Entre gritos y gritos mudos

Gritos, gritos y más gritos atravesaban las paredes de mi habitación. Era como si estuviese contigo y con madre en el piso de abajo, junto al tapiz.

Todo había sido desencadenado por la huida de Andrómeda con ese muggle, la causa de que hubiese sido tachada del tapiz.

No era la primera ni iba a ser la última. Lo sabías. Claro que lo sabías, todos lo sabíamos, pero yo no quería creerlo. Prefería vivir engañado, negándome la verdad, aunque tus acciones se empeñaran en hacérmelo cada vez más complicado.

Aquel día no fue distinto; seguí repitiéndome que tu rebeldía no tenía causa, que sólo era para llevar la contraria. Pero había algo, entre vuestro tono de voz y la dureza de vuestras palabras, que hacía apreciar que no era como las demás discusiones.

No recuerdo las palabras exactas de lo que os decíais, lo he olvidado, pero lo que no he podido olvidar ha sido esa sensación. La sensación de gritar y no tener voz. Eso es lo que recuerdo, vuestros gritos atravesando las paredes y los míos que no salían de mi garganta.

Tampoco hubiesen servido de mucho si hubiesen sido oídos.