Sí, sí, hola a todos, llevamos una buena racha de actualización diaria porque mi musa es una impaciente y yo, pobre de mí, una blanda xD
Así que aquí está el siguiente capítulo. Gracias por los reviews, me hacen mucha ilusión ^-^
Espero que os guste :)
CAPÍTULO 6
¿Y si no es mi luz pero decido quedármela? Soy egoísta, lo he sido por mucho tiempo. He vivido sola, he vivido en la oscuridad y ahora la quiero, la quiero a ella. Quiero su luz, quiero su inocencia, su pureza. Quiero tenerla. Quiero que me quiera. Quiero que me mire y no vea el monstruo que ven los demás, el que yo veo. Quiero… no. Necesito que me alivie, necesito su voz que actúa como bálsamo para mi alma torturada, necesito su sonrisa, necesito sus ojos. No entiendo por qué, ni quiero entenderlo. No quería sentir lo que siento, he huido tantas veces, he llegado tan lejos para escapar de esta sensación que se incrusta en mi pecho. Y, de pronto, siento que no tengo escapatoria.
SQ-
El aire era frío, húmedo, portaba consigo un aroma distinto a todos los que había conocido aislada en mi mundo de perfumes y paredes blancas. A tierra mojada, a hierba rociada con las gotas de la madrugada, oscuro, gélido y reconfortante a la vez. Era extraño, pero así era.
La idea de que me había escapado de casa me golpeaba de vez en cuando, en ocasiones, llegaba a producirme nauseas tan solo pensando en el horror y el enfado de mi madre; otras, me producía una oleada de euforia nerviosa al verme haciendo lo que nunca me creí capaz de lograr.
No sabía dónde me dirigía. Tras un breve paseo en silencio evitando los ruidosos canes de los vecinos de mi zona, Emma me dijo que subiera en el artilugio amarillo que ella llamaba coche.
— Ah no, yo no me monto en esa trampa mortal. —Dije deteniéndome en mis pasos tan pronto como lo vi.
— Oh, ya sé que preferirías una moto para poder abrazarte a mí con la excusa de la velocidad. —Emma sonrió ante mi expresión de… bueno, de incredulidad como poco.
— ¿Qué? Yo…
— Pero esto es lo que hay, princesa. Así que vamos, su carroza aguarda.
Ella sonrió, con aquel toque ególatra que empezaba a asociar con ella y que me hacía poner los ojos en blanco, mientras me abría la destartalada puerta.
Emma subió antes de que yo terminara de aceptar su oferta. Quizás debería de haberme parado a analizar los pros y contras de subir en el coche de una persona a la que apenas conocía antes de saltar por el balcón. Ajena a mi nuevo debate interno, Emma se puso el cinturón de seguridad y accionó el motor.
— ¿Subes o qué? No me gustaría tener que dejarte aquí en la oscuridad. —Me dijo.
No me gustaba demasiado la oscuridad. Sobre todo, cuando era en una calle vacía en la madrugada. Así que me apresuré en subir.
— Sabía que no podrías resistirte a mí. —De nuevo, con aquella odiosa sonrisa en la cara.
— Eres imposible. —Espeté mirando por la ventanilla, apartando mi rostro todo lo posible de ella.
El coche, incluso a pesar de su patente antigüedad y necesidad de cierto mantenimiento, comenzó a alejarse con cierta velocidad de mi zona conocida. No tardé en ver calles y recovecos, árboles y trozos de cielo que no había vislumbrado con anterioridad.
— ¿Sabes? —Le dije mientras miraba por la ventana. — Se me ha olvidado preguntarte si eras una psicópata y habías montado todo este espectáculo para llevarme a algún lugar alejado y hacerme pedacitos.
Emma rió. Porque, obviamente, que te tachen de psicópata debe ser lo más divertido del mundo.
— Un poco tarde para preguntarlo, ¿no crees? —Contestó ella, la mirada fija en la carretera y mis curiosos ojos describiendo el perfil de su rostro dibujado por la luz de la luna que se colaba por la ventana.
— Sí, supongo que sí.
— No pareces muy afectada ante la posibilidad de que planee asesinarte. —Desvió la mirada fugazmente hacia mí, pero yo le señalé la carretera con la cabeza.
— Sinceramente, creo que lo que más me molestaría de que fueras una psicópata que planeara asesinarme sería darle la razón a mi madre por todas esas veces que me ha dicho que soy una inútil que no sobreviviría sin ella fuera de casa.
— Bueno, pues hoy es tu día de suerte, princesa. Resulta que no soy ninguna asesina en serie.
— Oh, me dejas anonadada. —Bromeé.
— Y… ya hemos llegado a nuestro destino.
Emma detuvo el coche. Yo, charlando sobre la posibilidad de que planeara asesinarme, había olvidado mirar el camino que había seguido, así que estaba completamente desubicada.
— ¿Te he dicho ya que soy una maestra del póker? — Me dijo ella mientras salíamos del coche.
