Aviso: Habrán algunas escenas de sexo explícito, pero NO vulgar, así como también algunas palabras altisonantes en momentos requeridos durante la trama, pero NO serán frecuentes, si entiendes que esto es un inconveniente para ti, tienes la libertad de abandonar la lectura cuando gustes.


Inocente

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 6


Se había ido de allí riendo por su diablura, pero él también había tenido un poquito de lo suyo. Tenía un dolor insoportable en la entrepierna, el pulso acelerado de puro deseo. Reconoció que de haber tenido ella sus dieciocho, se la hubiera llevado en ese mismo momento, en el mismo auto habría hecho que el mismísimo diablo se la llevara.

La estaba deseando, cada vez más. No sólo se trataba de sus planes de venganza, sino de su propia satisfacción personal. La había tratado poco, pero no conseguía aburrirse con ella, o de ella. Reconocía, no de buen talante, que lo había en encantado y que en ocasiones, hasta lo había conmovido.

Ella tenía algo... algo que él no podía describir porque no lo conocía. Era cierto que era altanera, orgullosa, engreída, inmadura y todo lo demás, pero de todas esas cosas cosas, él encontraba un sabor agridulce. Odiaba esas cualidades, era cierto, pero a ella le lucían, de hecho, le atraían. Llegó a cuestionarse su inocencia... ¿realmente la tenía? Porque eso estaba volviéndolo loco. Terry no conocía la inocencia.

Él siempre había estado en un mundo de maña y astucia, por los negocios, por su dinero y el ambiente en que se desenvolvía. Las mujeres que había tenido y Susana... nunca, nunca ninguna había sido inocente o ingenua. Eran arpías refinadas o simples rameras con dinero o en busca de él, como Susana...

Pero Susana había conseguido mucho más que dinero de él. Había conseguido su amor, su corazón, sus sueños. Quiso junto a ella una familia, una familia grande, él había sido hijo único, por cosas de la vida. Susana no quería hijos y cuando ella estuvo embarazada de él, si ese iba a ser el fin de esa criatura inocente, habría preferido no haberse enterado nunca de su existencia. Eso le dolía.

Aún tras cinco años seguía teniendo pesadillas sobre ello. Susana en una clínica, manchada de sangre y su bebé descuartizado en una bandeja metálica. Si alguna vez la amó, ahora la odiaba con muchísima más intesidad de la que la amaba. La deseaba muerta, junto a Albert y toda su decendencia, aunque sabía que eso no estaba bien. Pero él ya no tenía corazón.

—Lo que yo tengo en el pecho, George, es una piedra. Si no lo necesitara para vivir, me lo hubiera arrancado.— Dijo con un gesto también petrificado, pero con los ojos aguados.

—No es para menos, señor. Yo mismo he idealizado tantas maneras de matarlos...

—Creo que es el demonio que todos llevamos dentro, ¿no?

—Pero señor, con todo respeto, le reitero... la niña Candy...

—¡La niña Candy un cuerno! ¡Esa de niña no tiene nada! ¿A caso es hija tuya para que la defiendas tanto?

—Es inocente, señor... al menos de lo que le hicieron a usted...

—Dime una cosa, George, ¿cómo se apellida la niña Candy?

—Andrew, por supuesto...

—Andrew... y por eso, por ser una Andrew voy a acabarla como haré con sus hermanitos. Mandaré al infierno a todo el clan Andrew.

El odio visceral de Terry a veces rayaba en la locura. Él mismo se espantaba en ocasiones. Nada iba a desviarlo de su objetivo, ni siquiera la dulce Candy, con todo su encanto y su supuesta inocencia.

No era sólo el hecho de que fuera una Andrew, esa excusa era sólo su necedad de justificar las razones para las cuales la deseaba. Su deseo de poseerla lo justificaba por su sed de venganza, pero había mucho más que eso, algo que hacía sacudir su corazón tan terco.

—¡Maldita niña! No voy a desvelarme por ti.

Furioso, se levantó de la cama y salió. Necesitaba una mujer que bajara todas las llamas de sus ansias, que calmara a esa bestia que Candy había despertado.

...

