Desliz.

Anakin.

– Entonces, ¿usa un sable láser? ¿Tal como los jedi? – preguntó Sola mientras se llevaba un trozo de fruta a la boca.

– En efecto.

– ¿Y es que se lo permiten? ¿Sin haberse consagrado como tal?

– Han sido necesarias varias gestiones, pero cuando se cuenta con el respaldo del Canciller, todo es posible. – Sola asintió, un tanto sorprendida, supuse, por el apoyo que el Canciller me concedía, y después siguió con su labor, rellenando su copa de vino, desenmascarando los frutos que necesitaban desprenderse de su cáscara. La velada continuó con el apacible intercambio acostumbrado, hasta que un guardia se apostó cerca nuestro y le comunicó a Sola los requerimientos de la reina, quien pretendía la presencia de Sola en sus aposentos por asuntos de plena importancia.

– ¡Ah! ¡Pero qué difícil me es creer tal cosa! ¿Está diciendo que mi hermana me ha llamado, solicitando mi resolución? – El guardia asintió, mientras remarcaba la prontitud con la que debería concretarse el hecho. – De acuerdo, iré, aunque esto no deja de sorprenderme lo más mínimo.

Se levantó de su asiento mientras yo seguía su ejemplo, y cuando iba a pronunciar palabras de despedida, me interrumpió, alegando que mi presencia sería tan necesaria como la suya, dando prioridad al hecho de que la acompañe. Tras expresar mis dudas con respecto a su petición, por las tantas inconveniencias que aquello seguramente acarrearía, las denegó rotundamente, plenamente convencida de que estaba en un error.

– Pero general, fíjese que es usted un representante de la República, y como tal, debe compenetrarse con todas las cuestiones que rodean a nuestro gobierno.

– Seguramente su hermana disentirá con su opinión. Tenga en cuenta que si hubiera querido que participe, me habría mandado llamar.

– Anakin, no te estoy pidiendo que cumplas con los deseos de mi hermana, después de todo, ella es una reina, y no hay deseo que valga tanto como para denegar un deber. Y ese deber, querido, se te ha impuesto apenas aceptaste tu misión aquí.

– Sin embargo, no quisiera contrariar a la reina.

– ¡Por supuesto que no! ¡Nadie ha dicho tal cosa! Juzgas mal a mi hermana, quien no es una persona de rápida ofensa como crees. No hay posibilidad de conflicto ante una nimiedad como esta, adviniendo la legitimación de tu presentación en la reunión al simple hecho de ser quien eres, una tan notoria personalidad.

– No veo el motivo por el que no se rescinda de sus deseos, si como usted dice, se trata de una nimiedad.

– A mí me parece, Anakin, por tus intentos de desacreditar mi petición, éstos tan consistentes, que asedias un motivo oculto. Si no fuera porque estoy segura de que apenas tienen trato, diría que entre tú y mi hermana ha surgido alguna malquerencia.

– Se equivoca.

– Entonces no entiendo por qué tanta resistencia.

– De acuerdo, iré, pero ante cualquier dificultad presentaré una excusa, porque no tengo pretensiones de contrariar a su hermana.


La opinión de la reina al verme cruzar la puerta de su despacho, fue, a juzgar por la nula movilidad de su rostro, indescifrable. Asintió una vez hacia mí y saludó a Sola fríamente, como correspondería a un trato que sólo se concede por el rigor. En el mismo salón, en el cual fui invitado a sentarme en alguno de los canapés que lo configuraban, se encontraba el consejero de la reina y su jefe de seguridad, el capitán Panaka, según pude asegurar tras su presentación. Se sirvieron bebidas y bocados de varios sabores, más nadie probó nada. La tarde se entrevería encantadora sino fuera por las esquivas expresiones de los acompañantes de la reina, por su mutismo reservado y por los constantes signos de impaciencia que imposibilitaban a sus miembros aquietarse. Finalmente Amidala tomó la palabra, explicando con aparente tranquilidad la situación que inquietaba a su familia, aunque su mirada, tan lejos de ser impasible, tan discorde con la imperturbabilidad de su tono, ésta siempre fijándose en su hermana, denotaba a las claras un mensaje de advertencia. El silencio que prevaleció después de terminado el relato resultó tan incómodo que me replanté mi estupidez al haber aceptado ser partícipe del encuentro. Sola permanecía en un mutismo apenas controlado, queriendo romperlo pero al final desistiendo cuando abría su boca para enunciar algo pero cerrándola tan rápidamente que apenas uno daría cuenta de la acción querida a realizar. Se levantó repentinamente después de algunos minutos, se acercó sigilosamente a su hermana y se paró frente a ella, tan cerca que seguramente podían sentirse el aliento mutuamente. Teniendo la certeza de que el de Sola estaría mucho más cálido que el de su hermana, tanto lo demostraban su ceño fruncido y sus manos convertidas en puños, no me sorprendí cuando estampó una de sus manos en la mejilla de su hermana, aunque el golpe, resultando más estruendoso de lo esperado, despertó en los presentes, e incluso en mí, una alarmante preocupación. Nos levantamos esperando separarlas, y en el momento en el que tomaría el brazo de Sola para impedir que repercuta otra acción semejante, ella se apartó, se alejó unos pasos, y al volverse, su ardiente mirada reposó nuevamente en la de su hermana, mientras lágrimas furiosas resbalaban por sus mejillas, haciendo de su expresión una máscara aún más desesperada.

– Tráiganle un vaso de agua – solicitó Amidala. El encargado de hacerlo fue Tunwahuil, y en cuanto volvió para entregarle el vaso a Sola, ella se lo arrebató de sus manos y se bebió su contenido sin pararse a tomar aire.

