Hola, ¿cómo les va?
Antes que nada, quiero agradecer a Hitomi Shion Yo y Grell-san por sus review. Y bueno, si este fic estuviera dividido en partes, se podría decir que el presente capítulo sería el final de la primera. Así que prepárense para más emociones.
Yowamushi Pedal no me pertenece si no a Watanabe–sensei, no más tomó prestados a sus hijos pa' divertirme un rato.
Sin más, disfruten del capítulo.
5
Mamá
1era parte
Ishigaki descubrió con gusto que su equipo podía ser bastante puntual si se les citaba por algo completamente ajeno a las actividades del club. Como por ejemplo, el aparente resultado del peculiar enigma al que se enfrentaban: ¿qué había pasado con Midousuji para que se convirtiera en un niño?
Sinceramente Ishigaki esperaba que todo se tratara de un mal sueño. Que al despertar se diera cuenta que todo había sido parte de un sueño retorcido y que en realidad acababa de despertar a ese día, esa mañana, en que no quería existir al mundo; y que Midousuji era perfectamente normal, que nunca había regresado a ser un niño, o bien, nunca había ocurrido el misterioso salto de tiempo. Pero no fue así. Cuando despertó, se descubrió en el futón, pues en su cama descansaba Akira, es decir, Midousuji niño. Profundamente dormido en medio de las sábanas revueltas a causa de estar jugando hasta que el sueño lo venció. Su pecho subía y bajaba de forma acompasada y calma; sus labios entreabiertos; los párpados de pequeñas pestañas, casi inexistentes, descansaban cubriendo los enormes y expresivos ojos del niño; en una de sus manitas, reposaba el patito de hule con el que estuvo jugando. Lucía en paz y tan lindo. Ishigaki no tenía corazón para despertarlo, pero debían ponerse en marcha. Debían aprovechar que todos en casa seguían durmiendo para escapar sin ser vistos. (Sin contar que el mayor de los chicos debía colarse al cobertizo del patio trasero para hacerse con las refacciones que había prometido a Akira para que pudiera montar su bicicleta). Además, Ishigaki mensajeó la noche anterior a sus compañeros para compartirles su último descubrimiento y por esa razón estaban reunidos ahí tan temprano.
Akira estaba sentado a la cabeza de ese extraño aquelarre, comiendo el desayuno que Yamaguchi tuvo el cuidado de preparar para él ("No puedo dejar que lo sigan alimentando de panes. Es un niño, necesita comer bien para crecer sano", dijo el pecoso, mientras un pensamiento similar recorría la mente de sus compañeros: Akira igual crecerá con panes o no); mientras los otros cinco miraban al niño, como si estuvieran viendo a Midousuji de 16 años comiendo sandía. Y no, no era porque el chico estuviera comiendo de forma sucia y desordenada, sino, porque el asunto estaba sobre la mesa. Pero ninguno se atrevía a iniciar la conversación, y es que sonaba poco creíble, pero, ¿tener a ese Midousuji versión compacta no era algo descabellado?
―El otro día vi una película de un sujeto que desaparecía del lugar donde estaba, para reaparecer en un lugar y tiempo distintos ―empezó Ihara. Su voz era un murmullo que sólo hablaba para los otros cuatro, como si estuvieran en el centro de una marabunta que no debía escuchar aquello. Los chicos se inclinaron para escuchar mejor―. Aunque el sujeto tenía pareja y se casaba, no podía tener una vida del todo normal, porque nunca regresaba al mismo tiempo lugar...no volvía al momento exacto en que había estado. Y eso es muy doloroso para su esposa.
―¿Y por qué viajaba? ¿Tenía alguna habilidad especial?
―No lo recuerdo, lo siento.
Cuatro chicos suspiraron en señal de derrota antes de mirar al niño que estaba muy entretenido comiendo lo salchipulpos de su bento matinal. Midousuji, aparte de ser un ciclista retorcido, ¿tenía la habilidad de viajar en el tiempo? Hubo un escalofrío general. Pero dada la extraña situación, todo era muy posible.
