Capitulo 5
—Creo que el leopardo queda muy bien aquí. —Darien se reclinó sobre el respaldo de su silla, formó una suerte de capitel con sus manos y observó la preciada pieza con satisfacción.Y realmente, esa bestia exótica parecía pertenecer a ese hogar. Pero Darien lo hubiera puesto en su estudio aunque hubiera quedado tan ridículo como el carrusel o el elefante. Después de todo, el leopardo esmaltado era un obsequio de su flamante esposa. Su esposa saboreaba la profunda satisfacción que había sentido desde el mismo momento en que salió del juzgado con Serena a su lado.
—¿Te parece? —Serena estudió el leopardo con expresión dubitativa.
—Si. —Darien sonrió.—Queda perfecto en este ambiente .Sumirada abandonó al leopardo para posarse en los paneles de las ventanas, veteados por la lluvia. Estaba oscuro. Eran casi las ocho en punto y finalmente, él y Serena se habían quedado a solas. Pensó que había sabido disimular muy bien su impaciencia durante las últimas horas, mientras sus parientes se dedicaban a disfrutar de la pequeña fiesta sorpresa.
Darien tenía que admitir que le había emocionado un poco ese gesto afectivo, pero francamente, se sintió muy aliviado cuando todos, incluso Taiki, se marcharon, pocos momentos antes. Después de todo, ésa era su noche de bodas.
—Bueno, se terminaron las formalidades. —Serena suspiró y se hundió en su asiento.—No te ofendas, pero pensé que tus parientes jamás se irían.
—Empezaba a pensar que tendría que pedir a Taiki que los echara a puntapiés —dijo Darien.
—No se les puede culpar por querer celebrar, supongo. Creen que esta boda es auténtica. A propósito, ¿dónde está Taiki? ¿Dentro de algún armario, tal vez?
—Taiki tiene un apartamento propio en este mismo edificio en el sexto piso. —Darien disfrazó la irritación que le había producido el comentario de Serena respecto de la boda. Se preguntaba cuánto tiempo tardaría Serena en darse cuenta de que él tenia intenciones de convertir ese matrimonio en real, muy, pero muy real.
—Oh. —Serena se miró la mano y se sobresaltó.—Por Dios. Casi me olvidaba. Te devuelvo la sortija ya. La ceremonia terminó. —Empezó a quitársela.
—¿No crees que será mejor que te la dejes puesta? Es una tradición, ya sabes. —Y él era tan anticuado y conservador que quería que su esposa exhibiera públicamente el símbolo del compromiso que había hecho con él.
—No había pensado en tener que llevar esta alianza de bodas todo el tiempo. ¿Crees que sea necesario?
—Sí. No querrás que empiecen las especulaciones por este tema. El matrimonio debe parecer sólido y seguro.
Serena miró la sortija especulativamente. —Supongo que no me causará ningún dolor.
—Servirá para consolidar una imagen adecuada.
Extendió la mano sobre el escritorio para tomar la de ella. Sus dedos eran delgados, gráciles, decididamente femeninos. Advirtió un ligero temblor cuando ambas manos entraron en contacto. Experimentó un impulso posesivo. De modo que no se había equivocado con ella. Serena le pertenecía, pensó triunfante. Bueno, casi. Darien deslizó la sortija hacia atrás, colocándola firmemente en su lugar. Cuando estuvo en la posición correcta, Serena trató de retirar la mano de Darien, pero él buscó un pretexto para seguir con el contacto.
—Ven conmigo —le dijo, poniéndose de pie. Mientras rodeaba el escritorio seguía tomándola de la mano.
—¿Dónde vamos? —Lo miró con una mezcla de sensualidad e incertidumbre en sus enormes ojos. Todavia trataba de aparentar que todo eso era un matrimonio falso.
Darien se dio cuenta de que, a pesar de su encantadora impulsividad y sus decididos planes de salvar la empresa de su hermano, Serena no estaba del todo segura de sí misma esa noche. Esa idea le divirtió y le hizo sentir curiosamente indulgente. Pero se prometió que sería paciente con ella.
—Quiero mostrarte algo que tengo en el tejado —le dijo suavemente.