– ¿Cómo puedes atender semejantes blasfemias? ¡Tú, que eras su hija preferida! ¿Acaso no has aprendido nada de él? – barbotó una vez recuperado el aliento. Su rostro estaba transformado como si un espectro desquiciado se hubiera apoderado de él, sus manos se movían frenéticas y su pecho subía y bajaba como si no pudiera encontrar aire, como si aquél que había en la habitación no fuera suficiente.

– No es una cuestión de creencias, es una realidad, de la que estoy tan abatida como tú lo estás ahora.

– ¿En verdad? ¿Y me lo dices así – bramó, pareciendo de tan tensa que se desintegraría en cualquier momento – como si apenas te importara? ¿Cómo si fuera un asunto más que atender en tu agenda? ¡Explícame esta insensibilidad, Padmé! Porque no puedo atribuirla a otra cosa más que al desprecio que siempre tuviste a nuestra familia.

– Sola, quise a mi padre más que a ninguna persona en el mundo.

– ¡Fuiste una traidora en el pasado! ¿Por qué pensaría que no lo seguirías siendo? ¡Eres la maldición de esta familia! ¡Te aborrezco como nunca aborrecí a nadie, y hubiera preferido que la muerte se haya hecho cargo de ti en vez de a nuestro padre!

– Cálmate, Sola – respondió Amidala, como si las palabras de su hermana no hubieran mellado en ella. – Entiendo tu enojo, pero no valdría para nada seguir ejerciéndolo. Tenemos que resolver esta cuestión como…

– ¿Cómo, Padmé? – interrumpió. – ¿Cómo si fuera algún asunto de Estado? ¿Es que esta mancha funesta en el nombre de nuestra familia no es para ti otra cosa que un perjuicio?

– En efecto, será un perjuicio sino logras controlarte.

– Oh, no te preocupes, Padmé, me controlaré – dijo con una sardónica sonrisa. – Pero no me negarás el derecho a vengarme de esa mujerzuela que se acostó con mi padre.

– Entonces reclamo prudencia, porque tu decisión no acarrearía sino más conflicto a nuestra familia, y un escándalo público de este calibre podría valernos el honor de los Naberrie.

– ¿Pero es que esto no te conmueve? ¡Insultó a nuestra madre, Padmé! – Movió la cabeza repetidas veces, como si descreyera la situación. – ¿Dónde está tu rabia, Padmé? ¿Cómo es que la noticia no te turba? – Amidala solicitó la palabra pero Sola agitó la mano, cortante, y la reina correspondió a su fastidio estándose callada, tal vez previniendo que la delicada compostura de su hermana estaba a un paso de desmoronarse. – No comprendo por qué me sorprendo, ¡si tengo una hermana que parece tener agua en vez de sangre en las venas! – Se giró, y la tormenta de su semblante se desvaneció apenas salió de la habitación, aunque el clima árido que trasmitió se apostó conforme los minutos pasaban. Amidala se aproximó a la puerta que Sola había dejado abierta y la cerró de un golpe, tal vez harta de las risas que se escuchaban desde fuera, y los comentarios, tales como "¡agua en vez de sangre!", que se escurrían de los labios femeninos, que suponía, pertenecían a sus doncellas. Ella se aproximó, un tanto vacilante y pensativa, pero al poco rato se recuperó, enderezándose y suavizando sus gestos, pidiendo con amabilidad rigurosa que tomemos asiento y olvidemos lo sucedido. Me permití quedarme allí, algo expectante, porque todavía no concebía el motivo de mi permanencia y estaba inseguro sobre el lugar que ocupara en aquella reunión.

– Debería quedarse, general, porque tal vez este asunto le corresponda a la República – dijo Amidala, percatándose de mi inquietud y desterrando mis dudas. – Algo que no deja objeto a discusión es que iré a Lanca inmediatamente, para poder contrarrestar los posibles deseos de aquella mujer si quisiera darse a conocer.

– Déjeme disentir entonces, Su Majestad, porque su justificada, aunque inconveniente, pretensión, se vería superpuesta con la misión de infiltración.

– Por supuesto, Panaka, que he pensado en ello. ¿Pero no sería entonces más oportuno que no me encontrara presente y así confinar todo ápice de sospecha que podrían conjurar los separatistas de que algún movimiento se llevaría a cabo en esos días? He encomendado la dirección de los preparativos a un agente tan extremo en confianza que sería un insulto vacilar de su disposición. Palo Westi se encargará de la encomienda, y presumo que cualquiera que haya escuchado su nombre podría al instante relacionarlo con el mío y saber que entre nosotros no existen diferencias. – Me removí en mi asiento al escuchar los elogios derivados de aquél hombre, que en alguna oportunidad, presenciando la comodidad con la que aceptaban su cercanía, había supuesto que la profesionalidad entre ellos no era la única relación que los asociaba. Tanto Panaka como el consejero de la reina asintieron, convencidos, pero esa confianza tan descarada, hacia un muchacho que dudaba me sobrepasara en años, despertó tantos recelos en mí que me negó toda posibilidad de asentir en respuesta.

– La República no entiende de su relación con Palo Westi, Su Majestad – dije, y todas las miradas se instalaron, tal vez con un deje de incredulidad, en mí. Dándome cuenta del error en el que me había sometido al contradecir con tanta prepotencia a la reina, y más sin conocer cómo procedería ante semejante imposición, agaché la cabeza, un poco turbado, aunque luego la levanté, dispuesto a continuar sólo por la obligación que me confinaba el justificar mi arranque. – Estoy diciendo que no sabemos nada de él, que es sólo su ministro de justicia, y que no tenemos ninguna garantía de que le fuera leal a usted.

