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A mi padre le encantaban las historias del kojiki, siempre había un nuevo cuento para contar y nadie como él para ello. Recuerdo que dábamos largos paseos por los arrozales y para evitar que me aburriera mientras supervisaba el trabajo de los jornaleros, él me contaba un cuento. Mi favorito era el de la diosa Amaterasu. Mi padre era sintoísta, como la mayoría de los japoneses en aquellos días, las leyendas y mitos del Japón pasaban de generación en generación de manera verbal entre padres e hijos. Debo confesar que, con mis hijos, perdí esa tradición y debo reconocer que como madre dejé mucho por desear.
Era una niña cuando escuché la historia de cómo Uzume con sus danzas kagura, consiguió sacar de su claustro a la diosa Amaterasu para que esta, iluminara los campos con su viva luz celestial. Uzume era una diosa tan graciosa que al hacer reír a todos los dioses frente a la cueva donde Amaterasu se encerró, la risa de todos ellos hizo tal estruendo que la curiosidad de Amaterasu fue tal que tuvo que salir para conocer a la causante de esa algarabía. Cierto es, que aunque fueron otros dioses quienes a base de artimañas le sacaron de la cueva, ha sido la vulgar danza de Uzume la que consiguió hacer que la diosa Amaterasu diera rienda suelta al pecado femenino que nos caracteriza a todas las mujeres. La curiosidad. Mi historia no es muy diferente.
Todo empezó hace muchos años en este mismo rancho, cuando mi vida ya estaba hecha, un buen marido, dos hermosos hijos y el negocio familiar en mando de quien era entonces mi esposo. Fujino Yugo, quien adoptó el apellido de la familia cuando aún trabajaba para mi padre, profesaba tal amor a las tierras de los Fujino que mi padre lo adoptó y me propuso en matrimonio para asegurar que su hogar siempre sea cuidado con el mismo amor que él lo hizo. Yugo era un buen hombre, si bien no estaba enamorada de él no quiere decir que no lo quisiera, habíamos asegurado el legado de los Fujino al tener un hijo varón, Hajime-kun, el papá de Shizuru. También teníamos a la pequeña y revoltosa Midori. Mis pequeños eran mis dos amores, mis dos más grandes amores en aquel entonces, pensaba que en ese punto de mi vida mi felicidad no podía ser mayor. Pero había momentos en los que extrañaba a mi padre y sus bellas historias del kojiki.
No es por menospreciar a Yugo, él fue un hombre maravilloso, no tuve queja de él mientras vivió a mi lado. Era tan noble y dedicado, fue un padre amoroso y un abuelo todavía más dulce. Sólo que no era tan letrado como mi padre lo fue, no sabía tanto como él y a veces no encontraba mucho de qué hablar cuando estábamos solos. Cuando mis hijos iban creciendo me vi obligada a la tarea de ser yo quien les contara aquellas historias, mas sin embargo nunca me consideré como una buena narradora, así que simplemente, pasé de esa tradición. Mi vida era Amaterasu, que por cierto, era el nombre de la propiedad.
Un día, Yugo decidió salir de viaje a la capital, decía que quería tratar negocios con un extranjero que estaba interesado en comercializar nuestros granos. Desconozco cómo alguien como Yugo tuvo tratos con forasteros y más aún, cómo se comunicó con ellos para ofrecer nuestros productos. Inclusive llegué a pensar que eran mentiras y que probablemente se iba a la capital a hacer algún tipo de préstamo y no quería que me enterara. En aquellos días la situación del rancho era caótica, tuvimos una mala racha y demasiadas deudas; por un momento pensé que lo perderíamos todo. No fue así. Días más tarde, Yugo volvió acompañado de dos caballeros ingleses, uno que hablaba perfectamente el japonés cuyo nombre era Reito y el otro, un hombre muy atractivo y de hermosos ojos verdes; William.
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- Cuando te vi atravesar el marco de la puerta, creí que estaba viendo una visión. - Me llevé las manos al pecho, mi corazón latía con fuerza, pensé que con la edad eso ya no era posible. - Natsuki, ¿qué es lo que has venido a buscar a estas tierras que nada te han hecho? ¿Vienes por venganza?
- No abuela, en verdad sólo me vi contagiada por el entusiasmo de Shizuru en volver a casa y que yo conociera el hogar donde creció.
- Acércate Natsuki, esta vieja está cansada y sus ojos no son como antaño.
