Los personajes no me pertenecen, solo la historia.

Mi padre y Edward se me quedaron mirando sin creer lo que acababan de escuchar y es que las palabras de Edward me habían echo pensar.

Yo conocía a mi padre y sé que nunca haría algo que pudiera hacerme daño pero también sé que haría lo que él creería que sería lo mejor para mí y si yo no aceptaba casarme por las buenas lo haría por las malas. Así que prefería elegir yo a mi esposo antes que él eligiera a cualquier otro hombre que no me respetara.

- ¿Estás segura? - me preguntó mi padre mirando a Edward.

- Si papa – le dije sin mirar a nadie en particular – es lo mejor. Edward quiere casarse conmigo y yo sé que tú quieres que él reine algún día, así que yo me casaré con él.

- Bella no sabes lo feliz que me haces – me dijo mi padre y se acercó a darme un abrazo pero en cuanto yo vi que intentaba tocarme me encogí en la cama – bueno yo os dejo solos para que habléis.

- Bella – dijo Edward una vez que mi padre salió de mi dormitorio - ¿qué has hecho?

- Pues lo que tú querías – le dije aún sin mirarlo – ¿o es que me vas a negar que querías casarte conmigo?

- Por supuesto que no te lo voy a negar – me dijo él poniéndose en medio de mi centro de visión para que le mirara – pero yo quiero una esposa, no una monja.

- Pues una monja es lo que vas a tener – le dije ahora mirándolo – ya te dije antes que no iba a permitir que ningún hombre me volviera a tocar.

Ambos nos quedamos callados sin decirnos nada. Yo no sabía lo que él estaba pensando y la verdad es que tampoco me importaba pues yo tenía mis ideas muy claras. Él se iba a casar con la futura reina de Forks y tendría que atenerse a lo que yo quisiera.

- Nos casaremos – dije yo – dormiremos en dormitorios separados y haremos una vida normal como los futuros reyes de Forks – seguí diciendo – pondremos en nuestro testamento a la persona que nos sucederá pues yo no pienso tener hijos.

- ¿Y no has pensado que ya puedes estar embarazada? - me dijo Edward y yo lo miré. No me había parado a pensar eso y la verdad es que ahora que lo pensaba odiaba la idea de tener al bebé de un hombre que me había forzado a hacer eso.

Sin poder contener las lágrimas, el bajón anímico que el médico tanto esperaba llegó, y yo me eché a llorar como un bebé. Edward se acercó a mí y se sentó a mi lado. No me tocó. Ni me abrazó, ni intentó consolarme de ninguna de las maneras. Solo se sentó a mi lado y esperó a que se me pasara. Yo en silencio se lo agradecí.

Después de unos minutos de llorar, al fin pude levantar el rostro y limpiarme las lágrimas.

- Lo siento – dijo Edward en ese momento – no debí haberte mencionado eso.

- No Edward – le dije intentando controlarme – la verdad es que no había pensado en las consecuencias de todo... esto.

- Ya lo veo – dijo él levantándose de la cama – nos casaremos en cuanto te recuperes y si resulta que estás embarazada lo haremos pasar por hijo mío – siguió diciendo paseándose por la habitación sin mirarme – aun que aún haciendo esto siempre habrá murmuraciones y más si se parece a Jacob que es lo opuesto en apariencia física a mí pero nadie se atreverá a decírnoslo abiertamente.

- No quiero tener al hijo de ese... - me callé la boca antes de decir cualquier barbaridad.

- No solo es el hijo de un hijo de mala madre – me dijo él mirándome fijamente – también será tu hijo Bella, sangre de tu sangre y me equivocaría mucho contigo si no pensara que al final lo adorarías.

¿Y tú? - le pregunté después de haber estado en silencio durante unos minutos.

- Yo lo criaría como si fuese mío – me dijo él mirando por la ventana – al fin y al cabo ese niño no ha pedido venir al mundo.

- Tienes razón – le dije.

- Pero bueno, no adelantemos acontecimientos – dijo él – lo que tenga que ser será.

- Tienes razón – volví a repetir.

- Ahora me voy y te dejo descansar – me dijo él – estoy casi seguro de que mi hermana Alice está deseando venir a verte así que no te entretengo más.

Lo vi dirigirse a la puerta y cuando tenía ya la mano en la cerradura y estaba listo para abrirla y marcharse, se volvió y me miró.

- Después de la cena pasaré a ver como estás – me dijo – mientras intenta no preocuparte demasiado, ya habrá tiempo para eso más adelante.

Y sin decir nada más se marchó de la habitación. Yo me quedé mirando a la puerta que se acababa de cerrar.

No sabía que pensar. Edward se había comportado mucho mejor de lo que yo me esperaba. Sinceramente no esperaba que ningún hombre tendiera su mano para criar a un niño que no era suyo pero Edward así lo había dicho y eso la verdad es que me había sorprendido.

