Spyro era, en muchos sentidos, un joven diferente. Por un lado, ayudar a los necesitados le gustaba más que cualquier otra ambición, sin pedir recompensa alguna; y por otro, deseaba de verdad vivir una vida tranquila. Y además, Spyro era un dragón púrpura.

Era casi mediodía y estaba volando en el cielo, casi rozando las puntas de los árboles con sus garras. Tenía por delante a cientos de árboles más, un sol resplandeciente que iluminaba aquellos picos y, rozándole en la cara, un viento refrescante. Mientras planeaba, Spyro recorría el paisaje con sus ojos, con el entrecejo fruncido, buscando a una criatura que estuviera pidiendo ayuda.

La vista se detuvo en una peculiar roca que le llamó mucho la atención. Se encontraba cerca de la orilla de un río cristalino. Spyro descendió, esquivando ágilmente los árboles, y aterrizó delante de aquella piedra. Al mirarlo de arriba abajo, se dio cuenta de que, aparte de que tenía un tamaño que le superaba por una cabeza, había una extraña descripción grabada en ella y leyó:

VALLE DE AVALAR

Sigan el curso este del río, porque lo llevarán directo a Valle de Avalar, hogar de los leopardos más fuertes que existen en Reino Dragón. ¡Pero cuidado, turistas! Nunca intenten burlarse de ellos, porque recibirán un terrible castigo. Si son buenos, lo recibiremos con los brazos abiertos.

No hace falta mencionar, que tengan cuidado, porque las cercas que rodean nuestro pequeño pueblo; Valle de los Cazadores, están plagadas de grublins, orcos, wyverns y otras criaturas por ahí, que aún no hemos estudiado por falta de tiempo.

Si son dragones, asegúrense de no quemar nuestros cultivos. ¡Nos ha llevado años para que den frutos para alimentar a nuestra gente! Casi se acerca la temporada de invierno ¡Ni se les ocurra hacerlo! Si enemigos son ustedes, como escribí más arriba, aléjense si no quieren recibir los colmillos, las flechas, las espadas y las garras.

P.D: Por favor, no intenten verse como animales, porque les podríamos disparar con flechas por accidente.

Atentamente,

el líder de los guepardos, Prowlus.

Nervioso, Spyro se puso la garra debajo de la barbilla y buscó una señal de peligro a su alrededor pero no había encontrado nada, para su alivio. Lentamente y con mucho cuidado, se acercó a la orilla, inclinó el cuello y comenzó a beber el agua, deteniéndose a escuchar de vez en cuando, porque si alguno de los leopardos, al pasar entre los arbustos, oían el sonido de la lengua, lo más probable era que lo atacaran de nuevo con una bomba para dormir y despertara encadenado en la esquina más pequeña que había en la aldea de los guepardos.

— No hace falta suponer que los "agradables" aldeanos de Avalar continúan desconfiando de otras especies —Dijo Spyro con sarcasmo, dejando de beber, relamiéndose la boca, y levantó el cuello. Se aseguró de que no hubiera nadie a kilómetros.

La familia de los guepardos, que vivía en el pequeño pueblo de Villa de los Cazadores, era el motivo de que Spyro no pudiera aventurarse libremente en los alrededores de Avalar. El jefe Prowlus era el aliado más hostil que tenía Spyro. Era un cazador, y su actitud hacia los dragones, o de cualquier otra raza en general, era muy medieval. En lo que Spyro llevaba visitando a los pueblos, a las villas y a las ciudades del gran reino de los dragones, nunca se había topado con aliados así, que habían aceptado su ayuda sin vacilaciones. Durante años, Ignitus, Terrador, Cyril y Volteer habían albergado las esperanzas de conducir a Spyro en su destino como dragón púrpura, con bastantes entrenamientos. Les alegraba haberlo conseguido y vivían con la seguridad de que las fuerzas del pequeño Spyro pudieran derrotar al mal que amenazaba con exterminar la vida en el mundo. Lo único que podían hacer los guardianes en aquellos días era vigilar, cuidar a los sobrevivientes que quedaron, y guiarle en lo que necesitaba saber.

— Llevamos horas buscándolos — Susurró para sí mismo, observando su reflejo en el agua—. Sparx, Cazador, Terrador, Cyril, Volteer, me gustaría verlos otra vez… Sobre todo a… —Un nudo ahogó sus palabras, abriendo los ojos con horror y apretando los colmillos—. Ignitus… —La voz se le tornó vacía—. Es cierto… Él ya... No...

Le costaba pronunciar las últimas palabras, como si no quisieran salir de su garganta. Tanto así, que prefirió guardárselas. Apartó la cara del río y miró vagamente a los árboles, cuyas hojas danzaban con el viento.

— Lo lamento, Ignitus… —Musitó Spyro con resentimiento—. No debí haberte dejado, pude salvarte también…, así, seguirías a mi lado…

Para Spyro había representado un grave problema, porque aquel sacrificio le había dejado un gran hueco irreparable en el corazón. ¿Cómo podía continuar sin él? Se preguntaba, una y otra vez. Una de las tareas más difíciles, sobre aprender de los dragones, era guiado por el dragón que más apreciaba Spyro, Ignitus, que estaría encantado de tener una razón para guiarlo hacia la máxima sabiduría. Spyro iba a echar mucho de menos aquellos consejos y no quería perder a más nadie. Así que, durante las primeras horas que despertó en las afueras de Valle Avalar (sin tener ideas de cómo llegó ahí), con Cynder, aprovechó la oportunidad: mientras que nadie estaba atemorizando a los alrededores, Spyro le pidió a Cynder (en voz muy calmada, para que ella lo tomara de buena manera porque estaba muy cansada), que investigara en el norte para que hallara pistas sobre el paradero de los demás, y ésta aceptó con determinación. Spyro fue volando en sentido contrario (sur), revisó algunas cuevas, se encontró con unos animales que uso para comer y se aseguró de que no hubiera enemigos asechando.

— Tal vez… Si ella no me hubiera detenido… —Soltó de repente, mirando el cielo, confundido y extrañado—. ¡Bah! —Agitó la cabeza, alejándose del río—. Ella me motivó a continuar. Si no fuese por ella, seguiría atormentándome por eso.

Spyro no quería problemas con ella y menos en aquellos momentos, porque estaban debilitados y todo porque habían desgastado muchas energías contra el temible dragón púrpura.

— ¿Cómo le estará yendo con su búsqueda? —Preguntó, pensativo.

Cynder, que era la única amiga que Spyro tenía en Templo Dragón, procedía de una maldición que la había convertido enuna dragona que destruyó a cientos de dragones en contra de su voluntad. Esto significaba que sabía muchas cosas que Spyro ignoraba, pero nunca había querido compartir sobre su pasado. La propia Cynder ni siquiera lo entendía totalmente. Debido a eso, Spyro quería ayudarla, como ella hizo con él cuando perdió a Ignitus.

— Nunca lo voy a averiguar estando aquí —Enderezó las alas, con una sonrisa suave— Tal vez me esté esperando en el punto de reunión.

