CAPÍTULO 6 - EL ANDEN TREINTA Y NUEVE CUARTOS

"¡¡RRRIIIIINNNGGG!!" La campana del despertador sonó. Enrique le andaba todavía por el séptimo sueño y sin intención de dejarlo. Jaime, que dormía en la parte baja de la litera, había tenido la precaución de ponerse unos tapones para las orejas y parecía muerto de lo profundamente dormido que estaba. Los dos estaban tan sopa que no oyeron como una figura surgía entre las sombras, apagaba el despertador y, sin quererlo ni beberlo, les echaba un cubo de agua helada a cada uno. Los gritos de susto de los dos muchachos se oyeron en Cuenca. "Venga, chicos, que vais a perder er tren", dijo la señora Pelaez mientras cogía los dos cubos y se marchaba por la puerta sin siquiera mirarlos.

Una vez lavados, vestidos y peinados, bajaron a desayunar. En la mesa del Caldero Chorreante se hallaban todos los miembros de la familia Pelaez sentados, pero solo parecía que se encontraban presentes el señor y la señora Pelaez. Tomás se encontraba en tal estado catatónico que se había puesto la corbata en la frente y miraba con vista perdida su vaso de leche al que por error le había echado serrín en vez de los cereales ("Tiene un regustillo a bosque esto" se le oyó comentar). Jaime y Enrique, los dos también como dos zombies, se sentaron en la mesa y saludaron con un fantasmal y monocorde "Aaaa" mientras cogían el zumo de frutas y lo mezclaban con el café.

- Buenas noches chicos. ¿Habéis dolmido bien? - dijo el señor Pelaez casi a punto de partirse la caja.

- ¿Eeeeh? - gruñeron los tres chavales a la vez, girando la cabeza - Aahhh... Mm-mm

- Pues venga, a tomarse er desayuno, que eso espabira a un muerto... ¡Cuidado Tomás, que estás mojando ra corbata en ra reche, coña! Comete primero er serrín y ruego te tomas ra corbata si quieres, ¿vale?

Pero antes de que la señora Pelaez terminará de hablar, los tres se habían quedado dormidos, cada uno en una postura diferente: Enrique con la cabeza sujetada por un barquillo, Jaime sorprendentemente mantenía el equilibrio con su cabeza mientras dormía y Tomás se había dejado caer encima de la leche. Los señores Pelaez se miraron y se guiñaron mutuamente el ojo. Él sacó de su bolsillo un trozo de papel, le hizo forma de embudo se lo puso en la boca y gritó: "¡Milad, que está aquí la Elsa Pataky!". Efecto inmediato. Tres cabezas se estiraron al unísono mientras seis ojos se abrieron de par en par buscando a la famosa. Pero no la encontraron. En su lugar vieron dos bultos tirados en el suelo retorciéndose de risa que resultaron ser el matrimonio Pelaez. En los ojos de los chicos se pudo apreciar un odio que nunca antes se había visto en aquella taberna.

Después de desayunar, recogieron las maletas y salieron a la calle. El trayecto en el metro de Londres fue de lo más tranquilico (bueno, lo más tranquilico que puede ser un viaje en metro con alguien que en su vida a pisado la gran ciudad, por supuesto.) hasta que a Enrique le dio por tirar de una palanquita que ponía "Use only if it's neccesary" creyendo que ponía "Usenlo si llevan neceser". Tras la correspondiente multa y enfado del señor Pelaez, por fin llegaron a la estación de King Cross.

La gente de por allí iba de acá para allá cada uno a su completa bola. Mr. Pelaez sacó los billetes y los repartió a sus hijos y a Enrique mientras les prevenía de que no lo perdieran, que ese era su pasaporte a Hogwarts. Enrique miró el billete: Era doradito y blanco y era muy bonito y, aunque no entendía casi nada de lo que ponía en el billete, si pudo advertir que el andén en donde tenían que coger el tren era el "anden nueve y tres cuartos". Le entró la risera.

- ¿Qué te pasa, Enlique? - preguntó el señor Pelaez mirando a Enrique más mosca que un pavo en Nochebuena

- Mu bueno, nene, peo que mu bueno este billete de broma. ¿M'ace el favó de damme el utentico? ¿O se lo va a quedá usté?

- ¿Pelo... qué dices? Ese es el billete de veldad.

- ¡Qui bueno! Y ademá el tio sigue con la broma... ¡Qué jachondo es usté, señó Pelaez!

- Que no, Enlique, que te digo que ese es el billete - la cara de Enrique se puso seria.

- Pero vamo a vé, alma de cantaro. Si tó lo que tú mi diga me vale pero ejque... aquí enel billete pone "anden nueve y tres cuartos". Y yo seré burro, eso no lo niego ni lo dejo de negá, pero yo sé cuando una cosa es emposible. Y me paece que etto si lo é.

El señor Pelaez miró a Enrique con una cara de "vale, lo que tú digas", se encogió de hombros y siguió andando. Los demás le siguieron hasta que llegaron al tabique que se hallaba entre los andenes nueve y diez. Con un ademán de superioridad para con Enrique, el señor Pelaez miró a Tomás y dijo: "Tomás, enseñale otla vez al niñato este algo de magia. Pasa tú plimelo". Y Tomás preparó el carrito en el que llevaba su baúl, miró desafiante al trozo de hormigón y empezó a correr en su dirección. Enrique no quiso mirar. "Te tio ta tó loco. Si va a pegá un chirimoñazo del copón. Y luego encima si quehará. ¡Cómo si no conociera yo a estos de la ciudá...!" Pero cuando abrió los ojos, Tomás no estaba entre ellos. Había desaparecido.