No sé si se merecía pasar por un matrimonio como el que yo le daría pero lo que si sé es que no podía, ni aunque quisiera, consentir que nadie volviera a tocarme.

Me pasé el resto de la tarde pensando en las palabras de Edward.

Cuando ya estaba harta de estar en la cama, intenté levantarme y dio la casualidad que en ese momento entró mi aya con Alice trayéndome una bandeja con la cena.

- Cariño pero ¿qué haces levantada? - me preguntó mi aya dejando la bandeja encima de una mesa que había al lado de la puerta y corriendo hacia mí. Alice se quedó mirándome junto a la puerta de mi dormitorio.

- Estoy cansada de estar tirada en la cama – le dije – quiero intentar levantarme y dar unos cuantos pasos y si puedo, también darme un baño.

- El médico ha dicho que reposo absoluto – me dijo ella empujándome para volver a tirarme en la cama – y eso significa que por lo menos hoy estarás tirada en la cama.

- Pero necesito ir a... pues a hacer esas cosas – dije mirando de reojo a Alice. Puede que sea mi mejor amiga pero había cosas de las que me daba vergüenza hablar delante de ella – por favor ayúdame aun que sea a llegar hasta la letrina.

- Venga – me dijo después de pensárselo durante unos segundos – como se entere tu padre que te has levantado cualquiera lo escucha.

- Y que decir de Edward – dijo Alice que se estaba acercando para ayudarme a levantarme también – me ha ordenado que te dejara descansar, por eso no he venido antes.

- Todos piensan demasiado – les dije yo ayudándome de ellas para levantarme. Aun que no quisiera admitirlo me sentía muy débil y las punzadas de dolor en mi bajo vientre no ayudaban – pero nada lo hacen por mi bien.

- No digas eso mi niña – me dijo mi aya mientras recorríamos despacio mi habitación – ellos lo hacen por tú bien.

Peleamos por llegar hacia la habitación contigua donde tenía el baño y la letrina y con ayuda de mi aya me senté a hacer mis necesidades. Cuando terminé miré hacia mis piernas y solté un jadeo.

- ¿Qué ocurre pequeña? - me dijo mi aya mirándome asustada.

- Estoy sangrando – le dije llorando.

- Alice – gritó mi aya – ayúdame a llevarla a la cama y haz que llamen al médico de inmediato.

Me dolía demasiado para negarme a cualquier cosa. Podía notar como no dejaba de sangrar y como el dolor aumentaba cada vez más. Yo lloraba y mi aya me agarraba intentando que callara pero nada podía conseguirlo.

A los pocos minutos de haber salido Alice de la habitación corriendo, entraron mi padre y Edward respirando agitadamente. Mi padre en cuanto me vio se quedó parado en la puerta sin saber que hacer. En cambio Edward corrió hacia mí e intentó abrazarme. Yo en cuanto sentí sus manos rodeando mi cuerpo pegué un gritó y luché por soltarme.

- Tranquila Bella por favor – decía mi aya pero yo no la escuchaba, yo solo quería que no me tocase más y que el dolor cesara. - por favor Bella, tranquilizate.

- No – gritaba yo – suéltame, suéltame.

Entre mi aya y Elisabeth, la madre de Edward, me sujetaron para evitar que me hiciera más daño. La hemorragia se había detenido pero el dolor cada vez aumentaba más. Al fin el médico llegó y aun que yo seguía sin reconocer a nada ni a nadie, el dolor era tan fuerte que ya no me importaba lo que me hicieran.

- ¿Qué le ha ocurrido? - escuché que preguntaba el médico.

- Insistió en que quería levantarse para ir a la letrina y entre Alice y yo la ayudamos a llegar – le estaba explicando Sue, mi aya. - cuando estaba a punto de levantarse me llamó llorando y vi que estaba sangrando. Entonces empezó a llorar y a llorar y a gritar que le dolía y no ha consentido que nadie la toque.

- Ha tenido una hemorragia – dijo él médico después de unos minutos de tocarme el vientre – y siento deciros que puede que le haya afectado a sus órganos reproductores.

- ¿No podrá tener hijos? - escuché que preguntaba mi padre.

- No estoy seguro – le contestó el médico – solo el tiempo podrá decidir eso. Lo que si puedo deciros es que su hija a tenido un fuerte shock postraumático. - siguió diciendo – lo mejor ahora es dejarla descansar y que su mente se vaya dando cuenta de la realidad por si sola. Nada de emociones fuertes, ni de noticias que la puedan perturbar. Nada de visitas fuera de la familia y sobre todo que no se levante de la cama hasta que yo lo diga.

