Disclaimer: InuYasha, su historia y sus personajes son propiedad exclusiva de Rumiko Takahashi, yo simplemente los tomé prestados por un tiempo indefinido para escribir esta historia sin fines de lucro.
Fatum
Por: Samantha Blue1405
Capítulo 6: Conociéndote
"… Mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible…"
Táctica y estrategia – Mario Benedetti.
— ¿Qué… qué dijiste? —murmuró obnubilada, viendo de sus ojos a sus finos labios, que se habían movido tan provocativamente mientras pronunciaba aquel hechizo. Tan, pero tan cerca de los suyos que sentía pequeños pinchazos de electricidad con el más mínimo movimiento.
Sólo tenía que moverse un poco, un poquitito para rozar esos pecaminosos labios y saborearlos como había saboreado el resto de él. Y Rin tembló de cruda necesidad.
Sesshomaru sólo esbozó una diabólica sonrisa que no llegó sus misteriosos ojos color ámbar.
— Pregunta incorrecta, Rin —dijo en un susurró bajo y ronco que envió una oleada de calor hasta su centro húmedo.
Rin parpadeó, tratando desesperadamente de salir de la bruma de aturdimiento. Pero era casi imposible, y más si él no se apartaba de su boca. Estaba respirando su mismo aliento, y quería más. Muchísimo más de él. Tanto que los dedos de sus pies se enroscaron dentro de las botas.
— ¿Qué idioma es ése? —murmuró más aturdida que antes.
Sesshomaru se apartó por fin, sólo lo suficiente para darle algo de espacio, y pareció dudar si responderle o no. Rin aprovecho la tregua para esclarecer su cabeza y rearmar sus murallas. Contó hasta diez y luego se obligó a multiplicar números de dos y tres cifras. Eso siempre funcionaba cuando tenía una presentación para los jefes.
— Húngaro —dijo él al cabo de varios segundos, y contraatacó para no añadir nada más—: ¿Hablas otro idioma?
— Inglés. ¿Qué me dijiste esa noche? —arremetió ella también, sin dar el brazo a torcer y saliendo completamente del trance.
— Pregunta incorrecta.
— ¿No era algo feo, verdad? —entornó los ojos, suspicaz.
— No.
— ¿Lo de hace rato tampoco? Porque por tu mirada pareció una amenaza, pero sonó...
— Lo fue, Rin —murmuró siniestro, pasándole un largo dedo por la mejilla, demorándose un poco en su barbilla antes de apartarse.
El corazón de Rin se saltó un latido, y reemprendió su marcha frenética.
— ¿Y-y no pi-piensas decirme qué?
— No. —Se reclinó en su silla, cruzándose de brazos, disfrutando de su expresión, que debía ser todo un poema de confusión y embelesamiento a partes iguales.
Rin torció la boquita de piñón, lanzándole una mirada colérica.
— No es correcto ir por ahí amenazando a las personas sin que sepan lo que significa, ¿no crees? —espetó, más enojada—. No es justo.
— No. No lo es —convino, pero su expresión decía "¿Y qué?". Y su actitud condescendiente la enfureció aún más.
— ¿Hablas otro idioma además de ése? —siseó con los dientes apretados.
— Sí.
Rin achicó los ojos y rechinó los dientes.
— ¿Cuál? —dijo despacio, pero antes de que él pudiese responder, gruñó—: Y si vuelves a responder a algo con monosílabos, ¡me largo!, ¿oíste?
Sesshomaru le dedicó una mirada de hastiada indiferencia, y a Rin le salieron chispas por los ojos. Parecía tan estoico, como si ella sólo estuviese haciendo una rabieta insignificante.
— Inglés, italiano, francés y alemán —respondió llanamente—. ¿Por qué estás enojada?
Rin soltó el aire en un sonoro resoplido.
— No lo estoy —rumió, llevándose atrás un mechón que se soltó de su coleta.
— Mientes. —Ella le lanzó una mirada de muerte, que a él le pareció por demás adorable—. Te tocas el cabello cuando mientes.
— ¡No es cierto! —chistó. Y notó que involuntariamente se apartaba el flequillo de los ojos. Él enarcó una ceja, triunfal—. Lo hago con frecuencia —refutó apresándose las manos al frente como si su vida dependiera de ello.
— También gesticulas con las manos cuando estás nerviosa, Rin.
Rin dio un respingo con los ojos abiertos de par en par. "¡¿Cómo lo supo?!" Sólo su madre sabía esto, y había invertido una buena cantidad de tiempo y dinero en libros de autoayuda para controlarlo. Por eso hacía cuentas mentales antes de las juntas, para no gesticular. Y una renovada oleada de furia la recorrió. ¡Cómo se atrevía! ¿Con qué derecho se atrevía a psicoanalizarla?
— ¿Qu…? —intentó preguntar él, pero ella lo atajó:
— Dijiste que podía preguntar lo que quisiera, pero respondes a medias —le acusó beligerante—. Y es mi turno.
Sesshomaru asintió con una parca inclinación de cabeza, haciendo un sutil gesto con la mano en su dirección, totalmente impasible. Majestuoso y condescendiente de nuevo. Y Rin sintió que echaba humo por la boca y las orejas. No le gustaban sus evasivas.
— ¿Qué estabas haciendo aquí la semana pasada, cuando nos encontramos?
— Tenía asuntos que atender cerca —dijo tajante.
Algo en su respuesta no la convenció del todo. Pareció esquivo y su mirada se tornó insondable y hostil, más de lo habitual. Al darse cuenta que ella lo examinaba, arremetió:
— ¿Y tú?
— Salí con una amiga. ¿No fue obvio?
— No, Rin. Ahora no. No vives aquí, pero te he encontrado dos veces en esta ciudad. Sin mencionar que tienes un nickname en The Agency —susurró bajo para que nadie pudiese escuchar esto último.
¡Claro, había sido una tonta lengua suelta!: Nadie fuera de Kioto podía ingresar al sitio web de The Agency, que tenía una serie de filtros de IP y de más inquebrantables.
— Fatum —respondió ella simplemente con un encogimiento de hombros, tan misteriosa como él. Una sopa de su propia medicina.
No mordería el anzuelo tan fácilmente. Si la creía así de tonta, iba listo. Puede que trastornara su cabeza y sus hormonas, pero no tanto como para delatar a sus amigas delante de un casi-desconocido con vaya a saber Dios qué intenciones.
