Capítulo 6
Los personajes pertenecen a S.M y la historia a la fantástica Lynne Graham.
Bella sentía que el corazón le latía acele radamente, pero se dio cuenta de que no te nía más remedio que intentar salir bien pa rada de aquella situación.
-Alice y yo estamos con unos amigos -le estaba diciendo Jasper a Edward, que estaba saludando a la preciosa y embarazada pelinegra que estaba junto al abogado.
Edward miró a Bella, que se apresuró a ponerse en pie a pesar de los nervios.
-Bella... -la saludó Jasper con una tibia sonrisa que la hizo estremecerse-. Me alegro mucho de verte.
Bella sintió que las piernas le fallaban como si estuviera ante su verdugo, pero Edward le preguntó algo y comenzaron a alejarse para hablar de sus cosas.
Inmediatamente, la esposa de Jasper se acercó a Bella.
-Soy Alice, la mujer de Jasper -se presentó con frialdad.
-Sí -contestó Bella muy nerviosa sin saber qué decir.
Miró a Edward y a Jasper y se preguntó de qué esta rían hablando. No podía soportar aquella situación, así que puso una excusa y huyó al baño.
¿Cómo se atrevían Jasper y Alice Hale a mirarla como si fuera una delincuente? Se dio agua fría en las muñecas e intentó controlar sus emociones.
Había hecho lo que había hecho por el bien de Edward.
¿Le estaría contando su abogado en aquel preciso instante que su matrimonio había sido de conveniencia?
Al salir del baño, Jasper la estaba esperando.
-¿A qué juegas? -le preguntó-. Edward me acaba de contar por qué no lo hemos visto después del accidente.
-Me alegro de que se haya confiado a alguien más -murmuró Bella preguntándose si Edward ya se habría enterado de que no era la esposa que él creía.
Sintió que el corazón se le caía a los pies.
-No me trates como si fuera idiota -le espetó Jasper-. Ayer me llamó el jefe de seguridad de Edward para preguntarme qué debía hacer. ¡Imagínate mi sorpresa cuando me dijo que te habías presentado en la clínica diciendo que eras la señora de Cullen! No es coincidencia que nos hayamos encon trado aquí. He interrumpido mis vacaciones para venir a Suiza. ¿Te creías que te ibas a salir con la tuya, que ibas a poder engañarlo?
Bella se estremeció. ¿Edward tenía un jefe de se guridad? .
Debía de ser extremadamente discreto pues ella no se había dado cuenta de su existencia.
-Yo no estoy engañando a nadie -se defendió-. ¿Le has contado a Edward la verdad sobre nuestro matrimonio?
-¿En un restaurante? No, llamaré a su casa esta tarde.
Bella cerró los ojos desesperada.
-Deja que se lo cuente yo -le suplicó-. Déjame hasta mañana...
-No, tienes hasta esta noche. Es tiempo más que suficiente y, si no cumples tu promesa, se lo contaré yo.
-No soy como tú crees -se defendió Bella-. Lo quiero. Siempre lo he querido...
-Lo que tú quieras -la interrumpió el abogado-. Jamás te perdonaría esta traición.
Bella volvió junto a Edward completamente atur dida. En aquel momento, Alice le estaba pidiendo que diera un discurso en un evento de caridad. Jasper llegó a los pocos segundos y Edward dijo que llegaban tarde a una cita y le indicó a su mujer que se fueran hacia la limusina.
-Jasper estaba raro -le comentó con el ceño frun cido-. ¿Por qué estaba tan incómodo contigo?
-Ya lo conoces -murmuró Bella.
-Sí, lo conozco bien y por eso precisamente sé que se le da muy mal disimular. He sentido cierta falta de respeto hacia ti y me parece ofensivo.
Bella se sintió culpable. No dijo nada porque le pareció que, dadas las circunstancias, no había nada que decir.
Edward era un gran observador y se había dado cuenta de la hostilidad de su abogado, pero pronto recobraría la memoria y entendería por qué Jasper había sido incapaz de disimular su desprecio.
