Disclaimer: Los personajes son de Rumiko Takahashi. La trama me pertenece en entereza aunque a ustedes no les parezca.

Advertencias: Este fanfic contiene lemon y temática incesto. Kikyō aparece y no es la hermana de InuYasha. Si esto afecta su integridad ¡por favor! No lea y evite postear comentarios ofensivos hacia los personajes que utilizo y cómo lo hago. Recuerde que esto es parte del IC.


[FCC]

[Capítulo 6]


Se secó las lágrimas de un tirón, con la manga derecha de su abrigo de dormir.

—Esto es estúpido —se ahogó los propios insultos y exclamaciones dañinas de odio puro hacia InuYasha, prometiéndose mentalmente no volver a dejar que él le pusiera las manos encima—. Que se folle a una rata si eso le complace más.

Y crean, que cuando me refiero a odio puro, lo es.


Pasó su lengua por el lóbulo de la oreja de la pelinegra y ambos suspiraron. Todo era tan diferente, tan fino e incluso, se atrevía a decir, mucho menos cansado. Hacer el amor con Kikyō era transportarse, eran tener sensaciones muy contrarias a las que podría haber sentido con otras mujeres. En determinado caso, cuando estaba con su novia, se sentía tranquilo, la verdad es que se quedaba satisfecho pero con las fuerzas suficientes para jalar un tráiler quince segundos después de habérsela follado.

Kikyō movía las caderas, las manos y absolutamente toda su anatomía como si lo estuviera calculando; ella era tan elegante y delicada que incluso sus suspiros ahogados de placer se confundían con el soplar pausado del viento en la noche o en el día (dependiendo del clima, incluso, porque cuando llovía apenas sabía que la tenía entre sus brazos). Pasaba las manos por su cuerpo como si tocara algo excesivamente delicado e incluso sus embestidas lo eran. No sentía que desarrollaba toda su potencia, porque para follar con Kikyō se necesitaba estilo.

Con Kikyō estaba tan concentrado de las cosas a su alrededor que muy difícilmente se podía distraer con ella. Estaba atento a todo y su cerebro incluso trabajaba en cosas como el trabajo y los problemas. Nunca podría confundir nada cuando estaba con Kikyō. Todo estaba bajo absoluto control, así como ella. Y era tan estúpidamente diferente a hacerlo con Kagome.

Porque si lo pensaba así, detestaba sentirse tan perdido en las sensaciones que podía experimentar junto a Kagome. Aún recordaba y estaba seguro de que si se lo volvía a hacer, su hermana sería la pérdida de sus sentidos. Esa mujer lograba descolocarlo sólo con una mirada. Y sí, adoraba sentirse así de estúpido teniendo a la azabache entre sus brazos, porque desde la primera vez que la probó supo que siempre sería suya. Aunque ya no estaba tan seguro.

Qué contradictorio.

—InuYasha…—pronunció Kikyō, con un suspiro tan controlado que pareció de película.

No quería pensar en Kagome. No deseaba empezar a recordarla en los viejos tiempos porque era verdad lo que le había dicho: la deseaba con la misma intensidad dañina de siempre. Y ahora estaba su nueva mujer, con la que se supone, había decidido compartir su vida. Salió de Kikyō, colocándose a su lado para acompasar la respiración (no por el hecho de que fuera tan metódica era menos placentera) y suspiró, mordiéndose el labio en un reflejo impuro de desesperación. No era sano lo que andaba por su mente, no era lo que realmente debería estar pensando, pero es que le era inevitable. Kagome era la mujer que lo volvía loco con un esfuerzo casi nulo, ella era diferente, era obstinada, apasionada, loca…

Cuando estaba con ella (cinco años atrás) sentía muchas cosas, mirarla le gustaba, se sentía extasiado, le encantaba ayudarla en cualquier sentido y protegerla de cualquier cosa, excepto de él y su deseo enfermizo. No, él le hacía daño a su hermana, después de todo.

¿Aceptar de una vez por todas que su vida ya estaba hecha junto a la mujer que estaba a su lado en esos momentos? ¿Dejar ir el capricho más grande de su vida cuando sabía que no podía vivir sin ella? Kōga, infeliz. Si él no hubiese aparecido en la vida de Kagome, él no habría tenido que obligarse a cumplir con su palabra de arriesgarse a vivir con Kikyō tan pronto.