La hizo poner de pie y la condujo hacia la puerta. Darien advirtió que empezaba a excitarse. Estaba teniendo una erección a pesar de sus esfuerzos por controlarse. Se dijo entonces, que por esa noche,tendría que soportar el suplicio de la insatisfacción. Era demasiado pronto todavía para seducir a Serena.
—¿Iremos a ver las luces de la ciudad? —preguntó Serena mientras él la hacía subir por las escaleras que conducían a la puerta del tejado.
—No.
Darien seguía apretándole la mano en la suya. Tenía mucha curiosidad por ver cómo reaccionaría Serena cuando viera su invernadero. Algo le decía que le gustaría. Nunca antes había tenido la necesidad demostrárselo a una persona, pero en ese momento, no había nada que deseara más en el mundo que ver a Serena parada entre sus helechos.
—Darien, no quiero que, por ser una especie de matrimonio, te sientas en la obligación de atenderme —dijo Serena seriamente mientras se apresuraba para seguirle el paso—. De verdad no quiero interferir en tu rutina nocturna.
Darien ignoró el comentario mientras abría la puerta del tejado. El inmenso invernadero estaba en penumbras. Sus paredes de cristal reflejaban las luces de la ciudad, desdibujadas por la lluvia.
—¿Qué es esto? —preguntó Serena. La curiosidad remplazó el nerviosismo previo que había caracterizado su tono de voz.
—Mi mundo privado. —Darien se detuvo frente al tablero de mandos para encender las luces. Luego abrió la puerta del invernadero. Los aromas de tierra húmeda y de plantas en crecimiento los envolvieron de inmediato.
—¡Guau! —Serena inspiró profundamente al entrar en aquella húmeda atmósfera. Estudió el vibrante y verde follaje que la rodeaba. —Esto es fantástico, Darien. Nunca he visto helechos tan espectaculares como éstos. Parece una reproducción de un bosque tropical.
—Sabía que te iba a gustar. —Le soltó la mano y se quedó atrás, para mirarla mientras ella seguía avanzando, lentamente, hacia los helechos más cercanos.
Darien había estado en lo cierto. Serena estaba a la perfección en aquel ambiente frondoso, de vegetación primitiva, que conformaba su mundo privado. Serena era tan natural y auténtica como sus helechos.
—Qué hermosura. —Se detuvo para estudiar un magnifico culantrillo.—Una absoluta belleza. —Se encaminó hacia una bandeja de plantitas pequeñas..
—¿Te gustan los helechos?
—Por supuesto —dijo Serena—en su momento, he matado docenas de estas pobres plantas. Me falta lo que se llama mano para esto. Pero no me doy por vencida. ¿Cuánto hace que te dedicas a ellos?
—Desde que estaba en la universidad. —Vaciló —En una época pensaba seguir la carrera de Botánica.
Serena lo miró entre las frondas de un simpático helecho, con agudeza y perspicacia. —¿No la del mundo de los negocios?
—No. Nada que ver con los negocios. Lo último que quería en el mundo era convertirme en un ejecutivo.
Serena abrió los ojos desmesuradamente. —¿Por qué cambiaste de opinión y te dedicaste a ser un hombre de empresa, entonces?
—Seguramente Andrew te habrá comentado lo de mi padre.
—Sé que te abandonó, a ti y a toda la familia.
Darien no estaba seguro de que le gustara ese tono compasivo en su voz. No estaba acostumbrado a la compasión. No sabia cómo manejarla. —Dejó una pila de deudas y yo me quedé con cuatro hermanos a mi cargo.
—¿Sentiste que era tu deber pagar todas las deudas y recuperar la seguridad financiera de tu familia?
Darien se encogió de hombros y miró por uno de los paneles de cristal del invernadero. —Sí.
—Fue una enorme responsabilidad. —Serena buscó su rostro.—Lo interesante es que pareces ser tan bueno para los negocios como para el cultivo de helechos.
—No son tan diferentes. Ambas cosas requieren mucha paciencia y autocontrol.
—Y tú tienes mucho de ambas cosas, ¿no? —Serena alejó su fascinada vista del rostro de Darien y contempló otro culantrillo.
