ocultarme cosas...
—Oye... Lo siento, ¿Vale? —Riku la cortó bastante de golpe, llegando a su límite.— Es sólo que no sé cómo manejar esto, no quería que se note, no quería que fuese raro. ¿Qué dirán los demás sobre...?
—Oh no, a Riku le gusta un chico. Era de esperar que tras tantos años de amistad acabase surgiendo algo, y la verdad, no debería importarte lo que digan los demás. ¿Y qué te van a decir? Si no te han dicho anda antes, no te lo van a decir ahora. Lo saben, Riku, todos saben que te gusta Sora, es de lo que más se rumorea en la isla. ¿Y te diré algo yo? No, claro que no. Soy la "chica misteriosa", alienígena, de pelo escarlata, que habla con el chico albino y el canijo, que para colmo ha crecido con dos madres; si te dijese algo por estar enamorado de la persona de la que "no te toca estar", sería no solo todo lo que te acabo de decir, sino a demás, la chica más hipócrita de la isla.
«A demás, ¿te toca enamorarte de alguien? No, no tienes que enamorarte de mi, ni de Selphie, ni de la rubia de tu clase que se la pasa dibujando; tienes que enamorarte de quien tú quieras. Es una tontería que con ya la edad que tenéis sigáis creyendo que algo os sujeta a enamoraros de alguien, que os tenéis que enamorar de una persona en concreto porque el resto del mundo lo ve así. El resto del mundo no eres tú, Riku, y nunca van a estar en tus zapatos, y no pueden decidir por ti. ¿No ha surgido conmigo? No pasa nada, las posibilidades eran infinitas. Podía haber surgido conmigo, con él, o con cualquiera; pero al menos ha surgido con alguien con quien llevas toda tu vida y no con alguien que desconoces por completo.
Kairi suspiró, acabando su pequeño discurso y dejando que el silencio reinase entre ellos por unos instantes. Ambos amigos tenían muchas cosas de las que hablar, necesitaban hablar desde hacía meses. Riku necesitaba hablar con Kairi como lo había hecho toda su vida, y Kairi necesitaba volver a formar parte de la naturaleza de su entorno. Habían muchas preguntas y respuestas entre ellos, pero el objetivo inicial se había cumplido: Riku se había abierto emocionalmente a su amiga, con tal de aclarar cosas que parecían obvias.
—Kairi... —El albino mantenía su mirada fija en el horizonte, intentando excusar de alguna forma el haberse enamorado de la persona equivocada. Sin embargo, ahora no necesitaba excusas, sino respuestas; y Riku comenzaba a recordar por qué Kairi había sido siempre su mejor amiga.— Pero tú le gustas a Sora... Y él te gusta...
—No, no creo que le guste. Creo que a él le dan igual estas cosas... ¿O no? —La chica se dio cuenta rápidamente de que se había desviado del objetivo principal de su interrogatorio.— Porque... Supongo que lo habréis hablado hace unas horas, cuando disteis una vuelta, ¿Verdad?
— Sí, bueno, más o menos —respondió el albino sin saber bajo qué piedra meterse ahora. La imagen completamente ficticia de él corriendo por la playa de la mano del otro chico se había desvanecido de su mente para ser sustituida por los recuerdos de aquello que había ocurrido en la cueva. —Pero... Mejor vamos por partes, que si no, nos hacemos un lío.
—Sí, sí, perdona. Tienes razón —aceptó Kairi, dejando paso a un suspiro aliviado por parte del contrario, gesto que no obvió en absoluto—. Entonces... ¿Qué te gusta de él?
—¿Qué...?
—Por decir algo, porque quiero que me cuentes todo —respondió la chica, haciendo énfasis en aquella última palabra.
—Bueno... ¿Pero qué todo?
—Todo, Riku. Tío, llevas meses enteros comportándote como un rarito con nosotros, me atrevo a decir que incluso has estado así por algo más de un año; esquivándome y prácticamente acosándole. —La pelirroja decidió exagerar un poco sus palabras, con tal de sacar un poco de contexto al contrario.— Y te la has pasado hablando prácticamente siempre de él, incluyéndole en cada conversación posible. ¿Tan difícil te es hablar sobre él ahora que sé la verdad?
—¿Tanto? —Al ver a la chica asentir con la cabeza de forma enérgica, comenzó a hablar, eligiendo bien sus palabras—: Pues... Él tiene un algo que me llama, es como si quisiera verle feliz siempre... Sí, su sonrisa me gusta, y... —Se había quedado en blanco por momentos. Sora podía significar muchas cosas para él, pero muchas de ellas ni las había admitido, ni estaba preparado para decirlas en voz alta, por lo que se decantó por lo banal.— Es muy... Bonito.
—Sí, es un regalo del cielo. —Riku se giró rápidamente hacia ella, con una expresión bastante sorprendida en su rostro.— ¿Qué? Tú mismo lo has dicho. Sora es precioso, y eso que no es el prototipo de "chico perfecto". No es alto, ni fuerte, ni tiene un pelazo, pero tiene un algo. Tal vez sea... No sé, esa carita de cachorrito.
—Sus ojos... Son bonitos.
—Sí, tiene ojos claros.