Spyro terminó de pensar en aquellas dudas e hizo una pausa para volver a escuchar. Sólo las melodías lejanas y placenteras de las innumerables criaturas rompían el silencio del bosque. Debía de ser muy tarde. A Spyro le dolían las extremidades del cansancio. Sería mejor continuar con la investigación unas horas después…

Flexionó las patas delanteras, separó las patas traseras, extendió más alas, quedándose rígidas y quietas, agachó la cabeza y levantó la cola. Respiró unas cuantas veces, inflando y desinflando el pecho. Se impulsó hacia arriba, voló encima del páramo y miró a la esfera luminosa que cubría al mundo con una tenue luz blanca.

Estaba ocultándose en el horizonte. Spyro se sobresaltó: hacía más de tres horas que había estado recorriendo el bosque y no se había dado cuenta. Con una mueca de disgusto adornándole la comisura de sus labios, imaginó que Cynder lo estaría esperando con una cara asesina. Menudo despistado estaba hecho Spyro. A pesar de los años y de las batallas que obtuvo, nunca cambiaría.

Spyro aún era un dragón diferente en otro aspecto: en el excesivo entusiasmo con que preparaba sus aventuras. Nunca había experimentado una autentica vida normal. En el momento que salió del cascarón, las libélulas (Flash y Nina) lo criaron y llegó a creer que era uno de ellos, a pesar de que tenía un tamaño proporcionalmente grande, una apariencia nada similar a la de un insecto alado y apenas podía caber en el árbol donde dormía con su hermano adoptivo, Sparx. Largos años después, sucedió un trágico accidente que involucró a la libélula amarilla, que todavía recordaba sus chillidos de auxilio, porque había sido capturado por unos simios de caras feas y de alientos podridos. En aquel instante, Spyro descubrió la verdad. Verdad que lo hizo saber que era un dragón y no una libélula, porque había escupido fuego por la boca para salvar al insecto dorado de aquellos monstruos. Pero Spyro quería saber de dónde venía, y salió de casa con Sparx. Horas después, conocieron a Ignitus, el primer maestro que Spyro tuvo. A partir de entonces, vivió con entrenamientos y aventuras, que lo llevaron a descubrir quién era; un dragón destinado a salvar el mundo.

Spyro atravesó los árboles, arrasando las hojas de éstos, y llegó hasta el centro de un campo, que estaba vacía, repleto de flora y fauna. No había nadie. Se apoyó en la roca más próxima, poniéndose las patas delanteras debajo de la cabeza, y notó con agrado en la cara, aun del largo rato que se la pasó volando, el frescor del atardecer. Hacía cinco horas que se había separado de Cynder. Spyro no estaba preocupado por ella (en otras ocasiones se había ido por motivos personales, pero éste no era el caso), pero esperaba que no tardara en volver. Era la única amiga en aquel lugar que estaba preocupado por él.

Aunque Spyro seguía siendo demasiado pequeño y esmirriado para su edad, había crecido varios centímetros durante la última aventura. Extendiéndose desde la cabeza hasta la punta de la cola, que tenía una especie de hoja amarilla, una cresta amarilla de membranas naranjas decoraba la frente. La espalda era decorada por magníficas alas, que le ayudaban a volar, aunque no a grandes alturas. Tenía unos ojos púrpuras brillantes, cuernos curvados en la cabeza, y con manchas oscuras, claramente visible en el cuerpo, una escamosa piel púrpura, protegida por placas naturales color arena en el pecho y vientre.

Aquel color era lo más extraordinario de todas las características inusuales de Spyro. Era, como le habían explicado los Guardianes durante los últimos tres años, una raza que nadie, ni siquiera Spyro, entendía totalmente, porque podía controlar varios elementos. Mientras que, uno normal sólo podía manejar uno. Habían nacido dos dragones de aquella mística y desconocida especie: Spyro y, el dragón más temido por todos durante los últimos mil años, Malefor. Como huevo, Spyro había sobrevivido a aquella invasión sin otra secuela que perderse en las profundidades del pantano, gracias a Ignitus, que lo había salvado en ese entonces, cuando el ejército de Malefor, en vez de encontrarlo y matarlo con las demás crías, había robado un huevo de dragón. Insatisfecho, el ejército había huido del templo dragón, pero Malefor tenía planes con aquel ser, que pronto sería conocido como el Terror de los Cielos

Pero Spyro había tenido que vérselas con ella, en el momento en que emprendió la búsqueda de los otros guardianes. Al recordar, junto a las flores, sus últimas batallas, Spyro pensó que si había seguido con vida era porque tenía mucha suerte.

Miró el cielo nublado, por si veía a Cynder, que quizá regresara con un animal muerto en el hocico, queriendo recobrar energías con un buen alimento. Spyro miraba distraído por encima de las montañas y pasaron algunos segundos hasta que comprendió lo que veía.

Perfilada contra el sol blanco y creciendo a cada instante, se veía una figura de forma extrañamente irregular que se dirigía hacia Spyro, batiendo las alas. Se quedó quieto, viéndola descender. Durante una fracción de segundo, Spyro no supo, con la boca largando humo, si atacarla de golpe con una bola de fuego. Pero entonces, la extraña criatura revoloteó sobre los picos del lugar, y Spyro, dándose cuenta de lo que era o de quién era, dio unos pasos hacia atrás y se hizo a un lado.

Una dragona penetró los árboles, desprendiendo las hojas de éstas, y sostenía, con las patas delanteras, unas cosas que parecían cristales. Sus vidrios brillaban a través del sol, como un arcoíris pequeño. Aterrizó suavemente sobre el césped, a espaldas de Spyro, y los cristales, que eran rojos y verdes, cayeron y quedaron allí, inmóviles y relucientes. La dragona sonreía orgullosa de sí misma, teniendo el pecho en alto.

— ¿Se te ha perdido algo, Spyro? —Dijo aquella dragona, manteniendo su sonrisa de picardía, y volviéndose hacia él.

Al reconocer la voz, Spyro miró hacia atrás y sintió como le quitaran un horrible peso de los hombros. Estaba delante de la mismísima dragona de oscuridad Cynder, a quien solían llamar como Terror de los Cielos.

— Has tardado mucho, Cynder —Confesó Spyro en tono de preocupación, sentándose en la hierba blanda y verde—. Llegué a pensar que te había sucedido algo.

La sonrisa de Cynder desapareció. Spyro se le había puesto la piel de gallina en las patas, a pesar del caluroso viento. Cynder agarró un cristal verde y acumuló el resto en un pequeño bulto con la cola. Dando dos pasos, se puso delante de Spyro.

— De nuevo te preocupas demasiado —Observó Cynder, agitando con picardía la cola que traía un cuchillo afilado—, no me importa quedarme un rato afuera. ¡Perdería mi experiencia si no luchará un poco! Por desgracia, no había encontrado monstruos para distraerme un rato.

Cynder, una dragona de la misma estatura que Spyro, con escamas negras y placas rosadas desde el pecho hasta el vientre, parecía distante y decepcionada.

— ¿Tú tampoco? —Preguntó Spyro, frunciendo el entrecejo—. Entonces este lugar está libre de enemigos y monstruos hostiles.