- No se preocupe – le dijo mi aya – se hará como usted diga.

- Vendré dentro de dos días para ver como sigue – dijo el médico – mientras le dejaré un fármaco para el dolor. Solo unas gotas con las comidas y solo si es absolutamente necesario – dijo – ella notará adormecimiento y puede que no pueda formar las palabras por desorientación. Si se le da en abundancia puede provocar adicción así que solo dos gotas durante la comida y cuando yo vuelva decidiré si se le seguirá dando o no.

- De acuerdo – le dijo Sue – no se preocupe doctor.

- Bueno yo ya me voy – dijo – si necesitan cualquier cosa señor, no dude en hacerme llamar.

- Descuide – le dijo mi padre.

Escuché como la puerta de mi dormitorio se cerraba y a alguien sollozar. Yo no quería abrir mis ojos. Me hice un ovillo en el centro de mi cama y comencé a llorar. Alguien me acariciaba el pelo y me hacía sentir mejor.

No sé alrededor de que hora me desperté y digo me desperté, no porque hubiera estado dormida, sino porque no había estado consciente de casi nada de lo que había ocurrido a mi alrededor.

En cuanto abrí mis ojos lo primero de lo que me di cuenta es que junto a mi cama se encontraba dormida Sue, en un incómodo sillón. Giré mi cabeza y junto a la puerta me encontré de pie y mirándome a Edward. Yo lo miré sin decirle nada, sin poder hablar.

Cuando él vio que dos gruesas lágrimas brotaban de mis ojos, cerró los suyos fuertemente y suspiró como si quisiera coger aire. Cuando volvió a abrirlos yo seguía mirándolo y él poco a poco y en silencio se acercó a mi cama y se sentó en esta.

- ¿Cómo te encuentras? - me preguntó susurrando.

- No lo sé – le dije también susurrando con la voz rota por la sequedad de mi garganta.

Edward se levantó y fue a servirme agua. Me la acercó y yo me bebí el vaso entero.

- ¿Qué a dicho el médico que tengo? - le pregunté cuando le devolví el vaso.

- No deberías pensar en eso ahora – me dijo volviéndose a sentar junto a mí en la cama – solo piensa en recuperarte.

- ¿Todavía te quieres casar conmigo? - le pregunté intentado no volver a llorar.

- Bella – me dijo él. Vi en sus ojos que deseaba acercarse a mí, no para hacerme daño sino para reconfortarme pero yo no podía permitírselo así que me aparte de él un poquito más. Vi el dolor en sus ojos pero no pude hacer nada – yo solo quiero hacer que tú te sientas bien.

- Pero no podrás acercarte a mí – le dije – aun que quisiera no puedo.

- No haré nada que tú no quieras Bella – me dijo él – solo quiero hacerte feliz.

- Gracias – musité – no tienes porque hacerlo pero de todas maneras muchas gracias.

- No tienes por que darlas – me dijo él – aún recuerdo cuando jugábamos de pequeños a príncipes y a princesas y tú siempre decías que si yo no era tu marido no jugarías.

- ¿Yo decía eso? - le pregunté sorprendida.

- Si, ¿no lo recuerdas? - me preguntó con una sonrisa en su hermoso rostro.

- No – le dije.

- Pues yo me acuerdo como si fuera ayer – me dijo él – te subías en un árbol e imaginabas que era una torre y que estabas encarcelada, entonces gritabas pidiendo ayuda. - decía él riéndose y yo lo miraba embobada – tus primos hacían de ogros y mi hermana de tu fiel doncella. Entonces llegaba yo con mi espada de madera y luchaba contra los ogros para poder salvarte. Y cuando llegaba arriba y te pedía el beso que me correspondía...

- ella salía corriendo, riéndose a esconderse entre mis faldas – dijo entonces Sue sobresaltándonos a los dos – yo le preguntaba que de qué se escondía y ella siempre me respondía lo mismo. - dijo mirándonos a ambos con una sonrisa en el rostro – Edward corre detrás de mí y me pide un beso pero yo no se lo daré hasta que no sea una princesa de verdad y me case con él.

- Aya – le dije sonrojándome.

- Yo solo estoy diciendo la verdad – me dijo ella encogiéndose de hombros – y ahora miraos. Estáis casi prometidos y dentro de pocas semanas os casaréis, es como si estuvierais predestinados a estar juntos.

- No digas tonterías Sue – le dije yo volviéndome a tirar en la cama. Estaba cansada.

- ¿Cómo te encuentras? - me preguntó Sue.

- Un poco mejor – le contesté intentando contener un bostezo – aun que me siento muy cansada.

- Es normal – me contestó ella con una sonrisa, rozándome el rostro con las yemas de sus dedos – el fármaco que te han dado es muy fuerte y te sentirás así durante unos cuantos días.

