Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, solo la trama es mía.


-Capítulo 5-

Verano de 2013

— ¿La abuela te dio calabazas? —pregunté, entretenido, sin poder evitar reírme. Pero el abuelo también lo hacía, por lo que supuse que no estaba mal que lo hiciera.

—Sí, me dejó completamente descolocado.

— ¿Te enamoraste de ella nada más verla?

—Me enamoré de ella con el tiempo, pero es verdad que nada más verla sentí una especie de conexión con ella. Quería pasar tiempo a su lado y conocerla más, pero no me lo puso nada fácil.

Sonreí y después bostecé, sintiéndome cansado.

—Madre mía, qué tarde es —comentó el abuelo mirando su reloj de muñeca—. Es hora de irse a dormir, Ben.

— ¿Ya?

—Son casi las doce de la noche.

Abrí mucho los ojos, sorprendido, pues ni siquiera me había percatado de que el tiempo pasaba tan deprisa, tan concentrado que estaba en la historia del abuelo.

—Si quieres mañana te explicaré algo más —me prometió él guiñándome un ojo y acariciándome el cabello. Por alguna razón dejé que lo hiciera a pesar de que el gesto no me entusiasmaba.

—Vale. Buenas noches —me despedí de él cuando lo vi quedarse sentado en la silla, como si necesitara tiempo para salir de aquella habitación tan llena de recuerdos.

—Buenas noches, Ben. Que duermas bien —me deseó con una sonrisa cálida y llena de afecto.

Asentí, algo turbado, y fui al cuarto de baño para después ponerme el pijama y meterme en la cama. Una vez allí quise rememorar lo que me había contado el abuelo, pero estaba tan cansado que en menos de diez minutos me quedé profundamente dormido.

A la mañana siguiente me desperté a causa del graznido de una gaviota que sonó demasiado cerca de mi ventana. Al principio me costó recordar dónde estaba, pero ver el mar desde mi cama me puso de buen humor de manera instantánea, por lo que me desperecé, me vestí y fui directo al cuarto de baño para lavarme la cara. Al terminar bajé al primer piso y me encontré al abuelo sentado en su sillón leyendo un libro.

—Buenos días, Ben. ¿Qué tal has dormido? —me preguntó dejando la novela que estaba leyendo en la mesita del café.

—Bien. Estaba más cansado de lo que pensaba.

—Claro, el viaje de Nueva York aquí y la tarde en la playa te pasaron factura. ¿Qué te apetece desayunar?

—Un zumo y unas galletas estará bien.

—Perfecto. Se te han pegado un poco las sábanas, ¿eh? Son casi las once y media.

Abrí mucho los ojos, pues en casa solía estar en pie a las diez, pero me dije que no importaba. Estaba de vacaciones.

Seguí al abuelo hasta la cocina para ayudarle a preparar el desayuno pero no me dejó, por lo que volví al salón y me puse a ver la televisión un rato. Tras desayunar el abuelo me propuso ir al pueblo a hacer unas compras, y como no tenía nada mejor que hacer lo acompañé. Fuimos andando, pues Montauk era lo bastante pequeño como para no tener que ir en coche a ninguna parte, y charlando animadamente de temas banales. El abuelo entró en un supermercado diminuto en el que no tenían ni aire acondicionado, por lo que tras aguantar cinco minutos allí dentro le dije al abuelo que le esperaba fuera. Me senté en un bordillo a la sombra a esperarle, y estaba pensando en mis padres y en lo que estarían haciendo en ese instante cuando noté que algo me golpeaba en la espalda. Me di la vuelta con el ceño fruncido para quejarme cuando me encontré con una niña morena con el cabello recogido en una larga trenza mirándome preocupada.

—Lo siento, te he dado una patada sin querer —se excusó, avergonzada.

—Es igual, no me ha dolido —murmuré poniéndome en pie, quedando así cara a cara con ella.

— ¿Seguro? No miraba por dónde iba y…

—En serio, no te preocupes.

Ella me sonrió, más tranquila, y después arrugó la nariz.

—No eres de aquí, ¿verdad?

—No. Soy de Nueva York, he venido para quedarme con mi abuelo unos cuantos días.

—Qué guay. Yo tampoco soy de aquí, sino de Philadelphia. Vengo todos los veranos a pasar una semana con mis tíos; por eso te he preguntado, porque no me suena tu cara.

— ¿Te gusta venir aquí cada año? Quiero decir… ¿no te parece… aburrido?

—No, ya estoy acostumbrada. Me gusta pasar una semana aquí, tranquila.