Recordando la noche anterior, Akira insistió que venía de un tiempo distinto, e Ishigaki se negó a creerle; es decir, por fin había aceptado la versión de una reducción de tamaño y perdida de memoria por parte del menor, que no se sentía con los ánimos de cambiar la teoría, por más razonable que esta sonará. Y de todas formas, ¿de qué servía? Seguían sin poder ayudar al niño. De pronto un escalofrío recorrió la espalda del capitán. ¿Midousuji volvería? ¡Por supuesto que sí! "Tienes que pensar positivo, Ishigaki Koutarou", se riñó. Y supuso que algo de su desesperación se reflejó en su rostro, pues Ihara lo llamó suavemente y al mirar a sus compañeros, Akira incluido, la preocupación se dejó ver en sus rostros.
―Tranquilo, Ishiyan. Si es cierto que viajó en el tiempo, ninguno de ellos puede quedarse por siempre. Encontraremos una solución ―lo ánimo Ihara. A estas palabras, Akira dio un respingo que puso en alerta a todos.
―Si esto es mi futuro...―las palabras del niño calaron hondo en los mayores― ¿Cuántos años tengo? ¿He cambiado mucho? ¿Dónde vivo? Vivo con mi mamá, ¿verdad?
¿Mamá? Era la primera vez que oían al menor hablar sobre alguien de su familia que no fuera su prima. Esa chica que de vez en vez se aparecía por el club para pedirle al alto ciclista algún encargo. De ahí en fuera, nadie sabía nada acerca del chico.
La atención de los cinco muchachos estaba puesta en el niño, ninguno tenía el corazón suficiente para decirle que se convertiría en un chico retorcido, temido por todos. Ah, pero había alguien que no pensaba de esa forma...
―Oye, Ishiyan ―Mizuta habló en tono animado―. ¿Por qué no le cuentas a Akira–kun cómo será en unos años?
Claro, si alguien podía expresarse bien del retorcido chico era Ishigaki, El capitán sintió que su rostro se coloreaba por la repentina atención por parte del niño que sonreía amplio y ansioso por escuchar de su yo del futuro. Sólo él, Akira, sabría qué imagen magnificada rondaba en esa linda cabecita.
―¿Por qué yo? Todos convivimos con Midousuji.
―Pero a este niño y sus ilusiones le vendrían bien la visión de un enamorado ―se burló Tsuji, ganpandose las risas de los otros y la mirada asesina de su capitán.
Por su parte, el niño engullía los últimos pedazos de onigiri mientras veía atento el espectáculo que montaban los mayores. Le parecían demasiado infantiles. El onii–san mamá, Ishigaki, tenía el rostro tan rojo como una manzana y se defendía con torpeza de las burlas de los demás. El onii–san de rostro de zombie, Tsuji, reía a carcajadas y le daba una que otra palmada en la espalda al onii–san cara de manzana. El onii–san pecoso, el otro onii–san mamá, Yamaguchi, reía cubriendo sus labios con una mano. El onii–san de cabello largo y cara rechoncha, Ihara, era el que más atacaba al onii–san cara de manzana. Y el onii–san de los frenillos, Mizuta, aplaudía como una foca y se reía de forma ruidosa. De sólo verlos le parecían divertidos. Le gustaba estar con ellos.
―¡Ya sé! ―exclamó con entusiasmo, llamando la atención de los otros―. Ustedes son mis amigos, ¿no es así? En el futuro los voy a conocer y van a ser mis amigos, ¿verdad?
Las risas callaron de golpe, ¿amigos? ¿Ellos? ¿Midousuji y ellos? ¿Ellos y Midousuji? "Los débiles necesitan amigos. Yo no soy débil". No. Eso era imposible. Casi podían oír la cruel risa de Midousuji y sus característicos kimo y zaku. No, no eran amigos. ¿Cómo explicárselo al niño?
―Lo somos ―habló al fin Ishigaki dando voz a los pensamientos más profundos de su equipo. Tsuji se lo dijo: a su manera todos se preocupaban de la situación. Estaban preocupados por Midousuji―. Somos amigos, aunque Midousuji no nos ve de esa manera.
―¡Ishigaki!
Exclamaron todos ante esas palabras y al ver que la sonrisa del niño se congelaba.
―Midousuji es una persona muy especial. A veces es difícil tratar con él, pero...
―Habla poco y no sabemos qué piensa, pero es un buen ciclista ―agregó Tsuji.
―¡Sí! Por Midousuji–kun estuvimos a tan poco de ganar el inter escolar ―terció Mizuta―. Es mi kouhai, aunque no lo parezca. Es muy fuerte y decidido. ¡Es la persona a la que más admiro! ―hizo chascar sus dientes de forma similar en qué haría Midousuji.