— Es decir… que sólo fue una extraña… ¿coincidencia? —dijo cautelosa.
— Grata coincidencia, Rin —le corrigió en un tono suave y aterciopelado que la hizo tragar grueso y apretar las piernas.
¿Qué tenía su voz que la hacía arder de buenas a primeras? Y cuando pronunciaba su nombre era... ¡Dios, escucharlo se estaba convirtiendo rápidamente en su más grande y secreto placer culposo!
— ¿Por qué te enojaste?
Rin agachó la mirada, mordiéndose los labios con insistencia, tratando de aferrarse a los últimos resquicios de su enojo, pero no pudo. Él tenía la habilidad especial de hacerla ir en una montaña rusa de emociones. Del terror a la excitación, y del enojo a la calma en un santiamén.
— Estoy asustada —admitió en un susurro, con los puños tan apretados que sus nudillos se pusieron blancos—. Ni siquiera sé si puedo confiar en ti, o si estás siendo sincero. Y-y trato de creer… De verdad, quiero confiar en ti, pero… respondes con evasivas y-y…
— Comprendo —le atajó, apiadándose de ella. Rin soltó un largo suspiro—. Jamás te haría daño, Rin... Entiendes eso, ¿no es así?
Rin se quedó prendada de su mirada, buscando un atisbo de falsedad o engaño, algún indicio minúsculo de maldad, sin hallar nada. Pero tampoco halló lo contrario. No había nada en aquellos preciosos ojos. Absolutamente nada que revelara lo que pasaba por su cabeza. Quería creer en él. Y una parte de sí lo hacía ya, pero otra… Su parte lógica y pragmática lo miraba recelosa desde un rincón, como un ratoncito famélico frente un gran trozo de suculento queso en una ratonera.
El mesero apareció justo en ese instante con sus bebidas calientes, y Rin se arrebujó en su abrigo sin atreverse a mirar a ninguno de los dos. Una vez a solas, sostuvo el Mocca Latte entre sus manos heladas. A fuera, la brisa fría de hacía unos minutos parecía estar a punto de convertirse en una fuerte tormenta. La lluvia arreciaba poco a poco y un par de relámpagos surcaron el cielo. El estruendo de los truenos hizo vibrar el cristal de la ventana.
Sesshomaru le dio un sorbo a su café, y decidió romper aquel silencio incomodo de una buena vez.
— ¿Cuánto tiempo permanecerás en la ciudad?
Rin tomó la cucharilla y comenzó a buscar chispitas de chocolate todavía intactas.
— Hasta el viernes.
Se llevó un par de chispitas a la boca y cerró los ojos, permitiendo que el reconfortante chocolate se deshiciera en su lengua. Y no hizo ninguna pregunta pese a que se suponía que era su turno. Se dio cuenta de lo ridículamente absurdo de la situación. De que no volvería a verlo jamás, y que ella no era del tipo de chica a la que le iban los affaires de vacaciones o de fin de semana. Ni siquiera los ligues de una noche. Para la muestra de un botón, aún estaba pagando las consecuencias de la primera y única vez que había aceptado una aventura de una noche con un desconocido. Tal vez era cierto que no estaba hecha para el sexo sin apegos. Tal vez eso era para otro tipo de mujeres, más modernas y de carácter diferente al suyo.
— Tu turno —instó Sesshomaru con un leve fruncimiento de ceño, notando que ella trataba de poner un abismo invisible entre los dos de nuevo, y que estaba a punto de echarse a correr. Pero no se lo permitiría.
Rin no huiría de él. No otra vez. ¡Nunca más!
Rin sólo suspiró cansinamente y descargó la cucharilla en el platito con un quedo tintineo.
— ¿Te gustaría tomar un café conmigo el lunes, Sesshomaru? —soltó sin pensar, tal vez alentada por el sabor del chocolate o el calor del latte, tomándolo totalmente por sorpresa.
Sesshomaru, que estaba preparado para lanzarse tras ella a toda costa, sin importar nada ni las consecuencias, no habría esperado ni en un millón de años que la dulce Rin se ofreciera voluntariamente a entrar en las fauces de la bestia, con una tierna mano extendida para tocar su hocico. Lo que tenía de lista y cauta, lo tenía de curiosa e ingenua. Una ventaja tremenda para alguien sin escrúpulos como él. ¡Pobrecilla! Esbozó una sonrisa perezosa y depredadora, peligrosa, que ella no advirtió por estar de nuevo absorta pescando chispitas de chocolate y metiéndolas en esa deliciosa boquita de piñón. Pobre niña lista.
— Sólo si sales conmigo el martes, Rin —arremetió en un susurro aterciopelado que la hizo vibrar.
Y aunque había sido una simple propuesta, a Rin le pareció más un mandato imperioso. Sensual. Dejó escapar una risita nerviosa pero, contra toda lógica, aceptó con una cabeceada, mandando al cuerno su sentido común una vez más.
— ¿Qué harás mañana? —dijo él, alcanzando su mano a través de la mesa, alentado por su risita de campanilla.
Rin no lo rechazó. Por el contrario, entrelazó los dedos con los de él, y un agradable cosquilleo se extendió hasta la punta de sus pies. Tenía unos dedos largos y firmes y una palma ancha; una mano a la que no le costaría trabajo acostumbrarse, y no dudaría ni un segundo en aferrarse a ella. Y sus pequeños dedos fríos no tardaron en absorber el calor familiar que manaba de él.
— Plan familiar —dijo ella. Él enarcó una ceja interrogativa—. Iremos de excursión fuera de la ciudad —echó un vistazo a la ventana azotada fuertemente por la lluvia, sin soltar sus dedos—, si el clima lo permite. ¿Y tú?
— Me quedaré en casa. Tengo el día libre. ¿Con quién te estás quedando?
Rin trató de omitir la pizca de celos al pensar en su trabajo. Y prefirió permitir que el alivio de saber que Sesshomaru, su misterioso gigoló caro, no vería a ninguna clienta el fin de semana se extendiera por todo su ser, mientras él acariciaba sus nudillos con el pulgar, como si ella fuera una animalillo nervioso.
— Con mi tía y mis primos. ¿Vives solo?
