–Atrás –susurró Izzy a sus espaldas–. Haced lo que yo os diga.

Dieron unos pasos atrás por puro instinto. A su alrededor, la gente se estaba dando cuenta poco a poco del recién llegado y comenzaban a apiñarse delante de ellos, impidiéndoles la visión. La música todavía seguía sonando y las luces recorrían enloquecidas la pista, indiferentes a la confusión y la inquietud que se había creado en unos segundos.

El intruso habló por primera vez.

–¿Por qué esas caras tan largas?

Su voz había resonado con bastante fuerza por toda la sala, como si hubiera estado justo al lado de Sora al decirlo. Y no fue eso lo que más la sobresaltó, sino el matiz agudo y enloquecido de su voz.

Como respuesta, los campistas retrocedieron más rápido y empezaron a dispersarse por todo el lugar, lo que permitió a Sora ver por primera vez al individuo.

Se quedó congelada al comprobar que era el horrible rostro que había visto pegado al cristal de una ventana en casa de Izzy. Para ese entonces todavía parecía humano. En la oscuridad de la estancia su rostro alargado y de un pálido cadáverico era visible entre todo lo demás. Sus mejillas estaban descarnadas, otorgándole un aspecto enfermizo, como si no hubiera comido nada en semanas. Su aspecto famélico hubiera despertado algo de compasión de no resultar tan aterrador. Sus labios, que eran de un fuerte color morado, como entumecidos por el frío, estaban húmedos por el constante fregado de su lengua descolorida, y tras ellos se asomaban dos incisivos blancos que se advertían de gran tamaño. La nariz larga y ligeramente arqueada parecía tener su propia sombra en los surcos negruzcos de alrededor de sus ojos, dos bolas azules que refulgían con demencia. Su calva era prominente, solo surcada por dos hileras de lacio cabello negro a ambos lados de su cabeza. Al caminar con grandes zancadas hacia la pista hacía ondear su largo abrigo de piel de oso gris.

Los campistas trataban de alejarse lo más posible del recién llegado, aunque había otros que se dejaban llevar por la curiosidad, en especial los nuevos, que se preguntaban si aquel extraño formaba parte de la velada. El resto perdían los nervios con rapidez y se movían caóticamente, empujándolos hacia las puertas. Izzy cogió a Sora por el brazo y la obligó a esconderse detrás de Matt y Tai. Se encararon todos durante unos instantes y discutieron con las cabezas pegadas, Matt volviendo a pasar una mano por el hombro de Sora para tranquilizarla, mientras que con la otra obligaba a su hermano a no separarse de él.

–Ocultad a Sora –murmuró Izzy rápidamente.

Abrió la boca para decir algo, pero el individuo volvió a hablar, esta vez con una voz atronadora que a todos les heló los huesos.

–¡Apaga la maldita música! –Ordenó a uno de los chicos que estaban cerca del equipo de música.

A duras penas el chico desconectó la regleta a la que estaban conectado todos los altavoces y las luces. Se hizo un silencio gélido y las los focos se apagaron, dejando la estancia al amparo de la fría luz de la luna.

–Esa música me estaba taladrando la cabeza –escupió–. Así está mucho mejor, ¿eh? Un ambiente íntimo para una ocasión especial.

Paseó sus ojos por toda la sala, que tenían un brillo todavía más lunático en la oscuridad de la caseta. Solo Sora se escapó de su examen visual, cobijada como estaba en una de las esquinas de la sala, franqueada por Tai y Matt y sujetada fuertemente del brazo por Izzy, que le devolvió la mirada y puso un dedo en sus labios para indicarle que callara. El hecho de que Izzy tomara tantas precauciones para con ella la estaba poniendo muy nerviosa.

–Bueno, bueno –continuó el hombre con tono juguetón– .Ahora que estamos todos, podemos comenzar a jugar. Nos lo vamos a pasar muy, muy bien.

Se rió histéricamente. Toda esperanza que hubo en que que aquello hubiera sido una farsa se esfumó. No era la risa de un comediante, ni de un payaso. Era la de un monstruo.