Una mezcla de miedo y de desesperación se apoderó de Bella. ¿Cómo le iba a decir a Edward que su matrimonio no era un matrimonio de verdad?
Cuando la limusina paró ante una exclusiva pe luquería, Bella recordó que el día anterior había pedido hora allí para que le quitaran las puntas ro sas porque le parecían demasiado juveniles.
« ¿Por qué no eres sincera contigo misma?», le dijo la voz de su conciencia.
Lo cierto era que quería que le quitaran los re flejos rosas en un intento por estar más elegante para Edward, pero ya no importaba.
-¿Bella? -le dijo Edward.
-¿Le podrías decir al conductor que diera una vuelta? -contestó ella tan confusa que no se atrevía a mirarlo a los ojos.
No quería separarse de él pues durante una se mana había sido tan ingenua como para dejarse lle var por la situación. Había vivido su sueño. Había fingido ser la verdadera esposa de Edward y había sido inmensamente feliz, más feliz de lo que jamás había imaginado porque el hombre del que estaba enamorada la trataba como si fuera la mujer con la que se había casado.
Sin embargo, la verdad era que ella no era la mujer que Edward quería y que, por mucho que lo de seara, jamás lo sería.
Jasper Hale había roto su patética burbuja y le había dejado claro que había gente a la que no le pa recía bien lo que estaba haciendo, pero sus inten ciones siempre habían sido buenas.
¡Jamás hubiera hecho daño a Edward porque lo adoraba!
Recordó cómo la había mirado el abogado y se estremeció. Su mundo de fantasía, el que sólo ha bitaban Edward y ella, se había roto y estaba extrema damente confundida.
-¿No quieres ir a la peluquería? -le preguntó Edward algo impaciente.
Bella se preguntó qué iba a pensar aquel hom bre de carácter tan fuerte cuando se enterara de su engaño. ¿La despreciaría como le había dado a en tender Jasper?
Aquella idea le dolía sobremanera, pero a me dida que iban pasando los segundos se dio cuenta de que aquello tenía que terminar.
Aquello había ido demasiado lejos desde el mismo instante en el que había dejado que Edward le hiciera el amor.
-¿Y bien?
-No, ya he tomado una decisión y voy a ir a la peluquería -contestó Bella intentando sonreír mientras lo miraba.
Separarse de él era terrible, pero Bella debía hacerlo, así que lo besó con un fervor agridulce y salió del coche.
-He pasado unos días maravillosos... -murmuró colgándose el bolso del hombro.
Aislada del familiar ruido de la peluquería, Bella se dio cuenta de que había llegado el mo mento de salir de la vida de Edward.
Debía irse cuanto antes. ¿Para qué iba a volver al castillo? ¿Para contarle lo que había hecho? Si lo hacía, lo único que iba a conseguir era desenca denar una desagradable discusión que no iba a be neficiar a ninguno.
Bella decidió que sería más fácil irse directa mente a Londres. Por suerte, llevaba el pasaporte en el bolso, así que, en cuanto terminara de arre glarse el pelo, se iría al aeropuerto de Lugano.
Le dejaría una carta explicándoselo todo en la limusina. Aquello le pareció lo más razonable. Cuando se enterara de lo que había hecho, se iba a enfurecer y probablemente iba a pensar que le ha bía tomado el pelo.
Entonces, la buena opinión que tenía sobre ella se iba a desvanecer e iba a quedar destrozada.
Bella sintió un nudo en la garganta.
Había acudido en ayuda de Edward, pero había de jado que sus ganas por que la relación entre ellos fuera de determinada manera la cegara.
Tenía que pagar por su error y el precio iba a ser muy alto pues no iba a volver a ver a Edward jamás.
-¿Todavía no te has tomado un descanso? —le preguntó Leah a Bella.
-No tengo hambre -contestó Bella dejando una pila de toallas limpias junto a los lavabos.
-Pues deberías tenerla -le contestó su ayudante preocupada-. No puedes trabajar tanto con el estó mago vacío. Pareces agotada.
-No te preocupes por mí, estoy bien -le aseguró Bella tapando todos los frascos de champú como si le fuera la vida en ello.