– ¿Cómo pretende saberlo, general? Si usted ha incurrido en Naboo hace apenas algunas semanas.

– Simplemente no he visto en ese lapso evidencia suficiente capaz de contrarrestar mis dudas con respecto a este chico – repuse, con un desafío que pareció un chiste cuando la reina negó con su cabeza, sonriendo incrédulamente ante mi suposición.

– No estoy pidiendo su aprobación, general.

– Pues no la tiene – consentí, aunque me arrepentí del calibre retador con el que decoré mis palabras al reparar en la expresión de la reina, quien dejó de lado su indiferencia para recobrarse, enervante, con unos ojos chispeantes que por poco me amedrentaron. Traté de asentar la seriedad de mis palabras en mis ojos cuando le sostuve la mirada, aunque ella desistió, sin intimidarse, cuando consintió mis temores y pidió que confiara en su juicio, en una actitud negociadora que poco tenía que ver con la irritación que seguía asomando en sus ojos. Yo asentí tras seguir la mirada de la reina, que se había entretenido fugazmente en su consejero y el capitán Panaka, ambos escrutándonos inquisitivamente ante el intercambio acontecido.

– Iré holgadamente, sin la presencia de guardias que posibiliten un reconocimiento y sin ninguna atadura que me asemeje a la reina de Naboo – prosiguió, tal vez inmune a la severidad con que el capitán continuaba mirándome, aunque cuando Amidala terminó aquella frase, éste despertó de su trance, enfocando su atención en las recién susodichas palabras, y consiguió hacer de sus dudas sobre la ausencia de seguridad con la que viajaría la reina una premisa insondable, solicitando que se precaviera del peligro, acusando su osadía como innecesaria. Amidala suspiró, casi imperceptiblemente, ante la firmeza con que se respaldaba su jefe de seguridad. Aquello me resultó lo gracioso que se necesita para soltar una carcajada, más me contuve, adviniendo mi repentino regocijo a lo desquiciante que a la reina le resultara que la contraríen, y lo difícil que le era mantener su compostura cuando no era ella la que llevara la razón. Tal vez su juicio se vería finalmente martirizado.

– Queda descartada de toda réplica mi decisión, siendo ésta impulsada únicamente por la importancia de mantenerme en incógnito y poder desviar las atenciones enemigas a otros flancos que no fuera el mío. Con la presencia de una cuadrilla, y esta repleta de sus ornamentos y demás atavíos, quedaría expuesta mi persona a quienes sientan curiosidad por ver en quién se deposita tanto alarde de seguridad. Y le aseguro, capitán Panaka, que aquellos no serán pocos, puesto que el número de personalidades que transigen las paredes de sus castillos y fortalezas en esta época, y que podrían presumir de una guardia como la que usted propone, es tan limitado que podría conferírsele la categoría de nulo, y usted sabe, o me imagino que su experiencia se lo confirma, que lo inusual despierta, en todos aquellos débiles de espíritu, una chispa que reanudará su vida con el simple objetivo de poder dar a conocer, al mayor número de personas, la nueva noticia de la que tienen primicia, y que por el simple hecho de contar con una novedad en sus monótonas vidas, superará la jactancia de saberse de ella cualquier conveniencia hacia el bien de su planeta, como lo sería el ocultar la presencia de su reina.

– Creo conveniente, entonces, que viaje con guardias, éstos desprovistos de su etiqueta oficial, para no despertar sospechas y que para que su tramoya prevalezca en la ignorancia.

– Sin lugar a dudas, se necesitará un guardia, pero no muchos, capitán, porque el porte y la grandeza de ellos también revelará su condicionamiento, y hay quienes, de tan observadores, consagrarían la presencia de una mujer con varios hombres bien fornidos un hecho que sino es extraño, podría resultar inmoral. Imagínese, capitán, cuando tal cantidad de hombres me acompañen dentro de la pequeña casa de la madre de mis hermanos, que me figuro, será en un suburbio donde sus vecinos se desviven por la habladuría. Empezarán entonces reprobando la presencia masculina, inmiscuirán a la madre en escándalos sexuales, y su reputación se vería tan descarrilada que tendría, tal vez, que irse de aquél lugar, desprendiéndose de todo lo que conoció en su vida. Porque no hay más tristeza que la que se siente ante una marginación social, capitán Panaka. Me imagino que su alma es tan compasiva como merece de ella que se lo comprenda.

– Lo comprendo, Su Majestad, pero usted ha alterado el relato en un tejemaneje, y supongo que seguirá tejiéndolo a medida que presente objeciones a su modo de ver las cosas para que consiga salirse con la suya en toda oportunidad.

– En ello reside mi arte, capitán.

– ¿Cuál es su requerimiento, entonces, Su Majestad? No quisiera continuar con una réplica que ya conoce vencedor.