No pudo continuar sus clases. No pudo concentrarse en nada. Cada hormona de su cuerpo se había acelerado, había sido poseída por el diablo. No hacía calor, pero ella transpiraba. Su corazón no se calmaba y él ni siquiera le había dado un beso.

Le dolía y le latía el centro de su ser. Se había mojado, lo recordaba y se mojaba nuevamente. Se le erizaba todita la piel y sus pezones se ponían erectos cada vez que recordaba su aliento en su cuello, el roce de sus labios y forma en que la había rozado... lo había sentido... ¡y había sido maravilloso! Iba a meterse en su cuarto, con una necesidad infinita de tocarse... en nombre de él.

Llegó a su habitación y se quitó todo. Necesitaba una ducha... tocarse mientras el agua tibia acariciaba su cuerpo y pensaría en sus manos... sin embargo, eso no fue lo que ocurrió. Porque no era sólo deseo lo que sentía, había mucho más. Recordó hasta lo más simple. Cuando él la había cargado sobre su espalda para saltar con ella la verja. Se sentía tan pequeña y frágil en su cuerpo, la habilidad con que él la levantaba, su delicadeza, a pesar de la extraña frialdad que había siempre en sus ojos.

La había acunado en su regazo y habían hablado por mucho rato. Recordaba la sensación de sus manos rozando sus brazos o sus mismos brazos abarcando su cuerpo pequeño y delgado. Él la aterraba, era cierto, pero en sus brazos, en la ternura de su regazo, se había sentido protegida.

—Si no es porque te conozco desde hace tan poco, juraría que te amo, Jack...

Y con eso llegó un sentimiento agridulce. Es como si algo le advirtiera que se estaba adentrando en la boca del lobo. Su instinto le decía que con un hombre como él, sólo podría salir lastimada a corto o largo plazo. Sabía que de alguna forma él jugaba, pero a veces, con sus arrebatos de ternura, su atención, sus celos incluso, la confundía. La hacía albergar esperanzas que ella sabía, serían su fin.

—¿Crees que pueda jugar también y salir ilesa?— Le preguntaba a Susana, por infortunio, su confidente.

—Candy... de esas relaciones, de hombres como el tal Jack, jamás se sale ilesa.— Dijo con su gesto melancólico y perverso.

—Entonces no hay nada que pueda hacer...

—Puedes no verlo más, sólo así te salvarías.

—No sé si pueda no verlo más, todo el día y toda la noche lo que quiero es volvérmelo a encontrar...

—Te digo, niña, que cuando te bese, cuando te haga el amor, de todas las formas en que un hombre así lo sabe hacer, no podrás escapar jamás, no querrás escapar, aún si él te da luz verde para hacerlo. No sólo le darás tu cuerpo, porque ese aún sin haberte tocado ya lo tiene, y él lo sabe... él, te robará el alma...

—¿Qué debo hacer?— Preguntó ya con lágrimas, porque ella sabía no lo que debía, pero sí lo que iba a hacer.

—Haz justo lo que estás pensando. Vas a perder, te lo garantizo, pero valdrá la pena, Candy. Totalmente...— Dijo al final con su gesto morboso.

...

Un mes después

—Señor Smith, el señor Andrew ya llegó...

—Hágalo pasar.— Jack Smith sonrió con ironía. La sonrisa del diablo.

Lo esperó con paciencia, sentado en su escritorio, los pies sobre él y un cigarro. La imagen pura de la arrogancia y la prepotencia.

—Señor Smith...

—Buenos días, señor Andrew...

Terry lo saludó sentado de espaldas a él, Albert aún no lo había visto.

—Imagino que comprenderá la razón por la que solicité una cita con usted...— Terry aún no se giraba, escuchaba con atención la forma tan única y propia de Albert expresarse. Un cocodrilo de cuello blanco.

—Tengo una leve idea, señor Andrew...

Terry se giró, estando frente a frente con él. Albert se topó con un hombre cuarentón, casi en sus cincuenta, con el pelo oscuro y canas en las sienes. Exhaló el humo de su cigarro.

—Siéntese, señor.— Se sacó el cigarro y lo apagó en el cenizero, poniendo toda su atención en el rubio.

—Seré directo. No me favorece que usted me esté haciendo la competencia y se esté quedando con mis clientes...