En cierta medida, así era. La actividad la mante nía viva pues, cuantas más cosas hiciera, menos tiempo tenía para pensar.
Era consciente de que tenía ojeras y de que no estaba en su mejor momento porque no estaba dur miendo bien y se le había quitado el apetito. Era increíblemente infeliz, pero no le gustaba compa decerse de sí misma, así que estaba intentando comportarse con normalidad.
Lo que estaba hecho, hecho estaba. Hacía dos semanas que había vuelto de Suiza. Edward había sido el centro de su vida durante siete días, pero no iba a volver a verlo y debía aprender a vivir sola.
Sin embargo, la lección más dura de asimilar era que lo que había vivido con él en aquella se mana había sido falso e irreal.
-Ha llegado tu cliente de las once -murmuró Leah-. Es un hombre increíblemente guapo. Qué suerte tienes.
Bella levantó la cabeza. Edward estaba en el cen tro de la peluquería. Al verlo, el champú se le cayó por el lavabo.
La impresión de verlo la hizo ahogar un grito de sorpresa y lo miró con una intensidad que la hizo marearse. Llevaba un impecable traje azul y miraba a un lado y a otro como si intentara reconocer la peluquería.
Se giró hacia ella y sus miradas se encontraron. Acto seguido, se dirigió a ella.
-¿Eres mi cliente de las once? -susurró Bella.
Edward asintió y la miró de una manera que hizo que Bella se sonrojara. Llevaba una camiseta de algodón blanca y unos pantalones de camuflaje que le colgaban de las caderas.
Aquella irónica inspección hizo que se diera cuenta de lo imperfecto que era su cuerpo y de lo bien que Edward lo conocía. Algo había cambiado en él, pero Bella no sabía qué era.
Lo único que sabía era que se sentía avergon zada.
-Vámonos a otro sitio porque tenemos que ha blar —murmuró Edward.
Sin saber por qué, Bella sintió que se le helaba la sangre en las venas.
-Yo... eh... tengo que trabajar -murmuró sin tiéndose increíblemente cobarde.
—Bueno... entonces, supongo que no te importará que tus empleadas y tu clientela oigan lo que te tengo que decir -contestó Edward con frialdad-. Para empezar, te diré que no me impresiona el negocio que has puesto con mi dinero.
Bella se estremeció. Obviamente, Edward había recuperado la memoria. Ahora, recordaba todo lo que había sucedido entre ellos en el pasado.
Nerviosa, se giró hacia Leah y le pidió que se encargara de la peluquería hasta la hora de comer.
-Vamos arriba -le dijo a Edward-, ¿Cuándo has recobrado la memoria?
-Cuando te fuiste. Creo que eso me ayudó. Al fin y al cabo, me tenías viviendo una vida que no era la mía -contestó Edward con ironía.
Bella palideció y abrió la puerta de su aparta mento con manos temblorosas.
-Me sorprende que hayas venido, creí que no querrías volver a verme.
Edward no dijo nada. Se limitó a cerrar la puerta y a mirar a su alrededor con cara de asco.
-Eres más pobre de lo que yo creía. Este sitio es un basurero -dijo con frialdad-. Ahora entiendo que cuando la idiota de mi tía Carmen se puso en contacto contigo desde el hospital la tentación de aprovecharte de mi accidente pudiera contigo...
-¡No fue así! -se defendió Bella-. ¿Cómo pue des decir eso? Me preocupé por ti. ¡Creí que te po días morir!
Edward había tomado una carta que había sobre la mesa y la estaba leyendo.
-Debes dinero...
Avergonzada al darse cuenta de que era la carta que el banco le había enviado pidiéndole que reem bolsara el descubierto que tenía en su cuenta, se la quitó de las manos.
-¡Métete en tus asuntos!
-Todo lo que a ti respecta es asunto mío -de claró Edward.
Bella no sabía qué se proponía, pero estaba dispuesta a defenderse.
-Te voy a explicar por qué le debo dinero al banco. Me gasté todo lo que tenía en un billete de ida y vuelta a Suiza y en pagarles las horas extras a mis empleadas para que me cubrieran mientras es taba fuera. Mi sueldo no da para extravagancias así.