Me sorprendió que alguien de más o menos mi edad disfrutara en Montauk, pero me dije que cada uno tenía sus gustos.

—Me llamo Annie, ¿y tú? —se presentó amigablemente.

—Ben.

— ¿Cuántos años tienes?

—Doce, el año que viene cumpliré los trece. ¿Y tú?

—Once—me respondió con una sonrisa interesante—. Si quieres podemos ir a la playa alguna tarde.

—Sí, mi abuelo vive justo enfrente, así que cuando quieras.

En aquel instante el aludido salió del supermercado y se acercó a nosotros cargado con algunas bolsas.

—Siento haberte hecho esperar, Ben, pero ya veo que has hecho una amiga —comentó mirando a mi acompañante con una agradable sonrisa.

—Sí, se llama Annie. Viene a Montauk todos los veranos.

— ¿Ah, sí?

—Sí, me quedo con mis tíos durante una semana. Llegué ayer.

—Como Ben, entonces. Si te apetece venir a merendar a casa alguna tarde para hacernos compañía, mi casa es aquella de allí —le dijo señalándole el edificio blanco situado junto a la playa.

—Sí, gracias. Ahora he de ir a comprar, que mi tía se preocupará si tardo. Ya nos veremos, Ben.

—Vale. Hasta pronto —respondí mirándola hasta que entró en el supermercado y la perdí de vista. Cuando volví a la realidad me encontré con la mirada divertida del abuelo—. ¿Qué? —pregunté con el ceño fruncido.

—Nada. Tienes muy buen gusto.

Puse los ojos en blanco y él se echó a reír tendiéndome una de las bolsas para que la llevara yo.

—Anda ya.

—Es muy guapa. Y parece muy simpática.

— ¿Y qué?

—Sé amable con ella cuando la vuelvas a ver.

Bufé y comencé a caminar sintiendo los pasos y la risa del abuelo tras de mí.

— ¿Podemos cambiar de tema?

—Claro. ¿De qué quieres hablar?

—De lo que pasó entre la abuela y tú después de que te diera calabazas.

El abuelo volvió a reírse y siguió caminando a mi lado a paso lento.

—Eso sí te interesa, ¿verdad?

—Pues sí.

Cualquier cosa que no tuviera que ver conmigo ni con Annie, esa chica morena de ojos azules que, por algún motivo horrible de la vida, no terminaba de írseme de la cabeza.

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Mayo de 1969

Mordisqueé el lápiz que estaba usando en un vano intento por que me viniera la inspiración necesaria para escribir un artículo en condiciones. Llevaba quince minutos con un folio en blanco delante de las narices y nada, no encontraba la manera de empezar a escribir. Aparte de eso, me estaba esforzando de lo lindo por asegurarme a mí misma que aquel bloqueo mental no tenía nada que ver con cierto músico prepotente. Ya hacía una semana que les había hecho las fotografías a los Inequals, y la tarde del día siguiente le había enviado las imágenes al señor Vulturi. Había recibido su visto bueno para todas ellas, pues al parecer les habían encantado a todos, y el día anterior se había publicado el nuevo número de la revista con la entrevista y mis fotografías dentro. Por lo visto de momento se estaba vendiendo bien.

Aun así la inspiración me había abandonado y por el momento ni siquiera sabía cómo empezar a escribir el artículo, y eso que trataba de un tema que me llamaba la atención: una manifestación en contra de que se probaran productos cosméticos en animales.

El sonido del teléfono me sobresaltó, y miré el aparato con mala cara justo antes de que Kate respondiera.

—Sunset Magazine, ¿dígame? Sí, está aquí. ¿Quién la busca? —me hizo señales indicándome que era una llamada para mí y después frunció el ceño de manera exagerada—. De acuerdo… Ahora mismo se la paso —Kate me miró estupefacta y me tendió el teléfono tapando el transmisor con su mano.

— ¿Quién es?

—Un tal… cantante de tres al cuarto. Me ha dicho que ya sabrías quién es.

El lápiz que todavía sostenía en la mano se me resbaló de entre los dedos y se me abrieron los ojos al instante.

No podía ser.

No.

— ¿Quieres que cuelgue?

—No, no, dámelo —le pedí, nerviosa, sujetando el teléfono que me tendía Kate como si fuera una bomba—. ¿Hola?

Señorita Brandon, qué alegría me da oír su voz de nuevo.

La boca se me abrió casi hasta el suelo cuando finalmente comprendí que se trataba de Jasper. Una parte de mí no había querido creer que se trataba de él hasta entonces.

— ¿Qué… qué necesita?

