Capítulo V
Sueños y Malos entendidos
Después de haber salido del hospital no había tenido sueños al dormir. Si lo tenía, no los recordaba. Y se estaba convirtiendo en una costumbre molesta.
Pero, al despertar la mañana del lunes de la segunda semana de clases me llevé una sorpresa. Y no sólo por haber tenido mi primer sueño en meses. Fue uno de los sueños más nítidos que he tenido jamás. Estaba en la cafetería del instituto, sentada en la mesa que solía compartir con Ángela y Jessica, pero en ese momento estaba sola. Y parecía que no había nadie más en la cafetería. Me volví buscando alguna otra alma y encontraba al menor de los Cullen, que al percatarse de que lo estaba mirando había respondido a mi mirada. Su rostro estaba pálido y lucía triste. Las ojeras que siempre tenía estaban aún más marcadas porque ahora él parecía desolado. Su mirada había hecho que mi corazón se sintiera vivo y me dio el valor para pararme de mi asiento y acercarme a él. Al notarlo él había sonreído. Una débil sonrisa que empezaba a iluminar, poco a poco, su semblante.
Caminaba hacia su mesa pero esta parecía alejarse. O era que mis pies no se estaban moviendo como creía que lo hacían.
-Lo lamento, Bella-dijo con una áspera y exquisita voz.
Desperté. Encontré mi ventana abierta, el viento estaba frío e hizo que comenzara a tiritar.
En clase de matemáticas aún escuchaba su voz, que en la realidad jamás había escuchado, dejándome vulnerable.
A la salida de clases me encontré con Ángela. Nos saludamos. Ella como mi amiga tenía que saber algo del muchacho que aún no se aparecía para librarme de la impaciencia y del sopor. Yo no solía contar mis cosas a los demás. Mi mejor amiga era mi madre y a ella le contaba todo lo que me ocurría. Era ella con quien me desahogaba y a quién le contaba hasta el más ínfimo detalle de mi vida. Pero tal vez, el año pasado, al no tenerla tan cerca mío, yo había buscado esa intimidad en alguien más, y Ángela me inspiraba confianza. Caminábamos por el pasillo, estaba lleno.
-Ángela-empecé casi en un susurro-tu…yo-nos detuvimos. Cerré los ojos, avergonzada y solté con poca coherencia lo que quería saber:
-Sabes si salía yo con alguien el semestre pasado-Tal vez carecía ya de importancia, pero saberlo era como abrir una ventana para observar esa parte de mi que jamás había descubierto. Me mordí el labio, expectante. Abrí los ojos al no escuchar respuesta.
Ángela me miraba confundida y luego su mirada se perdió en los pasillos del colegio.
Estaba abstraída. Seguí su mirada. La tenía pegada a la espalda del chico Cullen. Mi corazón dio un salto al verle y recordé mi sueño. El hizo ademán, unos metros alejado de nosotras, de mirar hacia atrás.
-No-dijo Ángela dando un salto, decidida.
-Oh, vaya.-Bajé la mirada, avergonzada. Su rotunda negativa me había dolido y dejado sin aliento, como un inesperado golpe en el estómago.
En el almuerzo nos encontramos con Mike, Taylor, Jessica y un chico a quien no conocía. El, tomó una de mis manos y me acercó a él, rodeándome con sus brazos. Los demás, para cuando me fui a dar cuenta habían desaparecido.
-Perdón por no haberte visitado antes. Lamento que no recuerdes nada-dijo con tono protector. Intenté soltarme, busqué apoyo con la mirada…no había nadie a quien pedirle ayuda.
-Como bien dices-me solté-no recuerdo nada del año pasado, ¿Quién eres?
El chico dio un paso atrás y abrió los ojos, ofendido.
-Me llamó Eric-me informó, su rostro se puso rojo y sentí que el mío empezaría en cualquier momento a adoptar el mismo color. Puso una mano cerca de su pecho y comprendí. Era él. Mi corazón dio un débil salto, algo decepcionado, para ser sincera. El saberlo, mató toda la magia. No sentí nada de lo que pensé que sentiría al tenerlo cerca. ¿Y los fuegos artificiales? ¿Y la electricidad? Respiré profundo y le obsequié una sonrisa. El la respondió y volvió a abrazarme. No era ningún Fitzwilliam Darcy pero tendría que acostumbrarme. Mi corazón tenía que recordarlo. Cerca de mi oído puso su boca y estalló en una sonora carcajada. Me sobresalté y di un paso atrás.
-¿Estás bien?
-Lo siento, Bella-dijo, aún riéndose.
-Ya, deja la broma-la voz de Mike se acercó a nosotros, empujó a Eric y avergonzado me dijo: No creas nada de lo que te dijo.
-Estuve en un campamento de teatro durante el verano. Tenía que saber si había valido la pena-comentó el muchacho entre risas.
Sentí que algo caía al suelo y reconocí la vergüenza. Sin poder decir nada, porque nada se me ocurrió, me alejé de ellos a tropezones. Escuché que Eric gritaba a mis espaldas:
-¡Por favor, Bella!-pero no me volví.
Respiré profundo y al respirar sentí como los ojos se me llenaban de lágrimas de rabia.
Salí de la cafetería y me senté en una banca, frente a ella. Estaba chispeando, pero no me importó. Cerré los ojos un momento, mirando hacia arriba, dejando que las pocas gotas de lluvia cayeran en mi rostro. Cuando volví a darme cuenta me estaba riendo a carcajadas. Suspiré, ¡qué alivio!
Regresé a mi casa alegre por como había terminado el día. De paso por la cafetería de Sue me enteré que necesitaban a alguien más para trabajar. Y yo, necesitaba llenar mis aburridas tardes libres. Entré a mi casa tarareando, dejé la comida que había comprado en el mesón de cocina y subía para dejar mis cosas cuando Charlie me detuvo.
Levantó una ceja.
-¿Pasó algo?
Negué con la cabeza, confundida.
-Bajo enseguida.
Entré a mi habitación, tiré mi mochila sobre la cama y bajé para preparar la cena. Charlie seguía parado donde lo dejé y lo invité a sentarse.
-Empezaré a trabajar desde mañana en la cafetería de Sue-le informé.
Abrió una botella de cerveza y dejándola nuevamente sobre la mesa, asintió con la cabeza.
-Serán las tardes de los martes, viernes y sábados.
-¿Necesitas dinero?-pareció ofendido por no haber recurrido a él antes.
-No, para nada. Necesitaba hacer algo con esas tardes. El dinero es un bono extra.
-No dejes de lado los estudios.
-No lo haré, papá.
-Y dile a Sue que no te deje hasta muy tarde.
-Está bien-sonreí.
Charlie sonrió de vuelta y me miró como si nunca en su vida se hubiera detenido a observarme. Al parecer le gustó lo que vio porque empezó a contarme, muy animadamente, como había transcurrido su día.
Subí a mi habitación para hacer mis deberes y luego de hacer cuentas de cómo había marchado el día, descubrí cuánto me gustaba la química.
