Olía a tierra mojada.

En el orfanato donde me había criado, ubicado en Londres, los días grises, que eran mayoría, todo se impregnaba del olor a humedad. Resultaba incómodo en ese entonces, pero ahora traía consigo un eco de familiaridad que pocas cosas eran capaces de evocar.

El teléfono móvil que había estado guardado en la habitación dieciocho del motel comenzó a vibrar en el piso, acompañando el solitario sonido de la lluvia con su temblequeo. Michael despertó tras un fuerte estremecimiento y atendió la llamada.

—¡Alex!—exclamó casi con euforia.—Sí, soy yo... He estado esperando tu llamada... No, no estoy herido... No estoy seguro de si me siguen. Por el momento todo está tranquilo, pero prefiero no confiarme...

Poco a poco, la euforia del muchacho se fue apagando hasta transformarse en vacilación, y al final de la conversación todo rastro de alivio había desaparecido. Michael cortó la comunicación y lanzó el móvil por el agujero de la ventana. Luego se recogió contra la pared, consternado.

De pronto, dejó de apretar los puños y una sonrisa se formó en su rostro.

—Nunca has sido bueno para mentir, Alex... —musitó.

Aquella actitud suya no se prolongó demasiado, pues el verde de sus ojos volvió a tornarse frío al toparse con mi figura. Nervioso, se asomó para supervisar los alrededores.

—Ellos te están buscando, ¿verdad?—indagué. Volvía a sentir esa peligrosa necesidad de provocarlo.

—Cállate.

—Ahora que el FBI ha puesto una recompensa por ti, es demasiado peligroso dejarte vivo.

—Cállate.

—Temías esto desde el principio. A mí tampoco me conviene que nos encuentren. Probablemente ya hayan dado con nuestra ubicación.

—¡Que te calles!—vociferó con rabia. Sentí cómo la punta de su zapato me golpeaba y me hacía rodar varios metros por la habitación vacía mientras un dolor punzante se agudizaba en mis costillas. Permanecí tendido boca abajo durante algunos instantes, esperando que el aire volviese a mis pulmones. —El simple sonido de tu voz me resulta odioso. Todo esto es tu culpa.

No supe si se refería a la responsabilidad que yo tenía por haber cumplido mi trabajo y descubrir la guarida donde se escondían él y sus hombres, o por haberlo hecho llegar a esta situación sin retorno. Porque en su tono se evidenciaba un sufrimiento correspondiente a orgullo herido.

Él podría haber muerto con el orgullo intacto, teniendo la satisfacción de llevarse los secretos de su grupo a la tumba. Se habría convertido en un mártir, tal vez.

Pero nadie lo admiraría ahora que había burlado a la muerte y su mera compañía se convertía en sinónimo de peligro. No era otra cosa que un sacrificio más para "la causa".

¿Se había sentido así Mello antes de inmolarse en honor a L y a su siempre herido orgullo?

Michael estaba sentado de espaldas a la pared y tenía los ojos cerrados y la palma de la mano en la frente cuando me arrastré hacia él para acariciarle la cortadura que tenía en el pómulo. Su primera reacción, obviamente, fue el rechazo. Se abalanzó sobre mí, gritando como un loco que no lo tocase.

Pero en el momento en que quedamos uno sobre otro, frente a frente, nuestras miradas encontradas, su actitud se modificó un poco.

Finalmente, lo que nos unía era la certeza de que habíamos sido abandonados por los nuestros. ¿Tan descabellado era intentar calmar nuestra soledad interior por algunos ficticios minutos?

Después de todo, la tibieza de su boca había resultado ser el único remedio para la desazón que trajo con su llegada. Sabía a humedad y a falsas memorias. Ésta se abrió generosamente para saciar mi sed de su aliento antes de comenzar a deslizarse por mi barbilla y cuello. Nuestros cuerpos ya se balanceaban uno sobre otro, ansiosos. El aroma que emanaban a desesperación, a desaliento, parecía ser lo que les demandaba unirse por sobre todo lo demás, tentador, abrasante.

Accedió a desatarme, liberando mis manos para que ellas se escurrieran entre sus cabellos y mis tobillos para que mis piernas se abrazasen a su cintura.