Era consciente de que tanto Kate como James, quien había escuchado mi conversación con mi amiga, me miraban con una interrogación en el rostro sin entender nada de nada. Pero a mí me sucedía más o menos lo mismo.

Necesito ir a cenar con usted. ¿Acepta mi propuesta?

Era incapaz de creer que Jasper hubiera llamado a mi trabajo para esa tontería, y si no estuviera siendo observada por dos pares de ojos lo habría enviado al cuerno. Pero debía mantener las formas.

—No, no puedo. Estoy muy ocupada.

Venga, señorita Brandon, solo le pido unas cuantas horas de su tiempo. ¿Mañana por la noche?

—Le he dicho que no.

Espero que sepa que puedo pasarme la mañana llamándola; no me ha sido nada difícil encontrar el número de la revista: venía impreso en el sobre en el que le envió las fotografías a Marcus. Son geniales, por cierto.

—Gracias, pero… —me pasé una mano por el cabello, sintiéndome entre la espada y la pared. Y no me gustaba—. No puedo.

Por favor, Alice —escuchar su voz diciendo mi nombre me puso más nerviosa todavía, y era consciente de que al final terminaría diciéndole que sí—. Solo una noche. Lo pasaremos bien.

Respiré hondo y cerré los ojos, apretando con fuerza el auricular del teléfono.

—De acuerdo.

Gracias por aceptar. ¿Dónde te recojo? ¿En tu casa?

—No. Le daré una dirección… Apunte, por favor.

Ya tengo el lápiz y el papel preparados.

Puse los ojos en blanco ante su arrogancia. ¿Qué se había creído?

—Avenida 46, esquina con el Northern Bulevar.

Muy bien. ¿A las ocho y media?

—Sí.

Perfecto. Nos vemos mañana, señorita Brandon.

—Adiós.

Colgué el teléfono con un golpe seco y me percaté de que tanto Kate como James continuaban mirándome estupefactos.

— ¿Quién diantres era? —inquirió mi amiga a punto de echarse a reír, seguramente, ante mi cara de consternación.

—Eh… nadie. Se habían equivocado.

— ¿Se habían equivocado? ¿Y le has dado una dirección? —preguntó James con una ceja alzada.

—Sí. Claro.

James miró a Kate de reojo, indicándole que no me creía en absoluto, y mi amiga se encogió de hombros. Yo, por mi parte me puse en pie y fui a paso ligero al cuarto de baño a pensar. ¿Qué puñetas hacía ese hombre? ¿Quién se creía que era para llamarme al trabajo? Me encerré en uno de los cubículos y me senté sobre la tapa bajada del váter. Estaba loco. Y si se creía que me iba a conquistar de esa forma iba listo. No iba a ir. No tenía por qué. Me había puesto entre la espada y la pared y no tenía ningún derecho a hacerlo. No iría a cenar con él y mucho menos iba a meterme en su cama. No me iba a convertir en ninguna muesca más en el lecho de Jasper Whitlock por muy integrante de los Inequals que fuera. Ser famoso no le daba ningún derecho sobre mí ni sobre ninguna mujer, pero claro, estaba segura de que todas las mujeres de su alrededor se cortarían un brazo con tal de acostarse con él y poder contarlo más tarde en cualquier revista del corazón. Qué asco.

Me tapé el rostro con las manos y respiré hondo antes de salir del cubículo. Me lavé las manos y me remojé la nuca para refrescarme, pues ya empezaba a hacer calor. Y la llamada de Jasper no me había servido para enfriarme, al contrario. Pero no me iba a afectar. No iría a cenar con él y tarde o temprano terminaría dándose cuenta de que yo no era como las demás y que no me iba a dejar intimidar por su fama. Ni mucho menos.

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—Estás como una cabra —me reprendió Edward por enésima vez esa noche mientras yo me ponía la camisa.

—No he hecho nada malo.

— ¿No? Has acosado a esa chica.

Emmett se carcajeó al instante y yo no tardé en seguirle.

—No he acosado a nadie, pero quiero salir con ella y no encontré otra forma de hacerlo. Solo tengo su número del trabajo, ¿qué querías que hiciera? —protesté echándome loción en las manos, en el cuello y tras las orejas.

—Madurar, Jasper. Parece que no conoces a los periodistas.

—Ella no dirá nada.

—Ella no sé, pero cualquiera que os vea juntos esta noche empezará a especular y volveremos a tener a decenas de reporteros encima día sí y día también preguntándonos por vuestra relación. Parece que se te olvida que cualquier cosa que hagamos es analizada hasta el milímetro.

—Edward, hace años que eso es así, y me da la sensación de que eres tú el que no se acostumbra. Somos famosos, son los gajes del oficio.