—Estoy de acuerdo con que no le favorezca, sin embargo, no estoy de acuerdo con eso de que "me estoy quedando con sus clientes".

Albert levantó una ceja, desconcertado ante el cinismo de su interlocutor. Terry observaba todos sus gestos, lo conocía, conocía esa expresión de miedo cuando se está ante otro depredador.

—Esos clientes su empresa los había perdido mucho antes de que yo llegara, ¿o me equivoco?

—Y como un buitre, usted se lanzó sobre ellos...

—No como un buitre, señor, Andrew. Con honestidad y con unos precios módicos... todos son merecedores de recibir salud, pobres o ricos, ¿no era ese el lema con que su abuelo y su socio fundaron la empresa?

Albert buscaba en la cara del desconocido algo que ni él mismo comprendía. Sus gestos, sus ojos, su mordacidad...

—Independientemente de esos motivos, no podemos olvidar que sigue siendo un negocio y el objetivo del negocio es hacer dinero, la filantropía sólo es una excusa, señor Jack Smith.

—Y el fin justifica los medios, ¿no?

—Creo firmemente en eso.

—¿A qué le tiene miedo, Albert?

—Verá, no es un secreto que tras la captura de Terrence Grandchester, por fraude...

Los ojos de Terry se nublaron en ese momento, sintió unas ganas profundas de enterrarle en el cuello el bolígrafo con que jugueteaba en sus manos.

—La empresa adquirió cierta mala fama... perdió prestigio... y es natural que todas las aves de rapiña se avalanchen contra nosotros...

—¿Vino aquí para insultarme, señor Andrew?

—No... por supuesto que no...

—Entonces, deje de dar vueltas y dígame qué es lo que quiere...

—Es sencillo. Hacer negocios.

—¿Qué le hace pensar que quiero hacer negocios con una compañía que se está viniendo abajo?

Back to Life tiene ciertos altibajos, no lo voy a negar, pero sigue siendo un imperio imponente, señor Smith...

—¿Y eso de qué me sirve?— Terry sabía la respuesta a todo, pero se estaba disfrutando la actuación con morboso placer.

—Son una empresa que a penas comienza, Back to Life podría tragárselos si quisiera...

Terry sonrió diabólicamente, incluso, admiró la tenacidad de Albert, no había cambiado nada, seguía siendo creído.

—Si está tan seguro de eso, ¿por qué ha venido aquí? ¿O en el fondo esta pequeña empresa le preocupa?

—No quiero jugar sucio, Jack... le propongo unirnos.

—¿Unirnos? Suena interesante... tentador, de hecho, pero sabe... yo soy un lobo solitario, no me gustan las sociedades.

—Entonces no veo buen augurio para su negocio, señor Smith. Yo podría inventir en los novedosos inventos que usted ha traído, lejos de competir, podríamos adueñarnos del mundo.— Albert sonrió con todos los dientes, como un tiburón.

—Usted ha dicho una palabra clave, señor Andrew... "Invertir".— Levantó la ceja y le sonrió.

—¿Ve cómo sí nos podemos entender?— Albert le devolvió la sonrisa.

—¿Y cuánto usted está dispuesto a invertir?— Terry le lanzó al feroz tiburón su anzuelo mortal.

...

Su cumpleaños se había pasado volando, ella había estado contando todos los días y finalmente llegó. Era mayor, libre y apta para muchas cosas. La mayoría tenían forma de hombre y feroces ojos azules.

Salía de la ducha, lista para vestirse, tenía una cita con Jack, como cada viernes, y como todos los días, ella lo esperaba en el Starbucks cerca de su universidad.

—¡Qué cara de alegría!

—¡Albert! ¿Por qué no avisaste antes de entrar?— Se sorprendió.

—Quería sorprenderte. Es tu cumpleaños, hermanita.— Le sonrió sentado en la cama de ella.

—Bueno... dame unos minutos para ponerme algo encima...

Corrió las cortinas que le daban privacidad en su habitación y se tiró un camizón por encima.

—Ahora sí, dime.

—Ven aquí, Candy.— Palmeó el colchón para que ella se sentara a su lado.

—¿Qué es lo que quieres, Albert?

—¿Realmente quieres saber qué?

