Pasados unos instantes después de que su hija menor les comunicara la noticia sobre el inesperado giro de su vida laboral, las reacciones del matrimonio Dilthey no se hicieron esperar: la expresión de descontento y decepción de Elizabeth Dilthey hablaba por sí sola, pero el cabeza de familia no tuvo demasiados reparos en hacer saber su opinión en voz alta:

- Ni se te ocurra – afirmó Zachary Dilthey, siendo consciente de que, conociendo el carácter de su hija, ése era el inicio de una discusión.

Claire abrió mucho los ojos, apenas entendiendo la reacción de su padre, quien, por su parte, se limitó a sostenerle una mirada de reproche mientras la perplejidad de ella aumentaba por momentos y, como solía ocurrirle, comenzó a hablar antes de haber pensado en lo que iba a contestarle:

- Vaya… – exclamó Claire, sin poder salir de su asombro – Entonces debo dar gracias por el hecho de ser una persona adulta y poder tomar la decisión que considere oportuna por mí misma.

- Pero, ¿es que te has vuelto loca? – preguntó el cabeza de familia, no muy seguro de que sus oídos no le estuvieran jugando una mala pasada - ¿Te has dado un golpe en la cabeza? ¿No te acuerdas de lo que pasó hace unos meses?

- Claro que me acuerdo – contestó ella de forma rotunda – Sé perfectamente lo que pasó y no pasó en Roma, papá. Fue algo terrible, sí, pero…

La joven se detuvo al ver el gesto de exasperación con el que su padre se revolvió el poco pelo que le quedaba en la parte posterior de la cabeza, a la vez que dejaba escapar el aire. Su madre parecía limitarse a estudiar el enfrentamiento entre padre e hija, cruzando los dedos interiormente porque su marido fuera lo suficientemente capaz de convencer a la hija de ambos de que volver a marcharse a Roma no era la decisión más inteligente del mundo.

Por un lado quería aprovechar el silencio de su padre para exponer sus razones para aceptar la oferta que le había hecho la Junta Directiva de la BBC, pero entonces se dio cuenta de que apenas había tenido tiempo de pensarla, todo había pasado demasiado rápido: había sido colgar el teléfono y encontrarse con la negativa de su padre a que aceptara una oferta en la que apenas había tenido tiempo de pensar.

Paseó su mirada azul entre su madre y su padre, quienes parecían estar esperando el siguiente argumento de Claire. La joven negó con la cabeza y protestó:

- Ni siquiera me habéis dado tiempo para pensarlo… Aunque no haya mucho que pensar.

- ¿Aunque no haya mucho que pensar? – exclamó su padre dando un par de fuertes pasos en dirección a su hija: hacía mucho que no le veía tan enfadado. - ¿Aunque no haya mucho que pensar, dices?

Durante unos momentos, ella únicamente le devolvió la mirada, cada vez más asombrada a la misma medida que el enfado de su padre aumentaba. Elizabeth Dilthey seguía sin tomar partido en la discusión, por lo que, hasta que la vio tras su padre, Claire casi había olvidado que se encontraba allí. En parte entendía a su padre: si ella tuviera hijos tampoco querría que volvieran al lugar donde había estado a punto de perderlos, pero lo cierto era que la vida seguía y como periodista debía acudir allá donde la reclamaran, incluso si ese lugar era el mismísimo corazón de la Ciudad Eterna. Ya no era una niña, su padre no podía ni debía protegerla eternamente.

- Sé lo que pasó… - se decidió a comenzar a decir Claire en el tono más conciliador que pudo – Sé perfectamente lo que pasó en Roma, y sé que os preocupasteis mucho…

En ese instante, Zachary señaló acusadoramente a su hija con un tembloroso dedo índice, mientras su rostro parecía más enrojecido que nunca debido al enfado. Tragó saliva, se inclinó hacia Claire, acercando su rostro al de ella y murmuró entre dientes:

- No tienes ni la menor idea

Dicho esto pareció dar por terminada la conversación ya que abandonó la estancia con aire autoritario subiendo las escaleras al piso superior, haciendo que cada pisada resonara en la habitación. Instantes después, el ruido de un portazo les indicó que se había recluido en su dormitorio. El primer instinto de Claire fue seguirle, pero le bastó intercambiar una mirada con su madre para saber que no era una idea del todo buena. Después de haber observado toda la discusión entre padre e hija en silencio, Elizabeth Dilthey decidió que era el momento de hablar:

- Ahora está enfadado – dijo la madre de la joven aún con la mirada posada en la escalera que conducía a la planta superior de la vivienda; pasados unos instantes, se volvió hacia su hija y esbozó una pequeña sonrisa – Se le pasará, pero deja que pasen un par de horas antes de volver a hablar del tema con él.