— ¡No te apresures! —Grito Cynder con seriedad—. Claro, hicimos un gran trabajo alejándolos por estos lares, Spyro, pero aún no podemos llegar a la conclusión de que sea seguro.

Antes de que Spyro pudiera decir una palabra, notó que Cynder le extendió pequeños cristales verdes y rojos, que sostenía con la garra derecha.

— Ten, Spyro, pareces desfallecido cuando te estresas demasiado.

Spyro carraspeó.

— No tienes por qué haberte molestado en traérmelos —Explicó, sonriendo apenado—. Estoy bien, no te preocupes por mí.

— ¡No digas tonterías! —Tajó Cynder, lanzándole una mirada de enojo—. Además…, te agradará oír que estamos cerca del Valle de Avalar. Hace unas horas que me encontré con algunos guepardos armados rondando por aquí. Han intentado verme y cazarme, confundiéndome de seguro con un pájaro enorme, pero me oculté en los arbustos más cercanos. Si los encontramos, podremos hallar pistas de lo que sucedió.

No se le ocurrió a Spyro objetar ante aquella declaración. Quería ir a Valle Avalar también para descubrir cuál era la situación actual.

— Sí, creo que es lo que deberíamos hacer ahora —Dijo, observando ahora los cristales de Cynder—. Y agradezco el gesto, Cynder, pero todavía me encuentro muy bien.

— Te ves terrible —Replicó Cynder con una cara de ironía, mientras que el cielo empezaba a teñirse de rojo manzana.

Spyro entendió enseguida las palabras de Cynder. Ella lo miraba de arriba abajo y parecía querer echarse una buena carcajada. Spyro se inspeccionó inmediatamente el cuerpo, sin poder creer lo que veía. Las patas estaban cubiertas de barro, tenía las alas agujeradas y las escamas se habían ensuciados de arena. También, sin darse cuenta, jadeaba del cansancio. Spyro, riendo para sus adentros, se volvió hacia ella. Cynder se echó una risa fuerte, agitó fuertemente las alas en señal de burla y extendió una vez más los cristales mágicos.

— Sí..., eso creo —Dijo, sonrojado, y agarró los cristales—. Mejor estar preparados, aunque no quisiera toparme con algún monstruo.

Spyro dejó caer los cristales, levanto la cola, la movió como si fuera un martillo y los quebró en un millón de pequeños pedazos. Se concentró para que su desgastado cuerpo pudiera absorberlos. Flotaron alrededor de Spyro, convirtiéndose en partículas coloridas, y se unieron mágicamente a su cuerpo.

— Me siento como nuevo, menos mal que los cristales tienen el poder de recobrar nuestras fuerzas —Observó Spyro, satisfecho.

Las alas estaban como nuevas. Las escamas púrpuras de Spyro brillaban como si alguien los hubiera pulido. Rápidamente, Spyro se quitó el barro de las garras, sacudiéndolas con irritación, y sacudió el cuerpo para que la arena desapareciera.

— Pensé que te gustaría un poco de acción... —Interrumpió Cynder, mirando al horizonte—, pero parece que me equivoque.

Mientras hablaba, Cynder desplegaba las alas y dejaba boca abierto al dragón púrpura, que la miraba sonreír con burla.

— ¡Creo que hemos tenido suficiente acción por el resto del año! —Le exclamó Spyro enseguida—. ¡Luchar con Malefor me dejó muy exhausto!

Pero ya era demasiado tarde. Cynder saltó con ligereza del suelo, enderezó las alas, realizó una rápida piruleta aérea y llegó de un golpe en las puntas del bosque; las hojas estaban oscurecidas, casi del mismo color de piel que la de Cynder y ella las utilizó para esconderse con suma facilidad, gozando de la libertad con una vivida risa.

— ¡Animate un poco, Spyro, nunca vamos a hallar a nuestros amigos si continuas flojeando!

— ¡Espera, Cynder! —Exclamó Spyro, poniendo cara de no entender lo que había pasado.

Un minuto después, Cynder desapareció de los ojos de Spyro. El sol se había ocultado totalmente en el horizonte, oscureciendo el cielo y decorándola con hermosas estrellas plateadas. Spyro estaba a punto de gritar el nombre de Cynder, porque no la encontraba por ninguna parte, cuando escuchó unas ramitas romperse en la lejanía. Girándose hacía el norte, lo miró con aprensión, pero aquella dirección no volvió a mostrar indicios del paradero de Cynder, y se dio por vencido. Decidido a seguir el juego de la dragona de oscuridad, extendió las alas y voló al interior del bosque.

— ¿Estás por aquí? ¿Me oyes? Eeh… ¿Cynder?

Un viento sopló, entumeciéndole las patas traseras y la cola, como si se tratara de una navaja helada.

— Esto me trae malos recuerdos… —Susurró con fastidio, recordando las innumerables veces que le habían pasado cosas terribles en ambientes tétricos y lúgubres.

Spyro cambió de dirección y se dirigió hacia el oeste. Estaba mucho más oscuro, porque el viento fuerte y helado que agitaba las gruesas hojas de unos árboles moribundos y torcidos había causado que iluminación nítida de las dos lunas celestiales fuesen tapadas por éstas. Volando, iba a ciegas por el camino cuando chocó y cayó de cabeza contra algo que había al frente.

Se volvió y afinó la vista para ver qué era aquello sobre lo que había chocado, y sintió que el mundo se le venía encima.

En el aire, monstruoso y rojizo, con una mirada de espanto en el rostro y los ojos rasgados vueltos hacia el dragón púrpura, yacía una figura endemoniada que se acercaba, agitando unas alas que parecían ser de murciégalos.

Spyro se puso de pie, con la respiración acelerada y el corazón ejecutando contra sus cotillas, lo que parecía un redoble de tambor. Miró enloquecido arriba y abajo del bosque y vio unos animalitos inofensivos huyendo de la criatura rojiza a todo correr. Lo único que se oía era la terrorífica voz que largaba aquel ser, como si estuviese silbando de una manera distorsionada y poco placentera de escuchar.

Podía salir volando, pero posiblemente sería perseguido por aquella cosa. Pero no podía dejar a qué eso pudiera lastimar a personas inocentes…, tenía que pelear por ellos. ¿Hace cuánto tiempo que no dio una buena lucha? Desde la lucha contra Malefor, no estaba seguro si sus elementos todavía seguían funcionando… La última vez que liberó una energía de aquella manera, permaneció seis meses sin dominar nuevamente sus elementos… ¿Y cuál sería el elemento más eficaz? ¿Fuego, tierra, electricidad o hielo? El fuego había sido su elemento favorito. Por alguna razón, lo hacían sentir más a gusto, como si fuera su verdadera raza y no un dragón que podía controlar a otros tres.

Aún estaba allí, confundido, cuando un rugido amenazador se alzó delante de él. La bestia se acercaba a toda velocidad. Viéndola más de cerca, parecía más un dragón cubierto por una manta rojiza transparente. Todavía no era capaz de reconocerlo, pero no le dio mucha importancia, porque unas preguntas se le surgieron, de repente, en la cabeza. ¿Acaso raptó a Cynder? Sí es así… ¿Dónde se la llevó? No iba a quedarse con esas inquietudes.

