Tregua en el matrimonio

Esta es una adaptación

La mayoría de los personajes le pertenecen a:

Stephenie Meyer.


Capítulo 5

Bella nunca llegó a saber cómo había conseguido terminar aquella cena, pero charló y rió y aceptó pro bar los postres de los demás cuando lo que quería ha cer en realidad era encerrase en algún sitio oscuro.

¿Cómo era posible que siguiera importándole alguien que había sido un canalla con ella? se preguntó con in credulidad.

Se dijo que debía de ser un espejismo. Que al volver a ver a Edward tan repentinamente había sufrido una espe cie de conmoción que la había trastornado.

Además, sí, lo deseaba físicamente. Era algo que no podía negarse más.

Hacer el amor con él le había producido un anhelo abrasador y llevaba mucho tiempo sin tener relaciones sexuales. En ese momento, había descubierto para su desgracia que el fuego volvía a arder con sólo estar cerca de él.

Esa noche lo había mirado sentado enfrente de ella con el traje oscuro y la corbata de seda y se lo había ima ginado desnudo, inclinado sobre ella con los ojos vela dos por la pasión y la boca ardiente que la besaba en un largo y dulce preludio a la posesión.

Durante aquellos primeros meses de amor, había lle gado a conocer el cuerpo de Edward como el suyo propio y sus manos lo habían memorizado con un júbilo arrebata dor, lo habían recorrido hasta hacerlo jadear débilmente por el deseo y la excitación.

En ese momento, una desconocida sería la que se arquearía bajo él y gritaría en el clímax. Otra tendría su hijo y él nunca volvería a acordarse de que una vez hubo otra mujer esperando un hijo suyo.

Para ella era un dolor omnipresente.

Seguía con las uñas clavadas en las palmas de las manos y pensó que tenía que marcharse de allí; que que ría estar sola, pero eso era casi imposible. Cuando vol vieran a Trevarne House, tanto Rosalie como la tía Lilliam estarían deseando comentar la velada y la sorprendente revelación de Edward.

Tendría que fingir que no le importaba y que era un paso positivo para ella. Sin embargo, ¿hasta cuándo seria capaz de mantener la farsa si estaba destrozada emocio nalmente?

También, se dijo con pena, tendría que reconocer a los Hale que en realidad no había nadie en su vida y que lo que había dejado caer no había sido más que un mero intento de salvar la dignidad.

Le alegró ver que su tío se hacía cargo de la factura, pero se alegró menos al ver que Edward la interceptaba y dejaba su tarjeta de crédito en la bandeja.

—No. Insisto —sonreía un poco forzadamente mientras Emmett y el señor Hale protestaban—. Al fin y al cabo nos hemos entrometido en una celebración familiar.

Bella pensó con una punzada de dolor que había de jado muy claro que, dijera lo que dijese Esme, él ya no se consideraba de la familia desde el divorcio.

Se quedó un poco rezagada mientras salían del res taurante y esperó discretamente mientras todos se despe dían. Sin embargo, cualquier esperanza de una despedida rápida se esfumó cuando el camarero le dijo a Emmett que tenía una llamada de teléfono.

Ante su espanto, vio que Edward se dirigía hacia ella.

—Quería darte las gracias —le dijo bruscamente—. Tus comentarios fueron... generosos —hizo una pausa—. Qui zá la tregua pudiera seguir después de la boda. ¿Qué te parece?

—No veo la necesidad —Bella lo miró a los ojos con frialdad—. Creo que es mejor que cada uno siga por su lado sin más.

—Algunas parejas divorciadas consiguen seguir sien do amigos —replicó Edward inmediatamente—. A nadie le sobran los amigos, Bella.

Bella sacudió la cabeza y miró por encima del hom bro de Edward al ver que Emmett salía de la cabina telefóni ca con un gesto contrariado.

—Nunca fuimos amigos, Edward. Quizá eso fuera parte del problema.

—Ah —comentó Edward delicadamente—. El problema. Cuántos pecados abarca eso —hizo una pausa—. Sabes una cosa, Bella. Un día, pronto, me gustaría quedar contigo para repasar todo lo que nos pasó. A veces puede ser útil una mirada retrospectiva, ¿no te parece?

