Capítulo 5

CANDY se plantó en la calle.

—¡Anthony!

Él se volvió.

—¿Qué?

Candy calló cuando la gente que pasaba por la ca lle se apartaba para pasar. Anthony la agarró de la mu ñeca y tiró de ella hacia un lado.

—Insisto en que, mientras estemos... juntos, me muestres un mínimo respecto. Anthony agrandó los ojos.

—¡Respeto!

Enfurecida, Candy enderezó los hombros.

—No creo que sea mucho pedir...

—¿En qué te he faltado al respeto?

—En ir detrás de esa mujer...

—¿En ir detrás de esa mujer? ¿Es eso lo que crees que estoy haciendo?

—¿No es así?

—¡No, claro que no!

Candy empequeñeció los ojos.

—Entonces, ¿qué demonios estamos haciendo aquí, Anthony?

Anthony empezó a tirar de ella hacia el coche. Por fin, se detuvo delante de un escaparate que tenía cajas de música. Tras una pausa, dijo:

—Necesitaba salir de allí.

—¿Por qué?

—Piénsalo, Candy. Estábamos tan tranquilos, yo iba a volver a descubrir las delicias de los calamares del Mona Lisa y tú habías empezado a relajarte; y, de repente, aparece esa mujer, me planta un beso en la boca y me llama cielo y encanto. Y todo eso delante de ti.

Anthony se miró los zapatos. Después, volvió a alzar los ojos y añadió:

—Y luego tú vas y me dices que, en un pasado re ciente, me habría gustado verte celosa y hacerte sufrir, y que no me habría importado.

¡Y con qué sinceridad lo decía! ¿Era realmente sincero? ¿O volvía a ser el viejo Anthony, el manipulador? Mordiéndose los labios, buscando una forma de ser amable sin necesidad de caer en la trampa otra vez, Candy contestó:

—Yo no he dicho que me hicieras sufrir.

Él esbozó una triste sonrisa.

—No, supongo que no.

—Y a ti no han parecido molestarte sus atenciones.

—¿Sus atenciones? —repitió él en tono burlón—. ¿Es así como tú lo llamas? ¿Has visto al camarero guiñándome el ojo? ¿Te imaginas lo que se siente cuando e tás con una mujer a la que has dejado embarazada y, de repente, aparece otra toda sonrisas y carantoñas? Me he sentido como un sinvergüenza.

—Pero Anthony, es tu restaurante preferido. Además, no supiste que yo estaba embarazada hasta el día del accidente. Lo que hiciste durante el tiempo desde que rompimos hasta que tuviste el accidente era asunto tuyo, no tenía nada que ver conmigo.

—Espera un momento. ¿Qué has dicho, que me ocultaste que estabas embarazada?

—Bueno...

—¿Se supone que eso me tiene que hacer sentir mejor?

—¿No quieres que entremos otra vez y cenemos?

—No —respondió él con firmeza.

—Pero si te encanta el Mona Lisa...

—Quizá me gustaba en el pasado, pero ahora no. Además, creo que he perdido el apetito. Vamos a pa sear un rato.

Candy, tratando de ignorar el hambre, sonrió. Pero su sonrisa tembló cuando Anthony le agarró una mano y luego le dio un abrazo.

Anthony estaba despierto tumbado en la cama. El calmante que Candy le había dado aún no le había hecho efecto, lo que le dio tiempo para pensar. El problema era que tenía poco en qué pensar; al menos, pocas cosas agradables.

Cerró los ojos y se imaginó a sí mismo; entonces, un nombre le vino a la cabeza... Albert. Un hombre físicamente igual que él y con los mismos genes. Anthony conocía pocos detalles del accidente, los médicos le habían dicho que querían que eso lo recordara por sí mismo.

Su hermano gemelo estaba muerto, pero no sentía nada por él, no lloraba su muerte. Se habían criado juntos. Sin duda, habían reído juntos, se habían peleado y habían vuelto locos a amigos, profesores y padres. Incluso habían elegido la misma profesión.

