Aguas Oscuras


Capítulo 6

El Código pirata


Historia recogió con rapidez el cuarto privado en el que había estado descansando Ymir. En el piso superior, concretamente en cubierta, percibía el movimiento constante de sus compañeros. Cada vez los gritos entre ellos eran más constantes, así como las fuertes zancadas que daban al caminar. Los tablones de madera resonaban en la pequeña habitación.

Dejó escapar un pequeño suspiro que había estado aguantando desde hacía rato, con la ausencia de Ymir se sintió libre de hacerlo. El nerviosismo en el interior del María era palpable desde cualquier rincón del navío. Por suerte, ella era una tripulante prácticamente nueva en el barco y no había tenido que enfrentarse a sangrientas batallas como aquella. Podría decir que era su primera vez viéndose envuelta en una y le preocupaba que algo pudiera torcerse, no deseaba tener que ver morir a sus compañeros. En esos instantes era cuando se preguntaba una vez más a si misma si realmente estaba hecha para eso, si era lo suficientemente fuerte y capaz como para seguir surcando los océanos en busca de peligrosas aventuras que llevaría a la muerte a más de uno. Y mientras tanto, ella solo podía esperar y rezar a quien fuera que pudiera escucharla para que entre aquellas víctimas no hubiera ninguna perteneciente al Galeón María.

Agitó levemente la cabeza de un lado a otro para despejarse de sus constantes dudas, pues sabía que el miedo no la ayudaría en aquellos momentos. Debía ceñirse al protocolo que le fijó Marco para aquellas situaciones. Se tomó unos pocos segundos más para soltarse el pelo y así poder recogerse de nuevo su larga melena rubia en un moño alto. Cogió una última bocanada de aire al tiempo que fruncía el ceño y apretaba sus puños con decisión. Era momento de actuar. Así, salió del lugar para bajar hasta la sala en la que seguramente tendría que tratar con los heridos más graves.

La joven rubia bajó dos puentes hasta alcanzar, al fin, la sala indicada. Por el camino se cruzó con Samuel que subía a toda prisa hacia cubierta para ocupar su lugar. Detectó de inmediato nerviosismo en su rostro, a pesar de que sus acciones pudieran camuflarlo, pues por muy inquieto que estuviera sobre los próximos acontecimientos, debía actuar y darlo todo durante la batalla.

Historia se introdujo casi sin hacer ruido en la sala para encontrarse a tres figuras inesperadas aún allí. La primera que detectó fue la del Capitán quien se encontraba de espaldas a la entrada y encorvada muy cerca de Eren. Parecía estar analizando con detenimiento algo perteneciente al joven, pero no acababa de alcanzar a comprender qué ocurría. Finalmente, reparó en a tercera persona, una a la que conocía bastante bien por las diversas charlas que habían mantenido; Armin Arlert. El chico de su misma edad contemplaba a los otros dos con ojos brillantes y cierto entusiasmo en su mirada, como su hubiera encontrado el mayor tesoro de su vida. Y es que en realidad, Armin no podía sentir otra cosa que no fuera alivio al cerciorarse de que, efectivamente, Eren había logrado traer hasta el María la segunda pista. Por lo que su descabellado plan había servido de algo.

-C-Capitán- dudó al llamar su atención, pues no se sentía cómoda interrumpiendo aquella escena que aparentaba ser de suma importancia. Su vocecilla no pasó desapercibida para ellos y de inmediato los tres se giraron para contemplarla de pie en la entrada de la habitación.

Fue entonces cuando la contestación de Mikasa se vio interrumpida por un fuerte azote del barco que los pilló desprevenidos. A excepción del Capitán del María, quien logró mantener el equilibrio, el resto no tuvo más remedio que agarrarse al objeto o mueble sólido más cercano que tuvieran a mano para no desplomarse sobre el suelo. Por suerte, movimientos bruscos como aquel ya habían sido previstos de antes por el consejo de la tripulación y las medidas habían sido tomadas en su día. En consecuencia, las zonas con objetos más frágiles como el pequeño armario repleto de botes de cristal con medicinas y ungüentos, se encontraba bien protegido ante tales sacudidas. Las camas que ocupaban una gran superficie de la habitación, así como los muebles más pesados, también habían sido amarrados por seguridad, por ello, nada se movió de su lugar y únicamente se escucharon los chirridos de las camas agitándose y un leve tintineo de las botellas de cristal al temblar.

Mikasa observó el rostro asustado de Historia para después percatarse de que los ojos de Armin también reflejaban cierto temor ante lo que hubiera podido ocurrir en cubierta mientras ellos aún permanecían en el interior. Bien era sabido que durante las batallas entre navíos no había una zona exclusivamente segura, pues los cañones podían alcanzar diversas partes del barco, ya fuera por cubierta o en los primeros puentes sumergidos en el mar. Muchas veces, esto dependía de los objetivos de los adversarios. Normalmente, si se quería utilizar y aprovechar el navío enemigo, lo dañarían lo menos posible, o al menos, tratarían de mantener en buen estado las partes vitales de éste. Sin embargo, teniendo en cuenta que la Carabela que se les acercaba provenía de la Nación de Rangarós poco les importaría el estado del María porque posiblemente no tendrían otro objetivo más que atrapar a toda la tripulación del Galeón, viva o muerta.

Mikasa sabía lo que había sucedido, Reiner debía haber seguido a la perfección sus indicaciones, de ahí el giro de timón para virar el Galeón y situarlo de costado. Aunque en realidad, creía que tendrían algo más de tiempo hasta que ese momento llegara. Pero a aquellas alturas, la batalla comenzaría en tan solo unos pocos minutos y ya no disponían de más tiempo para prepararse.

-¡Eren, Armin!- alzó un poco la voz sacando a ambos chicos de sus ensimismamientos. Su mirada fiera penetraba en ambos obligándolos a prestarle suma atención. –Ayudaréis con los cañones en el segundo puente, Jean se ocupará de daros las indicaciones convenientes.- En efecto, los novatos habían mejorado bastante en las luchas cuerpo a cuerpo y eran capaces de defenderse pero el más capaz era sin duda Eren y aun parecía algo agotado por la falta de descanso, así que lo idóneo era mandarlos al interior del barco donde ayudarían a preparar una de las armas más esenciales del barco y sin la cual no podrían salir airosos. En parte, quienes se ocupaban de la artillería estaban menos expuestos a los peligros que acompañaban en cubierta. No eran blancos directos de las armas con balas ni las bombas de mano, tampoco de las espadas una vez que entraban en combate cuerpo a cuerpo. Pero no se libraban de las altas posibilidades de ser alcanzados por una bala de cañón e igualmente, aquel cometido exigía esfuerzo físico y rapidez, así como cierta puntería. Todos los tripulantes solían entrenarse durante el día, en combates con espada, en disparos con los cañones y también con armas. Era esencial que supieran manejar lo mejor posible todo lo que tuvieran al alcance.

Mikasa no esperó un instante más, salió disparada por la puerta en cuanto Historia se hizo a un lado, no antes sin dedicarle una breve mirada repleta de confianza. No hicieron falta las palabras, pues ambas se comprendieron a la perfección. Así, al cabo de un par de minutos, Historia se encontró sola en la sala para tratar heridos junto a algunos paños medianamente limpios que había obtenido, material para coser heridas y desinfectante. Y aunque la idea no acababa de agradarle del todo, esperaba continuar sola en aquel lugar, pues la compañía no podía suponer otra cosa que alguien herido de gravedad.

-Espero… que todo salga bien.


Reiner no perdía de vista ni tan solo un instante el barco enemigo que a cada segundo continuaba ganando terreno y aproximándose a ellos. Recordaba a la perfección las palabras del Capitán, y no solo eso, había tenido la oportunidad de ser testigo de sus maniobras en diversas ocasiones desde que formaba parte de la tripulación del María. Siempre que podía trataba de estar cerca de él, sobre todo, en cuanto se trataba de asaltos a otros navíos. Era la primera vez que tanto Bertholdt como él viajaban a bordo de un enorme barco, por lo tanto, no era difícil dejarse asombrar por aquellas maniobras. Sin embargo, sabía que había algo más, un talento especial que el mismísimo Capitán debía haber pulido con el tiempo y la experiencia. Por eso, no podía ocultar la extraña admiración que sentía hacia él y lo mucho que le agradaban los escasos halagos que recibía de su parte.

Cuando el barco de la armada de Rangarós se acercó lo suficiente, supo que era el momento de hacerlo. Intercambió una breve mirada con Marcel, quien no se había apartado de su lado en todo aquel tiempo de espera y al obtener su asentimiento, una gran sonrisa se dibujó en su cara.

-Bien… espero que estéis preparados porque la pelea empieza ahora.- dijo en voz alta para captar la atención de todos los que esperaban en cubierta. Algunos se situaban cerca del borde aguardando con sus armas de fuego en posición, ya que serían los primeros en atacar tras los cañonazos. Para después reservaban las espadas y dagas en sus cinturas. Iban perfectamente equipados. El resto que simplemente pelearía cuerpo a cuerpo se habían ocultado en sitios estratégicos como los montones de cajas o los anchos palos de las velas. -¡Allá vamos!

Giró el timón varias veces en el sentido contrario a las agujas del reloj para redirigir el navío y girarlo hacia la izquierda. El timón llegó a su tope y entonces Reiner se vio obligado a mantenerlo en aquella posición mientras comenzaba a ver con sus propios ojos cómo giraban. El timón pesaba bastante y requería fuerza pero no era algo con lo que él no pudiera lidiar. En todo aquel tiempo la sonrisa no se borró de su rostro y al contemplar que finalmente el María se posicionaba horizontalmente ante el enemigo, solo se ensanchó aún más.

-¿Has visto, Marcel? ¿Aún pones en duda la decisión que tomó el Capitán al dejarme al mando?- preguntó esperando que le respondiera lo que él quería escuchar.

-Sabes perfectamente que no me refería a eso, solo digo que hay otras tantas personas dentro de esta tripulación tan capaces como tu.- aclaró cruzándose de brazos.

-Cierto… pero no todos son tan confiables como yo.- Se preparó de nuevo para girar el barco una vez más.

-¡Apuntad al objetivo y preparad los cañones!- ordenó una nueva voz, una que todos conocían a la perfección y cuya autoridad era incuestionable. Mikasa tomó una de las armas de reserva que tenían en una de las zonas de la cubierta y se posicionó cerca de las escaleras que llevaban hasta el timón. –Reiner, a mi señal.- indicó. El joven no necesitó nada más para interpretarla porque entendía lo que quería decir. Marcel se colocó cerca de ella para unirse más tarde al fogueo.

Mientras, en el segundo puente también habían recibido la señal de cargar los cañones, pues Marco los había avisado.

-Eren, Connie, Mina, os encargaréis de introducir las balas de cañón, Armin, Sasha y yo los dispararemos con vuestra asistencia.- les dijo Jean totalmente concentrado en lo que hacía. –Usaremos los de babor, el galeón a girado hacia la izquierda y algo me dice… que sé lo que trama el Capitán.- esto último lo susurró para sí mismo.

-¡Entendido!- afirmaron al unísono.

-Marco, ¿cómo va todo arriba?- preguntó caminando lo más rápido que pudo hacia el chico que tras dar el aviso se había quedado junto a las escaleras.

-Ya están todos preparados, Jean.- aseguró. –Tu pierna… deberías seguir reposando, no has descansado ni un solo momento desde que acompañaste al Capitán para la emboscada.

Jean apartó la mirada de Marco para centrarla en sus compañeros que se movían de un lado para otro ultimando los detalles que requerían los cañones para estar a punto. Se hizo con una de las balas de cañón y se la pasó de una mano a otra como si no pesara más que una simple pluma.

-No dudo de nuestros compañeros, mucho menos del Capitán. Sé que ganaremos esta batalla.- afirmó apoyándose durante unos instantes en el palo mayor que atravesaba el barco por el centro de la sala. –Pero todos los hombres y mujeres del María están agotados y sin embargo, todos participarán en esta pelea. Yo no seré la excepción, Marco.

El joven pecoso asintió con la cabeza, ya esperaba una respuesta así, no lo sorprendía en absoluto. Al igual que tampoco lo asombró encontrarse con Sasha allí abajo después de su estado lamentable. Bajó la mirada, sacó una pistola pequeña de su cintura y se la tendió al oficial del María.

-Toma, podrías necesitarla.- Jean dudó unos instantes pero al final la cogió. –Entonces, yo también me esforzaré en atender a los heridos lo mejor que pueda. Espero no encontrarte entre ellos, Jean.- el contrario le ofreció una mirada fiera y segura antes de que Marco se marchara. Según le había contado, permanecería entre la cubierta y aquel puente para transmitir las órdenes lo mejor posible hasta que se requiriera su presencia para curar posibles heridos.

La artillería se encontraban a punto, todos los cañones situados en el segundo puente eran medianamente grandes, de unas doce libras, algo más manejables de lo usual. Cada uno pesaba mil cuatrocientos kilos a los que debían sumarse los doscientos setenta de las cureñas; armazones de madera compuestos de tablones sobre los que se montaban dichas armas. Para evitar que los cañones se movieran de un lado a otro con el balanceo del navío y que se convirtieran en monstruos de metal capaces de acabar con la vida de todo el que se cruzara en sus caminos, solían estar bien atados. Normalmente se amarraba el cascabel del cañón, el cual se situaba en el extremo contrario con bragueros. Estos fuertes cabos evitaban que el cañón se desplazase hacia atrás más de lo debido a causa del retroceso al disparar. Eran piezas fundamentales.

Los cañones recamarados del María se parecían mucho a los convencionales, aunque funcionaban de manera diferente. Todos ellos contenían en el interior una recámara situada antes de los huecos de los cañones de menor grosor donde se introducía el cartucho de pólvora. Ciertamente, eso los hacía menos pesados.

Eren, Connie y Mina ya habían terminado de cargar correctamente todos los cañones de babor tal y como les habían enseñado. En el interior de los mismos habían introducido el cartucho de pólvora. Pegada al cartucho se situaba la bala del cañón de doce libras, de unos cinco kilos, que podría alcanzar hasta los tres mil metros de distancia. Las emplearían principalmente para traspasar los cascos. Eran ideales para emplear en distancias largas como a la que se encontraban en ese instante. Finalmente, colocaron un taco después de la bala para sujetarla y que esta no se desplazase. El cartucho de pólvora estaba en contacto con el oído, un estrecho orificio repleto de pólvora fina que atravesaba la culata de los cañones. Así, el fuego aplicado desde fuera llegaría hasta el cartucho y propulsaría la carga ferozmente al exterior.

Armin acercó hasta la hilera de cañones algunos de los barriles en los que se almacenaba la pólvora a granel. Siempre había creído que se guardaba en sacos, pero al pensarlo detenidamente llegó a la conclusión de que era lógico hacerlo de aquel modo. La humedad del salitre de la pólvora podía pudrirlos con facilidad, por lo que no resultaban nada efectivos. Los barriles eran muchísimo más efectivos. Cerca de donde se había situado se encontraban los complementos necesarios que utilizarían al disparar aquellas armas. Varios estuches para portar los cartuchos de pólvora y también algunos cuernos de pólvora para llenar el oído de la pieza. Un punzón que emplearían cuando el cartucho estuviera colocado en su lugar para perforarlo. Y por último, unas cuantas cubetas con agua para limpiar el cañón después.

Mina depositó en una caja el atacador que había empleado para empujar al interior del ánima del cañón tanto el cartucho como las balas y el taco. Los cañones debían prepararse adecuadamente después de cada descarga.

Cuando los siete cañones centrales parecieron estar preparados Jean se ocupó de revisarlos junto a Connie, pues el joven era quien usualmente se encargaba de la artillería con la ayuda de Samuel. Normalmente aquellos cañones solían manejarse con muchos más hombres pero la tripulación del María sabía ingeniárselas correctamente con menos manos, y eran igual de efectivos, eso sin duda.


-Capitán, deberíamos usarlo.- Mikasa giró levemente la cabeza para encontrarse a Ymir muy cerca. La mujer portaba un arcabuz y dos pistolas en su cintura. Y aunque no había añadido ni un solo detalle más, sabía exactamente a lo que se refería. Ella también lo había pensado, sin embargo, tenía motivos para descartar la idea.

-Si lo utilizamos, es posible que dañemos demasiado el navío enemigo y eso iría en contra de nuestros intereses.- En un principio, no tenían pensado enfrentarse a nadie, únicamente deseaban continuar con su ruta sin ser molestados. Pero se les presentaba una oportunidad de oro que no podrían rechazar. El barco enemigo les proporcionaría todo lo necesario para abastecerse y con suerte, también hallarían algún botín con el que contentarse. La moral de la tripulación del María se alzaría hasta las nubes con aquello y Mikasa lo sabía. Era necesario.

-Tiene razón, a menos que lo deje en manos de alguien diestro.- era raro que Ymir insistiera tanto en algo como aquello, debía ver buenas posibilidades. Ciertamente, si lo empleaban durante la batalla, les costaría mucho menos abordar el barco enemigo y deshacerse de sus hombres en cubierta. Quizás merecía la pena correr ciertos riesgos y acelerar el proceso. También se reducirían las posibilidades de que hubiera heridos entre los suyos.

-De acuerdo. ¡Bertholdt, te encargarás del obús! Ymir, busca a Franz, él y tu lo ayudaréis y seguiréis sus indicaciones.- la mujer no pudo alegrarse por completo de aquello, pues esperaba estar al frente del control de aquella arma, pero no había tiempo para pensar en ello. Por fortuna, el obús se encontraba en cubierta debido a que lo habían estado limpiando recientemente y aún no habían tenido la oportunidad de bajarlo a los puentes interiores.

Los tres empujaron con fuerza el cañón ancho y bastante más corto hasta uno de los bordes de cubierta en la toldilla del Galeón. Tenía veinticuatro libras, mucho más ligero que los cañones del segundo puente. Lo emplearían principalmente para lanzar bombas y metralla. La corredera bajo el obús permitía moverlo también de forma lateral. Estaba sobre la cureña que lo sujetaba rodeado de aparejos. Disponían de otros dos obuses como aquel pero en pocas ocasiones los utilizaban, ya que eran un tanto difíciles de emplear y apuntar.

-¡Cuando la Carabela esté a tiro, disparad los cañones!