—No —contestó escuetamente—. No lo creo. La historia nunca ha sido una de mis asignaturas favoritas.

Edward sonrió débilmente.

—¿Eso es lo que somos?

—Desde luego —contesto Bella—. Ya es hora de avan zar y de mirar hacia delante y no hacia atrás; de seguir con nuestras vidas.

Tenía que decirlo una y otra vez, se dijo Bella, repe tirlo constantemente y quizá un día llegara a tener un sig nificado.

—Es difícil cuando hay tantos asuntos sin resolver —objetó Edward.

—Considéralo resuelto. Yo perdí un hijo y tú tuviste una aventura —se encogió de hombros—. Fin de la histo ria.

—Acabo de decirte que habías sido generosa —dijo Edward lentamente—, pero al parecer es una virtud que re servas para cuando estás en público.

—Y no va a haber muchas ocasiones de esas —Bella levantó la barbilla—. Una vez que Rosalie y Emmett se ha yan casado, no volveremos a encontrarnos.

—Eso si hay boda —comentó Edward con el ceño frunci do—. Algo está pasando y tu prima está llorando.

—Dios mío, es verdad —Bella corrió junto a Rosalie—. Querida... ¿qué pasa?

—Jacob... —contestó Emmett que rodeaba con el brazo a su novia—. Ha llamado su madre. Al parecer no tenía re saca. Tiene varicela y no puede venir a la boda —intentó esbozar una sonrisa—. Así que en estos momentos no ten go padrino.

—Querido... —intervino la señora Hale—. Seguro que alguno de tus otros amigos...

Emmett se encogió de hombros con tristeza.

—Es posible, pero es un lío pedírselo a alguien a últi ma hora. Está el discurso, por ejemplo. Podría llamar a alguien por la mañana, pero seguro que ya están de ca mino —sacudió la cabeza—. Menos mal que me traje yo los anillos —sacó un pañuelo y empezó a secar las lágri mas de Rosalie—. No llores, cariño. Se nos ocurrirá algo, te lo prometo.

—Edward puede hacerlo —dijo Esme.

Se hizo un silencio sepulcral.

Bella sintió como un estruendo en los oídos. La pala bra «no» se abría camino con tanta fuerza en su interior que pensó que podía haberla gritado.

Sin embargo, fue la tía Lilliam quien habló.

—No lo creo, querida Esme —dijo con una frialdad desacostumbrada en ella—. Como dijiste en la cena, Edward está recuperándose de una enfermedad grave y no va a querer tener tantas responsabilidades tan pronto.

Edward miró a Bella con una mueca sardónica.

—No creo que vaya a suponer una recaída —replicó Edward con frialdad—, pero le agradezco su preocupación, señora Hale —hizo una pausa—. La verdad es que me encantaría hacerlo, si Emmett acepta.

—Naturalmente que acepta —dijo Esme impaciente mente—. Es evidente que es la única solución.

—El chaqué —la tía Lilliam seguía resistiendo con valentía—. ¿Qué vamos a hacer? A no ser que por alguna extra ña coincidencia tenga uno... —añadió con cierta intención.

—No soy tan previsor —dijo Edward burlonamente—, pero puedo alquilarlo. Eso no es ningún problema.

—La verdad es que yo me he traído el traje de Jacob —dijo Emmett lentamente— y me parece que tenéis una ta lla parecida. Puedes probártelo.

—A mí me parece bien —Edward recorrió con la mirada el atónito semicírculo que tenía delante—. Salvo que haya alguien que tenga alguna objeción.

Bella intervino antes de que la tía Lilliam volviera al ataque. Estaba atrapada y lo sabía, como lo sabía él.

—Al contrario, parece la solución perfecta —dijo mien tras incluso esbozaba una sonrisa—. Es muy amable por tu parte cubrir la ausencia.

—Créeme, será un placer —Edward le devolvió el cumpli do delicadamente antes de volverse hacia Emmett—. ¿Echamos una ojeada al traje por si tengo que ir a una tienda de alquiler?