—Sí. —Se sintió muy satisfecho de escuchar esa afirmación que, después de todo, no era más que la verdad. Distraído, Darien delineó una fronda circinada, muy enrollada, que pertenecía a un helecho hembra. Se preguntó si así serian los pezones de Serena, como esa fronda nueva, firme y llenos de apasionadas promesas.
—¿Alguna vez te preocupa el ser excesivamente controlado? —preguntó Serena. Tenia los ojos fijos en el dedo de Darien, que seguía recorriendo la fronda enrollada.
Darien sonrió ante una pregunta tan inocente. —Nunca se es demasiado controlado.
—Supongo que es esa actitud la que te llevó a ocupar el puesto que te has ganado hoy.
—Sí.
—Pero habrás tenido que pagar un precio por ello, ¿no?
Darien la miró a los ojos. —Todo tiene un precio.
—Ajá. —No pareció muy convencida.
Darien decidió cambiar de tema. —Con respecto a Jedite.
Ella se sobresaltó. —¿Qué hay con él?
—Creo que será mejor que no le digas que nuestro matrimonio fue por conveniencia.
Serena se quedó muy rígida. —¿Por qué no?
—Simplemente, porque me parece que le resultará muy difícil guardarse el secreto. —Darien hizo una pausa, mientras pensaba.—Esta tarde parecía muy nervioso. No me imagino cómo reaccionaria si supiera que esta boda nuestra es un fraude. Hasta se lo contaría a las mismas personas a quienes nosotros estamos tratando de convencer.
Serena se volvió para mirar una hilera de bandejas cubiertas con cristal. Darien advirtió la tensión en sus hombros, mientras ella estaba de pie, dándole la espalda.
—Creo que Jedite se merece una explicación estaba muy perturbado esta tarde.
Darien se apoyó contra uno de los travesaños y se metió las manos en los bolsillos de su pantalón gris plomizo. —Anda, Serena. Pregúntame qué pasó con eso.
Ella le echó un rápido vistazo por encima del hombro. —Está bien. ¿De qué estaba hablando Jedite hoy? ¿Qué quiso sugerir cuando dijo que tú, eh, habías eliminado al ejecutivo de una de tus adquisiciones?¿Cómo se llamaba?
—Diamante Black. —Darien se concentró en la noche, que observaba a través de los paneles de cristal. Guardó silencio mientras decidía qué parte de la historia revelar y qué parte ocultar.
—¿Y bien? lo presionó ella, después de unos segundos de silencio.
Darien la miró, un tanto sorprendido por la aspereza de su tono. —Hace unos cinco años, me hice cargo de una empresa manufacturera, de mediana envergadura,que había encontrado un interesante punto para sus operaciones en el mercado de Pacific Rim. Me quedé con uno de los socios anteriores, Diamante Black, a quien le di el puesto de gerente de alto nivel. El había sido uno de los que había trabajado para conseguir los mercados extranjeros y parecía saber lo que estaba haciendo.
—¿Y qué pasó?
—Tu hermano acababa de obtener el puesto de encargado del sistema de seguridad. Un día, entró en mi oficina y me dijo que tenia razones para sospechar que Black estaba despachando algo más que herramientas y maquinarias a sus clientes extranjeros. Iniciamos una investigación discreta.
Serena lo miró intrigada. —¿Y?
Darien se encogió de hombros. —Y descubrimos que Black estaba usando el nombre de mi empresa exportadora de herramientas y maquinarias para encubrir su verdadero negocio.
—¿Qué era?
—Era traficante de armas. El muy cerdo despachaba armamento del mercado negro a todo terrorista y revolucionario del Pacifico que aparecía y que fuera capaz de pagárselo bien.
Serena abrió los ojos desmesuradamente. —¿Y qué hicisteis entonces? ¿Le denunciasteis al FBI?
—Jamás tuvimos oportunidad —dijo Darien—. Al principio, Andrew y yo no sabíamos dónde estábamos parados. Pensamos que sólo se trataba de un fraude de empleado, de tipo administrativo, como tantos otros. Seguimos el rastro a través de una computadora que nos llevó hasta un depósito situado en una pequeña isla del Pacifico sur, donde la mercancía de Black se transbordaba.
—¿Qué sucedió luego?