Aquella última orden se transmitió al instante a la parte inferior del Galeón. Jean sentía la presión a causa de la responsabilidad que recaía en él. Debía ser quien diera la señal de disparar. El Capitán confiaba en él y no podía defraudarle. Lo haría como en otras tantas ocasiones, llevaba consigo un montón de años de experiencia y victorias, por ello, todo saldría bien una vez más.

-¡Preparaos!- gritó a quienes se encontraban consigo allí. –Recordad que tenéis que alejaros un poco del cañón cuando disparéis, es peligroso.- repitió una vez más mirando directamente a Eren. Si no fuera porque había comprobado con sus propios ojos que Connie se manejaba a la perfección con la artillería, probablemente no le habría dejado acercarse a los cañones, pues en ocasiones era un tanto deficiente recordando información vital relacionada con la precaución. Por eso, en esta ocasión se dirigió en concreto a Eren. Podían haber empezado una discusión allí mismo, los ojos del novato lo desafiaban pero incluso él era consciente de que no era el momento indicado.

Se habían colocado en parejas junto a tres de los cañones, los primeros que entrarían en contacto con la nave enemiga y los que dispararían en primer lugar para dar inicio al ataque. Jean, situado en el del extremo y con Connie terminando de apuntar, estaba a la expectativa de poder ver de fondo la cubierta del barco contrario. Esperó pacientemente hasta que escucharon un disparo del contrario. Todos ellos reaccionaron agachándose, sin embargo, la bala de cañón no impactó con el Galeón.

-Já, os habéis precipitado, ignorantes.- susurró orgulloso Jean para sí mismo.

-Preparados… listos...- Armin y Sasha, en los dos cañones restantes, sujetaron con decisión la llave de artillería, dispuestos a tirar de ella con fuerza y accionar el mecanismo. -¡FUEGO!

Los tres cañones expulsaron con fuerza las balas de cañón que impactaron contra el barco enemigo. Una de ellas directamente en la proa, la cual no produjo demasiados daños ya que acabó desviándose a un lado tras el impacto. Aunque consiguió deteriorar un poco la cubierta. Las otras dos habían impactado contra el palo de trinquete casi despedazándolo por completo.

-¡Muy bien, Armin!- lo felicitó Jean, ya que había apuntado con precisión. Tras el retroceso de los cañones, estos volvieron a su posición inicial. Los alejaron un poco del agujero para prepararlos de nuevo. –Sasha, Armin y Eren, vosotros limpiaréis los cañones recién usados y los prepararéis para volver a disparar con ellos.- asintieron al tiempo que se hacían con las herramientas a su alcance. Eran necesarios aproximadamente ocho minutos para volver a tener lista la artillería recién usada. Debían llevar a cabo todo el proceso sin saltarse ni un solo paso y a contrarreloj, pues en medio de una batalla todo debía efectuarse con mayor rapidez y precisión. –El resto me ayudaréis con los cañones restantes. Esto no ha hecho más que empezar.

Todos se encontraron envueltos en los disparos provenientes de su propio barco. El María fue accionando todos los cañones de babor uno a uno destrozando así la cubierta del enemigo. En ese momento, Jean notó otro nuevo cambio de rumbo hacia la izquierda, lo que significaba que el navío se colocaría esta vez a la par de la Carabela para llevar a cabo un abordaje. Y para ello, necesitarían continuar dando apoyo a los suyos desde allí abajo.

Armin, Sasha y Eren, rodeados de un fuerte olor a pólvora al que ya comenzaban a acostumbrarse, primero introdujeron en cada uno de los cañones un largo palo con una esponja en el extremo. De este modo refrescaban el interior del cañón y al mismo tiempo servía para apagar cualquier posible rescoldo de pólvora que pudiera convertirse en un peligro al no limpiarse adecuadamente. En caso contrario, corrían el peligro de que un nuevo cartucho de pólvora explotara al introducirlo. Tras eso, se apresuraron en utilizar un cepillo para retirar la suciedad que podía haberse acumulado, los restos de pólvora cayeron al suelo del puente. Una vez terminado todo aquello, volvieron a tomar los atacadores para cargar los cañones como habían hecho anteriormente.

-Aseguraos de limpiarlos bien- recordó Connie sin dejar de hacer lo suyo. En pocas ocasiones habían tenido la oportunidad de verlo tan serio y centrado en su trabajo como en aquel momento.

-¡Ya lo sé!- contestó Eren un tanto cansado de que tuvieran que repetirle continuamente lo que debía hacer. Conocía a la perfección todos y cada uno de los pasos. Era cierto que no los había llevado a cabo más que en unas pocas ocasiones cuando pusieron a prueba los cañones en mar abierto. Y, por supuesto, todo cambiaba al verse envueltos en medio de una batalla, pero los nervios y la presión no le harían cometer errores tan absurdos como aquellos.


Los primeros cañonazos se hicieron escuchar en los alrededores. Mikasa no podía adorar más aquel sonido producido por su propio navío, así como el intenso olor a pólvora que resultaba un tanto adictivo. Contempló tranquila cómo las balas de cañón supervisadas por Jean impactaban contra varias partes vitales del barco enemigo. Sabía que era algo complicado acertar en aquella posición pues solo podían apuntar a la proa de la Carabela por el giro que acababan de hacer, y sin embargo, había logrado machacar con tan solo tres disparos una parte del casco y uno de sus tres palos.

-¡El palo ha caído!- gritó Hannah un poco entusiasmada. Una bala de cañón fue más que suficiente para deteriorarlo por completo. Los enemigos trataron de responder a la oleada de disparos pero les resultó difícil, ya que no disponían de muchos cañones en proa y la puntería tampoco les acompañaba.

-Esto será demasiado fácil.- susurró Mikasa para sí misma al contemplar el escenario. En un principio creyó que la Carabela de Rangarós sería difícil de abordar o que estaría acompañada de otros barcos. La armada siempre tenía navíos mejor preparados y aquel no aparentaba ser uno de ellos, pero esperaba mayor resistencia ya que los perseguían para darles caza. Pero todos los soldados parecían estar dormidos o tuertos porque no atinaban ni una sola bala. -¡Reiner, ahora!- gritó con todas sus fuerzas. El chico rubio se tensó pero no por ello se detuvo, y efectuó la maniobra con precisión. Había soltado anteriormente el timón por completo hasta que recuperó su posición inicial y ahora debía volver a girarlo para acercarlos a la Carabela y posicionar el María a la par. – ¡Acércate todo lo posible!- Pronto ambos navíos se aproximarían.

-¡Capitán, el obús está listo!- indicó Berholdt preparado para accionarlo en el momento indicado. Situado en la toldilla de proa y a un nivel por encima del resto de la cubierta, lo acercaron a babor y apuntaron al centro de la cubierta enemiga. De ese modo barrerían toda la zona hiriendo a los soldados contrarios y reduciendo el número.

-¡Aún no, Bertholdt! ¡Primero debemos aproximarnos más!

Los cañonazos del segundo puente también se habían detenido, pues continuaban preparando el resto de cañones. En esta ocasión habían introducido metralla en varios de ellos, consistía en saquillos repletos de pequeñas balas de fusil y trozos de hierro apilados. Pero el alcance era menor, por ello también debían esperar a estar lo suficientemente cerca.

Un buen rato después, la distancia se redujo bastante como para comenzar a disparar. En la Carabela todos corrían de un lado a otro resguardándose y resistiendo como podían. Solo unos pocos permanecían junto a los cañones de cubierta mientras los demás se posicionaban en la artillería de los puentes inferiores que parecían ser algo más seguros.

Una nueva señal bastó para poner en funcionamiento de nuevo la artillería del Galeón. El obús explotó con un fuerte ruido y lanzó la metralla acumulada en su interior reduciendo a escombros diferentes zonas de la cubierta contraria. Le acompañaron varias balas de cañón que se dispararon casi al unísono. Sin embargo, también obtuvieron una respuesta por parte de la armada de Rangarós. Accionaron varios cañones pero la mayoría fallaron por la movilidad de los navíos, a excepción de dos balas. Una de ellas pretendía impactar contra el palo de mesana del María, el más cercano a la popa, sin embargo, el tiro falló e impactó en la toldilla. Los pedazos de astillas golpearon a Reiner, quien cayó de la toldilla golpeándose el costado. A pesar de todo, el joven se levantó como si nada para volver a su puesto junto al timón. Bertholdt, Ymir y Franz no tuvieron mucha más suerte, pues salieron impulsados hacia atrás a pesar de no haber recibido directamente el cañonazo.

Sus gritos alarmaron a todos en cubierta aunque los heridos ya habían afirmado estar bien. Marco no tardó en presentarse allí para revisar sus estados. Tal y como habían dicho, no tenían nada más que unas pocas heridas y cortes. El más grave de los cuatro parecía Reiner.

-Estoy bien.- aseguró este a pesar de las insistencias en tratar el corte en su frente. No dejaba de sangrar y el líquido escarlata continuaba recorriendo su cara. –Un rasguño como este no tiene ni comparación con las heridas que he sufrido a lo largo de mi vida.

Así, Historia se apartó de él tras limpiarle con un trapo húmedo el corte.

-¿Historia? ¡Qué haces aquí!- se enfureció Ymir en cuanto dio con ella. La chica rubia había acudido al lugar junto a Marco por si se requería su ayuda. Le inquietaba seguir esperando en el interior mientras todos arriesgaban sus vidas. Además, aquellos dos últimos impactos le habían preocupado al sentir cómo impactaban de lleno en el María. Aún a riesgos de que Ymir se enfadara, necesitaba asegurarse con sus propios ojos de que todo seguía en orden.

-Deberías tener cuidado, Ymir, tu hombro sigue en proceso de curación.- respondió ella enfurruñada. Y así, ambas se pusieron a discutir, al tiempo que Hannah corría hacia Franz preocupada. Bertholdt, por su parte, bajó de la toldilla para tomar una de las pistolas y acompañar a quienes dispararían aprovechando que la distancia seguía reduciéndose.

-¡Escuchad! No es momento para preocupaciones. El enemigo no tiene nada que hacer contra nosotros, pero os recuerdo… que estamos en medio de una batalla. Así que ¡volved a vuestros malditos puestos!- amenazó Mikasa alzando la voz. Todos reaccionaron de inmediato ante su petición. No había heridos graves y cualquier asunto secundario podrían tratarlo después. Primero debían terminar aquello que habían empezado.

Mientras tanto, en el segundo puente, Jean y Connie habían salido despedidos golpeándose con uno de los palos centrales que atravesaban el puente. La otra bala de cañón del barco enemigo había impactado contra ellos en un intento por inhabilitar la artillería. Por suerte, no había colisionado directamente con ellos, sino a unos pocos metros de donde se encontraban. Aunque en vez de las astillas clavadas en sus cuerpos, les había dolido más el golpe durante el aterrizaje. Aún así, ambos se pusieron en pie masajeando sus miembros adoloridos. Estaban cubiertos de una capa de polvo, serrín y restos de pólvora.

A un extremo de babor se abría un agujero de dos cabezas de altura por el que podían asomarse a la perfección. Debido a la altura del puente, el agua del mar no entraría a menos que se vieran envueltos en medio de una tormenta, sin embargo, después tendrían que repararlo con urgencia.

-¡Apuntad al palo mayor!- ordenó Jean acercándose a los tres cañones cargados de los que se ocupaban el resto. Connie había dejado de lado sus dolores para asistir a sus compañeros. –Tenemos que echar abajo esa maldita vela.

De ese modo, reducirían la velocidad de la Carabela y podrían aproximarse con mayor facilidad.

-¡Espera, Eren!- gritó Mina alarmada al ver como el chico utilizaba el rascador para sacar del interior de su cañón el taco. Acto seguido, introdujo uno de los sacos de metralla que iría junto a la bala de cañón. Y entonces, volvió a colocar el taco en su lugar. –Eso podría ser peligroso.- advirtió.

-¿¡Qué cojones haces, Jaeger!?- Jean se aproximó a él cojeando y hecho una furia al verlo actuar de forma extraña.

-¿Quieres tirar abajo el palo mayor o no? Si metemos metralla, además de eso, arrasaremos también con otros tantos hombres de los alrededores.- Jean no pareció muy convencido. Él no solía encargarse de supervisar la artillería, aunque si había ordenado lanzar balas, metralla y palanquetas, pero todo ello por separado.

-Juntar ambas cosas podría costarnos la vida, ¡es que no lo entiendes!- respondió rechazando su idea al instante. Pero Eren se negaba a sacar la metralla del interior del cañón. –Jaeger… harás lo que yo te diga o te cortaré las manos aquí mismo.- amenazó cogiéndolo del cuello de su camisa sucia.

-Espera, Jean… no es tan descabellado como parece- intervino Connie logrando que el oficial soltara a Eren con brusquedad. –Antes de formar parte de esta tripulación, trabajé de artillero en otro navío y aprendí mucho de aquellos hombres, al menos, antes de que el barco se fuera directo al fondo del mar.- Jean le indicó con la mirada que fuera al grano antes de que les diera una patada en el trasero a ambos. –Siempre decían, que no debían juntarse en un mismo cañón una bala y una palanqueta. Pero nunca dijeron nada de juntar la metralla con alguna de ellas. Podría… ¡podría funcionar!

Jean aceptó la propuesta, tal y como lo había explicado Connie, en realidad a él tampoco le sonaba tan mal.

-Está bien. A mi señal.- avisó.

En cubierta, todo se calmó. Esperaban el momento exacto para terminar con la táctica empleada. A aquellas alturas, les habían causado suficientes daños a los contrarios como para impedirles maniobrar con soltura y desplazarse a placer. Pronto, una ola de disparos proveniente del María, se echó encima del barco enemigo. Los hombres que aún seguían en pie y no habían tenido el tiempo suficiente para ocultarse y ponerse a salvo, recibieron una bala en sus cuerpos.

Todos los miembros del María armados dispararon una única vez, pues las armas de fuego eran un tanto lentas de recargar y era mejor emplearlas solo en una ocasión para asegurar el terreno y después continuar cuerpo a cuerpo. La mayoría de los arcabuces, los mosquetes y las pistolas cayeron al suelo una vez se utilizaron y fueron sustituidas por alfanjes, dagas, hachas y espontones.

Durante el tiempo que continuaron esperando a que la distancia se redujera, sonaron tres cañonazos más. Dos balas que impactaron contra el casco, una de ellas directa contra el cañón contrario que les había disparado directamente. Y la segunda solo había rozado la Carabela. El tercer disparo resultó ser un tanto fuera de lo común. Un manto de metralla se esparció por la cubierta destrozando el resto de aparejos del navío que aún permanecían en su lugar. Y al mismo tiempo, una bala de cañón que destrozó por la mitad el palo mayor. Los gritos de los soldados se escucharon al ver caer aquel palo grueso que daba estabilidad al navío.

-¡Marcel, preparad todo para el abordaje!- ordenó el Capitán. Algunos de ellos, se quedaron atrás con sus armas de fuego para dar apoyo y guardar las espaldas a quienes se dispusieron a pasar al barco contrario. Mikasa iba en cabeza y, junto a Annie, fue la primera en pisar la cubierta del barco enemigo. Todo estaba repleto de sangre y cuerpos mutilados sin vida. Por suerte, habían esparcido una buena cantidad de arena que impedía resbalarse con el líquido escarlata. Al principio, ella también pensó en emplear una táctica similar, pues podía ser un inconveniente luchar al tiempo que trataban de mantener el equilibrio, sin embargo, supo que en aquella ocasión no haría falta.

Con el apoyo de Annie, Samuel, Thomas, Reiner, y Hannah, Mikasa descuartizó a todo hombre que continuara en pie en la cubierta de la Carabela y que se atreviera a desafiarla. Tras ellos, Ymir, Bertholdt, Marcel y Franz dispararon proporcionando un firme apoyo al abordaje de los suyos. Probablemente, fue una de las tomas de barco más sencillas que habían vivido hasta el momento. Apenas habían sufrido daños y no tenían ni una sola pérdida. En poco tiempo, acabaron con quienes insistían en querer hacer frente a la tripulación del María. Todo terminó con un último hachazo de Annie. En un rincón, permanecía un pequeño grupo de soldados supervivientes que habían preferido rendirse antes de ser partidos por la mitad.

Mikasa se acercó hasta ellos para mirarlos uno a uno, tras ella, justo bajo la toldilla de la Carabela y ante la puerta de lo que parecía un camarote, Thomas inspeccionaba curioso. Trató de emplear la fuerza para abrir la puerta de madera que estaba atrancada desde el interior.

-Eh, Samuel, mira esto.- llamó la atención de su compañero mientras Annie y Hannah permanecían junto a Mikasa apuntando con sus armas a los soldados retenidos. Tras ellas, en Galeón, habían recargado las armas y apuntaban directamente a la cabeza de los enemigos por si intentaban ejecutar alguna acción peligrosa.

Samuel en seguida sintió curiosidad por aquello, sobre todo, porque ni siquiera entre los dos habían sido capaces de hacerla ceder ni tan siquiera unos milímetros.

-Debe haber un gran botín en el interior, ¿no crees?- Samuel asintió, ¿por qué si no se habrían tomado tanta molestia en impedirles el paso al interior de aquella sala? A sabiendas de que ellos serían los vencedores de la batalla querían asegurarse de que no le echaban mano al tesoro. Pero no eran más que unos necios si creían que aquello podría detenerlos.

-Tengo una idea.- Samuel sacó la pequeña bomba de mano casera que había fabricado él mismo mientras experimentaba con algo de pólvora. La pequeña bola tenía una mecha que se introducía en el interior donde se acumulaba la pólvora. Tomó uno de los palos que encontró tirados por el suelo y lo acercó a un pequeño fuego que se mantenía con vida en una de las zonas de cubierta, a causa de los numerosos impactos y la potencia. Acercó el palo en llamas a la bomba casera y la lanzó junto a la puerta tras ponerse a una distancia prudencial de ella.

La bomba estalló y en ese momento, todos pasaron a prestar enteramente atención a los dos jóvenes que contemplaban la puerta con una mezcla de alegría por haberla abierto y sorpresa por obtener gritos como respuesta. Los numerosos chilidos provenían del interior de la sala; niños y mujeres aterrorizados que se lamentaban por haber subido a aquel barco.

-¡Esperad, no matéis a esos civiles!- gritó alguien repentinamente. Mikasa y el resto volvieron a contemplar a sus rehenes. Uno de ellos parecía rogar por las vidas de todas esas personas resguardadas en el interior de la oscura habitación.