Sin embargo, de adultos, no estaban unidos. Habían vivido lejos el uno del otro. No obstante, al parecer, habían compartido amor al arte y a la lectura. Y, al final, al final de la vida de Albert, iban al mismo sitio en el mismo coche. Por primera vez, se preguntó qué sitio era ese. ¿Por qué habían estado en aquella carretera solitaria el día de la boda de Terrence?

Pensó en Candy. Durante unos segundos, en el bar del restaurante, había sentido un deseo primitivo por ella. Había estado a punto de besarla. La sentía suya instintivamente. Sin embargo, el hecho de que ella no quería pertenecerle cada vez era más obvio.

Anthony se ahuecó la almohada y volvió a tumbarse en la cama; sin embargo, lo que quería hacer era ir a la habitación de invitados y meterse en la cama de ella. Embarazada o no, era una mujer muy sensual, una mu jer encantadora que despertaba en él toda clase de fantasías y emociones. En ese caso, ¿por qué la había de jado?

Bostezó. La pastilla, por fin, hizo efecto.


Candy se despertó con dolor de cabeza y unas ga nas terribles de tomar un café.

Abrió su maleta y sacó unos pantalones cortos blancos, una camisa azul y una zapatillas de deportes. Iba a ser un día activo.

Al pasar por el espejo, se detuvo y se miró de perfil. Se pasó una mano por el redondeado vientre y sonrió.

Fue al cuarto de baño, se echó agua fría en la cara, se cepilló los dientes y se peinó, pero no se maquilló. ¿Qué importaba que Anthony no la encontrara atractiva?

En parte, para resistirse al atractivo que Anthony ejercía sobre ella, lo mejor era centrarse en ayudarlo a recuperarse, tratando de no pensar en él como hombre. Y para eso debía de dejar de permanecer tumbada en la cama por la noche sin dormir pensando en que él estaba acostado en la habitación contigua. Debía de dejar de pensar en su cuerpo cautivador bajo las mantas, en sus cabellos negros descansando encima de la almohada. Y nada de abrazarse a él con el fin de ayudarlo a recuperar sus recuerdos.

Ese día iban a redescubrir el pasado de Anthony de un modo más tradicional: fotografías, una visita al colegio, otra visita a la casa en la que se crió, y cosas así.

La puerta del dormitorio de Anthony estaba aún cerrada, lo que significaba que, a pesar de los calmantes, él también había pasado la noche inquieto.

Candy se alegró de tener un poco más de tiempo para sí misma.

Sin embargo, al acercarse a la cocina, oyó la puerta del frigorífico al abrirse. Anthony estaba levantado. Al verlo, le sorprendieron dos cosas: que estuviera completamente vestido, con pantalones y chaqueta, y que tuviera una docena de huevos en una mano y un melón en la otra.

Estaba sumamente guapo. La chaqueta era gris oscuro con un ligero tinte pardo, y la camisa del mismo color, pero un tono más claro. La corbata, que ella le había regalado la Navidad anterior, era de seda marrón verdoso. Candy no pudo evitar preguntarse si, sub conscientemente, Anthony sabía que era un regalo suyo.

Cuando Anthony se volvió, la miró con expresión pe netrante. La rubia que lo saludó en el Mona Lisa la tarde anterior tenía razón, la cicatriz aumentaba su atractivo.

—Buenos días —dijo él.

Fue entonces cuando Candy se fijó en las bolsas de la compra que había encima del mostrador.

—Buenos días. ¿Has hecho la compra?

—No había nada de comida en la casa —contestó él mientras ponía huevos, fruta y pan encima del mostrador—, a excepción del caviar y las otras cosas de lata. Las mujeres embarazadas, sobre todo las que no han cenado por la noche, necesitan desayunar.

Candy se asombró de que Anthony hubiera mostrado consideración respecto a sus necesidades.

—¿Cómo has encontrado el supermercado?