— Sí. ¿Tienes novio esperándote?
— Por supuesto que no —frunció el ceño, ofendida—. Si tuviese novio, ni siquiera te habría dirigido la palabra, Sesshomaru... ¿Y tú, tienes algún tipo de relación seria o… rollo con alguien?
Sesshomaru se inclinó peligrosamente hacia ella. Pasó un dedo por su mejilla, delineando el contorno de su rostro lánguidamente, tomándose su tiempo antes de responderle.
— Sólo contigo, Rin.
El pulso de Rin se aceleró aún más, y sintió las mejillas arder. Iba a matarla de deseo allí mismo si seguía tocándola y susurrándole así.
Sesshomaru bordeó sus labios con premeditada lentitud, apenas rozándolos con la yema del dedo, demorándose más en su perfecto arco de cupido. Y Aquella caricia envió descargas de placer directo a los músculos de su vientre, que se retorcieron de anhelo. Ella le apretó los dedos, que aún permanecían entrelazados con los suyos.
— ¿Puedo besarte?
Rin dejó escapar un quedo jadeo, como un ronroneo, ante su intención sin máscaras. Y las pupilas de Sesshomaru se dilataron en el acto. Tomó su barbilla entre el dedo índice y pulgar y la atrajo a él, con los ojos puestos en su boquita, sin esperar una respuesta. Su sonrojo y sus labios entreabiertos hablaban por ella. Lo deseaba tanto como él.
— Pregunta incorrecta, Sesshomaru —logró murmurar con un último resquicio de cordura, justo antes de ceder al impulso de cerrar los ojos y dejarse llevar.
Sesshomaru pareció furioso y frustrado a partes iguales, tanto que la emoción tomó por asalto sus ojos y crispó sus perfectas facciones, siempre tan impávidas. El ambiente a su alrededor pareció enfriarse tanto como afuera.
— No besos —gruñó, asesinándola con una mirada fría y tan afilada como una katana—. De nuevo.
Los dos recordaron todos los "no" que ella había erigido como barrera entre ellos desde que se conocieron. No besos, no nombres, no apellidos, no sexo anal, no a nada demasiado personal. En definitiva, no a nada que pudiera construir un lazo entre los dos. Pero Rin se dijo que era necesario. Por su propio bien, aunque él se molestara y se sintiera un poco ofendido.
— No —reafirmó ella con una mirada de disculpa—. Los besos… —tragó grueso—. Los besos son importantes para mí. Demasiado íntimos, ¿entiendes? No ando por ahí dando besos a cualquie…
Se calló de golpe al percatarse de que había metido la pata hasta el fondo. Se llevó la mano libre a la boca. Acababa de ofenderlo terriblemente sin querer: Él no andaba dando besos por ahí; no. Él se ganaba la vida vendiendo no sólo sus besos, sino sus caricias y su cuerpo, día tras día. A veces, por sus modales exquisitos, su carácter imperioso y su forma de hablar, Rin solía olvidar que él simplemente era un prostituto caro.
¡Se sentía una persona terrible y sin un asomo de tacto! Quería sentarse a llorar en un rincón.
La expresión de Sesshomaru se tornó hostil y le apretó fuertísimo los dedos.
— L-lo lamento… —trató de excusarse, pero el agarre en sus dedos no menguaba.
— Guarda silencio.
Rin agachó la cabeza y asintió calladita, soltándose de su agarre. Después de haberlo ofendido, lo mínimo que podía hacer era callarse la maldita boca de una buena vez. O desaparecer. Pero no tendría tanta suerte de poder esfumarse en el aire como Houdini, y debería pasar la vergüenza de quedarse, e intentar ofrecerle una disculpa de nuevo. A como diera lugar.
— Creo que esto fue un error, Sesshomaru —murmuró al cabo de casi dos minutos de silencio sepulcral, sin levantar la mirada del Latte—. Fue un error haberme quedado esa noche —rió sin gracia, nerviosa y a punto de llorar—. Ni siquiera debí ir allí… —sacudió la cabeza, pensando en la borrachera que las había llevado a pedir un tipo en The Agency y los whiskies que se habían tomado aquella noche para darse ánimo y no perder los diez mil jodidos dólares—. Pediré un taxi y…
De repente, él se inclinó sobre la mesa hasta tomar su rostro con ambas manos, obligándola a verlo. Estaba totalmente sobre ella sobre ella, y algunas hebras de su cabello plateado formaban una cortina a lado y lado de sus rostros.
— No huirás de nuevo, Rin —repitió en un aterrador gruñido bajo, casi contra su boca.
Rin tembló. Y aunque él podría haberse aprovechado de que sus labios se habían abierto por la sorpresa, no la besó. Respetaba su decisión, justo como aquella primera noche. Pero se notaba que a duras penas podía contenerse. "¿Contenerse para qué?", musitó tímidamente en su cabeza. No tenía ni idea, pero estaba dividida entre el deseo de enterarse y el de no enterarse jamás.
Sesshomaru pasó saliva y apartó los ojos de su boquita, enganchando sus miradas por lo que parecieron horas. Con los dientes apretadísimos, como si hiciera uso de todo su autocontrol para no besarla o no matarla, dijo por fin:
— Te llevaré a casa.
Algo en ese tono arrogante y en su mirada dura y exigente no le gustó ni un poquito. Rin frunció el ceño y se soltó, echándose para atrás en la silla. Él hizo lo mismo, y pasó una servilleta de papel por un charquito de café negro que se había derramado por su movimiento violento. Definitivamente, no le gustó ni un poquito su tonito ni su actitud borde.
— No, gracias. Pediré un taxi. —Rin alzó la barbilla, desafiante y muy seria—. ¿O piensas enseñarme dónde vives a cambio de saber dónde me estoy quedando? —espetó, astuta.
Sesshomaru levantó la comisura derecha de sus labios en una sonrisa retorcida, entre aterradora y condenadamente sensual que no llegó a sus ojos.
— Si te llevo a mi casa, Rin, no saldrás en todo el fin de semana —sentenció, y no sólo fue meramente sensual, fue rudísimo.
Y aunque aún estaba molesto, la repasó con una mirada ardiente, demorándose justo en el lugar exacto de su cuello donde le había dejado el chupetón aquella noche. Y añadió algo más en otro idioma, que le sonó como francés.