—Pero a demás, su mirada... —Completó el albino, intentando profundizar. Se había relajado sin darse cuenta, en presencia de la chica, como en los viejos tiempos. Ella, al notarlo, se dispuso a escucharle atentamente.— Es como mirar al cielo un día despejado de verano, es profunda y dulce... Él es muy dulce. Toda su persona es dulce. Su mirada es como magia, es como si me transportase a cualquier paraíso lejano. Es alguien que me trasmite paz, porque siento que jamás podría hacerme daño. Confío en él, y siento que él confía en mí... —Kairi quedó fascinada por momentos al notar cómo poco a poco la mirada del chico se iba iluminando de la pasión de hablar sobre la persona de la cual estaba enamorado. Su tono de voz ahora era dulce como el almíbar, y con los gestos que hacía parecía querer dibujarle delante suyo, como si acariciase la figura del chico que faltaba, como si estuviese delante de sus ojos; era como si le dijese todo lo que había querido decirle, todo lo que realmente opinaba de él.— Es un chico muy especial, ¿Sabes? Él se acercó a nosotros cuando nadie más lo hizo, y vio algo en nosotros; algo que ahora veo yo en él con más claridad que nunca. Es como si quisiese proteger esa sonrisa toda mi vida, con todas mis fuerzas. Siempre ha sido dulce. Desde su nariz respingona hasta sus gestos, esos gestos que podría contemplar para siempre. Y... Y sus labios... —Hizo un silencio de golpe, poniendo bajo candado lo que estaba a punto de decir. Había perdido su mirada en el horizonte mientras decía aquello, pero ahora volvía a tener los pies en la tierra, dándose cuenta de lo que estaba hablando y de la mirada que le dedicaba su amiga, que estaba entre reír u emocionarse.
—¿Cómo son...? ¿Cómo son los labios de la persona a la que amas...? —Ella, sin embargo, le dedicó una sonrisa tierna. Nunca había visto a su mejor amigo hablar así sobre nadie, y eso que Riku ya había besado antes. Riku había tenido "novias", pero jamás se había parado a hablar de los labios de nadie, y por algún motivo, aquel dato le pareció tan importante como enternecedor.— Los has probado, ¿no?
Ante esa suposición, Riku solo pudo poner cara de póker, mientras tragaba saliva y miraba de forma nerviosa a su amiga. Al no tener de qué sujetarse, sólo le quedó tragarse su orgullo y asentir despacio con la cabeza, rezando porque ella no se alegrara demasiado, ni montase mucho jaleo. Le daba vergüenza admitir que había besado a su mejor amigo, pero estaba ciertamente bastante feliz por ello. Era como si los hechos de aquella tarde hubiesen desaparecido por completo de su memoria, en el momento en el que la sensación cálida del cuerpo de su contrario junto al suyo volvía a hacerse presente como si soñase despierto, recordando los hechos de la noche pasada.
—¿Y...? ¿Cómo fue? ¿Cuándo fue? —Insistió Kairi, acercándose a él.
—Pues... No sé, creo que fue un accidente.
—En el amor no existen los accidentes, y seguro que lo sabes.
—Ya, pero es que ninguno de los dos lo había pensado.
—Eso es mentira. —La chica enarcó las cejas y ladeó la cabeza, burlándose de él.— Es mentira porque tú sí que lo planeaste. ¿Fue ayer?
—Si... Fue ayer —respondió Riku con la mirada en el suelo—. Pero no fue planeado. A ver, un poco sí, pero no creí que fuese a funcionar.
—Fue planeadísimo. Te lo llevaste a solas, a la playa, de noche. O eres un oportunista, o sobornas médicos para que den altas antes de tiempo; una de dos. —Kairi, por su parte, sólo rió.— ¿Cómo fue?
—¿Por qué te tengo que contar eso?
—Porque no me has contado absolutamente nada en los últimos meses, listo.
—Es que esas cosas son de las que hablarían las chicas... —Riku estaba deseando que la tierra le tragase a cada segundo que pasaba, mientras que Kairi sólo disfrutaba de verle así.
—¡Sorpresa! ¡Clap, clap, clap! Soy una chica, Riku. Va, va, cuéntamelo.
—Sólo fue un "pico" —Respondió secamente tras una pausa y un suspiro muy largo—. Y fue antes de dormirnos. Listo.
—Oh... ¿Besito de buenas noches?
—Sí.
—¿Y en qué habéis quedado? —Preguntó ella de golpe, sacando al contrario de sus casillas ante tal pregunta. Sin embargo, era normal que le preguntara aquello. Riku sólo había estado buscando la forma de obviar el hecho que desencadenó todo: la incertidumbre.
— En... En nada. No somos nada, solo fue un accidente, ¿Vale? —El albino respondió tan de golpe que incluso llegó a parecer agresivo, y esto descolocó a su amiga.
—Okay, I believe you.
—¿Estás... Siendo sarcástica?
—Sí. Ya te he dicho mi postura al respecto. Los accidentes en el amor NO existen. —Ella se cruzó de brazos, ahora mosqueada. Pero no estaba mosqueada porque sus amigos no estuvieran saliendo o porque no se aclarasen, sino más bien porque aquello no le cuadraba. —¿Entonces, de qué habéis hablado mientras andabais por el bosque? Porque habéis hablado, porque tú mismo me lo has dicho.
Riku, al verse descubierto, se quedó en silencio, intentando obviar la pegunta. Pero se le heló la sangre al notar que no le quedaban piedras bajo las que ocultarse. Buscaba desesperadamente la forma de mentir. No podía decir que se habían quedado en la cueva, porque lo más importante de su mentira era el "Sora se ha caído por una colina cuesta abajo y se ha hecho daño". Si esa mentira caía, podía darse por muerto. Kairi no podía descubrir qué le había hecho a Sora mientras habían estado en la cueva, porque su vida entera podía hundirse. Riku no sólo perdería a su mejor amiga, sino que esta seguramente se lo contaría a la madre de Sora, y perdería también a su mejor amigo; los rumores entre madres correrían, y la familia del albino no tardaría en enterarse. Y como un enorme efecto mariposa, su vida podía irse al garete, con tan sólo dejar caer la pieza correcta. No podía dejar que eso pasase. No quería aceptar las consecuencias de sus actos, por muy justo que fuese. Riku estaba totalmente arrepentido de lo que había hecho. Pero el caso era que no había golpeado un poco a su amigo jugando con las espadas de madera, sino que le había agredido a propósito; no le había dejado defenderse, le había golpeado con sus propios puños y con todas sus fuerzas. Y lo peor era que hasta cierto punto había disfrutado haciéndolo, viendo aquella cara bonita ensangrentada, y el cuerpo que había jurado proteger, temblando en el suelo. Entonces, cuando un nudo de culpa se formó en su garganta, el atardecer se tiñó de sangre ante sus ojos, y los sollozos que había oído hacía unas horas inundaron su cabeza. Pero no podía dejar que Kairi ni nadie supiese nunca eso. Mañana la chica vería llegar a su amigo, con heridas bastante graves pese a ser superficiales, con la cara hinchada a golpes, y seguramente con la misma mirada asustada que le dirigió al albino antes de volverse casa. Sora tenía que rodar sí o sí colina abajo para que la vida del albino siguiese su curso y sus actos no tuviesen consecuencia alguna. Entonces una idea maquiavélica cruzó su cabeza.