Claire dejó escapar al aire que había estado reteniendo en sus pulmones desde el momento en que su padre dio por zanjado el tema, y se pasó la mano por la frente mientras con la otra jugueteaba con el pequeño boliche de una de las sillas más cercanas. Aún estaba muy nerviosa y ni siquiera había sopesado todos los "pros" y los "contras" de la posibilidad de regresar a Roma, pero era cierto como que el cielo era azul que lo había pasado mal por la posibilidad de que en la BBC prescindieran de ella y una reacción así por parte de su padre no dejaba de parecerle desproporcionada e injusta.

Alzó la mirada hacia su madre: ella se había mantenido al margen en toda la discusión entre su marido y su hija, era hora de saber qué pensaba ella de todo esto.

- ¿Tú crees que es mala idea que vuelva a Roma? – preguntó Claire Dilthey, buscando el contacto visual con su madre, quien aún parecía estar sopesando todo lo que se había dicho en la discusión.

Elizabeth negó con la cabeza, pero lo hizo tan lentamente que Claire supo que eso no indicaba que estuviera de acuerdo con ella, sino que no sabía qué hacer. Se pasó los dedos por debajo de los párpados y murmuró:

- Todo ha pasado demasiado deprisa como para que tengas que tomar una decisión ahora mismo… Piénsalo, medítalo, y luego decide lo que creas que es mejor para tí.

La joven asintió, intentando borrar en la medida de lo posible la discusión que había tenido con su padre minutos atrás: no le gustaba verle así, no le gustaba que no entendiera que era lo que debía hacer y no le gustaba que ni siquiera se hubiera parado a escucharla. Pero ésa era una de las características de su padre, era una muy buena persona, pero tendía a enfadarse rápidamente, una cualidad que, según decían muchos amigos de la familia, había heredado su hija menor, aunque a ella le gustara pensar que se trataba de una versión bastante descafeinada de su progenitor.

Volver a Roma. Dicho al instante no le parecía una mala idea, pero por mucho que hubiera intentado decirle a su padre que no tendría nada de sentido que volviera a ocurrir algo de carácter terrorista en la Ciudad Eterna, ella misma no podía estar segura de lo que decía, aunque no era eso lo que ella más temía. Temía que, una vez allí, el fantasma de todo el horror que había ocurrido hacía unos meses atrás no la dejara cumplir con su deber como era debido. Sabía lo que le ocurría a las personas que vivían algo terrible en un sitio nuevo para ellos: que rechazaban aquel lugar con sólo oír mencionar su nombre, y ella no quería que eso le pasara una vez estuviera en Roma, si es que llegaba a ir… Dios, tenía que ir.

Elizabeth Dilthey miró una de las ventanas de la estancia que daban al jardín exterior de la vivienda y murmuró volviéndose hacia su hija:

- Voy a ver si puedo hablar con tu padre, mientras tanto tú abre la puerta, Eddie sigue ahí fuera

Durante unos instantes, el corazón de Claire se detuvo debido a la impresión y observó cómo su madre abandonaba la estancia subiendo los escalones hacia la segunda planta de la vivienda mientras una única frase se repetía en su mente:

- Otra vez no – musitó finalmente Claire dirigiéndose hacia la puerta de la casa con el fin de salir al jardín y que le diera un poco el aire.

Odiaba cuando parecía estar entablando una conversación medianamente normal con su madre y que, de repente, mencionara a Eddie de ese modo y todas las esperanzas de que mejorara desaparecían al instante. Muchas veces incluso se había preguntado si no sería mejor que su madre olvidara totalmente a Eddie, no únicamente el hecho de que estuviera muerto. Aunque no hablara del tema, aunque nadie de la familia hablara sobre el tema, sabía la carga que debía llevar su madre sobre los hombros y, a pesar de que en un principio consideró que se la merecía, con el paso de los años había visto cómo esa carga le impedía salir adelante, o por lo menos intentarlo.