Rin no pudo más que parpadear, olvidándose por un momento de su conato de enojo y hasta de cómo respirar. De estar de nuevo completamente a solas con él, tal vez ella ni siquiera lograría pensar en salir o huir. Realmente, no podría pensar en nada que no fuera él, en sus besos y sus caricias. En su compañía.
Entonces, un brillo lujurioso y posesivo rondó sus ojos dorados, como si supiera exactamente qué estaba pensando y le hiciera una invitación tacita para irse con él y pasar el fin de semana en su casa. Solos. Completamente solos por más de veinticuatro horas…
"Ven a casa conmigo, Rin. No te arrepentirás", parecían decirle sus ojos.
Y se sintió tan tentada a aceptar. Tal vez harían la cena al llegar, dormirían juntos después de hacer el amor por horas, desayunarían tarde en la mañana y seguramente no saldrían de la cama en todo el día…
— ¡Debo irme! —soltó más para sí, aterrada por lo vividas que habían sido aquellas imágenes en su cabeza.
Ella y él compartiendo tal intimidad, tal complicidad. Se vio, claramente, recargada en una encimera de granito negra, usando sólo una de sus pulcras camisas, mientras él preparaba la cena para los dos y le daba a probar las verduras que salteaba en un wok, vistiendo sólo un holgado pantalón de pijama azul claro. Y ella sonreía y él orbitaba a su alrededor como si ella fuera el centro de su vida, su estrella más brillante.
¡Y le gustó tanto!
Se estremeció de pies a cabeza, y sacudió la cabeza, desterrando por completo esas imágenes y, de paso, la tentación de hacerlas realidad. El corazón le latía frenético, y sentía el rostro encendido. Acostarse con él dos meses atrás fue un error, pero hacerlo de nuevo e irse con él sería una estupidez. ¿De qué carajos servían los errores, si no iba a aprender nada de ellos?
— Te llevo —resolvió él. Al percatarse que ella abría la boca para pronunciar una inminente negativa, añadió—: La tormenta arreció.
Rin viró el rostro a la ventana. La lluvia torrencial se había transformado en una nevada. Le sería casi imposible tomar un taxi así; el tráfico debía ser un caos. Y lo peor: no sabía bien si Sesshomaru se refería a llevarla a su casa o a la de él. Y tal vez ella prefería en secreto la segunda opción.
Entonces, como por arte de magia o algún milagro extraviado, su teléfono sonó. Era Souta, preocupado por ella. Sin perder tiempo, Rin le dijo que la tormenta la había pillado en el Fatum's, y su maravilloso primo se ofreció a llevarla a casa. Souta estaba saliendo de casa de su novia y le tomaría unos veinte minutos llegar. Rin asintió más que encantada. ¡Se había salvado por un pelo! ¡Amaba a sus primos por estar siempre al pendiente de ella!
— De acuerdo. Te veo en un rato. —Colgó y regresó el teléfono al bolsillo de su abrigo. Volvió la vista a Sesshomaru, que parecía más huraño y aterrador que antes—. Mi primo viene por mí —le susurró, mitad alivio mitad disculpa.
Sesshomaru se reclinó en la silla, viéndola con ojos entornados, fríos e ilegibles, pero la rudeza de su expresión y su mutismo decían lo suficiente. Y le dolía. Dolía mucho. Oprimía su pecho hasta dejarlo como una pasa. Sabía que la había regado, pero se había disculpado y se sentía lo suficientemente mala persona como para que, a parte, él la mirara de esa manera. Tenía las palabras "lo siento" rondando en su mente, a punto de escapar de su boca, pero ya no sabía bien porqué debía disculparse: Si por ofenderlo de todas las maneras imaginables y horribles, o por renegar de haberlo conocido. O por no aceptar su invitación.
Todo había sido un error.
Acabaron sus bebidas sumergidos en un espeso y hondo silencio. Rin llevó la mano a su bolso, pero él le lanzó una mirada amenazante y meneó la cabeza en una rotunda negativa. Sesshomaru sacó un par de billetes de su cartera, que excedían por mucho el costo de los cafés, y se puso de pie sin más.
Estaba cabreado. Muy, muy cabreado. Se notaba en el rictus serio de su boca y en la tensión de sus hombros anchos. Y Rin tuvo la certeza de que éste era el fin de su peculiar relación, o lo que sea que tuviesen. Así de rápido como empezó, había terminado. Como una tormenta de verano.
Era consciente de que debía sentirse tremendamente aliviada, pero Dios sabía que no era así. Estaba angustiada ante la perspectiva de no verlo nunca más. De haber conocido tanto de él y… perderlo en un abrir y cerrar de ojos. Pero en especial, de haberlo herido. Jamás quiso causarle dolor, pero daba la impresión de haber tocado una fibra muy sensible, y profunda. Y quería echarse a llorar.
¡Se estaba volviendo loca! ¿Acaso sería normal sentirse así por alguien?
Sesshomaru le tendió una mano para ayudarla incorporarse, sin siquiera abrir la boca. Rin dudó, pero no quería ofenderlo más y finalmente la tomó. Y de repente, algo en su interior pareció hacer clic de nuevo. Como si todo en el universo hiciera clic. Instintivamente se aferró a sus dedos como si fuesen maderos en medio del océano, sintiendo como una deliciosa corriente de placer y confort la recorría. Y Sesshomaru la sorprendió apretando su agarre al mismo tiempo, sincronizados.
Acaso, ¿él lo había sentido también? ¿Podía sentir también aquella extraña conexión, como si al tocarse encajaran todas las piezas de un gran rompecabezas universal?
Enfilaron fuera del Fatum's en silencio y tomados de la mano, ante las miradas curiosas y mal disimuladas de los empleados. Rin entrelazó los dedos con los suyos, trazando sencillos polígonos con el pulgar en su piel suave. Queriendo, por alguna razón inexplicable, replegar su enojo. O abrazarlo.
— Lo siento —susurró en la acera, resguardados del aguanieve por el saliente del tejado. Miraba las puntas mojadas de sus botas para no verlo—. Sé que no es excusa, pero… me siento… muy confundida, y si dije algo que…
Sesshomaru afianzó el agarre de sus manos, y con el dorso de su mano libre le acarició el rostro, deteniendo su parloteo. Rin lo vio a través de las pestañas, tratando de contener las ganas de llorar.