– Me vestiré como una simple muchacha, tal vez algo campestre para pretender ser inofensiva, acompañada de un solo guardia, también con la misma alteración de vestuario. – El capitán Panaka comenzó a quejarse, comprendiendo aquello como una locura, pero al final rindiéndose ante la promesa de la expresión de la reina, que presagiaba el proseguir la conversación hasta exprimirla con tal de que su voluntad se llevara a cabo. Amidala, supuse, para conseguir que el capitán no se viera reducido a simplemente aceptar sus órdenes sin contribuir, le permitió que eligiera a un hombre de su confianza para ser de su acompañante, y éste, después de haberlo pensado un momento, decidió que su sobrino, un tal Typho sería el más adecuado para el cargo. Aquello me desbarató totalmente, porque mi todavía orgullo herido, que no se recuperaba de la reducción sufrida a causa de Amidala, quien había restado importancia a mis réplicas como si se tratara de una impertinencia, ansiaba recuperar su terreno, y haber pedido a la reina que fuera yo su acompañante y no aquél soldado llamado Typho, podría haberla inquietado lo suficiente como para ponerla en su lugar. Tal vez fuera el consistente aplomo con el que Amidala respaldaba su decisión de verse acompañada de un solo guardia, lo cual era tan irrazonable que me resultaba poco creíble que haya sido propuesto por alguien tan precavido como ella era. Más su apatía no era para mí una novedad. El recuerdo de ella en los bosques se me presentó tan nítidamente en mi mente que resultó un claro recordatorio de la osadía con la que Amidala podría dar uso en algunas ocasiones, todas éstas lejos de su vida palaciega, y como tiendo a suponer, causadas por un objetivo lo significativamente suficiente para que, contra todo pronóstico de su carácter, la reina se enfrascara en ir a Lasca a convencer a una mujer de mantener su boca cerrada, como si aquello fuera algún asunto del cual su presencia fuera imprescindible. Aquél motivo oculto, aquella predisposición errática al ponerse en peligro innecesariamente, hicieron que me levantase precipitadamente de mi asiento, y que ante todas las miradas que se superponían en mi persona, sentenciar, con toda la firmeza con la que podría cargar mi voz, que yo sería otro acompañante para la reina en su viaje.

– De ninguna manera – respondió, apenas hube terminado mi sugerencia, la reina. Ella se me acercó, con toda la pomposidad e impavidez con la que solía imponer su juicio, desafiándome a que la contradiga. – Su deber es con Naboo, no conmigo, y su misión reside aquí, dentro de los confines de nuestra capital. No contradiga las órdenes que les fueron dispuestas, general.

– Tiene razón, Su Majestad, mi deber es con su planeta, pero la misión que se me dio fue clara: Impedir, por todos los medios, que los separatistas tomen Naboo. El que usted se embarque en esta misión, sin la seguridad adecuada ni las aptas condiciones requeridas para un viaje estable, la pone usted, el monarca al que el planeta se debe, en una situación que se fía sólo del riesgo y que no es recomendable para nadie al que se desee mantener con vida. Imagínese, Su Excelentísima, que se descubriera su identidad. La posibilidad de que usted vuelva con vida se convertiría entonces en un anhelo, tan próximo a deshacerse como correspondiera suponerlo ante tal número de enemigos con los que cuenta. La República teme por su seguridad, Su Majestad, un temor que sólo estará confortado si cuenta con la protección que puede dar la misma.

– Usted debe velar y temer por la seguridad de Naboo, general, no la mía.

– Se lo voy a decir en pocas palabras, Su Majestad, le ruego me perdone mi brusquedad. Si usted muere, el trono quedará vacante, porque no hay a quién heredarlo, dado que usted no tiene hijos y a su hermana se la desproveyó de cualquier título. Esta situación querrá ser aprovechada por tantos quienes se creen con derecho a reinar, y sé, porque lo he visto en otros lugares, que la pugna por el trono debilita la política, y un planeta debilitado puede ser aprovechado por aquellos que ante las defensas de antaño frenaban sus maniobras. La República evitará su muerte porque su persona en el trono tal vez fuera el único baluarte que mantiene a su planeta aliado a nuestras fuerzas. – La reina no dejó de mirarme mientras hablaba, prevaleciendo como única muestra de su disgusto la presión que parecía ejercer en su mandíbula, siendo su procedencia la línea que formaban sus labios.

– No soy una niña, general, no crea que soy como aquellos infantes que han sido consentidos por la extravagancia en la que se criaron. Todo esto que ve – y señaló con su mano la extensión de la habitación – es una referencia que ocupa una minúscula parte de mi infancia, la cual es más apropiada definir en una campaña que dentro de estos muros de oro. A los cinco años fue cuando acompañé a mi padre a las conquistas, y vi cosas que le aseguro ningún niño tendría que ver. Mi vida se remontaba a reducir al enemigo, mi razón era la de continuar existiendo. Nadie se figuraría que mi crianza fuera la de una princesa, pues porté armas apenas hube caminado, vi hombres morir a la edad que no merecía conocer la muerte, crucé bosques y montañas mientras el crudo invierno me amenazaba, hiriente, mientras creía que no soportaría más, y siendo adolescente, eclipsada por la rapidez de los hechos e inexperta en cualquier aspecto que corresponde a esa edad, me obligaron a hacerle frente a la muerte de mi padre, sintiéndome en silencio impotente por haberme sido la justicia de su asesinato denegada, y ahora, todavía sin encontrar la paz, me aferro sólo a mi misma en la encrucijada por el poder. No le voy a mentir, general, no le confío, pero es porque mi seguridad sólo la deposito en mí misma. Llámeme arrogante si quiere, pero yo sólo me considero precavida porque no hay lealtad que se mantenga estable más que la incondicional de la familia, y usted sabe que yo de familia carezco. Una reina no debe confiar, pero sí que otros lo hagan por ella. Le agradezco, entonces, que se preocupe por las posibles alteraciones de Naboo, pero es su preocupación lo único de lo que podrá hacer alarde. Tendrá que ser la confianza en mi juicio lo que posibilite tranquilidad a la República. Y si no puede depositarla en mi sensatez, le puedo asegurar que conozco tanto a este planeta como usted conoce a la galaxia, y que mi entrenamiento puede soportar defenderme en caso de que mi encubrimiento se vea desmoronado. Le pido, general, que confíe en mí, y se abstenga de intervenir en un asunto del que si lo necesitara, se lo pediría, porque mi orgullo nunca fue ni será tan grande como lo es mi deber. Pero sí haré algo que nunca he hecho, y es entregarme a su juicio, sabiendo que obrará correctamente si la oportunidad lo requiere. – A pesar de que quería con todas mis ansias contrarrestar su punto de vista, no pude hacerlo, pues las palabras no me venían y aquella confirmación última me dejó algo atontado, aunque luego supuse que lo había hecho para conmocionarme y evitar que desacreditara su veredicto. El capitán Typho sería su único acompañante y su viaje, secreto, a partir de la decisión de Su Majestad de que lo dicho dentro de este cuarto quedaría salvaguardado como si de una confidencia se tratara. La reina se despidió y sus pasos resonaron quedamente, apenas percibidos por el leve roce contra sus faldas, y se escabulló por la puerta de su alcoba, donde seguramente se desvestiría para tomar un baño o para sosegarse entre sus sábanas. Dispuesto a que la imagen de Amidala desnuda desapareciera de mi mente, decidí salir de aquél lugar. Más aquella acción nunca pudo concretarse. Mis pasos se detuvieron apenas llegué a la puerta, y unos segundos después, escuché al capitán Typho llamarme por mi nombre.

