VI. Hajime Sakaki
El Hospital Psiquiátrico Hajime Sakaki cuenta con un jardín hermoso, abastecido por un pasto resplandeciente y árboles frondosos cuya sombra brinda cobijo a los locos que paseamos por sus lares. Todos los viernes traen aquí a los pacientes con mejor comportamiento, bajo la estricta vigilancia de tres doctores y dos miembros del cuerpo de seguridad.
Llevo dos días sin escuchar la voz de Jōnouchi, y no sé si alegrarme o preocuparme por ello. Mientras toma control de mi cuerpo soy incapaz de recordar. Imágenes borrosas aturden mi mente, provocándome un terrible dolor de cabeza que me hace desistir en mi intento de rememorar, aunque sea un corto episodio de lo que he hecho.
No, de lo que él ha hecho.
¿Cómo puedo ganarle a alguien que me conoce mejor yo?
Él tiene razón, él es una parte de mí. Otro yo que he creado para protegerme a toda costa del sufrimiento. Aun si ese a toda costa me incluye a mí mismo.
En estos dos días libre de su presencia he meditado al respecto. Buscando formas de deshacerme de él he llegado a una conclusión: si yo fui quien lo creó, debo ser capaz de destruirlo.
Aunque eso implique suicidarme.
Sí, el suicidio es mi única salida.
¿Tiene mi vida algún valor luego de haber finado a otra? No merezco vivir. No después de haber asesinado a Mai. Tampoco tengo un motivo especial que me ate con este mundo: Shizuka estará bien, se la encargué a Honda la última vez que me visitó. Tiene una profesión y tiene a Mamá. Yugi pronto estrenará su carrera como Diseñador de Juegos, conociéndolo tendrá un éxito rotundo y los demás estarán allí para sostenerlo en los momentos difíciles. Honda seguirá trabajando en la fábrica con su padre, que por su empeño será reconocida en todo lo ancho del país. Y Anzu se convertirá en la bailarina profesional que siempre soñó.
A todos les depara un próspero futuro por vivir.
A mí me esperan las cuatro paredes blancas de una celda.
—Oe, blondo— levanto el rostro algo turbado. Un guardia busca mi atención e interrumpe mis pensamientos—, tienes visita.
¿Visita? Hoy es viernes, que yo sepa éstas se permiten los miércoles.
—Es viernes…— recalco, todavía confuso y sin moverme de la banca bajo el árbol. El guardia encoje los hombros.
—Tu visitante ha conseguido la aprobación de la directora del hospital. Son decisiones que nadie cuestiona, muchacho.
Oh, la directora del hospital.
Es una de las colegas de mi hermana Shizuka por los días en que inscribía créditos en la universidad, y el contacto gracias al cual hoy estoy recluido en este lugar. Había olvidado que tengo sus ojos puestos todo el tiempo sobre mí a petición de mi hermana.
¿Y si se trata de Shizuka? La última vez herí a un enfermero y se necesitaron diez más para tranquilizarme porque me rehusé a verla. ¿Cómo podría siquiera soportar el peso de su mirada? Primero muerto.
— ¿Sabe si es hombre o mujer?
—Ese no es mi trabajo. No obstante, si no quieres recibirla puedes hablar con uno de los doctores para que él se encargue de comunicárselo a la directora.
Estoy asustado, aunque no tanto como intrigado.
—No… Está bien, hágala pasar.
Las manos me sudan. Me estremezco de miedo, pero al mismo tiempo me consuela saberme en mis cabales, sin la voz de Jōnouchi susurrándome al oído. Vuelvo a tornarme cabizbajo en la banca, rezando porque la visita sea Anzu, la Madre de Yugi o incluso la mía. Quienquiera que sea menos Shizuka.
—Ahí se lo encargo, joven. Si percibe cualquier cambio de comportamiento no dude en pedirme auxilio. Mire que no tiene la camisa de fuerza.