Una niña pequeña había comenzado a llorar ruidosamente. T.K también tenía ganas de hacerlo, pero hizo todo lo posible por contenerse. Su hermano lo cogía con fuerza del brazo y lo obligaba a retroceder, pero no era como cuando una vez lo defendió de su padre borracho; en ese momento simplemente se dejó llevar por la ira.

–Matt, ¿quién es ese? –Preguntó a su hermano en un murmullo acongojado.

Su hermano le dijo simplemente que callara. Matt había aprendido a ocultar muchas cosas, pero en aquel momento su miedo era visible aunque conservara esa pose chulesca que había desarrollado como método de defensa y que ya hacía casi por inercia.

El hombre avanzó más hacia la masa de gente aterrorizada, que se apilaba contra la pared. Sora se vio empujada a la pared por un chico. Dos os tres más hicieron presión sobre él y ella se quedó apretujada contra la pared, sin poder respirar. Izzy apartó de un empujón al chico para que Sora pudiera tomar aire.

–Jo-der, tío –gimió Tai, también atrapado entre el gentío.

Oyeron unos chasquidos a su izquierda seguidos de palabrotas y chillidos nerviosos. Algunos estaban intentando abrir la puerta de la entrada. Pateaban con desesperación la gruesa madera de roble, pero esta no se movía ni un milímetro.

Alguien prorrumpió en gritos. Era una voz que a Sora le resultaba familiar, pero a la que había costado reconocer, pues la teñía el miedo en su forma más pura. El hombre había cogido a Suzu, la amiga de Mimi, y se la estaba llevando al centro de la pista.

La silenció de un bofetón en la mejilla.

Sora tragó saliva, recordando lo exagerada que había sido cuando le dio un empujón. Tai se había separado de su lado de repente, y estaba tratando de hacerse paso entre la gente. En un arrojo de valentía y estupidez, pretendía enfrentarse al hombre, pero Izzy lo sujetó por la camisa, obligándolo a retroceder. Susurró algo en su oído que Sora no pudo oír, algo que hizo que se girara hacia ella, totalmente pálido, algo que de alguna forma lo convenció de lo que estaba a punto de hacer. Al ver la acción del muchacho, Sora se odió así misma por no haber tratado de hacer lo mismo que él. Pero sus piernas estaban temblando incontroladamente. Aún en aquella situación delicada, era inmoral actuar como ella lo estaba haciendo. Ni si quiera T.K parecía tan afectado como ella. Había algo terriblemente familiar en él. Parecía sacado de una pesadilla de su infancia que no lograba recordar. Caminó hasta coger una de las sillas y ponerla en medio de la pista, donde hizo sentar a Keiko. Sus botas de tacón resonando fuertemente. Triunfante, emocionado, como si hubiera estado acechando pacientemente en lo más profundo de su subconsciente para, libre finalmente, llevar su reinado de terror al mundo real.

–¿Cómo te llamas, guapa? –Preguntó, poniéndose de rodillas frente a ella. Visto de perfil, con su gran abrigo y sus largos incisivos se asemejaba a una rata gigante y monstruosa.

–Suzu –titubeó la chica.

–Bien, Keiko, me he fijado en que eres una chica muy bonita.

Dejó al descubierto por primera vez sus manos. Eran blancas y de dedos largos y huesudos. Una uña curva y sucia recorrió el estomago de Suzu, que había empezado a llorar. Siguió ascendiendo por su cuerpo, rasgando el fino vestido de seda que portaba, hasta pararse en uno de sus pechos, en los que se detuvo para recrearse.

–Casi tan bonita como ella –musitó como para sí mismo–. Pero ella será la última en jugar esta noche.

Sora sintió un escalofrío ascender por su espalda.

–¡No me haga daño, señor! –gimoteó lastimosamente Suzu.

–¡No, no, nadie ha dicho nada de hacer daño! –exclamó–. He venido a jugar, ¿tu quieres jugar, no? ¿O prefieres que te de otra cachetadita?