Nuestro pequeño desliz, nuestra desmesurada vergüenza.

—Mello...

Mis suspiros de pronto cobraron la forma de aquel nombre. No estoy seguro si Michael llegó a oírlo o si se encontraba demasiado ocupado prestándole caricias a mi pecho agitado. Por si acaso, me mordí el labio inferior. No que le debiese mi lealtad a la persona a quien estaba a punto de entregarme por tercera vez ni a ningún fantasma del pasado. Mi corazón, siempre de hielo, le pertenecía a la lógica y a la justicia.

O al menos así debía ser si mi cerebro no se encontrase tan entumecido por todo lo ocurrido aquella última semana.

Pero tarde o temprano tendría que volver a ser L y dejar esto de lado. No podría continuar así por siempre.

—Tengo curiosidad por saber de quién se trata esta persona a quien le debes la vida—susurró mi captor, mi amante, mientras sus manos se colaban hábilmente por los íntimos rincones de mi cuerpo. —No vendrá a rescatarte esta vez, ¿verdad?

Sentí mi corazón contraerse dolorosamente. No, él no vendría, ni ahora ni nunca. Y esto era una locura. Eso es lo que pensaba al tiempo que me aferraba a él con fuerza, buscando un consuelo inexistente. O quizás era el deseo de hacerlo pedazos por haberme recordado la realidad.

Michael se incorporó con rapidez, provocando que mis uñas le marcasen la espalda y los costados. Me tomó del antebrazo para ponerme de pie y me jaló hacia un rincón oscuro de la habitación donde la luz de la calle no nos alcanzase. Allí me apretujó contra su respiración jadeante y su pulso acelerado, dificultando la entrada de aire a mis pulmones por la presión que ejercía. Todavía podía sentir su excitación manifestada en su entrepierna, lo cual me produjo una ola de voluptuosidad poco concordante con el momento.

Alguien había entrado al edificio. Sus pasos eran cada vez más cercanos, más audibles, hasta que la voz del intruso retumbó en los ambientes vacíos:

—¡Michael! ¿Estás aquí?

El cuerpo del aludido no tardó en estremecerse.

—Alex...—dijo para sí.

Del bolsillo de su pantalón extrajo el revólver, cuyo seguro quitó con mucho cuidado para que hiciese el menor ruido posible. Alex ya se encontraba subiendo hacia el primer piso, que era donde nos escondíamos.

—Vine lo más rápido que pude—continuó enunciando. —Me preocupé cuando se cortó la comunicación. ¿Michael?

Una cabeza con melena se asomó por el hueco que daba a la escalera. El brazo de Michael ya se había levantado, apuntándola. La figura cubierta en sombras que poco a poco se acercaba dejaba adivinar que Alex, además de llevar una pequeña linterna, también estaba armado.

Yo estaba inmóvil, aguardando el disparo que nunca tuvo lugar. Porque la mano de Michael comenzó a temblar justo antes de jalar del gatillo.

—Alex—repitió fuerte para que lo oyera. La luz de la linterna se posó en nosotros en un santiamén. Ninguno de los terroristas, a pesar de haberse reconocido, dejó de apuntar al otro antes de que se sucedieran unos diez segundos de tensión absoluta.

—¡Michael!—exclamó el otro por fin, relajando el brazo con el que sostenía la pistola.—¿Te encuentras bien?

—Sí, estoy bien—contestó secamente.

Los tres nos dirigimos al exterior, donde nos esperaba un automóvil en marcha. Alex hablaba acerca de su preocupación, echándome miradas cargadas de curiosidad y extrañeza de cuando en cuando. Su cabello largo y azabache, su cara regordeta y su barba candado le brindaban, a pesar de la situación, un aspecto bonachón. Michael apenas le respondía con monosílabos.

—¿Y qué haremos con él?—preguntó en cuanto todos estuvimos dentro del vehículo, obviamente refiriéndose a mí.

—Aún no lo sé.

—Sea como sea, primero tienes que descansar. ¡Cielos! Cuando nos enteramos que habías logrado escapar no lo pudimos creer. En verdad te dábamos por muerto. Te ves bastante mal... Ni quiero imaginar lo que te habrán hecho.

—Y yo no quiero recordarlo.