—Una noche, muy tarde, entramos al depósito, buscando pruebas y en cambio, nos encontramos con Black y uno de sus clientes. —Darien hizo una pausa.—Hubo problemas.
—¿Problemas? —Serena frunció el entrecejo.—Recuerdo que hace algunos años, Andrew fue de viaje al Pacifico sur por negocios. Nunca me contó que fuera peligroso. Sólo comentó que todo se había solucionado.
Darien escogió sus palabras muy cuidadosamente. —Y todo se solucionó. Pero en el proceso,mataron a Black.
—¿Lo mataron? —La expresión de Serena fue de horror.—¿Quién lo mató?
Darien se dio cuenta de que no ganaría nada si le decía que habías sido él quien había disparado contra Black en el momento en que éste iba a matar a Andrew. Era mejor no detallar algunas cosas,especialmente a personas como Serena. Sin embargo, el hecho de haberle narrado la historia, aunque bastante resumida, le trajo muy malos recuerdos. Darien pensaba que la imagen del cuerpo de Black, tendido sobre el suelo de cemento del depósito, bañado en sangre, le atormentaría para siempre. Y tal vez fuera lo correcto. Un hombre no podía matar, aunque fuera en defensa propia o para salvar a un tercero y luego ser capaz de olvidar completamente que había matado. —Tu hermano y yo habíamos ido armados al depósito por si acaso —dijo Darien, escogiendo otra vez, sus palabras con mucho cuidado—. No sabíamos qué nos esperaba. Y se desató un infierno. Hubo una ráfaga de disparos, y cuando todo el alboroto terminó, Black estaba muerto. Todo sucedió muy lejos del país. El incidente, no se guardó en secreto deliberadamente, pero las autoridades de la isla hicieron su trabajo con gran discreción. Nunca hicieron el papeleo de Seattle.
—¿Hubo un tiroteo? ¿Alguien murió? Por Dios. Andrew nunca mencionó ni una sola palabra. —Serena se puso furiosa —Pudo haber resultado herido. Lo estrangularé. ¿Por qué nunca me contó nada?
—Probablemente, porque sabia que te exaltarías más de la cuenta —Darien la miró.—Como ahora.
—No estoy exaltada, sino furiosa.
—Serena, esto pasó hace cinco años.
—De todas maneras debió informarme. Soy su hermana. Andrew no tenia derecho a ocultármelo de este modo.
—Obviamente, sólo estaba tratando de protegerte. No quería que te preocuparas.
—No necesito esa clase de protección —gruñó Serena—. Sinceramente, espero que en el futuro tú no me escondas cosas en nombre de mi bienestar.
—Cálmate, Serena.
—Estoy hablando muy en serio, Darien. No voy a permitir que se me trate como si fuera menos que una socia en este pacto que hemos hecho entre los dos. ¿Está claro? Todo esto fue idea mía desde un principio y haremos las cosas a mi manera. No quiero que se me oculte nada ni que me protejas.
Darien se quedó analizando el comentario de ella durante algunos minutos. —Tendré en cuenta tus deseos, naturalmente. Pero dudo que necesites una información diaria y detallada de los negocios de Andrew. Seria algo muy engorroso, sin contar con que también debes atender tus negocios propios.
Serena estaba tan ofuscada que casi se atragantó. Avanzó tres pasos y tomó ambos extremos de la corbata desatada de Darien. —Escúchame bien, Darien Chiba. Estamos juntos en esto. Pensé que lo hablas entendido. Trabajaremos como un equipo o no trabajaremos. ¿Has entendido?
Darien miró sus ojos feroces. —No hago negocios de ese modo.
—Ahora sí.
Darien sonrió débilmente. —Serena, tú te has casado conmigo para ganarte mi experiencia. Déjame hacer mi trabajo.
—Pero yo quiero que se me tenga totalmente informada. Quiero participar en la toma de supone que estoy aprendiendo a manejar los negocios, ¿lo recuerdas?
—Eso sería poco práctico, Serena. Especialmente, en esta etapa. Los acreedores e inversores de Andrew esperan verme sólo a mí liderando la empresa. Y para ser honesto, no tendré tiempo para atender Milenio de Plata y enseñarte simultáneamente. Por lo menos, por ahora.