—Todavía no entiendo tu afán de traerme a vivir contigo—comentó recelosa, enredando sus dedos fríos y pálidos en el collar de InuYasha, preguntándose internamente por qué su novio se aferraría tanto a él.

El Taishō permaneció con el ceño fruncido, siempre tan serio. Por supuesto que de ninguna manera tenía la más mínima intención de decirle a su mujer (ya que lo era, sí, nadie confunde la palabra «mujer» con «esposa». Aunque si lo pensaba más cínicamente y como estaba la situación con Kagome, no estaba realmente seguro de que Hishā llegara a serlo). Bien, no iba a decirle que su decisión resultó de un momento de celos, ira y miedo incontrolables que su bonita hermana le había causado al decir que le gustaba su estúpido jefe que era, para colmo, primo de Kikyō.

Mucho menos.

—No quiero que sigas sola. Es todo—se ahorró de decirle un montón de cursilerías, a la final.

—Es un Kotodama—murmuró extasiada, más por el atractivo de su hombre, que por la rareza de la joya—. ¿Eh? —Abrió los ojos con desmesura, repentinamente, casi asustada por la reciente acción.

—Me lo dio mi hermana—aflojó un poco la rudeza de su agarre, percatándose de su falta de tacto. Que Kikyō lo perdonara, pero estaba demasiado estresado; por ella misma, su hermana y su trabajo—. No lo toques.

Bajó la mirada, avergonzada y quitó la mano del torso de InuYasha. Escondió la mirada bajo el flequillo y giró la cara, despegándose lo suficiente de su pareja como para que se diera cuenta de que quería que se levantase de la cama. Estaba amaneciendo y el sol comenzaba a verse pálido por el cielo azul oscuro: las seis de la mañana, probablemente. Kikyō suspiró, afligida, cuando sintió cómo el colchón se estabilizaba sin el peso de InuYasha. No lo miró. No iba a rebajarse.

Se había pasado de estúpido y no era la primera vez. No es que InuYasha la maltratara físicamente o la insultara, pero desde que lo conoció supo que había algo extraño en él, sin embargo, cuando regresaron de Inglaterra, supo que eso se había intensificado: InuYasha estaba enamorado de alguien más, o por lo menos, estaba follándose a alguna zorra. Por Dios, ella era una mujer y una mujer inteligente como ella, se daba cuenta de esas cosas. Los hombres solían ser demasiado obvios. InuYasha la estaba hiriendo.

Necesitaba hablar con Kagome, desahogarse. O con Sango, pero necesitaba a su cuñada. Kagome se había convertido en su confidente, confiaba en ella a los ojos cerrados, metía las manos al fuego por Kagome. Ella era una mujer sencilla y una excelente persona, amigable y trabajadora. Kagome era todo lo que cualquier hombre deseara tener y era por eso que entendía el afán de InuYasha por protegerla o celarla con algún pretendiente: su hermana una mujer excepcional y aunque pareciera mentira, la admiraba.

Pero InuYasha le estaba poniendo los cuernos con sabría Dios qué zorrilla esquinera. Pero juraba que cuando lo descubriera, le dejaría a InuYasha las cosas bien claras. Además, Suikotzu aún no dejaba de llamarla.

—¿Ya vas a salir? —No lo miró ni un solo segundo. El día ya estaba en vigencia y nunca se dio cuenta en qué momento InuYasha tomó una ducha y se vistió elegante para sus labores.

—Es tarde —miró su reloj confirmando la hora: 06: 34 am—. Quiero pasar a tomar algo por la casa.

Ya supo Kikyō que cuando hablaba de «casa» se refería a la de sus padres.

—¿Quieres que llame a Tōga o a Midoriko-sama para avisarles que vas? —esta vez, un brillo de malicia pasó por sus orbes chocolates oscuras, tan oscuras como los celos y la desconfianza que comenzaban a acrecentarse y perturbar su paz y parsimonia natural.