— Oh, además de asesina en potencia, ludópata, qué encanto. —Salí del coche. Mi atención estaba fijada en el paisaje que me rodeaba. No me gustaba sentirme perdida, saber dónde estaba me daba cierta sensación de control, aunque fuera falsa.
— ¿Siempre eres tan difícil de impresionar o es solo conmigo? —Había árboles alrededor, negros, oscurecidos por la noche, suponía.
— Me impresionó mucho que me besaras sin previo aviso. —El cielo estaba raso y la luna brillaba, pero la vegetación me impedía ver mucho más de lo que me rodeaba.
— Entonces, me anoto una. Vamos, princesa, he preparado una cita para nosotras.
La miré por primera vez desde que había bajado del coche.
— ¿Una cita? ¿Y quién te ha dicho que yo querría una cita contigo?
— Me lo han dicho tus ojos.
— ¿Siempre eres tan cursi o es solo conmigo? — Pregunté imitando sus palabras.
— ¿Qué puedo decir? Sacas ese lado de mí. ¿Vamos?
— ¿Qué remedio?
Emma tendió una mano hacia mí y yo la acepté, tras una breve consideración. Llegados a aquel punto, supongo que era mejor dejarse llevar. Comenzó a andar a través de la espesa vegetación.
— Te decía que soy una maestra del póker y, en una de mis últimas timbas, gané la mano definitiva.
— ¿Y qué has ganado? ¿Tres millones de dólares? —Ella rió.
— Oh, princesa, si hubiera ganado tanto no estaríamos aquí. No, me temo que tan solo gané un favor. —Su mano señaló a algún punto en la oscuridad. Al principio me costó vislumbrarlo entre las sombras, tan solo hasta que mis ojos se acostumbraron a la falta de luz.
— ¿El parque de atracciones de Storybrooke?
— El dueño no sabe echarse faroles, pero no se lo digas, él cree que sí. —Me susurró de manera conspiratoria.
— ¿Has ganado un parque de atracciones al póker? —Mi miraba seguía prendada del letrero que anunciaba la entrada intentando decidir si aquello sería legal.
— No, el parque no. Solo las llaves por una noche. Pero, por esta noche, es nuestro. Podemos hacer lo que quieras.
Probablemente no era legal, me dijo una vocecilla en mi cabeza. Pero madre era tan estricta con ir a parques de atracciones que prácticamente podía contar con los dedos de una mano las veces que los había visitado.
— ¿Por dónde quieres empezar? —Susurró Emma junto a mí, como un ángel de la tentación que daba alas a mis deseos.
Probablemente, no era legal. Pero ya que estábamos allí…
— Um…—Me sentía como una niña traviesa que tenía que esforzarse por no salir corriendo.—¿Podemos ir a la montaña rusa?
— Wow, empiezas fuerte, princesa.
— ¿Podemos?
— Lo que tú quieras.
— Vamos, vamos, vamos.
Y no era propio de una dama mi comportamiento en aquel momento, pero era tan divertido.
Creo que no le presté demasiada atención a Emma mientras me guiaba hacia la montaña rusa, estaba demasiado ocupada mirando todas las maravillas que se concentraban a mi alrededor. Las luces, los dulces prohibidos. Cuántas veces habría deseado poder saborear una manzana de caramelo, tan roja y con la promesa de un sabor tan dulce.
Aunque Emma no parecía molesta, al menos, sonreía cada vez que su rostro entraba en mi campo de visión.
La montaña rusa era más grande de lo que recordaba o de lo que había imaginado, no estaba segura de si la había llegado a visitar en alguna ocasión. Tampoco había sabido de antemano, al proponer el tema, que tendría tantos giros y bucles. Sentí cómo se iba formando un nudo en mi estómago al imaginarse la cantidad de peligros que podían esconder aquellos engranajes.
— ¿Vamos, princesa? —Emma se adelantó mí para abrir el compartimento del vagón. — ¿O es que ya tienes miedo?
Y lo tenía, juro que lo tenía, pero me daba tanta rabia la manía que tenía aquella chica de dejarme como una cría miedosa.
— Por supuesto que no.
La aparté de mi camino y me senté en el asiento que había más adentro. Emma no tardó en sentarse a mi lado y cerrar la sujeción de seguridad, mientras trataba en vano de ocultar su sonrisa de satisfacción. Tan imposible siempre.
— ¿Lista, princesa?
— Sí.
Mis manos se aferraban a la baranda con suficiente fuerza como para que mis nudillos palidecieran. Pero aquel era el único signo de miedo que me permitía mostrar.
El mecanismo se accionó, se escuchó un ruido un tanto chirriante y poco tranquilizador y comenzamos a movernos. La primera parte, siendo una pronunciada subida, iba lo suficientemente lenta como para prepararme para lo que vendría a continuación. Quizás incluso demasiado lenta.