— Perdóname.
— Ve a descansar. Te veré el lunes.
Ella parpadeó muy rápido, visiblemente sorprendida. Por obvias razones había creído que la cita del lunes no iría más. Pero asombrosamente, ¡él quería continuar con lo que sea que tuvieran! Incluso después de su metida de pata. Y no pudo más que dejarse invadir por una oleada de alivio proveniente desde lo más profundo de su alma. Esbozó una pequeña sonrisa y asintió con la cabeza un par de veces.
— ¿No piensas pedir mi número? —alzó una ceja traviesa. Podía dejarlo plantado y él no tendría manera de evitarlo.
Él esbozó su usual sonrisa retorcida y fría, y negó en silencio.
— Vendrás, Rin.
— ¿Cómo puedes estar tan seguro?
— Has venido más de una vez sin cruzar palabra.
"¡Touché!"
— Tú también —le acusó con una sonrisa juguetona. Él no se molestó en negarlo, y menos en afirmar lo obvio—. Vendrás, Sesshomaru —le imitó, procurando pronunciar su nombre con tanta sensualidad como él hacía con el suyo.
Sesshomaru apretó los dientes, deslizando los ojos ardientes y oscuros por su rostro. Al parecer, él no era el único que podía jugar a hacer estragos con las hormonas de alguien. Y Rin ensanchó la sonrisa angelical, inexplicablemente feliz de no haberlo perdido. Pero también, más y más desarmada ante él. Y aterrada de sí misma, y de lo que estaba haciendo por él.
El lunes, Rin caminó despacio hasta el Fatum's Coffee, conteniendo apenas la sonrisa bobalicona.
El sábado en la noche y el domingo había pensado lo suficiente en todo el asunto del desconocido, calculando probabilidades y haciendo una sumatoria de pros y contras. Y aunque seguía bastante confundida y nerviosa, tenía dos cosas claras: primero, le gustaba la compañía de Sesshomaru. Aunque fuese aterrador algunas veces y terriblemente condescendiente en otras, también había captado que era tierno, caballeroso y muy comprensivo, y se notaba que hacía esfuerzos por hacerla sentir cómoda y bien en su presencia, por ganarse su confianza. Incluso respondía a sus preguntas con algo más que un par de monosílabos, cuando resultaba obvio que no era dado a hablar demasiado y mucho menos a dar algún tipo de explicación; sólo daba órdenes.
Y hacía todo esto por ella.
Y también la respetaba. Jamás había hecho algo que ella no quisiera. La respetaba a ella y a sus decisiones, aunque no siempre estuviese de acuerdo con ellas. Y eso era muy importante para Rin. La confianza y el respeto eran vitales para ella.
Además, cuando estaba con él era como si la máscara a base de inhibiciones y barreras mentales que usaba para lucir más profesional y recatada se fuera al traste. Y eso sólo le ocurría con su familia y amigos más cercanos. Sólo con ellos podía sentirse libre de ser ella misma, de juguetear, parlotear y hasta canturrear.
Y segundo, no viviría el resto de su vida preguntándose "¿qué habría ocurrido si…?". Estaba tan claro como el agua que le intrigaba todo de él, y quería darse la oportunidad de conocerlo, pese a saber de antemano que ese jueguito no los llevaría muy lejos. En ocho días estaría de regreso a Tokio, a su trabajo y con su familia. A su vida normal que, por obvias razones, lo excluía a él.
Tal vez, después de pasar unas horas más en compañía de Sesshomaru, podría darse cuenta de que él no era tan maravilloso ni tan atrayente, ni tan guapo como creía. Así que, ¿por qué no darse la oportunidad de saciar su curiosidad respecto a él sólo unos días más, cuatro para ser precisos? Sería totalmente inofensivo. Saciada su curiosidad, fin del encanto.
Llegó al Fatum's un poco antes de la hora, y enfiló a la mesa que habían compartido el sábado. Llevaba vaqueros ajustados, un jersey de cuello en pico color crema, la chaqueta marrón y unos botines marrones de tacón medio. Esta vez se había dejado el cabello suelto y se había aplicado un gloss que realzaba la forma de su pequeña boca.
Sesshomaru llegó a las seis treinta en punto, vistiendo un traje azul oscuro sin corbata y un gabán a juego. Desde la entrada echó un vistazo en su dirección, y Rin le sonrió, saludándolo con la mano.
Mientras él se acercaba, no pudo evitar reparar en las miradas que les lanzaban los empleados del lugar. Y en especial las que le lanzaban a él las empleadas y algunas clientas. Pero no podía culparlas. Ella y Sango también se habían quedado viéndolo como unas idiotas la primera vez. Era como ver a una estrella de cine o algún cantante famoso caminando por ahí.
— Hola —dijo con una sonrisa cuando él estuvo lo bastante cerca.
Con un sorpresivo movimiento rápido, Sesshomaru tomó su barbilla entre los dedos y se inclinó hacia ella, buscando sus labios. Rin retrocedió justo a tiempo, virando el rostro, y él depositó un prolongado y ardiente beso en su mejilla.
— No besos —susurró con voz ronca y los labios pegados a su mejilla colorada—. Aún —remarcó, dándole un pequeño mordisco en la mandíbula antes de apartarse y sentarse en la silla a su izquierda. Muy cerca.
Rin hiperventiló. Se llevó una mano al rostro, justo donde sus dientes le habían raspado. Su piel todavía ardía por ello. Parpadeó muy rápido, tratando de controlar su pulso y sin atreverse a mirarlo, mientras no dejaba de repetirse "Aún. Aún. Aún". ¿Por qué había intentado besarla? ¿Creía que eran novios o algo así? ¿Qué tipo de relación pensaba él que tenían? Y, ¿cómo que "aún"? ¿Tan seguro estaba acaso?
— ¿Cómo estás, Sesshomaru? —logró decir tratando de recuperar la compostura, apelando a la cara de póker de las juntas. Pero apenas podía contenerse para no acortar la escasa distancia y tocarlo. Besarlo. Amarlo.
"¡¿Amarlo?!", chilló una vocecita aterrada en su cabeza.
Sesshomaru ignoró su pregunta y permaneció en absoluto silencio, observando sólo sus labios ligeramente abiertos aún por la sorpresa de sus descarados avances.
