Capítulo V: Solsticio

"Un comienzo no desaparece nunca, ni siquiera con un final" Harry Mulisch

— Prometí no decírtelo pero: te lo dije

Kagome se mordió el labio tratando de soportar el dolor. Sus dientes apretaron fuertemente la zona, aunque lastimosamente dejo escapar un bajo gemido. La venda de color piel apretaba su mano y muñeca con fuerza.

— Deberíamos ir a un medico —musito Sango mientras terminaba de ajustar por completo la venda en la mano de su amiga. Observo un momento el rostro compungido de ella— Solo para asegurarnos en todo caso

— No, así está bien

Sango bufo cansadamente y soltó la mano de la pelinegra al terminar el trabajo.

— Voy por un vaso de agua y un analgésico —se reincorporo sin más y salio disparada directo hacia la cocina.

Kagome inspecciono su mano vendada. Dolía, pero no tanto como el raspón en su rodilla. No es que lo que tuviera fuera algo grave como para asistir a un medico por algo así, era una niñería… solo una tontería.

Un raspón y una torcedura en su mano no eran la gran cosa.

El tiempo curaría el raspón en su rodilla, y la venda junto con los analgésicos harían lo suyo a favor de su mano.

Problema solucionado.

Kaede

El rostro asombrado y consternado de la anciana mujer se reflejo en su mente. Sus ojos castaños ya sin el brillo de la juventud, pero aun así determinados. El cuerpo de mediana estatura que había adquiero una agilidad imprevista mientras se interponía entre ella y el guardia de seguridad que la había lanzado al piso sin ninguna delicadeza, ganándose en ese momento el raspón en la rodilla y la torcedura en su muñeca al estrellar fuertemente contra la acera.

Los improperios que habían salido de su boca hacia Inuyasha por permitir semejante atropello. Los mismo que luego se habían convertidos en ruegos.

Kaede se había quedado junto a ella, pese a la única palabra que él había lanzado en forma de amenaza hacia la mujer, o hacia ella.

Considérate despedida, anciana

¿Cómo olvidarlo?

Pero Kaede lo enfrento, no solo con sus palabras y su mirada; lo enfrento de una forma que ni siquiera ella misma conocía. No se movió ni un ápice de su lado, incluso se había arrodillado junto a ella.

Inuyasha… Inuyasha. Jamás se olvidaría de su mirada envenenada, o del rictus en su cara. Como si ella no mereciera respirar el mismo aire que él respiraba, como si… como si la odiara.

Él la odiaba.

Ni siquiera había mostrado una mueca de debilidad cuando grito el nombre de su madre, lo único que pudo decirle en realidad, antes de verse en el piso cuando intento dar un paso hacia él aun dubitativa.

Su rostro se descompuso solo al escucharla.

¿Dónde estaba aquel hombre que ella conocía de antaño?

Tal vez estaba camuflado en el traje negro y impoluto de empresario que portaba junto aquellos zapatos, de seguro, italianos. O tal vez solo estaba bajo la fría mirada con la que la observaba.

O tal vez ya ni siquiera existiera.

Siempre voy a cuidarte, Kag

— Mentiroso… —exteriorizo con dolor manteniendo la mirada perdida aun en su mal estrecha mano.

Cerró fuertemente los ojos y se obligo a no llorar, no lloraría por alguien que no valía la pena. No había valido sus lágrimas, y no las valdría ahora.

Él ya no podía lastimarla. Estaba fuera de su vida.

Había sido una tontería haber intentado hablar con él, Sango se lo advirtió, incluso la propia Kaede; pero ella tenía que comprobarlo por sus propios ojos. Tenía que verlo.

Creyó que después de tanto tiempo, tal vez aceptara escucharla por lo menos; aunque fuera por las viejas épocas.

Nunca había estado más equivocada en toda su vida.

El hombre que hoy contemplo, no era la sombra siquiera del que ella había conocido. No era absolutamente nada, pero aun así no podía evitar que la tristeza la embargara.

Verlo era como mancillar su recuerdo, el recuerdo del viejo Inuyasha, del hombre tosco, celoso e impulsivo; pero gentil y amable… cariñoso.