— Muy bien, sea lo que seas —Dijo Spyro, optando una posición de combate y frunciendo desafiantemente el ceño—. Preparate, porque iré con todo.

El monstruo se detuvo a media alzada de garras delanteras. Pensativo, vio los humos negros salirse de la boca del joven dragón. Cayeron las patas, soltó una rápida carcajada extraña, llenó los pulmones y, antes de que Spyro pudiera impedirlo, gritó:

— ¡KROAAAR! ¡KRRRRRRRR! ¡KRKRKRKRKRKRKR!

« ¡Aghgggggh! », « ¡Ay! »: un grito de horror y después uno de dolor, fueron los aullidos que Spyro había escupido por la boca, antes de que cayera de espalda, con las patas en el aire y con los ojos en blanco. Durante una milésima de segundo, un ruido se alzaba por el bosque, como si estuviera andando miles de sirenas distorsionadas, que podrían dejar aturdido y paralizado a cualquiera que lo escuchase. Spyro, por desgracia, sufría aquellos efectos, con cara de malestar.

El monstruo rodeó a Spyro, poniéndose delante de la cabeza, y posó un cuchillo afilado alrededor del cuello de éste, amenazándolo con cortárselo. El ruido cesó al instante, seguido por una misteriosa onda roja que se había evaporado fugazmente en el cielo, la cual Spyro pudo fijarse a duras penas cuando sentía que recuperaba el control de sus extremidades. Spyro utilizó su cola y la golpeó contra el suelo para provocar una sacudida que se extendió a los pies de aquel bicho rojo, obligándole a que lo liberara del mortal cuchillo, y fuera empujado unos centímetros de él. Cuando el enemigo se hubo alejado un poco, Spyro se incorporó de inmediato en cuatro patas y comenzó a desprender chispas eléctricas entre los dientes de navajas.

— ¡Buen intento, pero debes ser más rápido si quieres ponerme en aprietos! —Gritó Spyro, con la cara completamente seca, a punto de expulsar un rayo eléctrico a su adversario.

Para sorpresa de Spyro, el enemigo sonrió, y no de una manera espeluznante, sino de una de felicidad.

— ¡Ya basta, Spyro! —Dijo repentinamente, expresándose con una voz inconfundible para los oídos del joven púrpura —. ¡Me vas a hacer explotar!

Se río a todo pulmón de la cara atónita que ponía Spyro.

— Increíble, he sido yo todo este tiempo, Spyro. Me cubrí con una capa de mi elemento, y luego me escondí en el bosque para que intentaras encontrarme. Mira…

Con un nudo en la garganta, Spyro entrecerró los ojos a tiempo de que la manta roja se esfumaba, en un millón de pedazos, del cuerpo de la criatura. Era Cynder con una sonrisa juguetona, como de costumbre.

— ¿C-Cynder…? —Balbuceó Spyro. Las patas le fallaban, al punto de casi dejarse caer en el césped—. F-Fuiste… Tú… ¿Todo este tiempo?

— ¡Así es! —Dijo Cynder con voz potente, y una sonrisa de triunfo se le apareció en el rostro.

La estupefacta mueca de Spyro se agrandó más.

— Te veías tan diferente, Cynder, no parecías tú misma… —Dijo, con un dolor de cabeza que no le dejaba pensar con claridad—. Llegué a pensar que, por un momento, fuiste derrotada y te llevaron lejos de aquí.

— ¿Yo, derrotada? —Repitió Cynder bruscamente—. Estoy bien. Ni con un millón de monstruos serían suficientes para vencer a esta dragona. Y, al igual que tú, perfeccioné mis habilidades para hacerme más fuerte —Tenía una sonrisa orgullosa ahora—. Tengo mis momentos, ¿recuerda?

Sin el viento, el ambiente quedaba tan calmado y bonito como antes. Ante la repentina desaparición de las corrientes frías y heladas, Spyro sospechó que Cynder también había manipulado el aire para dejarlo con el miedo en la boca.

— No necesitabas hacerme pasar un mal rato —Dijo con firmeza—. Estaba preocupado por ti, ¿por qué lo hiciste?

Pero Cynder lo miró con expresión severa, como la que había visto a veces adoptar Cyril, el guardián del hielo.

— Tus años de entrenamientos no servirán de nada si no lo pones en práctica —Explicó con voz de dictadora—. La última vez, perdiste tu capacidad de controlar tus otros elementos, ¿lo olvidas?

Con el susto de la batalla, Spyro apenas podía recordarse del motivo por el que sus elementos dejaron de funcionar hace tres años, pero lo terminó de recordar en cuanto Cynder caminó unos pasos hacia adelante, se sentó en la hierba alta, y posó, en el hombro de él, una de sus garras negras, que lo calmó un poco.

— Ya, disculpa por darte un susto de muerte, pero funcionas mejor estando bajo mucha presión —Le pidió Cynder, sacudiéndolo con amabilidad.

Entre jadeos y sacudidas, Spyro no supo qué decir. Hace tres años, los Guardianes habían debatido sobre la estancia de Cynder en el Templo Dragón. Pensó en Cyril gritando « ¡Es peligroso mantener a una dragona que ha sufrido los terribles efectos de la Enfermedad de los Dragones! », y en las miles de palabras de Volteer, que decían los lados positivos y negativos de cuidar a Cynder. Luego recordó que la discusión había concluido con dejar a Cynder vivir en el templo, porque Cyril no quería seguir escuchando el glosario verbal eterno de Volteer. Recordó, también, en los métodos que utilizaba Cynder con ayudarlo, y en su creciente lucha por volver a activar sus elementos por cuenta propia…

— Descuida, entiendo tu punto —Respondió Spyro, armándose de tolerancia—. Aunque, a veces, eres escalofriante cuando tratas de ayudar.

Cynder parecía indignada.

— ¡Eres tú el que no se adapta a mis métodos de entrenamiento! —Gritó, señalando, con la garra índice, a Spyro—. Has estado un poco lento, deberías a mejorar tus reflejos.

Había algo en la voz de Cynder que hizo que Spyro le preguntase:

— Nunca te he visto usar así el elemento miedo, ¿cuándo lo aprendiste?

Para sorpresa de Spyro, Cynder ahogó una risita.

— ¿De verdad lo olvidaste, Spyro? —Preguntó, con una voz despreocupada—. Ignitus, y los otros, nos lo han explicado cientos de veces —Sonrió con satisfacción—. Y, bueno, no fue fácil realmente…, pero lo puse en práctica (cuando tomamos rutas diferentes para buscar a nuestros amigos) y conseguí dominarlo mil veces mejor.

— Me pusiste en un gran aprieto —Admitió Spyro, orgulloso—. No has tenido ningún problema, ¿verdad?

Cynder hizo un gesto de despreocupación con la garra.

— No —Dijo, sonriendo de oreja a oreja—. Poniendo en práctica las palabras que nos dijo Ignitus, entrenar en solitario es como cazar ovejas.

— Eeh… ¿Qué dijo Ignitus? —Preguntó Spyro, extrañándose consigo mismo por haberse olvidado de las palabras de su mentor.