—Se lo he preguntado al conserje, y él me ha pedido un taxi por teléfono. Los del supermercado me conocen. Una de las empleadas me ha dicho que era la primera vez que me ha visto comprar comida de verdad; al parecer, solo compro cerveza, vino y aperitivos. Otra empleada se ha ofrecido y me ha traído a casa en coche; durante el trayecto, me ha dicho que era una de las voces femeninas que ha dejado un mensaje en el contestador.

Candy se apoyó contra el mostrador.

—Has estado muy activo esta mañana.

—Sí, y que lo digas.

Candy encontró un paquete de café molido y lo sacó del armario. La cafetera estaba en el escurreplatos.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Anthony al tiempo que se acercaba a ella.

—Voy a hacer café.

—Gracias, pero no quiero café.

—Está bien, lo prepararé para mí.

—Estás embarazada, no puedes tomar café.

Candy fingió sorpresa.

—¿En serio? ¿Quieres decir que no estoy gorda simplemente?

—Ja, ja, muy graciosa.

Mientras ponía café en la cafetera, Candy añadió:

—El médico me ha dicho que puedo tomar una taza por las mañanas. Ya sé que no te acuerdas, pero, por las mañanas, no me siento humana hasta no tomarme dos tazas de café; así que tomar una es un gran sacrificio que hago por mi hijo.

—Por nuestro hijo —le corrigió Anthony mirándola al abdomen.

Ella alzó los ojos hacia él y volvió a cerrar el paquete de café.

—Nuestro hijo —repitió Anthony.

—Sí, nuestro hijo.

—Tenemos que hablar sobre ese asunto.

A Candy le dio un vuelco el estómago al oír las palabras de Anthony. Inmediatamente, echó agua en la cafetera y la puso en el fuego antes de volverse a él.

—¿De qué es de lo que tenemos que hablar exacta mente, Anthony?

—De cómo vamos a criar a nuestro hijo.

En el pasado, Candy habría dado cualquier cosa por oír esas palabras, pero ahora la asustaban. No estaba acostumbrada a la idea de compartir a su hijo. El hijo de ella. Parte de su cuerpo y de su alma. Aún no le había dicho a Anthony que, tan pronto como sus padres volvieran de San Francisco, ella se iba a Springfield.

—He hecho que te disgustes —dijo él.

—No...

—No se te da bien mentir.

Candy sacudió la cabeza. Estuvo a punto de contestarle que, sin embargo, a él sí se le daba bien mentir; sin embargo, eso habría sido un golpe muy bajo.

—Deja que me tome un café primero, por favor. Además, ¿cómo sabes tú que la cafeína puede dañar al feto?

Anthony se encogió de hombros.

—No tengo ni idea. Quizá lo haya leído en alguna parte.

—Mmmmm.

—He tenido suerte de poder pagar con tarjeta de crédito en el supermercado y al taxista, porque tampoco tengo idea de cuál es el código de la tarjeta. ¿Lo sabes tú?

—Naturalmente que no. Pero en la habitación en la que estoy durmiendo hay un escritorio, así que su pongo que tendrás ahí tus papeles.

—Miraré más tarde. Bueno, ¿qué plan tenemos hoy?

—¿Cómo te encuentras?

—Tan bien que voy a tomarme una aspirina en vez de esas pastillas que me dejan atontado.

—Estupendo. En ese caso, podríamos ver el álbum de fotos o podríamos ir a dar un paseo en coche.

—Prefiero el paseo.

Candy se sirvió el café mientras Anthony miraba la fruta.

—¿Qué me gusta más, el melón o el pomelo? —preguntó Anthony.

—Te gustan las dos cosas.


Como el coche de Anthony había quedado destrozado en el accidente, tomaron el coche de Candy. Después de las preguntas que Anthony le hiciera aquella mañana respecto a la crianza de su hijo, se alegraba de haber guardado la mayoría de sus pertenencias en el garaje de una amiga. Aún tenía algunas cajas en el maletero del coche; pero a menos que se les pinchara una rueda, Anthony no las vería.

