Tras las trincheras que tanto se había esforzado en construir, Alemania había acopiado multitud de armas y artillería. Desgraciadamente, la mayoría parecía haberse mojado durante el tiempo que habían pasado allí y estaban inservibles. Él empuñaba una de las pocas metralletas útiles. Italia se había negado en un principio, pero al final se vio obligado –bajo amenaza de dormir solo –a coger uno de los fusiles y defenderse él también.

Llevaban muchos días preparados, pero los enemigos no parecían tener interés en atacar. De no haber temido por su compañero, Alemania habría ido a investigar él mismo e incluso habría abierto fuego; pero Italia seguía débil, incluso más indefenso que de costumbre. Además, parecía concentrado en mantenerlo alejado del campo de batalla.

Era molesto. Nunca antes se había enfadado porque entrara en combate con los demás. De hecho, Alemania comenzaba a añorar la época en la que aquel tonto cobardica lo atosigaba para que él lo defendiera.

No es que ignorara la razón de ese cambio de carácter. Era consciente de lo que había pasado en aquel lugar. Él también había visto la mirada de América al caer. La vulnerabilidad. Lo irreversible. La repentina, terrible, grotesca realización mental del advenimiento de la muerte. Y antes de eso, había visto en esos mismos ojos la resolución de asesinar a Italia a sangre fría. El que solo era feliz cuando los que estaban a su alrededor también lo eran. El que lloraba cuando eran sus propias manos las que tenían que hacer sufrir a los demás.

Lo había visto y todo lo que había deseado era evitar que aquella inocencia le fuera arrebatada. Si alguien debía sobrevivir era su amor, y todo lo que él simbolizaba. Porque lo quería y lo necesitaba, pero sobretodo porque Italia más que nadie merecía seguir viviendo, lucharía siempre en su favor.

No se arrepentía de las consecuencias.

Una voz apenas audible lo sacó de su ensimismamiento.

-…Llí… No me gusta… suelo…

-¿Qué dices, It…? Oh, estás tiritando. ¿Te ha vuelto a subir la fiebre?

-¡Alemania, todo el suelo está temblando! ¡Debemos irnos!

-¡No me hagas retomar la discusión! ¡Prometiste quedarte y luchar!

-¡No, escúchame, esta amenaza no la podrás frenar a base de armas!

Antes de que terminara la frase una sombra sanguinaria se cernió sobre sus cabezas.

Los reflejos de Alemania no habían decaído ni un ápice pese a las circunstancias. Con una rapidez asombrosa para su enorme porte, descargó una patada antes de que lo que fuera el arma que sostenía aquella sombra pudiera acabar con su protegido. Sorprendentemente, fue a parar al vacío, porque su rival era incluso más rápido que él.

-¡Ahhh! ¿I-Inglate…?

Enfocó mejor cuando aterrizó al lado de Italia. ¿Tenía él razón? Aquel hombre, si es que aún tenía algo de humano, distaba mucho de ser el caballero que había conocido en sus tiempos de gloria.

Más bien parecía un sicario, mecánico y sin entrañas donde guardar emociones. Sin esperar una reacción, se lanzó en pos de él con la capa ondeando como las alas de un murciélago.

Inmediatamente apretó el gatillo y una ráfaga atravesó todo su manto… Sin apenas rozar su cuerpo.

-¿Pero qué coño…? ¡ITALIA!

Este permanecía quieto tras las trincheras, aún con el fusil en sus manos temblorosas. Trataba de apuntar, de verdad que lo intentaba, pero simplemente no podía… Estaba abrumado por el intenso hedor que emanaba de aquel enviado de la muerte. Su cuerpo estaba manchado por sangre de miles de personas… Su alma cargaba con el peso de miles de vidas que quedaban muy lejos de aquel lugar. En realidad, no se podía decir que dentro de ese país quedara nada: era una concha hueca que actuaba casi sin voluntad. Un demonio manipulado por un poder demasiado grande para él.

-¡N-no dejes que te toque o te llevará, Alemania! ¡Está… está condenado!

¡Tenía que ayudarlo como fuera pero, ¿qué iba a hacer él, inútil, despojado y enfermo?!
Aquel pensamiento lo aguijoneó al mismo tiempo que, jadeando, disparaba a tientas tratando de evitar el contacto directo con Inglaterra.

Por el otro lado, Alemania había hecho uso de todas las armas de fuego que disponía. Disparó, acribilló y bombardeó, todo infructuoso. El suelo temblaba al mismo tiempo que los dos soldados corrían por el campo de batalla, midiéndose. Esquivó dos tajos directos a su yugular y disparó. Saltó para evitar un ataque a sus pies y lanzó una granada. La sombra volaba y se desvanecía para aparecer por otro lugar, lanzaba rayos cargados de veneno que al estrellarse contra los árboles los reducía a cenizas, volvió a desaparecer y acabó al lado de las trincheras donde Italia se escondía.