Cynder se quedó petrificada, desplegando las alas en señal de asombro y ahogando un grito de incredulidad. Spyro inclinaba la cabeza con una ceja levantada, abriendo ligeramente la boca para hablar, pero, como no tenía nada que decir, la cerró. Un segundo después, Cynder recuperó la compostura y, con los ojos abiertos, gritó:

— ¡Las tres frases de un elemento! —Dijo, impresionada—. No me extraña que aquella vez no supieras manejar tus elementos por seis meses.

— Claro que no —Replicó Spyro, arrugando la frente—. Quiero decir, sé que la primaria es de ataques cercanos, la secundaria para las distancias y la furia para liberar todo tu poder. Si te centras en algunas de ellas, liberarás nuevas habilidades. ¿Cierto?

— Muy bien, me alivia saber que todavía tengas presente los aspectos básicos de cómo entrenar los elementos —Dijo Cynder más relajada—. Pero, siempre me comía la pregunta… ¿Por qué habías dejado de usarlos en esos tiempos? —Preguntó, arqueando una ceja con severidad.

— Bueno… —Spyro se rascó la cabeza, eligiendo cuidadosamente las palabras—Accidentalmente, te eché un extraño ataque púrpura la vez que nos enfrentamos en el Altar de Conve… —Cynder lo insistió con la mirada para que fuera al grano—. Ya sabes…, pero era como si mi cuerpo hubiera reaccionado solo, y yo sólo obedecí. Cuando salimos con vida de la explosión y llegamos al templo, mi cuerpo, por alguna razón, se apagó, como si se quedara sin energías. Nunca llegue a comprender lo que me pasó exactamente.

— ¿Has llegado a sentir que tu cuerpo se movía solo sin siquiera darte cuenta? —Repitió Cynder con una voz débil.

— ¿Y qué? —Preguntó Spyro, desinteresado, y ladeando la cabeza—. Apuesto a que pueden hacerlo montones de dragones.

— Desde luego que no —Dijo Cynder con un tono de misterio—. No es un don muy frecuente, Spyro, eres un dragón púrpura y, dejarte llevar por esos poderes, no es buena señal.

— ¿Qué no es buena señal? —Cortó Spyro, comenzando a enfadarse—. ¿Por qué te inquietas demasiado? Mira, si no hubiera permitido que mi cuerpo, poder, o lo que sea, derrotara a Gaul…

— ¿No recuerdas lo que te pasó?

— ¿Qué pasa? Tú, y Sparx, estaban allí… Ustedes me vieron.

— Estabas en un estado de oscuridad —Le dijo Cynder, preocupada—, y te hizo perder la cordura. Podías haber hecho daño a cualquiera. No te sorprenda que no lo puedas recordar, parecías como si estuvieras perdiendo el control. Llegaste a asustar a Sparx, y a mí. Fue escalofriante…

Spyro se quedó con la boca abierta.

— ¿Dejé que una fuerza invisible me manipulara? Pero no comprendo… ¿Cómo puedo controlar un poder sin saber que la tengo?… —De golpe, se asustó consigo mismo—. ¿Ha sucedido otras veces?

Cynder asintió con la cabeza. La cara que ponía, parecía como si acabara de morir alguien. Spyro no alcanzaba a comprender qué era tan terrible.

— ¿Me quieres decir qué hay de malo en impedir que un gorila horrible y sin un ojo siguiera sirviendo a Malefor por puro capricho de poder? —Preguntó—. ¿Qué importa cómo lo hice si evité que su ejército se volviera menos fuerte?

— Sí importa —Interrumpió Cynder, hablando en un frío susurro—, porque Malefor era temido por su inusual capacidad de controlar un poder oscuro que nadie llegaba a comprender. Por eso la apariencia que tenía era diferente a la tuya, estaba muy influenciado por esa oscuridad.

Spyro quedó hecho piedra y boquiabierto.

— Y bueno —Prosiguió Cynder, despacio, como si le costara pronunciar las siguientes palabras—, Sparx y yo hemos llegado a pensar que podrías ser un descendiente muy lejano de Malefor —Al ver la cara de horror que ponía Spyro, rápidamente agregó—. Aunque fue idea suya.

— Pero no lo soy —Escupió Spyro, sintiendo un inexplicable terror.

— Te costará mucho demostrarlo —Dijo Cynder, con un tono de preocupación y lastima a la vez—. Él vivió hace unos mil años, así que bien podrías serlo.

Sin embargo, antes de que el dragón pudiera decir otra palabra, una explosión sonó de improviso e irrumpió la calma de los pequeños animales, que salieron huyendo de sus escondites y, pasando entre las patas de los jóvenes dragones, se perdieron en los arbustos más espesos, y obligó que Spyro y Cynder giraran sus cabezas en el origen del sonido estremecedor.

Spyro, serio, distinguió un hilo de humo salir de los picos de los cientos de árboles, en dirección hacia el norte, y, después, miró rápidamente a Cynder, y ella le regresó la mirada con una expresión de seriedad. Como si se estuvieran comunicando con la sola mirada, asintieron con las cabezas, regresando la vista en el nuevo objetivo.

— Creo que no podremos seguir discutiéndolo… —Dijo Spyro a toda prisa, queriendo olvidar esas horribles suposiciones—. Será mejor ir a ver qué pasa. Podemos llegar más rápido siguiendo el río —Abrió las alas, parándose en cuatro patas—. ¡Sígueme!

Pero Cynder dio de repente un saltó que la llevó ponerse ágilmente delante de Spyro, y lo miró con cierto desprecio.

— ¿Otra vez tú delante? —La navaja que tenía por cola cortaba las flores que tenía por detrás, desquitando su enojo con ellas.

A Spyro le dio un vuelco en el corazón, y agachó la cabeza.

— Al parecer no sabes a tratar a las damas —Continuó Cynder, con más indignación y desprecio.

Fueron palabras suficientes para dejar a Spyro como perro castigado. Tenía pegadas las patas en el cuerpo, enrollándose la cola en ellas y encogiéndose las alas en los hombros. En ese momento, Cynder parecía su madre.

— Y-yo… L-Lo siento… —La mente de Spyro estaba tan vacía, que buscaba a su alrededor en busca de ayuda. Tenía el ceño arrugado de la culpa—. Eeh…

— ¡Por los Ancestros, Spyro! —Cortó Cynder, exasperada, mientras que Spyro subía la cabeza con cara de tonto—. Es sólo otra broma, puedes ir delante como siempre.

Al darse la vuelta Cynder de un golpe para apuntar la mirada al cielo, Spyro volvió a mirar al norte con una expresión de alivio, creyendo que podía a volver a tomar el liderazgo sin que lo reprochara de nuevo.

— Por supuesto que… —Habló repentinamente Cynder con un tono de burla—. Sirves muy bien como escudo, así anticipo los ataques de cualquier enemigo.

Sin palabras, Spyro tornó los ojos, mirando a Cynder e intentando deducir si aquellas palabras fueron de sarcasmo o no.

