Volví a la central, ya estaba de noche y el frío era tal que rajaba la tierra. Me abracé y froté mis brazos para calentarme un poco más fue en vano. Tambaleé hasta la puerta principal, doblé al primer pasillo dirigente a mi oficina. Sabía que allí nada me haría más daño. Estaría aislado como dejé el corazón tiempo atrás para no dejar indefenso ante las garras de las personas causantes de estragos en la sociedad. Esas que nadie quiere por ser dañinas, monstruosas y arremeten con la felicidad de uno.
La poca que me queda…
Miré a través del vidrio y vi a Piers quien salía apurado, sin dirigirme la mirada.
—¿A dónde vas? —pregunté. Giré hacia él y noté que sus ojos estaban rojos y se podía ver algunas lágrimas aún en ellos. Lágrimas que probablemente yo ocasioné. Estiré el brazo tratando de limpiarlas pero él me quitó de encima con un manotazo agresivo.
—No me toqués—manifestó él. Trató de alejarse sin embargo allí estaba yo, tomándole el brazo y atrayéndolo hacia mí para embriagarme con su fragancia.
—Tengo derecho—respondí en su oído.
—¿Derecho a qué mierda? ¿A tenerme sólo para complacerte? No—me empujó logrando zafarse de mi agarre. Yo quise agarrarlo de nuevo pero me evadió haciéndose a un lado.
—Tengo derecho a ayudarte y saber qué te pasa. Además, quería disculparme con vos.
—Claro, ahora que me ves así querés disculparte. Mientras tanto te importó un bledo lo que me dijiste.
—Lo sé—contesté agachando la mirada. La vergüenza se apoderaba de mí y mis ojos estaban tan vacíos como mi corazón—Sé que en el momento no me importó en lo absoluto y estoy arrepentido.
—Ya no te creo, Chris.
—Haría lo que fuese por recuperar tu confianza—recalqué.
—No sería lo mismo—respondió Piers amagando a irse.
—Muero por intentarlo—lo tomé del brazo y lo miré fijo, perdiéndome en la miel que sus ojos poseían.
—No te creo—insistió y tiró para librarse de mi agarre. Inmediatamente lo abracé, con todas mis fuerzas. Hundiéndome en su dolor perfumado de menta.
—Perdón—comenté hundiendo mi rostro en su hombro—Perdón si soy la peor porquería del mundo. No quiero lastimar a nadie más. Lo juro por mí y por mi vida—mientras recitaba estas palabras sentí sus manos sobre mi espalda, acariciándome suavemente como hace un tiempo—Perdón—dije por última vez.
Él no dijo nada cuando me reincorporé para mirar mi vergüenza reflejada en sus ojos. En cambio sentí sus brazos rodeando mi cuello para apegarme a él. Sentía que la sangre me hervía, los ojos querían volver a mojarse en agua tibia. Los apreté fuertemente con mis párpados resistiendo al quiebre de mi persona. Sin embargo, me empujó y salió corriendo lejos, perdiéndose en la espesa neblina que en la calle danzaba cuando entré.
—No te me vayas—susurré estirando mi mano estúpidamente pensando que podría alcanzarlo. Miré al piso por unos instantes y pasé hacia el interior de la central. A paso apurado fui hasta mi oficina, entrando a lo bruto y cerrando la puerta con fuerza. Corrí a la habitación y me tiré en la cama, pasando mis brazos por debajo de la almohada y el rostro hundido entre ella. Me revolví en ella mientras me ahogaba con mis propias lágrimas. Deseando que Piers estuviese conmigo aunque sean cinco minutos más. Pedirle disculpas cómo se debe y que dejar de lado esto que tanto daño le hace. A mí igual pero de mí no importa más nada. Él es el que me importa ahora porque sufre por mi culpa, porque soy yo quien lo hace pedazos con sus hechos y palabras.
Sentí unos golpeteos en la puerta. No tuve más remedio que limpiarme las lágrimas y exclamé que pasara quien fuese que estuviese allí. Entró Sheva lentamente haciendo resonar sus botas de montar en toda la madera del piso.
Se asomó apoyando la mano en el marco de la puerta y yo me senté al borde de la cama, dándole la espalda para ganar tiempo y limpiarme las lágrimas. Refregué efusivamente mis ojos ya hinchados por el llanto. Exhalé luego de un suspiro pesado y volteé hacia ella.
—¿Qué te pasó?—dije con la mirada severa. Tratando de disimular el haber estado llorando minutos atrás.
—Te escuché que golpeaste la puerta. ¿Estás enojado o algo por el estilo?—musitó ella acompañándome al borde de la cama. Aproximándose descaradamente a cada segundo hasta quedarse pegada a mí.
—No es nada—respondí volteando a mirar la mesa de luz.
—Bien…entonces…¿sabés qué le pasa a Piers? Lo vi llorando en el patio.
—No tengo idea—mentí. Era por mi culpa y si tuviese la oportunidad de cambiar todo, lo haría.
—En verdad estaba triste. Incluso no comió nada en la cena. Sólo estaba sentado allí con la cabeza hundida en sus brazos y llorando. Y sentí pena por él hasta que decidí preguntar qué era lo que tenía.
—Ya te dije que no sé nada.
—Bien…si vos lo decís—se arrimó más a mí para darme un suave y cálido abrazo. Apreté mis ojos por unos segundos sin romper en llanto y la abracé de la misma manera que ella lo hacía conmigo.
—Sé que algo les pasa a ustedes dos y no quieren contármelo.
La aparté levemente y la miré a los ojos, parpadeando un par de veces para que las lágrimas no aflojaran. Desvié mi vista hacia la pared y ella con su mano la volvió a donde estaba anteriormente.
—¿Estás seguro que nada les pasa?
Negué con la cabeza y me distancié un poco, poniendo mis manos entre mis piernas e inclinándome mediamente hacia adelante.
—Lo que pasa es que Piers y yo somos…