—Eh... sí. Claro —Emmett besó fugazmente a Rosalie con una mirada de ansiedad—. Hasta mañana, querida.

Edward y Emmett fueron hacia la escalera.

Bella y Esme se quedaron momentáneamente solas y las miradas se encontraron.

—¿Qué te proponías hacer esta noche? —le preguntó Bella nerviosamente.

—Dejar claras algunas cosas —el tono de Esme era cortante—. Ya estoy cansada de ver que a mi hijastro se le trata como a un paria mientras todo el mundo te mira como si fueses la pobre víctima.

Bella se mordió el labio inferior.

—Yo no fui quien destrozó el matrimonio. Yo no fui quien tuvo una aventura.

—No excuso lo que hizo Edward —el gesto de Esme se crispó—, pero el matrimonio tenía problemas mucho an tes de que él te engañara. Princesa, la próxima vez, pién satelo antes de exhibir tu agravio y tu ofensa.

—Siempre te has puesto de su lado —dijo Bella entre dientes.

La mujer se encogió de hombros.

—Alguien tenía que hacerlo —replicó Esme abrupta mente—. ¿Por qué no fuiste tú, Bella?

Se dio la vuelta y se fue al bar dejando a Bella pálida y atónita.

Bella se sentó junto a la ventana de su dormitorio. Quería dormir. Necesitaba dormir, pero sabía que no conseguiría hacerlo. Al menos mientras tuviera tantas co sas en la cabeza.

¿Cómo se atrevía Esme? ¿Cómo se atrevía a insi nuar que había sido culpa suya?

No había dicho nada durante el viaje de vuelta, pero la tía Lilliam se había ocupado de hablar por todos al que jarse amargamente de lo que había llamado la «desver gonzada intromisión».

—Ahora, Edward será el padrino del novio —había añadi do con furia—. ¿Qué puede estar pensando Emmett?

—Lo difícil que sería encontrar a otro padrino del no vio con tan poco tiempo —contestó Rosalie con desola ción—. Hasta yo me doy cuenta. Además, si Bella dice que no le importa, ¿por qué iba a importarnos a nosotros?

Una vez de vuelta en la casa, Bella tomó café con los demás y escuchó sus lamentaciones en silencio durante un rato, luego bostezó varias veces, dijo que se moría de sueño y subió a su habitación.

Se encontró con el tío William en el descansillo, iba a pasar de largo con un «buenas noches» rutinario, pero él la detuvo tomándola delicadamente del brazo.

—Bella, querida —el tono era muy amable—. Si quie res, seguramente podría evitar esta situación.

—No quiero —lo dijo demasiado rápidamente—. Edward y yo vamos a demostrar a todo el mundo, de una vez por todas, que hemos decidido dejar atrás nuestras... diferen cias.

—¿Para ser buenos amigos? —la miró con una expre sión burlona.

Bella dudó.

—Buenos, quizá no tanto, pero tal vez podamos con seguir que las diferencias se conviertan en indiferencia. Sería un paso positivo.

—¿Eso es también lo que quiere Edward?

Bella se mordió el labio.

—No tengo ni idea de lo que quiere Edward.

El señor Hale suspiró levemente.

—No, seguramente, no, pero es algo que a lo mejor deberías plantearte... incluso ahora, cuando ya es tan tar de.

Le dio una palmada en el hombro y siguió hacia su habitación.

Bella entró en el dormitorio con el ceño fruncido. ¿El tío William también le insinuaba que ella no había sido completamente inocente en la ruptura de su matrimonio? Seguramente, no, se contestó desconcertada.

Se desvistió, se puso el camisón y la bata, pero no se acostó. Aunque apagó la luz para dar la impresión de que estaba dormida y así evitar que se presentara alguna visi ta de última hora.

Desde la ruptura de su matrimonio, aparte del embro llo, la amargura y la tristeza, había llegado a convencerse de que odiaba a Edward y que lo odiaría para siempre. Eso había sido su coraza y su salvación durante meses. Sin embargo, a la hora de la verdad, no la había protegido de nada.