—Pero, Darien...
Darien le tocó la mejilla. Tenía la piel tan suave como el terciopelo. —Confía en mí, Serena. Te dije que yo me haría cargo de todo por ti, ¿no?
—Bueno, sí. —Frunció el entrecejo.—Pero pensé que trabajaríamos en equipo.
—Nunca he jugado en ningún equipo.
—Vaya momento para avisarme —barbulló ella.
—¿No puedes depositar tu confianza en mí? —le preguntó con ternura.
Serena soltó los extremos de su corbata y retrocedió. —Estoy exagerando, ¿no?
—Un poquito —coincidió él.
—Estoy tensa.
—Comprensible.
Se mordió el labio. —Tengo miedo, Darien.
—Lo sé. —Extendió una mano para tomarla, antes de poder autocontrolarse. Pero Serena ya se había alejado sin que él la viera. Darien dejó caer su mano a un lado, sin , pensó. Era demasiado pronto todavía.
Serena cruzó los brazos debajo de sus pechos y contempló el mar verde que la rodeaba. —Traté de convencerme de que este plan mío daría buenos resultados. La mayor parte del tiempo creo que será así.Que Andrew regresará sano y salvo, que se hará cargo de su empresa, la cual estará floreciente,esperándolo. Pero a veces, como esta noche, por ejemplo, me parece que soy una tonta, que me estoy engañando.
Darien no supo cómo contestarle eso. Estaba seguro de que Andrew Tsukino había muerto, pero no tenía corazón para seguir echándoselo en cara, como una bofetada. Sólo se centraría en la única promesa que podía cumplirle.— No tienes que preocuparte por la empresa de Andrew. Yo me haré cargo.
Ella le dirigió una rápida mirada por encima del hombro. —Tú me entiendes, ¿no? Sabes por qué estoy haciendo todo esto.
—Sí.
Serena entrecerró los ojos con suspicacia. —Porque tú tuviste la misma experiencia cuando tu padre desapareció, ¿verdad? Tuviste que encontrar un modo de arreglar las cosas por el bien de tu familia.
—Sí.
—Y devolver todo el dinero que él había pedido prestado.
Darien asintió sin articular palabra. Serena se volvió completamente para mirarle.— Tu familia valora lo que has hecho. Era evidente esta tarde que tus hermanos te admiran tremendamente.
—No estoy muy seguro de que sea admiración lo que realmente sienten por mí.
Serena le sonrió. —Te respetan. Pero no te llevas muy bien con Beryl, ¿no?
—Beryl y yo nos entendemos.
Serena giró la cabeza a un lado. —¿Por qué no os queréis?
—Es una vieja historia —le contestó Darien —Que no te concierne.
—Ay. —Serena sonrió incómoda.—De acuerdo. Me doy cuenta cuando alguien me pone en mi lugar no más preguntas sobre Beryl.
—No quería ponerte en tu lugar— le dijo Darien.
—Claro que sí.Pero no te disculpes. Tu relación con tu madrastra es asunto tuyo y no tienes que darme ninguna explicación al respecto Por Dios. Yo no soy un verdadero miembro de tu familia aunque me haya casado contigo.
—¿Por qué no cambiarnos de tema?
Serena se puso colorada. —Bien. Buena idea. ¿Qué me dices de la cena? No sé que sucederá contigo, pero yo, estoy muerta de hambre.
—Di instrucciones a Taiki para que nos dejara la cena en el horno. —Darien miró el reloj de color oro y negro que llevaba en la muñeca. —Allí estará cuando bajemos.
Serena arqueó las cejas. —¿Taiki cocina?.
—Taiki hace lo que le pida.
—No te ofendas, pero me hace pensar que es un robot.
—Taiki es extremadamente útil. —Darien se irguió. Tomó el brazo de Serena para llevarla por el camino de grava hacia la pues de salida.
—Lamento haberte dado la sensación de no tener confianza en ti —comentó Serena un poco ruborizada—No quise insinuar que no tengo fe total en ti.
—Gracias.
Serena sonrió. —¿Sabes una cosa? Realmente eres un hombre muy agradable. Tu problema radica en tu dificultad para comunicarte con los demás.