Por Kami, como dolía que de él ya no quedara nada.

— ¿Kagome?

La joven se sobresalto levemente, no la había escuchado llegar. ¿Hacia cuanto estaba ahí?

Sango le extendió el vaso de agua y el analgésico sin hablar. Kagome se lo agradeció en silencio. Contener a Sango no había sido fácil, pero lo había logrado pese a darse por vencida en un momento.

Sango aborrecía a Inuyasha, y mucho más ahora.

— ¿Cómo te sientes? —se aventuro pausadamente a preguntar mientras miraba inquisidoramente como su amiga ingería el último sorbo de agua.

— Bien —respondió Kagome luego de alejarse el vaso de los labios— Seguro que el dolor de mi mano se calmara ahora

Sonrío para complacerla, mientras jugueteaba intranquila con el dichoso objeto con su mano sana.

Un incomodo silencio se produjo entre ambas.

Sango noto como Kagome descendía levemente la mirada y volvía a dejar toda su atención puesta en el vaso. El aire de la habitación era denso incluyo para ella, pero esto debía terminar.

Por suplicas de Kagome era que no estaba saliendo por esa puerta a buscar a aquel bastardo desgraciado.

Merecía que una manada de lobos hambrientos se lo devoraba… solo para empezar.

Se arrepentía de no haberla acompañado, pero es que ella ¡Era tan testaruda! Si hubiera estado, las cosas hubieran sido diferentes.

No iba a obligarlo a cooperar, pero a escucharla si.

Inuyasha Taisho no era una persona diferente a ella o a Kagome. Solo por tener un apellido importante, o unos cuantos millones en alguna cuenta bancaria no lo hacía diferente.

Él era un igual, le pasara a quien le pesara; y le importaba muy poco las estadísticas sociales en este momento.

Era un…

— La mujer… la mujer que lo acompañaba…

La voz queda de Kagome corto el hilo de sus pensamientos abruptamente. El sonido que emitía era forzoso, y hasta su respiración se había vuelto irregular.

— La reconocí —concluyo, alzando sus ojos y buscando los de su amiga.

— ¿Quién? —musito ahogadamente. No le agradaba la sombra que se había colocado en la mirada de Kagome.

Ella frunció los labios levemente, como si obligara a su propia voz a hablar. Termino sonriendo con tristeza mientras sus dedos tocaban el frío cristal en una caricia lenta, consoladora.

— Kikyou —modulo lentamente.

Sango sintió la furia volver a bullir en su venas.

La amiga de Inuyasha. Ella jamás se había tragado ese cuento; pero Kagome… ella era un tema completamente diferente.

— Estoy en lo correcto al decir que no intento nada ¿Cierto?

Kagome casi se rió ante el tono de voz de la joven. Kikyou nunca le había gustado.

— Tampoco es que pudiera hacer mucho

— Oh, claro… por supuesto —arrastro entre dientes Sango. Era el colmo que intentara defenderla

La dueña de casa volvió a desaparecer de la habitación, Kagome ni siquiera intento retenerla. Suponía lo que por su cabeza estaba pasando, y Sango estaba absolutamente equivocada. El que aquella mujer se encontrara solo era un detalle irrelevante, verdaderamente no le importaba.

Quería comunicarse con Kaede, saber algo de ella; pero era una maniobra demasiado arriesgada, suponiendo que supiera donde encontrarla. Si Inuyasha no cumplía su palabra, Kaede solo podía estar en un lugar; pero ni aunque fuera la única parte habitable en el planeta se atrevería a ir.

Arriesgado, más aun que su jugada de hacia unas horas. Aquella pequeña mujer era lo único que le importaba.

Lo único rescatable.

Kagome dejo el vaso sobre la mesa dando un fuerte suspiro. Curvo los labios al escuchar el sonido, proveniente de la cocina, que provocaban los mal disimulados gritos de Sango.

Todo se mejoraría, debía confiar. Tenía una madre y un hermano por quien luchar.

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Kagome creyó que ese día en particular era extrañamente diferente.

Se había despertado con ese sentimiento, que solo aumentaba a medida que el tiempo transcurría con una inquietante lentitud.

