Better Days
El personaje de Sherlock Holmes pertenece a Sir Arthur Conan Doyle, mientras que los derechos de la serie de la BBC pertenecen a Steven Moffat y a Mark Gatiss. Sin embargo, el Sherlock de carne y hueso pertenece exclusivamente a John H. Watson.
Los personajes del Señor de los Anillos pertenecen al maestro J. K. R. Tolkien, aunque Aragorn es exclusivo de Legolas y viceversa.
Y Piratas del Caribe es de Disney. Pero el Capitán Jack Sparrow es de Will Turner y viceversa.
Hechas las aclaraciones, repito que no se recibe ningún crédito por esto.
La canción que le da nombre al título es de Eddie Vedder.
El fic va dedicado a una amiga que adora estos tres fandoms, y que me leyó y corrigió muchas veces, Prince Legolas.
Ahora sí, el capítulo.
Capítulo Seis: Bolingrove
Tres meses después.
De una patada seca a la puerta, los oficiales irrumpieron con trajes antibalas, cascos, linternas y armas en la casona aparentemente abandonada en el corazón de Brixton. Era la tercera edificación que allanaban en las últimas dos semanas buscando a John H. Watson Holmes. Pero, como las veces anteriores, también en ésta Moriarty se les había adelantado algunas horas y al llegar, Sherlock aún pudo percibir la presencia de su esposo en el aroma a menta y la de su enemigo en el de tabaco.
-Nada – murmuró Lestrade descorazonado, sacudiendo la cabeza cuando comprobaron que el allanamiento había resultado infructuoso. La enorme vivienda estaba vacía.
A Sherlock le costaba cada vez más refrenar sus emociones y descargó un puñetazo contra la puerta. John estaba atravesando el octavo mes y medio con todas las complicaciones del caso. Sabía que aún vivía porque de otra manera, Moriarty no se molestaría en mantenerlo cautivo, pero no podía hacerse ilusiones sobre su estado. El sólo imaginarlo a merced de ese psicópata le revolvía las entrañas.
Desde la tarde del secuestro, Sherlock no descansaba más que un par de horas con un sueño ligero e intranquilo. Apenas bebía algo y solía comer por la presión de la señora Hudson, que se tomaba el trabajo de servirle un plato y sentarse con él para que lo terminara.
Estaba más flaco y anguloso que de costumbre. Tenía ojeras grises alrededor de los ojos, que le daban a su rostro un aspecto cadavérico. Su tez lucía más pálida que antes y los huesos del cuerpo resaltaban debajo de su piel casi transparente.
Sally Donovan, que no le guardaba ningún afecto, se compadecía de él y había dejado de llamarlo "freak". A excepción del antipático de Anderson, el resto de la fuerza trataba de mostrarse amable con el detective y no le buscaba riña, ni hacía comentarios sarcásticos a sus espaldas.
Nadie estaba al tanto del embarazo pero reconocían lo importante que era John para su esposo y el infierno que tenían que estar pasando los dos: John en poder de Moriarty y Sherlock sabiéndolo en sus manos.
Después de indicar a sus oficiales que recabaran evidencias, Lestrade se recargó contra la puerta que Sherlock había golpeado, visiblemente frustrado. No era para menos, Moriarty se estaba burlando de Scotland Yard en sus narices y sus superiores aborrecían cada vez más sus reportes.
-Esto es tu culpa – acusó Sherlock, volviéndose hacia él.
-¿Perdón? – contestó el inspector, cruzando los brazos en el pecho.
El detective se le acercó.
-¿No te das cuenta? – murmuró -. Cada vez que irrumpimos un lugar, nos encontramos con pruebas de que Moriarty estuvo allí con John, pero no nos deja ninguna pista de su próximo golpe. Mira las cenizas frescas en aquel frasco – le enseñó un recipiente cilíndrico sobre una mesa. Olisqueó el contenido y se lo entregó a Lestrade -. Es el olor inconfundible de los cigarros de Moran y por la intensidad del aroma y el estado de las cenizas diría que estuvieron aquí hace cuarenta minutos. ¡Cuarenta minutos, Lestrade!
-¡Sherlock! ¿Quieres calmarte? – ordenó el inspector con autoridad. El detective se movió inquieto -. Moriarty ha estado jugando con nosotros todo el tiempo. Supongo que quizás por tu estado anímico, tu poder de deducción se haya reducido y por eso puede sacarnos ventaja.
Sherlock se sintió herido en su orgullo.
-Mi poder deductivo no disminuyó, Lestrade – espetó, ofendidísimo -. ¿Quieres saber por qué fracasan tus allanamientos?
