Fuiste tú

Fuiste tú... Tenerte fue una foto tuya puesta en mi cartera,
un beso y verte hacer pequeño por la carretera.

Fue él.

De eso estaba segura. Fue él.

Él. Al que llevaba en su corazón cada día, a quien amaba con desesperación, con un fuego que ardía más que el infierno en sí mismo.

Él, quien aparecía en sus sueños como fantasma, el recuerdo de un lejano amor.

Quien juega con fuego, se quema. Ella ardió.

Tener al joven detective fue tan solo una fotografía en su cartera, un beso fugaz en aquellas veces en las que se dignaba a honrarle con su presencia y verlo desvanecerse por el horizonte.

Lo tuyo fue la intermitencia y la melancolía,
lo mío fue aceptarlo todo porque te quería.
Verte llegar fue luz, verte partir un blues.

Lo suyo fue ser intermitente, aparecer y desaparecer a cada rato. Ser quien traía la melancolía a su corazón, con sus orbes azul cielo tan sinceros, nostálgicos, apenados por separarse de ella. Prometiendo cosas que nunca llegaba a cumplir.

Lo de ella fue asumir. Aceptarlo todo con una sonrisa. Entenderlo. Comprender. Esperar. Sufrir.

Aceptarlo todo porque le quería.

Porque su cielo, su tierra y su sol se iluminaba cuando veía esos ojos azules, esa sonrisa arrogante. Escuchar su voz entonando su nombre con anhelo, tristeza, amor. Saborear esos besos que le caían como agua de mayo. Escuchar sus promesas que luego quedaban en disculpas.

Pero se acabó.

No quería más ese amor.

Le dañaba, le desgarraba, le ilusionaba para luego hundirla en el fondo de la más profunda desesperación.

—Fuiste tú —le espetó cuando le vio por última vez, rechazando su beso, tentador como la manzana prohibida. Tú tuviste la culpa, Shinichi. Éramos felices hasta que te echaste a correr a aquel callejón. Yo me he cansado de esta vida.

No le dio tiempo a replicar. Volteó y se fue antes de que el detective del este pudiera replicar.

Fuiste tú,
de más está decir que sobra decir tantas cosas,
o aprendes a querer la espina o no aceptes rosas.

—No fuiste tú.

Eso fue lo que Ai Haibara, en realidad Shiho Miyano, le dijo al encogido detective cuando, desanimado y depresivo, le contó acerca de la clara ruptura con su ahora exnovia.

—Ella lo sabía —prosiguió—. Sobra decir que tú le advertiste acerca de que no estarías con ella tanto como quisiera. Ella aceptó esa condición cuando empezasteis a salir. O aprendes a querer la espina o simplemente no aceptes las rosas.

El niño reflexionó acerca de las palabras de la castaña. En realidad, Ai tenía mucha razón pero Ran igual. La ahora universitaria no merecía esa clase de relación tóxica que solo le hacía daño.

No. No merecía ese amor. Un amor así sólo hiere, acuchilla, y finalmente te mata lentamente como el más silencioso veneno.

Jamás te dije una mentira o te inventé un chantaje,
las nubes grises también forman parte del paisaje.
Y no me veas así, si hubo un culpable aquí
Fuiste tú.

—Le mentiste. Es verdad, no puedes negar eso, Kudo —le dijo ante su gesto reflexivo—. Pero no la chantajeaste para que sea tu novia, tampoco le mentiste acerca de las posibilidades de veros. Ella es la culpable de haber aceptado esa relación.

Haibara le miró con fijeza.

Ella le advirtió al terco de Shinichi Kudo acerca de los riesgos de ese amor. Que solo les haría daño, que nada tenía de estable sabiendo que el detective era un blanco de una mafia y que la karateka era una víctima de las circunstancias demasiado enamorada para evaluar los percances que suponía una relación a base de encuentros fugaces y llamadas ocasionales.

Pero Kudo no escuchó. No quiso escuchar. No deseaba saber la realidad de su vida por estar con la muchacha que amaba, pese al daño que les provocaba a ambos todo eso.

Así acabaron.

Que fácil fue tocar el cielo la primera vez,
cuando los besos fueron el motor de arranque,
que encendió la luz que hoy se desaparece.

Tan fácil fue tocar las nubes, subir a la cima...

Tanto, que no evaluaron que, mientras la altura fuera cada vez mayor, peor iba a ser cuando todo se desmoronase y cayeran de su nube inevitablemente.

Era sencillo hacer que fueran los besos los responsables de borrar todo el dolor, las lágrimas, el sufrimiento, la realidad. Hacer que los besos arrancaran todo el motor que necesitaban para ascender, dejarse llevar, amarse como si nada pasara.

Fue simple dejar que los besos encendieran la luz de su mundo, que todos sus sueños se hicieran realidad, que nada fuera imposible para ellos.

Creyeron ser capaces de superar en lo que tantos fallaron...

Y acabaron peor que los que anteriormente lo intentaron.

Así se disfraza el amor para su conveniencia,
aceptando todo sin hacer preguntas,
y dejando al tiempo la estocada a muerte.

Era esa la manera en la que el amor se disfrazaba.

De esperanza. De ilusiones. De arrogancia.

Haciendo que se sintieran invencibles, que supieran que nunca iban a caer de su castillo en las nubes.

Hacía que todo se aceptara, sin cuestiones. Todo estaba bien. Todo era maravilloso, hermoso, perfecto.

Pero el amor solo era un enemigo infiltrado, como el caballo de Troya. Se disfrazaba para calar hasta lo más profundo de ambos corazones...

Y entonces el tiempo era quien daba la estocada final, el golpe letal que hacía caer el castillo de nubes al suelo y lograba asesinar sus corazones, sus sentimientos, sus ilusiones, sus sueños. Y quedaba solo la realidad, venenosa, cruel.