―Claro, y por eso lo golpeaste ―murmuró Yama consiguiendo que su amigo se pusiera nervioso.
―Además, se suponía que yo era a quien más admirabas ―se quejó Ishigaki, consiguiendo que el resto estallara en risas para aún más nerviosismo de Mizuta.
Akira los dejó ser. Con todo eso tenía curiosidad por su yo de esa época, pero de pronto su infantil mente había reparado en lo que significaba estar en ese tiempo: su madre. Estaba seguro que estaría completamente recuperada. No entendía porque había ocurrido todo eso, pero de algo estaba seguro, su madre estaría preocupada por él.
n-n-n-n
Mizuta sorprendió a todos al llevar ropa para Akira, falló en la talla, las prendas le quedaban algo grandes, pero Ishigaki comentó que era mejor que verlo enfundado en una de sus camisas que lo hacían lucir como si llevara un espantoso vestido. Pero la ropa no fue lo único que llevó. Mizuta lo llenó con algunos juguetes, lápices de cera y cuadernos para que pasara el tiempo. El chico había dicho que quería tener la satisfacción de, por una vez, ser un senpai para Midousuji. ("Más bien, lo que quieres es ser su hermano mayor" murmuró entre dientes Yamaguchi mientras se las ingeniaba para ajustar el pantalón a la estrecha cintura del niño. "¡Estás demasiado delgado!"). Y ahí tenían a Akira jugando con los zakus que le habían obsequiado. Ihara y Yamaguchi eran los bandos enemigos que el niño estaba empeñado en derrotar para salvar a la princesa patito. (Ishigaki explicó la presencia del pato de hule entre tartamudeos que sólo arrancaron sonrisas burlonas a sus amigos).
―¿Princesa patito? Al parecer el próximo inter escolar, Sohoku no serán los únicos con una princesa en el equipo ―bromeó Tsuji.
―¿Princesa? Ah, ¿te refieres a Onoda? ―respondió el capitán, más centrado en la labor de fijar la rueda delantera de la De Rosa. Ninguno de sus compañeros se atrevió a meter mano a la bicicleta de Midousuji cuando Ishigaki mostró las refacciones que había llevado, todas de su vieja Anchor, por lo que decidió cargar con la responsabilidad de la integridad de esa bicicleta―. Pero nuestra princesa no canta.
―Habrá que sugerírselo cuando regresé.
―Si es que regresa.
―Bueno, ¿para qué necesitamos la aura negativa de Midousuji si te tenemos aquí?
―Lo siento ―murmuró. Apretó el seguro que sujetaba la rueda. La hizo girar y al notar que no había problema dio por terminado su trabajo. Se puso de pie y colocó la bicicleta en una base. Dio unos pasos atrás para ver su obra terminada.
Las risas y los sonidos de láser cesaron y fueron reemplazados por las exclamaciones de alegría de Akira, quien no tardó en ponerse a lado de su bicicleta. Con las nuevas modificaciones lucia como una bicicleta normal.
―¿Una bicicleta para niños?
―En realidad, es un poco grande para él... ¿no?
Ahora todo tenía sentido. Desde el cuadro demasiado pequeño para la retorcida estrella, como el porque el niño pudo reconocerla aun modificada. Esa era una De Rosa rodada pequeña. Una De Rosa para niños, quizá. Y por si quedaban dudas, Akira subió con facilidad a la máquina y empezó a pedalear, aprovechando que estaba estática. La sonrisa que tenía mientras jugaba con los zakus se quedaba corta a lado de la que mostraba en ese momento. Sólo por ver su bicicleta y por hacer girar aprisa los pedales. Era la sonrisa de alguien que se estaba divirtiendo. Ishigaki nunca imaginó ver a su menor con esa expresión tan pura en el rostro. Los ojos enormes y brillantes, espejo de todo lo que explotaba en el interior del niño. Para Ishigaki era un poco ambiguo. Le gustaba ver feliz al niño, pero por otro lado, "No es el Midousuji que conozco", pensó. El mismo nombre y una apariencia similar, pero unos sentimientos completamente distintos. ¿No sería más fácil amar a este Midousuji? No estaba seguro.
―Gracias, onii–san.
Ishigaki sonrió un poco ante la expresión del menor. No, no era el Midousuji misterioso que le gustaba.