Se odiaba por seguir deseándolo, se dijo mientras se abrazaba el cuerpo tembloroso. Sobre todo cuando esta ba convencida de que ese deseo no era correspondido. Aunque, seguramente, siempre hubiera sido así...

Desde el principio se había dicho que perdonar a Edward era imposible, como lo era olvidar.

Cuando se enfrentó a Edward y lo acusó de haberse acostado con Lauren Mallory, ella había esperado que él lo negara. Había rezado para que le demostrara su inocen cia.

Sin embargo, él lo reconoció fría y sinceramente, lo lamentó, pero no dio ninguna excusa y la dejó completa mente sorprendida.

Cuando, aturdida y humillada, le ordenó entre sollo zos que se fuera de la casa y de su vida, él se fue sin una queja.

Se dijo que volvería a los pocos días para pedirle otra oportunidad y que ella no se la daría, independientemen te de lo mucho que se lo suplicara; que lo justo era que él sufriera tanto como estaba sufriendo ella.

Pero él no volvió, y la certeza de que no había sido un desliz aislado y que él ya estaría con su amante hizo más profunda la herida. Tuvo que afrontar el hecho de que se había engañado a sí misma; que su matrimonio había terminado nada más empezar; que todas las adver tencias habían estado plenamente justificadas.

Ella había pensado sinceramente que eran felices; al menos hasta que perdieron el bebé.

Naturalmente, no coincidían en todo, ¿pero quién lo hace? Había pensado que eso era aprender a convivir.

Si era sincera, tenía que reconocer que Edward había sido un enigma desde el principio. Había muchas partes de su vida que él había decidido no revelarle, al menos no inmediatamente.

Él era muy joven cuando su madre murió, pero, por al gunos comentarios, ella había deducido que la relación en tre sus padres había sido tormentosa y que él lo había no tado claramente y que, cuando al cabo de unos dos años, se encontró con Esme de madrastra, todo siguió igual.

Ella se había enterado de que el padre de Edward había sido un mujeriego y un jugador empedernido y que por eso los abuelos maternos de Edward se habían peleado con su hija Elizabeth cuando se casó.

Sin embargo, Edward consiguió a través de ellos la vieja casa en la costa de Bretaña donde pasaron la breve e idí lica luna de miel.

—Mi bisabuelo fue pescador y mi abuela Victoria su única hija —le había contado Edward—. Conoció a mi abuelo durante la guerra, cuando él estaba en Operaciones Espe ciales y ella ayudaba a la Resistencia.

Ella abrió los ojos como platos.

—¡Qué romántico!

—Lo dudo —dijo Edward—. Yo diría que era peligroso y aterrador, pero cuando terminó la guerra, él vino a bus carla y, cuando ella heredó la casa, la utilizaban como si tio de vacaciones.

—Y luego te la dejaron a ti... su único nieto.

Edward se encogió de hombros.

—Según la ley francesa no tenían muchas alternativas.

—Pero ¿te reconciliaste con ellos después de la muerte de tu padre?

—En cierta medida, pero nunca llegamos a tener una re lación muy afectiva. Habían pasado demasiadas cosas en el pasado y ellos no necesitaban a nadie más. Estuvieron enamorados toda su vida y se bastaban el uno con el otro.

—Es... maravilloso, ¿verdad?

—¿Te lo parece? —Edward hizo una mueca con la boca:

—Sí —contestó ella—. Claro. Nosotros haremos lo mis mo.

—¿Realmente crees que puede caer la lotería dos ve ces en la misma familia?

—Estoy segura —lo dijo con tono desafiante.

—Si tú lo dices... —la besó en los labios—. Pobre Bella. Quieres que el mundo sea inmaculado y que no haya es queletos en los armarios. No es así; no puede ser así.

Ella suspiró.

—Te estás riendo de mí. ¿Hablas de ti mismo? ¿Tienes algún esqueleto en tu armario?

—Docenas —la atrajo contra sí y la besó con anhelo—. Así que ten cuidado con las puertas que abres, amor mío.

Bella hizo un gesto de tristeza y pensó que había sido tan tonta al creer que estaba bromeando...

La ceremonia de su boda había sido sencilla, pero muy bonita. Cuando hizo las promesas, sintió una emo ción que pareció llevarla a otra dimensión.