— ¿A qué estás esperando? —Dijo Cynder impaciente al ver que Spyro, lleno de dudas, la observaba como si fuese una especie desconocida—. ¡Vámonos, que necesitan ayuda!

Aquel viaje aéreo, Spyro no pronunció en varias horas una sola palabra, mientras seguía inconscientemente el río. Cynder lo seguía desde su lado, respetando su espacio en silencio y mirando al oeste con vagancia. Por una abertura en las innumerables puntas de los árboles, Spyro veía una pequeña iluminación rojiza (imaginaba que era una fogata enorme) alzarse en el otro lado del bosque en una pequeña villa, y meditaba.

¿Era posible que fuera un descendiente de Malefor? Al fin y al cabo, no sabía nada sobre la familia de sus parientes, ni de sus propios padres biológicos. Los Guardianes nunca le habían explicado bien cuando ya se ponían exageradamente nerviosos, en especial Ignitus, que lo recordaba ponerse bastante pálido y dubitativo, diciéndole excusas para que dejara de centrarse en eso, como si intentara impedir que descubriese algo. ¿Pero qué?

Con la cabeza baja, trató de liberar una fuerza púrpura de sus garras delanteras, pero no expulsó nada. Parecía que era un requisito impredecible estar al borde de la muerte.

« Pero soy el que salvó al mundo, el que venció a Malefor —Pensó Spyro—. Todos no me habrían puesto sus esperanzas si hubieran creído que yo era igual a él… »

« ¡Ah! —Dijo en su cerebro una voz horrible—, pero Malefor te quería explicar que los Dragones Púrpuras valían más de lo que creías, ¿lo recuerdas? »

Spyro se volvió. Al llegar a la villa, vería a los aldeanos sufrir por algún problema y les demostraría que no era igual que Malefor, resolviendo muchos problemas y luchando contra enemigos, como siempre lo había hecho en el momento que partió del templo dragón, algo (pensó enfadado, resonando la boca con los colmillos) de lo que cualquier idiota se habría dado cuenta.

La villa de los guepardos estaba iluminada en plena noche, a causa de las dos fogatas intensas y rojas que calentaban a los habitantes, en el centro de un pequeño poblado repleto de hogares hechos principalmente de madera y paja, protegidos por una valla de madera con varias separaciones entre un tramo a otro. Aterrizando, Spyro y Cynder pasaron por las casas que se encontraban destruidas y quemadas, siendo construidas nuevamente por la mayoría de sus aldeanos y vislumbrando algunas escenas de lo que ocurría desde afuera. Un leopardo hembra gritaba a un macho que, a juzgar por lo que se oía, había permitido que un grupo de simios oscuros les robaran las provisiones, los arcos y las flechas. Aguantándose las ganas de echar un vistazo, Spyro siguió su camino con Cynder, pensando que Prowlus podría estar reuniendo a sus subordinados para mandarlos a hacer una misión en los alrededores de Avalar, y, comentándoselo a Cynder, decidió mirar antes que nada en la choza del jefe.

Efectivamente, algunos de los guepardos que tenían espadas y arcos estaban en la parte de atrás de un póster sumamente alto, pero no parecían que se preparaban para luchar. Entre las largas banderas rojas que decoraban aquellos pósteres de madera, Spyro podía verlos con las cabezas casi pegadas a unos a otros, en lo que parecía una absorbente discusión. De un golpe en el codo, Cynder avisó que tras ellos se veía una criatura esquelética amarrada que gruñía, mirando a sus agresores con desprecio y locura. Curioso, Spyro no podía distinguir si entre ellos se encontraba Prowlus. Se les estaban acercando cuando Cynder consiguió entender algo de lo que decían, y, bloqueándole el paso a Spyro con el ala, se detuvieron. Le explicó apresuradamente a Spyro acerca de la idea de escuchar aquella conversación, porque él estaba a punto de llamar la atención con una pregunta potente de curiosidad. Con Spyro tranquilo, se ocultaron tras la choza grande del jefe y agudizaron sus oídos.

— ¿Están de acuerdo? —Decía un leopardo rojo—. El jefe no le ha caído bien la noticia que los monstruos, como este —Señalaba con la espada al capturado—, sigan atacando a nuestro pequeño pueblo. Quiero decir, que si los dragones no han podido hacer contra ellos, mejor que vaya buscando una mejor alternativa en su pequeña choza. Por supuesto, Prowlus se temía que algo así pudiera ocurrir desde que se le prendió la idea de confiarles a esos niños que podían ayudarnos. Lo que hicieron exactamente fue haberte rescatado, Meadow, pero tú solo pudiste volver si hubieras sanado tus heridas. No es la mejor acción que puedes hacer cuando estás a la mitad de una guerra, ¿verdad?

— ¿Entonces están convencidos de que los dragones son la causa de nuestras desgracias? —Preguntó asustado Meadow, un leopardo naranja con túnica verde.

— No seas tan condescendete —Le dijo solemnemente un leopardo azul—, son los primeros que destruyeron nuestra paz. Todo el mundo sabe que dé allí nació Malefor. ¿Sabes de otras posibles amenazas que vinieron de su especie? Spyro y Cynder son los únicos con los colores más extraños que pudieron pisar un pie en nuestras tierras.

Esto provocó densos murmullos. Una nueva y familiar voz, que sonaba ronca y chiflada, prosiguió.

— ¿Recuerdan lo que nos dijeron antes de irse? «Son libres de ir a Warfang, cuando esto termine.» Cazador estaba enemistado con Prowlus. A continuación, se va para nunca volver con los dragones. ¿Y saben que vino después? —Hizo un gesto de explosión con las manos—. ¡PUM! Todo destruido y mágicamente reconstruido por un brillo púrpura. Y entonces aparecen más monstruos a más no poder para destruir este pueblo, que una vez era próspero y pacífico —Levantó el bastón, señalando el entorno—. ¿Spyro quiere suplantar a Malefor con ser el héroe de la historia derrotando a estos monstruos que él mismo pudo haber enviado?

El desconocido era un leopardo en jorobado y flacucho, con el pelaje azul grisáceo, alborotado y expresión de cascarrabias. Llevaba una misteriosa combinación de ropas; túnica de rayas verdosas, capucha de hechicero, muñequeras verdes y un largo bastón con punta de esfera de cristal mágico. Parecía que lo utilizaba para mantenerse de pie.

— ¡Es el Ermitaño! —Musitó Spyro, indignado por las palabras que decía sobre él—. ¡El mismo que vimos cuando buscábamos las llaves para salvar a Meadow!

Cynder dio un codazo a Spyro para que se callara.

Meadow estaba pálido y sudoroso. Como no había nada con que pudiera dejarse caer abatido, se mantuvo de pie, tembloroso, y miró al mono esquelético, a sus compañeros, y luego al Ermitaño.

— Pero… —Repuso, vacilando—, parecen tan amables… y, bueno, fueron ellos quienes hicieron desaparecer al Maestro Oscuro, y Spyro pudo salvar de la corrupción al Terror de los Cielos. No pueden ser tan malos, ¿no creen?