Mientras mayor la altura, mayor el daño.

Nada más que decir,
sólo queda insistir
Dilo…

Y así, sin nada más que decir, acababa el amor en dolor.

Y los humanos necesitamos de alguien a quien culpar. Porque nosotros no somos los únicos responsables de la fatal caída.

Un Dios, un santo, una divinidad...

O la otra persona.

Era así como dos personas que se amaban terminaban odiándose.

Lo que ninguno de los dos jóvenes sabía era si iban a terminar de esa manera una relación que venía desde la más tierna infancia.

Fuiste tú,
la luz de neón del barrio sabe que estoy tan cansada,
me ha visto caminar descalza por la madrugada.

Ran sabía bien que Shinichi amaba sus casos por encima de cualquier cosa.

Ella quería ser la excepción. Quería que su amigo la amara por encima de su gran afición.

Quizá fue un sueño arrogante, egoísta incluso. Ella quería lograr lo que nadie pudo. Ella deseaba ser aquello que nadie más fue para el joven castaño.

Ella aspiró a alto, y cayó desde ese mismo sitio.

Solo las noches y las luces de neón sabían de sus llantos en sus salidas nocturnas, cuando todos dormían y otros se divertían. En aquellas madrugadas solitarias, bien en la calle o bien en la agencia de detectives, alumbrada por una intermitente luz rosa neón de un bar cercano, con sus lágrimas derramándose.

Esa luz bien sabía que estaba tan, pero tan cansada...

Estoy en medio del que soy y del que tú quisieras,
queriendo despertar pensando como uno quisiera.
Y no me veas así, si hubo un culpable aquí
Fuiste tú.

Para Shinichi no era nada fácil.

Estaba en el punto en el que no era ni él mismo, ni el que Ran quisiera.

Era un niño. Un niño que alguna vez fue, un joven que amaba a esa muchacha y que se torturaba viéndola cada mañana y cada noche. Deseaba aún, después de tanto tiempo, despertar de esa pesadilla.

Despertar pensando en la locura de sueño que había tenido y mirar por la ventana a su amiga, tocando impaciente el timbre para ir a clases.

Despertar pensando y siendo quien era y quien Ran quería que fuera: Shinichi Kudo.

Pero cada amanecer seguía siendo Conan Edogawa.

Que fácil fue tocar el cielo la primera vez,
cuando los besos fueron el motor de arranque,
que encendió la luz que hoy se desaparece.

Así como fue, los besos desaparecieron de sus vidas.

El cielo se volvió inalcanzable.

La luz ya desaparecía.

Porque una relación es como un coche, y un coche no funciona sin motor.

Y si el motor eran los besos, el agua era el amor. Y sin amor, los besos se fundieron en fuego y el coche explotó como una bomba de relojería.

Ese era el final de su relación. Destructivo para ambos.

Así se disfraza el amor para su conveniencia,
aceptando todo sin hacer preguntas,
y dejando al tiempo la estocada a muerte.

Promesas.

Así se disfrazó el amor para ellos.

Promesas que finalmente en nada quedaron. Se rompieron. Se esfumaron.

Solo quedó el dolor de corazones partidos para los dos.

Pero quizá la peor parte se la llevaba Shinichi, estando tan cerca, pero a la vez tan lejos.

No podía olvidar viendo su rostro cada día. Ella tampoco viendo el reflejo de su amor perdido en un niño con el que vivía.

Nada más que decir,
sólo queda insistir
Fuiste tú

Y ambos debían fingir.

Ran para no preocupar al niño. Shinichi para no delatarse.

Pero el reencuentro nunca era fácil, y ellos debían enfrentarse al otro cada mañana. Enfrentar su dolor con una sonrisa, sin poder decir nada más. Una por la tontería que suponía descargar su mal de amores con un niño, otro sabiendo que decir algo solo empeoraría las cosas.

Fue duro el verse a los ojos el día siguiente a las palabras de la castaña.

Ella con su creencia en que la culpa era toda de él.

Él con las palabras de su amiga metidas en la cabeza.

Que fácil fue tocar el cielo la primera vez,
cuando los besos fueron el motor de arranque,
que encendió la luz que hoy se desaparece.

"Fue fácil tocar el cielo, ¿no, Ran?"

Eso fue lo que ella recibió, en un simple mensaje de texto.

Al otro lado de la puerta de su habitación, un niño de gafas le miraba de reojo, un móvil rojo en su mano.

"Cuando los besos eran el motor..."

La muchacha suspiró. Dos meses y no lo superaba, aunque a todos les decía que estaba fenomenal.

Mentira.

"Ese motor que encendió la luz que desaparece".

Así se disfraza el amor para su conveniencia,
aceptando todo sin hacer preguntas,
y dejando al tiempo la estocada a muerte.

"Así es como el amor se disfraza, Shinichi. Lo leí en un libro".

Él no sabía por qué le hablaba. Ella no sabía por qué respondía.

Suponían que era por los viejos tiempos.

"Aceptando todo sin hacer preguntas".

Él también lo había leído.

"Y dejando al tiempo la estocada a muerte. Define bien todo lo que sucedió".

Ella sonrió. Él también.

No pretendían demostrar alegría.

Nada más que decir,
si quieres insistir
Fuiste tú.

"¿Algo más que decir?".

Eso fue lo que envió ante su silencio.

"Nada más que decir..."

"¿Seguro?"

Shinichi nunca se quedaba sin la última palabra.

"En realidad, tengo algo que decirte".

Los dos lo escribieron a la vez, pero no se dieron cuenta hasta que mandaron el último mensaje que cortaría toda su relación definitivamente:

"Fuiste tú".

Ninguno de los dos sabía que ambos habían sido los culpables.