-¿Por qué, Sherlock? – lo desafió.
-¡Porque tienes un soplón, Lestrade! – exclamó Sherlock perdiendo la poca paciencia -. Uno de tus perros rastreadores nos está engañando en tus narices – recorrió el lugar con su mirada despectiva -. No te necesito a ti, ni a nadie para encontrar a John. De ahora en adelante trabajaré solo.
-Sherlock, espera – exclamó el inspector.
Sin responderle, el detective abandonó la casa, dando un estrepitoso portazo.
Afuera, detenida en la esquina de la vereda de enfrente, la limusina de Mycroft aguardaba su salida. Sherlock la vio con su aire displicente y la ignoró como si se tratara de una mosca. Dobló por la esquina opuesta para buscar un taxi.
Dentro del coche, Anthea dejó de escribir un mensaje.
-¿Quiere que lo sigamos, señor?
-De ninguna manera – opinó Mycroft con falsa indiferencia -. Regresemos a mi despacho.
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Sherlock llegó a su departamento y la sala lo deprimió. La señora Hudson la mantenía aseada con su latiguillo de "Soy tu casera, Sherlock. No tu criada." Sabiendo lo que el detective extrañaba a John, le limpiaba el departamento, le cocinaba y todas las noches lo visitaba, estuviera el joven de buen humor o no, y lo instaba a mirar televisión con ella para distraerlo.
Sherlock no decía nada pero en el fondo del corazón, le agradecía estas muestras de afecto.
Sin embargo, encontrarse en el ambiente que había compartido con su esposo durante los últimos cuatro años, no podía menos que abatirlo. Corrió las cortinas para que entrara un poco de luz.
En la pared, arriba del sofá, estaba colgado un mapa político de Inglaterra con los diversos sitios donde habían tenido a John secuestrado, señalados con alfileres de colores. Cinco en Londres, dos en Sussex, tres en Hampshire, uno en Surrey, cuatro en Berkshire y una docena más distribuidos hacia el norte. Sherlock clavó un nuevo alfiler de cabeza roja en el sur de Londres y se arrojó acostado en su sofá.
Sobre la mesita de café, la señora Hudson le había dejado lasaña en una bandeja tapada junto con un plato, los cubiertos y la servilleta doblada.
Sherlock volteó hacia la pared y se hizo un ovillo, ignorando la cena.
La señora Hudson subió.
-¿Alguna noticia, querido? – preguntó ilusionada pero al ver el estado del joven, supo la desesperanzadora respuesta -. Te dejé lasaña – avisó, cabizbaja.
Sherlock no respondió. Su teléfono sonó con un mensaje de su madre, que no se dignó siquiera a leer. Desde que Mycroft le avisara de su tragedia, la señora Holmes había intentando ponerse en contacto con su hijo menor, pero el detective la ignoraba olímpicamente.
-Sherlock – suspiró la señora Hudson, dejando caer sus brazos -. Ni siquiera leíste el mensaje. Esto no es propio de ti, querido.
La anciana se acercó a la mesita y destapó la fuente.
Al detective le llegó el reconocible aroma de la lasaña con salsa roja y carne.
-Come, Sherlock.
-Más tarde – replicó sin moverse.
La señora Hudson miró a su costado. Estaba parada junto el sillón favorito de John, que ni en sueños ocuparía, así que se ubicó en el que tenía enfrente.
-Sherlock, vas a cenar ahora mismo - ordenó.
Sherlock no le respondió.
-¡Sherlock!
El detective la miró con indiferencia.
-No tengo hambre.
-Nunca la tienes. Pero necesitas fuerzas para seguir buscando a John y a tu bebé – sonrió -. Sé que los encontrarás, querido. Sólo es cuestión de tiempo y. . .
-¿De tiempo? – repitió Sherlock -. ¿Qué tiempo? Mi hijo nacerá en cuestión de semanas y si no los encuentro antes, él y John – perdió la voz -. . . ¿Qué cree que sería de mi familia si no los rescato a tiempo, señora Hudson?
-Sherlock – gimió la anciana, con las pupilas humedecidas -. ¡No pienses así! Tienes que encontrar a John. Ese psicópata no puede ser más listo que tú. Nadie es más listo que tú. Tiene que haber una conexión, como siempre dices. Las casas en las que lo buscas tienen que estar conectadas unas con otras. Sólo debes descubrir esa conexión.
-No hay conexiones, señora Hudson – suspiró el detective, sombrío, y alzó la cabeza para estudiar por enésima vez el mapa marcado -. La red que maneja Moriarty es inmensa y la gente que trabaja para él podría llenar dos distritos. Tiene incontables casas, mansiones, granjas, fincas y fábricas para esconderse, que no tienen más conexión que la de pertenecer a gente que él haya financiado. Son miles, señora Hudson. Sólo aquí en Inglaterra, sin contar los millares que debe tener esparcidos en toda la isla.