Abrió la puerta de la casa que daba al jardín y la cerró tras de sí, lamentando al instante no haber cogido una chaqueta. El aire frío y otoñal tan característico de Escocia en esa estación del año parecía ir de aquí a allá revoleteando, arrastrando hojas secas por el césped y haciendo que las señoras apresuraran el camino de vuelta a casa tras una mañana de compras. Se colocó un mechón de cabello que le caía sobre la frente detrás de la oreja y comenzó a caminar hacia la parte de atrás del jardín rodeando la casa.

Durante el corto trayecto, el nombre de la capital italiana volvió a su mente una vez y otra vez, y otra vez… ¿Se consideraba ella lo suficientemente fuerte como para volver a Roma? Sí, sin duda alguna. No tenía por qué ocurrirle nada, era una idea del todo absurda, y nunca le había gustado tener ideas absurdas en la cabeza. Además, en el caso de que realmente temiera volver a Roma, podría funcionar como una especie de terapia de choque, no quería pasar el resto de su vida evitando la posibilidad de volver a la Ciudad Eterna sabiendo que era una manía irracional: era más que probable que su viaje a Roma estuviera totalmente carente de peligros y no le gustaba perder el tiempo pensando en cosas terribles que probablemente nunca ocurrirían.

Además, era una oferta que le había dejado los ojos como platos y con la sensación de que no había oído bien a su interlocutor: ¿todas esas ventajas por únicamente un año? ¿Qué era un año en una vida entera? Nada de nada, antes de que se diera cuenta estaría de vuelta en Escocia, o al menos en Gran Bretaña.

Cuando finalmente llegó al jardín trasero, en la parte posterior de la casa y le sorprendió no encontrarse sola de repente: en medio de un montón de hojas secas barridas y acumuladas en un rincón del patio, estaba su sobrino Eddie, cogiéndolas con sus manitas y lanzándolas al aire como si no hubiera mañana.

Entonces Claire recordó las palabras de su madre sobre que "Eddie seguía ahí fuera" y pensó que ella nunca había llamado a su hijo Eddie, sino Edmund y había intentado sin éxito alguno que toda la familia hiciera lo mismo, incluso su propio hijo era el primero que hacía como si oyera llover cuando le llamaba así. La joven esbozó una sonrisa de alivio y tomó al niño por debajo de los brazos.

- Será posible, con el frío que hace, que estés jugando aquí fuera

El benjamín de la casa la miró como si no viera el problema en esa cuestión y le tendió una hoja seca prácticamente destrozada que tenía en la mano. Ella negó con la cabeza y le besó en la frente:

- Hace demasiado frío, mejor jugamos dentro

La joven giró sobre sí misma para encaminarse de nuevo hacia la puerta de la vivienda cuando vio a su padre apoyado levemente en la valla que rodeaba el jardín de la misma. Su actitud no distaba mucho de la de hacía un rato, pero sí parecía intentar ser más conciliador mientras buscaba las palabras más apropiadas para decir. No sabía qué le había dicho su madre, pero estaba claro que había sabido medio convencerle de que tenía que dejarla ir cuando fuera preciso, y ese momento estaba más próximo que nunca.

- Todo saldrá bien – afirmó una esperanzada Claire Dilthey, intentando contagiar algo de ese espíritu a su progenitor.

Zachary se limitó a forzar una sonrisa y asentir con la cabeza: aún no estaba muy convencido, pero sabía que no le quedaba más remedio que dar el brazo a torcer. Debido a su trabajo, Claire no pasaba todo el tiempo que le gustaría en Hogganfield, y ahora que estaba allí no quería que se fuera tan pronto, pero Lizzie le había hecho saber que eso era interponerse en el camino que su hija debía seguir y que tenía que dejar que siguiera con su vida normal, ahora que la oferta que le habían ofrecido en la BBC superaba todas sus expectativas. Sabía todo eso, pero sabiendo lo que estuvo a punto de ocurrir hacía unos meses seguía costándole mucho dejarla marchar.

Claire adelantó un par de pasos y abrazó a su padre, aún con el pequeño Eddie en los brazos. Puede que fuera una intuición equivocada, pero tenía la certeza interior de que todo saldría bien y quería transmitirle esa idea. Zachary le devolvió el abrazo y, tras unos instantes, se separó de ella y le dio unas leves palmaditas en el hombro, indicando más aprobación de la que se sentía capaz de expresar con palabras.