El tiempo se paró en el corazón de Alemania. Volvió a disparar, en vano. Si atacaba con el bazooka conseguiría que se apartase, pero haría estallar la pólvora de la reserva en pedazos y su compañero…

La tierra rugió de nuevo reclamando la atención y esta vez no tuvo más paciencia.

Un manantial de lava surgió justo a los pies de Inglaterra. Italia echó a correr histérico, rodeando toda la zanja y en la dirección en que Alemania se dirigía hacia él, mientras –tal y como habría pasado segundos antes –toda la munición explotaba conforme el fuego iba cayendo.

Aliviados, los dos se abrazaron en un incondicional amor desesperado, y dirigieron la vista para buscar al cadáver de su atacante. Debía de haberse consumido, porque tan sólo quedaba humo negro y llamas…

Con un batir de alas el demonio negro aterrizó detrás de ellos dispuesto a cumplir su sentencia.

-¡NO! ¡IMPOSIBLE! –de un empujón Alemania lanzó a su pareja a un costado, salvándolo del verdugo por última vez antes de que éste recogiera el puñal y se lanzara a por él. Ríos de lava corrían sobre la superficie. El fuego se unió formando un anillo que invitaba al que quisiera cruzarlo a morir. No había vías de huida para ninguno de los dos.

Antes de morir de rodillas, Alemania hizo un último esfuerzo por encajar el golpe de pie. Cerró los ojos y abrió los brazos desarmado…
Al abrirlos vio un fulgor cegador que debía provenir de las puertas del Cielo.

Un ángel vestido de blanco le cortaba el paso con la espada que había salvado su vida.

Inglaterra había caído al otro lado, y por primera vez mostraba un sentimiento: desconcierto, sembrado por toda su cara. Buscaba desesperadamente el arma que el guerrero recién llegado le había lanzado lejos, pero de un sablazo este lo volvió a detener.

-Japón… -por fin había conseguido reconocer la mirada de su salvador. Italia, que también lo había conocido, se había levantado y se acercó a su antiguo compañero, pero antes de tocarlo se detuvo. Alemania decidió sujetarlo y se retiraron juntos una vez más. Tan sólo cuando tenía a su pareja ya a salvo entre sus brazos se dispuso a hablar.

-¿Has venido a unirte a nosotros? ¿Es esta tu muestra de reconciliación?

El mencionado ni siquiera se dignó a mirarle.

-No. Yo ya no sigo a nadie –y ante los ojos de un escéptico Alemania abrió una grieta con un gesto de sus dedos y separó una pareja de otra con una muralla de lava.

Inglaterra yacía prácticamente inmóvil allí donde antes se había alzado amenazador, arma en ristre. Sin la magia que lo alimentaba, se había despertado de una horrible pesadilla y miraba constantemente en derredor, aterrado. Sus manos estaban arqueadas sobre la tierra ardiente y sus músculos lo atenazaban al suelo.

El fuego volvía a quemar su piel y se retiró de golpe, acribillado por gotas de lava que manaban de la muralla que se había levantado de pronto frente a él.

Contempló al ser sobrenatural que lo había despojado de su poder –su maldición-, y con los ojos desorbitados de una presa lo taladró conforme se acercaba hacia él.

-¿Has visto lo que has causado?

Se dio cuenta por primera vez de su estado. Sus ropas, o lo que quedaban de ellas, tenían más sangre de sus enemigos que suya propia. Sus manos, llenas de cicatrices, estaban marcadas como las garras de un asesino. No quería saberlo, pero sentía como sus ojos se habían quedado vacíos y estaban enmarcados con el frío rictus de un enviado del Infierno.

A su alrededor de pronto vio cadáveres enterrados. Una tierra yerma y fría lo envolvía y él estaba en medio, y portaba en sus manos un esqueleto. Podía sentir como tocaba sus propios huesos. Allá donde caminaba, eran las cenizas de sus propios dominios.

Eran sus ciudadanos muertos. No, ya no tenían patria, ni bandera, ni casa, ni himno. Sobre aquel mundo muerto ya no quedaba nada.

Parpadeó y sobre su cabeza volvió a caer la noche de un universo más pequeño y caótico. Allí no hacía frío, sino cada vez más calor. Al otro lado de las llamas vio como dos personas se fundían en un último abrazo, aliviadas al menos de poder morir una junto a la otra.
Alemania e Italia cayeron enterrados bajo el fuego, besándose por la eternidad.

Y todo aquello, todo… era culpa suya. Lo había provocado él.