—Claro, ¿no podemos divertirnos solo porque somos famosos? —se quejó Emmett dándole un sorbo a su botellín de cerveza.

Había quedado con Alice en treinta minutos y ya me estaba empezando a poner nervioso. ¿Desde cuándo me ponía nervioso por salir con una mujer? Que yo recordara, nunca. Bueno, sí, al principio de salir con Lucy, pero nada más. Por ese motivo intuía que Alice tenía algo especial y que disfrutaría de lo lindo conociéndola. No podía esperar para hacerlo.

—No es que no podamos divertirnos, es simplemente que debemos tener cuidado con lo que hacemos —repitió Edward por milésima vez en su vida. Era tan cauto que a veces era incluso aburrido.

—Edward, no me voy a acostar con ella en público, si es eso lo que te da miedo.

—Yo lo hice una vez —alzó la mano Emmett con una sonrisa de suficiencia en su rostro.

—Y lo hiciste genial porque no se enteró nadie —lo animé yo chocando mi palma contra la suya, echándonos a reír al segundo siguiente.

Edward resopló y se puso en pie para marcharse a su casa. Habíamos quedado los tres en la mía para terminar de retocar los acordes y la letra de nuestra última canción, pero en pocos minutos yo me iba a cenar con una chica preciosa y no tenía más tiempo para mis compañeros.

—Haz lo que quieras con ella, Jasper, pero sé discreto. Nos vemos, chicos —se despidió Edward de nosotros justo antes de abrir la puerta y marcharse.

—Yo también me voy, no quiero que llegues tarde a tu cita por mí —dijo Emmett estirando sus músculos antes de levantarse del sofá—. Por cierto, ¿llevas protección?

Miré a mi amigo con una ceja alzada y sonreí. ¿A qué venía esa pregunta? Como si no me conociera.

—Claro, aunque no creo que la necesite. Me da la sensación de que Alice no es de esas.

—Nunca se sabe. Y el alcohol juega malas pasadas a veces.

—No solo quiero acostarme con ella, para tu información.

—A ver si te nos vas a enamorar y el último cabeza loca del grupo voy a ser yo.

Me eché a reír de nuevo y le palmeé el hombro a mi amigo.

—Quién sabe lo que pasará. Ya os contaré.

—Muy bien. Disfrutad de la noche —se despidió Emmett tras ponerse la chaqueta y marcharse.

Diez minutos después salí de mi apartamento y me subí a mi coche dispuesto a pasar esa velada con una mujer de lo más interesante. No entendía exactamente por qué Alice había decidido que quedáramos justo en aquella avenida, en ningún lugar concreto, pero aparqué el vehículo en ella con cinco minutos de antelación y, mientras esperaba, me encendí un cigarrillo y escuché la radio. Esperé y esperé, pero por la calle solo veía a transeúntes y algún que otro vagabundo. Ni rastro de Alice.

Pasaron treinta minutos y comencé a preocuparme ante su ausencia. ¿Y si le había sucedido algo? Aunque quizá le había surgido alguna emergencia profesional… Siendo periodista, bien podría haber tenido que ir a cubrir algún acontecimiento importante. Además, no tenía mi número de teléfono… Pero tenía el de Marcus, y si realmente hubiera querido avisarme de que no iba a venir lo habría hecho. A las nueve y media, una hora más tarde de lo que habíamos quedado, empecé a comprender que Alice no iba a aparecer aquella noche. Pensé en llamar de nuevo a la revista, pero me dije que no valía la pena porque seguramente ella no estaría allí. Estaría en su casa riéndose de mí a carcajada limpia.

Arranqué de nuevo el coche y, de mal humor, subí el volumen de la radio casi al máximo. Alice me había dado calabazas y me había dejado plantado en una semana. Ahora me tocaba a mí coger el toro por los cuernos y sabía, muy en el fondo, que una parte de Alice me odiaría por lo que iba a hacer.


¡Holiiiii! Muahahaha, ya veis que esta Alice no se deja intimidar (o quizá es que tiene miedo de intentarlo por si al final cae en las redes de nuestro Jasper ;P). Pero en breves se pondrán los puntos sobre las íes. Espero que os haya gustado muuuucho el capítulo y que me dejéis vuestras opiniones para así saber cómo vamos.

Antes de marcharme quiero agradeceros a todas las que me dejasteis review diciéndome que os estaba gustando la historia, es que si no, no hay manera de que lo sepa y me preocupa subir algún fic que os aburra. Así que si eso pasa sentíos libres de decírmelo sin problema :D

¡Nos leemos el martes! Xo