Souta se había despertado al primer llamado, sin mostrar el normalmente berrinche. La saludo sin bostezar y no emitió comentario en todo el desayuno, salvo para preguntar si partiría directamente hacia el hospital.

Tampoco Sango no la había telefoneado como todas las mañana y pese a eso, el teléfono no había dejado de sonar durante casi todo el desayuno.

No tuvo el acostumbrado congestionamiento de la hora pico en la calle a primera hora de la mañana.

Casi tuvo que obligar a su propio cuerpo a moverse para traspasar las puertas automáticas de la clínica.

La recepción estaba vacía salvo por Ayame que le regalo una esquiva mirada antes de volver a concentrarse en la llamada que estaba atendiendo.

Parecía como si el mundo se hubiera detenido.

— Señorita Higurashi

La voz jadeante de Keiko y el sonido de sus apresurados pasos contra la cerámica blanca del piso captaron por completo su atención. Le llamo sumamente el rostro en extremo colorado y el caminar más apresurado que de costumbre.

Inclusive observo por el rabillo del ojo como por un momento Ayame había puesto toda su concentración en la mujer que era su compañera en aquella área. Pestaño un par de veces y fruncir el entre cejo, antes de volver a su anterior tarea.

— Keiko —pensó que tenía que recibir entre sus brazos el cuerpo de la mujer, pero antes de que sucediera ella se detuvo justo a tres centímetros de distancia. Jadeaba sonoramente por la boca y era desigual su respirar— ¡¿Qué sucede? —pregunto alarmada.

Jamás había visto a Keiko en ese estado, y era de saberse que la fluidez de sus rápidos movimientos nunca le causarían semejando cambio en su organismo. Ella muchas veces debía apresurar el paso para alcanzarla entre los pasillos, y eso que visiblemente era mas joven.

— É-él doctor Takayama y… —balbució mientras intentaba respirar por la boca. Kami ¡Debía detener esto!—… él señor Taisho di-dice conocerla… quiere ver a su madre y el doctor…

Kagome abrió los ojos de golpe.

¡Inuyasa!

Un escalofrío la recorrió por completo, ¡Oh, esto no estaba pasando! ¡¿Qué hacia Inuyasha aquí? Y por el amor a Kami-sama, Kouga trabaja en este lugar y ellos se odiaban… se aborrecían por completo.

Ni siquiera omitió palabra, alarmada hasta la raíz de los cabellos, corrió por el pasillo hacia la sala donde su madre se encontraba. No reparo si Keiko estaba siguiendo sus pasos, tampoco le importo, aunque si llegaba a salirse de control necesitaría ayuda. Kouga era un hombre paciente, pero Inuyasha logra sacar lo peor de él, y no quería que perdiera su empleo por una pelea.

¡Era una catástrofe!

Las voces elevadas hicieron que sus pies se movieran de prisa, paso el murallón de personas que se habían juntado como espectadores, y choco a la gran mayoría sin pedir disculpas mientras lograba abrirse paso.

Lo primero que noto fue el cuerpo levemente encorvado hacia delante de Kouga, lo suficiente listo para atacar y lo tenso de su musculatura. El siguiente vistazo fue su rostro, su mandíbula estaba igual de tensa y sus ojos celestes ardían con un brillo fiero y asesino. Hablaba con los dientes apretados y siseaba varias palabras. Apretaba con fuerza el parte médico, que seguro seria de su madre, en una mano. Casi podía escuchar las uñas clavarse en el papel.

Lo único que podía mirar del otro hombre que lo acompañaba, de igual estatura que él, era su espalda. El largo cabello negro como la misma noche cayendo por la misma y a su vez haciendo constante con el negro traje que vestía.

No era otro que Inuyasha.

Cuando vio a Kouga avanzar un pie con la mirada puesta en él supo que debía detenerlos en ese instante antes de que algo mayor sucediera.

— ¡Kouga! —grito, llamando la atención de ambos hombres y del grupo de personas que aumentaba en cantidad para tener en primera plana una exclusiva de la pelea.