-¿Eres idiota? ¡Es que quieres que te maten!- saltó una mujer de pelo castaño corto y rizado. Tenía unas largas pestañas y sermoneaba a su compañero, algo que resultó un tanto extraño teniendo en cuenta que el hombre vestía uniforme de soldado mientras que ella parecía ser un simple grumete. –Perdónele, Capitán, aún es joven y estúpido, no sabe lo que dice.- trató de disculparse en su lugar con una sonrisa fingida.

-¡No! ¡Capitán, os pido piedad por las vidas de esas personas!- insistió echando por tierra la reciente intervención de la mujer. –No son más que mujeres y niños que viajaban en este navío de vuelta a casa. No tienen nada que ver con el ataque ni con la armada de Rangarós.

-Dadnos todo lo que tengáis de valor.- ordenó Annie con cara de pocos amigos. Su expresión aburrida no cambió en ningún momento. El soldado se giró para contemplar directamente a su superior de rodillas tras él.

-Os daremos todo lo que llevamos, ¿verdad, oficial?- pidió esperando que estuviera de acuerdo con él, pues tenían mayor importancia sus vidas que todo lo material que pudieran transportar allí.

Sin embargo, el hombre tras él de más edad no parecía dispuesto a ceder ante esa petición.

-¡No seguiré órdenes de unos sucios y malnacidos piratas!- sin previo aviso, el oficial del barco se abalanzó sobre Mikasa, quien más cerca se encontraba de ellos y con claras intenciones de partirla en dos con el puñal que había estado escondiendo. Ella se quedó en su sitio contemplando la escena, lista para actuar en el último segundo pero no hizo falta pues Hannah lo había placado con un golpe en la pantorrilla. El hombre cayó al suelo como un saco pesado envuelto en constantes quejidos. -¡Os degollaré, hijos de puta!- gritó, pero sus alaridos no duraron mucho, pues el falange de Mikasa atravesó su cráneo de un extremo a otro clavándolo en el suelo de cubierta. Después, sacó su espada de la cabeza tras pisarla para que esta no se viera arrastrara hacia arriba y la apuntó a los rehenes restantes.

-Por favor… dejad que vivan.- repitió aquel insistente soldado entre dientes sin atreverse a levantar la cabeza.

Ymir se había tomado la molestia de pasar de un barco al otro, pues sentía curiosidad por lo que estaba contemplando y no podía limitarse a quedarse en su lugar cuando algo divertido parecía estar a punto de acontecer. Mikasa sintió su presencia junto a ella.

-¿Qué opinas… Ymir?- preguntó el Capitán del María esperando una opinión brutalmente sincera.

-Espero que no estés pensando dejar sus vidas en mis manos porque si esa es tu intención, ya sabes lo que haré con ellos.- se rió en voz alta estremeciendo a los soldados arrodillados ante ellos. Ymir contempló al soldado osado que se había atrevido a dirigirse a su capitán con una petición en mente. Era un joven alto, no mucho menor que ella, de tez blanca y cabello negro con la parte inferior de la cabeza rapada. Sus ojos eran pequeños y plateados y su cara algo alargada. -¿Ofrecerías tu vida a cambio de liberarlos a ellos?- preguntó seria observándolo detenidamente.

El joven se movió inquieto en su sitio, con la cabeza gacha, miró discretamente a un lado donde los civiles se amontonaban en el interior de la sala retenidos por los piratas. Y se lamentó por lo que estaba a punto de decir, se maldijo a si mismo porque no quería morir, pero una vida era un pago justo por las de todos aquellos inocentes. Si sus padres y hermanos hubieran estado entre los viajeros, con gusto habría hecho todo lo posible para devolverlos con vida. Y aún así, nada le aseguraba que aquellos piratas fueran a cumplir con su palabra, pero debía intentarlo. Con los ojos cerrados y un pequeño tembleque, respondió alto y claro.

-Sí... Lo haría.- Ymir sonrió, creyó que sería más cobarde de lo aparente pero se necesitaban agallas para decidir aquello sin saber qué podría ocurrir. Miró al Capitán y ambas intercambiaron una mirada fugaz.

Mikasa asintió y ante eso, Ymir retrocedió unos pocos pasos. El Capitán, seguido por las miradas de todos los allí presentes, levantó en alto su espada. El joven arrodillado ante ella creyó que acabaría rebanado en dos como su superior, por ello, aguardó nervioso el instante en el que sentiría el filo hundirse en su piel y un dolor horrible surcar cada parte de su cuerpo hasta encontrar la muerte como el único consuelo a su sufrimiento. Sin embargo, la espada se clavó a escasos centímetros de él.

-Decidme, ¿cómo os llamáis?- preguntó Mikasa con tono monótono.

-M-Marlo, Capitán.

-Marlo… los civiles no sufrirán daños. Pero los soldados no correréis la misma suerte.- sentenció. La poca esperanza que había albergado se disipó como espuma en el mar. –Sin embargo, aquellos que quieran una nueva oportunidad de seguir viviendo, serán bienvenidos en mi navío.- las caras de los tripulantes del María eran todo un poema. Los soldados amontonados en aquel rincón mostraron diferentes reacciones, la mayoría no se fiaban de sus palabras y sentían repugnancia hacia el Capitán del María y toda su tripulación. –No obstante, para ser aceptados en mi tripulación, antes tendréis que vencer a uno de mis hombres en una batalla justa. Tendréis el privilegio de elegir contrincante.

Marlo sintió un nudo en su estómago porque a pesar de que aún tuviera alguna pequeña oportunidad de vivir, no parecía fácil aferrarse a ella. Los próximos segundos los pasó planteándose seriamente qué hacer, aunque en el fondo ya había tomado una decisión. Y es que en realidad, no era difícil de ver. Si no ganaba a alguno de aquellos piratas, moriría. Pero si no lo intentaba, ni siquiera tendría la oportunidad de luchar por su vida. Podría haberse mantenido firme a sus ideas, pues no era partidario del bando pirata, pero en cierto modo tampoco le disgustaban ni el Capitán ni los suyos. Parecían ser algo más justos de lo que tenía entendido acerca de los hombres crueles de mar. Había escuchado historias de soldados que a duras penas lograron volver de una sola pieza tras cruzarse con ladrones de agua salada, habían matado sin escrúpulos y sin remordimientos a todo el que se hubieran encontrado en su camino. En esta ocasión parecía ligeramente diferente. Y ya de primeras, el Capitán había cedido ante su súplica de dejar a inocentes al margen de aquello. Quizás… quizás no fuera tan mala idea comenzar en un nuevo lugar.

Se levantó de su sitio y tomó la espada clavada ante él tal y como esperaban que hiciera. Escuchó murmullos e insultos de los hombres tras él que lo maldecían por querer formar parte de unos rufianes sin escrúpulos. Le pareció ver una ligera sonrisa en la cara del Capitán pero desapareció al instante.

-Muy bien, Marlo. Tuya es la elección.- le ofreció haciendo un gesto con la mano para indicarle que escogiera a cualquiera allí presente con el que enfrentarse.

Marlo cojeó un poco, aún le dolía la pierna por el cacho de astilla que llevaba clavada en la pierna. Aunque aquello no le impedía moverse pero lo volvía bastante más lento. Por no hablar de otras tantas heridas que tenía por todo el cuerpo. En realidad sus posibilidades de ganar eran remotas. Pero escoger al adversario adecuado también influía en ello. Pasó la mirada por todos y cada uno de ellos, por desgracia, todos parecían estar en buena forma y sin heridas aparentes que pudieran ponerle las cosas un poco más fáciles. Descartó al instante al Capitán y a la mujer que se había dirigido a él, aquello habría sido un suicidio. Pensó entonces en las dos mujeres, la bajita rubia con cara de pocos amigos no le inspiraba confianza, estaba seguro de que era mucho más fuerte que él a pesar de su apariencia. Lo mismo ocurría con la otra chica pelirroja, era consciente de que no debía juzgarlos por su aspecto porque eso sería cometer un grave error. Entonces, solo quedaban los dos situados cerca de la puerta de los civiles, pues no quería enfrentarse al hombre rubio musculoso. La decisión estaba entre el joven rubio y alto con patillas rectas y el otro de piel trigueña y cabello castaño.

-Lo elijo… a él.- señaló con la mano a Thomas, que pareció reaccionar con sorpresa, pues no esperaba que le tocara batirse en un duelo.

-¿Estás seguro?- le preguntó su contrincante esperando, quizás, que recapacitara su decisión antes de que fuera demasiado tarde. Pero este asintió con la cabeza, fuera lo que fuese, era su elección y ya no había vuelta atrás. Ahora solo quedaba darlo todo y luchar por una oportunidad de seguir viviendo. Aquel mundo no era agradable, pero no quería dejarlo aún. –Está bien… es posible que te arrepientas de ello.- Thomas cogió la espada de Samuel que estaba en mejor estado y se acercó al centro de la cubierta para situarse frente a Marlo. El resto de tripulantes del María los rodearon, aunque Mikasa y Annie permanecieron junto al resto de soldados en el suelo.

-Bien, tal y como he prometido, si vences a Thomas, Marlo, tendrás la oportunidad de unirte a mi tripulación.- recordó. Marlo sintió la boca seca de los nervios. Contuvo un poco la respiración para calmarse y poder centrarse en la pelea. –Si pierdes, sufrirás el mismo destino que aquellos que decidan no intentarlo.- intentó que esas últimas palabras no lo desconcentraran pero fue difícil.

Thomas se abalanzó sobre él de un momento a otro y Marlo estuvo a punto de no apartarse a tiempo, pues seguía dándole vueltas a las palabras del Capitán del María. Se echó a un lado en el último instante y rodó por el suelo incapaz de ponerse de pie por el impulso. Se quedó con una rodilla posada en el suelo y la otra pierna flexionada para levantarse antes de que volviera a arremeter contra él.

-Vamos, ven a por mí.- pidió Thomas, pero no esperó ni un momento, volvió a acercarse a Marlo con claras intenciones de hacerle daño. Él no tenía nada que temer, no arriesgaba su vida. Por ello, se movía con seguridad y soltura de un lado a otro.

Marlo esquivó sus estocadas y rechazó otras tantas. Thomas era insistente y estaba claro que tenía muchas más fuerzas que él, el agotamiento no era visible en su rostro ni en sus movimientos. Pero no se rendiría. Cuando tuvo la oportunidad, comenzó a intentar atacarlo para hacerlo retroceder.

-Pienso… que ha sido una mala decisión- comentó Annie en voz baja. Solo Mikasa y los soldados junto a ella pudieron escucharla.

-Elegir a Ymir si habría sido una mala elección.- contestó el Capitán sin perder de vista la pelea. Thomas ganaba terreno y estaba consiguiendo acabar con las fuerzas que le quedaban a Marlo, pero éste tampoco cedía.

-Aún así, dudo que sea capaz de vencer.- insistió. –está en condiciones pésimas.

-Pero tiene determinación, son evidentes sus anhelos de continuar con vida. Tú también te habrás dado cuenta, Annie.- Mikasa sabía que los instintos de Annie eran casi tan buenos como los de ella. Por eso, en cierto modo debía entender lo que quería decirle.

-Su determinación no lo salvará.- el Capitán asintió con la cabeza dándole la razón. La determinación nunca era suficiente para sobrevivir, hacía falta algo más que eso.

-Cierto, pero te impresionaría saber… lo que es capaz de conseguir el valor de luchar por algo que se quiere alcanzar.- Annie se quedó en silencio y ninguna de las dos volvió a decir nada.

De un momento para otro, Marlo tropezó y cayó hacia atrás. Thomas no pudo ocultar su sonrisa al ver a su contrincante tan desprotegido. Su espada se había alejado de él unos metros y no era capaz de alcanzarla. Thomas se puso junto al alfanje para apartarlo a un lado de una patada, impidiendo que Marlo pudiera recuperarlo.

-Y dime, ¿por qué me escogiste a mí como adversario?- tenía cierta curiosidad, quería conocer los criterios en los que debía haberse basado durante su elección.

-N-no lo sé.- contestó incapaz de concentrarse mucho. Thomas le propinó un rodillazo en la cara logrando que Marlo girara la cabeza de golpe y que escupiera sangre. Tuvo suerte de no haber perdido ningún diente, aunque ese era un precio que pagaría encantado con tal de seguir vivo.

-¿No lo recuerdas?- repitió Thomas indicando que quería una respuesta convincente. Seguiría golpeándolo una y otra vez hasta que se le agotara la paciencia y decidiera matarlo. Volvió a patearlo en el estómago con fuerza logrando sacarle un quejido. Marlo encontró dificultades para respirar tras aquel último golpe, pero trató de hablar antes de que lo repitiera.

-Tu compañero… antes de que nos capturarais… no recordaba haberlo visto pelear.- Y ahí estaba la razón que le había llevado a decidirse entre ambos. Durante el abordaje parecía haberse fijado en Thomas, mientras que no recordaba ver a Samuel por ninguna parte. Thomas sonrió.

-Y aún así, has preferido que sea yo.- Volvió a patearlo dejándolo tirado en el suelo en posición fetal con toda la cara repleta de sangre. Marlo tenía restos de arena y aquel líquido escarlata por toda la ropa y cuerpo.

-Mi madre… mi madre siempre decía… ugh… que era mejor malo conocido…. que bueno por conocer.- explicó con voz débil y entrecortada. Tenía la mirada perdida en las botas negras relucientes de Thomas, manchadas con su propia sangre. Había perdido, su oportunidad se le había escapado de las manos pero al menos no podría arrepentirse por no haberlo intentado. De fondo escuchó el alboroto de quienes contemplaban la escena y su miserable estado. No distinguía los abucheos de los soldados de las risotadas de los piratas, pero a aquellas alturas poco importaba.

-Tu madre no se equivocaba, pero sus palabras no te salvarán.- Thomas se preparó para dar su último golpe y atravesar el corazón de Marlo con precisión. No sería cruel en esta ocasión y si lo apuñalaba directamente en el corazón, moriría al instante, no sufriría. –Es una lástima, creo que nos habríamos llevado bien.

Echó hacia atrás la espada para clavarla con ambas manos en el centro de su pecho, pero Marlo giró hacia atrás. En consecuencia, la espada se clavó en su antebrazo. Tiró de él desgarrándolo un poco pero aprovechó el desconcierto de Thomas y empleó las fuerzas que le quedaban para golpear con sus piernas las del contrario. Así en un intento por mantener el equilibrio, Thomas trastabilló unas cuantas veces hasta que sus pies se enredaron en varias de las cuerdas de la vela mayor que había sido arrancada. Marlo corrió a duras penas para recuperar su espada y regresó hasta su contrincante de inmediato para impedirle que se recobrara de la caída. Si Thomas hubiera alcanzado su propia espada, se habría vuelto a repetir la pelea y Marlo no disponía de fuerzas para continuar con aquello. Esa era la última posibilidad que tenía. Así, se apresuró lo suficiente como para apuntar directamente al cuello de Thomas con el alfanje en su poder.

Contempló la cara de impresión de Thomas y cómo tragaba saliva con dificultad al verse en tan comprometida situación. Ninguno de los allí presentes parecía esperar tal desenlace de los acontecimientos. Ni si quiera él. Marlo lo tenía en sus manos, era realmente fácil atravesarle la garganta con el filo de la hoja, así, mataría a uno de aquellos bastardos que habían condenado su navío. La mayoría de sus compañeros y sus oficiales lo habrían hecho sin dudar. Pero él ya había tomado su decisión antes de comenzar la batalla. No le importaba ser un traidor. Desde que había decidido enfrentarse a Thomas, no, desde mucho antes, en el instante en que se rindió a merced de los piratas y en el momento en el que había suplicado por las vidas de los inocentes ya no pertenecía a la armada de Rangarós.

-Suficiente.- habló Mikasa de nuevo. Marlo lanzó a un lado su arma y le tendió una mano a Thomas para que este se levantara. Al principio dudó, no parecía muy contento, pero después la tomó y le ofreció una sonrisa.

-Tienes agallas, Marlo.- le dijo dándole unas cuantas palmadas en la espalda. Apenas podía mantenerse en pie con las diversas heridas. –Ahora eres uno de los nuestros, ya no tienes que preocuparte, te trataremos como a un igual.- un montón de risas los envolvieron y no pudo sentir nada más que alivio.

-Thomas, llévalo a que Marco lo trate.- ordenó Mikasa. Bertholdt, en la cubierta del María, los ayudó a pasar de un barco al otro, pues Marlo se encontraba en una situación más lamentable de lo aparente. -¿Algún otro voluntario que quiera ofrecernos un buen espectáculo?- volvió a preguntar.

De repente, la mujer que había permanecido junto a Marlo comenzó a reírse con fuerza, todos la miraron sorprendidos sin comprenderla.

-¡No puedo creerme… que el idiota de Marlo lo haya conseguido!- tuvo que parar para coger aire, pues no podía parar de reír. De un momento a otro comenzó a golpear el suelo de cubierta con una mano mientras se agarraba el vientre con la otra. -¡Con lo mucho que odia a los piratas!- Ymir empezó a impacientarse con aquella actitud y tuvo intenciones de ponerle fin a la vida de la mujer pero Mikasa le pidió con un gesto que esperara. Entonces, ella también se levantó cuando su ataque de risa se calmó.

-Ellos… ellos son diferentes, Hitch.- se defendió Marlo en la distancia, pues aún en la cubierta del María era perfectamente capaz de escuchar sus palabras.

-Sean diferentes o no, siguen siendo piratas. ¿Tengo que recordarte lo mucho que los detestas? No parabas de lanzar maldiciones contra todos ellos día y noche, estaba harta de escucharte.- explicó. Sin embargo, aquella aclaración no pareció interesar a nadie.

-Es cierto… pero ahora las cosas son así. Si aprecias tu vida, deberías intentarlo.

-Ya…- dio un paso al frente tensando a Ymir, pero ella no se movió de su sitio, más bien la vigiló en todo instante. Hitch cogió el alfanje que Marlo había usado anteriormente y miró a Mikasa directamente. –claro que lo intentaré, Rangarós, la guardia… nunca he tenido un lugar allí, por mucho que tratara de engañarme a mí misma. Entré a esta mierda por influencia de mi tía pero estoy cansada de que me usen de moza, sobre todo, cuando peleo mejor que estos capullos.- señaló a los hombres que había dejado atrás, quienes la contemplaban sorprendidos. Hitch siempre había tenido una actitud un tanto conflictiva pero jamás la habían escuchado decir tantas verdades juntas.

En esta ocasión fue Ymir la que estalló en carcajadas, divertida por la actitud de Hitch, pues en cierto modo se sentía identificada con ella.

