Los ojos de Avna permanecían abiertos como los de un gato, escudriñando la oscuridad sin ver nada; su espalda apoyada en la de Castiel, ambos sin pronunciar palabra alguna. Lo único que sus oídos captaban era el tétrico ulular del viento entre las ruinas y las respiraciones de los demás, que habían caído rendidos por el agotamiento. Uno de ellos roncaba levemente, cosa que en cierto modo divertía a la chica. Que alguien pudiera dormir tan profundamente en medio de aquella desolación era algo, cuanto menos llamativo. Quizás en otro momento no le hubiera visto la gracia, pero tras la colección de horrores vividos algo tan banal resultaba incluso cómico.
No sabía hasta qué momento iba a tener que mantenerse despierta, no había modo alguno de medir el paso del tiempo, pues ni las estrellas brillaban sobre ellos. Aquella era la noche más oscura que recordaba, sin nada en el cielo que irradiara la más mínima luz.
Aunque, ¿era realmente esa noche la más tenebrosa de su vida? Debía serlo; a saber cuántos cadáveres se apilaban a su alrededor, descomponiéndose lentamente. Ella aún podía olerlos, a pesar de que se estaba empezando a acostumbrar al hedor de la putrefacción. Ya sólo apreciaba aquel peculiar aroma si se concentraba en él, de lo contrario sus embotados sentidos lo pasaban por alto.
—Como te hayas quedado dormida te despierto a base de collejas —la voz de Castiel sonó irritada. Por un momento la joven se sintió tentada de clavar sus uñas en su cuello y hacer que se tragara sus palabras, pero se limitó a gruñirle. No le convenía enemistarse más con él, bastante tenía con soportar a Weasel —Gruñe lo que quieras, pero como se te cierren los ojos aunque sólo sean unos milímetros pienso hacerlo por muy histérica que te pongas.
—Vete al infierno —le espetó la chica de mala gana.
—¿No estamos ya en él? —fue la respuesta.
Avna guardó silencio. Admitía que se encontraba en una situación límite, mucho más macabra de lo que quizás hubiera podido imaginar, pero conocía infiernos mucho peores. A veces la contaminación y la desolación eran escenarios mucho más benévolos que algunos que ella recordaba haber vivido.
Cerró los ojos, como si de ese modo pudiera mantener sus recuerdos a raya, pero las palabras del chico habían abierto la tapa de la caja de Pandora, haciendo que su mente viajara muchos años atrás, a cuando no era más que una niña que no había cumplido los cinco años.
La pequeña se encontraba sentada sobre una mugrienta alfombra, tratando de apilar una serie de bloques de tal forma que construyeran una torre. Le gustaban esos bloques, tenían letras en ellos y una vez su madre le dijo que con esas letras podía formar palabras. Aún no sabía leer muy bien y sólo conocía algunos caracteres, pero era capaz de formar una o dos palabras sencillas. Aquel día se sentía orgullosa, pues la torre que estaba formando contenía las letras de su nombre. Seguro que a su madre le encantaba su pequeña proeza.
—¡Mami, mira! —exclamó con gozo cuando hubo terminando, girándose hacia el destrozado sofá que había en la estancia, donde se encontraban sus padres.
Pero estos no la miraron. Avna observó como uno de ellos calentaba una extraña sustancia blanca en una cucharilla mientras el otro se inyectaba esa misma sustancia en el antebrazo. A la niña no le sorprendió demasiado, conocía esa situación demasiado bien. Se estaban tomando "la medicina para volar". Avna nunca la había probado, pero suponía que debía de dar mucho calor porque siempre que se la tomaban, se acababan desnudando y daban saltos en el sofá de un modo muy curioso. A veces su madre gritaba esas palabras tan feas que ella no podía decir; otras veces se quedaba muy quieta, casi muerta, mientras algo blanco le bajaba por las piernas. Quizás fuera otro tipo de medicina...
Sabiendo que no iban a prestarle atención, volvió a sus bloques, mientras escuchaba el sonido de la puerta del pequeño apartamento abrirse. La niña no se inmutó, estaba habituada a que personas que apenas conocía entraran y salieran de aquella vivienda como si nada. Apiló otro más cuando el extraño invitado hizo acto de presencia en la sala.
—Joder Christiane, ¿otra vez con esa mierda? —inquirió el recién llegado.
—Métete en tus putos asuntos, Hans —Avna reconoció en la cascada voz de su madre el efecto de la medicina, que siempre la hacía arrastrar las palabras —¿Has traído la mierda que te pedí?
—Ahí la tienes, zorra —el hombre le arrojó una bolsa que la mujer apenas fue capaz de atrapar. Luego se volvió hacia la niña, observándola fijamente. Avna le devolvió la mirada; era un hombre de mediana edad, de pelo rubio apelmazado, como si estuviera sucio, ojos muy claros y una cicatriz en el pómulo derecho. Olía fuerte, como a sudor y a vómito y la niña no pudo menos que sentir cierto temor hacia aquella especie de animal que la observaba de aquella manera.
—Vaya, parece que la pequeñaja se está esponjando últimamente... ¿Quieres jugar con el tío Hans?