— No te preocupes, princesa. —Me susurró Emma— No dejaré que te caigas.
— Oh, por el amor de Dios —espeté, demasiado nerviosa por la bajada que me esperaba como para controlarme. — Deja ya de llamarme princesaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.
No contaba con que la caída en picado me encontraría terminando mi tajante petición. En apenas cinco segundos, había olvidado qué era lo que intentaba decir. Mi garganta parecía atascada en el grito que nunca había terminado de proferir, mis labios se curvaron sin que me diera cuenta en una sonrisa mientras subía, bajaba y giraba fuera de control.
Antes de que fuera consciente de mis propios actos, me hallaba con las manos sueltas, apuntando al cielo, desafiando a mi propia temeridad. Tan perdida estaba entre oleadas de adrenalina y emoción, que Emma puso su mano alrededor de mi cintura para atraerme hacia ella y ni siquiera me importó. Probablemente la había asustado con mi ataque de osadía al soltar las manos y quería mantenerme sujeta.
La última bajada en picado, alguna banda de un grupo rock que era incapaz de reconocer sonando de fondo, acallado por el frenético latido de mi corazón y el aparato se detuvo de golpe justo donde había empezado dejando mi pelo alborotado y descompasada respiración como única prueba de que algo había pasado entre los dos momentos.
Completamente emocionada, en pleno furor causado por las endorfinas, la adrenalina y todas esas cosas que nombran en la televisión, me giré hacia Emma, supongo que imposiblemente sonriente y probablemente sonrojada. Su brazo seguía a mi alrededor, acercándonos cada vez más, aunque yo apenas era consciente de aquel hecho. Sus ojos estaban más oscuros, sus manos más temblorosas, sus labios más abiertos. Podrían haber sido señales suficientes, supongo, lo serían… lo hubieran sido si yo no hubiera sido yo en aquel momento, hubiera sabido algo más del mundo y de la gente y no hubiera tomado aquellos signos como causados por la adrenalina de la montaña rusa.
Así que, cuando Emma se acercó a mí, yo salí del vagón rápidamente, pensando que ella también querría salir.
— ¿Y qué hacemos ahora? ¿Qué hacemos? —Pregunté excitada cual niña en un…bueno, en un parque de atracciones.
— Lo que tú quieras, princesa. —Contestó ella mientras salía del vagón.
No vi, no quise o no pude quizás, ver la decepción en su mirada mezclada con una sonrisa divertida.
— Oye, princesa, ¿qué piensas de los trenes? —Me dijo de golpe mientras caminábamos.
Mi mente estaba demasiado concentrada en qué hacer después de aquello, como para entender del todo su pregunta.
— Eh, no sé, que son un medio de transporte con mucha historia. Pero no tan rápidos como los aviones o coches.
— Pues yo siempre he creído que la vida es como un tren o como una sucesión de trenes, más bien. —Su voz me recordaba peligrosamente a la que había usado recitando a Shakespeare.
— Um, oh, vale. — No había mucha más contestación.
— Hay cosas en la vida que son como un tren, ese tren que no sabes dónde te va a llevar, pero sabes que no quieres dejarlo escapar porque, si lo haces, estás perdido.
— Um…—No estaba entendiendo nada. — ¿Quieres montar en el trenecito de la bruja?
Probablemente, eso no era lo que intentaba decirme, si tenía dudas me lo confirmó su rostro, pero era superior a mí, en aquel momento, no comprendía exactamente lo que quería decirme y comprenderlo era todavía más aterrador. Así que salí corriendo hacia el tren de la bruja.
Emma me siguió, no habló de trenes durante todo el trayecto y conseguí globos.
— ¿Te gustan los globos? —Me preguntó tras unos segundos de silencio.
Había pasado los últimos minutos sin hablar. Yo temiendo haber metido la pata y ella, pues no lo sé, quién entiende a Emma Swan. Me aferraba a los globos como una niña lo haría, quizás porque nunca tuve de niña, quizás porque eran de colores y tenían purpurina o quizás simplemente porque eran una distracción a las palabras de Emma y al nervioso latido de mi corazón.
— Oye, Regina, lo siento si te he asustado con mi charla sobre trenes. — No sé por qué, de pronto, el que me llamara por mi nombre me causó una punzada de decepción.
— ¿Asustarme? ¿Por hablar de trenes? No, no me has asustado.
— Pues lo ha parecido, y lo siento. Es solo que mi vida ha sido muy truculenta, he ido de un lugar a otro, he estado al borde de la muerte en varias ocasiones y eso me ha enseñado a no perder el tiempo cuando encuentro algo que quiero. —Su voz destilaba pasión, sus ojos brillaban y, sin darme cuenta, habíamos vuelto a acercarnos.
— ¿Y qué quieres, Emma Swan?
— A ti.
Uuuu, esta Emma y sus trenes, y sus ganas de declararse xD ¿Qué os ha parecido?
Gracias por leer :D