Natsuki Kruger, hija de mi Saeko, mi tesoro, era su viva imagen, tenía sus ojos y ese hermoso cabello cobalto que cepillé con tanto amor durante muchos años. Sentía que tenía tantas cosas en común con Saeko, a pesar de que físicamente no se me parecía en nada, era ella quien sacó la espinita de salir, de viajar, de saber... Saeko estudió música, tocaba magistralmente el piano, era una delicia escucharla en los salones privados de la ciudad, pero con el tiempo, mi pequeña sintió que la jaula de oro donde vivía era demasiado pequeña. De alguna manera, convenció a su hermana mayor para que salieran de la ciudad y se mudaran a Tokio a estudiar la universidad, vivirían con una familia para no preocuparnos. Ah... La historia se repite, siempre.
Saeko volvió, pero esta vez vino con su prometido, el joven Miles Kruger, quien conoció a mi Saeko por casualidad y desde entonces quedó prendado por su belleza. Se comprometieron, algo que causó gran tristeza a Yugo, quien nunca aprobó ese matrimonio, para él, el extranjero significaba una amenaza, un mal recuerdo. Esa impresión se la enseñó a nuestro primogénito, Hajime, quien odia a los Kruger tanto como Yugo. Esa fue la razón por la que nunca pude besar los cabellos de mi nieta cuando nació, Yugo me prohibió que la conociera siquiera. Él ya no era el mismo hombre amoroso ni comprensivo que fue hasta antes de que los Kruger pisaran tierra Fujino. Tampoco pude rescatar a Natsuki del internado cuando sus padres murieron en aquel accidente automovilístico, después de que estuvieron aquí en el funeral de Yugo. Aquel día, Hajime los sacó de la propiedad, como si fueran ladrones, tal y como ahora hizo con Natsuki, quien no tuvo más remedio que retirarse del comedor y salir de la casa para no seguir enojando con su presencia a mi obcecado hijo.
Y heme aquí, tantísimos años después, viuda, con una hija muerta y con la que nunca pude intercambiar la dicha de la maternidad, la dicha de su juventud, su felicidad. Tan sólo leía sus cartas las cuales eran puntuales y concisas, la palabra no era su don sino la música; aun así, eran mi alegría. Saeko, mi niña, hubieron tantas cosas que quise decirte... Reito-san fue el que se encargó de todo, inclusive, de llevar los cuerpos hasta Inglaterra, donde permanecerían en el mausoleo familiar. Los Kruger se la llevaron, simplemente mi bebé no pertenecía aquí, y en parte, tenían razón.
- Eres un desastre.
- Gracias abuela, también me emociona el verte. - Respondió una sonriente Natsuki quien tiene esa misma sonrisa que su abuelo, tan angelical que casi le crees todo.
- Has tenido tus batallas. - Mencioné con cuidado, al mirar sus vendajes, William también ocultaba sus marcas como podía. - Eres la heredera de los Kruger. - Sentencié con tristeza.
- A ti no te puedo engañar abuela, sí, soy la siguiente en la línea, siempre lo fui.
- Comprendo, tu padre simplemente no era tan puro como tu abuelo.
- Es un lugar muy bonito – cambió de tema abruptamente – Este árbol, mamá hablaba de él y Shizuru también lo mencionó.
- Ha estado en Amaterasu por generaciones, todos sus hijos han escrito sus nombres en su corteza.
- Es un roble admirable, ha resistido el tiempo y las calamidades, tiene tantas historias por contar...
Natsuki poseía el don de la palabra, no me quedaba duda alguna, recuerdo que en mi primer encuentro con William, a pesar de su mal japonés, era un hombre tan instruido que no podía evitar el escucharle, era probablemente por el tono de su voz. Tan juvenil, tan sabio, tan ameno...
- Sinvergüenza, no me cambies el tema Natsuki, sabes perfectamente lo que quiero saber.
- Dime, abuela.
- Has venido a seducir a Shizuru.
- ¿Eh? - se sonrojó – Abuela yo no seduzco ni a una mosca.- Masculló algo avergonzada.
- Dile a tu amigo que no es necesario que nos escuche, quiero intimidad con mi nieta.
- ¿Masashi? ¿Pero es que pudiste verlo?
- ¿Vas a obedecer o no?
- Masashi, sé que va contra las reglas, pero, ¿podrías darme unos minutos con mi abuela?
- Como ordenes.
Un hombre delgado, de cabellos negros e hirsutos, se materializó de entre nosotras para dirigirse hacia un punto donde no pudiera escucharnos pero que tampoco nos perdiera de vista. Entiendo entonces que este joven, era para Natsuki, lo que Reito era para William. Su guardián.
- ¿Cómo has hecho para poder ver a Masashi? Usualmente sólo los niños pueden mirar a través de su abrigo de invisibilidad.