—¿Sabes, Kairi? A veces las palabras no salen. Sora y yo salimos a dar una vuelta porque queríamos hablar, pero hablamos de todo menos de lo que queríamos. —Al ver cómo la expresión en la cara de su amiga cambiaba, supo que su plan funcionaba, por lo que decidió continuar con este.— Y... Y yo conseguí aclarar todo menos lo que quería. ¿Pero sabes? Lo que ocurrió ayer entre nosotros fue una tormenta. Lo que ocurrió entre nosotros fue como una melodía que ahora no me puedo quitar de la cabeza. ¿Quieres que te diga cómo son sus labios? Kairi, sus labios son lo más dulce de él. El contacto fue corto, pero jamás había sentido tanto con tan poco, y ahora quiero sentir más. Sus labios son suaves y finos, su boca es pequeña, son como pétalos de rosa. Mientras nos besábamos estábamos abrazados, y sentía que nada podía salir mal; aún recuerdo cómo temblaba antes de envolverle en mi chaqueta, cómo fue sentirle entre mis brazos. Aún recuerdo esa sensación maravillosa de sentir su respiración tan cerca que mi pecho se volvía fuego; y recuerdo el querer engañarme a mí mismo pensando que aquello no era real.
«¿Qué tan mal está besar a tu mejor amigo? Cualquiera diría que es un error, un romance entre amigos, pero yo siento que no podría ser de otra forma. Siento que haber besado aquellos labios tan suaves y delicados fue lo mejor que podría haber hecho jamás. Y siendo lo mejor que he hecho, estoy seguro de lo que siento, aunque lo niegue en voz alta, estoy seguro de a quién amo. Estoy más que seguro de que quiero volver a tenerle en mis brazos, de que quiero proteger esa sonrisa con mi vida, de que quiero volver a sentir la dulzura de sus labios sobre los míos una y otra vez; pero puedo estar yo muy seguro y no hablar las cosas. Cuando salimos a caminar, estábamos tan convencidos de ser solo mejores amigos que creímos que estábamos mal, y que aquello fue un accidente; ni siquiera tocamos el tema. Supongo que hay que dejar que las cosas se enfríen, hay que volver a la normalidad antes de dar un paso seguro. Lo que ocurrió ayer fue una tormenta para nosotros, o al menos para mí. Sora se veía bastante incómodo hoy, así que decidí dejarle estar un poco, hablar de cosas banales y seguir como siempre, tanteando poco a poco el terreno. Tal vez nos tomemos de la mano en algún momento mañana, por probar, pero poco a poco.
«A demás, pasado mañana seguramente viajemos. No nos conviene empezar el viaje y una relación al mismo tiempo. Ahora... Ahora no es el momento. Y seguramente este viaje nos una a los tres un poco más, tal vez Sora y yo hablemos mejor cuando las cosas estén más calmadas entre nosotros, ¿no? Quiero decir, hemos dejado todo en buen rollo, seguimos siendo amigos, pero es por ahora; preferimos no tocar mucho el tema, y las cosas ya surgirán.
La actuación de Riku había sido perfecta. El brillo en sus ojos, la distracción y la sinceridad en sus palabras, todo. Pero tenía la lengua bífida. Riku había cambiado una verdad por otra con tal de salvarse. Aquel monólogo sincero sobre los labios de la persona a la que amaba parecía haber sido lo suficientemente pasional como para encandilar a la chica, quien le había escuchado con una expresión risueña en su mirada azul. En los labios de Kairi se había formado una sonrisa dulce, casi como enamorada, pero más de las palabras que de la persona que las decía. Ella había caído, pero porque Riku no había mentido al principio. Al principio había sido sincero, completamente romántico, pero a propósito, con tal de enajenarla con sus palabras y poder mentir de forma más fluida una vez ella hubiese caído bajo el encanto de la historia de un romance adolescente. Y es que las palabras de Riku habían sido muy reales hasta cierto punto. Era verdad que los labios de su mejor amigo eran lo más dulce que había probado, era verdad que estos eran suaves, y que él había temblado antes de ser tapado, era real que se habían abrazado y que Riku sintió enloquecer cuando notó su respiración cerca; cuando supo que aquello que ansiaba, por fin iba a pasar. Pero el resto de cosas eran mentira. Y Riku sentía una daga en el pecho a cada palabra que decía, sobre todo las que había robado directamente de aquellos suaves labios que había besado hacía casi un día antes. Riku se sentía culpable cuando hablaba de lo mucho que amaba a Sora, y luego, tras cada palabra, recordaba cada golpe que le había dado en la cueva, llevado por la ira; en vez de haber salido a caminar por el bosque y hablar. Riku había sido más sincero que nunca cuando dijo que amaba a Sora, y de eso no cabe duda, pero perdía la cabeza poco a poco, mientras más alejaba de él la sinceridad. Había movido de forma arriesgada la torre y el rey en aquel tablero de ajedrez, pero estas habían tirado la primera ficha en aquel enorme dominó que era su vida; y sólo le cabía rezar porque tomase el rumbo que él creía adecuado.