- ¿Qué ha dicho el médico Sue? - le pregunté – Edward no ha querido decírmelo.

- No ha dicho nada de lo que debas preocuparte ahora – me dijo ella sonriéndome aun que pude ver como cruzaba una mirada con Edward.

- No me mintáis – les dije volviéndome a incorporar con cuidado – es mi cuerpo y mi vida y quiero saberlo.

- Eso solo serviría para preocuparte – me dijo mi aya – y ahora lo que menos necesitas son preocupaciones.

- Yo solo quiero saberlo – le dije – te prometo que no me preocuparé.

Edward y mi aya volvieron a mirarse entre si y al final fue Edward quien abrió la boca.

- El médico solo dijo que habías tenido una hemorragia muy fuerte y que debías estar recostada hasta que él lo dijera – me dijo Edward mirándome fijamente – dijo también que tus... órganos reproductores podrían estar afectados.

- ¿osea que no podré quedarme embarazada nunca? - pregunté.

- Yo no he dicho eso – me contestó él – dijo que podría, que solo el tiempo podría decidir eso.

- Bueno – dije yo conteniendo las lágrimas – de todas maneras no pienso tener hijos porque no pienso dejar que ningún hombre vuelva a tocarme.

- Pero hija – empezó Sue pero Edward la cortó.

- Ahora no Sue – le dijo él – ahora lo mejor es que descanse.

- Si claro – dijo ella mirándolo sin entender – venga cariño recuéstate y duerme un poco más que seguro que cuando despiertes te sientes mejor y ves las cosas de otro modo.

Yo no dije nada. No porque pensara que iba a cambiar de parecer sino porque la verdad es que estaba tan cansada que no tenía ganas de discutir. Me tumbé en la cama y dejé que ella me arropara. Edward se levantó también y se quedó hasta que estuve bien resguardada en la cama.

- Sue, vete a descansar – le dijo – yo me quedaré con ella hasta que venga mi madre.

- No de verdad Edward – le dijo ella – yo me puedo quedar.

- Seguro que Leah o Seth estarán preguntando por tí – le dijo Edward – será mejor que vayas y te ocupes de ellos, yo me quedaré con ella y no dejaré que nada malo le pase.

- Está bien – dijo ella suspirando – si necesitas cualquier cosa no dudes en llamarme.

- No te preocupes – le dije yo susurrando ya que me estaba quedando dormida – estaré bien.

Sin decir nada más, Sue se marchó de la habitación y Edward se sentó en el sillón a mi lado. Yo me quedé dormida casi al instante y cuando estaba en medio de un sueño o mejor de un recuerdo donde Edward y yo, de niños, jugábamos a príncipes y princesas me despertaron unos gritos.

Cuando abrí los ojos me encontré con lo que menos quería ver, en la puerta estaba Jacob con una sonrisa pintada en el rostro y justo delante de mi cama estaba Edward tan tenso que parecía que podría saltar sobre Jacob en cualquier momento.

- Edward – susurré encogiéndome en mi cama y tapándome hasta el cuello con las sábanas. Edward se dio la vuelta en cuanto me escuchó y vi como se obligaba a relajarse.

- No te preocupes Bella – me dijo él mirándome a los ojos – vuelve a dormirte, Jacob ya se iba.

- Pero que estás diciendo – dijo entonces Jacob adentrándose en la habitación – yo tenía pensando quedarme un poco más por aquí.

- Márchate ahora mismo – le rugió Edward y yo me encogí un poco más en mi cama.

- Y si no me voy, ¿qué vas a hacer Edward? - le preguntó Jacob acercándose a él.

- Si no te marchas ahora mismo llamaré a los guardias y les diré lo que me hicisteis – le dije intentando que no notara el miedo en mi voz – seréis ahorcado antes del amanecer, así que yo de vos me marcharía de mi alcoba y de mi palacio antes de que me lo piense mejor.

- No te creo – me dijo él acercándose a mi cama. Edward se puso en medio y cuando Jacob lo quiso quitar de un empujón, Edward le agarró fuertemente por el brazo.

- Guardias – grité yo y ambos me miraron con sorpresa. Los guardias que custodiaban mi puerta entraron corriendo en mi dormitorio.

- ¿si princesa? - me preguntó uno de ellos.

- Quiero que escoltéis al príncipe Jacob y a su familia hasta las puertas del palacio – les dije - y aseguraos que se marchan todos, ya no son bien recibidos en esta casa.

- Como ordenéis mi señora – dijo el soldado que había hablado anteriormente – si me seguís príncipe.

- Nos volveremos a ver – me dijo antes de salir por la puerta de mi dormitorio.

En cuanto esta se cerró, yo ya no pude contener las lágrimas y me eché a llorar.