Una vez Mizuta regresó ―Ishigaki lo envió a avisar al resto de los miembros de apoyo que las actividades del club se suspendían por ese día―, y después de que todos se cambiaran a los maillot; cogieron las bicicletas y salieron del colegio. No pensaban competir, ni siquiera armar alguno de los escabrosos planes de Midousuji, simplemente iban a pedalear por ahí para gusto de Akira. Pero pronto descubrieron que aunque se trataba de un lindo paseo por la ciudad, Akira los seguía muy por detrás. Parecía estar sudando demasiado y otro tanto en esforzarse para no quedar rezagado.
―Deberíamos bajar la marcha ―dijo Ishigaki a la cabeza del grupo.
―No ―la voz ahogada de Akira interrumpió las intenciones del otro―. Puedo seguir...los voy a alcanzar.
Los mayores se miraron entre sí, no muy seguros si debían obedecer o no, pero una sola mirada del capitán les basto para saber que debían seguir para alimentar el ego del niño. A pesar de la situación, no podían dejar de mirar al fondo para cerciorarse que el niño seguía con ellos. En algún punto de la cuesta, Ishigaki no pudo ver más a Akira, por lo que fue retrocediendo unos puestos y al quedar al fondo de la comitiva, redujo su cadencia. No tardó en verlo. Con la vista al frente, el entrecejo ligeramente fruncido por el esfuerzo, contrastando con la pequeña sonrisa que bailoteaba en su rostro; los ríos de sudor cayendo a raudales hasta mojar su camisa o caer a veces en sus manitas fuertemente aferradas a las manijas. ¿Se ofendería si se ofrecía a jalar de él? "Empecemos por si sabrá lo que es tirar del pelotón".
―Midousuji–kun...
―Ya... ―dijo con voz ahogada por el esfuerzo―. ¿Ya te cansaste onii–san?
Ishigaki sintió un tic nervioso. Esbozó una sonrisa algo forzada mientras permitía que el niño se pusiera a su altura. Ishigaki no pudo evitar ver con cierta diversión y nostalgia los movimientos del niño. Era casi increíble ver a Midousuji sufrir en una escalada. Era cierto que su menor era un todo terreno, destacaba en llano y montaña, pero tenía una particular forma de destacar en las subidas. Ninguna cuesta parecía gran cosa para él. En cambio, ese niño, parecía estar sufriendo cada centímetro. El otro asunto era su modo de pilotear. Lucia tan normal que parecía un insulto. ¿Dónde estaba ese modo tan sucio y grotesco que intimidaba a sus oponentes? Al parecer ese niño era completamente normal.
―¿No sabes usar las marchas? ―le preguntó a lo que Akira miró nervioso hacia sus pedales.
En un movimiento nervioso cambio la marcha a una pesada que le arrancó un grito de dolor y sorpresa. La volvió a cambiar, esta vez por una ligera pero que no le permitía avanzar mucho por más que pedaleara. Sus protestas llamaron la atención del equipo que iba por delante. Bajaron la cadencia sólo para ver el espectáculo de Akira cambiando las marchas a diestra y siniestra.
―¡Deja de hacer eso! ―estalló enfadado Ishigaki. Los cuatro al frente lo miraron sorprendidos, no era común ver a su capitán así. Mientras Akira estaba en el dilema de si enojarse, ponerse aún más nervioso o echarse a llorar―. No debes cambiar de marcha así de brusco, y seguido, te puedes lastimar. ¿Entiendes?
―Sí.
―Tienes dos platos delanteros, ¡úsalos! ―Akira tembló pero hizo el cambio de plato. Ishigaki asintió satisfecho―. Ahora las velocidades...
Akira escuchó atento las instrucciones acerca del uso de cambio de marcha y cómo debía bailar en una cuesta para evitar el aire y la fatiga. Con eso el niño pudo pedalear con más facilidad y pudo seguir a los mayores a una distancia más corta. Cuando llegaron a la cima, se detuvieron en uno de los miradores para poder descansar. Y mientras Yama y Mizuta le hablaban de sprint a la meta, los de tercer curso se reunieron cerca de las máquinas expendedoras.
―¿Qué fue eso? ―riñó Tsuji a Ishigaki―. No te había visto estallar de esa manera ante un menor, mucho menos ante Midousuji.
―¿Y?
―Es un niño ―terció Ihara para mayor frustración de Ishigaki.
―¡Lo sé!
Tsuji e Ihara guardaron silencio mientras Ishigaki compraba un jugo de frutas, claramente para el niño. ¿Por qué había reaccionado así? ¿Por qué le resultaba tan frustrante ver a Akira como un pésimo jinete? Quizá porque era como pensar en el Midousuji que él conocía como un zaku cualquiera y eso era...era...