—Entonces estáis bien... —La chica por su parte suspiró aliviada— Temía que os distanciaseis de golpe, tenemos un viaje que llevar a cabo, y a demás me sabría muy mal que algo tan bonito acabase tan mal. Me alegra que de las tres posibilidades que habían, hayas elegido la más madura, Riku. ¿En serio la propusiste tú? —Cuestionó, sabiendo lo impulsivo que podía llegar a ser su amigo albino.
—Sí. —Respondió con una pequeña sonrisa. Riku había ganado.
Un día antes de partir, y Sora tardaba en presentarse en el pequeño muelle de madera de la isla pequeña. Pero cuando lo hizo se presentó con una enorme lona blanca de plástico fino entre sus brazos. Llegó extrañamente sonriendo a la playa, como si nada, cosa que desconcertó al chico mayor, quien volvió a su labor de buscar miradas. Sin embargo, la cara de Kairi, una vez se reunieron los tres, fue todo un poema. Las heridas de Sora eran peor de lo que había imaginado la chica, quien dirigía una mirada nerviosa al chico albino. Sora no se había resbalado por una ladera, definitivamente; cuando ella se caía andando entre la vegetación, no tenía heridas tan graves. El chico tenía hematomas, no raspaduras; y las heridas que se habían abierto no habían sido por rocas o por tierra, sino por impactos. Todo esto alarmó a la chica enormemente, ya que había hablado el día anterior con su mejor amigo, que era el último que se había acercado al castaño antes de que este se marchase a su casa. Tomó con frialdad las palabras románticas que le había dicho el albino la tarde pasada, pues ahora veía lo que realmente se ocultaba tras ellas. Kairi estaba algo confusa, pero sobre todo, horrorizada; pues se negaba a creer que el chico con el que había hablado ayer y con el cual había compartido su vida hubiera hecho aquello a la persona a la que decía hablar. Sin embargo, Kairi sonrió de vuelta cuando el castaño llegó.
—¡Mirad lo que he encontrado en el desván! —Dijo levantando aquella lona entre sus brazos— Ahora no hará falta coser la vela con lino. Esto irá mejor, ¿no?
—Primero de todo: "hola, buenos días"—Saludó la chica pelirroja mientras este se acercaba a ambos jóvenes—. Tienes... Ojeras. ¿Ha pasado algo? —Ella se acercó a abrazarle, como costumbre que tenían cuando se saludaban muchas veces.
—No, No, estoy... Bien —Respondió Sora, entre algunas risas—. Es solo que ayer me quedé hasta tarde, y hoy me desperté tarde en consecuencia.
—¡Hey...!—El albino hizo notar su presencia, levantando la mano para saludar al recién llegado.— ¿Has buscado esa lona para no tener que coser, Sora?
El castaño dio un casi imperceptible salto en cuanto oyó aquella voz, que le saludaba como si nada. Tragó saliva antes de girarse hacia él, y responderle:
—No... Bueno, es solo que la encontré, y... —Sora comenzó a excusarse como solía hacer cuando Riku se metía un poco con él. Intentando mantener la "normalidad" entre ellos, aunque las palabras se escurriesen entre sus labios sin mucha fuerza, como si no quisiesen ser oídas por nadie.
—Oye, ¿pero qué te ha pasado? —preguntó la pelirroja aprovechando que estaban los tres reunidos.— ¿Cómo te has hecho eso?
—Me... —Sora, sorprendido por la pregunta, ya que había intentado obviar el tema, dirigió una mirada temblorosa hacia Riku. La tensión podía leerse de forma clara en aquellos ojos aguamarina, que se volvían fríos por instantes. Era como una súplica y una amenaza al mismo tiempo. Sora podía casi oír las plegarias interiores que hacía Riku por que el menor no soltase toda la verdad de golpe. Azul y verde se fusionaron por un momento, y Sora no pudo evitar sentir cierto miedo. Estaba actuando por miedo, al ver cómo el chico de melena plateada clavaba sus ojos sobre los suyos como dagas; cómo sabía que si hablaba la consecuencia sería catastrófica para él, y a demás, podía llegar a arruinar la vida de su mejor amigo. Era una ironía de la vida, el cómo la verdad podía arruinar tanto la vida de alguien, y Sora ahora tenía mucho más poder sobre sus hombros del que había tenido Riku jamás. En aquel instante, el chico de ojos celestes podía hacer lo que quisiese, pues tenía información muy valiosa, con la que podría controlar al albino y prácticamente al resto de sus amigos. Podía decir la verdad y hasta decorarla, hacerse un mártir e incluso inventarse cualquier cosa; tenía pruebas de una agresión física, y si espabilaba, podía dejar a Riku como una rata total. "Pobrecito, el hijo de la viuda, que fue abusado sexualmente por su mejor amigo", "Riku es un monstruo, debería estar en prisión por intentar estrangular a ese chiquillo", "el albino no sólo peca de homosexual sino también de homicida, una vergüenza", "llevaba un machete, de su padre que fue al ejército"... Miles de escenarios, miles de excusas y miles de consecuencias. Pero aquello ni siquiera se le pasó por la cabeza al niño de ojos celestes y cabellos despeinados, Sora nunca había buscado poder, ni se le habría pasado por la cabeza el hacerle daño a uno de sus seres queridos. Sora jamás había ansiado el poder de manipular a los demás, y no tenía malicia suficiente como para delatar a su amigo, aunque fuese lo justo. No sólo porque tenía miedo, sino porque en aquellos ojos aguamarina podía leer en arrepentimiento, en vez de una amenaza; Sora había pedido piedad en sus sueños, y conocía bien a Riku, o eso creía. Si tenía algún problema con él, tenía que solucionarlo con él.— Me fui con Riku, a dar una vuelta. Fuimos al bosque, acabamos en las rocas al lado de la playa del este. Me caí, Riku me salvó y me ayudó a volver a casa; que a demás tenía que ayudar a mi madre. Le dije que se quedase, que teníais que acabar la barca.