-Vamos, elije contrincante. Me vendría muy bien tener a alguien como tú en la tripulación.- la animó la mujer dándole una palmada en la espalda.

-Las condiciones serán las mismas. Si ganas podrás unirte, sino, morirás.- recordó Mikasa.

Hitch trató de ocultar su nerviosismo a pesar de sentir una fuerte presión en su pecho. Evidentemente no quería morir y en el fondo sentía envidia de Marlo por haberlo conseguido. Por otro lado, pensó en lo mucho que odiaba a su familia, si no la hubieran mandado a la armada, no tendría que hacer frente a una situación tan delicada.

-Si el idiota de Marlo ha sido capaz… yo no seré menos.- dijo. A Marlo ya se lo habían llevado de allí, justo antes de desearle suerte a su compañera. Esperaba que pudiera lograrlo igual que él. Miró con cuidado a todos allí. En realidad, ya lo había estado pensando antes y sabía a quienes no debía escoger de ninguna manera. Sus opciones más viables se habían alejado. También se fiaba de las aclaraciones que había hecho Marlo anteriormente. Así que finalmente se decantó por la persona que rondaba en su cabeza. Una chica rubia y bajita aparentemente aburrida. Probablemente sería más fácil derrotar a una chica menuda como ella, esa fue su conclusión. –Ella.

Annie no se inmutó cuando la señaló. Su expresión no cambió en ningún momento. Dio unos cuantos pasos al frente, lanzó su hacha a Samuel y sacó un par de dagas que guardaba en sus piernas.

-En esta ocasión, utilizaré las dagas, pues estoy menos familiarizada con ellas.- dijo mirándola fijamente, dándole a entender que de aquel modo le ponía las cosas algo más fáciles. –Pero te advierto que no podrás ganarme. Hazte a la idea.-le advirtió. Hitch notó sus manos temblar, no por la forma en la que lo había dicho, sino porque en el fondo sentía que la mujer rubia llevaba razón.

-¡Eh! ¡Qué te pasa! ¿Se ha esfumado tu valentía?- gritó Ymir tras ver cómo había cambiado la expresión de Hitch. -¿No decías que eras mejor que todos esos inútiles? ¡Demuéstranoslo!

No había vuelta atrás, por suerte, ella no estaba en tan mal estado como Marlo, pero eso no le pondría las cosas más fáciles. Observó cómo Annie comenzaba a moverse hacia uno de los lados con lentitud, tanteando el terreno. Ella la imitó y caminó hacia el lado contrario sin perderla de vista ni un solo instante. Entre las dos trazaron un círculo en el suelo, rodeadas del resto que estaban impacientes por verlas pelear. Bertholdt, en cuando escuchó que sería Annie quien pelearía, se acercó al barco contrario.

Annie acostumbraba a luchar con su hacha a larga distancia. Aunque pudiera resultar un tanto lenta y difícil de manejar, era muy efectiva y no tenía que acercarse en exceso al enemigo. Sin embargo, debía propinar golpes contundentes. En esta ocasión luchaba con dos dagas pequeñas que la obligarían a acercarse a Hitch para poder infligirle daño, era la única ventaja que le podía dar a la mujer para que se defendiera mejor ante ella, pues sus posibilidades eran prácticamente nulas. Aquella situación le traía recuerdos amargos del día en el que se unió al María. Nunca creyó que tendría que revivirlos, y su elección no fue mejor que la que acababa de hacer Hitch. Esperó un poco a que ella atacara, pero viendo que no lo haría, decidió dar comienzo a aquello.

Annie se movió hacia uno de los lados provocando que Hitch se girara hacia ella para tratar de defenderse, sin embargo, en el último momento, Annie se movió con rapidez al lado contrario y se lanzó de costado a por ella. Hitch rechazó el ataque a duras penas haciéndose algo de daño en las manos, pues la espada era pesada y aunque sabía utilizarla no estaba acostumbrada.

Annie retrocedió pero no tardó en volver a por ella, en esta ocasión de frente, dirigiéndose directamente a por su cuello. Su contrincante colocó el alfanje de forma horizontal para tratar de detenerla. La chica rubia era menuda pero tenía bastante fuerza. Posiblemente no era capaz de vencer a alguien de mayor tamaño empleando la fuerza bruta pero Hitch estaba convencida de que se guardaba más de un truco en la manga, pues era ágil. Hitch, incapaz de contenerse en pie, cayó hacia atrás, lo que ayudó a Annie a posicionarse sobre ella con facilidad y seguir ejerciendo presión para clavar aquellas dagas en su cuello. La hoja estaba a punto de hacer contacto con la piel de Hitch que en cuanto notó el frío acero de su propia arma decidió actuar antes de estar perdida por completo. Aprovechando la cercanía de sus rostros, reunió todas sus fuerzas para empujar las dagas de Annie hacia atrás y tratar de darle un cabezazo.

Ella lo vio venir justo a tiempo y se apartó, entonces, Hitch la cogió de ambos hombros para darle la vuelta a la situación y situarse sobre ella reteniéndola en el suelo. Para ello se llevó un par de cortes en la cara y el brazo, pero mereció la pena con tal de tener a Annie sujeta. O al menos, eso creía.

Annie levantó una de las piernas para desestabilizar a su adversaria y una vez hubo perdido el equilibrio, la lanzó a un lado con fuerza, pero Hitch se agarró a ella recibiendo más cortes en el proceso y viéndose obligada a soltar su alfanje.

-Me da igual… que seas mejor que yo.- susurró entre dientes. Annie la contempló curiosa, parecía una persona completamente diferente a la de antes. Por mucho que hubiera tratado de aparentar que todo aquello no le importaba, en realidad se estaba esforzando en defender su vida. Giraron por el suelo lanzando golpes a diestro y siniestro. Annie esquivó la mayoría, a excepción de un par que la alcanzaron, mientras que Hitch se había convertido en un saco de carne y huesos con el que Annie podía desahogarse a placer.

La mujer tenía peor aspecto a cada minuto que pasaba. Su cara hinchada era difícil de reconocer. Sus cortes sangraban manchándolo todo, aunque ninguno de ellos le impedía seguir moviéndose bien. Nuevamente, fue Annie quien se situó sobre ella reteniendo también sus piernas para que no encontrara hueco por el que colarse. Utilizó la única daga que tenía en su poder para llevarla al cuello de la contraria, quien en esta ocasión no tendría nada para defenderse. Era su fin, la batalla había acabado.

-Ríndete.- le ordenó Annie con mirada gélida. –Así no seré yo quien deba acabar con tu vida.- pidió, no quería ser ella quien lo hiciera a menos que se lo pidieran, le resultaba desagradable. Hitch agarró la hoja de la daga con ambas manos tratando de hacerla retroceder. Sintió cómo se clavaba en sus manos, escocía terriblemente, dolía. Pero estaba dispuesta a mucho más que aquello si con eso conseguía salvarse.

-No… renunciaré a mi vida fácilmente. Estoy cansada de sentir… que no valgo nada.- susurró de modo que solo Annie pudiera escucharla. La sorpresa se vio reflejada en aquellos ojos azules cristalinos y entonces, tomó una decisión al igual que hicieron con ella en su día. Quizás por una vez había logrado entender lo que el Capitán solía ver cuando analizaba a las personas.

-Se acabó, he ganado. No tiene forma de defenderte en esta situación.- dijo en alto buscando la mirada de Mikasa. El Capitán las observó detenidamente unos instantes hasta que hizo un gesto con la cabeza entendiendo lo que Annie quería decir. Annie se levantó de su lugar ignorando las lágrimas que Hitch trataba de reprimir, pues no quería desmoronarse ante todos ellos. –Capitán. Soy la ganadora de esta batalla, ¿se me permite decidir el destino de mi adversario?- Todos se sorprendieron ante la petición de Annie. Nunca había demandado nada a nadie, más bien trataba de mantenerse al margen de todos y de no verse involucrada en los asuntos de los demás. Pero por algún motivo, en aquella ocasión lo había hecho y Mikasa no podía ignorar la curiosidad que aquello le producía, pues sabía qué decidiría. Los murmullos llegaron hasta sus oídos, nadie sabía muy bien cómo reaccionar a aquello, ni siquiera Hitch, quien se levantó con la respiración agitada mirándose las palmas de la mano y maldiciendo su suerte.

-Adelante. Ya que lo pides, en esta ocasión te dejaré decidir qué hacer con ella.- Annie asintió agradecida aunque no lo demostró. Se dio la vuelta para contemplar a Hitch, esta la miró a la espera de lo que diría.

-Lo que te suceda no me incumbe, he luchado porque tú me elegiste. Sin embargo, no creo que tu vida me pertenezca, por eso, no te la arrebataré a menos que me lo ordenen o que sea necesario.- explicó, aunque nadie parecía entender del todo lo que quería decir. –puedes unirte al María si es lo que quieres.

Los ojos de Hitch se iluminaron al instante en cuanto escuchó esas últimas palabras. El nudo que tenía en el estómago se disipó al momento y no pudo sentirse más agradecida.

-Que así sea.- sentenció Mikasa. –lleváosla a que la curen.

-¿Has visto, Marlo? Yo también lo he conseguido.- dijo ella cuando pisó el María. Marco e Historia trataban las heridas del joven en cubierta, pues todos ellos querían saber lo que ocurría en el barco enemigo.

-Los que quedáis, ¿qué elegís?- preguntó dirigiéndose a los últimos seis soldados aún con rabia en sus ojos.

-¿Alguno quiere probar a qué sabe la libertad? Os aseguro que es un tanto… adictivo.- añadió Marcel con una sonrisa en su rostro. De fondo se escuchó a Ymir murmurar algo en bajo que nadie alcanzó a entender, no parecía demasiado de acuerdo con ello.

-No tenía ni idea de que esto fuera un reclutamiento en mar abierto.- soltó fastidiada a pesar de que anteriormente parecía contenta de tener a Hitch con ellos. –No estoy dispuesta a compartir cama con un puñado de soldados de la armada, esos dos de antes parecían diferentes… pero no puedo decir lo mismo de ellos.- los miró con desprecio.

Mikasa ya sabía sus respuestas incluso antes de formular la pregunta. Ninguno contestó, e incluso uno de ellos trató de escupir a Ymir a la cara pero antes de que lograra hacerlo lo ensartó. –Bien, como deseéis. No podemos desperdiciar más tiempo aquí. ¡Coged todo lo de valor que encontréis! Nos llevaremos también varios cañones de veinticuatro libras. Ymir, encárgate de ellos y después ayuda al resto.- una vez dadas las órdenes, todos se pusieron en marcha para dejar todo listo cuanto antes y partir.

Los cañones de veinticuatro libras eran bastante más grandes y pesados. Fue necesario transportarlos entre varios de ellos. En cuanto Ymir mató a los soldados restantes, ya no tuvieron de qué preocuparse y pudieron moverse con libertad por el barco enemigo. También se llevaron todos los barriles de sidra y vino que encontraron, al igual que la comida y algo de oro que llevaban los civiles encima.

Mikasa contempló todo desde su propia cubierta tras haber revisado los daños tanto de su Galeón como de su tripulación. Aquellos que se encontraban en el puente inferior tampoco estaban muy malheridos y ya habían sido tratados por Marco durante el abordaje al navío contrario. La batalla había llegado a su fin y era hora de marcharse.

El Capitán del María se colocó ante el timón para dirigir su enorme Galeón a mar abierto. Aunque costara creer, aquella batalla les había quitado más de medio día y no tardarían en quedarse sin luz en pocas horas. Para cuando eso ocurriera, debían tener un rumbo fijo y todo en el interior del navío bien organizado. Aún tenían que terminar de colocar los cinco nuevos cañones en sus lugares, así como los barriles de vino y sidra que habían obtenido. Así, el barco comenzaría a moverse, pero se vio sorprendida por una voz que comenzaba a hacérsele conocida.

-¡C-Capitán, espere un momento!- pidió con el mismo tono que había empleado anteriormente. Mikasa lo miró desde su posición sobre la toldilla, Marlo se encontraba junto a la escalera de cubierta que daba al interior. –Los civiles… prometió no dejarlos morir.- recordó. Sabía que aquellos piratas habían saqueado sin escrúpulos hasta el último rincón de la Carabela y que no habían dejado nada más que a aquel puñado de personas que ahora naufragarían, pues el barco estaba tan destrozado que aunque aguantara a flote, no podría moverse a placer.

-Te equivocas, Marlo.- contestó ella con seriedad. –Concedí tu petición, ellos no tenían nada que ver en todo esto y me rogaste por sus vidas. Y así lo hice. Si mueren, ni mis hombres ni yo tendremos la culpa de ello.- apartó la vista para mirar al frente. En el rostro de Marlo se podía ver cierta mezcla entre decepción y sorpresa, quizás había depositado demasiadas confianzas en ellos. Pero a Mikasa poco le importaba eso, habían sido demasiado piadosos cuando normalmente los abrían en canal para hacerlos bailar hasta que sus cuerpos se desplomaran. Y en vez de eso, había atendido a sus peticiones. Si el hambre, la sed o el mar los mataba, ella no sería la responsable. –No me convertí en Capitán para dirigir un barco que transporta pasajeros hasta sus destinos. Esta zona no está lejos de Rangarós, darán con ellos tarde o temprano y si no, morirán de hambre. Pero eso no me incumbe, y ahora, a ti tampoco debe importarte.- finalizó. Marlo se detuvo unos instantes en su lugar con la cabeza gacha hasta que finalmente reaccionó y asintió. Poco después, uno de sus compañeros lo arrastró hasta el primer puente y Mikasa lo perdió de vista.

Además, debía añadir que como acto de buena fe, les había advertido que era recomendable tirar los cuerpos de los muertos por la borda para evitar mayores desgracias. Era cuanto podía hacer, tanta compasión podría dar una imagen errónea de su persona. Si conocieran las atrocidades que había cometido, seguramente muchos de allí ni se atreverían a dirigirse a ella. Por eso, el cupo de actos benevolentes había llegado a su límite durante hasta dentro de un tiempo.


Marcel tomó varias cajas de madera de tamaño medio repletas de herramientas, entre ellas; martillos, cinceles, pequeñas sierras de mano y un montón de clavos. Todo ello necesario para la reparación del Galeón. Los daños eran mínimos comparados con otras batallas en las que habían salido más perjudicados, pero era esencial repararlo todo lo antes posible. Bertholdt lo ayudaba en silencio, su compañero se había estado ocupando de los arreglos del navío desde que se unió a la tripulación y nadie había puesto en duda su profesionalidad. A pesar de que casi nadie conocía su pasado, todos habían supuesto que este debía estar ligado de alguna forma a la carpintería, pues era evidente su perfecto manejo.

Marcel no era el único capaz de arreglar aquello, cualquiera con un mínimo de conocimiento podría hacerlo, pero se le había otorgado el título de Carpintero oficial del María y era el mayor responsable del estado del barco y de su mantenimiento. Cuando se trataba de reparar el Galeón, el Capitán confiaba en su buen juicio y atendía todas sus necesidades.

-¿Seguro que te encuentras bien?- preguntó a Bertholdt mientras cogía unos cuantos clavos que este le había acercado. Marcel se situaba de rodillas junto al borde de la toldilla para reparar el agujero que había producido uno de los cañonazos enemigos, del cual él había sido testigo.

-Sí, aunque no lo parezca, el impacto no fue para tanto.- respondió con cierta amabilidad por mostrar preocupación.

-Cualquiera lo diría después de haberte visto salir despedido por los aires.- no pudo evitar soltar una sonora carcajada. Se tomó la libertad de reírse de la situación porque conocía a Bertholdt y sabía que aquello no le sentaría mal.

-No diría lo mismo si la bala hubiera impactado directamente contra nosotros. Creo… que tuvimos bastante suerte.

-Es posible.- volvió a centrarse en dar golpes de martillo a los clavos que quería introducir en las tablas. –Pero son cosas a las que nos exponemos al unirnos a este mundo. Personalmente, creo que merecen la pena a cambio de todo esto.- no especificó pero Bertholdt sabía a qué se refería. No solo a la oportunidad de disfrutar de ciertos placeres, sino a la posibilidad de no tener que huir de la muerte. Y sin embargo, su vida peligraba cada vez que navegaban y su destino estaba atado a un capitán y su barco. Era contradictorio, la vida a bordo no era fácil en absoluto pero para muchos allí, era lo mejor a lo que habían podido optar en toda su miserable vida. –No muchos hombres tienen la oportunidad de disfrutar del océano de esta forma. Me siento agradecido por ello.

Bertholdt lo contempló levantarse del sitio para secarse el sudor de la frente con la manga y mirar a la enorme masa de agua azul que los rodeaba por todas partes. Brillaba con fuerza a causa de los rayos de sol, un espectáculo del que nunca podría cansarse.

-Será mejor que terminemos con esto antes de que oscurezca, sino tendremos que dejarlo para mañana.- advirtió el Carpintero. Les había llevado mucho más tiempo arreglar el estropicio causado en el segundo puente. Además, Marcel había dejado que Bertholdt se ocupara de ese para que fuera aprendiendo y no iba mal encaminado. Sin embargo, aquel último prefería arreglarlo él para acabar antes. –Pásame un par de tablones más, creo que con eso será suficiente.


La mayoría de cañones ya habían sido colocados en sus respectivos lugares a excepción de dos. Aquellas pesadas armas debían moverse con el más absoluto cuidado y por supuesto, entre varias personas. Connie, Hitch, Marlo, Franz e Ian bajaban con cuidado el cuarto cañón con un montón de cuerdas y un sistema de poleas. En el centro de la cubierta se encontraba una especie de trampilla de madera resistente con agujeros de forma cuadricular. Solamente se utilizaba para poder bajar cosas pesadas como aquella, barriles o cajas. Las cuales no podrían subirse por las escaleras usuales. Todos los puentes contaban con la misma abertura, pero solo habían abierto la del primer puente para bajarlos hasta allí. En el fondo, Annie y Hannah esperaban para ayudar a bajar con cuidado el arma y para soltar todas las cuerdas amarradas. Una vez tocó el fondo, todos los que se encontraban arriba, a excepción de Samuel, bajaron para ayudar a colocarlo.

Por su parte, Mina y Thomas recogían todos los aparejos y armas que habían sido arrojadas con urgencia sobre cubierta. Era preciso recoger todo y limpiar un poco aquellas zonas repletas de pólvora. A esas horas no podían efectuar una limpieza a fondo, por lo que seguramente ésta se llevaría a cabo el próximo día desde bien temprano, pero al menos, eliminarían las partes más sucias de cubierta.