Edward enarcó una ceja.
-¿Tu única excusa para meterte en mi cama sin pensártelo es que no tienes dinero?
Bella apretó los puños.
-Fuiste tú el que me metió en tu cama...
-Claro, y tú no querías, ¿verdad? -se burló Edward-. Eres una timadora profesional que sabía en todo momento lo que estaba haciendo. Sabías per fectamente que consumando el matrimonio po drías pedir una jugosa pensión cuando nos divor ciáramos.
Bella se quedó de piedra. Aquello la hizo sen tirse terriblemente humillada.
-No te voy a pedir nada ni ahora ni nunca. No entiendo por qué piensas eso de mí. ¿Te parece un delito querer verte cuando me dijeron que habías tenido un accidente? Ya te dije en la carta que te dejé que lo sentía mucho...
-¿Te refieres a las cuatro líneas que me escri biste? -contestó Edward riendo con sarcasmo-. En esa carta no me aclarabas nada. Te limitaste a desa parecer sin ninguna explicación.
-Cuando llegó el momento, la verdad es que no supe qué decirte -murmuró Bella.
-¿No supiste decirme que había estado compar tiendo mi cama con una fresca mentirosa?
-¡No me insultes! -se defendió Bella enfa dada.
-Eres una actriz maravillosa, bella mia -insistió Edward mirándola con dureza-. Sabías cómo llegar a mi corazón... ¡Te pasaste una semana entera con fundiéndome, ocultándome las respuestas cada vez que te preguntaba algo!
En un arrebato de cólera, Bella le lanzó la taza que había sobre la mesa.
-No fue así. ¡Yo no hice eso!
Edward enarcó una ceja al ver que la taza se estre llaba contra la pared.
-Te comportas como una niña pequeña, pero eso a mí no me importa. Tampoco me emocionan las lágrimas, te lo advierto.
-¡No pienso llorar por ti! -le gritó Bella-. ¡Me tendrías que torturar para conseguir que derramara lágrimas por ti!
-No puedo soportar las lágrimas, las escenitas ni las vajillas volando y, ante todo, prefiero que arreglemos estos asuntos en privado. Si haces esto en público otra vez, te mato.
-¿A qué te refieres? ¿Por qué dices «otra vez»?
Edward se sacó algo del bolsillo de la chaqueta y lo dejó sobre la mesa. Era una hoja de una revista y Bella se reconoció rápidamente en la fotografía. Estaba llorando a mares mientras iba hacia el aero puerto de Lugano y no se había dado cuenta de la presencia del fotógrafo.
-¿Qué dice? -le preguntó a Edward porque el pie de foto estaba en francés.
-«Mucho dinero no da la felicidad» -tradujo Edward.
Bella se cruzó de brazos.
-Siento mucho haberte avergonzado, pero eso demuestra que no lo pasé bien cuando lo nuestro terminó...
-¿Lo nuestro? -le espetó Edward-. ¿Quién creó esa situación? ¿Quién dijo que era mi mujer? ¿Quién mintió para meterse en mi casa y en mi vida?
-Mira, intenta entenderme -contestó Bella-. Me dejé llevar por la situación. Cuando llegué a Suiza, creía de verdad que estabas muy mal y que ría verte. Además, me habían dicho que habías pre guntado por mí...
-¿Por qué demonios iba a preguntar por una mujer a la que no había visto en casi cuatro años y que no significaba nada para mí? ¿Cómo iba a pre guntar por alguien si estaba inconsciente?
Bella asimiló aquella información con dis gusto. Nunca se había parado a pensarlo. Era cierto. Si estaba inconsciente, era imposible que hubiera preguntado por ella.
¿Le habría mentido su hermana? ¿Lo habría he cho con buena voluntad para que se fuera a Gine bra para estar al lado de su marido?
«Una mujer que no significa nada para mí». Las palabras de Edward resonaron en su cabeza. Las aca baba de decir. Eso era lo que pensaba de ella.