—Por algo te pregunté.

—Quisiera que todo fuera como antes, ¿recuerdas?— Le acarició el pelo.

—No sé a qué te refieres...

—¿Recuerdas cuando yo te cargaba y tú decías que podías volar?

—Era una niña...— Contestó con fingida indiferencia, pero su memoria se transportaba al pasado.

—Decías que me amabas y que yo era tu hermano favorito.

—Pero eso fue antes de que...

—En mí nada ha cambiado, Candy. Tú sigues siendo lo que yo más amo, fue lo mejor que papá me dejó. Y mamá...— Le besó la frente con sus ojos azules aguados, mostrando sentimientos.

—Yo también te quiero, Al, pero es que tú...

—Te protejo, porque eres lo más valioso para nosotros, tú, Candy, eres lo único que yo amo más que a mi dinero. Tal vez no te gusta la forma en que te cuido, pero me lo agradecerás después...

—Yo te lo agradezco, pero tienes que entender que... que ya crecí y que...

—Eso ya lo sé. Sé que ya no serás más mi dulce Candy...

—Albert...— Suspiró conmovida.

—Feliz cumpleaños, hermanita...

Albert le estaba extendiendo las llaves de un auto. Candy ni siquiera pudo hablar, no daba crédito a sus ojos.

—¡Un auto!— Lo abrazó con euforia.

—Espero que te guste, es todo tuyo, princesa.

—Albert...

—¿Sí?

—Has vuelto a ser mi hermano favorito...

...

—Hey...

—¡Jack!

Candy se volteó sorprendida hacia él, con una sonrisa gigante por verlo. Él le sonrió de la forma en que sólo él sabía, derritiéndola.

—¿Ya nos vamos?— Preguntó nerviosa.

—Sólo dime a dónde.

La sorprendió por fin con un beso, arropando sus labios con los suyos. Ella no podía creer que por fin estaba sucediendo. Su corazón se desbocaba, sus piernas temblaban.

Pero poco a poco, según su experta boca iba explorando la suya, ella se fue calmando, colocando sus manos en el pecho de él, encerrada en su cuerpo, sus poderosas y posesivas manos abrazando su pequeña cintura.

Él sintió la desesperación de la falta de experiencia, más bien de habilidad de ella al tratar de seguirle el paso. Decidió ayudarla, volviendo su beso muy suave, tenía muchas ganas de acariciarla toda, de tocarla. Sentirla temblar en sus brazos, casi enfermándose de deseo y esos pensamientos iban excitándolo demasiado, mucho más de lo que él quería.

—Feliz cumpleaños, Candy Andrew.— Le dijo cuando al fin la soltó, pero ella no pudo hablar.

—Gra... gracias...— Sus labios aún llevaban la miel de los suyos.

—¿A dónde quieres ir, linda?

—Me gustaría ir... a... a donde me llevaste aquella vez.

Se desconcertó. Una chica como ella habría querido ir a algún antro, a pasársela bien entre baile y alcohol, haciendo alarde de su mayoría de edad. Ella quería que él la llevara a aquél solitario lago, olvidado por todos, alejado... eso era lo que ella quería...

Ya estaba entrando el otoño, ella se puso un jean ajustado, una blusa corta como de costumbre, floreada con una chamarra de cuero marrón y botas en combinación, su precioso pelo suelto. Era hermosa y tenía buen gusto.

—Vamos, Candy, salta, yo te atrapo.

—Pero... y si me dejas caer y...

—No te dejaré caer, ven.— Él ya había saltado la verja.

Ella se decidió, saltó y cayó en sus brazos con un gran suspiro de alivio.

—Te preguntarás si te compré algún regalo...

—Eh... bueno, yo...

—No supe qué regalarle a una chica rica que lo tiene todo, así que te di un beso, nadie puede darte un beso por mí.

—Nadie...— Convino ella sonriendo.

Se sentaron junto al lago otra vez, ella misma, sin invitación se acomodó en su regazo.

—¿Por qué elegiste este lugar, Candy?— Tenía que quitarse esa duda para saber si podría llevar a cabo sus planes.

—Es un lugar hermoso y tranquilo y porque además fue donde me trajiste la primera vez que salimos y siendo esta nuestra primera salida formal... no se me ocurrió...