Impulsivamente, Serena se detuvo, se puso de puntillas y le besó la mejilla , el deseo ardió en él como un infierno. Se quedó rígido como una roca, luchando desesperadamente por mantener el control. Era como si aquel gesto de ternura de su esposa hubiera bastado para encender un sentimiento oculto dentro de él. Experimentó la urgente necesidad de tomarla entre sus brazos, arrojarla sobre alguno de los bancos que ocupaban los helechos, levantarle la falda y penetrar en ella sin demoras, cuando sus miradas se encontraban, Darien advertía que el deseo empezaba a asomar en sus ojos. Involuntariamente, Serena retrocedió un paso. La cautela reemplazó a la calidez en su mirada.
Darien inspiró profundamente, como para calmarse. —Mucha gente me cree desagradable, Serena. Y hay algo que debes saber.
—¿Qué? —murmuró ella.
—No soy un monje.
Sus mejillas se encendieron de un profundo carmesí. —Me parece que me escuchaste ese estúpido comentario. No fue mi intención...
—Olvídalo —le aconsejó bruscamente.
—No quise decir que fueras asexuado o algo por el estilo.
—Está bien, Serena.
—No, no está bien. —Obviamente estaba muy avergonzada.—No quiero que me malinterpretes . Quiero decir que definitivamente te considero un hombre en todo el sentido de la palabra.
—Gracias —contestó él. Ya había logrado dominar la situación nuevamente y controlar sus propias emociones.
Serena se puso más colorada todavía. —¡Ay, Dios mío! Cada vez empeoro más las cosas. Sólo trato de explicar que te considero normal.
—¿Normal pero raro?
—De una manera muy interesante —dijo ella, claramente desesperada.
El sonrió. —Serena, ya te dije, que está bien.
—Sí, pero no me gustaría que pienses que yo...
Darien cortó la disculpa de cuajo. Simplemente, le tapó la boca con la mano. —Basta ya. Dejémoslo en interesante. Me gusta la palabra interesante.
—¿De verdad? —Serena abrió los ojos desmesuradamente por encima de la mano de Darien.
—Sí, de verdad. —Era demasiado pronto, pensó Darien. Pero de todas maneras, la besaría. Era imposible detenerse. Se apoyó contra el travesaño, afirmó su postura y atrajo a Serena inexorablemente entre sus muslos. Ella sólo se resistió débilmente. Y al instante, Darien sintió que ella estaba recostada sobre él en un dulce abandono. Tenía las manos apoyadas sobre sus hombros y los ojos le brillaban con femenina anticipación. Cuando le quitó la mano de la boca, advirtió que tenía los labios ligeramente separados, en sensual excitación. —Me recuerdas a uno de mis helechos —dijo Darien.
—¿Sí? —Pareció complacerla la noticia.
—Sí.
Darien bajó la cabeza. Lenta y deliberadamente, cubrió la boca de Serena con la suya. Sintió que una sensual electricidad recorría el cuerpo de ella, la cual alimentó aun más sus propiosdeseos. Sabía exactamente como él la había imaginado: fresca, vibrante, llena de promesas, como el más exótico de los helechos de su jardín , Serena apretó la tela de la camisa de Darien con los dedos. Se aferró a él, recibiéndolo con gran curiosidad, con un apetito que la hacía estremecer.Y a él también, notó Darien, asombrado. Le temblaban las manos. La respuesta inmediata, franca y total de Serena lo colmó de satisfacción un momento, se quedó allí, albergándola entre sus muslos, saboreando la excitación y la anticipación. Sentía la suavidad de sus senos apretados contra su pecho. La curvatura de las caderas de Serena se presionaba contra su miembro erecto, haciéndole hervir la sangre. Ella era exactamente lo que él quería, lo que él deseaba. Había estado en lo cierto respecto de esa joven la noche del compromiso de Andrew. Darien se obligó a mover la boca lentamente sobre la de ella, tanteando la profundidad del deseo de Serena. Ella murmuró algo, aparentemente urgente, contra sus labios.
—¿Qué has dicho? —preguntó, aunque en realidad, no le importaba. Le tomó el lóbulo de la oreja entre sus dientes y lo mordió cuidadosamente. Otra vez se estremeció. Y otra vez más, Darien sintió el impulso de poseerla allí mismo, en él invernadero.