En aquel momento, el niño comenzó a murmurar frases inconexas sobre el ruido que hacían las hojas al pisarlas, pero Claire no podía prestarle demasiada atención: había tomado una decisión, sabía lo que tenía que hacer y el simple hecho de fijar esa idea en su mente le hizo sentir que su vida se ponía de nuevo en marcha, ahora tenía una meta a la que debía llegar.

Miró instintivamente a la ventana del segundo piso correspondiente a la habitación de sus padres para vislumbrar allí a su madre mirando por la ventana. Al darse cuenta de que su hija la miraba, alzó el pulgar en señal de victoria, provocando una sincera sonrisa en el rostro de Claire.

En ese momento, la joven sintió que tenía otra buena razón que le demostraba que estaba haciendo lo correcto: sabía y sentía que ella pertenecía a Hogganfield, a su casa, a su familia… Sabía que eso nunca cambiaría, sabía que si todo lo demás fallaba siempre le quedaría ese trocito de cielo en la tierra.

Estaba más que preparada para marcharse.


El día había transcurrido con normalidad en el pequeño estado de Ciudad del Vaticano, en plena calma, carente de cualquier tipo de incidente que hiciera saltar la alarma, como venía siendo habitual después de aquella fatídica tarde-noche de San Juan. A pesar de que al principio había pensado que no estaba preparado el nuevo cargo que desempeñaría por mandato papal, el ahora comandante Chartrand no podía estar más orgulloso del mismo.

Debido a que la edad de los aspirantes a guardias suizos abarcaba de los diecinueve a los treinta años, no podía decirse que algunos de sus hombres fueran mucho mayores que él, lo que seguro habría pasado en cualquier otro ejército pero no en el ejército más pequeño y selecto del mundo; pero aún así, muchas veces se sorprendía de lo lejos que había llegado en tan pocos años dentro del cuerpo de seguridad del Vaticano. Si bien tenía diecinueve años cuando fue admitido, tenía veinte cuando fue nombrado teniente y ahora, con veintiún años y después de la muerte del comandante Richter, era el comandante más joven de la Guardia Suiza Pontificia de las últimas décadas.

Pensar en ello, mientras recorría los majestuosos pasillos de la Basílica de San Pedro y el Palacio Apostólico, a veces le abrumaba pero, debido a la calma que había reinado en el lugar desde que Patrick McKenna había sido elegido Papa, lo cierto era que no había notado un cambio especialmente particular en su jornada laboral. Tenía que hacer más papeleo y más reuniones con el resto de soldados, sí, pero nada fuera de la rutina diaria y agradecía que fuera así. Esperaba que las cosas se mantuvieran hasta diciembre, así podría tomarse los días de permiso para volver a Suiza y pasar allí las vacaciones de Navidad. Quien sabía, igual hasta podría sorprender a Erika yendo a verla al teatro...

Podría haber seguido divagando en sus pensamientos unos momentos más, de no ser porque alguien dobló la esquina del pasillo en que se encontraba andando, dando casi de bruces con él y esparciendo los folios que llevaba bajo el brazo por las baldosas del suelo del Palacio Apostólico:

- ¡Cuidado! – exclamó sin siquiera pensar el comandante Chartrand.

Cuando vio que se trataba de Gennaro Scialo, uno de los funcionarios más veteranos del Vaticano, Chartrand no pudo evitar quedarse blanco: aunque técnicamente fuera su superior, no podía evitar sentirse como un novato cuando le ocurrían este tipo de cosas

- Signore Scialo, discúlpeme, por favor, ¿se encuentra bien? – comenzó a excusarme atropelladamente el joven suizo.

El mencionado ya había comenzado a recoger los papeles del suelo sin siquiera mirar al nuevo comandante a la cara, parecía más que deseoso de abandonar esa escena en el menor tiempo posible. Gennaro Scialo siempre había destacado y causado una gran admiración entre sus compañeros por ser un gran devoto tanto de la religión como del trabajo, y parecía haber encontrado su lugar perfecto en Ciudad del Vaticano, donde trabajaba desde hacía décadas, siempre diligente y entregado. Pero en aquellos momentos no estaba haciendo justicia a esa impecable reputación.

- Signore Scialo, ¿se encuentra bien? – repitió Chartrand al no haber obtenido respuesta alguna la vez anterior.

