Remus & Nymphandora
El licántropo caminaba por la plaza enfrete de Grimmauld place, lugar que había abandonado segundos antes dando un portazo.
—Será como yo, será como yo—repitió una y otra vez entre lágrimas, Remus Lupin. No solo había dejado a Tonks sola con sus padres sino que se había peleado, o al menos enojado con Harry, el hijo de quien fue uno de sus mejores amigos.
Las lágrimas inundaban su rostro. Siempre había sido un maldito cobarde, pero aquello era el colmo. Amaba a Tonks, claro que la amaba. Siempre se había sentido atraído por ella, era tan dulce, tan linda, pero él ¿Qué era? Un peligroso hombre-lobo que no tenía un solo galeón para ofrecerle, sin embargo eso nunca le importó a ella, ni tampoco los más de diez años de diferencia de edad que los separaban. Dora siempre lo aceptó tal cuan él era, con sus defectos y virtudes, más defectos que otra cosa, ¿Y así le pagaba él?. Remus volvió a sentarse en el suelo a llorar, no podía hacer otra cosa.
Recordaba la sonrisa en la cara de su esposa cuando le comentó que un pequeño Lupin venía en camino.
—¡Remus, amor!—gritó ella cuando él volvió de una misión de la Orden que lo mantuvo alejado de su esposa por dos semanas.
Se abalanzó sobre él, besándolo con una ternura tan grande que Remus no pudo recordar un beso similar. Respondió a aquel gesto de amor, de la misma forma. Solo cuando la necesidad de aire fue mayor que la del beso, se separaron.
—Dora...—dijo él aún con la respiración agitada y con su mano en la cintura de ella—¿Qué…que pasó? ¿A que se debe una bienvenida tan linda? ¿Me extrañaste mucho?—preguntó pícaramente.
— Si, pero no es solo eso Remus, ¡estoy embarazada!.
Él no podía ser padre, él no quería ser padre. No porque no quisiera darle un hijo a Tonks, sino que el solo hecho de que exista la posibilidad de que un bebé sufra todo lo que sufrió y aún sufría él, era algo inadmisible. Se separó de ella con brusquedad. Dora lo miró extrañada de su comportamiento.
— Esto, esto no puede ser, Dora, un bebé… yo sabía, yo sabía que iba a haber consecuencias nefastas.
—¿Consecuencias nefastas? Te digo que estoy embarazada ¿y me hablas de "consecuencias nefastas"?—El cabello de Tonks estaba rojo de furia— Remus ¿Qué diablos te pasa?
—El bebé va a ser lincántropo, Tonks, ¿no lo entiendes? Va a sufrir la misma discriminación que yo, la misma. Sufrirá lo mismo que yo, y el mundo mágico lo verá de reojo cambiándose de vereda para no estar cerca suyo.
—Esas son suposiciones estúpidas. A ti te ama todo el mundo, todos los miembros de la Orden piensan que eres un persona maravillosa, Sirius te consideraba un hermano más que un amigo, y seguro que James también, Harry te adora ¿De qué discriminación me hablas? ¿De la que sufriste después de la muerte de los Potter cuando nadie te daba trabajo, esa discriminación? Vamos, Remus. Esa gente es imbécil, no saben la clase de persona que eres. A tu hijo lo van a amar de la misma forma que a ti. Aparte ¿Quién dice que será licántropo? Tal vez salga un lindo metamorfonago como su mamá—dijo ella sonriéndole.
—Soy un monstruo, Tonks, mi hijo va a odiarme y tendrá razón. Seré el culpable de sus desgracias—dijo él como si no hubiese oído todo lo que su mujer dijo con anterioridad.
—¿Quieres dejarme sola con el bebé, no? ¡Dilo de una vez!— Ahora ella ya no sonreía, tenía los ojos llorosos. Remus no contestó.
El silencio sepulcral de la casa de los Lupin solo se vió quebrantado por un sonoró 'crack', cuando ella desapareció.
Harry tenía razón. James se hubiese sentido muy decepcionado de él, la suya no era una actitud muy Merodeadora ¿Qué hubiese dicho Sirius si lo veía haciéndole aquello a su prima? Remus se secó las lágrimas, más no pudo sacarse el nudo que oprimía su garganta.
Se apareció en su pequeño hogar, no creía que su esposa estuviese allí, sin embargo lo estaba. Su cabello estaba gris como cuando él la ignoraba, posterior a la muerte de Sirius.
—Hola—saludó él. Dora apenas levantó la vista del libro que leía.
—Lo siento—dijo—, perdón. Perdón por ser tan estúpido, tan cobarde. Estoy cansado de hacerte sufrir, Dora. Tú me haces tan feliz, y yo no hago más que arruinarlo todo. Te amo, en serio te amo. Y nunca nadie me demostró tan cariño como tú, por eso no sé como actuar. Soy un idiota, lo sé.
Tonks dejó el libro y se acercó a él, subiendo su mano hasta el rostro de él, acariciándolo. Él cerró los ojos ante ese contacto. Era tan suave.
—Si, eres un idiota, y te conozco. Pero más idiota sería yo sino te perdono, sabiendo como eres. Eso si, siempre y cuando me prometas que no vas a volver a abandonarme. No quiero llorar más.
Él nego con su cabeza. Y la rodeó con sus brazos, besándola. Remus prometió que jamás la abandonaría ni a ella ni al bebé. Y cumplió, pues Teddy no lo sabrá, pero desde algún lugar del cielo, Remus vigila los sueños de su hijo, que tal como Dora había dicho, resultó ser metamorfomago.