Riku soltó un suspiro de alivio, lo más disimulado posible. Su vida había dependido de las palabras de su amigo, y este había ocultado la verdad y aceptado la injusticia en su propia carne. Riku sólo se enamoró un poquito más al darse cuenta de que aquellos ojos no le miraban con ansias de venganza, se enamoró al tener una prueba más de la pureza que residía en el corazón de su amigo; pero ahora no podía hacer mucho más que devolverle la mirada. Al albino se le escapó una pequeña sonrisa, una sonrisa muy pura, muy relajada; pero Sora había dicho todo aquello estando serio, aguantándole la mirada. Parecía que todo iba a salirle bien, y no pudo estar más agradecido en aquel momento de recibir aquellas palabras por parte de su amigo. Sobre todo, porque Sora jamás había mentido a Kairi, o aquello era lo que creía. Aquel cruzar de miradas implicadas entre sí fue como un pacto de sangre en el que las palabras no tenían lugar directamente. Era como si Sora le hubiese perdonado, sin embargo, sus ojos pedían hablar a gritos. Aquella mirada celeste, normalmente llena de inocencia, se veía contrastada por ojeras profundas, que parecían indicar a Riku que aquella noche Sora había pensado en todo lo ocurrido. Por algún motivo, esto le alegró, el hecho de pensar que Sora había pasado toda la noche llorando por él, por su causa, pensando en él; pero se arrepintió muy rápido de pensar así. ¿Cómo podía tener pensamientos tan turbios? Riku parecía estar tremendamente arrepentido, bajando la cabeza al rato de oír la sentencia de su pequeño juez de ojos de zafiro; sin embargo, dentro de su cabeza algo seguía yendo tan mal que deseaba que el menor pasase más noches pensando en él. Y lo peor de aquello era que volvía a salirse con la suya, pero esta vez mentía Sora, y lo hacía por él; aquello le llenaba de orgullo por algún motivo.
Kairi, por su parte, arqueaba las cejas, mientras su mirada paseaba de los ojos verdes a los azules sin descanso. Por algún motivo le preocupó la complicidad de aquellas miradas, porque no escondían cariño sino miedo. Y ella también temía, pero a que sus sospechas fuesen reales. Ella se negaba a creer nada sin pruebas, pero oír el suspiro sosegado de Riku le rompió un poco por dentro. No podía ser real, pero tampoco podía negar la verdad que se planteaba ante sus ojos. Sin embargo, aún no dijo nada, ya que decidió darle a Riku el beneficio de la duda, hasta que Sora no le delatase.
—Ahora... ¿Ahora estás mejor? —Preguntó la chica pelirroja con cierto tono de preocupación.
—Sí, sí. Ya ni me duelen —Dijo Sora con un tono sorprendentemente alegre. Era como si la voz de la chica le hubiese sacado de un trance, ya que pasó de estar serio a ser el mismo de siempre en milésimas de segundo. La sonrisa de Sora, por algún motivo, provocó un pequeño escalofrío en la chica.— Creo que deberíamos habernos ido por las colinas, allí no me hubiese resbalado tan fácilmente.
Y con esa frase, Sora sentenció a Riku a muerte. La sangre del albino se heló por completo, mientras mantenía una sonrisa gélida ante la afilada mirada de la chica. Riku quiso creer que nadie había oído aquella última frase, sin embargo, y por mucho que Sora quisiese encubrirle, la discordia entre versiones había dado su fruto. Ahora, cuando Riku intentó ir tras Sora, que iba a colocar la nueva vela de lona en la balsa, se encontró con la mano de su mejor amiga, barrándole el paso. Kairi, con la sangre hirviendo, colocó esta mano en su pecho, y muy delicadamente comenzó a girar a Riku, para que anduviese junto a ella hacia el lado contrario.
—Ni se te ocurra volver a traicionar a Sora —Fue lo primero que dijo, con una voz tan suave como amenazadora —. Ni se te ocurra volver a decir que le amas.
—Sí.
—Ni se te ocurra volver a mentirme —continuó Kairi, con una clara actitud pasivo-agresiva hacia el albino. Andaban por la playa sin mirarse, pero las palabras eran tan claras como las aguas que rodeaban aquella isla, y tan afiladas como las rocas de un acantilado—. No vas a volver a quedarte a solas con él, no vas a volver a hacerle daño. No voy a dejarte hacerlo.
—Kairi...
—No digas nada. Yo no diré nada al respecto, pero no es por decisión mía.—Ella paró de andar en seco, ahora clavando su mirada sobre los ojos del contrario, que miraban al suelo. La expresión de la chica era completamente dura, pero en lo más profundo de los ojos podía notarse que estaba sumamente dolida.— Sora ha mentido por ti, y tú no le mereces. No mereces que él haya ocultado lo sucedido sólo para no arruinarte entero, Sora ha tenido ese poder en sus manos, pero ha decidido no hacer justicia sólo porque te quiere. Sé consciente de lo mucho que vales para él, y lo poco que mereces a una persona así a tu lado.
Kairi hizo una pausa. Las palabras se atragantaban en su garganta al recordar las magulladuras dibujadas sobre la piel de su amigo. Algo poco a poco se rompía dentro de su pecho, las mentiras se clavaban en ella como miles de agujas ardiendo. Negó con la cabeza cuando Riku abrió la boca para hablar. Sora no había perdonado, no había olvidado, Riku jamás se le había disculpado, y ella desconocía cuán lejos habían llegado los puños, pero ya no quería ni imaginarlo. Kairi era consciente de lo que era Riku realmente, y eso aterraba al albino; todas sus mentiras y secretos parecían tomar fuerza una vez levantaba la mirada para encontrar el mar en los ojos de la chica; un mar que llamaba a la tormenta. Kairi apretaba los dientes dentro de su boca, su puño temblaba por salir disparado hacia la cara del contrario.
—Lo... Lo siento.