— ¿Qué tal tu fin de semana, Rin?
Rin, un poco más sosegada, fingió ignorar su pregunta también. Si Sesshomaru no iba a responderle, ella tampoco. Levantó la barbilla, desafiándolo, y él soltó un bufido imperceptible.
— Bien —siseó de mala gana, entre dientes—. ¿Qué tal tu fin de semana, Rin? —repitió despacio, con una mirada de muerte.
¡Ah!, al parecer alguien seguía un poco enojado por lo del sábado. Pero Rin esbozó una sonrisa inocente y dulce, inmensamente complacida de que le quedaran claras las reglas de su peculiar jueguito de preguntas y respuestas. Le parecía bien; muy bien. Empezaba a ponerse de mejor humor.
— ¡Genial! —Ensanchó la sonrisa—. Fuimos a un antiguo templo a una hora en auto de aquí. Tuvimos que caminar unos quince minutos por un sendero pequeñito y lleno de nieve de la noche anterior. ¡Estuve a punto de romperme la crisma dos veces! —Soltó una risita, emocionada aún por la experiencia.
— ¿Por qué no regresaron? —Frunció el ceño.
Rin soltó una carcajada de incredulidad, sacudiendo la cabeza de un lado a otro.
— ¡¿Y perder todo el camino que habíamos recorrido?! ¡Ni hablar! Además, el paisaje fue… ¡Guuuau! —Un sonoro suspiro de plena dicha escapó de sus labios—. Ya me hacía falta estar rodeada de naturaleza.
— Podrías haber sufrido un accidente —tildó sin expresión alguna. Ella se encogió de hombros.
— Un par de raspaduras a lo sumo —agitó la mano, restándole importancia—. ¡Créeme!, después de pasarme los últimos tres años tras una hoja de cálculo sin descanso alguno, uno empieza a añorar una que otra herida de acción. ¿Qué tal el tuyo?
— Sin tanta aventura como el tuyo —espetó, pensando en todas las noticias que había leído acerca de turistas y excursionistas que resbalaban por los pequeños senderos llenos de nieve de los bosques cerca de la ciudad, y eran encontrados varias horas después, heridos o con el cuello roto.
Rin notó un dejo de reproche en su tono que le disgustó un poco. Sin embargo, parecía preocupado por su seguridad y eso la ablandó.
— Estuve en casa —añadió él entre dientes, percatándose de sus cejas alzadas, a la espera de algo más—. Hice algo de ejercicio y las compras.
Rin abrió un poco la boca. "¿Algo de ejercicio?". Este hombre debía vivir en el gimnasio para estar así de bueno. Ni sus hermanos, que habían sido matones de escuela y se desvivían haciendo ejercicio para conservar su estatus, habían logrado semejante cuerpazo como para comérselo. Bankotsu y Suikotsu no hacían más que atormentarla por ser una pequeña floja redomada. No por nada le decían Laura Koala, y no tanto por el viejo anime de The Little Koala[1], sino por que dormía más que cualquiera de los miembros de la familia, y en cualquier parte, hasta en el invernadero de mamá, que era un hervidero en verano.
Aunque el insomnio parecía perseguirla desde que conoció a cierto sujeto guapísimo.
— ¿Haces mucho ejercicio? —inquirió curiosa.
— No lo suficiente. —Rin lo miró con los ojos como platos. ¿Acaso quería parecerse a un campeón de la WWE?—. ¿Tú?
Y Rin no pudo más que desternillarse tan sólo de recordar las incontables veces que Bankotsu y Suikotsu la habían sacado a rastras de debajo de las cobijas los fines de semanas, alegando esa filosofía barata de "Cuerpo sano, mente sana", con el único fin de torturarla en venganza porque mamá la consentía en demasía por sus buenas notas.
Suikotsu era un doctor homeópata y, en su tiempo libre, un adicto al crossfit igual que Bankotsu. Y para ellos, Rin sólo era el pequeño ratón de biblioteca parlanchín que había aparecido inexplicablemente en sus olorosas vidas y que podía multiplicar números de cinco cifras mentalmente a los once años, cuando no estaba durmiendo, por supuesto.
— No —respondió entre risas, limpiándose las lágrimas de las comisuras—, pero creo que te encantará conocer a mis hermanos. ¡Se llevarían la mar de bi…!
— ¿Piensas presentarme a tus hermanos, Rin? —matizó, alzando una ceja platinada.
Toda risa se desvaneció, incluso su sonrisa. ¿Qué rayos acababa de insinuarle sin querer? Se aclaró la garganta.
— Quiero decir… —tosió sin necesidad—. Son adictos al crossfit. Tienen un problema, si te soy sincera, pero no se los diría ni loca, o me someterían a su régimen mortal sin chocolates ni papitas fritas por el resto de mis días —rió nerviosa, pero él no se inmutó—. Y Bankotsu me exiliaría de su restaurante.
— Eso no responde mi pregunta, Rin.
Pero sí que había sido una buena dosis de información gratamente recibida. Y había gesticulado exageradamente con las manos mientras parloteaba: La había puesto nerviosa. Para Sesshomaru era tan fácil leerla. En menos de cinco minutos, había obtenido más información de Rin que durante toda la noche que habían pasado juntos. Claro que entonces habían hecho cosas más interesantes que hablar. Cosas que esperaba repetir pronto. Muy pronto.
Y ahora, a parte de conocer la geografía de su cuerpo a la perfección, sabía que tenía hermanos, uno de ellos se llamaba Bankotsu y tenía un restaurante; que no le gustaba el ejercicio pero sí caminar y tal vez el senderismo; parecía amar la naturaleza pero trabajaba con números y hojas de cálculo, así que debía ser contable, administradora o ingeniera, posiblemente tan adicta al trabajo como sus hermanos al crosfit.
— Fu-fue sólo u-un decir —se excusó con una sonrisa nerviosa, agitando la mano para restarle importancia, justo antes de llevarse el caballo tras la oreja.
Nerviosa y acababa de mentirle, captó él. Y la bestia hambrienta en su interior se relamió los bigotes. Estaba cerca. Muy cerca.
Y como los dioses parecían haberse apiadado de ella, el insufrible mesero de siempre llegó en su auxilio, trayendo sus pedidos de siempre sin molestarse siquiera en preguntar.