La calló con otro beso inesperado, pero mucho más íntimo, porque ella estaba en su regazo, en zona peligrosa. Él la giró, de modo que quedara a horcajadas, la besó ardientemente, sin tocarla aún, sólo prometiéndole el cielo con sus labios.

—Jack...

—¿Sí?

—Quisiera hacerte unas preguntas y quisiera que fueras sincero...— Había culminado el beso, pero ella seguía a horcajadas sobre él. Lo miró con sus dulces y enormes ojos, colocando sus manos en su rostro varonil, acariciándolo sutilmente.

—Dispara.— Le dijo besando su mano, él ya se había preparado de antemano para cualquier pregunta que ella le hiciera.

—Me has pedido que no le hable a nadie de ti... y eso de andar a escondidas me despierta muchas dudas... ¿puedo saber por qué?— Fue muy suave su tono, con sabor a súplica.

—Porque podría ser mal visto y meternos en problemas y no te volvería a ver, ¿quieres eso?

—No... claro que no.

—Ummm. ¿Hay algo más?— Ella asintió.

—¿Estás casado? ¿Tienes hijos?— La pausa larga que él se tomó para contestar la hundió en angustia.

—Estuve casado, pero no tengo hijos...

Eso lo respondió con la verdad porque en nada le afectaba o le favorecía mentir, pero Candy vio una vez más como su rostro repentinamente cambiaba, se endurecía.

—¿Ella te dejó?

—Estás muy preguntona hoy.— Le dio un beso para distraerla, pero no lo consiguió por mucho tiempo.

—Lo siento, pero si voy a estar contigo, aunque sea a escondidas, tengo que saber...

—¿Por qué?— Su tono no fue muy amable.

—Porque... porque salgo contigo y me importas...

En su gesto había total sinceridad y Terry quiso desesperadamente creerle. Se entregó sin querer a ese momento, a esos ojos tan bellos y traviesos que le decían que él le importaba, su forma tierna de acariciarle el rostro, una simple caricia, de simple afecto, impulsiva, espontánea, no en un intento para seducirlo, pero no, no debía desviarse de su objetivo. Esa niña sólo sentía por él un capricho pasajero, no iba a tenerle compasión.

—No sé ni cuántos años tienes, o dónde vives, qué haces...

—¿Y no te hago ni un poquito feliz?— Le dio su matadora sonrisa.

—Es por eso que quiero saber. Porque me siento feliz, cuando estamos así... Se siente especial.— Se recostó de su pecho.— Tengo miedo de que lo que me encuentre después me decepcione.

Terry sintió muchas ganas de abrazarla, pero se resistió. No iba a conmoverse por ella. Debía recordar en todo momento que ella era una Andrew y su misión era destruirla, no amarla.

—Entonces déjate llevar, Candy. No hagas preguntas.

—Acabas de dictar mi sentencia... al menos te agradezco la sinceridad.— Dos lágrimas amargas bañaron su rostro, aún recostada en su pecho, sabía que iba a salir lastimada y aún así se quiso quedar.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Susana me lo dijo.

—¿Susana?— Le preguntó en voz alta, apartándola de él bruscamente.

—Sí... ella es la esposa de mi hermano... es la única con la que hablo...

—¿Y qué cosas hablas con ella?— El mismo tono, Candy no entendía el por qué de su enfado.

—Ella... es la única mujer cercana que tengo, pero es confiable, no dirá ni una sola palabra, además no sabe quién eres... ella sólo me aconseja...— Respondió nerviosa.

—Te aconseja... ¿se puede saber qué te aconseja?

—Que siguiera adelante... sin importar que me lastimes... que te deje enseñarme cosas que no sé y de las que no me arrepentiré...

La rabia que Terry sintió fue tan grande que se puso de pie. ¡Maldita zorra! ¡Y maldita su aprendiz!

—Jack...— Candy se le acercó.

—Dime una cosa, Candy... ¿estás aquí porque Susana te aconsejó que te divirtieras conmigo?— La sujetó fuerte por los hombros.

—¡No! Nadie sabe que estoy aquí, ni siquiera ella... Además es absurdo.— Dijo llorando y mirando hacia el vacío.