-No he decidido formar parte de esta tripulación… para seguir recogiendo y limpiando porquería.- se escuchó quejarse a Hitch de fondo. Respiraba con dificultad a causa del esfuerzo y del estado en el que se encontraba.

-Cierto, estás aquí porque no te quedaban más opciones.- replicó Ian recordándole cual era la verdad.

-Oye, tú, no te quejes.- se sumó Connie al terminar de darles las indicaciones necesarias, el cañón ya se situaba perfectamente amarrado en su lugar. –A Eren y Armin les tocó hacer el carenado del casco en el primer día, lo mismo me pasó a mí. Y créeme, no hay nada peor que eso. Considérate afortunada.- aseguró logrando que Hitch se callara entre suspiros incapaz de poder llevarle la contraria. Al menos, aquello terminaría pronto pues solo faltaba un cañón por situar.


La sala empleada para curar heridos por fin comenzaba a vaciarse después de unas pocas horas. La mitad de la tripulación había acudido con pequeñas heridas fáciles de tratar, nada grave. Pero resultaba trabajoso al ser tantos los que necesitaban cuidados. Tras ser tratados volvieron a sus quehaceres en cubierta, a excepción de Jean, Reiner y Sasha que aún permanecían allí.

-Te dije que no quería verte por aquí- repitió Marco advirtiéndole de su error. Jean bajó la cabeza y suspiró, aquellos rasguños no tenían nada que ver con sus decisiones, no era algo que hubiera podido evitar fácilmente.

-Lo sé, lo sé. No entraba dentro de mis planes hacerte una visita- aseguró. Por suerte, su pierna no había sufrido más daños y seguía recuperándose poco a poco, pero Marco ya le había advertido que debía dejarla reposando lo que quedaba de día.

-Has tenido suerte- concluyó sacándole la última de las astillas clavada en su hombro, la depositó en una pequeña bandeja de plata junto a las pinzas de metal que había utilizado. –A Connie le he tenido que sacar el doble de astillas que a ti, ha debido llevarse la peor parte del impacto.- Una vez hubo terminado, se mojó las manos y se las secó con un trapo. En pocos minutos humedeció todas aquellas pequeñas heridas con desinfectante y se posicionó junto a Jean con intención de ayudarlo a levantarse.

-Ya te había dicho que estaba bien y que no era nada.- Suspiró mientras aguantaba un pequeño quejido al levantarse de la cama. –Te esperaré arriba, los demás ya deben estar allí.- Marco asintió con la cabeza, no tardaría en acudir a la reunión que se celebraría nuevamente para tratar un asunto de aparente vital importancia.

-Pero cuando acabe la reunión, reposarás la pierna.- Jean balbuceó unas cuantas palabras incomprensibles. –Si no lo haces, empeorará y te dolerá. No deberías forzarla más por hoy.- el oficial asintió al tiempo que desaparecía por la puerta casi dejándolo con la palabra en la boca. -¿Cómo vas con Reiner?- preguntó a la chica rubia que vendaba con cuidado el hombro izquierdo del chico.

Marco caminó hasta ellos para supervisar el trabajo de su compañera. Se sentía orgulloso de sus habilidades pues no hacían más que mejorar con la práctica. Cuando ambos subieron a cubierta durante el ataque, Reiner les aseguró que estaba totalmente bien, sin embargo, no había sido del todo cierto. Por mucho que tratara de ocultarlo, Marco podía detectar un hombro dislocado con un breve vistazo. Además de eso, tenía un gran raspón que le había levantado un buen cacho de piel. Todo aquello tuvieron que tratarlo lo antes posible. Fue Marco quien encajó de nuevo el hombro, era la primera vez que contemplaba gritar a Reiner de dolor y podía asegurar con certeza que era el sonido más escalofriante que había escuchado en toda su vida. Esperaba no tener que ser testigo de nuevo de aquello en los años que le quedaban. El resto lo dejó en manos de Historia, la joven había insistido en ello y no tenía motivos para negarse, sobre todo, teniendo en cuenta todos los heridos que tenían y la ayuda que necesitaría para despacharlos cuanto antes.

-Esto ya está listo.- afirmó volviendo a mirar a Reiner a la cara. El chico no había apartado la mirada de ella en todo el proceso. -¿Aún te duele, Reiner?- preguntó con su usual voz dulce que denotaba preocupación y empatía.

-E-Estoy bien, Historia.- tartamudeó sin querer, estaba tan encandilado por la joven que no se había dado cuenta de que se estaba dirigiendo directamente a él. –Soy un hombre fuerte, esto no es nada para mi.- aseguró provocando que ella se tranquilizara. Reiner agradecía que en el momento de recolocarle el hombro Historia hubiera permanecido arriba en cubierta con Ymir.

-Eh, ¿a dónde crees que vas?- escucharon los dos la voz de Marco que aparentemente iba dirigida a Sasha. La chica que había sido obligada a permanecer en cama todo aquel tiempo trataba de escaquearse y subir al exterior del Galeón sin permiso. –El Capitán ha ordenado expresamente que permanezcas en cama sin moverte hasta mañana. Y estoy totalmente de acuerdo con él, así que no te muevas de ahí.- advirtió.

Sasha se quedó de pie quieta, incapaz de decidirse. Tanteaba la posibilidad de salir corriendo y confiar en que llegaría hasta cubierta sin desmayarse por el camino o sin que la pillaran, pero debido a su estado lo dudaba bastante y además, la presencia de Reiner en aquella sala la inquietaba. Precisamente porque lo conocía muy bien y sabía de qué era capaz.

-Llevo aquí varias horas, Marco. He contemplado cómo tratabais a cada uno de mis compañeros. Admito que al principio me resultaba entretenido pero después empezó a aburrirme.- trató de explicarse sin volver a su lugar y de contener los ruidos que su tripa hacía. –Una bucanera como yo necesita aire fresco para no marchitarse.

-No te marchitarás por reposar, Sasha.- aseguró Marco. Era un peligro dejar a aquella joven sola deambulando por el barco. Más aún en su estado, pues no sabían dónde podía acabar. –El Capitán te ha cedido uno de los camarotes privados para tu recuperación.

-Y yo lo agradezco enormemente pero no lo necesito, estoy bien, de verdad.

-No atenderá a razones, Marco.- intervino Reiner tras ser testigo de toda la conversación. Se puso en pie y se acercó hasta Sasha, quien lo miraba desconfiada. –Yo la llevaré hasta el camarote y me aseguraré de que descansa y se porta bien.

-N-No es necesario, Reiner.- se negó ella mostrando una sonrisa nerviosa pero el chico no esperó a que Sasha intentara algo como la última vez, comenzaba a comprender todos y cada uno de sus trucos. La cogió de la cintura y la colocó en su hombro bueno. Tras despedirse de Marco e Historia, subió las escaleras hasta el tercer puente.

Sasha pataleó un par de veces pero pronto se cansó, escaseaba de fuerzas y eso le vino muy bien a él para que no siguiera complicándole las cosas. Abrió uno de los camarotes con la llave que le había tendido Marco y tras entrar con cuidado deshizo la cama para meter a Sasha dentro. La joven decidió rendirse de momento, así que se arropó y se tumbó con intenciones de hacerle creer a Reiner que se comportaría.

-Es por tu bien, Sasha. Ya sabes que yo solo cumplo con mi deber.- aclaró él.

-¿Tu deber consiste en llevarme a cuestas en contra de mi voluntad?- puso en duda ella, aparentemente molesta. –Haré lo que me decís.- se rindió finalmente acomodándose en la cama. Admitía que aquello era mucho mejor que las hamacas de la sala común, pero prefería estar junto a sus compañeras, los ronquidos de Connie desde la otra habitación la ayudaban a conciliar el sueño. Reiner asintió ante su cambio de actitud aunque había algo que no acababa de cuadrarle. –Descansaré y estaré recuperada para la hora de la cena.

-¿La cena? ¿Es que no has escuchado bien? No vas a moverte de aquí hasta mañana- repitió lentamente para que lo asimilara de una vez.

-¿¡Hasta mañana!? ¡No podéis hacerme eso! ¿Qué demonios os he hecho yo para merecerme esto?- alzó la voz disgustada. De un salto se había incorporado en la cama, pero antes de que intentara algo, Reiner salió de la habitación y cerró la puerta con llave. Sasha agarró el pomo para tirar con fuerza pero no consiguió abrirla.

-Es por tu bien, Sasha. Aunque no lo creas.- además, así la persona a la que le tocara hacer la guardia de noche agradecería tener un problema menos del que ocuparse. Quizás debía proponerle al Capitán encerrarla allí durante las noches para evitar que se acercara a la cocina para robar sobras.

-¡No hace falta que eches la llave, Reiner! ¡Me portaré bien, lo prometo!- insistió.

-Creo en tu palabra, Sasha, pero es una lástima porque no confío en ti. Buenas noches.- se despidió con una leve sonrisa por haberse salido con la suya.

-¡Pero qué te he hecho yo!- gritó desesperada al escuchar sus pasos alejarse de allí. Veía su futuro negro, allí encerrada de por vida sin nadie con quien hablar, nada que hacer, sin bebida y sobre todo… sin comida. -¿¡Y MI CENA QUÉ!? ¿¡ES QUE TAMBIÉN VAIS A MATARME DE HAMBRE!?- pero ya era demasiado tarde porque nadie podía escucharla.


Marco fue el último en introducirse en la sala de reuniones situada en cubierta. En el interior una débil luz procedente de un montón de velas y lámparas de aceite lo acogió. Las noches no solían ser demasiado frías pero agradeció la calidez. Como era usual, el resto de miembros ya se encontraban en sus sitios. Reparó en primer lugar en Ymir, quien parecía culparlo con la mirada, su comentario tampoco tardó en llegar.

-Ya era hora… podría haberme hecho vieja esperándote.- se quejó, pero todos allí la ignoraron, incluso Jean que asombrosamente se encontraba sentado en el mismo lado de la mesa junto a ella. En esta ocasión se debía a la presencia de una persona de la tripulación que nunca antes había asistido a las reuniones.

Contempló entonces a Armin que trataba de mantener la calma a pesar de que aparentaba estar impaciente por hablar de aquello tan importante para todos. Junto a él, se encontraba Eren, algo inquieto y al mismo tiempo incómodo, pues sabía que su presencia no era grata para Jean. Aunque en el fondo debía importarle un bledo lo que él pensara. Su presencia allí solo despertó más curiosidad en Marco, mentiría si negara que deseaba saber qué estaba ocurriendo. Así, tomo asiento justo en frente del Capitán, con Armin a un lado y Jean al otro.

-Disculpadme, como sabéis, aún quedaban algunos heridos por atender.- aclaró a pesar de que todos eran conscientes de ello.

-No tienes que pedir perdón por ello, Marco.- contestó Mikasa con tono seco. –Empecemos.

La mesa estaba repleta de papeles por doquier y de vasos llenos de vino que bebían de tanto en tanto para calmar su sed. La iluminación era suficiente como para que todos pudieran ver con claridad el rostro del resto, aunque había varios rincones de la sala que se encontraban en absoluta penumbra.

Contemplaron en silencio al Capitán expectantes de lo que diría pero ella solo le devolvió la mirada a Eren con un gesto de cabeza que le indicaba que lo mostrara.

-Adelante, Eren.

El chico se levantó de su asiento con algo de brusquedad y ante las miradas ansiosas del resto, comenzó a remangarse su camisa verdosa en el brazo izquierdo donde se encontraba aquello que quería enseñarles. Destapó con cuidado aquella herida al rojo vivo que no había dejado de escocerle ni un momento porque aún no había sido tratada con cuidado. Tenía un aspecto absolutamente horrible pero era perfectamente distinguible el dibujo que había trazado.

-Eso es…- Ymir se levantó de golpe para acercarse a él y observarlo más de cerca. Tomó una de las lámparas de aceite para acercarla más al brazo y repasar la herida con la mirada. Incluso ella que no sabía mucho de aquellas cosas podía estar segura de que significaba algo. –fue en aquel momento, ¿verdad?- Eren jamás había escuchado a Ymir dirigirse a él con un tono tan bajo y medianamente agradable.

-Por eso te dije que confiaras en mí y que me dieras algo de tiempo.- confirmó él. –No se me ocurrió otra forma de hacerlo.

Ymir se mantuvo ahí unos instantes sin saber muy bien qué hacer. Creía que aquella expedición no había servido para nada más que para poner en peligro sus vidas. E incluso se había sentido culpable por lo ocurrido con Sasha, a pesar de que no tenía intenciones de demostrarlo, pero aquello cambiaba mucho las cosas. Incapaz de demostrar sus sentimientos y lo mínimamente orgullosa que se sentía, agarró con fuerza uno de los hombros de Eren asegurándose de que la miraba directamente a los ojos. El chico era algo más alto que ella.

-Todo aquello que te dije… puede que mi opinión sobre ti haya cambiado un poco.- acto seguido, volvió a su sitio para dejar que la reunión siguiera su curso.

-Eh, Jaeger, ven aquí.- lo llamó Jean. A Eren no le hizo gracia el tono con el que lo había hecho como si se tratase de un animal, pero aún así lo hizo. Jean dejó libre la banqueta que había estado utilizando para mantener su pie en alto y le indicó que se sentara ahí. Era increíble que hubiera aguantado el dolor de aquello durante la batalla, en ningún momento lo había visto flaquear mientras se ocupaban de la artillería. Pero necesitaba tratamiento cuanto antes o se infectaría. Tomó un trozo de papel y la pluma del Capitán para comenzar a copiarlo al papel y dejar que después Marco se ocupara de tratarlo.

-Iré a por un par de cosas para la herida. Vuelvo en seguida.- marchó el cirujano del barco con el consentimiento del Capitán.

Por otro lado, mientras Ymir contemplaba el dibujo que Jean pasaba a papel, Mikasa le pidió a Armin que la ayudara a extender las cartas náuticas sobre la mesa como lo hicieron la vez anterior.

-Es evidente y doy por hecho que todos vosotros estaréis de acuerdo conmigo en que lo que Eren lleva en el brazo es un pedazo de mapa. Al igual que la otra vez.- volvió a hablar el Capitán.

Para cuando terminaron de extender la carta sobre la mesa, Jean había acabado de pasar la nueva pista que tenían en su poder. Entonces, Marco volvió a aparecer en la sala con una pequeña caja repleta de material para curar.

-Hay que tener bastante sangre fría para hacerte esto a ti mismo, Eren.- lo felicitó el chico moreno haciendo que se cambiara de sitio. Le ofreció el asiento que él había estado utilizando anteriormente para no estorbar al resto del consejo. Y así, comenzó a curar adecuadamente la herida como lo había hecho con el resto de integrantes de la tripulación.

-Será difícil determinar a dónde pertenece.- habló Armin en esta ocasión. El dibujo de Jean que ahora se encontraba en medio de todos, señalaba una zona en pleno océano. La única pista clara que tenían era los bordes del mismo que de algún modo parecían indicar la costa que rodeaba el punto clave que a ellos les interesaba. –Debemos tener en cuenta los márgenes para poder situarlo. Sin embargo, el problema es la distancia. Es imposible fijarla con tan poca información. Este pedazo de mapa podría hacer referencia a una superficie enorme, o por el contrario, podría estar situado entre un montón de islas pequeñas junto a alguna de las naciones.

Mikasa asintió ante su aclaración, era demasiado impreciso.

-Quizás, si pudiéramos emplear la pista anterior nos ayudaría a interpretarlo.- propuso Jean, sin intenciones claras de culpar al Capitán por su actuación anterior con el Shilon, a pesar de que seguía algo resentido con él.

Atendiendo a su petición, Mikasa sacó otro pedazo de papel un poco arrugado y doblado. Lo colocó sobre la mesa para el asombro de todos. Aún recordaban aquella primera pista. Tenían marcado el lugar en la carta náutica pero aún así, tener la imagen original siempre resultaba un poco más fiable.

-No es tan precisa como la que acabas de hacer tú.- habló Mikasa dirigiéndose a Jean. –A estas alturas deberías saber que no entregaría algo tan valioso sin tener un plan B.- le reprochó. Podría haber aliviado parte del enfado del joven si le hubiera dicho aquello antes, pero no veía motivos para ello. Aunque en realidad a Jean le importaba más que hubiera arriesgado de aquella forma su propia vida sin tener en cuenta lo que pensaban sus tripulantes. Aún así, Jean le ofreció una sonrisa torcida, divertido por aquella aclaración. Como si de algún modo hubiera estado esperando que Mikasa lo sorprendiera. Las pocas veces que habían visto a Jean sonreír había sido en los burdeles y sus sonrisas pícaras iban exclusivamente dirigidas a las prostitutas que ansiaban intimar con él, las cuales no eran pocas.

Pero la calma del ambiente se echó a perder con el comentario despectivo de Ymir, el cual solo escuchó Jean. La mujer pecosa lo culpaba por no creer en su propio Capitán. Antes de que la tranquilidad desapareciera, Armin insistió en continuar con la interpretación que tenían ante ellos.

-No creo que la primera pista tenga relación con esta segunda. Parecen pedazos de dos zonas completamente diferentes.- concluyó.

-Armin, es cierto que la distancia para determinarlo es un obstáculo, ¿pero no creéis que sería demasiado retorcido jugar con eso?- comentó Marco. –Si así lo hubieran hecho, podría suponer un problema para el mismísimo Nilderar Gohan. Ya es difícil de por si dar con su tesoro, ¿para qué complicarlo todavía más?- el razonamiento de Marco no era una locura pero tampoco podían estar totalmente seguros de ello.

-Te sorprendería saber… cuán retorcidos pueden llegar a ser los piratas ansiosos por proteger sus botines, Marco.- respondió Mikasa apelando a la realidad que ella, mejor que nadie, conocía.

-Si seguimos la propuesta de Marco, hay tres zonas que pueden coincidir con el lugar. Podemos jugárnosla a que sea lo que sea lo que buscamos lo encontraremos ahí. Pero si no damos con ello, tendremos que perder tiempo y recursos en ir al resto de sitios.- propuso Armin. –Y no están mínimamente cerca entre sí.