Fueron directamente al centro de Seaport, al colegio en el que Anthony había ido de pequeño. Como toda vía era agosto, el curso no había empezado; por lo tanto, el colegio estaba prácticamente desierto.

—Tu madre me ha dicho que estuviste aquí hasta los diez años.

—No me acuerdo de nada —le dijo él.

—Es un colegio muy agradable. Yo hice mis prácticas de maestra ahí, en la clase de la esquina del edificio.

—Apuesto a que eres una maestra magnífica.

—¿Por qué dices eso?

Anthony sonrió.

—Porque eres cariñosa, compasiva y tierna, y tienes sentido del humor. También tienes aspecto de ángel, y la voz, aunque firme, suave. Y tu pelo es como un rayo de sol.

—Dios mío —dijo Candy, algo asombrada—. En fin, espero que tengas razón en lo que respecta a que sea una buena maestra. No puedes imaginar lo divertidos y creativos que pueden ser los niños de cinco o seis años. Estoy deseando tener uno mío así.

—Pues me parece que tendrás que esperar cinco años —dijo Anthony mirándola al vientre. Después, miró la lista de las cosas que tenían que hacer—. Vamos al instituto donde hice el bachiller.

Con Candy al volante, recorrieron tres kilómetros a través de un laberinto de calles; por fin, llegaron a una valla. Estaban en la parte posterior del edificio, delante del patio de recreo donde unos chicos se estaban preparando para jugar un partido de baloncesto.

—Me pregunto si alguna vez he jugado aquí en verano —comentó Anthony. Candy miró la lista.

—Tu madre ha anotado que jugabas al baloncesto y al béisbol.

—Ahora mismo vuelvo —dijo él saliendo del coche.

Candy le vio atravesar la puerta de la verja y acercarse a los chicos. Después, le vio quitarse la chaqueta y subirse las mangas de la camisa. Uno de los chicos le dio un bate de béisbol, y Anthony lo agarró. Le tiraron una pelota, pero erró. Le dio a la segunda que le tiraron, y la lanzó a mitad del campo. Tras la pequeña prueba que se había impuesto a sí mismo, Anthony charló con los chicos, recogió su chaqueta y volvió al coche.

Echó la chaqueta en el asiento trasero y, cuando se sentó, lanzó un profundo suspiro y sonrió. Algo en su expresión hizo pensar a Candy que había recordado quién era.

Le sorprendió descubrir la ambigüedad de sus sentimientos al respecto. Si Anthony se redescubría a sí mismo, también recordaría lo que sentía por ella. Candy esperaba no estar en un coche pequeño al lado de Anthony cuando llegara ese día.

Y cuando llegara ese día, probablemente tendría que marcharse y quizá no volviera a verlo nunca más,

Quizá.

Quizás no.

Pero si Anthony no recuperaba la memoria...

Candy se sintió atrapada en un mar de confusión.

Nerviosa de repente, dijo:

—Es evidente que has recordado cómo darle a una pelota con un bate de béisbol.

—Sí, Desgraciadamente, es lo único que he recordado.

Así que la sonrisa solo se había debido a haberle dado a la pelota.

—¿Y ahora qué?

«Ahora a casa», quiso responder Candy. Quería darle las llaves del coche y dejar que él condujera por la ciudad. Súbitamente, se sintió enfadada con Pauna por haber abandonado a su hijo y también con los médicos por haber sugerido aquel ridículo plan de acción.

A pesar de lo que estaba pensando, sabía que ni los padres de Anthony ni los médicos eran culpables de nada, ella estaba ahí porque quería. Lo único que tenía que hacer era tener claros sus motivos.

—El instituto al que ibas está a tres kilómetros de aquí. Después del instituto, tú y Albert estudiasteis en Kenwood antes de terminar la carrera de Derecho en diferentes universidades.

—¿Dónde está Kenwood?

—A una hora de aquí en coche, hacia el Este.