Jaime sintió la mirada de su padre. Le soltó a Enrique un "fíjate ahora bien" y se fue un par de metros hacia atrás para ponerse justo enfrente de la viga. Cerró los ojos y echó a correr con el carrito por delante. Pero la mala suerte hizo que las ruedas tropezaran con una piedrecita que había en el suelo y girarán un poco. Lo justo para que desviara el carrito y Jaime pasara al lado de la entrada al andén nueve y tres cuartos y siguiera corriendo andén abajo. Faltó tiempo para que el señor Pelaez saliera corriendo detrás de su hijo mientras que gritaba a pleno pulmón "CABLONAZO, ABLE LOS OJOS QUE TE HAS EQUIVOCADOOOO".

Mientras Enrique miraba divertido la escena, alguien se le acercó por detrás y le pegó un chillido en toda la oreja. El susto que se llevó ya os digo que fue chico (el bote que pegó tampoco se quedó corto). Al girarse, vio a la señora Pelaez a su lado riéndose a mandíbula batiente. Enrique le espetó que por qué había hecho eso. "Por nada. Soro quería divertirme" respondió con tranquilidad la señora Pelaez, "Y ahora escucha, Enrique. Para poder llegar ar andén nueve y tres cuartos, ro único que hay que hacer es atravesar ra viga de hormigón de enfrente. No te preocupes que se puede. Un consejo, si tienes miedo pilla carrerrilla pero, por favor, hazlo con los ojos abiertos"

Enrique decidió hacer caso a la señora Pelaez (no supo por qué, pero él sentía que alguien de más arriba le obligaba a hacerlo) y se colocó justo enfrente de la viga. Cogió el carrito con fuerza y se lanzó hacia la valla cual espartano hacia la batalla mientras gritaba "BAAAAANZAAAAIIIII". Esperando pegarse el trastarillazo del siglo, ya no había marcha atrás. Estaba a un segundo de hacer el ridículo más espantoso cuando... traspasó la viga. Ahora se encontraba en un andén lleno de gente muy rara y en donde un cartel rezaba "andén nueve y tres cuartos". Pero eso a él ahora mismo no le importaba. Tenía bastante con intentar parar un carro desbocado destinado irremediablemente a estrellarse contra la pared de enfrente de la entrada (por mucho que Enrique lo deseara, Enrique sabía que esa pared no se podría traspasar. No sabía por qué, pero se lo decía su instinto.). No pudo evitarlo. El estruendo del choque se oyó en toda la estación haciendo que todo mago y bruja que por allí se encontrara le mirara con aires de chanza y recochineo vario. Por suerte detrás venía la señora Pelaez que al ver el percal sacó su varita y recogió todo en un periquete.

Una vez pasado todo, Enrique y la señora Pelaez se reunieron con Tomás. Jaime y su padre aparecieron a los cinco minutos. Jaime llevaba la cara roja y el señor Pelaez lo que tenía roja era, incomprensiblemente, su mano derecha. Mientras hablaban, Enrique miró en derredor. A su lado había una panda de pelirrojos a los que acompañaba un chaval con gafas y pelo negro. A su otro lado vio un rostro más familiar. Herminia se encontraba más perdida que un gato en una gasolinera (ya sé que el refrán es otro pero... ¿a alguien le importa?) pero al ver a Enrique y a Jaime su rostro se iluminó y se les acercó.

- Lola cic... cochi lir... boli lit... - se dio un golpe en la cabeza - Hola chicos. ¿Qué tal estais?

- Hombre, ¿ca pasa Herminia? ¿Tal estamos?

- Bueno, bastante bien. Deseando ya de empezar este curso - Herminia miró a los señores Pelaez - Jaime, ¿estos son tus drap... dpadr... peder... padres?

- Si, claro. Mamá, Papá, os presento a Herminia... ¿cómo era?

- Herminia... (Un momento, que el autor va a mirar el capitulo anterior para ver como era. No os vayáis que enseguida vuelvo... Ya está. Podemos continuar) Frunfe, para servir a Dios y a usted.

- Encantado de conocelte, Helminia. - el señor Pelaez le dio la mano mientras le plantaba dos besacos en toda la cara.

- Ro mismo digo - dijo la señora Pelaez pelín recelosa - ¿No eres un poco arta para estar en primero?

- Es que en Alemania somos todos tirando a altos, ¿sabe usted? Papá y mamá son mucho más altos que yo...

- Ah... asi que aremana, ¿eh?. Craro, eso ro exprica todo... Bueno, chicos, despediros que casi es hora de que sarga er tren.

Después de los besos, lloreras y abrazos habituales, los cuatro subieron sus maletas y después subieron ellos. Mientras subían por la escalerilla, Jaime le dijo a Herminia:

- Muy bueno, nena. Mis padres se lo han tragado pero... ¿que has hecho con tus... eh... digamos... protuberancias con pezones? Que tampoco es que fueran muy grandes pero se notaban. Lo digo con conocimiento de causa.

- ¿Mis pechos? Bueno, se puede decir que descubrí las ventajas de los corsés muggles.