—Muchas gracias, pero no creo que sea necesario.
Esa voz.
Curioso, echo la cabeza hacia adelante.
El aire me abandona y el pulso se detiene cuando veo a Yura parada frente a mí.
—Hola… — saluda, luciendo insegura. Por una milésima de segundo desvía la mirada, como si buscara inspirarse con algún objeto de los alrededores para empezar una conversación. No me gusta ese gesto… Se parece demasiado al de Mai cuando le abrí la puerta de mi departamento—. ¿Puedo sentarme a tu lado?
No sé qué decirle. Ella se arriesga a interpretar un sí con mi silencio.
¿Qué hace aquí? ¿Acaso vino a recordarme cuan miserable soy? ¿O a burlarse de mi por haber desarrollado sentimientos hacia ella mientras vive feliz con Kaiba?
Su presencia me duele, no es más que un insulto para mí.
—Te ha crecido el pelo— la escucho parlar a mi lado. Tiene razón: es la longitud de mi cabello lo que me facilita no mirarla directo a los ojos—, si gustas puedo…
— ¿A qué has venido, Kaiba te dio el permiso?
Ella ríe. Joder, su voz es hermosa. Tanto que me dan ganas de llorar.
—Oye, sé que soy una minion delante de Kaiba y que por eso parezco su hija, pero no es para tanto. —Hago un esfuerzo sobrehumano por no sonreír, siendo vano mi intento. Yura tiene una fascinante habilidad para devolver el sarcasmo con una pizca de humor—. He venido a verte. Y antes de que saques a colación a Seto otra vez, te adelanto que sigo soltera y no tengo planes de volver con él.
— ¿Entonces has venido a ver un loco como yo? ¿Por qué o para qué?
—Porque yo creo en ti, Katsuya. —Katsuya. Ese nombre me aterra, pero en ella suena tan distinto. Como una melodía de cuna para descansar con una sonrisa en los labios—. No creo que estés loco, creo que puedes salir adelante a pesar de todo lo que ha ocurrido. Estoy aquí para ti, Katsuya. ¿Recuerdas lo que dije en el funeral de tu Viejo? Todavía lo retengo. Yo… No puedo devolverte a Mai— la escucho gemir. Vuelvo el rostro hacia ella, mirando incrédulo sus lágrimas, que brotan al compás de las mías—, ¡pero te prometo que haré todo lo que esté en mis manos para tú vuelas a ser el mismo!
¿Cómo se atreve?
¿Cómo mierda se atreve a venir y platicar conmigo con esa naturalidad, como si nada hubiera pasado cuando yo soy un monstruo? Un asesino. ¿Cómo se atreve a llorar así por mí? ¿Cómo se atreve a desmoronar mi convicción de suicidarme e infundirme la esperanza de que todavía puedo recuperar mi vida? ¿Cómo se atreve a creer en mí?
¿Cómo se atreve a hacerme soñar que puedo tenerla a mi lado?
La tomo por los hombros, enfrentado el azul de sus ojos con el miel de los míos. Siento ansiedad, siento culpa, siento dolor, siento felicidad, siento un caudal sentimientos colisionando entre sí y viajando por mis venas.
—Yo solo quería que ella me abrazara, que me dijera que todo estaría bien, que me dijera que estaba allí conmigo para no irse jamás. Yo solo quería escuchar de sus labios lo mismo que tú me habías dicho en el funeral— nuestro llanto agudiza, mi voz se ahoga entre las lágrimas y ella apoya su frente en la mía—. Yo solo quería un poco de amor, Yura. Solo quería enamorarme de ella como lo estoy de ti.
Con un aullido, como si de pronto le hubieran dado una puñalada, Yura se lanza a llorar en mis brazos. Quizás sea la culpa en vez del amor lo que nos una de ahora en adelante, y sin importar cuál de los dos sentimientos sea, mi deseo sigue siendo uno.
—Quédate conmigo.