—No es necesario. Estaré allí, si piensas que te estoy mintiendo—InuYasha se ahorró el suspiro cansado: qué demonios estaría pensando Kikyō. Llevaban algunos años siendo novios, pero nunca habían experimentado la aventura de vivir juntos y no estaba seguro, pero ella empezaba a comportarse extraña, además de celosa. Solo llevaban una semana de convivencia, pero esos detallitos comenzaban a destruir su relación.

—Solo espero que esto funcione —agachó la mirada, leyéndole la mente.

InuYasha se conmovió: no esperaba herirla de esa manera. Ya se lo decía Kagome: era un imbécil. Caminó hasta su mujer y la tomó del mentón, plantándole un beso casto en los labios, tan controlado como siempre, sin alterar una sola efímera fracción de hormona en su ser.

—Yo también, Kikyō. Créeme. —Porque tengo que convencerme de que Kagome nunca será para mí.

Salió del departamento, dejando a una desolada Kikyō, que no supo si llorar a empezar a arreglarse para salir a su trabajo.


—La culpa no es mía, Miroku. —Tecleó algo en su computador, dando por terminado el informe.

—InuYasha, realmente eres un imbécil ¿sabes cómo está de cabreada contigo, Kagome? —Profirió el joven—. Me decepcionas en serio, InuYasha, no creí que te atrevieras a tanto —intercambió su idioma natal por un inglés cargado, saliendo de la rutina. Ya no sabía en qué idioma hablarle.

—¿Qué querías que hiciera, aplaudir?

—No fue una promesa que llevarías a vivir contigo a Kikyō y ahora las tienes heridas a ambas. —Le recordó, firmando los documentos restante en el escritorio.

—Juro que si ese maldito de Kōga sigue seduciendo a…

—Ojalá y Kikyō te pusiera los cuernos y Kagome de verdad se consiguiera un amante.

—¡Nunca! —Lo fulminó con la mirada. Pensar esas posibilidades lo enfermaba. Quería mucho a Kikyō; pero por sobre todo, Kagome era suya y aunque le costara los huevos, no iba a renunciar a ella.

O tal vez sí…

¡A la mierda!

—Voy a almorzar. —Anunció Takeda, levantándose al fin. Su amigo tenía muchas cosas en qué pensar.

—Al rato te alcanzo.

—La verdad…—Miroku se sonrojó, olvidándose de los problemas del Taishō para concentrarse en su felicidad.

—¿Por qué pones esa cara de imbécil? —InuYasha casi soltó una carcajada cuando vio la cara de enamorado idiota que traía su amigo. A veces lo envidiaba—. ¿No me digas que aún pretendes a Sango?

Miroku entrecerró los ojos… No se había vuelto de Inglaterra por él. El muy cabrón sabía que estaba enamoradísimo de Sango. Y que era un pervertidísimo, también.

—¿Y por qué crees que me vine con ustedes, jodido kisama?

InuYasha soltó una carcajada, por el insulto de su amigo al decirle que era un «rey de los asnos». Además, estaba muy sonrojado como para ponerse más serio, porque generalmente era un pervertido, un jodido hentai muy alegre.

Panchira. —Bromeó InuYasha, gustoso.

—¿Cómo dices? —Miroku casi saltó. No recordaba haber estado espiando las ropas íntimas de mujeres en los últimos dos años, así que InuYasha no tenía por qué llamarlo «Panchira».

—No lo niegues, que cuando Sango te descubrió, casi te quedas sin hijos —rió divertido, olvidándose un poco de todos los problemas—. Te hizo un Tamakeri no muy placentero, eh.

—Oh, cállate barazoku.

¿Maricón? ¿Qué era lo que le pasaba a Miroku?

—Ve, come con Sango. —Quiso evitar la sonrisa que se le asomaba instintivamente.

—Al rato te veo.

Oh, sí, Miroku tenía un gran trabajo para seducir a Sango. No era una mujer fácil.


—Me encantaría que me siguieras contando, Kikyō, pero en este momento tu primo me está llamando—miró para su jefe, que la observaba con los ojos brillantes.

Del otro lado de línea, Hishā se sintió mal. Estaba en la hora del almuerzo, así que era el único momento en que podía hablar con Kagome, pero sabía lo que Kōga sentía por su cuñada y conociendo a su primo, sabía lo persistente que era. Bufó.