—Cállate. Yo no diré nada pero porque respeto la decisión de Sora. Si fuera por mí, habría justicia. —La niña no tenía ninguna intención nefasta en su interior, no quería ver el mundo arder, no quería ver a ninguno de sus amigos sufrir; pero sabía que uno de sus amigos había hecho mucho daño al otro. Estaba totalmente dividida, porque amaba con todo su corazón a los dos. Cada palabra que había salido la tarde anterior de la boca del albino había sido en vano, todas eran mentira a los ojos de la pelirroja, quien aún se negaba a creer lo que había hecho Riku. Riku era la persona que mejor la conocía, era uno de sus mejores amigos, ella había compartido su vida entera con él, y ella creía ilusamente que ella le conocía a él también. Pero el chico de melena plateada que se plantaba frente a ella con la mirada en el suelo le parecía un desconocido. —Riku... ¿Cómo has podido hacer eso, y después decir todo aquello? ¿Cómo has podido hacerle... a él, a él justamente que te quiere más que a nadie..? Él acaba de mentirme, y lo ha hecho por ti, porque eres su mejor amigo, porque te aprecia. Él acaba de mentirme, algo que no había hecho jamás... Sora nunca me había mentido a mi, y a ti tampoco; y sin embargo ahora te ha ocultado...
—Yo...
—No quiero oírte, Riku. —La chica levantó con suavidad la mano que no le temblaba, mientras que la otra la mantenía apretada en un puño. Ella cada vez se sentía más rota, y él, cada vez más arrepentido. Era como si ambos estuviesen corroídos por dentro. Pero la imagen con la que Sora había llegado a la isla, las palabras del albino la tarde anterior, todo; aquello derrumbaba el temple de Kairi por completo, que se contenía a más no poder por no empezar a gritarle de todo al chico albino, las ruinas de su paciencia eran suficientes como para no dejar volar aquel apretado puño que mantenía hacia abajo con toda su fuerza de voluntad. —Tus palabras... ahora me parecen mentiras, todas. Me duelen muchísimo, Riku. Me duele que me hayas mentido, me duele que nos traiciones así, me duele ver a mi mejor amigo... Me duele que seas tú quien haya hecho eso. Me duele que sea antes de nuestro viaje, Riku. Me duele todo lo que has estado haciéndonos... Sobre todo a él. Pero yo no diré nada, no quiero arruinarte así, no quiero faltar a la decisión que ha tomado mi otro mejor amigo; quiero justicia, sí, pero no quiero veros mal tampoco. Riku estoy... Estoy muy enfadada contigo, y decepcionada.
—Kairi, gracias. —Asintió tras un pequeño silencio que se hizo entre ellos.
— A mi no, a él.
La mirada celeste se perdía en el horizonte teñido de rojo mientras contemplaba el sol sumergirse en las eternas aguas del basto océano que rodeaba las islas. Era un pequeño ritual, el de mirar el atardecer desde la playa, que había seguido desde pequeño, pero ahora lo hacía solo, sentado en un muelle mientras las olas acariciaban las puntas de sus pies con suavidad. Había estado todo el día trabajando duro, con sus amigos, con tal de acabar la enorme balsa de madera; y allí estaba, preparándose mentalmente para zarpar al día siguiente. Sólo les faltaba atar sus barcas a la balsa, pero eso lo harían al amanecer, antes de zarpar; lo tenían todo planeado. Pero Sora parecía maldecir por dentro aquella balsa, que le llevaría lejos de todo lo que le quedaba, pero con todo lo que le quedaba. No quería dejar su casa, ni a su madre, pero incluso se planteó reconfortantemente si ella no viviría mejor sin un hijo al que mantener, estando sola. Sora se había planteado muchas veces al largo de su vida si no estarían todos mejor sin él de por medio, si alguien le echaría de menos. Siendo muy nihilista, ni él mismo se echaría de menos. Pero decidió no pensar más.
Riku y Kairi seguían siendo todo lo que él tenía, todo lo que le quedaba, más allá de su pequeña familia. Nunca había sido cercano con sus abuelos o tíos, ya que estos vivían en la ciudad, y pese a estar relativamente cerca, su madre pasaba demasiadas horas trabajando, y estos nunca venían a visitarles. Antes Sora iba con su padre a la ciudad bastante seguido, todo era más fácil. Recordaba que su padre tenía dos botes: uno de remos blanco y una pequeña lancha a motor negra, con la que habían viajado más de una vez a la isla grande, a visitar a su familia. Recordaba nostálgico cómo su familia le hacía regalos y le preparaban tartas para su cumpleaños; sin embargo, con el paso del tiempo los regalos dejaron de llegar; la tarta se convirtió en llamadas o mensajes, y la familia, poco a poco fue convirtiéndose en un grupo de desconocidos. Eran tan distantes que ni siquiera les echaba de menos, no habían estado presentes en su vida jamás; sin embargo creció sintiendo que le faltaba algo. Desde la muerte de su padre, a Sora le faltaron muchas cosas que jamás se atrevió a pedir. Para empezar, le faltó su padre a su lado en los momentos más importantes de su vida; luego le faltó la atención de su madre, que le daba todo lo que podía pero nunca estaba en casa; le faltó la familia con la que había perdido el contacto, le faltó confianza en sí mismo... Con la muerte de su padre también había perdido una parte de sí, que quedó enterrada muchos años atrás, tres metros bajo tierra, junto con algo de su infancia. Pero ya no era un niño, aquello había quedado lejos, o eso creía. Se repetía a sí mismo lo adulto que era con tal de superar aquellas inseguridades que le atormentaban, sin embargo, aún no estaba preparado para zarpar y dejar el nido; con catorce años recién cumplidos, nadie lo está.
Pero allí se encontraba, dejándose arrastrar por una corriente, tal y como había prometido no hacer; y se odiaba enormemente al notar que no había cumplido ninguna de sus promesas hasta la fecha. Las ansias por comenzar a cambiar crecían en él a cada hora, las ganas de salir de aquella situación eran cada vez mayores, pero hacía menos de veinticuatro horas que se había prometido aquellas cosas; se estaba precipitando. Y su mayor miedo ahora mismo, era no ser capaz de dar el cambio. ¿Se quedaría así para siempre?