―Kimo...―inconsciente intentó imitar el tono de su estrella, consiguiendo por toda respuesta las risas de sus amigos.
―¿Tanto lo extrañas? ―bromeó Tsuji.
Ishigaki se limitó a asentir derrotado. Se acercaron a donde los otros tres. El capitán le ofreció el jugo a Akira, quien no parecía muy seguro de tomarlo.
―Anda, o Ishiyan se enojara otra vez ―bromeó Mizuta consiguiendo que el niño lo tomará aprisa y murmurara un tímido gracias.
―¡Nobu! ―se quejó Ishigaki antes de inclinarse levemente para ponerse a la altura del niño―. Te ofrezco una disculpa. No suelo ser así. No se volverá a repetir. ¿Me perdonas?
Los grandes y expresivos ojos lo miraron fijamente antes de que la cabecita asintiera un poco
―Y que no se repita, Ishiyan ―se quejó Nobu atrayendo la atención de su capitán―. Usa ese tono con Midousuji–kun y todos seremos unos jóvenes y preciosos cadáveres.
Un escalofrío recorrió a los jóvenes. El sonido de la pajilla al ser sorbida daba un aire cómico a la escena. Ishigaki no lo había pensado, usar ese tono con el Midousuji de siempre habría sido el acabose. Seguro lo tendría mangoneando sus mejillas, burlándose de él y soltando sus bien conocidos kimo. Era toda una osadía.
―Vaya kouhai más grosero nos tocó ―murmuró.
―¿Y hasta ahora lo notas?
Los cinco estallaron en carcajadas, pero la cosa no quedó ahí. Las quejas y burlas a la forma de ser del menor no se hicieron esperar. Y ninguno se dio cuenta de los ojitos abiertos de par en par y rebosantes de lágrimas que los miraba. La caja de jugo cayó haciendo un sonido hueco que rompió toda risa. El cuerpo de Akira temblaba y su ceño fruncido reflejaba todo lo que sentía en esos momentos.
―Midousuji–kun ―murmuró Ishigaki al notar lo que habían hecho. Dio un paso al frente, pero el pequeño retrocedió dos―. Midousuji–kun, escucha...
―¡No! ―en esa expresión molesta pudo reconocer al Midousuji de unos años más―. Ustedes...ustedes...
―Hey, tranquilo. Sólo bromeábamos ―el niño negó enérgicamente y volvió a retroceder.
―Son de lo peor. Pensé que ustedes...―su voz parecía querer quebrarse pero su semblante denotaba que no cedería―. ¡Pensé que éramos amigos!
Dicho esto echó a correr cuesta abajo. Mizuta intentó seguirlo, pero las calas no le permitieron ir muy lejos sin resbalar.
El resto tardó un poco en reaccionar acerca de lo que había ocurrido, de lo que habían dicho y para cuando se movieron, Ishigaki ya había montado su Anchor y descendía esa cuesta como si fueran los últimos metros a la meta en una competencia. Era imposible que Akira hubiese llegado tan lejos en tan poco tiempo. Él mismo sabía lo mal atleta que era el menor, pero conforme descendía y no veía rastros del niño comenzó a desesperarse. ¿Dónde estaba? ¿Qué camino había tomado? No, era imposible que tomara una desviación, no existía alguna en ese descenso. Maldijo como pocas veces hacía cuando llegó al final del camino. ¿A dónde había ido? Decidió subir de nuevo, esta vez con más calma, para cerciorarse de no haber pasado por alto ninguna salida. Incluso algún escondrijo donde se hubiera podido ocultar. No bien empezó a subir, Tsuji y Yamaguchi llegaron hasta él. Les dijo lo que tenía planeado hacer, ellos optaron por bajar y mirar por ahí. Podía haber ido a cualquier sitio.
Ishigaki asintió y retomó su ascenso. Su mirada muy atenta a los costados del camino y a los ruidos ajenos a su bicicleta y los ocasionales autos que pasaban. ¿A dónde había ido?, se volvió a preguntar. ¿Cómo un niño había llegado tan lejos? No. No tenía tiempo para esas incógnitas, debía buscar a Midousuji. No quedaba mucho camino por delante antes de alcanzar la cima donde Ihara y Mizuta aun estaban. Entonces lo vio. Un sendero pequeño, oculto tras un poste con un señalamiento. Estrecho y, por su aspecto, poco transitado. Eso era lo que había estado buscando. Dejó aparcada su bicicleta en el lugar, confiando que sus amigos la vieran al pasar. Caminó tan aprisa como le permitían las calas.