—En ese caso, en vez de ir al instituto vamos a Kenwood.

A mitad de camino entre la universidad y la escuela universitaria de Kenwood,Candy reconoció un letrero y, bruscamente, giró el volante hacia la derecha y tomó un desvío.

—Saca la lista y mira si la casa de tus abuelos estaba en un sitio llamado Ponnyhills Road —dijo Candy. Ojeando el papel, Anthony contestó:

—Sí, en el número mil doscientos treinta y seis de Ponnyhills .

Candy aminoró la velocidad ya que la carretera se transformó en una carretera secundaria de casas rurales, casi todas sin número en la puerta. Candy estaba a punto de darse por vencida en el momento en que llegaron a unos campos amarillos en la ladera de una colina. En medio de los campos sembrados había una casa blanca pequeña. Un camino recto corría paralelo a una valla dilapidada. Los números en un poste indicaban el número mil doscientos treinta y seis.

Candy condujo camino arriba. Pero cuando llegaron a la casa, la encontraron abandonada. Los cristales de las ventanas estaban rotos, la puerta colgaba de una sola de sus bisagras, la hiedra subía hasta el tejado, un rosal trepador invadía el porche y crecía hierba entre los ladrillos.

Anthony salió del coche. Candy quería dejarle a solas con sus pensamientos, pero llevaba sentada al volante demasiado tiempo y necesitaba estirar las piernas. Ca minó en dirección contraria a él, para dejarle solo. Se encontraron en el jardín posterior. Anthony parecía pensativo.

—No me preguntes por qué, pero este sitio me resulta familiar.

—¡Eso es maravilloso! Tus abuelos vivieron aquí hasta que tú cumpliste los diez u once años —dijo ella.

—¿Dónde están ahora?

—Tu padre me ha dicho que sus padres murieron hace diez años. Esta casa era de los padres de tu madre; si no recuerdo mal, tu abuela murió hace cinco años y tu abuelo vive en una residencia de ancianos.

—Y yo no me acuerdo de ninguno de ellos —dijo Anthony.

Candy se quedó mirando la barbacoa que había en un rincón del jardín, ahora rodeada de malas hierbas y con ladrillos desparramados por el suelo. No tuvo que forzar mucho la imaginación para visualizar a Anthony, a Albert y a Terrence jugando al béisbol en los campos detrás del jardín mientras su abuelo asaba salchichas en la barbacoa.

De repente, Anthony se volvió para mirar colina arriba, Candy siguió su mirada con los ojos. Hierba amarilla subía hacia el horizonte hasta tocar el cielo azul. Un árbol solitario decoraba la cima de la colina. Sin pronunciar palabra, Anthony empezó a caminar hacia el árbol.

Candy lo siguió.

Con sus pisadas, Anthony abrió una senda a través de la vegetación, y Candy siguió el sendero. Anthony desapareció tras la cima, y ella continuó su ascenso.

Lo encontró detrás del árbol. Cuando Anthony la oyó aproximarse, extendió una mano, se la tomó y la acercó hasta quedar juntos.

—Aquí había un columpio —dijo Anthony.

Sonrió mientras señalaba una gran rama del árbol encima de sus cabezas. Entre el follaje, se podían ver dos maltrechas cuerdas.

—Por supuesto, no me acuerdo de nada —añadió Anthony.

—En ese caso, ¿por qué has subido aquí?

Él aún tenía la mano de ella en la suya, y le estaba provocando toda clase de sensaciones. Era solo una mano, enlazada con la suya, con unos cálidos dedos. Anthony parecía ensimismado en sus pensamientos, ignorante de la tortura que su proximidad estaba generando, mirando colina abajo hacia una arboleda.

—Creía que había un río allí abajo —dijo él.

¿Cómo iba a mantener ella la calma y a controlar sus emociones si Anthony insistía en comportarse como si tocarla fuera la cosa más natural del mundo? No era justo. Candy sentía el cuerpo de él al lado del suyo, le oía respirar. Deseaba que él la soltara; pero, sin embargo, esperaba que no lo hiciera.