—¡Sora! —llamó una voz femenina que le sacó a patadas de sus propios pensamientos.— Te he estado buscando, ¿Me puedo sentar contigo?
—Kairi... Claro. —Al chico le sorprendió enormemente aquella pregunta, haciéndole hueco a su amiga a su lado.
—Mira lo que he estado haciendo... —Dijo sacándose un pequeño abalorio hecho de conchas del bolsillo en forma de estrella. Se sentó al lado del chico y le tendió la mano, dejándole tomar entre sus dedos aquel extraño objeto.
—¿Qué es...? —Sora lo miraba de reojo. Podía recordar cómo Kairi buscaba conchas de diferentes tamaños al largo de aquellos días, sólo para dar con la concha perfecta cada mucho tiempo. Era un extraño llavero en forma de estrella, al cual la chica le había dibujado cara y pelo en una de sus puntas. Las conchas eran de varios colores que iban desde el rosa de sus puntas al amarillo del centro. Del otro lado, sin embargo, las conchas eran azules, de tonos más fríos, y se podía ver cómo variaban estos colores según la luz del sol les diera.
—Es un amuleto de la suerte. —Ella dirigió su mirada al chico, que inspeccionaba aquel talismán de extrañas formas entre sus manitas.— Estoy haciéndolos para nosotros tres...
—¿Son conchas thalassa? —Adivinó el castaño.
—¡Bingo! —Atajó ella.— Los marineros de aquí, de Destino, las usaban en los viejos tiempos para asegurarse de tener un "Bon Voyage", que significa, un buen viaje. Con estas conchas ellos se sentían protegidos de todos los espíritus oscuros que rondaban flotando sobre las aguas.
Sora bajó la mirada hacia el amuleto... ¿Podía ser que la noche anterior se hubiese encontrado con alguno de estos "espíritus oscuros" de los que hablaban las leyendas?
—He creado este amuleto por si... Ya sabes, ocurriese algo y nos separásemos. Así siempre volveríamos a encontrarnos.
—¿Crees en la suerte u el destino, Kai? —Preguntó Sora, levantando la mirada.
—En la suerte... Un poco. Pero creo que el destino está en nuestras manos en su gran mayoría. —Ella simplemente dirigió su mirada hacia el chico, clavando aquel mar azul en el cielo despejado que se dibujaba en la mirada contraria. Siempre había admirado aquellos ojos azules, llenos de pureza.— Pero... Quiero saber qué hago aquí, de dónde vengo en realidad, por qué no me parezco a nadie de este lugar; quiero saber qué me depara el futuro entendiendo mi pasado. Porque... ¿Estoy aquí por alguna razón en concreto? Quiero saber si el destino existe, o sólo depende de nosotros.
—Hm... ¿Entonces por qué haces un amuleto?
—Porque... No sé, Sora. No creo que mágicamente nos vayamos a encontrar, pero es algo que puede mantenernos unidos. Quiero decir, si tú te alejas de mi, y pierdo el norte, al ver este amuleto me acordaré de ti, y no dejaré de buscarte... Y... —Kairi sólo hizo que bajar la mirada, estaba tranquila, pero se había ido poniendo roja por momentos, mientras hablaba. — A ver, tampoco creo que vaya a olvidarte. Suena cursi, ¿no? Pero...
—Es algo muy simbólico, Kairi... —Respondió el chico, mientras en sus mejillas también florecían rosas. Por un momento, la mirada del chico se iluminó como el cielo de verano, y ella entendió el por qué de que Riku estuviese perdido por aquellos ojos azules.— Es bonito, no creo que sea cursi.
Sin embargo, cuando devolvió el amuleto a su amiga su mirada volvió a pagarse como una llama bajo el mar, perdido en el horizonte en el que aquel sol no acababa de esconderse. Los atardeceres en las Islas del Destino solían ser bastante largos, y la gente disfrutaba de aquella luz dorada por unas pocas horas. Fue cuando aquella luz dorada tocó los brazos del chico cuando ella se dio contra la realidad de golpe. Contando todos los moretones, rasguños y golpes, tocó de pies a tierra. Ahora ella no se encontraba segura de zarpar. Quería ser egoísta, quería conocer su pasado cuanto antes, descubrir quién era Kairi en realidad, pero no podía ignorar aquella situación tampoco. ¿Tal vez podían darse un par de días de margen?
—Sora... ¿No te parece que Riku ha cambiado? —Preguntó, frunciendo ligeramente el ceño con un tono preocupado.
—No... ¿A qué te refieres? —Preguntó Sora, saltando a la defensiva con aquella pregunta. Su corazón dio un vuelco al notar que la mirada que le dirigía su amiga era más bien sarcástica. Sora era consciente de que las mentiras tienen patas cortas, pero Kairi era compresiva con él, no iba a hacerle un interrogatorio.
—Hum... —Ella bajó la mirada hacia el agua el mar había permanecido tranquilo aquel día, y según sus cálculos, mañana sería el día idóneo para zarpar; venía preparándolo hacía meses, y no podía permitirse el lujo de esperar a otro día de buenamar, porque no sabía si habrían muchos más en el mar del Norte, hacia donde se dirigían. Si cambiaba algo de su meticuloso plan, podría jugar peligrosamente con la vida de sus amigos y la suya; no iban a ir en lancha ni en un barco pesquero, hablaban de una balsa, grande, con tres botes de remos atados a ella; sería difícil pero podían hacerlo. Era arriesgado si se salían del margen, Kairi tenía miedo a dar el paso, sentía miedo al mar por primera vez en su vida. —¡Sora! Zarpemos nosotros dos solos, ¡juntos!