Rin soltó el aire que no sabía había estado conteniendo y, obligándose a mantener la boca cerrada, pescó varias chispitas con la cuchara y las engulló. Siempre hablaba de más cuando entraba en confianza con las personas, o estaba en extremo nerviosa. Lo del parloteo nervioso e incesante creía haberlo superado desde la adolescencia, lo que quería decir que… ¿empezaba a confiar en él? ¿O serían las dos cosas? "¡Dios, este hombre me volverá loca!"
Suspiró. Empezaba a frustrarle la manera en que se sentía en su compañía. Se mordió los labios, viéndolo a través de las pestañas. Sesshomaru tomó un sorbo de café yódico, devolviéndole la mirada por encima del borde de la taza.
— ¿Cuántos hermanos tienes?
— Es mi turno —insistió ella. Sesshomaru asintió, dejando la taza en el platito—. ¿Tu familia vive aquí o en Tokio?
— En Tokio y en el extranjero.
Y Sesshomaru sonrió frío y triunfal, como un lobo astuto.
— Aquí y en Tokio —rumió Rin, sabiendo que ahora él podía suponer que vivía en Tokio. Por eso había sonreído. Ella misma se había delatado con su pregunta. Aquel jueguito empezaba a requerir tanta astucia como una partida de ajedrez.
— ¿Cuántos hermanos tienes?
— Dos dolores de… —pareció considerarlo— de cabeza. Por no decir otra cosa —masculló con una sonrisa cariñosa—. Son mayores. ¿Y tú?
— Ninguno.
— ¡Vaya! No sé si eres afortunado o no.
— Afortunado —gruñó rotundamente, demasiado rápido.
Rin se lo pensó y al final se encogió de hombros.
— Con todo y eso, no podría vivir sin mis hermanos… Si no, ¿quién les habría pateado el trasero a mis pretendientes en la escuela, eh? —bromeó.
— ¿Tenías muchos?
— ¿Pretendientes? ¡Pffff! —Y algo en su risa cantarina excitó a Sesshomaru—. ¡Nah! Sólo bromeaba. Pero tú si debías traerlas muertas.
Él guardó silencio, impávido, ignorando su broma. Y Rin recordó que no debía ser tan efusiva en las primeras citas. Se suponía que a los hombres les gustaban las mujeres recatadas, no las que sonreían descaradamente ni se desternillaban a la primera. ¿Qué rayos le pasaba? Y como él aguardaba su siguiente pregunta, Rin se aclaró la garganta y compuso su diligente cara de ejecutiva eficiente.
— ¿Qué hay de tus padres?
Sesshomaru apretó los dientes y su expresión volvió a ser tan hostil como el otro día, cuando lo ofendió sin querer. Sus ojos parecían aún más velados que antes, distantes. Casi un minuto después, él abrió la boca para responderle, pero justo en ese instante sonó el pitito de un teléfono.
Sesshomaru sacó el aparato del bolsillo interno de su abrigo y tecleó algo a toda velocidad con el ceño fruncido, pero Rin no podía apartar los ojos de una pequeña manchita en el lado izquierdo de su saco, la cual había estado bien oculta por el gabán. Era diminuta, del tamaño de una perla mediana, y parecía roja, pero como la tela era tan oscura le era difícil saber. Y parecía… parecía… ¡sangre! ¡Parecía sangre!
Un dedo gélido ascendió por su espina dorsal, y se estremeció de pies a cabeza. Mientras él tecleaba a gran velocidad, Rin se estrujó la cabeza con todas las posibilidades. Si era sangre, no quería decir que fuese algo siniestro, ¿o sí? Podría haber cientos de posibilidades. Pudo haber tenido un accidente. Pudo haberse cortado con un abrecartas o hasta con una hoja de papel o un escalpelo. Ella misma se había cortado un dedo el año anterior con uno de esos. Examinó sus dedos largos en busca de alguna cortadura o bandita adhesiva. Pero no había nada. Sus dedos, que seguían tecleando sin parar en la pantalla del móvil, estaban escrupulosamente limpios y sus uñas pulcramente cortadas.
Volvió la vista a la manchita, y Sesshomaru captó el rumbo de su mirada al vuelo. Inmediatamente cubrió el saco con el gabán de nuevo y le lanzó una mirada huraña, de advertencia. Rin viró el rostro a su latte, con el corazón latiendo fuerte en sus costillas.
Ciertamente, le habían aterrado más sus ojos que la manchita, y escondió las manos temblorosas bajo la mesa.
— Debo irme —dijo Sesshomaru guardando el teléfono, esta vez en uno de los bolsillos laterales del gabán para no enseñarle la manchita de nuevo. Era condenadamente astuto. Sacó su cartera de cuero y pagó la cuenta.
Rin asintió, tratando de componer una sonrisa cordial, pese a que sus manos no dejaban de temblar bajo la mesa.
— No hay problema. Trabajo, supongo —se aventuró, suspicaz y con un tinte de celos que no pasó desapercibido para él.
Sesshomaru entornó los ojos gélidos pero asintió parcamente. Y Rin se maldijo internamente. ¿Qué le pasaba con este hombre? Estaba aterrada de él y, ¿aun así sentía celos porque iba a reunirse con una o varias clientas en unos minutos? Sacudió la cabeza, desterrando las tórridas imágenes de él con una mujer sin rostro, enredados en un amasijo de extremidades, besándose y...
— Tu número —demandó él de pronto.
Rin parpadeó, sintiendo otro escalofrío de pánico recorriéndola.
— ¿Disculpa? —Pero él no estaba de humor ni tenía intención de repetirse. Sabía que ella lo había escuchado a la perfección—. ¡No! —susurró, sacudiendo la cabeza enfáticamente—. No voy a darte mi número.
Esto pareció disgustarlo todavía más, y le dedicó una mirada colérica.
— Nunca incumplo mi palabra —añadió tratando de tranquilizarlo, aunque sentía como su alma estaba siendo corroída por los celos.
¿Era esto un asomo de lo que había padecido la pobre Ayame durante meses? ¿Era esto de lo que ella huyó a toda costa? ¿Y Rin era tan estúpida que, a pesar de todo, acababa de confirmar una cita con este gigoló caro para el día siguiente? Sí, lo era.
