Simplemente no puedo. No puedo sacarme esa maldita escena de la cabeza. Ha pasado tan sólo un día y no puedo dejar de pensar en lo ocurrido. Hasta soñé cómo Mikasa chupaba la sangre de una pobre chica que no tenía más de dieciséis años.
Diablos. Para colmo sólo faltaba un día más para poder verla nuevamente y no sé si podría contenerme para gritarle en la cara que la había visto.
Pero espera, no podía sacar conclusiones apresuradas, ¿o sí? ¿Qué tal si a ella sólo le gustaba tomar sangre humana por diversión?
No, no, no. No te excuses Levi.
Además, esa razón es ridícula.
Suspiré, pero esta vez no fue por puro fastidio, sino por no saber qué carajo hacer.
Eso, hasta que una idea vino a mi mente.
―Buscar información... ―me levanté de un salto de la cama y me abalancé sobre mi laptop. Nunca me habían interesado los mitos sobre los vampiros, me parecían realmente tontos, pero ahora los necesitaba urgentemente―. A ver, a ver... ¡Estúpido Google de mierda, carga más rápido! Ah, ya está. Muy bien, Google.
Me callé abruptamente al darme cuenta de lo que estaba diciendo; parecía un lunático. ¿Estaba hablando con Google? Demonios, es completamemte ridículo. Yo no soy así, se supone que soy serio y no me afectan tanto las cosas como a los demás. Pero, esto... Gracias a esto parecía una Hanji 2.0.
Me tranquilicé y tipié: Vampiros en Transilvania. En segundos aparecieron miles de resultados. Abrí la página que tenía más visitas y comencé a leer el artículo.
―Vampiros: Un vampiro es un muerto viviente dotado de una enorme fuerza y poder. Mantiene su inmortalidad bebiendo la sangre de seres vivos ―alto ahí. ¿Ella estaba muerta? ―. El vampiro conserva el mismo aspecto que tenía cuando estaba vivo, aunque los más observadores notarán una mirada distinta, más primaria, cruel y salvaje. Su cuerpo no proyecta sombra alguna y desaparece su reflejo en el espejo. Su máximo crecimiento se produjo entre los siglos XV y XVI en Europa, principalmente en Rumania y Hungría. De hecho, Transilvania, región central de Rumanía, es conocida por ser la cuna de los vampiros.
Leí unos párrafos más que hablaban sobre la relación que había con el parecido de la figura del murciélago y el vampiro, pero eso no lo creía mucho, me parecía estúpido que pudieran convertirse en una rata con alas.
Seguí leyendo y leyendo, hasta que encontré algo que me hizo tragar duro:
―Cómo matar a un vampiro ―leí en voz baja―. Se piensa que, para matar a un vampiro, hay que debilitarlo con artefactos religiosos: cruces, agua bendita, rosarios, etc. Luego, es 100% efectivo clavar una estaca en su corazón para que su segunda muerte se adueñe de él.
Al final del artículo, sólo estaban las palabras escritas "Espero que les guste mi teoría sobre los vampiros. ¡Nos vemos!"
Claramente, las personas pensaban que los vampiros eran un simple mito. Pero yo los había visto con mis propios ojos. Ellos existían o, en este caso, ella existía.
No sabía exactamente cuántos vampiros había en realidad, pero lo averiguaría tarde o temprano. De eso estaba completamente seguro.
Me hallaba decidido: ese miedo que se adueñó de mí la noche anterior había desaparecido por completo. Ya no me importaba a lo que podía llevarme mi curiosidad, simplemente quería saber. Anhelaba averiguar lo que nadie imaginaría que fuese real.
.
.
Ya era lunes por la mañana y había llegado temprano a la preparatoria, demasiado temprano sí puedo decir. Tenía que pensar todo lo que haría, cómo le diría, cuál sería su reacción al saberlo; de seguro intentaría atacarme, pero estaba preparado para eso con un crucifijo guardado en el bolsillo de mi pantalón. De seguro si alguien adivinara mis pensamientos, pensaría que estaba loco. Lo que yo también estaba comenzando a dudar desde que guardé esa cruz en la mañana.
―¿Pensando en cómo conquistar el mundo, enanín? ―Hanji se sentó a mi lado.
―Muy graciosa ―rodé los ojos ante el comentario.
―Ya, en serio. ¿Qué haces?