Como respuesta, Suzu se llevó las manos al rostro y se deshizo en llantos.

–He estado pensando en el juego mientras venía hacia aquí –continuó el hombre, ignorando los llantos de la chica–. Verás Suzu, tengo mucha hambre. Y me he sentido muy celoso al veros comer como cerdos obesos mientras yo me moría de hambre en el bosque. Soy animal de gustos refinados, y mi organismo solo puede aceptar platos muy selectos. Tu tarea consistirá en adivinar cuál de ellos es mi preferido –hizo una parada dramática, saboreando el momento, y añadió a continuación: –. De lo contrario, te mataré.

Suzu se le quedó mirando unos momentos con los ojos enrojecidos como platos. Para sorpresa de Sora, la chica no lloró de nuevo. Tensó la mandíbula y bajó la cabeza al suelo, conmocionada.

–Tienes un minuto, bonita –dijo el hombre con una sonrisa que reveló todavía más sus dientes delanteros.

–¿Carne? –Inquirió Suzu mientras una última lágrima descendía rápidamente por su barbilla.

–Oh, correcto –dijo. Por un momento los ojos de Suzu brillaron esperanzadores–. Pero tendrás que ser más específica con eso.

Toda la entereza que hubiera conservado la chica hasta el momento se esfumó de repente. Terminó por derrumbarse delante de todos. Se llevó de nuevo las manos a la cabeza y se estiró del cabello mientras mordía sus labios pintados de rosa, manchándose los dientes. Dirigió la mirada hacia el resto de campistas. Se podía percibir perfectamente el camino que habían recorrido sus lágrimas en la superficie maquillada de su rostro.

–¡Ayudadme! –Suplicó, aterrorizada.

Muchos de los chicos se quedaron mirando las cordoneras de sus zapatos, sin decir nada. Sus amigas lloraban silenciosamente, evitando mirarla. A Tai le temblaban las manos. Sora no supo si fue de la impotencia o del miedo.

–No creo que tengas el comodín del público para hacer eso –intervino el hombre con humor–. Sabes que es un tipo de carne y aún tienes dos oportunidades, ¡quizás puedas conseguirlo!

–¡Ciervo! –Exclamó con exasperación.

–Te has acercado bastante. Los ciervos son mi segunda comida preferida. Pero no te rindas, ¡todavía te queda una oportunidad!

–No, no, no –dijo en un hilo de voz–. No puede ser verdad. ¡Esto no está pasando! –Exclamó, con una angustia tan visceral que puso los pelos de punta a todos los presentes.

Y comenzó a negar con la cabeza, como ida. Mientras tanto, el hombre asentía con felicidad.

Entonces Suzu se quedó muy quieta, con los ojos como platos. Cuando todos pensaron que finalmente había sucumbido a la tortura psicológica, la chica habló de nuevo, recobrando un poco las fuerzas.

–Comes... personas.

–Exacto –respondió abriendo mucho sus ojos azules, hambrientos y enfermos–. Especialmente niños.

Suzu había emitido un grito desgarrado hasta límites inhumanos cuando el hombre se acercó velozmente a ella y clavó sus dientes en alguna parte de su rostro. La silla cedió y ambos calleron al suelo, el largo abrigo de piel de oso gris ocultando las convulsiones de ambos. Un charco de sangre apareció por debajo del abrigo mientras los gritos de Suzu se hacían cada vez menos audibles.

A Sora no le dio tiempo a levantarse y seguir a los otros. La gente había empezado a correr confusamente en todas las direcciones, haciendo que perdiera de vista a Tai e Izzy. Trató de llegar hasta Matt, que había cogido de la mano a su hermano y corría hacia ella, pero alguien la empujó, tirándola de nuevo al suelo y perdiendo de vista a su amigo, que no paraba de gritar su nombre en alguna parte de la sala. Un chico se tropezó con ella y se estampó contra una ventana, rompiéndose la nariz y provocando una rotura en el cristal. Sin pararse si quiera a recomponerse del golpe, comenzó a golpear con sus puños el cristal, provocando más quiebres.

