Hubiera aprovechado muho más el tiempo, si hubiera sabido como iba a terminar todo. Pero es un error global, dar por sentado que la vida no es efímera.

Los siguientes meses me los pasé metida en casa. Apenas podía ir a entrenar, ni hacer nada. Al ser mi segundo embarazo, no podía evitar pensar en lo que ocurrió la primera vez que dí a luz, no podía evitar recordar a mi primogénito y lloraba, lloraba durante horas. Bardock se enteró desde el principio de mi embarazo, y era prudente conmigo, intentando evitar el tema de lo que haríamos con el bebé una vez hubiese nacido. De todas maneras, ambos sabíamos lo que íbamos a hacer. No era nada nuevo para nosotros.

No quería pensarlo.

En esa agonía pasaron los ocho meses. Todo parecía transcurrir de manera rápida, certera. Bardock se había trasladado a vivir conmigo, cosa que agradecía profundamente. Ya no estaba sola, tenía mi asosiación, mi familia de dos, y dentro de poco, de tres. A pesar de que fuera solo por un ligero momento.

-¿Por qué estás tan rara? -me preguntaba Bardock una y otra vez, día tras día -ya no eres la misma. Hablas incluso menos que antes.

-¿Y cómo quieres que esté? Estoy embarazada. Me preocupa mi hijo, lo que le vaya a pasar.

-Jena, eso lo sabes de sobra. No pierdas el tiempo pensando en tonterías. Por que son tonterías, realmente. No merece la pena.

-Ya lo sé -decía, resplando.

-Dentro de tres o cuatro días me voy a una misión. Tenemos que barrer el planeta. Nada nuevo. Puede que tarde un par de días, como mucho.

-Vale. Pero ten cuidado, Bardock. Ya sabes...

-Sí, no te preocupes Jena.

-No estoy preocupada.

Bardock sonrió ante lo que se había convertido en una de mis frases favoritas cuando él salía a misiones. Me preocupaba, pero no quería parecer tan débil exponiéndolo ante él.

Al día siguiente, salí a dar una vuelta por las calles, cosa que llevaba much tiempo sin hacer. Me acerqué a los campos de entrenamiento, y saludé a Bardock de lejos.

-Mirad, esa es mi mujer -decía a sus compañeros de escuadrón, sonriéndo. Ya les conocía a todos, pero Bardock parecía no cansarse de presentarme una y otra vez. Los de su escuadrón sólo sonreían y movían la cabeza de un lado a otro, en señal de rendición.

Seguí caminando hacia donde se encontraba aparcada la nave de Frieza, aunque no la atravesé, la rodeé. Me daba escalofríos.

Llegué a las comunas, donde la gente se paraba a charlar a la hora de salir de los entrenamientos. Varios niños se estaban pegando en la calle ante la mirada divertida de los mayores, que hacían apuestas por unos y pot otros. Antes, yo me solía entretener también con esa clase de pasatiempos.

Entonces, un niño pasó al lado mío, haciendome perder el equilibrio de la fuerza que llevaba. Ni siquiera se disculpó. Se paró a unos metro en frente mía, se giró, y grito un nombre que me heló la sangre en seco, e hizo que todo mi mundo se detuviera.

-¡Vamos, Raditz!

Todo alrededor mía perdió su sonido. Los niños luchando, los padres animándoles, todo pasó a ser algo secundario, a moverse a cámara lenta. Ya no oía nada. Despacio, me giré hasta dar media vuelta. A mi espalda, un niño se acercaba corriendo. Su cabello era largo, y crecía en mechones gruesos hasta media espalda. Debía de tener seis años, poco más. Se paró en frente mía, y al observar mi avanzado estado de embarazo, pareció comprender el daño que su amigo podía haberme causado.

-Lo siento, señora.

Le sonreí, sintiéndo como se me humedecían los ojos. Quise decir un montón de cosas en ese momento, quise gritar, abrazar a mi hijo, que ahora estaba en frente mía, al que no había visto desde el mismísimo momento en el que me lo arrebataron de los brazos, recién nacido.

Pero no salió nada. En su lugar, sólo acerté a decir un apenas audible "no ha sido nada". Raditz, mi hijo, sólo sonrió ligeramente, con una sonrisa seria, algo amable a la vez, y siguió su camino, para reunirse con su amigo.

Yo quedé parada en medio de la calle, hasta que poco a poco todo fue recuperando el sonido, la vida. No sé cuánto tiempo pudo transcurrir, pero el Sol casi se había ido.

Volví a casa sonriéndo, y recibí a Bardock apretándo mis brazos contra su cuerpo. Me preguntó el motivo de mi alegría, de mi cambio, pero no dije nada. Simplemente le respondí que me alegraba que hubiera vuelto.

-No por mucho tiempo. Mañana me voy ya, Jena. Cuídate mucho, aunque sólo serán dos días.

Esa noche, cené con Bardock por última vez. Abracé a Bardock por última vez. Besé a Bardock por última vez, y dormí con él por última vez.

Y aquella mañana, cuando se despidió de mí, sería la última vez que vería a Bardock, al igual que auqella tarde había sido la primera y última vez que jamás vería a mi hijo.