- Eso es algo que no te incumbe - torció la boca aunque recuperó la sonrisa con rapidez. - Debí suponer que no vendrías sola, ustedes los Kruger nunca viajan solos.
- Tenemos muchos enemigos abuela, no sólo los Fujino nos odian.- Respondió con una gran sonrisa, aunque sabía que no estaba del todo muy satisfecha con esa respuesta, en realidad podía ver que Natsuki estaba enojada.
- ¿Quieres que me crea que has venido de turista a estas tierras? - Natsuki no respondió, sabía que mis preguntas no terminaban todavía. - Vives con Shizuru en Tokio. - Afirmé al darme cuenta de que los relatos de Shizuru sobre su vida en la capital eran exactamente como los de Saeko cuando conoció a Miles.
- Vive en mi casa en Tokio, le he pedido a tía Midori que les engañara, no seas muy dura con ella, sólo hizo su trabajo.
- Esa pelirroja alcahueta.
- Sin embargo esa pelirroja alcahueta, estuvo conmigo el día que perdí a mis padres, si bien no pudo hacer nada por mí en aquel entonces ahora lo está haciendo. - Natsuki reclamó por lo bajo, mi ausencia en ese día en el que los Fujino le dimos la espalda, mas sin embargo yo sabía que no había rencor en su corazón. - Sí, he venido por Shizuru abuela.
Exhalé un prolongado suspiro, este momento ya lo pasé antes, cuando Miles vino para pedirme a Saeko en matrimonio. Si en ese entonces estuve en desacuerdo con esa propuesta, ahora lo estaba más, aunque Natsuki no me estaba pidiendo la mano de Shizuru, simplemente me estaba aclarando su relación con ella.
- Mi nieta no te corresponderá Natsuki.
- Eso no importa abuela, sabes que yo le proveeré siempre.
Una brisa veraniega sopló de repente, un céfiro travieso y juguetón que me hizo tornar los ojos hacia la corteza del viejo árbol, ahí donde mis iniciales se encontraban dentro de un corazón, en lo más oculto de sus pliegues. Esbocé una tímida sonrisa al recordar aquellas palabras, aquellos sueños. Natsuki era como William, ambos sabían que tenían el poder entre sus manos para hacer lo que les plazca, podían hacer salir a Amaterasu de su escondite, eran tan sinvergüenzas. Pero al ver a Natsuki, al mirar sus hermosos ojos tan brillantes como los de mi amada Saeko... No podía sentir rencor alguno por ella, Natsuki era mi nieta también, hija de mi hija. Hija de mi tesoro.
- Siento pena por ti...
Era verdad, el destino de Natsuki era igual que el de William, los dos podían tener el mundo a sus pies, pero la felicidad era algo que nunca podrían alcanzar, estaban condenados desde el nacimiento. Como una trágica historia del kojiki, donde los protagonistas nunca podrían estar juntos, pasara lo que pasara.
- El internado – la voz se me quebró. - Siempre quise ir a visitarte.
- Entiendo abuela, no guardo ningún rencor.
- Supe que hubo un accidente en el edificio. - Natsuki contuvo la respiración y permaneció seria ante mi aseveración. - ¿Qué fue de ti después del incendio?
- Reito volvió a buscarme y me envió a Brasil.
- ¿A Brasil? Has viajado mucho entonces.
- Han sido muchos años abuela, no creo que tengamos tiempo de ponernos al corriente sobre ello. Es mejor que me preguntes lo que realmente quieres saber. - Natsuki me miró con esos ojos fríos, no demostraba ni tristeza ni alegría, estaba preparada mentalmente a este encuentro.
- Mi Saeko... ¿Sufrió, Natsuki?
El accidente según los reportes de la policía, es que Miles iba con exceso de velocidad y se salió de la carretera en una curva, su cuerpo fue devorado por las llamas al incendiarse el automóvil, mientras que Saeko, quien no portaba el cinturón, salió disparada del coche por el frente del vehículo. Sólo Natsuki sobrevivió, nadie sabe cómo, pero yo... Siempre pensé...
- Mamá era una madre muy cariñosa, una madre ejemplar que siempre quiso lo mejor para mí. - A pesar de que algo en su voz sonaba con emoción, su rostro seguía impávido. - Mamá murió feliz abuela, sólo eso debes saber.