– Convenza al Canciller, Skywalker, para que interceda en la decisión de la reina. – Asentí, comprendiendo que tal vez Amidala pudiera someterse a un semejante. – La pelea por el trono será la menor de nuestras preocupaciones si la reina llega a morir, porque el pueblo no tolerará haber perdido al único gobernante que creen que les dará la paz. Y la estabilidad de este planeta nunca se logrará con una masa alborotada. Protéjala, general, hágalo con su vida.

– Lo haré.


– Le haré saber a la reina que deberá viajar con una guardia, entonces. Ella no opondrá resistencia cuando la República se lo ordene, e intentará complacerme por ser yo el que se lo sugiera. – La expresión afable de Palpatine se apreciaba a pesar de lo diminuta de la imagen y la alucinación fantasmal que hacía de ella el holocomunicador, mientras su característica sonrisa adornaba su expresión, resultando un rostro más amigable, y pareciendo un hombre ordinario en vez del Canciller de la República.

– Los consejeros sugieren que sea yo el que acompañe a la reina, Su Excelencia.

– ¿Sus consejeros? – Hizo una pausa, como si estuviera planteándose el razonamiento de los consejeros. – ¿O eres tú el que lo pide? – insinuó.

– Yo… – La lengua se me trabó haciendo de mis palabras un borboteo. Maldije a mi sonrojo por haberme delatado, aunque agradecí que la imagen del Canciller fuera proporcionalmente insignificante, tal vez si estuviera en su presencia su vivaz inteligencia hubiera captado la causa de mi vacilación.

– Anakin, hijo – susurró, como si tratara de confortarme, demostrándome que no necesitaba estar en frente mío para entender mis pensamientos. – Padmé es una mujer preciosa y admirable como pocas. Creo que todavía no he encontrado a quien se le asemeje en espíritu y firmeza. Pero ella también es una reina.

– Lo sé – dije con el particular tono de un adolescente arrepentido por una reprimenda.

– Olvídate de tus sentimientos, Anakin, porque temo que saldrás lastimado si te comprometes con ellos. – Traté de que mi compostura no se aplome, dejar que el Canciller supiera cuán fuerte era el compromiso que me unía a ella podría ser desencadenante de una orden de regreso, y que se me aleje lo más prontamente posible de ella no era algo compatible con mis insensatos deseos. – No hay para ella nada más importante que su sentido del deber. Aunque te corresponda en sentimientos ella no se entregará. Es reina por encima de cualquier otro rol.

– ¿Cree que me correspondería? – solté, aunque con una rapidez de la que luego fui consciente, y de la que por supuesto, me arrepentí.

– Por supuesto, Anakin. Eres un joven extraordinario, y ella también. Ambos destacan entre tanta mediocridad. Me atrevería a decir que si te conoce, no podría evitar, aunque quisiera, enamorarse de ti. Pero no te ilusiones, Anakin, porque como he dicho, no hay persona más devota a su causa que Padmé Amidala, ni de una voluntad tan inquebrantable como para desviarse. Preocúpate por su bienestar, Anakin, pero no busques una relación.

– Nunca he aspirado a tal cosa, Su Excelencia. – Esperaba que el Canciller pudiera captar, detrás del énfasis dispuesto, la verdad de mis palabras. – Sólo pretendo protegerla, por el bien de la República.

– Consentiré que la acompañes, y le hablaré bien de ti para que no ofrezca ningún recelo a mi petición.

– Su Excelencia. – Bajé la cabeza, en señal de sumisión, y la imagen titiló antes de apagarse.


Padmé.

El enojo se cernió sobre mí y supe que estaba repercutiendo en mis modos. De repente usaba un tono más brusco de lo normal, o me sentaba sin recato en una silla, como si me dejara caer pesadamente en ella, sin ninguna consideración por aquellos que me rodeaban. Cuando trataba que mi cordialidad se viera natural y no forzada, recordaba el motivo de mi disgusto y me advenían nuevamente las ansias de romper los jarrones o tirar algún mueble por la ventana, pero me contenía, como una reina siempre hacía, y trataba de disipar mi indebido humor conjeturando cómo resolvería la situación luego. Porque el que Anakin Skywalker, no más que un espía amenazante y astuto, siguiera cual una sombra mis movimientos en Lasca, era tan inoportuno como irritable. A punto estuve de convocar a la guardia que con tanto ahínco mis consejeros proponían, con tal de no encontrarme en la soledad junto con ese hombre, con tal de no preocuparme por cómo se fuera a comportar.