- No llores Bella por favor – me dijo Edward acercándose a mí. Cuando lo vi tan cerca de mí solté un pequeño gritito y el se separó de mí – lo siento Bella.

- Vete Edward – le dije – déjame sola.

- Bella...

- márchate – grité y Edward se dio media vuelta y se marchó.

Yo no pude más y me dejé dormir.

- Señorita Bella reaccione – escuché que me llamaban – señorita.

- No sé que ha podido pasar – escuché que decía mi padre – estaba bien, ¿no Sue?

- Cuando yo la dejé estaba bien – la escuché decir – yo la dejé al cuidado de Edward.

- Estoy bien – susurré como pude – solo estoy muy cansada.

- Le vamos a quitar el fármaco – escuché que decía el médico - ¿siente algún dolor señorita?

- No – le dije yo – solo un entumecimiento.

- Bien – me dijo – si en algún momento siente algún dolor dígalo ¿de acuerdo?

- Si – le contesté – no se preocupe.

Los siguientes días me los pasé tirada en la cama sin moverme. El médico me había retirado los fármacos y aun que todavía seguía sintiendo una leve molestia, era aguantable.

Mi padre pasaba a verme todos los días después del desayuno, después del almuerzo y antes de acostarse. Lo mismo hacía Alice cuando podía e incluso se aventuraron por mi alcoba mis tíos y mis primos para preocuparse por mí. Leah y Seth también se pasaron y Seth me trajo un bonito ramo de rosas cogidas de mi jardín aun que le agradecí el gesto.

También para mi sorpresa, justo antes de partir aparecieron por mi habitación Jasper y Rosalie, y también el prometido de ésta, Emmet. Me presentaron sus respetos y me agradecieron la hospitalidad que habían tenido con ellos. También me dijeron que conocían a Edward desde hace muchos años y que eran muy amigos y yo les invité a venir ellos solos cuantas veces les diera el gusto. Antes de salir vi como Jasper y Alice cruzaban miradas y vi como ella se sonrojaba cosa que me sorprendió pues nunca la había visto sonrojarse.

El que no apareció por mi alcoba en toda la semana que estuve en cama fue Edward y aun que no quería preguntar por él ni dar signos de que lo echaba de menos, la verdad es que si, lo echaba de menos. Echaba de menos cuando clavaba en mí sus hermosos ojos verdes y aún sin tocarme hacía que me sintiera bien; echaba de menos cuando discutíamos y yo le llevaba la contraria y aquella sonrisa torcida que aun que no se lo había dicho a nadie me volvía loca.

Sé que hice mal en decirle aquel día que se marchara pero no pude hacer otra cosa. Tuve miedo de mi propia debilidad. Tuve miedo de pedirle que me abrazara y sé que si eso hubiera ocurrido yo hubiera estado perdida pues mi cuerpo lo llamaba. Yo no podía hacer eso, no podía traicionar a mi mente , no podía hacerle más daño a mi cuerpo. No podría soportar que me volvieran a hacer el daño que ya me habían echo.

El último día de mi confinamiento en cama recibí una visita de mi padre que no me esperaba. Ya había venido a visitarme después del desayuno y no lo esperaba hasta después del almuerzo así que no entendía que hacía en mi alcoba a las once de la mañana.

- ¿vigilando si sigo en cama? - bromeé.

- Vengo de hablar con Edward – me dijo él sin reír mi chiste – me ha dicho que si tú estás de acuerdo romperá el compromiso.

- ¿Qué? - casi grité - ¿por qué quiere hacer eso?

- Esperaba que tú pudieras explicármelo – me dijo mi padre mirándome muy serio – él solo me ha dicho que había visto que tú no estabas preparada para el compromiso que se tiene cuando dos personas se unen en santo matrimonio y yo no he podido dejar de darme cuenta de que aun que tú aún lleves su anillo en tu dedo, él no a venido a visitarte. ¿Ha ocurrido algo que yo deba saber?

- No padre – le dije – solo le he dejado claro algunos puntos.

- Como el de no dejar que después de la boda él te toque – me dijo mi padre y yo lo miré sorprendida.

- ¿él te ha contado eso? - le pregunté.

- No ha sido Edward – me dijo – sino Sue pero al preguntárselo a él no lo a negado así que he entendido que es verdad.

Yo me quedé callada.

- Bella hija, sé que lo que te ha pasado es duro de asumir y que te costará algún tiempo – me dijo mi padre acercándose a la cama y sentándose a los pies de esta – pero tienes que entender que no todos los hombres somos como el malnacido que te ha hecho esto.

- No le tengo miedo a los hombres – le dije – si no al dolor que me pueden infligir.