¿Y qué se esperaba? Durante una semana, su comportamiento había hecho que Edward creyera que la quería y por eso se había mostrado tierno con ella, pero eso ya había terminado.
Bella decidió no dejar que el dolor se apode rara de ella e intentó volver a lo que estaba di ciendo antes de que Edward hubiera hablado con aquella cruel sinceridad.
-El doctor Lerther me dijo que no te contara nada que pudiera preocuparte.
-¿Por eso me dejaste creer que estaba casado? ¿No te parece que eso puede ser muy preocupante para un hombre que cree que es soltero? —le espetó Edward.
-Espero que aprecies tu libertad ahora que sa bes que nunca la perdiste.
-Yo nunca perdí mi libertad, me la robaste tú -contestó Edward mirándola con asco-. Me hiciste creer que eras mi esposa y ahora todo el mundo lo cree así. Lo cierto es que, sobre el papel, soy un hombre casado, así que no puedo negar esos rumo res y los periodistas han conseguido sacarte fotos.
Bella se sintió terriblemente culpable.
-Supongo que eso será una vergüenza para ti.
-No es fácil avergonzarme -contestó Edward con sequedad.
-Lo siento mucho -murmuró Bella.
-Sentirlo no es suficiente para satisfacerme. Querías ser mi esposa, ¿verdad?
Bella palideció.
-Querías ser mi esposa y no dudaste en mentir para situarte en ese papel -se burló Edward.
Bella se sintió avergonzada y humillada.
-Sé que parece que hice mal, pero...
-No quiero escuchar tus excusas. Parece que hiciste mal porque hiciste mal. Has deshecho mi vida. Dejé a mi amante por ti...
-¿Cómo? -contestó Bella mirándolo con los ojos muy abiertos.
-La preciosa mujer que fue a verme a casa… era mi amante y la dejé porque tú me hiciste creer que era un hombre casado.
Bella cerró los ojos.
¿Cómo había sido tan tonta de creer que un hombre como Edward Cullen no iba a tener a otra mujer en su vida y en su cama? No había querido aceptar aquella posibilidad porque, si lo hubiera hecho, su posición hubiera sido insostenible.
Por eso, había elegido creer que Edward no tenía ningún lío de faldas. ¿Cómo había sido tan ingenua y tan egoísta? Lo cierto era que le había complicado la vida. La culpa y la vergüenza hicieron que se le formara un nudo en la garganta.
-Ahora, mi cama está vacía y quiero que tú llenes ese espacio.
-¿Perdón?
-Vas a volver a Suiza conmigo.
-¿Por qué iba a hacer una cosa así? -preguntó Bella sorprendida.
-No tienes opción. ¿Me diste tú acaso opción cuando me hiciste creer que vivía en un matrimonio de cuento de hadas? -le espetó Edward con brusquedad.
Bella palideció como si la hubiera abofeteado y desvió la mirada.
-No se me ocurre una buena razón por la que quisieras que vuelva a Suiza contigo.
-Quiero utilizarte como tú me has utilizado a mí y luego abandonarte cuando me aburra. ¿Te queda claro? -le espetó Edward mirándola con dureza.
-No lo dices en serio -rió Bella.
-Vamos a comer con tu hermana, así que será mejor que hagas las maletas.
Bella se quedó de piedra.
-¿Cómo que vamos a comer con Emma? Su co legio está a varios kilómetros de Londres...
-Mientras tú y yo hablamos, mi chofer ha ido a buscarla.
-¿Por qué ibas a querer comer con mi hermana?
-Tengo mis buenas razones. ¿Te crees que tú eres la única que puede fingir?. Yo soy un maestro de la manipulación, bella mia. Tu hermana cree que nos hemos reconciliado y está encantada, así que más te vale sonreír y sonreír para que se crea que eres feliz.
-¿Se puede saber cómo demonios has locali zado a mi hermana?
-Resulta que me llamó esta semana y se dis culpó con ternura por su hostil actitud cuando nos casamos.
-Oh, no... -gimió Bella al darse cuenta de que todo aquello había sido culpa suya.