-Yo sólo quería… -trató de hablar alto, pero las palabras morían en su garganta como murmullos –Sólo quería salir de aquí y arreglar las cosas… Quería hacer justicia.

-Sólo has conseguido manchar aún más de sangre tu alma –dijo Japón.

-Lo hice… yo… -apenas podía hablar ya. Tan sólo quería gritar que lo hizo por América, por él, sólo por él, siempre por él. Pero ahora estaba muerto, tanto como su propio cuerpo, y no sólo eso, sino roto y abocado al olvido. Odiado y nunca más querido.

-Lo que América comprendió fue que el mundo no necesita más odio. Por más que lo usemos y que nos aferremos a él como si fuera la única salida, el mundo tan sólo avanza con el calor de la gente.

-…¿Cómo…? E… ¡Esto no tenía que ser así! ¡¿Cómo!? ¿Cómo han muerto, Japón? ¡Ahí afuera!

Se llevó las manos a la cabeza, se retorció, se arrancó el pelo, gritó y volvió a tirar los brazos al suelo, destrozado. Sus ojos desenfocados no sabían dónde mirar.

-¡Los únicos mortales éramos nosotros, aquí dentro! Los otros países… ¡¿Cómo he podido matarlos?! ¡DÍMELO!

-Porque eras demasiado poderoso. Te creías capaz de controlar todo el Universo desde el trono de una sola nación, encarnada como un solo hombre. Pero tu magia ha absorbido la naturaleza de este lugar. Una energía capaz de alterar los andamios del mundo de esa manera es capaz de aniquilar todo lo que habita el mundo.

Desde lo alto, aquel emisario sólo transmitía dureza. No importaba cuánto dijera, el condenado sólo escuchaba las palabras que descansaban entre líneas. "Fracasado. Culpable. Asesino. No mereces nada. No eres nadie."

"No vales nada. No existes."

"Una magia que envolvió a un universo dentro del Universo que nutre la magia…"

"No… Por favor…"

Inglaterra, con la cara llena de lágrimas, tierra y entrañas, miró patético desde el suelo a ese enviado brillante.

-No me dejes solo.

Nada más decirlo se avergonzó de sus palabras. Giró inmediatamente la cabeza. "No me lo merezco". Volvió a mirarse las manos manchadas de sangre maldita y las apretó con fuerza, deseando que desaparecieran. Quería agarrarse a ese ángel, que lo cubriera y lo protegiera bajo su cuerpo, pero, ¿quién era él para hacer eso? ¡Era el último que merecía cobijarse bajo su perdón! ¡Jamás dejaría que sus manos lo tocaran! No es digno de su pureza, no ahora que ha evocado el mal en el mundo.

Y lloró. Lloró sin descanso, ajeno al fuego y al dolor, como todas las personas que había matado lloraron ante la oleada de oscuridad que trajo sobre sus cabezas.

-Has hecho un daño irreparable.

"Lo sé", y se estremeció.
Pero Japón se agachó y le tocó la cara.

-Jamás se te podrá perdonar.

"Lo sé, ¡lo sé!" ¡No habría tiempo en el Cielo para perdonar todo lo que había provocado!

Ya no habrá una segunda oportunidad. El dolor es irreversible.

-Pero, ¿por qué? ¿Por qué sigues aquí?

-Porque yo también soy culpable. Ninguno de nosotros ha caído en vano. Ninguno de nosotros ha muerto inocente hoy, ninguno de nosotros vivirá inocente mañana.

Sin poderse contener, Inglaterra se aferró a su pecho con la desesperación del condenado, con la angustia del que advierte que aquello que más ansía es imposible, que está más allá del tiempo y agonizará sin alcanzarlo. Enterró la cara en su regazo con el miedo del que cae al vacío y espera el impacto, pues sólo le quedaba morir.

"No debería tocarlo…" Había desgarrado su corazón en miles de lágrimas, negras por la sangre que ensuciaba sus mejillas, y ahora caían sobre el uniforme impoluto de su salvador. "No debería mancillarlo… No debo…" Sin darse cuenta, había empezado a murmurar sus pensamientos.
Japón cerró los ojos y apretó los dientes.

-Te equivocas. Si bien es cierto que tus crímenes son atroces, yo no soy ningún salvador puro al que debas pleitesía.

Inglaterra se concedió verlo, temeroso de que en cualquier momento lo rechazara y lo abandonara allí, dándole el trato que se merecía, pero en vez de ver a un ángel adusto y severo vio la cara del dolor.
Por un momento, recordó al hombre que aquel ser divino había sido una vez. Recordaba haberse medido con él… hace lo que debían haber sido eones.