—¿Qué es lo absurdo?— Le ladró.

—Que yo me divierta contigo... ¿qué probabilidades tendría de ganar si juego?

Fue ella quien se alejó y volvió al lugar donde habían estado sentados antes. Terry la observaba a distancia. No sabía por qué estaba tan molesto. Tenía que pensar muy bien su siguiente movida, pero no sería en ese momento, la llevaría de vuelta a donde la recogió mientras organizaba sus ideas.

—Candy... será mejor que...— El celular de ella sonó.

—Henry...— Pensó en voz alta. Estaba extrañada por esa llamada.

—¿Quién es Henry?— La voz de Terry tronó.

—Él...— Candy seguía mirando la pantalla con extrañeza, indecisa sobre si debía contestar.

—¡Te pregunté quién es!— Gritó más fuerte, cayendo el celular en el lago, estaban a la orilla.

—Es... es un amigo...— Mintió aterrada.

—¿Un amigo?— Su tono fue suave, pero nada convencido.

—Sí...

—¡Mírame a los ojos!— Ella lo miró temblando de miedo.— Júrame que es sólo un amigo.

Ella negó con la cabeza, no pudo sostener más la mentira.

—Jack... él es mi ex de Londres...

—Tu ex de Londres... y se acordó de tu cumpleaños... ¡qué romántico!— Dijo irónico y con una sonrisa apretada que daba terror.

—Tenía meses que no me llamaba. Desde que llegué a Nueva York, no sé por qué...

—Mira, niñata, no sé qué te has creído tú, pero yo idiota no soy, si juegas con ese chaval y piensas que puedes hacer lo mismo conmigo estás perdiendo tu tiempo...— Se había convertido en una fiera.

—¡Suéltame! Tú no eres nadie para tratarme así, no eres más que un...— Sus ojos eran furiosos y aguados.

—Ah... ahora no soy nadie, hace un segundo yo te importaba, ¿lo recuerdas?

—¡Hace un segundo no habías sido un cabrón!— Gritó y lo desafió una vez más.

Se la echó a la espalda con brusquedad para volver a saltar la verja, la cita había terminado.

—¡Déjame! No voy a meterme contigo en ningún...— La metió al auto.

—Te dejaré para que vayas hablar a gusto con tu ex...

—¡Él y yo no hablamos! Grrrr... ¿por qué eres así?

—¿Así cómo?— Gritó y la atrajo hacia sí.

—Tan irracional, tan...

—¿Te parezco irracional, Candy?

La tenía en su regazo y la besaba con rabia y brutalidad, mientras más ella forcejeaba, más fuerza él empleaba hasta que se rindió, entregándose a sus besos. Dejó que la acariciara, así con toda esa furia, apretaba su trasero, le acariciaba los senos y sus gritos de protesta se habían convertido en gemidos.

Continuará...


¡Hola!

El capi al fin pudo llegar tras mucha lucha, espero que lo hayan disfrutado.


Loca X Terry: Tu último comentario, " solo faltó que le dijera, vamos nene, tállate aquí hasta que se te pase la comezón" me hizo morir de risa, ¡muy bueno! Jajaja hasta sonó como yo, me inspiró esa ocurrencia, gracias.


Comoaguaparachoc: Me gusta jugar con los personajes, es cierto, estaríamos muy limitadas si siempre le diéramos los mismos roles solo por no espantar a a personas poco flexibles en su fanatismo hacia ellos, la imaginación es un ave bella y libre, hay que dejarla fluir sin miedo. Es un gusto verte con frecuencia por aquí, amiguita.


Gracias por comentar:

Loca X Terry, lucyluz, thay, marla88, comoaguaparachoc, Iris Adriana, Guest, Maquig, maya, Gina MC, Dulce Lu, AcuaMarine, Mazy Vampire, kira anima, Zafiro Azul Cielo 1313, Anieram, vianyv07, Odie, norma Rodriguez, Dali, Luisa, Yomar, Claus mart, Betk Grandchester, cerezza0977, Maride de Grand, Darling eveling, elisablue85, luz rico, Mako, myrslayer, skarllet northman, Becky70, Mirna, gatita, ELI DIAZ, LizCarter

Un beso y hasta pronto,

Wendy