Mikasa recordó las palabras del consejo de piratas que controlaba La Guarida pirata. Las armadas de las tres naciones andaban más alerta que nunca en busca de malhechores como ellos, los peligros aumentaban para aquellos que navegaban. Lo de aquel día había sido un gran golpe de suerte, una presa increíblemente fácil de la que deshacerse. Pero las próximas batallas que tuvieran no serían tan sencillas. Además, en caso de verse acorralados tampoco podían poner en peligro su único refugio. La situación no hacía más que empeorar. Aquel maldito tesoro parecía resistirse a ser encontrado.

-Lo haremos así, hay bastantes posibilidades de que acertemos si es como Marco ha dicho.- decidió Mikasa, el resto asintieron ante su decisión. –Eren, acércate.

Eren, con el brazo ya vendado y preparado para sanarse, hizo lo dicho. Se colocó cerca del Capitán, más de lo que a Jean habría permitido, pero no dijo nada. El chico parecía haber entendido lo que Mikasa quería de él. Se aproximó todo lo posible a las tres zonas marcadas en la carta náutica y trató de hacer memoria. El dibujo de Jean era preciso y muy similar al que había tenido que copiar a ojo, pero ninguno como el verdadero. Pasó de una zona a otra, las tres tenían diversas similitudes y eran tan parecidas que cualquiera podría ser válida. Pero una de ellas, la más al norte, se asemejaba aún más a la que él había contemplado.

-No estoy del todo seguro, Capitán.- confesó. –Pero si tuviera que elegir una… sería esta.- marcó con el dedo.

-¿De verdad piensas dejarte llevar por suposiciones?- fue Jean quien mostró su desaprobación a pesar de que anteriormente parecía estar de acuerdo en seguir ese sistema.

-La vez anterior también lo hicimos guiados por teorías y posibilidades y hemos obtenido la pista.- contestó Mikasa.

-Lo sé, soy consciente de ello. Pero en la vez anterior las suposiciones las hizo una persona capaz y con talento para ser un buen estratega. En esta ocasión, nos dejaremos llevar por alguien como Eren. No es seguro.

-¡Serás…!- Eren se reincorporó con intenciones de acercarse a Jean y cruzar unas cuantas palabras con él pero Mikasa lo detuvo agarrando su brazo a tiempo.

-Lo haremos así, esa es mi decisión.

Jean abandonó su lugar para dirigirse a uno de los camarotes privados que estaban reservados para que los heridos más graves se recuperaran rodeados de algo más de comodidad y calma. En cualquier otra situación habría puesto en duda la existencia de un consejo para tomar decisiones si no se tenían en cuenta sus opiniones. Pero respetaba demasiado al Capitán como para poner en duda sus órdenes, además, sabía que en caso de hacer una votación la mayoría estaría a favor de seguir con aquel plan. Y como en un principio les comentó, la participación de un grupo reducido de los hombres más capaces solo era con el motivo de aconsejar y hacer ver distintos puntos de vista, la última palabra siempre era del Capitán del María.

En su opinión, el Capitán últimamente era demasiado parcial, sobre todo con los nuevos. Aunque sus decisiones muchas veces tenían motivos ocultos que jamás comprendería. Además, debía admitir que él en ocasiones también se dejaba llevar por sentimientos que no podía controlar y que detestaba. Así que no era quién para reprochar nada.


La cena aún se haría esperar un buen rato más, pues primero había algo mucho más importante que llevar a cabo. Algo que afectaba directamente a los nuevos integrantes del María y por lo que todos los de la tripulación debían pasar cuando se unían a ellos.

Aquella noche el comedor tenía muy poca iluminación, a pesar de ser suficientemente amplio como para acoger a más de cien hombres, todos se encontraban reunidos alrededor de una de las mesas centrales. Marlo y Hitch se situaban en uno de los lados y justo en frente, el Capitán, quien esperaba a que Ymir le llevara el material requerido.

Sobre la mesa, las manos de Marlo temblaban ligeramente. Le ponía nervioso lo que fuera que estuviera a punto de ocurrir, pues él era totalmente incapaz prever lo que se le pasaba por la cabeza al Capitán. Aquel ambiente lúgubre y el estar rodeados de todos los piratas de la tripulación tampoco ayudaba. Tenía la sensación de tener que pasar una prueba más para ser aceptado por completo. Miró de reojo a su compañera, era evidente que ella tampoco sabía cómo interpretar aquello pero era buena escondiendo su nerviosismo, mucho más de lo que jamás lo sería él.

Sobre la larga mesa rectangular se encontraban tres velas. Dos en los extremos, las cuales alumbraban los rostros de los compañeros que habían tomado asiento allí, algo lejos de Hitch y Marlo. La tercera en el centro de los tres. Cada uno tenía una jarra de madera. Estaba llena de algo que no alcanzaban a divisar, por un momento, la sed invadió a Marlo y quiso hacerse con ella pero después se lo pensó mejor y decidió mantenerse quieto en silencio hasta averiguar qué ocurría.

-Aquí está, Capitán.- Ymir, con una rodilla apoyada sobre el banco en el que Mikasa estaba sentada, depositó primero un largo papel que simulaba ser un contrato. Todos lo conocían, pues era aquello que tuvieron que firmar para afirmar que formaban parte del María y que estaban bajo las órdenes de su Capitán. Después, la mujer le tendió un libro algo grueso y desgastado cuyo interior seguía en buen estado. Tenía la cubierta de color escarlata con motivos plateados y algún que otro dibujo parecido a las runas. Finalmente, el centro lo decoraba una calavera atravesada por huesos, la misma que portaba el María en su bandera.

-Ya que tenéis intenciones de formar parte de nuestra tripulación, aún hay algo que debéis hacer.- habló con tono bajo y escalofriante. Mikasa en primer lugar dio la vuelta al documento en el que constaban los nombres de todos los allí presentes. Había un montón de letras diferentes, algunas con una caligrafía envidiable mientras que otros solo habían puesto sus nombres o simplemente habían añadido un garabato, posiblemente porque no sabrían escribir. Les ofreció también la pluma empapada en tinta. Marlo se quedó estático unos instantes, así que fue Hitch quien molesta suspiró y cogió primero la pluma. Le fastidiaba que Marlo fuera tan indeciso a veces, fuera lo que fuese, ya estaba hecho y lo importante era que seguían con vida. Escribió con brusquedad su nombre y le pasó la pluma al chico a su lado.

Marlo frunció el ceño con decisión y la tomó para unirse a ella. En un vistazo rápido revisó la lista, no solo para analizar la antigüedad de ésta, sino para comprobar cuántas personas habían pasado por allí en aquel tiempo. Se sorprendió al cerciorarse de que la cantidad de firmantes coincidía con el número de tripulantes a bordo. Le pareció increíble que todos ellos continuaran con vida, pues todo el mundo era consciente de que los piratas solían vivir muy pocos años.

-¿Qué estás haciendo?- preguntó Hitch con mala cara, pues se había detenido más de lo necesario revisando aquel papel. –Tampoco es que haya letra pequeña que leer, ¿sabes?

-Y-yo… es solo que…

-No llevamos juntos tanto tiempo si es eso lo que te ha llamado la atención. Por eso no hay ninguna baja… aún.- aclaró Mikasa a sabiendas de lo que se le estaba pasando por la cabeza.

-Bueno, eso y que somos mucho mejores que los piratas malnacidos de los que habéis oído hablar en canciones y cuentos para asustar a los niños.- añadió Ymir provocando unas cuantas carcajadas.

-Aunque no lo creáis, Ymir está en lo cierto. ¿Nunca habéis oído hablar de nuestro Capitán o del María? Es conocido en muchos lugares por sus éxitos y bueno… por otras tantas cosas también.- se unió Mina con ojos brillantes.

-Jamás habíamos escuchado hablar de esto.- contestó Hitch adelantándose a Marlo.

-¿No os suena… el nombre "Cuervo negro"…?

-¡Basta!- voceó Mikasa interrumpiendo las próximas palabras de Thomas. Todos se callaron de inmediato pero Marlo no pudo quitarse aquel nombre tan particular de la cabeza. Era un apodo como los muchos que solían atribuir a los piratas más conocidos por sus actos y hazañas. Le sonaba, estaba convencido de que había escuchado hablar de él pero no recordaba dónde exactamente. –Aún no hemos terminado. Traedlo.

Retiró el documento y posicionó el libro ante ellos. Mikasa lo abrió y aunque estaba al revés, Marlo pudo leer el título de la primera página pues estaba escrito a mano con letra bien grande y legible. "Código pirata del María". De pronto, su tripa se revolvió y se le hizo un nudo en el estómago. Sabía qué era aquello, no a ciencia cierta pero lo conocía.

Fue Connie quien dejó su lugar cerca de ellos para ir a buscar lo que fuera que el Capitán había pedido, el resto repasaban con la mirada tanto los rostros de los dos nuevos como el libro que recogía una serie de reglas básicas para todos ellos.

Mikasa pasó unas cuantas páginas, Marlo comenzó a contarlas pero acabó perdiendo la cuenta, así que se limitó a esperar. Todas ellas contenían diversos datos relacionados con el primer navío que perteneció al Capitán, y también al actual Galeón. Después, continuaba con la información sobre el funcionamiento de la tripulación. Las raciones, los entrenamientos y las guardias, todo ello aparecía especificado en el libro. Marlo logró detectar uno de los nombres que conocía, el de Ymir, en una página en la que había unas pocas firmas, quizás cinco o seis entre las que se incluía la del Capitán que aparecía en todas las hojas importantes. Supuso que aquello debía hacer alusión a los integrantes más antiguos de la tripulación, aquellos con los que se habrían decidido las reglas principales del barco y su funcionamiento, o si no, la de los participantes del consejo encargado de tomar decisiones. No estaba demasiado seguro.

-Este código contiene un conjunto de reglas que se deben respetar en este navío, así como los castigos por incumplirlas.- aclaró el Capitán, a pesar de que ya se imaginaban algo similar. Hitch tenía entendido que había un único código pirata para todos los delincuentes de mar, uno que todos ellos conocían y respetaban, pero, parecía ser que aquel libro solo era válido para los que se encontraban en la sala en ese momento. –Mientras estéis aquí tendréis que cumplirlas. También existen otras reglas imprescindibles que todos aquí tenemos que cumplir y las cuales nos permiten seguir refugiándonos en La Guarida pirata. Pero de esas… ya me encargo yo.- aseguró. Tomó el libro y se lo pasó a Bertholdt, quien lo cogió sin esperarse que fuera a ofrecérselo a él para que lo leyera. –Estas son las reglas más básicas y las que siempre debéis recordar pase lo que pase.- con un gesto de cabeza, Bertholdt, quien se había sentado junto a Mikasa para ver mejor las páginas amarillentas con la ayuda de la vela, comenzó a leerlas en alto, respaldado por el silencio de todos sus compañeros.

Aquellas reglas generalmente no solían escribirse en los códigos pero Mikasa se había tomado la molestia de hacerlo para que quedaran bien claras y que nadie pudiera ponerlas en duda. Éstas habían sido ligeramente modificadas por ella para que se pudieran ceñir a la realidad de su propio barco. Pero seguían manteniendo la esencia básica que todos los piratas conocían y seguían.


"Directrices primordiales a cumplir:

I. Todos deben obedecer las órdenes del Capitán y de quienes estén al mando, no hay excepciones.

II. Todos los tripulantes tienen derecho a defender su integridad física y también su honor como pirata.

III. Un hombre o mujer podrá desafiar a otro u otra a un duelo justo si cree que alguno de sus derechos ha sido pisoteado. La persona desafiada elegirá las armas, y nadie podrá interferir hasta que alguno se rinda o muera.

IV. El botín se repartirá a partes iguales entre todos los de la tripulación. Así, los cirujanos, carpinteros o cocineros no recibirán una parte mayor al resto, pero tampoco tendrán que pagar de su bolsillo los materiales o utensilios utilizados. Todo eso se pagará con una de las partes del botín que pertenecerá al barco de la tripulación.

V. Desertar no es una opción, se castigará, al igual que la negligencia. Golpear o robar a otro miembro de la tripulación también será castigado con latigazos.

VI. Para las decisiones de vital importancia se llevará a cabo una votación en la que participarán todos los miembros. El resto de decisiones las tomará el Capitán acompañado de un consejo seleccionado por él. Será el Capitán quien decida cuales son las decisiones que requieran votación.

VII. Se penará con la muerte a las tripulantes mujeres que entren encubiertas a formar parte de la tripulación mediante engaños.

VIII. El Capitán del navío podrá someterse a "La prueba" cuando su tripulación haya caído en desgracia. Dicha prueba consistirá en clavar una tabla fina y delgada en la cabeza de cubierta y en atraer tiburones. El aspirante a Capitán tendrá que caminar con precisión hasta la punta de dicha tabla con la cabeza cubierta y las manos atadas a la espalda. Si la supera con éxito, podrá recuperar su puesto. Tampoco será válido voltearse demasiado pronto, si eso ocurre, se le condenará y se le meterá una bala de pistola en el pecho. Es posible pactar otro tipo de prueba sugerida por los tripulantes pero esta se someterá a votación y requerirá un mínimo de 2/3 de votos a favor para efectuarse."


Algunas de las reglas les llamaron la atención en especial, pero tampoco podían recordarlas al dedillo. Sin embargo, con una sola lectura sería suficiente para estar al tanto de lo que podían y no debían hacer.

Armin miró a Eren en medio de la oscuridad, inquieto por algo. El chico de intensos ojos verdes le devolvió la mirada a sabiendas de lo que insinuaba. En sus primeros días durante uno de los entrenamientos desobedeció a un superior y además estuvieron a punto de enzarzarse en una pelea de no ser por la intervención del Capitán. Si en aquel momento se hubieran puesto estrictos con las reglas, seguramente le habrían cortado la nariz y las orejas a modo de castigo. Por suerte, lo tomaron como parte del entrenamiento y no hubo castigo. Por aquel entonces ya conocía las reglas, pues ambos pasaron por el mismo momento que estaban contemplando, y a medida que pasaban los días, era todavía más consciente de cómo funcionaba aquel mundo. Aunque aún no eran conocedores de toda la crueldad que podían encontrarse. Y posiblemente nunca lo sabrían hasta que tuvieran que vivirlo en sus propias carnes.

-Bien, aquí está.- Connie volvió rompiendo el silencio que los había envuelto a todos cuando Bertholdt terminó de leer. Sobre la mesa depositó una daga con delicados adornos en el mango. Era realmente bonita. –Ahora, debéis firmar con sangre.- anunció contemplando atentamente a los dos.

Marlo se vio incapaz de coger aire por unos segundos, no tenía demasiadas ganas de autolesionarse y sumar una nueva herida a todas las que tenía por el cuerpo. Hitch mantuvo su semblante aburrido y algo arrogante. Tomó la daga para acercársela a la otra palma de la mano y hacer un corte limpio pero Mikasa la detuvo.

-Nunca firmamos con sangre, no es necesario.- aclaró. Todo apuntaba a que no había sido más que una broma pesada de Connie para ver sus reacciones. Todos alrededor estallaron en una sonora carcajada, no era la primera vez que lo hacían. En el caso de Eren, el joven llegó a hacerlo pues tomó la daga con demasiada prisa.

-¿Sois creyentes?- preguntó entonces Connie, dispuesto a facilitarlo todo para concluir con aquello.

-Antes lo era, ahora ya no estoy tan seguro.- Connie le lanzó un pequeño libro de tapa oscura con la palabra "Biblia" escrita.

-Entonces supongo que aún te servirá.- Marlo no rechistó y se conformó con aquello.

-Nunca imaginé que encontraría piratas creyentes.- admitió Hitch sorprendida.

-Algunos miembros de la tripulación lo son, es totalmente respetable, Hitch.- contestó Mikasa.

-Es cierto, yo rezo y rezaré cada noche a la diosa del vino y la fertilidad para que podamos regresar pronto y así poder amanecer con una mujer a mi lado. Ya me entendéis… -aquel comentario de Reiner, apoyado por las risotadas de Marcel y las caras de desagrado de Ymir alivió el ambiente al instante.

-¿Tú también quieres una?- preguntó Connie balanceando de arriba abajo la biblia restante en su mano.

-¿No tienes algo mejor que eso?- Marlo la miró juzgándola, pues conocía a Hitch de hacía mucho tiempo y su familia siempre había sido muy religiosa. Annie entonces depositó ante la chica una pequeña hacha de mano que ella aceptó dando el visto bueno. –Si… esto servirá.

-Está bien.- el silencio se hizo de nuevo y Mikasa llenó ambos vasos con ron. Todos allí tenían ya el suyo en sus manos a la espera del momento idóneo para beberlo de un solo trago. –Jurad lealtad al código aquí, frente a todos nosotros. Ante esa biblia, el hacha y los vasos de ron.- ambos colocaron una de las manos sobre los objetos escogidos y la otra en contacto con el vaso.

-Yo, Marlo Sand, juro cumplir con todo lo establecido en el código. Así como acepto los castigos establecidos por éste en caso de incumplirlo. A partir de este momento, soy y seré leal a nuestro capitán y obedeceré sus órdenes.- recitó con total seriedad, tanta que nadie se atrevió a reírse. Acto seguido, fue el turno de Hitch.

-Yo, Hitch Dreyse juro cumplir con el código mientras sea parte de esta tripulación.- esas fueron sus únicas palabras. De algún modo todos esperaban algo más pero Hitch no continuó, creyó que con eso sería más que suficiente. –No pensaríais que iba a ser tan plasta como él, ¿no? Eso no va conmigo, lo siento.- otro estallido de carcajadas inundó la sala hasta que alguien alzó su vaso lleno de ron y gritó:

-¡Por el María, por su tripulación y por los nuevos miembros!

Todos repitieron aquellas palabras para acto seguido pegar un buen trago al vaso de ron. Con aquello, quedaba realizado el juramento y oficialmente Marlo y Hitch pasaban a formar parte del María. Tras aquello, solo quedaba dar comienzo a la cena y a la fiesta.


Durante la cena, el Capitán había anunciado su partida hacia la zona indicada para hacerse con la siguiente pista. Los miembros de la tripulación que aún desconocían la noticia se sorprendieron y alegraron mucho, pues ya empezaban a creer que el ataque al Shilon no había servido de absolutamente nada. Les indicaron los riesgos del viaje, la incertidumbre de si se dirigirían al lugar correcto o no, pero nadie se quejó ni dio una negativa al respecto. Todos respaldaron el plan.

Todas las raciones que Historia y Franz habían servido desaparecieron en minutos, los hombres y mujeres estaban realmente hambrientos pero tras aquello habían decidido seguir llenando sus estómagos con alcohol y eliminar su aburrimiento con juegos.