—Puede que el río corra entre los árboles —dijo Candy por fin.

Le sorprendió que su voz le hubiera sonado normal, que no hubiera traicionado las indecisiones de su corazón. Aún de la mano, Anthony tiró de ella colina abajo, hacia la arboleda.

Candy había tenido la intención de no moverse y dejarle que fuera solo, pero se lo impidió la silenciosa decisión de él. Anthony se movió con paso ágil, pero no de prisa. Candy tuvo la impresión de que lo hacía por ella, impresión que fue corroborada cuando, al pasar por un terreno pedregoso, Anthony la levantó en sus brazos.

La llevó en brazos sin aparente esfuerzo, sonriendo, mirándola a los ojos.

—No es necesario que me lleves en brazos, puedo andar sola.

Anthony la ignoró y, tras rodear unos arbustos, entró en la arboleda. Por fin se oyó el correr de agua, un sonido suave y melodioso... exactamente lo contrario a lo que Candy sentía.

Apretada contra el pecho de Anthony, con una mano de él tocándole la parte posterior de las rodillas y la otra alrededor de su torso, Candy respiró la intoxicante fragancia de ese hombre. Siempre le había parecido un enigma aquella criatura de fuerza animal y aspecto de hombre civilizado.

—Todo esto me resulta familiar —dijo Anthony por fin, y su voz conllevaba una nota de júbilo que hipnotizó a Candy—. Apostaría un millón de dólares a que hay un columpio de cuerda por aquí, una enorme roca y una poza.

—No tienes un millón de dólares —le dijo ella mirándolo a los labios.

—En ese caso, si me equivoco, denúnciame —respondió Anthony bajando los ojos.

Se mantuvieron la mirada. A Candy le latió el corazón con fuerza debido a la proximidad de sus rostros. Parpadeó un par de veces y él volvió a sonreír antes de depositarla en el suelo con suavidad.

El río tenía unos tres metros de ancho; y tal como Anthony había supuesto, había unas rocas rodeando una poza. Colgando de la rama de un árbol suspendida sobre una de las rocas había un columpio de cuerda.

Anthony se sentó en el columpio. El árbol crujió ligeramente, pero soportó su peso. Después, clavó los ojos en la poza.

—No se puede ver el fondo —dijo él.

—¿Cómo es de profundo?

—Solo hay una forma de averiguarlo —respondió Anthony quitándose los zapatos.

—No estarás pensando lo que creo que estás pensando, ¿verdad?

—Creo que sí —respondió él mientras se quitaba los calcetines.

—La doctora ha dicho que tengas cuidado con la cabeza.

Anthony le lanzó una intensa mirada, que volvió a hacerla perder el sentido.

—¿Sabes una cosa, Candy ? A veces, lo más prudente es hacer justo lo menos prudente.

—Lo que quiere decir...

—Que al demonio con los médicos.

—Si te ahogas, no cuentes conmigo para que te salve.

—De acuerdo.

Candy encontró una piedra en la que sentarse y desde allí vio a Anthony quitarse los pantalones, la camisa y la corbata de cincuenta dólares. Se quedó en calzoncillos y Candy hizo lo posible por no quedárselo mirando.

—Te he pillado mirándome —dijo él.

—Siempre has sido un exhibicionista.

—¿En serio? ¿Lo ves? Poco a poco estoy descubriéndome a mí mismo.

Con cuidado, Anthony se bajó de la piedra hasta el agua. Después de meterse hasta las rodillas, se sumergió. Y cuando Anthony salió de nuevo a la superficie, sonriendo traviesamente, Candy le devolvió la sonrisa.

Trató de no pensar en lo absurdo de gustarle aquel nuevo Anthony.

En cuestión de segundos, Anthony estaba de nuevo encima de la piedra. Una vez más, Candy trató de desviar la mirada.