Había decidido hacerle feliz. Más feliz de lo que ha bía soñado jamás. La gente los miraría y suspiraría de envidia.

Cuando llegaron a Les Roches vio que el dormitorio era abuhardillado, tenía alfombras de piel en el suelo y el sonido del mar entraba por la ventana. La cama era enor me, tenía el cabecero tallado y las sábanas recién lavadas olían a lavanda.

—Es muy antigua —le susurró Edward—. Es un auténtico lecho conyugal. Como verás, mis antepasados se toma ban muy en serio las obligaciones matrimoniales.

—¿Piensas seguir su ejemplo? —le preguntó ella tam bién con un susurro.

—Naturalmente —contestó él—, pero no esta noche.

—¿Por qué no? —ella no disimuló su decepción.

—Porque ha sido un día muy largo y quiero dormir contigo en mis brazos. Quiero disfrutar de ser tu mari do por fin. Tenemos todo el tiempo del mundo para ha cer el amor, mi maravillosa esposa, pero esta noche quiero quererte y cuidar de ti como prometí hace unas horas.

La desvistió lentamente con movimientos cariñosos, la tomó en brazos y la llevó a la cama.

Él se desnudó rápidamente, se tumbó junto a ella y la atrajo contra sí, contra la esbelta calidez de su cuerpo.

—Pero tenemos champán... —dijo ella luchando contra la somnolencia.

—Lo beberemos más tarde —la besó en el pelo y en los párpados que se le cerraban—. Al fin y al cabo, amor mío, tenemos toda la vida. Ahora, duerme.

Se durmió profundamente con la cabeza apoyada en su pecho.

Cuando se despertó, el sol se colaba por las contra ventanas, se estiró con pereza y comprobó que Edward no estaba en la habitación. Se levantó, fue a la puerta y lo llamó, pero no recibió ninguna respuesta.

Desconcertada, fue a la ventana y abrió las contra ventanas. Entonces, cuando volvía hacia la cama, vio el papel que había sobre la almohada. He ido a comprar algo. Decía el lacónico mensaje.

Se duchó rápidamente en el anticuado baño, se puso unos pantalones cortos blancos, una camiseta rosa que se anudó debajo del pecho y unas zapatillas de lona.

Al bajar vio la puerta de la calle abierta de par en par. Salió y se quedó bajo el sol resplandeciente mientras mi raba alrededor con la boca abierta por la impresión.

Les Roches, que descansaba sobre un amplio male cón a la sombra de un acantilado y a escasos metros del mar, era una casa larga y baja de piedra gris que parecía excavada en la roca que la protegía. Las contraventanas eran de un azul descolorido y la puerta estaba flanqueada por dos maceteros con flores de verano.

Al otro lado, unos escalones verdes por el musgo lle vaban a una playa con forma de media luna.

No se veían más casas y la carretera en pendiente que llevaba hasta allí era poco más que un sendero.

Pensó que eso era el verdadero aislamiento.

Oyó el ruido de un motor y al darse la vuelta vio el coche de Edward que descendía hacia ella.

Edward aparcó junto a la casa y sacó del maletero una serie interminable de paquetes que llevó dentro.

Cuando volvió a salir, fue hasta ella, la tomó entre sus brazos y la besó larga y profundamente.

—Buenos días —le susurró—. Bienvenida a la vida con yugal. Espero que te hayas dado cuenta de lo bien adies trado que estoy.

—Me tienes verdaderamente impresionada —le rodeó el cuello con los brazos—. ¿Estás haciendo acopio de ví veres para un asedio?

—Algo así —le sonrió lenta y seductoramente—. Diga mos que no creo que vayamos a ir muy lejos durante un tiempo.

—Es un sitio maravilloso.

—Me alegro de que te guste. No sabía si te parecería demasiado parecido a Cornualles o si habrías preferido una ciudad en otro tipo de paisaje.

—En absoluto.

Le rodeó la cintura con los brazos y levantó las ma nos hasta tomarle los pechos entre las manos y jugar con los pezones entre los dedos.