-¿Con tanto poder no tiene gente infiltrada en la policía?
Sherlock se maravilló, hasta su casera se había dado cuenta que Lestrade tenía que contar con un traidor dentro del equipo.
-Eso me temo.
-¿Y podrías descubrirlo?
Sherlock suspiró nuevamente. Desenmascarar traidores, buscar personas desaparecidas, rastrear psicópatas habían constituido su razón de vivir por más de diez años ¡Qué diferente que se veía todo cuando la víctima era John! Ahora no podía disfrutar de esto y se preguntaba si Lestrade tendría razón y por su angustia, sus capacidades hubieran disminuido.
-Siempre te saliste con la tuya, Sherlock – continuó la señora Hudson, pasándole la servilleta -. No hubo ni habrá criminal que te gane. Eres el mejor, no lo pienso yo sino ese inspector tan apuesto al que sueles ayudarle. Ahora come, querido – le pidió con una sonrisa -. Tienes que alimentarte para atrapar al traidor.
Viéndose sin salida, el detective se sentó y acomodó la servilleta sobre su regazo. La señora Hudson le pasó la fuente, luego el plato y los cubiertos. La anciana tenía una ternura maternal que le recordaba a su abuela Francesca. ¿Qué había sido de ella? ¿Seguiría recluida en su adorada Glasgow, o se habría mudado a otra zona de Escocia?
Pensar en su abuela paterna lo mantuvo entretenido y olvidó su drama por algunos minutos.
La señora Hudson se acercó a la ventana.
-Será una noche helada. Dios quiera que John tenga abrigo. ¡Mi ángel! Ese joven es un santo.
Sherlock se limpió la boca con la servilleta sin decir nada. Él no creía que John tuviese abrigo para pasar la noche y su angustia aumentó.
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Con una mirada entre socarrona y cruel, Moran regresó a la edificación que ahora les servía de guarida nueva. Se trataba una torre alta de cuarenta metros de diámetro y sesenta de altura, construida en roca sólida y con varias habitaciones en los distintos niveles, que se conectaban a través de corredores a los que se accedía por medio de una escalera caracol. Era el último vestigio de un castillo abandonado del siglo XIV, que había pertenecido a uno de los nobles favoritos del Rey Ricardo II. Se encontraba en las afueras de la ciudad, al norte de Londres.
Al entrar, se arrojó en un sillón despatarradamente, mientras que, a un par de metros, Moriarty lo miraba lascivo y divertido.
-¿Entregaste el dinero, encanto?
-Contante y sonante – respondió Moran, apoyando las largas piernas en una mesa de café -. El fulano se tomó el atrevimiento de exigirme más para la próxima, así que desembolsé mi Browning y le hice sentir su caño sobre la cabeza.
-¡En pleno centro de Londres! – se asombró su amante. Aún para él, el acto parecía atrevido.
-En un callejón – aclaró Moran -. No había nadie. ¿Dónde dejaste los cigarros?
Moriarty le lanzó la caja. Sebastian escogió uno y después de cortarle la punta, lo encendió. Se echó hacia atrás en el sillón, saboreó su aroma y comenzó a fumarlo.
-¿Qué hay del prisionero? – preguntó, lanzando una bocanada.
-Allá sigue – respondió su amante, señalando despectivamente hacia arriba -. El drenaje de ayer lo tranquilizó un poco.
-Pasaré una noche en paz – fingió bostezar -. Sus gemidos no me dejaban dormir. Aunque lo que haces es ridículo, Jim.
Moriarty alzó una ceja de manera sugerente.
-¡En serio! – protestó Sebastian -. Se suponía que lo dejaríamos morir como a un perro, que apenas si llegaría al séptimo mes. Pero después tuviste que cambiar de idea y contrataste a ese médico tuyo que te debe un favor para que lo supervisara. ¡Ese idiota esta viviendo tiempo extra! – golpeó el puño contra el apoyabrazos.
Moriarty sonrió, libidinoso. Los arranques de su amante eran el mejor aliciente para el sexo.
-Está sufriendo tiempo extra, Seb – aclaró - . Si para ti es vivir lo que está padeciendo. Llevo años soñando con tener a Sherlock a mi merced – siseó y los ojos negros se le encendieron -. ¡Y al fin lo tengo! El famoso detective que me ignoró aquella vez, hoy clama por mi cabeza. ¿Imaginas lo que debe estar sufriendo? ¿Lo que debe pasar por su cerebrito dotado? Nunca volverá a ser el mismo después de esto. Su cerebro, su magia, todo. . . ¡zas! – chispeó los dedos - morirá junto a John Watson.