―Nada especial –respondí. Luego me di cuenta de que ella podría responder una de mis preguntas―. Ey, cuatro-ojos.
―¿Hmm? ―acunó su rostro entre sus manos, mirándome con completa atención.
―¿Qué sabes sobre los vampiros?
―¿Eh? ¿Vampiros? ¿Para qué quieres saber sobre eso? ―entrecerró los ojos.
―Es sólo..., que me causó curiosidad desde la otra vez que hablaste sobre el tema ―inventé, recordado que ella había bromeado, diciendo que Mikasa era un vampiro. Irónico, ¿no? ―. Sé que son un mito, pero no sé casi nada de ellos.
En los siguientes quince minutos me contó algo parecido a lo que ya sabía, por lo que su información no me sirvió para un carajo. "Colmillos filosos, piel pálida, velocidad, fuerza, crucifijos, agua bendita, sangre, etc, etc". Lo único que pudo servirme en esa plática fue algo relacionado con la hipnosis; al parecer podían amoldar tu mente a su antojo. Lo que sería un punto menos para mí, ya que podría alterar mis recuerdos.
Tuvimos que cortar la conversación cuando el profesor de Geografía entró al salón y nos interrumpió, así que nos vimos obligados a escuchar lo que decía y copiar lo que estaba escrito en la pizarra.
Veinte minutos después, me encontraba concentrado en resolver el tercer ejercicio, pero la puerta del salón se abrió. Levanté la vista y pude ver que una pelinegra entró por ella, quien le dio una mirada rápida al profesor y se sentó en su lugar como si nada.
¿Qué mierda estaba pasando? Se supone que el profesor Shaddis Keith regañaba a cualquiera que entrara tarde al salón, pero esta vez siguió escribiendo como si nada a pesar de haberla visto entrar y ni siquiera saludarlo. Esta era otra cosa que agregaría a mi lista de cosas confusas que pasan cuando la mocosa chupa sangre estaba cerca.
La miré por unos momentos sin ser consciente de que lo hacía. Si tan sólo supiera que su pequeña actuación se acabaría en pocas horas no estaría tan tranquila como para estar dibujando como siempre... Y otra vez la misma pregunta llegó a mi mente a pesar de que me encontrara en completo peligro cuando terminaran las clases: ¿Qué es lo que dibujaba?
Siempre la veía dibujar en el mismo maldito cuaderno. ¿Tan detallado era el dibujo como para que le cueste más de un mes terminarlo? Otra de las mil cosas que debía averiguar se agregó a la lista.
Sentía que los segundos se convertían en minutos, los minutos en horas y las horas en, ¿días? No lo sé, así lo sentía. Pero al final cada segundo tortuoso había valido la pena cuando todos estaban saliendo del salón para volver a sus casas.
Para mi suerte, Mikasa se había quedado acomodando unas hojas en su carpeta, por lo que me dirigí rápidamente a la puerta, la cerré con llave y la puse en el mismo bolsillo donde tenía la cruz. Qué ingenioso soy, ¿no?
En cuanto ella sintió el click del sonido de la puerta al cerrarse, inmediatamente volteó a mi dirección. Otra razón para confirmar que era un vampiro: su oído era sorprendente, ya que el ruido apenas se había escuchado y ella se encontraba lejos de la puerta.
―¿Qué quieres ahora? ―de nada le servía que se tapara la boca.
―Quiero hablar contigo otra vez ―traté de sonar casual, mientras me acercaba a ella lentamente.
―No puedo ahora. Estoy apurada ―intentó irse, pero mis palabras la detuvieron.
―No estarás apurada cuando sepas que ya sé tu secreto ―se quedó parada en su lugar sin mirarme.
―¿Secreto? ¿De qué hablas? ―preguntó aún sin voltearse.
―Veamos... ―lo solté finalmente―. ¿Sobre que eres un vampiro?
―¿Vampiro? ¿Estás loco? ―esta vez se volteó y la observé atentamente para ver su reacción. Estábamos a un metro de distancia y eso me lo facilitaba.
―Tal vez... O tal vez no. Dime... ¿Cómo crees reaccionaría la gente al enterarse de que la hermosa Mikasa le chupa la sangre a chicas y chicos inocentes a medianoche? Sabes, te vi el otro día.
―¿De qué hablas, idiota?―murmuró, por lo que apenas abrió su boca.
Pude ver cómo sus ojos iban cambiando de color.
Rojo...
Gris...
Rojo...