Sora se pudo incorporar al fin. Miró a su alrededor para ver si encontraba una silla o algo duro con lo que ayudar al chico a romper la ventana. Lo único que estaba a su alcance era la silla con la que el hombre había interrogado a Suzu, en medio de la pista. Sora sintió un escalofrío al llevar al vista allí: la chica estaba penosamente tirada en un charco de sangre de considerable tamaño. La mueca de terror de su rostro se había congelado para siempre. No obstante, lo que más le inquietó de todo era que había perdido de vista a su asesino.

Unos gritos a su espalda le avisaron de su posición. El chico con el que se había tropezado estaba suspendido en el aire, con la cabeza dormida y los ojos cerrados en una extraña posición. En el suelo había tiradas un grupo de chicas que Sora reconoció como amigas de Mimi, mirando con horror al chico que flotaba en el aire. Contuvo la respiración al comprobar que el chico no estaba flotando realmente, sino que estaba siendo agarrado por la espalda, donde llegaba la luz, por un brazo largo y huesudo. El hombre se acercó más a la ventana y Sora pudo comprobar con horror que había sufrido una especie de metamorfosis. Le pareció que había crecido al menos un metro, porque el abrigo colgaba a mucha distancia del suelo, llegando a las rodillas de unas piernas largas y arqueadas, como de insecto. Se había vuelto todavía más pálido y delgado. Su cara seguía teniendo el mismo tamaño, pero sus rasgos se habían animalizado todavía más. La nariz y el cabello había desaparecido, siendo sustituido por unos finos hilos de plata que relucían a la luz de la luna. Los ojos habían aumentado de tamaño y se habían ovalado. Desaparecida la esclotérica se asemejaban a dos grandes y terribles faros azules.Y su boca... su boca estaba abierta y debía medir por lo menos cuarenta centímetros. Cuatro grandes dientes sobresalían entre el resto y se acercaban cada vez más a la cabeza del chico.

Tai la obligó a volver a la realidad tirando de su brazo y gritándole unas cosas que no pudo oír debido al escándalo. Juntos se hicieron paso entre la multitud, recibiendo empujones y codazos a su paso. El fornido amigo de Takashi apareció de la nada y se estampó contra Tai, cayendo sobre él. Sora gritó angustiada y lo ayudó a levantarse, tropezándose con sus tacones en el intento. Cogió a Tai y lo obligó a andar.

–Tenemos que ir a la cocina –indicó Tai, masajeándose rápidamente la cabeza dolorida por el cabezazo que acababa de recibir.

Alguien salió despedido en el aire por delante de ellos para acabar estrellado contra la pared. Hubiera parecido una imagen cómica de no haber sido por el rastro de sangre que dejó en la pared cuando cayó. Antes de tocar el suelo, vieron como el monstruo se abalanzaba sobe él. El chillido del monstruo y los gritos del adolescente se mezclaron en una horrible sinfonía.

Aprovechando el breve instante en el que el monstruo devoraba a su presa, se lanzaron hacia la puerta de la cocina, que no estaba a más de cinco metros de ellos. Sorprendentemente, a nadie se le había ocurrido entrar allí. Giró el manillar y encontró la razón por el que nadie había intentado meterse.

–¡Está cerrada! –Gritó con desesperación.

–¡Izzy, soy yo! –Exclamó Tai.

La puerta se abrió súbitamente y los dos entraron a toda velocidad. Cuando se giraron, vieron a Izzy cerrarla rápidamente con llave.

–¡Sora, menos mal que estás viva! –Exclamó Matt, abrazándola por detrás.

–Ya tendréis tiempo de hacer esto en otro momento –terció Joe, malhumorado pero visiblemente asustado–. Ahora salgamos de aquí.

–Por la trampilla –les indicó Izzy.

Al fondo de la cocina, en el suelo, un trozo de madera del suelo estaba levantado, revelando un oscuro pasadizo.