El adoquín del sendero estaba muy nuevo, sólo gastado por la intemperie. Sintió que resbalaba un poco, pero no podía darse el lujo de ir más lento. Ahora era seguro que el niño había huido por ese camino. No sabía en dónde estaba, pero a Ishigaki no le importaba, lo encontraría. Aun en la situación, no pudo evitar esbozar una sonrisa, se sentía como al principio del tercer día del inter escolar, cuando abandonó por unos minutos la línea de salida para ir a buscar a su estrella. Aquella vez también tuvo problemas con las calas, pero lo ignoró olímpicamente, tenía algo más importante en qué pensar: tenía que encontrar a Midousuji.
―Te gusta ponérmela difícil, ¿nee, Midousuji? ―preguntó al viento una vez su pie alcanzó el último tramo del sendero y pudo ver en dónde terminaba.
La luz del sol, que no tardaría en ocultarse, acariciaba de forma tétrica el mármol de las lápidas ahí enfiladas. Lápidas que se alzaban al unísono en un bloque majestuoso y deprimente.
―Midousuji–kun...
Lo llamó suavemente, con la esperanza de que el niño no se hubiese internado más allá de esas primeras líneas. De lejos le llegó el canto de las cigarras, que se encargaban de armonizar su lento desfile por el lugar. Los rayos del sol proyectaban su sombra en el suelo, como un ente alargado y deforme, de esos que parecían habitar ese lugar.
―Midousuji–kun...
Intentó de nuevo, en voz baja, como si temiera que al hablar más alto pudiera molestar el descanso de quienes sólo quedaba el nombre. El plic plac del metal de sus zapatillas resonaba en el lugar. Ishigaki tragó saliva, sentía como si él mismo se hubiera convertido en uno de ellos y el sonido que lo acompañaba era el de sus cadenas, aquellas que arrastraría por el resto de la eternidad. Se detuvo un momento cuando percibió un sonido distinto al plic plac y al canto fúnebre de las cigarras. Era un chillido ahogado, un chillido adolorido, tan bajo como si fuera secreto y tan cercano que lo sintió.
―Midousuji–kun...
El chillido calló un momento e Ishigaki lo volvió a llamar. No obtuvo respuesta. Pero no la necesitaba, estaba cerca. Llegó al final del pasillo por el que caminaba y se apresuró a ver en el de la izquierda: nada. Sólo esos oscuros y tétricos guerreros de terracota. Regresó sobre sus pasos y miró en el de la derecha: lo vio. A mitad del pasillo. Apartó la sorpresa inicial de verlo llorando, o eso parecía pues los pequeños brazos protegían la cabeza sin permitirle ver la expresión del rostro. Es cierto, todos habían exagerado con sus comentarios sin medir las consecuencias que eso tendría en el niño.
―Midousuji–kun ―lo llamó nuevamente, como si aquel nombre fuese su mantra y conforme se fue acercando―. Oye, sé que exageramos, pero no tenías porque huir ―no obtuvo reacción alguna por parte del niño. Sonrió de lado, en gesto de derrota. Se puso de rodillas, a la altura del pequeño―. Anda, los otros también están preocupados. ―Pero Akira seguía sin moverse.
Ishigaki soltó un suspiro, dispuesto a hacer gala de la paciencia que tanto le adjuntaban para esperar que Akira tuviera ganas de hablar, o mínimo dejar ver su rostro. Vagó la mirada por el piso, las pequeñas cuarteaduras que se veían le recordaban a un mapa de trenes; su mirada se fue moviendo por todo el piso, hasta el final del pasillo y se fue elevando hacia las negras lápidas y su mirada regresó hasta colocarse en la que estaba frente a ellos. El sol le daba por detrás y ensombrecía parte del altar, que pesé a ello aun se podía apreciar lo cuidado que estaba, señal de ser constantemente visitado. Un enorme y vistoso ramo de flores amarillas decoraba el jarrón de mármol y daban un vulgar aspecto vívido al lugar. A los pies, como una ofrenda, Ishigaki reconoció el dorsal amarillo, el dorsal verde y el dorsal rojo con el número 91...los que Midousuji ganó en el inter escolar. Con temor, como si se enfrentara a los ojos de medusa, fijó la mirada en el nombre. Con una caligrafía elegante y cuidaba, rezaba: Midousuji Noriko.