El Ermitaño bajó la voz para adoptar un tono misterioso. Los leopardos se inclinaron y se juntaron más unos a otros para oír, y Spyro y Cynder tuvieron que acercarse más para que pudiera oír las palabras del Ermitaño

— Nadie sabe cómo pudo sobrevivir al ataque del títere del maestro oscuro. Quiero decir, era tan sólo un cachorro cuando la derrotó, y tendría que haber saltado en pedazos. Sólo un dragón con mucho poder podría sobrevivir a una fuerza oscura como ésa —Bajó la voz hasta que no fue más que un susurro y prosiguió—: Es evidente, mis hermanos, seguramente sea la razón por lo que Malefor quería matarlo antes que a nadie. No quería tener a otro Maestro Oscuro que le hiciera competencia. Me preguntó que otros poderes podría ocultar esa especie púrpura.

Spyro no pudo aguantar más y salió de detrás de la choza, ignorando las protestas de Cynder y carraspeando sonoramente. De no estar tan enojado, le habría parecido divertida la forma en que lo recibieron: todos parecían petrificados por su sola visión, y el Ermitaño sonrió con suma tranquilidad.

— Hola —Dijo Spyro, en el tiempo que Cynder se ponía a su lado con preocupación—. Vimos que sufrían por un problema, y queremos hablar con Prowlus.

Los peores temores de los guepardos se vieron confirmados. ¿De la nada aparece justo cuando había desastre? ¿Realmente quería reemplazar el puesto de Malefor? Todos miraron atemorizados al Ermitaño.

— Tanto tiempo sin verlos —Saludó el Ermitaño, con voz quisquillosa y satisfecha—. Es un gusto saber que todavía sigan con vida.

— Ahorrate el sermón —Tajó Cynder, resistiéndose ante los instintos de dispararle una granada de veneno.

El Ermitaño ahogó una risita y luego, respirando hondo, dijo:

— No hace falta que nos den una pata, queridos. Hicieron más que suficiente por nuestro pequeño mundo.

— Entonces te darías cuenta de que, después de lo que hicimos, no queremos ningún problema —Le dijo Spyro.

— Así que escucharon todo —Dijo el Ermitaño gozosamente, aunque temblaba al hablar—, pero yo me di cuenta de que utilizaron la misma oscuridad que Malefor, y lo derrotaron en su propio juego.

— ¡No seguimos el juego de nadie! —Dijo Spyro, con la voz temblorosa por el enojo—. ¡Ni siquiera lo sé usar!

— ¡Ahí lo tienes! —Dijo el Ermitaño, haciendo un gesto de triunfo —. ¿Qué pasa si explotas de oscuridad cómo él? He oído que exterminaste a Gaul, el rey de los simios, con un elemento oscuro extremadamente poderoso. Y por si te entras dudas —Añadió apresuradamente, sonriendo como maniático—, he de decirte que puedes buscar en las bibliotecas más antiguas hasta las más recientes y no encontrarás una sola página que te guíe para manejar ese elemento extraño tuyo, así que…

— ¡No me preocupa qué sitio pueda buscar información sobre mi raza! —Dijo Spyro con dureza—. ¿Por qué tendría que saber de un elemento que me podría a hacer daño?

— ¿Y por qué no quisieras saberlo? —Dijo el Ermitaño apresuradamente, alzando una ceja.

Spyro lo sintió como una estaca en el corazón, observando, con dolor, las caras de desconfianzas que recibía por parte de los guepardos, en especial de Meadow, que lo miraba con recelo. Sin saber qué decir, mordiéndose el labio inferior, clavó su vista en sus garras delanteras, clavándolas en la tierra con nerviosismo. ¿De verdad valía la pena saber de sus antepasados? Incluso si quería, aquel pensamiento de convertirse en la manifestación misma de Malefor, o una peor, lo atormentaba profundamente.

— ¿Acaso eres tú el interesado en saber cómo hacerlo, Ermitaño? —Intervino Cynder, sobresaltando a todos.

— ¡Esto es entre nosotros, títere de Malefor! —Gruñó el Ermitaño, con una voz tan asquerosa como su rostro.

Durante un instante, Spyro estuvo convencido de que Cynder iba a balancearse sobre el Ermitaño, mostrando las garras y enseñando fieramente los dientes, pero Meadow dio un paso hacia adelante, interponiéndose en el medio de ella y el guepardo decrepito.

— Perdimos bastante tiempo, no hace falta una lucha innecesaria —Repuso, mirando a los dos con gran severidad—. Y gracias Ermitaño, pero creo que son aliados de confianza, lo demostraron varias veces.

— Si estás tan seguro de que son criaturas de confiar —Respondió el Ermitaño con una desagradable sonrisa—, ¿por qué no lo prueban una última vez?

Cynder se acercó de un golpe, y su larga cola con punta de navaja apuntó amenazadoramente el pecho del ermitaño.

— ¿Y a cuántos simios tuviste que atrapar y manipular para que nos atrapen en dónde sea qué estén? —Preguntó.

— Dragoncita, dragoncita, por los Ancestros, este temperamento suyo le dará un disgusto un día de éstos —Dijo el Ermitaño, apartando de un golpe la cola con el bastón—. Me permito aconsejarle que no amenaces de esta manera a los civiles inocentes. No creo que se lo tomen bien.

— ¡Piense de nosotros lo que quieras! —Chilló Cynder, y los leopardos comenzaron a murmurar y a mirarla mal—. ¡No caeremos en tu juego, de usted y la de nadie! ¡Hemos demostrado que no somos enemigos y si no quieren nuestra ayuda, entonces…!

— Cálmate, Cynder —Le dijo bruscamente Spyro. Luego se dirigió al Ermitaño—. Si usted quiere que demostremos una vez más nuestra lealtad, lo haremos.

— ¿En serio…? —Tartamudeó Meadow, frotándose las manos con timidez.

— ¡¿Bromeas?! —Gimió Cynder.

— Sin embargo —Dijo Spyro, hablando muy claro y fuerte, para que todos tomaran en serio cada una de sus palabras—, si derrotamos a todos los simios, quiero que dejen de tachar a Cynder, y a mí, como amenazas. Y Valle de Avalar pueda confiar nuevamente a los dragones.

Ahora fue Spyro a quien observaban con desconfianza, exceptuando a Meadow, que le regalaba una sonrisa satisfactoria. A pesar de la oscuridad, Spyro pudo contemplar, sorprendido, una macabra sonrisa decorando la horrible cara del Ermitaño, iluminada espantosamente por la fogata que había más al lado. Cynder, relajada y malhumorada, retrocedió y se sentó, ignorando al grupito de guepardos, que seguían murmurando a regañadientes.

— Se encuentran en la cueva detrás del río —Les explicó Meadow. Hablaba ansiosamente, pero aún tenía los ojos verdes llenos de seriedad—. Le informaré a Prowlus lo sucedido, buena suerte.

— Gracias —Dijo Spyro con un tono apagado—. Vamos, Cynder.

Dieron media vuelta, abrieron las alas y salieron de la aldea, provocando una mirada reprobatoria de un leopardo constructor, que estaba reparando el tejado de una pequeña casa, pero se le cayó el martillo debido a la fuerza del viento que ejercieron estos dos. Furioso como estaba, Spyro iba azotando el aire con las alas por el río, sin ser consciente de adónde iba. Y Cynder lo paró al ponerse delante de su camino, sin dejar de mover las alas para mantener el vuelo.