La única ración de comida intacta se situaba junto a un muy borracho Connie que era incapaz de mantenerse firme en su sitio. Su cabeza se balanceaba de un lado a otro como si no pudiera manejarla por su peso. Reiner, Ian y Mina jugaban también, cada uno en un lado de la mesa, acompañados por otros tantos compañeros.

-¡Vamos, ahora me toca tirar a mí los dados! ¿Qué decís?- preguntó Reiner animado. Cogió los dos dados con la mano derecha y los agitó con ganas esperando a que todos dijeran algo. En esta ocasión, tanto Ian como Mina se decantaron por el par. –Yo también elijo par. ¿Y tú, Connie?- el chico nombrado giró la cabeza hacia él con demasiada rapidez, tenía la mirada completamente perdida pero sabía lo que le estaba pidiendo.

-¡Imparf!- gritó. Armin que se encontraba junto a él suspiró. Era cierto que las apuestas de aquel juego estaban en manos del azar a menos que los dados estuvieran trucados, pero dudaba que esos lo estuvieran. Hacía una hora que habían comenzado a jugar, llevaban más de diez rondas y Connie solo había acertado en tres ocasiones, en el resto se había visto obligado a consumir un buen trago de alcohol por no acertar lo que saldría en los dados. Ninguno de los cuatro jugadores se había librado de beber, pero Connie era con diferencia el gran perdedor, y viendo su estado, no le convenía continuar jugando.

-Eh, Connie, no deberías seguir con esto.- intentó hablar con él sin parecer demasiado brusco pues no sabía cómo podría reaccionar.

-¡Arminf, folo una rongfa más!- se trabó hablando, aunque logró entenderlo.

Con todas las apuestas hechas, Reiner lanzó los dados al centro de la mesa y esperaron expectantes a que se detuvieran y marcaran el resultado.

-Cinco y tres, ¡Connie, has vuelto a perder!- se rieron, aunque sus risas se camuflaron en el alboroto de la sala. El chico tuvo suerte de poder llevarse la jarra a la boca para intentar beber el contenido pero cuando se encontraba a medio camino de tragar todo el líquido, éste comenzó a derramarse de su boca. Quienes se encontraron a su lado se apartaron de golpe. Armin logró coger a tiempo la ración de comida sobre la mesa antes de que se empapara de vino.

-Vamos, Connie, déjalo ya.- el chico no parecía conocer su propio límite y tampoco estaba escuchando las palabras de Armin. –Vamos, prometiste que le llevarías esto a Sasha, te acompañaré.- le ofreció. Así quizás tendría la oportunidad de dejarlo dormir en alguna de las hamacas y alejarlo de aquel adictivo juego. Pero su voz se vio silenciada por una fuente de vómito que cayó principalmente sobre el chico rubio, salpicando al suelo y a algunos de los participantes más cercanos.

-¡PUAJ! ¡CONNIE! ¡¿Qué demonios estás haciendo?!- gritó Hannah, otra de las perjudicadas. Aunque la peor parte se la había llevado Armin con diferencia. Todos los que se encontraban cerca se habían apartado ante la posibilidad de una nueva oleada de vómito, aunque esto parecía poco posible, Connie se había quedado dormido con la frente pegada a la camisa manchada de Armin. El chico rubio sujetaba a su compañero para que no se cayera y golpeara con fuerza contra el suelo.

-Deberíamos llevarlo a su cama.- dijo Armin tratando de no fijarse en el vómito que llevaba encima ni en el desagradable olor, pues comenzaba a revolverle las tripas. Antes de acostar a Connie tendrían que cambiarlo de ropas y limpiarlo un poco o apestaría toda la habitación. Lo mismo para él, quería deshacerse de esa camisa cuanto antes, pero necesitaría ayuda para llevar al chico.

-¿Qué está pasando aquí?- Jean que hasta hacía un momento se encontraba en el otro extremo de la sala junto al Capitán contemplando otro de los juegos, se acercó atraído por el alboroto que habían formado. No le hizo falta que le contestaran para averiguarlo, el estado lamentable de Connie lo explicaba todo con bastante claridad. –Joder… Connie… mañana me aseguraré de hacerte limpiar todo el suelo del comedor con la lengua.- dijo asqueado.

Historia había intentado acercarse al lugar para limpiarlo un poco pero Ymir la había detenido.

-Jean, necesito ayuda para llevar a Connie.- se dirigió Armin a él. El oficial asintió comprendiendo sus intenciones.

-Marcel, ayúdalo tú.- el nombrado no pareció demasiado contento por tener que cargar a un compañero repleto de vómito pero accedió, al fin y al cabo, su condición física era mejor que la de Armin, el chico rubio no podría llevar a Connie sin ayuda.

-Ah, otra cosa más, Jean.- volvió a dirigirse a él alarmado. Señaló el plato de comida colocado sobre una balda cercana que por suerte el vómito no había alcanzado. –Sasha… no ha cenado en toda la noche, debe estar esperándolo. ¿Podrías llevárselo? Connie se había comprometido a hacerlo pero… bueno… creo que ahora será imposible.

Jean se lo planteó durante unos interminables segundos, la chica patata era peligrosa en condiciones normales, así que no quería imaginar con lo que tendría que lidiar si estaba hambrienta. Pero evidentemente, esa resultaba ser mejor opción que cargar y asear a Connie. Muy a su pesar, tomó el plato con tocino salado y un buen puñado de judías secas junto a una pieza de fruta para llevárselo a la chica. Quizás así también podría despejarse un poco del ruido concentrado en el comedor.


En cubierta, en esta ocasión se encontraba Bertholdt, a quien le había tocado una de las primeras guardias. Sería él quien mantuviera el rumbo del María fijado anteriormente por el Capitán. Noches como aquella en absoluta calma y soledad no le resultaban tan aburridas como al resto de tripulantes. Disfrutaba de la tranquilidad y de la oportunidad de poder poner en orden sus pensamientos e ideas. Había cenado bien antes de ocupar su puesto.

Cualquiera que se aventurara a subir a cubierta creería que Bertholdt se encontraba allí solo, pero eso era porque la silueta de Annie en lo alto del palo mayor era difícil de detectar. La chica ya era pequeña de por sí, y la altura y la oscuridad no ayudaban. No habían cruzado ni una sola palabra desde que ella decidió alejarse del festejo del interior para acompañarlo durante su guardia.

Bertholdt había observado en silencio a Annie en contadas ocasiones y sabía que muchos no eran capaces de ver más allá de su exterior hosco y distante. Pero él, tenía una perspectiva totalmente diferente de ella. Una que posiblemente nadie del navío podría comprender. Creía poder ver más allá de la coraza con la que la chica se protegía cada día, aunque no más de lo que realmente le gustaría. Sin embargo, aún no era capaz de determinar ciertas conductas de Annie. Era consciente, como el resto, de que parecían gustarle las alturas, por eso pasaba mucho tiempo en lo alto de los palos vigilando, o quizás era una excusa para alejarse de los demás. Por un momento, a Bertholdt se le pasó la posibilidad de que hubiera ocupado aquel puesto con la intención de hacerle compañía a él, sin embargo, aquello parecía ser más bien un anhelo.

En ese instante, cuando Bertholdt volvió a concentrarse en la masa de agua oscura que los rodeaba por todas partes, unos fuertes gritos llamaron la atención de ambos. Algo debía haber ocurrido para que vocearan de aquella manera tan repentina.

-No me imagino la que deben estar montando… creo que prefiero estar aquí.- comentó él sin esperar que ella le hiciera mucho caso. Disfrutaba de la compañía de sus compañeros, nada le agradaba más que verlos pasarlo bien y despreocuparse porque era necesario después de hacer frente a tantas barbaridades. Pero era demasiado para él, y si tuviera que escoger, preferiría permanecer como estaba en la compañía de Annie. Sin duda.

-Yo si.- contestó ella un rato después sorprendiendo al chico. Su voz se oía tan distante que pareció un susurro a punto de desvanecerse con el oleaje. Pero Bertholdt podría escuchar el tono de la chica hasta en medio de un alboroto. Sus oídos parecían estar hechos para detectar cualquier sonido procedente de ella.

-E-entonces, ¿qué crees que ha ocurrido?- trató de mantener una pequeña conversación, a sabiendas de que había altas probabilidades de que no volviera a contestar. Aunque prefería arriesgarse. La vio acomodarse de nuevo entre las cuerdas que sujetaban las velas.

-Connie… Armin quizás.- volvió a hablar sintiendo la brisa nocturna acariciar su cabello dorado. –Son los que menos aguante tienen con el alcohol.

Bertholdt asintió entendiendo a lo que se refería. Conocía muy bien las costumbres en aquellas celebraciones tan peculiares. Juegos diversos que de algún modo te hacían beber hasta perder la consciencia, o incluso a veces, sin ellos, pues Reiner era experto en obligar a beber a quien tenía cerca. Él mismo había sido testigo de ello, y cuando se ponía insistente no había quien le llevara la contraria.

-Solo espero que no sea grave… y que nadie más a parte de nosotros dos pueda escucharlos gritar de esa forma.- suspiró.


Hacía tan solo quince minutos desde la desaparición de Armin, Marcel, Jean y Connie, la ausencia era notable pero aquello no había impedido al resto continuar jugando para comprobar quién de ellos era el último en permanecer cuerdo y en pie. No tenían permitido apostar oro u otras pertenencias mientras jugaran dentro del Galeón, pues aquello podría crear conflictos que podrían desencadenar fuertes peleas y acabar con varias vidas. Sin embargo, una vez en tierra firme todo era posible. Así que se lo tomaban como una especie de entrenamiento en el que jugaban con honor y orgullo para sobresalir entre el resto.

-Me parece que a este paso volveré a ganaros.- advirtió Reiner con una amplia sonrisa en la cara. Mina, Ian y Thomas, quien había ocupado el lugar de Connie, lo miraron con el ceño fruncido. Todos ellos se habían alejado un poco del extremo de la mesa que aún permanecía repleto de vómito, por lo que ahora se encontraban cerca de donde Ymir permanecía junto a Eren e Historia.

-Eso lo dices porque nunca has jugado a ese maldito juego conmigo.- añadió Ymir cansada de escucharlo alardear de su resistencia. Aunque hubiera bebido menos cantidad que el resto gracias a su buen juicio y la suerte de los dados, Reiner poseía un cuerpo grande y musculoso, por ello el alcohol tardaba más en hacerle efecto y nublar su entendimiento. Además, necesitaba una mayor cantidad que el resto.

-¿Eso crees?- la retó con la mirada. –Entonces, quizás sea el momento de que lo intentes.

Ymir hizo el gesto de levantarse pero Historia la detuvo al momento rogándole que no lo hiciera. Tenía el presentimiento de que aquello no acabaría nada bien.

-Ymir, no es necesario que lo hagas. Quédate aquí con nosotros.- le pidió con voz dulce, por mucho que quisiera humillar a Reiner, cedió ante la chica angelical que la contemplaba suplicante con unos enormes ojos azules. ¿Quién podría negarse a algo así? Sintió entonces la mirada del chico rubio sobre ellas y supo entonces que debía estar muerto de envidia por dentro, pues ella era consciente del interés que parecía tener en su Historia. Por lo que, aunque a simple vista pareciera imposible, aún había una posibilidad de hacerlo rabiar sin tener que superarlo consumiendo alcohol.

-Está bien, Historia. Lo dejaremos para otra ocasión, Reiner.- lo miró de reojo ofreciéndole una sonrisa ladina para que pudiera anticipar su próxima jugada. –Pero a cambio, hoy dormirás conmigo en mi camarote privado.

-¡Eh! ¡Ymir!- se quejó ella bajando el rostro avergonzada y con un pequeño rubor en las mejillas. Sus palabras habían sido demasiado insinuantes y todos los que se encontraban cerca de ellos habían captado el mensaje. Por lo que se escucharon risillas, susurros y gruñidos desaprobatorios que solo podían proceder de Reiner. Eren trató de mirar a otro lado un tanto incómodo.

En el momento en el que Armin desapareció para ayudar a Connie, Eren no había tenido a nadie que le ayudara a zafarse de Ymir. Le habría gustado acompañar a su amigo, pero la repentina aparición de Jean se lo había impedido. La mujer se había pasado gran parte de la velada sincerándose con él de una forma brutalmente realista. Y aunque lo agradecía, comenzaba a ser un tanto tedioso y pesado. Sabía que a Ymir no le había agradado demasiado en un principio y que la imagen que tenía de él era tal y como se lo había indicado. Aunque con aquella ocurrencia que tuvo en el Shilon, todo parecía haber cambiado bastante. De todas formas, le advirtió que no se relajara, pues aún tenía mucho que demostrar.

Con la nueva compañía de Historia las aguas habían vuelto a calmarse, pues la mujer dedicaba toda su atención a la chica rubia. No parecía importarle nadie más en todo el barco, ni en el mundo entero. Debía estar realmente unida a ella, aunque desconocía en qué forma.

-¡Espera, Ymir!- gritó Historia, pues sin previo aviso Ymir había empezado a tirar de ella para sacarla del comedor y llevársela al camarote que cerró con llave tras introducirse en él. Reiner se levantó de golpe furioso ante aquello, pero no podía hacer nada al respecto. Marco se acercó a él para calmarlo sin demasiado éxito, hasta que el resto de jugadores le pidieron continuar, fue entonces cuando al de un rato se olvidó de lo que acababa de ocurrir.

Con vía libre, Eren se levantó de su lugar para alejarse de aquella mesa, Thomas no tenía pinta de poder aguantar mucho más y estaba seguro de que cuando se retirara buscarían algún sustituto para él. Quedaban pocos candidatos cerca; Marco, quien posiblemente se negaría a participar, y él. Así que lo mejor era alejarse cuanto antes.

-Iré a ver cómo va todo por allí.- dijo tratando de excusarse sin llamar demasiado la atención pero no lo logró. El vino que llevaba en su jarra se zarandeó cuando Ian agarró su brazo para impedir que se marchara.

-¿No quieres intentarlo, Eren?- preguntó con tono animado. Había cruzado muy pocas palabras con él desde su llegada, y evidentemente era el mayor de toda la tripulación pues los años estaban dibujados en su rostro. Pero a pesar de ello, ya había comprobado que era un buen hombre y leal a los suyos.

-¡Venga! Demuestra de qué eres capaz.- añadió Reiner, quien ahora se había vuelto a percatar de su presencia. Sin embargo, insistió en querer irse.

-En otra ocasión.- se dio la vuelta cuando Ian aflojó el amarre en su brazo y sin voltearse continuó caminando. Supo que todo había ido bien cuando volvió a escuchar un montón de risotadas y gritos tras él. No entendía cómo eran capaces de consumir tales cantidades de alcohol y permanecer medianamente cuerdos en aquel estado. Debían tener un estómago de hierro. Él apenas había consumido tres vasos de vino y veía todo ligeramente borroso, aunque aún era capaz de actuar y pensar con claridad, simplemente se había visto deteriorada su visión y su equilibrio. –Ugh… por los pelos.- susurró para sí mismo acercándose al otro extremo de la sala donde se encontraban el resto de sus compañeros.

-Eh, Eren, ¿qué haces ahí?- sintió el brazo de Samuel rodear su cuello para darle varias palmadas fuertes en la espalda. El chico apestaba a vino y en cuanto giró la cabeza para mirarlo a la cara supo la razón. Estaba completamente bañado en aquel líquido oscuro con fuerte olor y parecía no ser consciente de ello porque no se había molestado en ir a cambiarse. –¡Ah! Por esto no te preocupes.- indicó señalando su camisa amarillenta que ya no mantenía su color original. –Es normal con el balanceo del Galeón, el barco se mueve mucho durante las noches de festejo.- empezó a reírse con ganas creyéndose sus propias palabras. Eren había descubierto con aquello que ya de por si Samuel no debía tener demasiado buen equilibrio y este empeoraba con la consumición de bebidas alcohólicas.

-No deberías beber más, Samuel.- le aconsejó.

-¡Oh, no te preocupes! No voy a beber más.- aseguró con una sonrisa, lo que alegró a Eren, por una vez alguien parecía hacerle caso o tener en cuenta sus palabras. –Vamos, ven a ver esto.

Lo acercó al pequeño grupo que rodeaba otra de las mesas en la que se encontraba el Capitán en un extremo y Franz en el otro. Como esperaba, la mesa estaba adornada por jarras con bebida. Eren se colocó entre Samuel y Hannah, al otro lado Hitch y Marlo contemplaban estupefactos. Ambos contrincantes estaban totalmente concentrados, dispuestos a dar lugar a otro pulso.

-¿Alguna vez habías visto al Capitán en acción?- le preguntó Samuel a Eren con tono bajo para no interrumpir el momento. Él negó con la cabeza, a pesar de que había escuchado rumores en boca de todos sus compañeros, jamás lo había visto en directo.

Y es que a simple vista, cualquiera que se dejara guiar por las apariencias no apostaría por el Capitán. Franz Kefka, era alto y delgado de aspecto fuerte. Su presencia imponía respeto allá por donde pasara, a pesar de que su personalidad fuera bastante opuesta a la imagen que solía dar. Quizás similar a lo que podría pasarle a Bertholdt. Por ello, al comparar a ambos, el Capitán era de menor estatura, más bajo que Eren y de rostro fino. Si tenía un cuerpo musculoso, podía ocultarlo a la perfección en su atuendo holgado, eso estaba claro. Por eso, al Capitán solo se le podía juzgar tras verlo en acción. Su estilo de combate único con la espada era certero y eficiente. No había escuchado que hubiera perdido antes una batalla. Era fuerte, seguramente, el más fuerte de todo el barco y por eso estaba claro que ganaría aquel pulso y todos los que echara.

Eren contempló con cuidado el tamaño de sus manos, pues era imposible no fijarse en ello. Las delicadas, pálidas y finas manos del Capitán contrapuestas con las oscuras, grandes y maltratadas de Franz. Enormes manos que al cabo de veinte segundos se encontraban arrinconadas contra la superficie de madera. Con un coro de risotadas, aquel pulsó también terminó y todos bebieron un trago de ron brindando por la autoridad del barco.

-Vaya… es increíble.- habló Hitch a un lado del Capitán. Ella también había experimentado su fuerza de primera mano y sabía lo que era aquello. –Ahora entiendo el motivo de que repartáis el botín a partes iguales, es debido a que el Capitán recupera dichas partes mediante este tipo de juegos, ¿verdad?- Mikasa sonrió levemente por su comentario audaz mientras que el resto se tomaron la libertad de reírse con ganas.