En una batalla es cuando los seres humanos, la parte racional –y no tan racional- que habitaba en ellos, podía valorarse. Entonces tan sólo había sido un pensamiento fugaz, pero ahora vino vivo a su memoria el pensamiento que había tenido aquel día de lluvia en el que luchó con él. "Analiza cada opción con lógica fría como el hielo. Imperturbable, inalterable, elegante".

Alguien que leía tan bien su mente a la hora de atacar, ¿qué no habría sido capaz de ver dentro de él? Y aún conociéndolo, ¿cómo había podido permanecer a su lado? Pero lo que consiguió mover su corazón –porque entonces aún lo conservaba; no había sido absorbido por la agonía de aquella prisión- fue que, incluso aquella máquina de matar había mostrado miedo, y eso le había hecho plantearse si estaba bien acabar con su vida. Preguntarse si era justo decidir sobre la vida de alguien, aunque fuera tu propio asesino.

Si tan sólo hubiera recapacitado después tal y como hizo entonces, ahora el mundo conocido no estaría condenado a desaparecer del testimonio del Universo y podría ser feliz sin remordimientos.
Aún así, quería poder estar a su lado… Aunque ya fuera demasiado tarde, si tan sólo…

-¿Por qué…? –no quería verlo sufrir. Ahora era lo único que le quedaba y sólo ahora había comprendido cuánto lo necesitaba.

-Mírame sin miedo, porque tan poco merecedor soy de tu adulación como tú de mi perdón. Yo también he matado, Inglaterra. Ninguna de nuestras víctimas ha muerto inocente, pero nosotros no somos menos asesinos por ello. Para ambos, la felicidad es un bien demasiado preciado al que ya no debemos aspirar… Tan sólo nos queda nuestro mutuo calor.

-¡No tengo derecho a avanzar…! ¡Aunque no quiera matar más ya no tengo derecho a llegar a ese calor!

Japón lo mira inexpresivo y alza su vista al cielo lleno de humo.

-Jamás hemos tenido ese derecho. ¿Alcanzar el calor? Ese bien no lo abarcan ni siquiera la mayoría de los mortales. Al otro lado del mundo, el odio sigue quemando. A nadie le importa si infringimos las leyes de los hombres, y sin embargo el gozo, lo que nos hubiera salvado, nos está vetado. A todos.
Pero, ¿qué ser nos lo va a prohibir ahora? ¿Qué más da, si ya estamos muertos? Al menos el calor no nos hará más daño.

En ese momento, los dos se sentían más humanos que nunca. Sucios, pequeños e insignificantes, ansiosos y sobretodo pecadores, muy pecadores. Sin embargo, también sus pechos se habían henchido de una emoción olvidada: la esperanza. Sobre todo para Inglaterra, cuya mente hasta hacía unos minutos había estado vacía de cualquier cosa externa a la venganza, y ahora redescubría deseos que creía jamás florecerían de nuevo en él.

No tenían nada que ver con lo que había sentido por su protegido, al cual sólo deseaba una eternidad llena de dicha, ni de lo que alguna vez había experimentado por países que ya debían haber extinguido su espíritu en el planeta desolado. Tampoco sabía desde cuando albergaba sentimientos así, si los había estado reprimiendo, ni qué debía hacer con ellos, pero le quemaban más que las llamas que corrían por sus piernas y amenazaban con enloquecerlo. Desgraciadamente, no tenía ni la más remota idea de qué venía ahora. Para el triste criminal, era tal la vergüenza de su ignorancia que tan sólo se permitió acercarse a Japón rozando los límites de lo prohibido y preguntarle al oído, con timidez y duda:

-Por calor… ¿te refieres al amor?

Hubo un breve silencio, tan largo como el último suspiro antes de la muerte.

-En mi vida, no existe semejante palabra como "amor". Lo único que conozco es ese palpitar en mi corazón cuando te siento respirar –dijo acompañando con gestos cada una de sus palabras.- El rubor bajo tus ojos de caballero esmeralda cada vez que intento navegar dentro de ellos. Y darme cuenta repentinamente de que he estado esperando este momento toda mi vida: el momento en el que descubro que todo lo que necesito está aquí.
Todo cuanto necesito para continuar eres tú en cuerpo y alma.

-Pero, ¿cómo vamos a seguir adelante?

-No podemos. Pero ya no importa mucho, ¿verdad?

Conforme la isla se consumía, un agujero negro envuelto en llamas se retorcía sobre sí mismo. El vórtice se expandía en espiral aniquilando y confundiendo los bordes del pequeño universo. Y en su centro ardían dos ángeles negros entrelazados.

El fuego saltó y las llamas lamieron la carne dulcemente, tal y como se prendían sus labios.

-…Hasta que muramos felizmente.

Fin