Rated K+
Tercera luna del 1501 Sengoku Jidai / Muromachi.
En una pradera en los alrededores de Edo
KAGOME
Todavía no me puedo creer que haya sido tan torpe. Si ese día hubiera mandado a Buyo al carajo y a mi hermanito a la mierda, ahora estaría de paseo con mis amigas o en el cine con algún noviete (el tal Hōjo del que Eri habla sin parar). Pero no, tenía que tener los huevos más grandes, una súper onē-san que no teme a ni a los oni, ni a los yurei, ni a Sadako la del pozo, ni a los yōkai con colmillos y largas garras. Claro que oni, no he visto todavía, a fantasmas menos, pero del pozo salió algo mucho peor que Sadako. Un gigantesco mononoke medio ciempiés, medió mujer psicópata que me arrastró nada menos que al Sengoku, casi 500 años atrás en la historia de Japón para rajarme el costado sacando de allí una canica rosa a la que llaman la Perla de Shikon y que se supone que concede mucho poder y cualquier deseo que le pidas...
En cuanto al yōkai (o medio yōkai en este caso) de largas garras y colmillos, va caminando delante mía refunfuñando y comiendo patatas fritas. Yo rompí el sello que lo dominaba desde hacía 50 años clavado al Goshinboku y él me salvo de la ciempiés gigante. En cuanto a la perla, pues también la rompí (se me da bien eso de romper cosas) en cientos de trocitos que de dispersaron a saber dónde. Desde entonces nos dedicamos a reunirlos. Inuyasha (pues ese es el nombre del gruñón medio-demonio que me acompaña) está de mal humor. Un antiguo sirviente, la pulga yōkai Mioga, acaba de avisarle que alguien trata de profanar la tumba de su padre, el gran Inu no Taishō, el antiguo Lord de la región del Oeste. Si no fuera por su malhumor sería una noche preciosa. En esta época y sin la luz de las farolas el cielo está plagado de estrellas y la luna llena brilla como un faro. De repente la zarpa de Inuyasha me empuja brutalmente contra el suelo. Levanto la cabeza dispuesta a jurar como un marinero borracho y alucino con la visión de una carreta voladora arrastrada por múltiples mononoke que acaba de pasar por encima de mi cabeza. Dentro, una mujer bella como un sueño de verano grita el nombre de mi amigo.
— Madre...,— susurra Inuyasha incrédulo y se lanza en pos de la carreta, que es agarrada y destrozada por un monstruo colosal de ojos rojos. Ahí tenía a mi primer oni. Una llamarada me ciega momentáneamente, miro el brazo del monstruo y encuentro el origen del fuego en una horripilante cara de madera. Es la punta de un bastón que sujeta un pequeño y feo yōkai kappa con cara de sapo.
— Maldición...—gruñe esquivando las llamas Inuyasha mientras yo no sé qué pensar. Me dijeron que la madre de mi compañero había muerto hace tiempo. ¿Cómo es posible que estuviera encadenada y en las garras de ese mastodonte? Mi mente va a mil por hora hasta que frena en seco, helándose me la sangre.
— Jaken, detente..., — susurra una voz grave y armoniosa, una voz cuya autoridad sería capaz de separar las aguas del mar rojo mucho más efectivamente que Moisés. — Los mataremos después de resolver nuestros asuntos.
Mi espalda se empapa de frio sudor y mis rodillas empiezan a temblar sin control. Enfoco la mirada deslumbrada por la luna en el hombro del monstruo deseando conocer al dueño de la voz que me provocaba tal efecto y por un momento me quedo sin aire.
La luna enmarca una silueta vestida del blanco más puro con mangas rojas como heridas abiertas; alta y elegante, de largos y sedosos cabellos plateados, capaces de eclipsar a la luna misma. Largas piernas enfundadas en altas botas, pecho y hombros amplios cubiertos por una armadura cuyos pinchos brillan con malicia. Enormes manos de largos dedos de cuyas garras gotea veneno corrosivo. Una especie de suave estola que flota a su alrededor como si tuviera vida propia...
Pero lo más impresionante es el rostro. Con una piel pálida y suave, rasgos perfectos cincelados y duros como el mármol. Dos rayas magentas adornan cada mejilla avisando a las demás bestias de lo peligroso de su dueño y en la frente una luna creciente más bella que la verdadera a su espalda. Y en el centro de ese rostro de ensueño y pesadilla, dos pozos de oro fundido con la pupila vertical. Los ojos de Buyo, los ojos que cualquier ser humano desearía poseer o admirar... A mí también me hubiera gustado admirarlos pero la sensación que me producían distaba mucho de ser agradable. Me sentía atravesada por hielo ardiente. Paralizada y humillada. Sentía que esas dos brillantes piedras ambarinas me atravesaban sin pudor o piedad, me despellejaban la piel y hurgaban en mis entrañas. Jamás había sentido tanto miedo y jamás el miedo me había parecido tan atractivo y adictivo.
En mi estupor apenas me doy cuenta de que mi compañero parece conocerle. Entre gruñidos y maldiciones Inuyasha me revela su nombre. Sesshōmaru, el asesino perfecto.
— ¡Sesshōmaru..., maldito!
— Eeh, ya veo que recuerdas la cara de Éste, tu hermano...
Por fin logro descongelar mis ideas. ¿Ha dicho hermano? ¿Es posible que ese ser de pesadilla sea el hermano de Inuyasha? ¿Del tontorrón y simple Inuyasha? El buen corazón y sincera sonrisa del hanyō que se había estado ganando mi cariño durante los últimos meses era como el día a la noche del aura de pura maldad que supuraba cada poro del bello depredador que me observaba con creciente atención.
— ¿Una humana...? Este Sesshōmaru odia a los humanos. — Mi corazón se partía en pedazos al escuchar su suave voz. En ese momento decidí que yo lo odiaba también. Su aura de superioridad, su desprecio hacia mí o mi amigo, borraron el último rastro de miedo, convirtiéndolo en rencor. Me preparé para plantarle cara.