Aquella proposición hizo saltar el chico, dirigiéndole a Kairi una mirada confusa y sorprendida. ¿Le estaba proponiendo una huida? La idea de irse con ella no sonaba mal, pero no le gustaba dejar a Riku. El albino tenía más motivos para zarpar que Sora, tenía más ganas, y aún se necesitaban mutuamente. Seguían siendo amigos, al fin y al cabo.
—¡Es... Broma! —Soltó finalmente la chica, entre risas, al contemplar la cara que hacía Sora al oír aquello. En parte le gustaba verle así, se le hacía tierna la expresión que tenía en el rostro. Pero en parte, también lo había dicho en serio. No le desagradaba la idea de zarpar a solas con Sora, y tenía un mal presentimiento a cerca de Riku. Sus instintos le decían que algo entre ellos tres iba a ir muy mal, peor de lo que estaba yendo, y que sería el albino quien complicase las cosas. Ella sabía que Riku era alguien protector, era alguien en quien podía confiar, ella le quería muchísimo; pero también conocía lo egoísta que podía ser y desconocía lo lejos que podía llegar por sus ambiciones. Y viendo cómo había dejado a la persona a la que decía amar... ¿Cómo podría ser con alguien a quien odiase? Aquellas conclusiones atormentaban a la chica, que ocultaba tras risas su preocupación por la situación en la que se encontraban.
—Eres tú la que ha cambiado, Kai. —Se burló el chico intentando seguir la broma, con tal de evitar hablar de lo ocurrido.
—Puede... Puede que sí. —Un silencio se formó entre ellos, mientras que ella se planteaba qué era lo que iba a decirle a su amigo.— ¿Sabes...? Al principio... Tenía un poco de miedo de zarpar. Es mañana, pero ya no estoy asustada. Creo... Estoy segura de que podré hacerlo...!
— Wow... Nunca pensé que Kairi tuviese miedo al mar. —Sora decidió picarla un poco con tal de sacarle una risa y verla mejor. Admiraba la determinación de su amiga por encima de todo, pero aún así decidió meterse un poco con ella para calmar aquella mirada temblorosa. Sabía que si lograba hacerla reír, estaría mejor. Sin embargo, tras las risas la respuesta fue otra.
—¡Claro que no, bobo! Pero... Es respeto. A veces hay que respetar para entender, y para ser respetado.
—Oh... Profundo.
—Sí, como el mar en el que nos podemos morir ahogados como no tengamos cuidado mañana. Por eso hay que tenerle respeto... Pero no tengo nada que temer, siempre que ocurra "algo" puedo volver aquí. Este es mi hogar por encima de todo...
—Mi hogar... Mi hogar es donde estéis vosotros. —Respondió el chico con la mirada clavada en las olas mientras esbozaba una pequeña sonrisa cargada de ternura.
—Sora... Vayas donde vayas, estaremos contigo. —Y poco después Sora se vio envuelto en la calidez de sus brazos, a la cual poco a poco fue correspondiendo.— Nunca cambies, Sora.
Y tras estas palabras, el chico tragó saliva, sin ser capaz de mirarla a los ojos. Por dentro el remordimiento de haber mentido a su amiga aquella mañana comenzaba a arderle, y es que Sora era quien más había cambiado de los tres, pero nadie se había dado cuenta; nadie salvo él mismo. Sin embargo, pese a haber cambiado drásticamente en su forma de pensar, seguía siendo alguien muy puro, seguía teniendo un buen corazón, que le impedía salir bien parado tras mentir a un ser querido. Pero aunque Kairi ya supiese la verdad, no le diría nada, porque conocía a su amigo, sabía por qué había mentido y el daño que podía hacerle si le decía de lo que se había enterado. Prefería que se lo contase él, cuando estuviese preparado; no le iba a sacar nada a Sora con pinzas. En cambio, él simplemente asintió, para luego levantar la mirada por encima del hombro contrario, llevándola hacia una silueta solitaria que contemplaba el atardecer apoyado sobre el árbol de las frutas paopu.
Ella, al notar tal mirada, no tarda en responderle:
—¿Vámos con él...? —Dice, mientras comienza a ponerse el pie, por lo que Sora sólo la sigue con la mirada.— Es nuestro último atardecer en esta isla... Al menos hasta dentro de mucho tiempo. Podríamos verlo juntos, como en los viejos tiempos...
—Sí... —Sin embargo, cuando se dispuso a ir tras ella, una vez de pie, volvió a abrir la boca.— Kairi.
—Dime.
—Ayer... Ayer pasó algo. Bueno, pasaron muchas cosas, pero hay un algo en concreto que debería contarte antes de...
—Sora... Ya sé lo que pasó, lo de Riku. Sé qué pasó entre vosotros, y sé qué pasó después. —Ahora, la expresión de Sora había cambiado completamente mientras ella volvía sus pasos hacia él, y buscaba sujetar las manos entre del chico entre las suyas; con tal de trasmitirle calma.— No voy a juzgarte, no estoy enfadada. Te lo prometo, te prometo que no me enfada que me hayas mentido, ni que haya pasado lo que sea que haya pasado... Pero por favor, prométeme que me contarás las cosas, no te calles... Sora, confía en mi, en tu amiga, por favor. Te quiero muchísimo, no quiero que te dejes hacer nada de esta forma. ¿Sí...?
El corazoncito de Sora dio un vuelco al oír todo aquello, y con cara de póquer, tal y como había hecho Riku la tarde anterior, simplemente asintió. Y anduvo tras ella, tragándose sus palabras, como siempre. Ahora simplemente le era difícil decirle lo que había visto y vivido la noche anterior. Ahora su cerebro volvía a Riku, a lo que había ocurrido con él y sobre todo, a lo que había ocurrido entre ellos, mientras andaban hacia él para contemplar el atardecer. Ahora aquello que quería parecer un accidente era algo obvio que nadie parecía querer olvidar. Y a cada paso que se acercaban al árbol, y al chico, su corazón latía más fuerte. Como hacía dos noches.