Ella lo miró, sintiendo como su garganta se quedaba ronca. No sabía qué contestar, por lo que permaneció quieta, con un bloque aún apretado en su manita. El tal Hans tuvo que tomar su silencio como un consentimiento, pues se sentó al lado de ella, sobre la alfombra.
—Ven aquí, mi niña, te voy a enseñar a jugar a un juego nuevo. ¿No quieres aprender? Claro que sí, a todos los niños les gustan los juegos nuevos... —mientras hablaba, se iba acercando poco a poco a ella. A la pequeña le llegó el acre olor de su aliento —Ven aquí, te voy a enseñar...
Algo hizo click en la cabeza de la niña al ver cómo él alargaba una mano cubierta de roña que más que mano parecía una zarpa. Intentó levantarse y alejarse de él, pero fue demasiado tarde, pues Hans ya la tenía agarrada por su mugriento vestidito.
—No seas mala o tendré que castigarte —hablaba algo más alterado, su voz le temblaba —Vamos, compórtate como una niña buena...
Tras esas palabras, le deslizó una mano entre las piernas con tanta brusquedad que notó como una de sus mugrosas uñas se clavaba en uno de sus muslos. Fue entonces cuando todo estalló dentro de su cabeza y lo que la rodeaba quedó cubierto por un velo negro.
Avna no fue consciente de cómo se abalanzó contra él, las uñas dirigidas hacia sus ojos como si fueran las zarpas de un felino. Clavó sus dedos en sus ojos oculares notando cómo los mismos cedían bajo la presión de sus manos. El hombre, paralizado por la sorpresa o quizás por haber tomado la medicina para volar apenas pudo reaccionar. Ella sólo apretaba, apretaba, apretaba sabiendo que ese tipo era un hombre malo que quería hacerle daño...
El dolor en el labio la hizo volver al presente. Los recuerdos desaparecieron como si alguien hubiera encendido una luz, alejando las sombras de su mente. Se percató de que se había mordido con tanta fuerza que se había hecho sangre, aunque en aquella ocasión lo agradeció. Al menos no se había perdido demasiado en sus recuerdos.
—Hay un infierno peor que este —murmuró en voz alta. Notó como su compañero se sobresaltaba, quizás porque no esperara que ella fuera a contestarle.
—¿En serio crees que hay algo peor que toda esta mierda? —masculló Castiel —Estás peor de lo que pensaba.
—¿Qué sabes tú del infierno? —a ella misma le sorprendió la frialdad de su voz —Quizás tú lo estés conociendo ahora, pero yo he vivido en uno desde que tengo memoria. Se podría decir que no conozco otra cosa.
—¿Y cuál fue tu infierno? ¿Tus papis no te compraron la muñeca que querías? —inquirió él con sarcasmo.
—Mis papis no me compraron nada porque todo lo que tenían se lo gastaban en heroína para colocarse —respondió —Se ponían de droga hasta el culo y luego follaban en el sofá mientras yo jugaba con mis cosas en la alfombra. Les daba igual que yo estuviera, apenas si me prestaban la atención necesaria para que no andara llena de mierda.
Castiel se quedó completamente en silencio. Le gustaría ser capaz de saltar con algún comentario de los suyos, pero las palabras de Avna lo habían dejado mudo. Nunca se paró a pensar en el pasado de los pacientes, simplemente los veía como a desequilibrados mentales que era mejor mantener apartados de la sociedad. A fin de cuentas para eso estaba Bird's Cage, de hecho su propio nombre lo indicaba en cierto modo: una jaula para pájaros... una prisión para locos.
El chico clavó las manos en sus botas. Él admitía no llevarse demasiado bien con sus padres, pero aunque trataba de mantenerse alejado de ellos, no lo habían abandonado de ese modo. Se imaginó cómo podría haber sido la infancia de aquella "loca". Si una persona vive en un ambiente así desde que viene al mundo, ¿no sería normal que acabara perdiendo la cabeza? ¿Y si quizás la habían drogado de niña y por eso se encontraba en ese estado? No sabía el trastorno concreto que tenía, pero sí que era de las peligrosas.
Un repentino aullido puso fin a sus pensamientos. Ambos se tensaron mientras aquel escalofriante sonido se repetía. Se pusieron de pie, intentando descubrir de dónde provenía aquel sonido, cuando unos gruñidos empezaron a dejarse oír.
—Lobos —murmuró el chico, haciendo que Avna se quedase petrificada en el sitio —Han debido de venir a por la carroña y nos habrán olido. Y claro, ellos prefieren la carne cruda... y fresca.
Bis hier! Si bien iba a centrarme en los lobos en este cap, he pensado que también deberíamos ir conociendo un poco las historias de los personajes, y la primera ha sido Avna. ¿Saldrán vivos de esta para que le llegue el turno a otro? Quien sabe...
Muchas gracias a todos los que seguís la historia. Cada comentario me hace ser consciente de la ilusión de quienes leen el fic y me animan a seguir con él. Así que ya sabéis, ¡comentad para que todo esto siga! (?)