—Nos vemos el fin de semana, Kagome. —Y la aludida concordó feliz. Cerró la llamada.

Le había dolido en lo más hondo enterarse que su hermano se había ido a vivir definitivamente con Kikyō, cosa que le afectaba bastante incluso en el terreno profesional, aunque intentaba que eso no interfiriese, sus sentimientos por InuYasha eran mucho, mucho más fuertes y aún no podía sacárselo de la cabeza. Observó la mirada lasciva de su jefe escudriñarla de pies a cabeza, nublándose de a poco con el deseo y la locura. Tragó fuerte. Le gustaba Kōga, sí, pero no deseaba que él le calentara la cama. InuYasha, de hecho, era el único ser en el mundo que había profanado su cuerpo.

No era algo de lo que se sintiera demasiado orgullosa, después de todo. Diablos, qué les diría a sus hijos algún día.

—¿Almorzamos, Kagome? —Le extendió la mano, sintiéndose casi nervioso. Esa mujer le fascinaba.

—Tengo trabajo…

—Lo puedes dejar para después. —Era un orden y no una invitación con opción a poder ser rechazada, dedujo Kagome. Se forzó a sonreír, con el medio desbordándole por los poros.

—Sí, claro.

Estaba pisando terrenos peligrosos.


—¡Todo ha sido tu culpa, Tōga!

Agradecían a Dios que su templo estaba lo suficientemente alejado de los vecinos para que presenciaran esa caliente y delicada discusión. Midoriko gritaba desde un extremo de sala con las lágrimas evidentes por su rostro, de ira, de miedo, de culpa…

—¡No digas tonterías, mujer! ¡Cállate! —Reclamó Taishō, tratando de no perder un poco más la paciencia.

Ese día, InuYasha había pasado a desayunar con ellos, muy temprano por la mañana. Tuvieron una conversación furtiva y caliente, con confesiones y juicios de valor subjetivos que a la realidad, dejaban mucho qué desear. Y sí, a la final de todo, InuYasha había parafraseado que aún deseaba a Kagome como mujer y aunque nunca ellos se lo hubieran confesado, no eran tontos: ellos habían follado. A Midoriko, como madre, le dolía que en su familia se diera ese fenómeno tan pecaminoso llamado INCESTO (así como dice en el Summary de esta historia) y todo era culpa de sus malditos errores de antaño. Si tenía que culpar a alguien, culpaba a su marido.

—La muerte de Naraku y de…

—¡Una muerte que tú misma provocaste —irrumpió con vehemencia, mirándola con ira— por tus celos estúpidos! Irasue era..

—¡No eran celos y lo sabes, Tōga! ¡Fue un momento de vida o muerte! ¡Ella iba a matarme y yo estaba embarazada de Kagome!

Se tragó cualquier otra declaración. Midoriko tenía un secreto que se llevaría a la tumba y después de tantos años de casados, Tōga, su marido, no sabía de su engaño, engaño que él sospechaba hasta esas alturas, pero que jamás se atrevería a confesárselo. Sin embargo, la parte de negra de Tōga sí estaba al descubierto, porque ellos habían sido una aventura y a la final del día, ella y él cargaban con dos asesinatos en sus conciencias. Asesinatos en defensa propia, pero asesinatos, que quedaron enterrados en una noche tormentosa de Noviembre de la que ellos nunca podrán escapar. Ni siquiera veinte años después.

—Que InuYasha nunca se entere de que Kagome…solo es su media hermana.


Continuará…

Yo sí les dije que los padres de InuYasha guardan secretos raros. Tranquilas, nenas, que a medida avanzan los capítulos, nos iremos enterando de muchas cosas negras que envuelven al matrimonio Taishō-Higurashi.

Maylenkou Taisho.

KEwords.

Jazmin L.

Guest.

Bulbriouji.

Guest.

Elvi.

Levi90.

Akiko mart.

Eagle Gold.

Miss Lobita1.

Sango333.

Guest.

Kagie333.

Aomesango21.

Rosa-Kagome.

Raquel Cisneros :')

Karol Morales/ Se repitió tu review, linda :')