Con los ojos fijos en una hilera de hormigas, Candy dijo:

—Anthony, has sufrido una contusión. Tienes amnesia. ¿En serio crees que es prudente arriesgarte a darte un golpe en la cabeza?

—Puede que no —respondió él en el momento en que Candy levantaba los ojos.

Entonces, Anthony se agarró a la cuerda y, después de lanzar un grito, dio un salto y se tiró de cabeza a la poza. Candy lanzó un pequeño grito; después, se levantó y miró a la superficie del agua como si esperase encontrar allí flotando el cuerpo sin vida de Anthony. Pero lo encontró nadando hacia la orilla.

De no haber estado embarazada, se habría echado también al agua, con o sin traje de baño.

Y fue entonces cuando recordó quién era ese hombre. Era el hombre que la había acusado de hacer lo posible por obligarle a casarse con ella. Era el hombre del que no podía fiarse.

Y ella era la persona inadecuada para ayudarlo. Para ponerse bien, Anthony necesitaba que lo aceptaran por lo que era en aquellos momentos con el fin de des cubrir quién había sido. Sin embargo, con el fin de protegerse a sí misma y a su hijo, Candy necesitaba recordar quién había sido Anthony y quién volvería a ser.

Anthony necesitaba que lo ayudara alguien que no tu viera nada que perder, que no tuviera prejuicios ni motivos ulteriores. Ella debía marcharse.

Anthony subió a la piedra.

—¿Se le ocurrían... ideas extrañas al viejo Anthony... cuando se bañaba?

La suave y susurrante cualidad de la voz de Anthony no dejó lugar a dudas respecto a qué «ideas» se estaba refiriendo. Candy tembló y se negó a contestarle.

Anthony, a espaldas de ella, le besó el hombro. Sus labios parecieron quemarle un agujero en la blusa. Después, Anthony le levantó el cabello, despejándole la nuca, y la besó detrás de la oreja. Inmediatamente, las piernas de Candy temblaron.

Candy se dio media vuelta. Él la agarró por los brazos.

La besó. Sus labios mojados no enfriaron la fiera pasión que se había apoderado de él. Hacía meses que no se besaban, y a Candy le sorprendió descubrir que la magia no había desaparecido, sin todo lo contrario; si cabía, era más intensa. En el pasado, Anthony le había resultado sensual, excitante y algo intimidante. Ahora era todo eso y más.

Mucho más.

Candy se apartó de él.

Anthony le tocó la mejilla y se la quedó mirando a los ojos, y Candy se dio cuenta de que tenía que poner fin a aquello antes de dejarse arrastrar por sus propios sentimientos. Racionalizó que ese hombre era el viejo Anthony, que siempre conseguía lo que quería, sin preguntar. Y casi siempre se salía con la suya.

—Creo que es mejor que no vuelvas a besarme —dijo ella con calma.

—Nos hemos besado antes —respondió él con ojos brillantes.

—Sí, lo sé —Candy se dio una palmada en el vientre—. Y mira cómo he acabado.

—¿Estás contenta de ir a tener un niño, Candy?

—Sí.

—¿No te molesta demasiado que sea mi hijo?

—¿Cómo puede molestarme nada respecto a este niño?

—¿Es niño o niña?

—No lo sé.

—¿No te has hecho la prueba para saberlo?

—No. ¿Cómo sabes tú lo de la ecografía?

Anthony se encogió de hombros.

El gesto le hizo recordar a Candy que estaba casi desnudo.

Deseando cambiar de tema, Candy preguntó:

—¿Te ha ayudado en algo el baño en la poza?

—No.

—¿No has recordado nada?

Anthony se quedó contemplando el agua unos segundos.

—Es como si hubiera visto este sitio en un sueño.

—No te preocupes, tómate tu tiempo —dijo ella.

Entonces, tras asentir, Candy se apartó de él para dejarle vestirse en privado. Emprendió el ascenso por la colina con sus pensamientos por compañía.

CONTINUARÁ...


UN ABRAZO EN LA DISTANCIA

LIZVET