El mencionado alzó la mirada hacia Chartrand: parecía cansado, como si llevara días y sus noches trabajando sin descanso, y a la vez sumamente inquieto, incluso parecía temblar ligeramente. Parecía más viejo que nunca en ese estado. El joven suizo no pudo hacer otra cosa que ayudarle a levantarse, mientras Scialo parecía estar totalmente fuera de juego, sin poder cambiar esa expresión de confusión en su mirada. Tan pronto como el veterano funcionario fue capaz de mantenerse de pie por sí mismo, agradeció la ayuda con un temeroso "gracias" y pasó por el lado de Chartrand dando grandes zancadas, como si quisiera marcharse de ese lugar cuanto antes mejor.

Incluso cuando desapareció de su campo de visión al bajar unas escaleras, el comandante Chartrand siguió manteniendo su mirada en la dirección por la que se había marchado: ese comportamiento no era normal en él, quizás hubiera recibido una noticia realmente noticia hacía poco, alguna enfermedad, la muerte de un familiar o algo así. Desechando esas horribles hipótesis de su mente, el guardia suizo dejó escapar un suspiro y esperó que, fuera lo que fuera, se recuperara pronto.

Se arremangó ligeramente para ver la hora en su inmaculado reloj de muñeca: hacía unos minutos que debían estar esperándole sus compañeros en el cuartel, sólo llegaba un par de ellos tarde, pero los suficientes como para convertirse en una irregularidad.

Una irregularidad que se disponía a solucionar inmediatamente.


Los Museos Vaticanos no estaban albergados en la misma Basílica de San Pedro, ni siquiera en el Palacio Apostólico, donde se encontraban los apartamentos papales. Se trataba de un edificio formado por varias enormes galerías de arte, jardines… Todos ellos cuidadosamente guardados por los guardias suizos y dirigidos por un colectivo de los mejores historiadores y restaurados del mundo.

No era nada común que un particular donara alguna obra de forma anónima al Vaticano, y menos en los tiempos que corrían. Estas donaciones siempre habían sido orgullosamente anunciadas por el propietario en la antigüedad, con el fin de que el Papa le concediera una capilla en la Basílica de San Pedro en la que su familia y él pudieran ser enterrados con todos los honores cuando Dios los llamara a su encuentro. La fama y gloria eternas, ése era el precio común a pagar por las obras de arte que llegaban allí, pero hacía mucho tiempo que esa práctica había dejado de ser una costumbre entre los poderosos de Roma, ahora únicamente disponían de las obras de arte que siempre habían estado allí.

Patrick McKenna avanzaba por las galerías escoltado por un pequeño número de guardias suizos y otro igual de pequeño de trabajadores de los Museos Vaticanos, quienes se habían ocupado de recibir la obra en cuestión, examinarla y determinar a qué periodo histórico pertenecía. Normalmente la fase de restauración era más larga, pero el busto había llegado en tan perfectas condiciones que hacían pensar a los trabajadores que debía haber estado sumamente bien cuidado hasta el momento de la donación.

Para el líder de la Iglesia Católica, ese día había sido apacible y tranquilo. Se encontraba descansado, en paz, y bien sabía Dios que eso no era algo que pudiera decir todos los días. Normalmente, los recuerdos y la culpa lo atormentaban sin margen de tregua alguno, pero bastaba que volviera a su rutina, con los fieles, las audiencias y demás para que todo aquello se esfumara de su mente. Gracias a ello podía estar conversando animadamente con uno de los trabajadores que se habían encargado del cuidado de la obra de arte, quien no podía reprimir su entusiasmo.

- Es una verdadera joya, su Santidad. Creemos que tiene más de mil años, y está en perfectas condiciones, ¿puede creerlo? – preguntó de forma retórica el joven restaurador, un chico italiano que debía haber terminado la universidad unos pocos de años atrás.

- Es una auténtica maravilla – sentenció uno de los historiadores de los Museos Vaticanos.

- Veo que la bienvenida a este busto no podía haber sido mejor – comentó Patrick – Todo el mundo con el que he hablado del asunto no dudan en confirmarme su belleza una y otra vez.

- Y tienen razón, su Santidad – respondió el historiador de la vez anterior, un hombre de unos cincuenta y tantos, alto y con bigote, que llevaba una década trabajando en el Vaticano. – La hemos ubicado en el pasillo siguiente.