-Crees que vas a enloquecerlo y destruirlo – se mofó Moran y aspiró el cigarro con desprecio -. Sherlock se repondrá.
-¿Lo crees?
-¿Lo dudas? – desafió Sebastian, despectivo.
Moriarty se impacientó. Desde hacía tiempo presentía que su amante sentía algo especial por Sherlock. Lo admiraba más que a él y en un par de ocasiones había mencionado que el detective era apuesto. Un calor de celos enrojeció el rostro del criminal y mientras Sebastian degustaba su cigarro con absoluta indiferencia, Moriarty decidió subir para visitar a su prisionero.
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Después de tres meses de cautiverio, la situación de John era desesperante. Su cuerpo maltratado no soportaba más los cambios físicos ni el peso de la criatura. Su aparato digestivo estaba aplastado y devolvía casi todos los alimentos; sufría taquicardia y los riñones dañados le provocaban retención de líquidos. La noche anterior el médico lo había drenado por quinta vez, aliviándole la hinchazón del vientre.
Sentía un dolor constante desde el pecho hasta los pies y aunque se acomodara de un lado al otro en el camastro, no sentía alivio.
Desde que lo secuestraran había perdido la cuenta de la cantidad de residencias insalubres en las que había estado confinado. Aunque no pudiera levantarse, ni siquiera sentarse sin ayuda, Moriarty insistía en mantenerlo esposado por la muñeca al cabecero y las esposas lo incomodaban y magullaban cada vez que necesitaba cambiar de posición.
El dolor no lo dejaba descansar y sólo el nivel extremo de agotamiento que sentía, permitía que pudiera dormir un par de horas. No lo alimentaban adecuadamente, ni se preocupaban en asearlo y él como médico, sabía que podía contraer una infección. Había veces que perdía la noción del tiempo y sus captores solían sacudirlo bruscamente para despertarlo.
John estaba sufriendo, pero aún así no dejaba de pensar en Sherlock y no perdía las esperanzas de que el detective lo encontrase. Si no llegaba a tiempo para salvarlo, al menos rescataría a Will y eso para John era suficiente.
Su aspecto era estremecedor. A excepción de su vientre hinchado, su cuerpo estaba consumido y los huesos se percibían debajo de la piel pálidamente enfermiza. Tenía los ojos azules inyectados en sangre, los labios lacerados y un temblor constante en los miembros por su debilidad intensa. El galeno que lo atendía no le daba más de una semana de vida.
Moriarty entró cargado de celos hacia Sherlock, pero al ver a su prisionero postrado, sonrió ladinamente.
-Retírense – ordenó a los dos secuaces que hacían guardia, y se sentó junto a él. Le pasó la mano por el cabello enmarañado y aunque no podía siquiera abrir los ojos por el cansancio, John lo rechazó con sus pocas fuerzas. Moriarty alzó una ceja con desdén. La estúpida valentía del soldado.
-¿Sabes por qué te mantengo con vida, Johnny? No sólo porque disfruto imaginar lo que está sufriendo Sherlock, no. Tampoco porque tu sufrimiento me excita poderosamente y Seb bien que lo sabe – sonrió con crueldad -. No, Johnny. Te mantengo cautivo porque por cada minuto que pasas aquí, Sherlock enloquece un poco más. Y cuando finalmente tú y tu engendro mueran, ¿qué crees que será de él? Quedará destrozado por completo y nunca, jamás recuperará la cordura – rió histriónicamente -. Tu tragedia destruirá su intelecto y Sherlock ya no volverá a ser el mismo. Su poder de deducción, su cerebro, su genio, todo él quedará reducido, pisoteado, manoseado, inservible. ¡Y yo, James Robert Moriarty, podré hacer lo que se me dé la gana porque ya no tendré adversarios! ¡Entiéndelo! ¡Con tu muerte acabaré con Sherlock Holmes!
John sólo gimió. Una vez más el dolor se le hacía intolerable.
Moriarty observó la esposa que lo sujetaba a la cama. La piel alrededor del metal estaba en carne viva, producto de los tirones que John daba al moverse. Luego le miró el abdomen que había disminuido después del drenaje y sólo por el placer de fastidiarlo se lo apretó. Con un gemido de dolor, el prisionero le manoteó la mano débilmente para apartarlo, pero el criminal se lo apretó con más fuerza. John gritó.