Aunque llevaba la cara completamente tapada por una manta de oscuridad producida por la noche, no podía oscurecer sus ojos rasgados, pues resplandecían de un intenso color verde esmeralda. El ambiente estaba callado, sólo roto por el canto de los grillos y el viento frío y suave que sacudía ruidosamente las hojas.

— ¿Va todo bien, Spyro? —Preguntó Cynder, poniendo una pata en el hombro de Spyro para demostrar preocupación—. Perdimos un poco el control haya dentro.

— No es nada —Contestó Spyro, apartándose la garra con generosidad—. ¿Y tú, te sientes bien?

Cynder ahogó una risa burlona bastante audible y negó con la cabeza.

— Ese loco no tiene idea de lo que habla, está loco —Explicó, segura de sí misma— O no tiene nada mejor qué hacer, más que marcarnos de villanos.

Miro a Spyro más de cerca, moviéndose de lado a lado para inspeccionar sus gestos, y se separó, soltando un suspiro de irritación.

— Escucha, Spyro —Dijo, con una voz más suave—. Sé que estás alterado y preocupado por todo lo que dijeron, pero no sufras —Esbozó una corta sonrisa—. Has hecho más de que tú crees, cosas que Malefor jamás hizo, y eso te hace muy especial.

La cálida sonrisa de Cynder, la seguridad de que siempre podía ser ella misma, a pesar de que algunos todavía estaban en su contra, aliviaron tanto a Spyro, que sintió deseos de regalarle un rápido abrazo de agradecimiento. Pero en lugar de eso, se conformó con darle una sonrisa, alejando aquellas inquietudes de su mente.

— Gracias, es bueno tenerte aún a mi lado, Cynder… —Le dijo Spyro, sonrojándose ligeramente, y Cynder se dio una media vuelta y salió disparada, sonriendo, fue alejándose hasta llegar al frente de una cascada y giró la cabeza hacía él, aguardándolo con paciencia. Spyro comenzó a seguirla, mientras recordaba las situaciones en el que él estaba deprimido y solo, pero Cynder lo animaba de alguna manera. Luego, de repente, recordó, con ojos desorbitados, un susurro muy lejano; un «Te amo…» de una voz que le era imposible no reconocer. ¿Acaso Cynder le había confesado sus sentimientos? ¿En qué momento fue eso? Por alguna razón, Spyro le dolía la cabeza cuando trataba de recordar de los momentos finales, donde peleaba codo a codo con Cynder contra Malefor. Cuando llegó al lado de Cynder, la miró extrañada, profundizo la voz y, con cierto nerviosismo, continuó—. Cynder… ¿Te puedo preguntar algo?

Cynder se mostró intrigada y, asintiendo con la cabeza, preguntó:

— ¿Qué es?

— Me gustaría saber si… —Spyro tenía el corazón en la garganta, sentía las patas temblorosas y la boca seca. Le costaba mucho elegir las palabras—. Eeh… Si tú… ¿Mencionaste algo cuando luchábamos contra Malefor?

Lo dijo tan deprisa, que sonaba un balbuceo que una oración precisa y clara. Y, como era de esperarse, Cynder quedó perpleja y frunció el entrecejo, intentando entender lo que había dicho, pero, al final, bufó derrotada. Aleteó un poco para ponerse más al frente de Spyro e inclinar la cabeza hacía él para escucharlo mejor.

— No te entendí… —Aclaró Cynder, muy pérdida—. ¿Podrías ser más claro?

Spyro intentó entonces a cuidar mejor las palabras. Inclinaba ligeramente la cabeza hacia arriba y hacia abajo, jugueteando con las patas mientras pensaba. Abría y cerraba la boca un par de veces. Después de tres segundos, los cuales para Spyro lo sintió como una eternidad, finalmente se armó de valor, respiró hondo y miró directamente a Cynder.

— Lo que quise decir es que si tú me habías dicho algo cuando luchábamos con Malefor…, cualquier cosa…, una confesión…, por ejemplo.

Cynder no dijo nada, pero miró al cielo con una expresión confundida que a Spyro le aterraba, pensando que había metido la pata, de una forma muy vergonzosa. Intentó distraerse con la cascada, observando el reflejo deformado que podía visualizar a través de ella, y, con un vuelco en el corazón, escuchó gruñir a Cynder y se volvió hacia ella con brusquedad. Ella parecía todavía perpleja y atontada.

— Lo siento… —Dijo, y Spyro notó, desilusionado, que rodeaba sus ojos vivos y venenosos con despreocupación—. Creo que estás equivocado, Spyro, yo no recuerdo haberte dicho nada cuando luchábamos con él; de hecho, en la final de la batalla tampoco te he dicho nada. ¿No lo habrás imaginado?

«"Crack" » fue el sonido que Spyro escuchó en su frágil corazón. Con el alma en el piso, deseó con toda su alma que Malefor reviviera para que luchara con él por toda la eternidad. Era eso, o mirar la cara chistosa que ponía Cynder. Literalmente, era como si no lo recordara, y eso lo condujo a la siguiente pregunta: «Entonces… ¿Cómo llegamos a Valle de Avalar?» Con los párpados caídos y con la cabeza agachada, Spyro miró hacia atrás, viendo la Villa de los Cazadores, y pensó que algo no estaba cuadrando, aunque no sabía qué.

— ¡No pongas esa cara, Spyro! —Gritó Cynder, mirando el muro de agua que producía la cascada—. ¡Hay asuntos más importantes qué atender!

Spyro se giró, con un sentimiento de tristeza en sus ojos púrpuras, pero una sonrisa forzada adornaba su cara.

— ¡Es verdad! —Dijo, comprensivo—. ¿Por qué no tomas tú el primer movimiento? Tú elemento sombra los tomarán por sorpresa.

— ¿Sabes, Spyro? ¡Es un buen plan! —Respondió Cynder—. Esos monos tienen los cerebros muertos, yo te aviso para que tú des el último golpe.

Y atravesó, volando, la barrera de agua.

Se trataba, evidentemente, de una entrada secreta, porque en el otro lado de la cascada se podía ver un extraño y oscuro agujero bastante ancho. Incluso confundido como estaba, Spyro intentó seguir a Cynder, pero se detuvo cuando el hocico rozó el agua. Intentando ignorar los estremecedores ruidos del agua chocando contra las rocas que había más abajo, atravesó una garra a la cascada, y, confirmando sus peores miedos, no sintió un tacto real. Era como si tocara un fantasma, y sacó de inmediato la zarpa, con los ojos en blanco. Con la respiración acelerada, se inspeccionó aquella misma garra; de boca arriba a boca abajo.

— Siento que algo… —Dijo Spyro con miedo—. No está bien…

De repente, un eco resonó en el interior de la cueva, Cynder pedía ayuda.

— ¡¿Cynder?!

Entonces dejó aquellas dudas de lado. Agitó las alas y, con un rápido movimiento, penetró el muro y se sumergió en la oscuridad de la cueva.