Lo mejor de Roma eran las obras de arte que se adueñaban por completo de la ciudad, pero muchas veces eso también se convertía en el peor defecto de la capital italiana para los romanos: simplemente estaban tan acostumbrados a esas magníficas esculturas, frescos y columnas que apenas les prestaban atención, ya no se maravillaban con las joyas del mundo antiguo. Sin embargo, aquel pequeño busto había supuesto toda una revolución en el personal del Vaticano, y Patrick McKenna no podía estar más agradecido a la persona que hubiera enviado aquella pequeña pieza de coleccionista. Demostraba tener una gran generosidad.

- Aquí, ya hemos llegado – anunció solemnemente el historiador cuando doblaron la esquina, señalando un pedestal de mármol cercano que no estaba ahí un par de días antes – Es precioso, simplemente magnífico.

Patrick McKenna posó su mirada al fin en el busto que todos los allí presentes miraban con orgullo y admiración… Entonces toda la paz que había sentido a lo largo del día se esfumó. El pulso de su corazón se aceleró y sintió como si repentinamente se hubiera formado un fuerte nudo en la garganta. Entreabrió los labios con el fin de renovar el aire que estaba reteniendo en sus pulmones, pero algo no iba bien, ni siquiera podía respirar, como si nunca hubiera podido hacerlo y ahora lo intentara con todas sus fuerzas. No se sentía bien, era como si de repente tuviera fiebre, la cabeza le latía, sentía que ardía, que le iba a estallar y todo eso en unos pocos segundos.

Los empleados contemplaban esta escena orgullosos de que aquel antiquísimo busto formara parte ahora de la colección de joyas de arte del Vaticano. Era, sin lugar a dudas, una pieza única, casi imposible de encontrar hoy en día y sin embargo estaba ahí, frente a ellos, observándoles con ojos de piedra de hace cientos de años. Ninguno de ellos se percató de lo que le ocurría a Patrick McKenna.

El mencionado retrocedió un par de pasos titubeantes sin poder apartar su mirada de la nueva adquisición de los Museos Vaticanos y palpó con desesperación la pared más cercana con el fin de encontrar algo a lo que agarrarse. No podía creer lo que estaba pasando, no podía estar pasando, ahora no… ¿Qué estaba pasando?

Ahora sí, tanto los encargados del cuidado y mantenimiento de los Museos Vaticanos como los guardias suizos que habían acompañado al Pontífice a aquellas dependencias habían dejado de admirar el busto romano para posar su mirada en Patrick, quien parecía haber visto un fantasma. Había palidecido mucho en pocos segundos, incluso su frente se había perlado de sudor a pesar del tiempo otoñal romano.

- Su Santidad… – habló al fin uno de los guardias suizos que le habían escoltado hasta ese lugar. - ¿Se encuentra bien?

No hubo respuesta, aunque tampoco hacía falta ya que la imagen que tenían delante hablaba por sí sola, Patrick McKenna tenía una expresión de silencioso pánico en el rostro y tenía los ojos clavados en los del dios romano que representaba el busto recién llegado. Debió intentar retroceder una vez más pero algo falló, y antes de que nadie pudiera impedirlo, el nuevo Pontífice se desplomó inconsciente en el suelo, golpeándose fuertemente la cabeza contra las elegantes baldosas de la galería para horror y estupefacción de todos los allí presentes.

- ¡Ayuda, pidan ayuda! – gritó el teniente que había al mando de aquel grupo al resto de sus compañeros, quienes se precipitaron a la salida mandando órdenes a diestro y siniestro a través del walkie-talkie.

Mientras los que seguían allí intentaban reanimar a Patrick McKenna sin demasiado éxito, la nueva adquisición de los Museos Vaticanos contemplaba la escena desde la superioridad de su pedestal de mármol. Ese arcaico busto representaba a un hombre con una poblada barba llena de rizos, con una expresión dura y acusadora en sus fríos ojos de piedra, y bucles rizados que le caían sobre la cara… Sobre las dos.

Pues tenía dos caras.

Aquel busto portaba en él un mensaje silencioso, algo que sólo podía entender el cabeza de la Iglesia Católica en esos momentos. Y lo había entendido, a la perfección.

El dios romano con dos caras, el seudónimo del líder en la sombra de los Illuminati.

Jano.

Había vuelto a atravesar los muros del Vaticano.