Gris...
― Luego tomas una navaja y le haces un corte en la misma parte de la mordedura ―sus ojos irradiaban ira. Cada vez el cambio de color se hacía más rápido―. Además, tus ojos en este momento se están poniendo ro...
No alcancé a terminar de hablar, ya que me tomó del cuello y en segundos me encontraba estampado contra el pizarrón. El golpe dolió, hasta hizo que la pizarra crujiera, pero no podía flaquear ahora.
―Estás imaginando cosas ―de pronto comenzó a susurrar unas palabras que no logré comprender, mientras me miraba fijamente a los ojos. Su expresión cambió de concentrada a desesperada―. ¡Demonios! ¿Por qué tú?
Hipnosis.
Pensé en lo que me había comentado Hanji inmediatamente. Podían alterar tu mente como a ellos se les diera la gana, pero al parecer no le estaba funcionando muy bien que digamos.
―¿Responderás mis preguntas? ¿O quieres que toda la preparatoria se entere de tu secre...? ―apretó mi cuello aún más, clavándome sus uñas.
―Si dices algo, te mato―me estaba dejando sin aire.
Abrió su boca amenazadoramente, dejándome ver sus afilados colmillos. Sus ojos estaban clavados en los míos y me di cuenta de inmediato de sus intenciones; su mirada desafiante y asesina sólo era un disfraz, detrás de ella había alguien que no quería hacerme daño. Por lo que solamente quedaba una cosa por confirmar:
―Haz...lo, má...mátame ahora ―apenas podía hablar.
Su mano se cerró mucho más fuerte alrededor de mi cuello. Sentía que en cualquier momento iba a perder el conocimiento. ¿Me habré equivocado y sólo era una asesina a la que no le importaba la vida de los demás?
«Yo... En serio, lo siento»
Recordé esas palabras que ella le pronunció a la chica que mordió hace unos días. Mikasa las había dicho a pesar de que la persona ya se encontraba inconsciente.
La chica frente a mí no era malvada. Estaba seguro de eso.
Agarré la mano de Mikasa como pude, apretándola levemente mientras la miraba con una expresión serena a pesar de que me estuviera quedando sin respirar. Ella, de a poco, comenzó a ablandar el agarre, hasta soltarme completamente.
Aire.
Caí de rodillas al piso mientras tosía y comencé de inmediato a tragar bocanadas de aire. Cuando al fin pude llenar mis pulmones y controlar mi respiración, volví a pararme y a observarla por unos momentos; estaba con la cabeza gacha, lo que hacía que su flequillo tapara sus ojos.
―Escúchame Mika... ―dije, pero me interrumpió.
―¿Por qué? ―preguntó volviendo a mirarme. Vi que sus ojos habían vuelto a la normalidad.
-¿Qué...?
―¿Por qué nada funciona contigo? ―en su mirada estaba grabada la desesperación.
―Oye, cálmate ―di un paso hacia adelante, pero ella retrocedió dos.
―¿Por qué? ¿Por qué no puedo leer tu mente? ¿Por qué no puedo hipnotizarte? ¿Por qué? ―otra vez, una mirada roja encontró la mía.
Dios. ¿No había algún manual que me diga cómo tranquilizar a un vampiro? Se veía realmente desesperada y yo no era muy bueno calmando a las personas, es más, era un verdadero asco.
―Mikasa ―desvió la mirada hacia otro lado―. Escúchame ―rocé su mandíbula con mis dedos, logrando que me mirara. Su piel, como la primera vez que la toqué, se encontraba completamente fría―. No voy a decirle a nadie de esto.
Me miró por unos segundos con esos ojos rojos que te hechizaban de simplemente mirarlos, como si estuvieras dentro de un incendio y no te importara en lo más mínimo quedarte allí mientras ardes. Esos hermosos ojos me miraron con desconfianza.
―Hablo en serio, Mikasa ―dije, observándola con una mirada serena. Y no mentía, no pensaba decirle a nadie sobre esto.
―¿De verdad? ―sus ojos volvieron a ser grises. Lo que hacía que me dejara fascinado y un poco extrañado de que eso fuera posible―. ¿Prometes no decirle a nadie?
―Claro. Pero todo tiene un precio. ¿No lo crees?
Ok, eso sonó un tanto comprometedor.
―¿Qué quieres a cambio de tu silencio?
―Que me dejes estar contigo ―respondí simplemente.