— Quedé de cenar contigo y lo haré. ¿T-te veo en el sitio? —Su voz flaqueó, pero se obligó a mantenerse en sus trece, justo como la sensata contable que era.
Rin Higurashi podía ser dormilona y adicta al chocolate, pero cumplía sus promesas. Hasta los tontorrones de sus hermanos sabían eso: era alguien en quien podían confiar ciegamente. Pero al parecer Sesshomaru no lo sabía, porque movió la cabeza de un lado a otro una sola vez, tajante.
— Entonces, ¿te parece si nos vemos aquí a las… siete? —propuso ella.
Y por la manera en que Sesshomaru apretó los dientes, supuso que no le complacía ni un poco su plan. Pero después de tomarse unos minutos para evaluarla y determinar si mentía o no, asintió.
— Andando. Te llevaré a casa.
— ¡No! —graznó. Esbozó una sonrisa demasiado cordial, agitando las manos al frente de un lado a otro—. No es necesario. M-me quedaré un rato más —indicó su latte a medio terminar.
Sesshomaru la recorrió con la mirada, intensa e ilegible, apretando los puños a los costados, intentando, una vez más, no saltarle encima y tal vez llevarla con él. U obligarla a hacer su voluntad. Y sólo parecía contenerse por estar en un lugar público. Rin tragó grueso.
— Te veo mañana, Rin.
Y su tono fue tan gutural, que le pareció más una amenaza que cualquier otra cosa. Cuando él se dio media vuelta, Rin se llevó una mano helada a la frente, mortificada. Lo siguió con la mirada hasta que salió del café.
Desde la acera, Sesshomaru le lanzó una última y penetrante mirada a través de la ventana, y desapareció. Sólo entonces, Rin soltó el aire que no sabía había estado conteniendo. Se llevó una mano aún helada al pecho, y su corazón latía muy rápido presa del pánico.
— ¿Qué estás haciendo, Rin? —susurró, con los labios resecos y temblorosos—. ¿Cre-cres que esto es un juego? —Hizo a un lado el latte, a punto de vomitar.
¡Eso había sido más que aterrador! Su actitud, la mancha de sangre y su repentino afán por obtener su número cuando el sábado había estado tan seguro de no necesitarlo.
Y mañana cenaría con Sesshomaru Dios sabía dónde, en una ciudad gigante que apenas y conocía. Estaba jodida.
Aclaraciones:
1. Adventures of the Little Koala o The Little Koala: es una serie de televisión animada para niños que fue emitida entre finales de los 80s y los 90s, más o menos cuando los hermanos de Rin eran niños. Laura Koala es la hermanita menor del protagonista Roobear, un chico atlético y al que le gustan los deportes. Los hermanos de Rin la molestan por ser pequeña y dormilona, como los koalas que duermen más de 22 horas al día, más que los perezosos.
2. Quiero aclarar algo respecto al capítulo anterior sobre los hechos que rodean a Sesshomaru, porque me dio la impresión de que tal vez no fui del todo clara. Lo siento mucho. La cosa es que el señor Taisho enfermó gravemente hace varios años, no recientemente. Ahora está recuperado pero la decisión de desheredar a su primogénito sí fue reciente (el mismo día que Kagome se lo contó a Rin). Según dijo Kagome, el señor Taisho por fin se cansó de aguardar por él y hasta había enviado a InuYasha a Kioto días atrás para convencer a su primogénito, pero pues no hubo forma. Fin del comunicado XD.
Hola chicas,
Aquí estoy de vuelta un poco antes de lo previsto gracias a algunos días libres en mis estudios, y los aproveché para editar este capítulo y actualizar. ¡Espero de todo corazón que lo disfruten!
Entrando en materia, nuestro Sesshomaru sí que esconde cosas, ¿no creen? Y para colmo: le mintió. Dijo no tener hermanos cuando todos sabemos que él es "la oveja negra del conglomerado Taisho", ¿o no? ¿Qué razones tendría Sesshomaru para mentirle, especialmente cuando sabe que ella está siendo totalmente sincera con él? Ay, Sesshomaru, si supieras lo importante que es la confianza para nuestra Rin, seguramente no lo habrías hecho. ¡Chico malo!
¿Qué piensan ustedes, chicas, de nuestra oveja negra? Y nuestra Rin, recelosa pero que empieza a confiar en él, a abrirse y mostrarse realmente como es ante él. Y luego lo de la manchita roja, ¿será realmente sangre? ¿Esconderá algo demasiado turbio justo como dijo Kagome? Y, ¿qué tanto de todo lo que le ha dicho a Rin será verdad? ¿Podrá estar realmente segura de que él no le hará daño? ¡Misterios misteriosamente misteriosos! XD jajaja.
Por otro lado, Sesshomaru es un bombón que acapara las miradas de todas las chicas, casi como si Brad Pitt se apareciera en un café cualquiera, y las cosas entre esos dos se ponen más y más calientes. Hay tanta electricidad entre ellos que, de seguir así, podríamos cargar nuestros teléfonos allí jijiji.
Espero que de verdad les hubiese gustado el capí y ojalá podamos leernos muy pronto. Tengan paciencia por fis, no creo que tenga otros días libres hasta las vacaciones de diciembre :(
Mil y mil gracias a todos por leer, y gracias especialmente a Mena Mena por sus comentarios y su apoyo, y también a todas las personas que se animaron a dejar un review: floresamaabc, Rucky, Rini4maril X3 (Concuerdo contigo, cuando no se tiene nada más que decir, se dicen cosas de ese estilo jejeje :P), annprix1, Sakura521, karina-andrea, BABY SONY X2, Cochita D, Kassel D. Efrikia, Star fiiree -Lupita Reyes, (¡Mil gracias Sofia! Besos desde Colombia), gina101528, xts'unu'um, Guest, Rinmy Uchiha, Kathy s, Midorikiss (gracias por tu comentario :D), Cath Meow (Gracias por no resistirte Jajaja), melinna sesshy, BloodyP xD, Aoi Moss (¿Y mi almohada con la cara de ya-sabemos-quien? XD), Nahomy HueMtal, y bucitosentubebida (OMG, te me adelantaste a algo importante :O ). Como siempre, gracias a mis hermosas chicas del grupo Elixir Plateado en Facebook por sus memes y comentarios. Las amo.
Un abrazo de oso gigante,
Sammy Blue.