Las facciones del doctor se relajaron al ver el rostro de la mujer, pero aun así la intensidad de su mirada no disminuyo. Los ojos de la joven se desviaron hacia su acompañante, por un momento noto como la respiración se le cortaba y sus labios se entre abrían levemente. Ella retomo la compostura rápidamente y lo miro decidida, mientras lograba por fin alcanzarlos y sujetar con cuidado, con una de sus manos, el brazo de Kouga.

— ¿Qué haces aquí? —inquirió con voz filosa Kagome.

Él se permitió observarla. Estaba igual a como la recordaba, incluso más bella aún que la última vez que la vio. Sus ojos chocolates lo observaban con aquella mirada altiva y orgullosa que solo lograba cuando se enfadaba. Retándolo solamente con sus ojos, orillándolo como siempre a un mar de sensación en los que se sentía vulnerable y desorientado; bajando por completo sus barreras.

Volviéndolo absolutamente nada.

Noto el respirar irregular gracias el vaivén discordante de su pecho, y también como ella sujetaba con fuerza el brazo del doctor arrugando la zona.

Toda una pequeña fierecilla.

— Deseaba ver a Sonomi —respondió pausadamente. Sonriendo tranquilo y casual.

La joven creyó que el estomago iba a revolvérsele. Inuyasha la observa fijamente, de una forma tan amena que le congelaba la sangre, solo le causaba reticencia su presencia.

Hacia unos días la mirada de él era gélida, propia de un glasear. Tan fría y carente de sentimientos para con ella. Era imposible que ahora poseyera una personalidad voluble, aunque algo en su interior le decía que éste Inuyasha podría esperar cualquier cosa.

Pese a la voz en su interior, el notorio cambio de actitud no le gustaba.

— Solo… vete —siseo con los dientes apretados Kouga.

Kagome apretó ligeramente más fuerte su brazo para intentar tranquilizarlo. No iba a permitir que la presencia de aquel hombre le causara problemas a él.

La familia de Inuyasha siempre había estado en una posición social más alta que la de ellos, además de ser una de las familias más influenciables de Tokio.

Conocía al padre de Inuyasha, y éste, jamás había utilizado su poder; pero ahora, el mando de la empresa recaía en su hijo, junto a su influencia. Era el hombre más reconocido y respetado en todo Tokio, y él ya no era el mismo joven idealista que se había enamorado años atrás.

Inuyasha no titubearía en deshacerse de Kouga.

Las comisuras de los labios del magnate volvieron a alzarse.

— No

Kouga perdió por completo los escrúpulos y casi logro abalanzarse contra su objetivo. Kagome se movió rápido, interponiéndose entre el cuerpo de ambos y presionando sus pequeñas manos contra el pecho de su amigo. Lo escucho gruñir fieramente y, sin verlo, sospecho la sonrisa socarrona que Inuyasha estaba formando con sus labios.

— ¡No hagas esto! —le aspecto la mujer por lo bajo mientras pretendía mover el cuerpo de Kouga. Era como intentar arrastrar una pared de concreto. Imposible— N-no lo…hagas

Él se dejo arrastrar, logrando dar solo cinco pasos hacia atrás. Kagome jadeaba con violencia.

— Vete —susurro decidida y él la miro alarmado, como si la sola idea fuera una locura. Ella trago fuertemente y observo levemente tras su espalda… él sonreirá— Yo me encargo

Kouga sujeto su rostro, de la misma forma que siempre lo había hecho.

— No te dejare sola con él. Ni siquiera lo pienses

— Puedo con esto —aseguro, aferrando las manos de Kouga y alejándolas de su rostro— No sucederá nada, él no podrá hacer nada aquí

— Jamás me gusto —soltó al final con fiereza y contemplo por un segundo a aquel repulsivo hombre— Trama algo

Kagome guardo silencio un momento. Sí, ella sospechaba lo mismo. Algo en la mirada de Inuyasha le decía aquello.

Al parecer sí la había escuchado la vez anterior, y estaba completamente segura que sus influencias lo ayudaron a obtener la información que buscaba.

¡Oh, porque ella no lo dudaba! Él estaba ahí por eso… gracias a sus influencias.

— Confía en mí —fue todo lo que Kagome pudo decir, suplicando para que Kouga la comprendiera.