—¿Has dormido bien? —le preguntó Edward con cierto tono burlón.

—De maravilla —ella se arqueó bajo su caricia como una gata ronroneante.

—¿Ya no estás cansada?

—Ni lo más mínimo —sonrió con picardía.

—No estoy de acuerdo —le mordió delicadamente el lóbulo de la oreja—. Creo que deberías volver a la cama para qué yo te cuide amorosamente.

—¿Me sentiré mejor así? —preguntó ella con recato.

—Te lo garantizo —metió los dedos por la cinturilla del pantalón, le acarició el cálido vientre y bajó un poco más.

—¿Me curaré alguna vez? —la voz empezaba a flaquear le.

—Nunca —respondió él—, porque estoy dispuesto a que el tratamiento dure toda la vida.

La tomó en brazos, la llevó a la casa y subió las esca leras hasta el lecho conyugal.

Fue un día inolvidable. Ella había creído que Edward ya le había enseñado todo el placer sexual que podía alcan zarse, pero durante las horas siguientes ascendieron juntos hasta unas alturas nuevas e inimaginables. Cualquier resto de inhibición que hubiera podido quedarle se des vaneció para siempre mientras los labios y las manos de Edward la arrastraban a un éxtasis tan profundo, que pensó que podía morir.

Ella le correspondió sin ataduras hasta igualar su abrumadora generosidad.

Cuando, agotada por la pasión, acabó durmiéndose otra vez entre sus brazos, oyó entre sueños que él le su surraba que la quería.

Mucho más tarde, el hambre los llevó entre risas a la cocina para dar cuenta del pan, el paté, los quesos y el champán tanto tiempo postergado.

Más tarde aún, se dieron un baño en la antigua y pro funda bañera.

—Podría quedarme aquí para siempre —musitó ella en tre los brazos de Edward.

—No te lo recomiendo —Edward le puso un poco de es puma sobre los pezones—. Nos quedaríamos como pasas.

Ella suspiró.

—Eres tonto. Quiero decir en esta casa. Vivir aquí —se giró para mirarlo—. ¿Por qué no lo hacemos?

—Porque tenemos una profesión y una vida en otro si tio —la besó en el cuello y se le aceleró el pulso.

Ella hizo una mueca.

—Supongo...

—Eh —Edward le mordisqueó el hombro—. Es nuestra luna de miel y deberíamos estar contentos.

—Estoy en la gloria —se apretó contra él—. Por ejem plo, acabo de darme cuenta de que ya no tendré que es cabullirme en el piso con remordimiento y estar atemori zada por los reproches de Alice. Incluso a lo mejor puedo desayunar.

Notó cierta tensión en el brazo que la rodeaba.

—¿Has tenido problemas con Alice? No me habías dicho nada.

—Bueno, la verdad es que nunca me dijo nada en voz alta, pero se notaba cierta tensión —suspiró—. Me gustaría que ella también encontrara a alguien y fuera feliz. Ella es muy guapa, ¿no crees?

Edward le dio la vuelta y la besó en los labios.

—Creo que tú eres muy guapa y que eso es lo único que me importa.

Al cabo de un rato, se vistieron y bajaron a la cocina.

Edward puso el pollo en el horno y ella preparó algunas verduras de acompañamiento.

Mientras se hacía la cena, fueron a dar un paseo por la orilla de la playa y una puesta de sol maravillosa les anunció más días soleados.

Cuando volvían, ella miró por encima del hombro y vio las huellas de sus pisadas que se alejaban juntas so bre la arena mojada.

Le pareció un presagio positivo: un símbolo del viaje que habían iniciado juntos. Se rió para sus adentros por haber tenido una idea tan romántica.

Sin embargo, cuando llegaron a los escalones, volvió a mirar atrás y vio que la marea había borrado las pisadas como si nunca hubieran existido.

Todo es pasajero, pensó, nada es eterno.

De repente se dio cuenta de que estaba temblando.


ola chikas =D

espero ke les haya gustado

por finnnnn termine la uni asi ke ahora voy a poder adaptar mas historias ;)

nos vemos en la próxima :)

me regalan review?

las kiero =D