– Oh, mal momento. – La ironía de su voz me hizo abrir completamente los ojos, y en ese leve lapso mis cejas dejaron de juntarse, para ceñirse nuevamente tras percatarme de que Palo fue mi remitente.

– Serás el regente. No hagas tonterías porque volveré pronto.

– Trataré. – Prorrumpió en carcajadas, pero aquello no me alivianó. Deseé encontrarme en un lugar donde la cortesía no fuera un reglamento, sólo para poder tirar de mi pendiente y embocarlo dentro de su boca. Tal vez con ello dejara de reírse. – ¿En verdad es necesario que acudas? A veces pienso que tú eres la única que mantiene el orden en nuestra corte, que si no estuvieras aquí, se corrompería de tal manera que sería imposible resolverlo.

– No dudes de tus aptitudes, Palo. Te necesito, te lo pido como reina… y como amiga. – Palo asintió, contento de que lo reconociera hasta el punto de que le permitiera gobernar en mi ausencia. – Pero volveré en breve, y en cuanto no hayas cumplido tus obligaciones perderás mi confianza – rectifiqué, porque no olvidaba su extraño comportamiento. El hecho de que lo haya visto divagando por los recovecos del castillo y que él mismo me haya insistido, como si mi vida dependiera de ello, que deje de hacerlo, despertaba en mí algunos resquemores, aunque me dolía tenerlos, puesto que Palo, mi amigo de la infancia, mi más cercano confidente, tal vez fuera la única persona en toda la corte de la que tengo el pleno convencimiento de que me debe su lealtad.

– Supongo que no me contarás por qué irás a Breegha, cuál es el motivo urgente que te impulsa a dejar la protección del palacio para ir a visitar una ciudad en la que sus asuntos bien podrían resolverse enviando un embajador.

– No, no te lo contaré, porque no iré a Breegha. – M erguí en mi estatura, mientras entrelazaba mis manos por delante, acercándome despacio a su posición. – Mañana viajaré a Lasca de incógnito. Nadie lo sabe.

– ¿El viaje a Breegha es una tapadera? – Asentí, y le lancé una mirada elocuente, para ver si por sí mismo podía llegar a la conclusión que podría dilucidarse de mi viaje a Lasca, para enterarme de si conocía los detalles de las libertinas costumbres de mi padre. Pero no atisbé comprensión alguna en sus ojos, por lo que supuse que no lo sabía, que no había otra persona más que me haya escondido la verdad.

– Te lo diré, Palo, porque creo que la confianza que ambos consolidamos es suficiente excusa para hacerlo. Iré a Lasca, porque allí se encuentra la amante de mi padre y los hijos que dieron fruto esa impúdica relación. – La reacción de Palo fue, como corresponde a un carácter extravagante como el suyo, sorpresivamente exagerada. Pero se recompuso, cuando entendí, no comprendía totalmente mi resolución. – Oficialmente iré para acallar posibles chismorreos, pero aquello también es una tapadera, en parte.

– ¿Cómo?

– Entiendo que mi padre tampoco tenía motivo alguno para ir a Lasca, ningún asunto planetario lo requirió, como así me lo demostraron los archivos que consulté. Su presencia allí era por demás innecesaria.

– Habrá otra razón, entonces.

– Exacto.

– Podría ser que haya conocido a la mujer aquí, que haya descubierto su residencia y que haya decidido, de incógnito, visitarla.

– No es posible, es una campesina, carente de medios para venir a la corte, y Ruwel nunca fue tonto ni insensato como para mantener su romance dentro de las paredes del palacio. Mi padre ha ido a Lasca, por alguna razón desconocida, y la ha conocido allí.

– De acuerdo.

– El negocio de esclavos podría haber sido el fundamento, y como no he conseguido depositar mis dudas en ningún otro lugar, a Lasca podría conferírsele la sospecha de haber sido el centro de operaciones.

– Sí, es totalmente acertado. Debes ir, Padmé – dijo, con el entusiasmo pintando de alegría sus rasgos.

– Hay un problema. – Su expresión decayó, como si le hubieran asestado un golpe, como si considerara de pronto la causa como perdida. – Tendré dos acompañantes, que me vigilarán día y noche, por lo cual escabullirme será entonces una dificultad.

– Estoy seguro de que nunca llegará el día en el que me entere de que no has podido hacer algo que te hayas propuesto antes.

– No seas apresurado, Palo, porque quien me acompaña es Anakin Skywalker y no dudo de que no dejará de asediarme ante el menor descuido que cometa. – El rostro de Palo se desfiguró al escuchar el nombre del general, juntando sus cejas hasta el punto de tocarse, y su compostura se dislocó, como si la mera mención de su nombre le quemase.

– No me gusta, Padmé, no me gusta nada.

– Nada puedo hacer, Palo, salvo confiar en que mi discreción superará su suspicacia.

– ¡Sí puedes hacer algo, Padmé, eres la reina! – barbotó, crispándose su rostro. De repente el ambiente me pareció más pesado. – ¿Quieres estar con él, verdad? Te gustaría estar esos días sola con él, y por ello me dejas aquí, haciendo el trabajo difícil.

– ¿Cómo puedes pretender tal cosa?