Tras volver de Suiza, había hablado con su her mana varias veces por teléfono y había esquivado sus preguntas sobre Edward.
-Nunca le conté por qué nos casamos porque me dio miedo...
-¿Miedo de que dejara de respetarte por haberte casado por dinero? -dijo Edward con crueldad-. Para que lo sepas, no le he dicho la verdad. Me dijo que sentía mucho que estuviéramos viviendo de nuevo separados y me preguntó que si era culpa suya.
-¿Y qué le has dicho? ¿Le has dicho que nos hemos reconciliado?
-Efectivamente, nos hemos reconciliado. Va mos a vivir una reconciliación, pero con mis con diciones. Si resulta que es una reconciliación nega tiva por mi parte ya sabes que te lo has ganado a pulso.
-Después de oírte decir lo que opinas de mí, que crees que soy una persona mentirosa y horri ble, estaría loca para irme contigo -contestó Bella.
-Muy bien. Si prefieres, me voy a comer yo solo con tu hermana y le cuento esta preciosa his toria desde el principio hasta el final.
-¡Eso sería asqueroso por tu parte! -exclamó Bella horrorizada.
-A diferencia de ti, yo sólo estaría contando la verdad. Me alegro de que te des cuenta de que tu conducta ha sido inexcusable -dijo Edward saliendo de la habitación.
Bella lo siguió.
-Si quieres que te suplique, lo haré, pero no me tas a mi hermana en esto...
Edward la miró con sarcasmo.
-Suplicar es de paletos y deberías saber que, cuando yo quiero algo, simplemente lo tomo. Vas a aprender a comportarte como una mujer Cullen y me vas a ahorrar el tiempo y el esfuerzo de elegir a otra amante porque tú vas a asumir ese papel.
-¡No! -gritó Bella.
-Te lo has ganado, pero no te creas que eres in dispensable —le contestó Edward con sequedad abriendo la puerta.
-No te atreverás a contárselo a Emma.
-Claro que sí.
-Eso no te beneficiaría en absoluto. ¿Por qué eres tan cruel?
-Porque te lo mereces -contestó Edward mirán dola con dureza-. Me engañaste e incluso llegué a comprarte una alianza y, antes de darte una patada para que salgas de mi vida, te voy a hacer lo mismo.
-Yo no te engañé... yo no te hice creer...
-Pasará una limusina a recogerte dentro de una hora y media y te dejará en el hotel donde hemos quedado a comer con tu hermana. Nos veremos allí. Tengo que pasar por el despacho primero.
Bella sintió que el pánico se apoderaba de ella.
-Si me vuelvo a ausentar de la peluquería, me enfrento a la bancarrota y no me lo puedo permitir porque...
-Yo me haré cargo de tus deudas.
-Tengo doscientas cincuenta libras de descu bierto, es cierto que las debo, pero deja de hablar como si...
-Recuerda que soy banquero. Un descubierto que no está autorizado es una deuda.
-No me hagas esto, Edward -dijo Bella desespe rada siguiéndolo al descansillo-. Si me voy de Londres, ¿quién se va a encargar de la peluquería?
-Contrata a alguien. Ya me encargaré yo de pa garlo.
Bella vio que Edward comenzaba a bajar las esca leras.
-Si utilizas la relación con mi hermana para amenazarme, jamás te perdonaré -le advirtió.
-¿Y te crees que me importa?
Bella se tuvo que apoyar en la pared y tomar aire varias veces para calmarse. No se podía per mitir el lujo de correr el riesgo de que Edward le contara todo a Emma.
Estaba segura deque su hermana entendería por qué se había casado por dinero cuando cuatro años atrás su situación había sido tan desesperada, pero se iba a sentir terriblemente dolida porque Bella le había hecho creer que su matrimonio era de ver dad.
¿Sería capaz Edward de contarle a su hermana que se habían acostado? Bella se estremeció al pensar en la imagen que sobre ella se podía formar su her mana pequeña. Se suponía que le tenía que dar ejemplo.
Edward había sabido elegir la amenaza que hacía que Bella bailara al ritmo que él tocara.