- Hija, cuando una relación es consentida por ambas partes no es para nada dolorosa – me dijo mi padre y pude ver que se sentía incómodo al hablarme de estas cosas – bueno puede que al principio un poco para la mujer pero el dolor pasa rápidamente dejando paso al placer.

Yo lo miré sin querer creerlo y aun que había escuchado a muchas doncellas hablar de lo bien que lo habían pasado con los soldados revolcándose por el pajar a mi me daba miedo.

- Pero es algo que yo no podré controlar – le dije – y aun que mi cuerpo pueda desearlo mi mente está bloqueada.

- Cariño vuelvo a repetirte que una relación de ese tipo consentida por ambos la controlan ambos – me dijo – ningún hombre que tú elijas y menos aún Edward te harían hacer nada que tú no quisieras hacer.

- Pero papa no lo entiendes- le dije al borde de las lágrimas – no es que no quiera hacerlo, es que no puedo. - le expliqué – cada vez que me imagino estar en esa situación con mi futuro esposo me entran escalofríos por el cuerpo y mis músculos se tensan, siento como la bilis me sube a través del estómago y solo puedo sentir a aquel... desgraciado haciéndome eso.

- Cariño no has querido hablar de quien fue y creo que deberías decirlo – me dijo mi padre después de estar en silencio durante unos minutos.

- Papa no lo conozco – le mentí – estaba muy oscuro y a penas le vi la cara. No podría darte una descripción y no soportaría condenar a un inocente.

- De acuerdo pequeña – me dijo – pero en cuanto recuerdes algo dímelo, no deseo morir sin ver antes ahorcado al que te hizo esto.

- Descuida papa – le contesté.

- Y en cuanto a Edward...

- Hablaré con él - le corté – es más ahora mismo lo haré llamar y no te preocupes papa, la boda sigue en pie.

- Así me gusta pequeña – me dijo. Se levantó de la cama y se acercó a darme un beso en la cabeza. Yo me obligué a quedarme quieta y dejarlo hacer aun que lo que más deseaba era esconderme debajo de las sábanas. - y piensa en lo que te he dicho.

- Lo haré – le dije cuando él se dirigía hacia la puerta. Justo antes de salir le dije – papa, ¿puedes decirle a Edward que quiero hablar con él?

- Por supuesto – sin decir nada más se marchó de la habitación.

Yo esperaba que Edward se presentara nada más recibir el mandato por mediación de mi padre pero me equivocaba. Edward no apareció hasta las cinco de la tarde cuando yo me acababa de dar un baño. Lo hizo todo embarrado en sudor y lodo y con su traje de caza aún puesto.

- Me ha dicho vuestro padre que querías hablar conmigo princesa – su tono frío y distante me sorprendió y sin saber porqué también me dolió.

- Y a mi me ha dicho él que querías romper nuestro compromiso – le dije sin mantener las distancias que él había mostrado.

- No creo que estéis lista para lo que yo espero de un matrimonio – me dijo él y yo me quedé fría. Absolutamente fría. No supe que decirle ni aún cuando él se dio la vuelta y se marchó de la habitación.

Él quería una esposa en el más amplio sentido de la palabra y eso yo no se lo podía dar. Él no se iba a contentar con estar sentado a mi lado en mi trono, él también querría que compartiera su lecho pero eso yo no lo podía hacer. Él quería que yo le diera herederos pero eso yo no lo podía permitir.

Sin poder contenerlo más, solté las lágrimas que durante tantos días luchaban por salir. Menos mal que en ese momento me encontraba sola y nadie sería testigo de mi debilidad.

Al día siguiente cuando me desperté, Alice me tenía preparado ya el baño y me miraba sonriente. Justo al lado de mi cama había un gran ramo de rosas rojas que me llamaron la atención.

Tienen una tarjeta – me dijo mi mejor amiga dando pequeños saltitos.

Yo me incorporé y la cogí.

Me haría un gran honor si aceptara

mi invitación a desayunar en los jardines conmigo.

Sé que hoy es su primer día para poder disfrutar

del sol de nuevo y me gustaría acompañarla

y así poder solucionar algunos temas que tienen urgencia.

La espero en el jardín de atrás que en este tiempo esta precioso,

tanto como usted.

Abríguese pues aun que estamos ya en primavera

en las mañanas sigue refrescando.

Sumamente suyo,

Edward.

Yo no pude evitar que en mi cara se dibujara una sonrisa al leer la nota que tan fantásticamente me había escribido.

- Es todo un poeta, ¿verdad? - yo solo asentí mientras veía como Alice seguía arreglando mi ropa y veía como buscaba unos zapatos que conjuntaran con el vestido azul cobalto que había elegido ella para hoy – la verdad es que he sentido la tentación de leerla pero no me ha parecido correcto aun que seamos amigas.