– ¿Te piensas que estoy ciego? – Las palabras sonaban atropelladas, apenas consiguiendo coherencia. No me amilané ante sus exageradas conclusiones, ante los desaforados gritos que colmaban con estridencia la habitación. – Los he visto, Padmé. El otro día, en el salón de baile, cómo él te apretaba contra sí, como si fueras suya.

– No tengo por qué darte explicaciones, Palo Westi.

– ¿Lo admites, entonces?

– Si tuviera una relación con Skywalker, que no fuera profesional, no sería de tu incumbencia como para admitirla ante ti. Vete, Palo, regresa cuando estés más calmo y consideres que puedas contribuir a una conversación con decencia. – Palo se fue, con una expresión sumida en la amargura, como si de repente hubiera tomado consciencia de sus palabras y se haya arrepentido de ello. No me preocupé, porque Palo siempre volvía, poco importaba lo que aconteciera entre nosotros, él siempre volvía a mí.


La ceremonia de despedida se llevó a cabo tal como lo figuraba, con todo el esplendor de la corte nabooniana, para que todos en el reino supieran que su monarca partía. Los guardias se apostaban a los flancos del ancho camino construido, cual como un manto azulado, se extendía hasta dar con la nave que nos transportaría a destino. Mis damas de compañía caminaban detrás de mí, mientras saludaba alegremente al pueblo, congregado detrás de la estacada que limitaba su despliegue, felices y enardecidos, como si cada uno de ellos quisiera que su reina los recordase. Palo me esperaba al fin del recorrido, ya abandonada su rabia, ya olvidada nuestra discusión, resplandecía con una sonrisa en su rostro, y miraba grandilocuente a la multitud, como si aquél clamor le perteneciera. Tal vez si no lo hubiera reconocido como mi regente, no hubiera encontrado una excusa para disipar su enojo, pero como ahora veía elevada su posición, no había reclamo capaz de atenazar sus ánimos, de borrar esa chispa en sus ojos, que sin embargo, podía esfumarse al menor atisbo de discordancia. Por ello mi trato se basó en la cordialidad, siendo indulgente para con sus faltas, no recriminándolas, porque poco podía hacer yo, de tan lejos que me encontraría, ante un regente, que en vistas de su disgusto conmigo, atenazara por despecho la estabilidad de mi gobierno. Confiaba en su persona, tal como lo había hecho siempre, pero no en su carácter volátil, que ante el menor roce, se podría volver en mi contra, aunque sabía, por la amistad concebida hace años y el cariño que me profesaba, que bien se arrepentiría luego, que vendría suplicante portando mil pretextos bajo su manga, y que su alma no encontraría la paz hasta obtener mi perdón. Palo nunca soportaría tal rechazo de mi parte. Para evitar malquerencias, le había encargado escoltar a un sirviente a Anakin Skywalker antes de que Palo aparezca en la escena. De ese modo, el talante orgulloso de mi amigo no sufrió altibajos, sólo contribuyendo al espectáculo con sonrisas y halagadoras palabras para mí. Las doncellas me siguieron obedientes cuando crucé el puente que llevaba a la nave, todas ellas ataviadas con sus velos, impidiendo a los concurrentes atisbar sus rostros. Se despojaron de ellos una vez dentro, y distintos rostros desconocidos se presentaron ante mí. Yo asentí una vez hacia ellas, para luego encerrarme en mi cámara privada, donde esperaría ansiosamente la llegada a Breegha. Me encomendé a revisar cuantiosos archivos, aunque después de aburrirme, los dejé de lado para entretenerme con algunos juegos que se arrinconaban en una esquina. Pensé en mi vida solitaria, en la imposibilidad de tener más amigos que mis damas de compañía, por lo menos oficialmente. Todavía recordaba cuando Palo se escabullía por la noche para visitar mis aposentos, donde jugábamos al sabacc durante horas, partidas de las que me regodeaba al haber vencido en la mayoría de las oportunidades, o interpretábamos historias, envolviéndonos en túnicas para parecer entes del desierto, o adornándonos con tocados y abalorios como los reyes de las grandes cortes de la galaxia. Eran tiempos en que nos ocultábamos en la sombra de la noche para reír y fantasear, que nos distraíamos de nuestras preocupaciones, aquellas de las que volvíamos a ser conscientes al alba de la mañana.

Cuando llegamos a Breegha, un gran cortejo nos esperaba. Saludé amablemente al gobernador, quien se inclinó reverente a mis pies y luego se levantó para besarme la mano.