Mis rodillas, todo mi viejo cuerpo se estremeció al escuchar esto último, me imaginé a mi pequeña Saeko correteando justo frente a mí como cuando era una niña. Gritaba, reía; fue una niña muy feliz y yo la amaba tanto. Rompí en llanto, no pude evitarlo, mi cuerpo cayó sobre la hierba y traté de ahogar mis sollozos con las palmas de mis manos. Natsuki sólo me miró con frialdad, he ahí el ser más terrible del mundo, con el poder de quebrar la tierra con un puño, de volver agrias las tierras de Amaterasu con su propia sangre. Natsuki caminó hasta donde yo me encontraba y me ofreció un pañuelo.
- Levántate abuela, no querrás que los demás te vean llorar. - Obedecí por puro orgullo, ella tenía razón, ni siquiera Yugo me ha visto derramar una sola lágrima, inclusive el día que Saeko murió, permanecí en silencio en mi habitación durante semanas. Llegué a odiarlo, fue culpa suya que mi Saeko no haya podido volver a casa privándome así, de disfrutar su presencia el tiempo que estuvo viva. -No guardes más rencor abuela. - Susurró Natsuki, mientras me levantaba con delicadeza. - Mamá de verdad te amaba, ella no se llevó ningún rencor en su corazón, no lo hagas tú tampoco.
- Saeko era una mujer extraordinaria.
- Sí abuela, por eso el abuelo William la amaba tanto.- Por eso y por...
- Natsuki, qué tanto sabe Shizuru sobre ti.
- Ahora sabe que somos primas, pero realmente no le he dicho mucho.
- Prométeme que no te la llevarás contigo.
- Aun si te prometo tal cosa, es inevitable, los otros Kruger ya saben de su existencia, harán hasta lo imposible por desaparecerla o protegerla, según sea el caso.
- Haz lo que tengas que hacer para protegerla, pero nunca la lleves contigo. No quiero que sufra, que nadie le haga daño.
- Su destino no es sufrir, pero te prometo que así será, si eso es lo que te place.
-¿Hablas en serio?
- Por supuesto.
La sonrisa angelical puesta en el rostro de Natsuki sólo me decía una cosa, me estaba mintiendo descaradamente y yo le creía. Era su magia. Formidable. Pero esperaba, en el fondo, que algo de mi pequeña Saeko aún permaneciera en el corazón de Natsuki y si ella me escuchaba, entonces me obedecería. Saeko era una niña muy obediente y me quería mucho. Podía ver a Saeko a través de los ojos de Natsuki, lo sé, mi corazón me lo dice, ¿o será acaso que mis ojos me engañan?
- Por favor abuela, dile a Shizuru que no podré seguir hospedándome con ustedes, estaré en algún hostal cercano y que cuando guste podremos vernos. Dile que no la dejaré volver sola a casa.
- Intentaré darle tu recado.
- ¿No tienes inconveniente en que Masashi se quede con ustedes verdad? Estaría más tranquila si alguien le vigila de cerca.
- No seas tan controladora, no lo quiero en la casa.
- De acuerdo abuela.
Natsuki se dio la media vuelta para dirigir sus pasos donde su guardián le esperaba, una vez juntos, se internaron en lo profundo del bosque y les seguí con la vista hasta que ya no pude verlos. Natsuki se veía como Saeko, hablaba con su misma voz e inclusive hubo un momento en el que pude ver a mi Saeko en sus ojos. Pero no era ella. Natsuki se movía como él, era la viva imagen de William Kruger, quien ni muerto, deja de molestar a los Fujino.
Esa fue la última vez que vi a Natsuki, también a Shizuru, pues después de haber discutido acaloradamente con Hajime, partió de regreso a Tokio para nunca jamás volver a Amaterasu. El corazón se me partía en pedazos aunque mi rostro no demostraba ni señas de dolor, bien pudo Natsuki haberme heredado esa habilidad, ya que no demostró ni un solo dejo de dolor cuando me vio derrumbarme.
El pañuelo que me dio, tenía las iniciales de Saeko, a mi memoria viene el día cuando se lo regalé, fue en su cumpleaños número seis. Recuerdo que me pasé toda la semana bordando ese pañuelo especialmente para Saeko, mi pequeña me miraba con curiosidad desde la esquina de la habitación, mientras yo sentada en la mecedora, cosía con ternura aquellas palabras de amor que una madre le transmite a su hija. Ignoraba que conservara ese pañuelo entre sus pertenencias y que se lo obsequiara a su hija también. Me pregunto si, Natsuki habrá hecho todo el viaje hasta acá, aún sabiendo que eso significaba un trago amargo para todos, tan sólo para devolverme ese pañuelo. Nunca lo sabré, quiero pensar que sí. Quiero pensar que a pesar de que Natsuki es lo que es, hay algo de humanidad y de bondad dentro de ella.
- Saeko...