La mandíbula del hombre se contrajo, y murmuro algo inteligible incluyo para ella que se encontraba a su lado. Relajo los hombros y se alejo del cuerpo de la mujer, dándole una mirada derrotada.

Kagome siempre había querido resolver todo por su cuenta. Odiaba tener que depender de alguien, incluso de su familia o amigos más cercanos.

Las cuerdas invisibles que sujetaban sus pies al suelo parecían no querer soltarlo. Con desprecio contenido se alejo a paso lento obligando a su propio cuerpo a moverse. Odiaba a ese hombre, y si pretendía poner una mano encima a Kagome, no le importaba perder su reputación o titulo. ¡Nadie iba a tocarla!

La joven azabache dejo escapar un suspiro por medio de sus labios viendo como Kouga se alejaba doblando el pasillo, luego de que la muralla de personas perdiera el interés. La tensión en el ambiente la había abstraído totalmente, olvidando que ella era parte del espectáculo.

Recobrando la compostura se armo de valor para enfrentarlo, esta vez sin intermediarios de por medio. Confiaba que Inuyasha, por mucho que la odiara, no haría ningún movimiento en falso.

Voltio y lo enfrento. Su estomago se contrajo nerviosamente esta vez a observar las facciones de su rostro por completo.

Ya no sonreirá, y los ojos de él parecían brillar de forma extraña. Animal, instintiva al igual que calculadora.

Ella podía ver el fluyo de ideas que corría, de seguro, a gran vertiginosidad en su mente en los ojos dorados… en aquellos tan característicos ojos dorados.

— ¿Por qué estás aquí?

Vergonzosamente la voz le salió estrangulada, reflejando el nerviosismo que intentaba ocultar con altivez al saberse solas con él. Inuyasha siempre la había apabullado con la fuerza de su aura, aquel magnetismo que ella no había sabido encontrar otra definición que demoniaco.

Estuvo a punto de temblar cuando lo vio caminar tranquilamente hacia ella, con los ojos puestos en los suyos quemándola con la intensidad de su mirada. Él se detuvo demasiado cerca, casi invadiendo su espacio personal, sintiendo la fragancia masculina llenar sus sentidos.

— Debemos hablar, Kagome —susurro en respuesta.

Incluso, a él le provoco demasiadas sensaciones al dejar escapar su nombre. Sentimientos que oculto mientras ella separaba ligeramente sus labios con la mirada entre incrédula y sorprendida.

Mentalmente sonrío complacido al notar su reacción.

Ella no se negaría. Replicaría, e intentaría sacar la mayor información; pero al final lograría lo que quería. Ya casi podía tocarlo.

Sí, aquello era un comienzo…podía sentirlo.

Continuara...


¿Un nombre más raro para el capítulo? Mmm... ¡No! XD. Mientras vuelvo de mi delirio místico (?), al que lo adjudico por sueño, ¡Hola a todos los lectores!. Volviendo hoy con un cáp medianamente pasable. Por suerte el ánimo ya está mejor y arrancamos un nuevo mes donde vivimos, cada cuatro años, la copa del mundo. Es mi septo campeonato mundial, contando con éste, aunque solo recuerdo desde Francia 98. No es que sea "mujer futbolera", pero cuando juega la selección este tipo de campeonatos los miro. Se paraliza un país, especialmente el nuestro XD. Argentina es un país demasiado fanático con ese deporte U.U

Solsticio... ¿Por qué? Porque lo relacione al comienzo. Se llama solsticio al comienzo del verano o al comienzo del invierno, dependiendo del lugar del planeta donde se encuentren; las fechas del inicio del verano y del invierno cambian. Pero en sí, el solsticio marca el comienzo de aquellas dos estaciones. Así que yo lo tome por el lado del inicio, porque a partir de éste cáp es de donde todo comienza. Una amiga pensó que estaba loca cuando le comente hace una semana como se llamaría el cáp XD.

En fin, gracias por lo reviews y por las lindas palabras en ellos, de verdad que se les agradece de corazón. También gracias a todos los lectores silenciosos por perder un poco de su tiempo y leer, por los favoritos, alertas, etc. Gracias de verdad por entender la demora.

Cuídense mucho. Que pasen una agradable y tranquila semana.

Saludos enormes.

Lis-Sama