―Akira–kun ―lo llamó suavemente y al girar la vista al susodicho se topó con el rostro del niño que era mucho más parecido al de Midousuji de 16 años. Su enormes ojos muy abiertos, en alerta y el brillo que reflejaban sus emociones se había opacado y miraban atentos lo mismo que él. Daban la curiosa sensación de estar derramando lágrimas, pero ni una sola caía de esos ojos. Las personas cambian cuando han sido heridos..."¡Pero tengo que ir! ¡Me está esperando". Ahora todo tenía sentido. Esa lápida negra de letras de brillante dorado acababa de explicarle el misterio más grande de la vida. Le explicó el misterio de Midousuji Akira.
Ishigaki no preguntó, ni dijo nada, no había nada que hacer; se limitó a extender los brazos en una invitación a un abrazo que sabía necesitaba el niño. "Que Midousuji necesita...que ha necesitado por años". El niño intentó hacerse el rudo, pero Ishigaki, cuya expresión en el rostro era seria, le dijo sin palabras que no era necesario, que estaba para él. Y con fuerza, ansiedad y tristeza, esos pequeños y delgados brazos rodearon el cuello del mayor.
Ishigaki cargó en brazos al niño, de por sí ligero, parecía peso muerto. Ishigaki sentía que llevaba un muñeco en lugar de un niño. Las piernas caían como inertes a sus costados. Los talones golpeaban sus caderas. La cabeza reposaba lánguidamente en su hombro. No podía verlo, pero, imaginaba a la perfección ese semblante ido de ojos enormes y atentos a la lápida que empequeñecía con cada paso que se alejaban. Ni un sonido, sólo la respiración acompasada. Ni una lágrima, sólo los pequeños puños fuertemente cerrados a su espalda.
Las personas cambian cuando han perdido algo valioso...alguien valioso...
Sin palabras. Sin lastima. Sin compasión. Ishigaki abrazó con fuerza el menudo cuerpo contra el suyo y una de sus manos se frotó en la espalda, una caricia que buscaba llegar a lo más hondo de ese ser herido. "No estás solo", pensó, ¡gritó!, en su interior.
El plic plac de sus zapatillas los siguió en el camino de vuelta, haciéndose oír por encima del canto de las cigarras, cuyo canto ahora asemejaba a una melodía triste. Una melodía cuya letra contaba acerca del dolor en el corazón. Triste y burlesca melodía. El cuerpo en sus brazos parecía ajeno incluso a ese canto que, conforme avanzaban, se convirtió en un vago rumor. El plic plac los acompañó hasta el final del sendero.
El cielo rojizo, con su aire fresco de verano, atrajo el rumor de voces. Con suavidad, el capitán, movió la cabeza del niño, para ocultar el rostro en su cuello. Plic plac. Y las voces preocupadas exclamaron su nombre con urgencia cuando lo vieron aparecer. Su mano se afianzó entre los cortos cabellos del niño, proporcionándole un escudo más. Ishigaki no quería que nadie más viera esa expresión vacía. En su interior sabía que a Midousuji no le gustaría que lo vieran así. El otro brazo, que no fungía de protección, se movió un poco para sostener mejor el peso del chico, dando un suave apretón en una de las piernas, como si fuera un recordatorio. "No estás solo", pero no recibió respuesta.
Y mientras sus amigos lo asaltaban con sus preguntas cargadas de preocupación, la mente de Ishigaki sólo podía ver al Midousuji de 16 años. El Midousuji enigmático que tanto le gustaba. "Midousuji, ¿dónde estás?".
Mientras transcribía y corregía el capítulo, mi reproductor de música me lanzó la canción de "Desde mi cielo" de Mägo de oz. La historia de la canción no tiene mucho que ver, pero en esencia comparte el dolor y eso me llegó. Les invito a escucharla y me den su opinión.
En fin, ¿qué les pareció? ¿Cruel? ¿Duro? Pobre Midou bebé. O ¿pobre Ishigaki? ¿Ustedes que dicen? Y ¿Midousuji grandote? Ya pronto vamos a tener a Kimo boy con nosotros.
Espero que lo hayan disfrutado, tanto como yo disfrute escribirlo. Nos leemos hasta la otra.