Atravesamos algunas calles en silencio. Había dejado de llover y las nubes poco a poco se retiraban del cielo. Pero a pesar de la quietud, lograba notar que la atmósfera no era del todo favorable. Además, Alex no parecía dispuesto a quedarse callado.

—Lo siento, pero tengo que saberlo o moriré de curiosidad; ¿cómo diablos lo hiciste?

—Ni yo mismo sabría explicarlo bien—dijo Michael con un dejo de fastidio. —Te lo contaré mañana, ¿de acuerdo?

—Quiero decir... Escapar del FBI. ¡De L! Es algo en verdad inaudito.

—He dicho que te lo contaré mañana.

Ahora las palabras de las dos personas que se hallaban sentadas delante de mí se estaban cargando poco a poco de nerviosismo y más tensión. Michael miraba inquieto a través de los vidrios polarizados las veredas desiertas.

—No será que te habrán dejado libre a cambio de algo, ¿no? ¿De que los lleves a nosotros?

—Alex—aquel nombre sonó áspero en la boca del rubio. —Jamás le haría un favor a esos malditos. Si yo hubiese sellado semejante pacto con el Demonio, no me habrían hecho lo que me hicieron, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. Porque si así fuera, me enojaría muchísimo. Es sólo que no entiendo cómo mierda te escapaste. Nadie lo entiende.

—Por eso es que intentaré explicártelo maña...

Michael no fue capaz de terminar la frase debido al movimiento repentino y no tan inesperado que hizo su compañero para volver a tomar el arma y dispararle. El estruendo de una explosión tan cercana me aturdió por completo, y cuando pude reaccionar, el vehículo había empezado a dar vueltas, fuera de control, hasta que se estrelló contra un árbol, provocando que el parabrisas trasero se hiciera añicos.

Yo estaba ileso a pesar de alguna que otra magulladura por el choque, pero aún así la sangre se expandía tanto por mi cuerpo como por mi ropa. Al incorporarme, asustado, descubrí que Michael se encontraba en el mismo estado, respirando pesadamente. Alex, en cambio, yacía muerto sobre el volante. Una parte del interior de su cráneo se escurría por el cristal del parabrisas.

—Mierda... Si serías idiota, Alex. Eso no era necesario—masculló el terrorista sobreviviente, sus ojos abiertos como nunca. —Y a ti ni se te ocurra decir nada para vanagloriarte a menos que quieras terminar como él.

Ambos giramos la cabeza al unísono, en dirección a la calle. Varias personas ya se acercaban a nosotros con expresiones de preocupación. Algunas miraban al vehículo accidentado mientras hablaban por móvil, probablemente llamando a la policía o a una ambulancia.

Fue Michael el primero en espabilarse. Hizo a un lado el cadáver, que por cierto no era de contextura menuda, y volvió a arrancar el motor del coche, el cual no se había hecho el suficiente daño como para dejar de funcionar, ni se encontraba demasiado incrustado en el árbol contra el que había impactado.

El gentío se hizo a un lado enseguida, sorprendido. Luego, tras un esfuerzo tremendo, logramos arrojar a Alex al asiento trasero. Yo no podía hacer mucho ya que me habían atado las manos nuevamente, ni tampoco era capaz de huir pues las puertas estaban trabadas y Michael seguía armado. Y acababa de probar que estaba enteramente dispuesto a disparar.

—Ven al asiento del copiloto—me indicó. —Iremos a lo de un amigo. Tendrás que vendarte los ojos.

Dicho esto, extrajo un amplio pañuelo de la guantera y con él se ocupó de cubrirme la visión. Después de ello, sólo pude percibir el murmullo de la gente que cada vez se oyó más lejano y la música de la radio que encendió Michael con el objetivo de tranquilizarse un poco. Se trataba de una vieja canción de Frank Sinatra.

I wish you bluebirds in the spring, to give your heart a song to sing,
And then a kiss, but more than this, I wish you love.
And in July a lemonade to cool you in some lazy glade,
I wish you health, but more than wealth, I wish you love...

A los pocos minutos, fue el apacible movimiento del automóvil y la brisa que se colaba por el agujero que había quedado del parabrisas trasero lo que contribuyó a que perdiera la conciencia.


Continuará...