—Dije que esta clase de cosas podría complicarlo —comentó Serena finalmente, casi sin aliento.
—No. Las simplificará. —Estaba convencido de ello. Ahora sabía positivamente que podía hacerla responder. Una vez que se la llevara a la cama, la haría suya.
Serena se apartó ligeramente de él para poder mirarlo a los ojos. —¿Cómo puedes decir eso?
—Serena, te deseo. Me deseas. Estamos casados. ¿Qué puede ser menos complicado que eso?—Justo después de pronunciar esas palabras, Darien se dio cuenta de que acababa de cometer un grave error.
La expresión en los ojos de Serena se alteró instantáneamente. Lo empujó por los hombros y retrocedió. —Hasta aquí hemos llegado. —Lo miró.—¿Cómo creías que funcionaría este pequeño acuerdo comercial nuestro?
—Como tú quieras que funcione —le dijo amablemente.
Aparentemente, esas palabras sirvieron para calmar un poco a la fiera. Frunció la nariz. —Creo que de alguna manera yo te di lugar que lo hicieras.
—¿Por qué no admitimos, simplemente, que existe una atracción mutua entre los dos?
Lo miró de reojo, con incertidumbre. —¿Lo dices en serio?
Darien sonrió. —No creo que haya dudas.
—Oh, Dios. Pensé que era sólo yo.
—Y que yo era un monje.
Ella se puso furiosa con él. —No me bromees con eso. Ya me he disculpado contigo. Darien, todo esto es muy embarazoso. ¿Qué haremos?
—¿Qué quieres hacer?
—No lo sé. —Confundida, se pasó la mano entre su sedoso cabello de color rubio dorado.—Nunca se me ocurrió pensar qué sucedería si se suscitaba una relación entre nosotros. Física, digo. Además de la relación comercial, ¿entiendes? Esto lo cambia todo.
Una alarma distante sonó dentro de Darien. Sabía que tenia que desalentar esa clase de ideas o de lo contrario, Serena pediría el divorcio a la mañana siguiente. —No cambia nada en lo que atañe a la empresa de tu hermano. Un trato es un trato, Serena. Es mi intención mantener mi palabra en nuestro pacto, pase lo que pase entre nosotros.
—¿De verdad? —Lo miró intensamente.
Darien se obligó a aparentar frialdad y despreocupación. —Por supuesto. Después de todo, tengo intereses en Milenio de Plata.
—Sí, claro. Y te necesito. —Otra vez se ruborizó.—Para mantener en pie la empresa de Andrew, quiero decir.
—Por el modo en que lo veo, estamos hablando de dos cosas diferentes. —Deliberadamente, Darien eliminó todo vestigio de emoción en su voz.—Nuestra relación es una cosa y salvar la empresa de Andrew es otra. No hay razón alguna por la que no podamos manejar ambas situaciones separadamente.
—¿Separadamente?
—Dividiremos las responsabilidades. Yo tomaré las decisiones en las cuestiones comerciales y tú,en lo personal.
—¿Yo?
—¿Por qué no? ¿No crees poder decidir si quieres que seamos sólo compañeros de vivienda o amantes?
—Por supuesto que puedo tomar una decisión como ésa —estalló ella—. No es eso lo que se discute.
—¿Y qué se discute?
—Lo que se discute es que ya sé que es una mala idea ser algo más que compañeros de vivienda.
—No me parece mala idea en lo más mínimo. Pero la elección es tuya. Yo aceptaré lo que tú determines en este apartamento, así como tú aceptarás lo que yo decida en Milenio de Plata.
Serena se quedó mirándolo boquiabierta. —No lo creo.
—¿Qué es lo que no crees?
—Que estés preparado para ser tan frío, tan sereno y tan racional en cuestiones de... de...
—¿Sexo?
Serena levantó el mentón, desafiante, aunque sus mejillas seguían muy coloradas. —Sí, de sexo.
Darien se encogió de hombros. —Es obvio que no has tenido mucha experiencia con monjes. —Le tomó el brazo y volvió a avanzar hacia la puerta. —¿Qué te parece si vamos a cenar? Realmente tengo hambre.