- Toma – le dije después de pensarlo unos minutos – pero ten en cuenta de que esto es solo un trueque – le dije y ella me miró sin entender – yo te dejo leer las que tu hermano me envíe si tú me dejas leer las que el señor Hale te envíe a tí. - vi como ella se sonrojaba y estaba a punto de negármelo – no me digas que no te ha escrito porque no me lo creeré, vi como os mirabais el día que coincidisteis ambos en mi dormitorio y desde entonces me ha estado picando la curiosidad.

- De acuerdo – me dijo ella – pero se lo contaré después pues se está haciendo tarde y mi hermano la espera.

Ella me ayudó a levantarme de la cama y la verdad es que pude comprobar que, aun que seguía estando débil, ya no me dolía tanto como antes. Solo sentía un pequeña molestia que casi ni se notaba si no pensaba en ella.

Me bañé y me vestí con la ropa que ella me había preparado. Cuando llegó la hora del peinado estaba indecisa entre si dejármelo suelto o recogérmelo. Al final opté por que me hiciera una trenza floja y dejara algunos mechones caer sobre mi rostro. Cuando estuve lista, Alice me alabó diciéndome que yo estaba muy guapa y sin quererlo me ruboricé.

Salí de mi dormitorio y en medio del camino hacia el jardín me di cuenta de que se me olvidado el anillo que Edward me había dado por el compromiso en mi habitación, así que volví corriendo a recogerlo y antes de salir cogí una rosa con cuidado de no pincharme con las espinas y me la llevé.

Cuando llegué al jardín, vi a Edward esperándome justo al lado de una mesa preparada con el desayuno. Él estaba hermoso con su traje de caballero en tonos beis y azul y una sonrisa deslumbrante en sus labios.

- Espero que te haya gustado mi regalo – me dijo él acercándose a mi silla y separándola para que pudiera sentarme.

- Si – le dije – son hermosas.

- No tanto como tú – me dijo él sentándose frente a mí. Yo me ruboricé.

- He pedido café y té pero me imagino que ya estará frío – me dijo disimulando el haberse percatado de mi sonrojo.

- Siento haber tardado – le dije.

- No os preocupéis – me contestó y yo me quedé callada mientras una de las doncellas traía té y café recién hecho.

La verdad es que Edward me tenía un poco descolocada. Hacía apenas un día que quería romper nuestro compromiso y ahora me mandaba ese precioso ramo de rosas con esa bella nota y me hacía cumplidos por doquier.

- ¿en qué piensas? - me preguntó él al verme tan silenciosa.

- En que no entiendo tu postura de ayer y la de hoy – le dije.

- La verdad es que me arrepiento un poco de lo que dije ayer – me confesó – venía cansado de la cacería y verte ahí después de todos estos días sin haber hecho ningún llamamiento para verme me superó y dije lo primero que se me vino a la mente, lo siento.

- Pero le dijiste a mi padre en la mañana que no querías casarte conmigo – le dije.

- No le dije que no quería casarme contigo – me contradijo él – sino que pensaba que tú no estarías dispuesta a casarte conmigo y que si así era que no se preocupara por mí pues lo entendía y que no pondría ningún impedimento a la hora de romper el compromiso.

- Pues te equivocaste – le dije.

- ¿en qué me equivoqué exactamente? - me preguntó él dejando su café en el platillo e inclinándose hacia mí. Yo luché por no echarme hacia atrás y al final Edward se sentó derecho en su silla. Quizás se habría dado cuenta de mi incomodidad.

- Si que quiero casarme contigo... solo que me preocupan algunas cosas – le dije sin poder mirarlo a la cara.

- ¿qué es lo que te preocupa? - me preguntó y pude sentir como ponía su dedo indice debajo de mi barbilla y la alzaba para poder mirarme a los ojos. Me sorprendí cuando noté que ese pequeño contacto no me daba repulsa.

- No poder llegar a ser una buena esposa para tí – le dije.

- ¿y por qué piensas que no serías una buena esposa? - me preguntó de nuevo.

- Porque no podría... darte todo lo que tú puedas desear de mí – le dije.

- Bella soy muy paciente – me dijo volviendo de nuevo al trato familiar – esperaré hasta que tú quieras darme todo lo que hay en tí.

- No me entiendes Edward – le dije levantándome de la silla y dándole la espalda – no es que no quiera darte todo lo que hay en mí, sino que no puedo.

Pude sentir como él se estaba acercando a mí y los vellos de los brazos y la nuca se me erizaron, lo que no llegué a comprender era si por repulsa o por deseo de que él realmente me tocara.

- Bella todo está muy reciente aún – me dijo él y suavemente posó su mano sobre mi brazo y poco a poco me giró para quedarme de cara él – poco a poco el miedo irá pasando.

- ¿y si no lo hace? - le pregunté yo - ¿ y si siempre tengo miedo?