-Estás acabado – murmuró Moriarty, gozando su sufrimiento -. Sherlock no se recuperará jamás de tu muerte. Seb se equivoca. ¡Yo tengo razón! Sherlock Holmes no volverá a ser el mismo. ¡Yo lo habré acabado! ¡Yooo! – y después de propinarle un puñetazo al vientre, se levantó y ladró a sus secuaces que le inyectaran un tranquilizante.
Mientras preparaban la jeringa, el criminal salió con un portazo. Torturarlo no había calmado sus celos hacia Sherlock. Estaba excitado con la idea de destruir al detective, pero no podía sacarse de la cabeza la idea de que para Sebastian Moran, Sherlock Holmes era indestructible.
John se agitaba y gemía al mismo tiempo. La crueldad de Moriarty le había elevado la presión por las nubes y apretarle las entrañas le había vuelto el dolor insoportable. Un guardia le inyectó el brazo esposado y después de unos minutos se durmió. A este paso no resistiría una semana entera.
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Sherlock salió de Baker Street envuelto en su sobretodo negro y su bufanda azul. Mientras caminaba, su cerebro trabajaba a mil, haciendo y deshaciendo mil teorías sobre el paradero de John y la identidad del traidor. Tan ensimismado iba que no notó la limusina negra hasta que frenó a su lado. Sin detenerse, oyó como el vidrio polarizado descendía.
-¿Sherlock Holmes? – escuchó la voz suave e inconfundible de Anthea.
-Dile a mi hermano que no estoy disponible – respondió secamente, sin dignarse a mirarla.
El coche lo siguió con la ventanilla baja.
-El señor Mycroft Holmes tiene el nombre de su traidor, señor – avisó la joven y la limusina se detuvo por segunda vez.
Sherlock frenó y bajó la mirada. Desde adentro, Anthea escribía compulsivamente en su Blackberry. Sólo estiró la mano para abrirle la puerta.
El detective husmeó hacia los costados.
-No estoy interesado – replicó finalmente.
-También tiene el nombre del sitio que usted busca – informó la muchacha y por primera vez alzó la cabeza -. Dijo que si usted lo escucha, se ahorrará tiempo valiosísimo.
Sherlock hizo una mueca de fastidio.
-Sé que para él el tiempo vale oro. ¿Por qué querría ayudarme?
Anthea sonrió inocentemente.
-Sólo me ordenó que lo buscara, señor Holmes.
El detective se metió las manos en los bolsillos. Su orgullo lo prevenía de rebajarse a aceptar la información de Mycroft pero su situación era desesperante, la situación de John era desesperante. Podía dejarse ayudar por su hermano y cuando su esposo estuviera a salvo, arreglaría cuentas con él, o simplemente lo ignoraría. Pero sabía que Mycroft no era hombre que diera puntada sin hilo y su ofrecimiento generoso seguramente escondía segundas intenciones. ¿Qué hacer? ¿Seguir trabajando solo o sacrificar su libertad y orgullo por el bien de John?
En algo el mayor de los Holmes tenía razón: Sherlock estaba perdiendo tiempo valiosísimo.
-¿Señor Holmes? – insistió la joven.
Sintiéndose apremiado y sin salida, el detective aceptó subir. Apenas cerró la puerta, la limusina se puso en marcha hacia el sur de la ciudad.
Al cabo de un buen tiempo recorriendo calles que Sherlock podía nombrar con los ojos cerrados, se detuvieron frente a un edificio de siete pisos de aspecto abandonado. El detective bajó primero, seguido de Anthea, que sin apartar la vista de su teléfono, lo guió hasta el tercer nivel. No era más que un depósito abandonado y un foquito colgado del techo iluminaba el centro del espaciado piso. Debajo de él, apoyado en su paraguas negro, estaba esperándolos Mycroft.
-Bienvenido – lo saludó con su sonrisa irónica. Sherlock miró hacia los costados para ignorarlo -. Mi invitación resultó seductora.
El detective lo observó con una mirada aburrida.
-Siempre desafiante, Sherlock – continuó el mayor -. Ni aún en tu mayor crisis personal pierdes la actitud pendenciera.
-Dame el nombre y la dirección, Mycroft – exigió el más joven, yendo directo al grano.
Mycroft hizo girar su paraguas, lo alzó y estudió la contera como si se tratase del objeto más fascinante del mundo.
-Tu traidor es Michael Anderson y la dirección es el castillo de Bolingrove, hermanito.
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¡Hola!
¿Cómo están? En el próximo capítulo harán un cameo cierto elfito y cierto rey, je je je.
Además quería disculparme por no responder ahora los comentarios. Lo haré mañana por la noche.
Besitos
Midhiel