-Hitch, ya sabes que aquí no puede apostarse oro.- le recordó Marlo algo apurado. La mujer le dirigió una mirada de desprecio por entrometerse.

-¿Eres idiota? Claro que lo recuerdo.- contestó después de suspirar. –Si se pudiera apostar el oro, a estas alturas ya estaríais todos bien desplumados.

-Oye, Eren, ¿por qué no pruebas?- le ofreció Franz al cerciorarse de que se había unido a ellos. –Pero te aviso de que no podrás ganarle.- todos lo observaron con atención y curiosidad por saber qué haría. Sabía que no tenía ninguna posibilidad pero en parte, no le desagradaba intentarlo. Aquella situación le parecía totalmente diferente a la anterior con Reiner donde le obligarían a beber hasta caer rendido al suelo. En esa ocasión solo se trataba de un juego, así que probaría.

Los allí presentes se alegraron de que se aventurara a ello y le hicieron un hueco para que tomara asiento. El Capitán volvió a dejar su jarra a un lado y tras relamerse el labio inferior colocó su brazo izquierdo sobre la mesa. Eren no pudo ver con claridad su rostro, pues el sombrero que siempre le acompañaba ensombrecía su rostro a causa de la luz de las velas. Aún así, sabía que lo observaba con detenimiento. Imitó sus movimientos y entonces sus manos se juntaron. Trató de ocultar el nerviosismo que le invadió en ese momento, no entendió la razón pero aquella mano resultó ser mucho más suave de lo que había esperado. El Capitán luchaba como el que más y aún así, sus manos no eran ásperas ni secas, todo lo contrario. La encontró realmente agradable y ajustable a la suya propia, la cual le doblaba el tamaño.

Fue Hitch quien dio la señal para que comenzaran. Al principio el Capitán mantuvo el brazo en posición vertical sin ejercer fuerza sobre el de Eren pero sin permitirle tampoco moverlo hacia atrás. Se mantuvo así durante varios segundos en los que Eren comenzó a impacientarse, pues a pesar de aquello, sabía que no estaba empleando toda su fuerza para ganarlo, estaba jugando con él y con su paciencia. Eren frunció el ceño molesto, su mirada verde fogosa se centró en ambas manos, como si quisiera hacerlas arder en aquel instante, pero después se fijaron en los ojos del Capitán. Esferas grisáceas brillantes que logró detectar tras aquel fino manto de oscuridad que surcaba su cara. Advirtió entonces un pequeño brillo que resultó ser una señal, aviso de que aquel pulso acabaría en ese momento. Y así fue, el Capitán comenzó a mover la mano de Eren al lado contrario para aproximarla a la mesa. Él se negó a dejarse vencer y aplicó toda la fuerza que le fue posible pero no era suficiente.

Mikasa centró la vista en sus manos, en las de su contrincante para ser exactos. Eran unas más que se sumaba a las otras tantas que la habían desafiado sin éxito. Era un hecho, nadie en toda su tripulación tenía la fuerza necesaria para vencerla en un pulso, Eren no sería la excepción. Su determinación era más que admirable, pero en fuerza ni siquiera se acercaba a Reiner, uno de los piratas más fuertes a su juicio. Cuando le dedicó aquella mirada supo que iba totalmente en serio, que ansiaba derrotarla pero no podría y tampoco quería alargar aquello más de lo necesario.

El chico aplicó toda la fuerza que le fue posible, Mikasa lo notó, pues su brazo comenzó a temblar. La manga que cubría toda la muñeca del chico se deslizó lentamente dejando al descubierto parte de su antebrazo. Mikasa se quedó absorta en la rojez de su brazo izquierdo, aquel que sacrificó por lograr la pista que ella tanto necesitaba. Y después, reparó en el sucio trapo rojizo que rodeaba su muñeca, no le había visto quitárselo desde que entró allí, entonces, se preguntó si quizás habría algún motivo especial para ello. Una cicatriz que no quisiera mostrar, un regalo de alguien importante, una especie de recordatorio…

El quejido del chico la sacó de su ensimismamiento. El brazo del joven se encontraba a escasos milímetros de la mesa y no tenía intenciones de rendirse a pesar de que ya no daba más de sí. Estaba débil y lo forzaba innecesariamente. Mikasa contempló la mancha rojiza que empezó a traspasar la manga de su camisa, la herida debía estar abriéndose de nuevo.

-Suficiente.- dijo ella apartándose sin terminar el pulso pero dándolo por concluido.

-¡Espera! ¡No hemos terminado!- reclamó Eren levantándose de golpe mostrándose enfadado. Era consciente de que el Capitán lo superaba pero prefería perder antes de que se rindiera sin darle la oportunidad de intentarlo de verdad.

Sin embargo, Mikasa le ofreció una mirada intimidante y amenazadora. Eren quiso replicar pero Samuel le advirtió con la cabeza que no lo hiciera.

-He dicho… que esto ha terminado.- vació de un solo trago el ron restante de su jarra y se marchó de la sala con paso firme. La tensión pareció disiparse una vez que su silueta desapareció de la vista de todos.

-No entiendo por qué lo ha dejado…- susurró Eren frustrado.

-Es extraño, si. No es propio del Capitán dejar las cosas a medias, ni siquiera un simple pulso.- coincidió Hannah. –Pero ¿qué más da? Podemos seguir con esto, la noche es joven, ¿no creéis?- se miraron entre ellos decidiendo qué hacer hasta que Franz fue el primero en dar el visto bueno y entonces todo volvió a la normalidad.


Jean desapareció del comedor en medio de todo el alboroto, y en parte, aunque le fastidiara tener que hacer de criado, algo le decía que había hecho bien alejándose de allí. Armin le había dado la llave que Reiner le dejó a Connie, aún se les escuchaba en el gran dormitorio a pocos metros de donde él estaba. Parecían tener problemas subiéndolo a la hamaca. Solo esperaba que no volviera a poner todo perdido de vómito, además, la hamaca que él usaba se encontraba sobre la de Connie, y el mal olor le impediría dormir y descansar.

Soltó un suspiro profundo a medida que introducía la llave en la cerradura. Era tarde, quizás Sasha estuviera durmiendo, debía estar cansada con los recientes acontecimientos y a causa de todo lo sucedido en tan poco tiempo. Giró la pequeña pieza de metal hasta escuchar un ruidito que le indicó que estaba abierta de nuevo. La puerta se abrió lentamente hacia el interior con un crujido. Asomó la cabeza para contemplar el cuarto, estaba en completa penumbra y no era capaz de distinguir nada en el interior salvo una pequeña vela situada en la esquina más lejana y la cual estaba a punto de consumirse. La escasa luz no le ayudó en absoluto y a causa de eso, no pudo anticiparse al fuerte tirón que Sasha le pegó para hacerlo pasar al interior.

Jean perdió el equilibrio y aterrizó sobre la cama que ahora estaba vacía, la chica se había hecho con el plato que llevaba en brazos y no había tardado en hincarle el diente a todo demostrando su hambre voraz. Al tiempo que Jean se incorporaba de nuevo, aún un tanto confundido por lo que acababa de ocurrir, la contempló comer como una absoluta salvaje y por un instante agradeció haber acudido con la comida, pues si no, se temía que la chica se lo hubiera comido vivo a él.

-¿Por qué haf tardfafo tanto?- preguntó con la boca llena y sin importarle mantener la compostura. Estaba medio sentada en el suelo acabando de comerse el bollo de pan algo duro. –Mefia hora más y me hafríais encontrado muerfta.

-Deberías calmarte un poco, tienes un serio problema con la comida.- respondió Jean con sinceridad, no fue tan brusco como solía serlo. No le apetecía perder los nervios, estaba agotado.

-¿Cómo pretendes que me controle? ¡Llevo todo el día encerrada aquí como una vulgar ladrona!- se quejó ella arrebañando las migas sobrantes y limpiando el plato con su lengua. Jean suspiró al verla así. No tenía remedio.

-Quizás se deba a que te comportas como una. Si no robaras comida en plena noche y cumplieras con lo que te dicen, nadie tendría que encerrarte.- puntualizó. Ella trató de levantarse en silencio pero las fuerzas la abandonaron tras haber terminado de comer y haberse saciado momentáneamente. Jean la vio tambalearse y preocupado, se levantó de golpe para ayudarla a introducirse en la cama. –Deberías descansar, ¿no crees?

Ella asintió con la cabeza, Jean acercó la vela a punto de consumirse a la mesilla de noche y la sustituyó por otra nueva que acababa de sacar del cajón. Había bastante más luz en la sala y eso pareció agradar a Sasha. La chica se arropó hasta el cuello después de haberse acomodado. –Jean, no cierres con llave la puerta.- le pidió ella.

-Sabes que no puedo hacer eso.- contestó. Aquellos camarotes eran lo mejor que podía pasarles, eran escasos pero la comodidad mayor que las hamacas de la habitación común y además no tendrían que aguantar al resto de tripulantes. Había muchísima más privacidad. La chica frunció el ceño disgustada por aquella respuesta aunque en el fondo la esperaba, Jean no incumpliría las órdenes. Se levantó para marcharse y dejarla allí, él ya había cumplido con su parte.

-Podrías… ¿podrías quedarte un poco?- susurró asombrando al joven. Jamás esperaría escuchar aquellas palabras de alguien como Sasha y con ella reposando tranquilamente en una cama. Seguramente si se lo contara a alguien nadie le creería. En realidad no tenía demasiadas ganas de permanecer allí, él también necesitaba descansar y Sasha supo interpretar eso en el silencio que se mantuvo entre ambos. –No estoy acostumbrada a dormir sola, me tranquiliza escuchar las respiraciones de las demás. Además, así cuando te vayas no me daré cuenta de que has cerrado la puerta con llave.- se explicó. No tenía por qué hacerle el favor, no le debía nada. Pero de alguna forma le costaba negarse ante aquello, sobre todo, por la forma calmada en la que se lo había formulado. Parecía otra persona completamente diferente. –No tardaré en quedarme dormida, lo prometo.- insistió.

Jean, finalmente accedió a su petición. Alcanzó la silla junto al escritorio y la arrastró a la cama sin hacer el esfuerzo de levantarla. Tomó asiento y esperó junto a Sasha mientras se entretenía mirando la llama de la vela y con la respiración de la chica de fondo que poco a poco se volvía más lenta y profunda. Tras unos instantes, volvió a mirarla con curiosidad, no estaba seguro de si se había dormido y de si tendría vía libre para irse de allí, así que por si acaso esperó un poco más al tiempo que la observaba.

-Si supieras comportarte un poco… serías una buena chica.- susurró para sí mismo. Sasha no era alguien que le desagradara, ni a él ni a muchos de los hombres del María, pero sus ansias de comer poco usuales en mujeres podían asustar hasta a los lobos de mar más valientes y mezquinos. Resultaba un tanto escalofriante descubrir el lado salvaje de la chica. Aunque quienes llevaban un tiempo con ella sabían cómo era, la conocían lo justo y necesario para confiar en ella en todo lo que no involucrara comida. Jean contempló un mechón de pelo caoba que se había deslizado sobre el rostro de Sasha, lo miró atentamente como si le molestara que se interpusiera de aquella forma tan atrevida en su rostro suave y tranquilo. –Aunque me temo, que si no fueras como eres, jamás podrías sobrevivir en un lugar así.- estiró el brazo para volver a colocar aquel mechón tras su oreja y poco después levantarse de su sitio con sigilo. –Buenas noches, Sasha.

Cerró la puerta tras de sí. Por un instante se le pasó la posibilidad de dejarla sin cerrar, Sasha estaba dormida y según tenía entendido su sueño era profundo y nunca se despertaba en medio de la noche. Pero después recordó los problemas que habían tenido tras encontrarla numerosas veces en la cocina. Aún con vigilancia se las ingeniaba para colarse de algún modo y resultaba ser realmente inquietante. Por ello, y por si por algún casual se despertaba antes que el resto, echó la llave.

-Que conste que confío en ti, pero no en tu estómago.- dijo en voz baja mostrando una pequeña sonrisa que nadie más vio.

-¿Todavía sigues despierto?- Jean se sobresaltó pues no había detectado la presencia del Capitán muy cerca de él. El pasillo que daba a las habitaciones estaba en penumbra y al no escuchar pasos ni ruidos creyó que estaría solo. Además, parecía que Armin, Connie y Marcel se habían ido a dormir también.

-He tenido el privilegio de llevarle la cena a una fiera hambrienta, por poco no lo cuento.- contestó con tono burlesco.

-Aprovecha ahora que estás vivo y vete a descansar, y no es un consejo, sino una orden.- especificó para que no hubiera lugar a dudas. –Estoy seguro de que Marco ya te lo ha advertido varias veces.- Jean asintió, su buen amigo se había ocupado de que no se le olvidara. Había demostrado en muchas ocasiones lo mucho que se preocupaba por todos los heridos y a él le tenía en alta estima.

-Está bien.

Jean caminó tras el Capitán, distinguiendo a duras penas su silueta en la oscuridad. Se paró en su cuarto escuchando atentamente cómo su superior entraba en su propio camarote privado y entonces lo detuvo.

-Capitán.- llamó su atención obligándolo a pararse antes de cerrar la puerta. Ahora que tenía toda su atención se sentía un poco nervioso. –Siento haber dudado de sus decisiones. No volveré a hacerlo.- prometió con la cabeza gacha.

-Te conozco bien, Jean. Y sé… que a pesar de todo, por muy en desacuerdo que estés, cumplirás con tu deber.- el joven levantó la cabeza para mirarlo directamente. –Es bueno tener cerca a un hombre sincero como tú y aunque a veces te precipitas, se que a la larga lo acabas entendiendo.

Sintió cómo su corazón se encogía, para él resultaba importante recibir tales palabras de alguien a quien admiraba tanto. A lo largo de su vida había admirado a muy pocas personas y la mayoría de ellas ya no formaban parte de su vida y deseaba que tampoco estuvieran en su pasado. Pero con el Capitán del María era diferente. Llevaba algo de tiempo con él y era una persona de fiar, ciertamente, muchas de sus actuaciones eran imposibles de entender pero siempre tenían una razón de ser.

-Yo…- trató de responder sin saber muy bien qué decir, pero la poca luz que se veía de fondo en la habitación del Capitán había desaparecido. Por lo que ya había cerrado la puerta, así que no se molestó en buscar las palabras adecuadas y se fue directamente a dormir.


El Capitán del Rose se paseó con elegancia por la cubierta de su fragata. Repasó con la mirada cada rincón para asegurarse de que estaba reluciente. Se encargaba de revisar cada limpieza del día y, por supuesto, participaba en todas ellas para guiar adecuadamente a sus hombres. Para él, un hombre o mujer incapaz de mantener limpio y recogido un navío como aquel, era inútil en batallas y no valía nada como pirata. Por eso se aseguraba de que lo comprendieran cuanto antes.

El sol comenzaba a hacer su presencia y pronto la luz volvería de nuevo a ellos para ayudarlos a avanzar sin problemas por el infinito océano.

-Eh, daros prisa, a menos que os queráis quedar sin desayuno.- amenazó a tres de sus hombres, los encargados de recoger los aparejos e izar las velas aquella mañana. Éstos aceleraron el paso cuando escucharon la gélida voz del Capitán. Por mucho que les fastidiara su actitud gruñona y su mal humor, jamás se atreverían a llevarle la contraria a un hombre capaz de degollar a cualquiera en solo tres segundos.

-Capitán.- lo llamó Mike Zacharius, un hombre alto, con pelo largo y rubio que se encontraba ante el timón dirigiendo el barco. Era el segundo al mando, no había nadie más confiable que él para Levi.

-Qué ocurre.- preguntó para que no lo hiciera esperar más.

-El aire.- cerró los ojos para concentrarse totalmente en el ambiente y respiró con profundidad captando todos los olores posibles. Por muy estúpido que pareciera, era una buena cualidad que empleaba a menudo y que les había servido de mucho. –Comienza a espesarse y huele a tierra mojada, a agua.- detalló.

Levi asintió con la cabeza, ya sabía qué significaba aquello y estando al tanto de lo que se avecinaba, podrían preverlo con bastante antelación.

-Pon rumbo al oeste.- ordenó. Mike asintió a sabiendas de que el Capitán preferiría alejarse de aquello que se acercaba. –Estamos capacitados para hacer frente a lo que sea… pero me gustaría continuar respirando al menos unos pocos días más.- susurró para sí mismo contemplando la espesa niebla que comenzaba a extenderse en el horizonte y que avanzaba hasta ellos sin pausa.


¡Hola! Ya está, el capítulo kilométrico por fin se acabó jajaja. Espero no haberos aburrido demasiado, han sido nada más y nada menos que 48 páginas de Word. El capítulo más largo que he escrito jamás jajaja.

Creo que el siguiente os sorprenderá un poco si seguís con ganas esta historia. Digamos que es donde empieza ya un poco a mostrarse de qué va todo esto. Aunque no se aclararán muchas cosas pero en fin, conoceréis un poco más las circunstancias de nuestros piratas. En especial de nuestro querido Capitán del María.

Probablemente el siguiente capítulo lo dejaré para después de la semana EreMika que será del 1 al 7 de octubre. Tengo pensado aportar mi granito de arena y publicar un oneshot al día con los temas asignados por el fandom EreMika inglés que es quien ha organizado esto. Por ello, me toca ahora ponerme a escribir y plasmar las ideas que he pensado para cada tema. Por ello no creo que me dé tiempo a actualizar este fic o el de Lazos del Destino hasta que termine eso. Me disculpo por ello y espero que quienes adoréis el EreMika, disfrutéis también con mis próximos fanfics.

¡Mil gracias por vuestros comentarios y por la infinita paciencia! Me siento realmente agradecida por vuestro apoyo. Me haceis querer seguir adelante y seguir dándolo todo. Me disculpo porque vuelvo a tener problemas para recordar si os he respondido a los comentarios que me dejasteis la vez anterior. Así que a partir de ahora cada vez que lea uno de ellos lo responderé de inmediato y así no existirá la posibilidad de dejarlos sin responder. ¡De verdad que lo siento mucho si no os he respondido! Pero puedo asegurar que leer, los he leído todos y que me he entusiasmado como una niña pequeña. Me siento realmente orgullosa de tener unos/as lectores/as tan fieles y que me dan tantos ánimos. Seguramente sin vosotros/as esto no sería posible jajaja. ¡Nos vemos prontoooo! ^^