- Pasará – me dijo – de eso me encargaré yo.

- ¿me obligarás? - pregunté encogiéndome levemente.

- Nunca Bella – me dijo él con tal firmeza que lo creí al instante – nunca haría nada que tú no quisieras.

- Lo sé – suspiré.

- Pues entonces déjame que se lo haga ver a tu cuerpo – me dijo él y vi como pegaba cada vez más su cuerpo al mío – déjame hipnotizar tus sentidos para que solo pienses en mí.

- No hace falta que me hipnotices – le dije cerrando los ojos y suspirando. - ya lo hago.

- Pues iremos más allá hasta que sientas la misma necesidad que siento yo por tí – noté como posaba un brazo alrededor de mi cintura y al instante me tensé y abrí mis ojos. Me sorprendí al verle tan cerca.

- Aléjate – fue lo primero que salió de mi boca e intenté dar un paso atrás para librarme de su agarre. Él me soltó al instante y me sentí tranquila.

- Iremos poco a poco – me dijo él entonces – haremos que te acostumbres a que yo esté a tu alrededor y cuando te sientas lista serás tú la que me lo dirás.

- No me obligarás – musité.

- Nunca – dijo él.

- Cuidarás de mí – susurré.

- Con mi vida – murmuró él.

- No me harás daño – alce el rostro y lo miré. Estaba muy cerca de mí, tanto que podía sentir su respiración en mi boca.

- Jamás – contestó dando un paso que nos acercó aún más el uno al otro pero aún sin tocarnos. - solo haré lo que tú me permitas hacer, solo tocaré lo que tú me permitas tocar y a cambio te daré todo el placer que nunca hayas podido imaginar.

- Suena fantástico – susurré y volví a cerrar mis ojos.

- Y sentirlo será aún mejor – y sin avisarme posó sus suaves labios sobre los míos. Al principio me sobresalté y quise apartarme pero en cuanto empezó a mover sus labios sobre los míos, recordé el beso que me dio aquella primera noche y me sentí bien. Pero casi al instante también recordé el brusco beso que Jacob me había dado y mi respiración se entrecortó y me separé de él de un salto.

- Lo siento – susurré.

- No tienes por qué – me dijo él con una sonrisa. - he sido yo quien te ha besado.

- Pero me estaba gustando y yo me he apartado – le dije y noté como me volvía a sonrojar.

- Pues habrá cosas que te gustarán aún más y también se que te apartarás muchas veces más y no quiero que cada vez que lo hagas te disculpes – me dijo él con una adorable sonrisa.

- No te merezco – le dije sintiendo como unas lagrimas se estaban formando alrededor de mis ojos.

- Shh no llores – me dijo él con dulzura y fue cuando mis ojos se desbordaron. Edward con sus suaves dedos las limpió todas – soy yo el que no te merece a tí.

- Por el trono – le dije yo.

- No Bella – me dijo él – por tí. Eres una mujer extraordinaria – me dijo – no he conocido a muchas futuras reinas que sus mejores amigas sean sus doncellas y que estén dispuestas a casarse con el hijo del ama de llaves – fui a hablar pero Edward no me dejó – sé que para tí somos tu familia pero fuera de este reino eso se vería raro e incluso te mirarían por encima del hombro. No eres una persona frívola o que lo único que haga sea pensar en el dinero o en el poder como otras princesas a las que he conocido – siguió diciéndome él y pude ver en su rostro que creía lo que decía – te importa tu reino y eso es admirable. Eres la mejor persona que he conocido y la más bella mujer que conoceré jamas. Y yo simplemente soy el hijo de una doncella – siguió sin dejarme hablar – si, tengo un título de caballero que tu padre me ha concedido para poder casarme contigo pero eso no importa. No tengo casa, ni tierras ni joyas ni dinero pero aún así estás aquí delante de mí dispuesta a ser mi mujer. - vi que al final se estaba emocionando un poco y yo no pude evitar soltar unas pequeñas lagrimas – soy yo el que no te merece Bella. Nunca pienses que quiero estar contigo por el trono de Forks porque eso es solo otra cosa más que viene contigo y que no es un privilegio sino un deber. Yo me quiero casar contigo por la persona excepcionalmente bella tanto por dentro como por fuera que tengo delante de mí.

- Oh Edward – le dije y sin poder evitarlo le di un gran abrazo – tu hermana tiene razón, eres todo un poeta.

Lo escuché reír y yo lo abracé más fuerte aún. Al cabo de unos pocos segundos escuché como alguien tosía y nos separamos aun que a regañadientes.

- no me equivoco si digo que al final habrá boda ¿verdad? - preguntó mi padre con una sonrisa en su rostro.

- No papa – le dije sonriéndole yo también – no lo haces.