Esa noche nos ofrecieron un banquete digno de reyes, con tres largas mesas arrinconadas a las paredes, para que los concurrentes pudieran presenciar el espectáculo que se libraba en el centro. Fue una noche ociosa, pero en ningún momento olvidé mi causa. Esperaba ansiosamente el momento de mi mascarada, mientras trataba de corresponder al gobernador, quien sentado a mi lado en una silla más baja que la mía, me colmaba con tantos halagos que pensé que si no fuera yo la reina se debería a que intentaba cortejarme y no para buscar beneficios para su provincia, como era la intención de todos los políticos que se me acercaban. Con ingenio y diplomacia desestimé sus pretensiones, hablándole del gran costo que el bloqueo me ocasionaba y de los grandes esfuerzos que suponía mantener a los separatistas en su sitio. Luego le agradecí el tan satisfactorio festín y el tan armonioso espectáculo, para que no pensara que mis intentos por reducir sus requerimientos fueran una displicencia. El gobernador se sintió complacido, y dejó de insistir, sólo dirigiéndome la palabra como el rigor establecía. Tuve que soportar la fiesta hasta llegada a su fin porque se hacía en mi honor y sería desdeñoso retirarme antes. Encontraba en las muecas de Skywalker un deje de fastidio, aunque como solía ser su expresión habitual, no me importuné por ello. Mientras tanto, el joven capitán Typho, con el que había intercambiado algunas palabras en el viaje, se encontraba rezagado en una de las mesas circundantes, tan serio que resultaba indescifrable. El gobernador se levantó y pidió la palabra. El que se haya apartado dejó de impedir con su robustez que avistara a Skywalker, quien sentado al otro lado del gobernador, levantó una ceja, como apresurándome para que terminara. Aquello me resultó todo lo inadecuado que podría llegar a ser que un soldado me expusiera una protesta. Pero él no era un soldado, bien era un general, y con su rango podría regodearse de ocupar el mismo sitio que el mío, a los flancos del gobernador. Tendría que acostumbrarme a tratarlo como a un igual, y consistir más cuando no me desempeñe como reina. Mi rostro continuó impasible, y luego incliné la cabeza hacia al gobernador, como si no lo hubiera visto. Tal vez no fuera adecuado elevar a Skywalker a mi nivel, no soportaría arriesgarme a que se tome libertades. Y sin alguna queja que replicar, continué con los festejos hasta bien entrada la noche, para que el general advierta cuán en serio son tomadas sus sugerencias.


Dormé resplandecía en mi vestido dorado. Era muy parecida a mí, pero aquello no engañaría ni al más insensato.

– Ponte el velo. – La doncella se ocultó bajo la fina tela del ornamento, sólo sus ojos consiguiendo destacar. – Así nadie podrá reconocerte.

– ¿Pero qué excusa presentaré, Su Majestad? Usted acostumbra a no ocultarse con sus vestiduras. ¿Qué diré cuando se extrañen?

– No tendrás que responder ante nadie, serás la reina y nadie te preguntará. Pero asegúrate de sugerir, en una conversación casual, que estás de luto por la muerte de tu madre, que llevas puesto este código durante el mes de su fallecimiento.

– De acuerdo, Su Gracia.

– Nunca te excuses, Dormé, una reina nunca lo hace. Sólo imparte órdenes, habla con tacto distinguido, sé reservada al hablar, y cuando no quieras responder ante algún asunto del que no sabes, desvíalo hacia otro tema.

– No sé si lo haré bien, Su Majestad. – A pesar del velo que cubría su rostro, pude captar en su tono de voz la aflicción que le causaba no cumplir con mis demandas. Le dediqué una sonrisa comprensiva, la tomé de las manos, temblorosas por el contacto.

– Una reina nunca duda, ni se incomoda, ni se amilana. Piensa que eres Padmé Amidala, con una determinación consistente, con una gracia calculadora. – Dormé asintió, aunque sus ojos continuaban desesperanzados. – No lo olvides, Naboo ha puesto su confianza en ti, su reina lo ha hecho. Si estás ahora aquí, es porque creemos en ti y sé que nunca me decepcionarás. No pido que hagas más que confiar en ti misma. ¿Podrás hacerlo?

– Si, Su Majestad, lo haré.

Las demás doncellas se apiñaron detrás de Dormé, comprendiendo su modo de obrar. La siguieron por los pasillos del castillo de Breegha, mientras yo me retrasaba hasta quedar al fondo de su séquito, compartiendo su modo de vestir. El capitán Typho se cruzó en nuestro camino, y después de hacer una reverencia a la supuesta reina, se acercó a mí, comprendiendo la maniobra.

– Soldado Typho – dije para que sólo él escuchara, aunque al rato la comitiva se detuvo, y como si hubieran sabido que me había demorado, se giraron al unísono, vacilando su modo de proceder. – Por favor, sigan, aquí nos separamos. – Todas se apresuraron a continuar, y al cabo de un rato, sólo conseguí divisar un punto naranja, correspondiente a las túnicas de mis doncellas, luego desapareciendo cuando traspasaron a la otra habitación.

– Parecen entrenadas.

– No son las atolondradas mujeres que acostumbran acompañarme, por supuesto. Son guerreras, y las he conocido por haber sido entrenadas junto a mí hace unos años. – Typho asintió, pero pude atisbar la duda asomando a sus ojos. – Son discretas y letales. Una combinación de lo más favorable. Le aseguro, me deben su lealtad.

– La lealtad es traicionera, Su Majestad.

– Lo sé más que nadie, pero me hubiese arriesgado más si las tontas chismosas de mis damas me acompañaran. No son capaces de guardar un secreto, me darían la espalda con tal de tener una habladuría más que auspiciar en la corte.

– Entiendo. – Supe que lo hacía, podía ver cómo recordaba el ahínco con que mis doncellas habían propagado los insultos de Sola, con cuánta malicia habían intermediado, sólo para contar que mi propia hermana consideraba mi sangre rebosante de agua en vez de sangre, y lo vi mirarme y comprender que no me importaba, que acaso no había nada que me molestase y que fuera capaz de hacerme interceder. – La admiro, Su Majestad. – Incliné la cabeza y luego le pedí que dejara de llamarme de esa forma.

– ¿Ya sabe cómo viajaremos?

– En efecto. Será…

– ¡Aquí están! – vociferó Anakin Skywalker. – ¡Me dejaron al margen! Por poco echo a perder el plan al enterarme de que la reina era falsa. Por poco armo un escándalo.

– Confiamos en que se percataría – dije, todavía mirando al soldado.

– ¡Pues lo hice! Pero podría haber fallado.

– Pero no lo hizo. Por favor, soldado, continúe. – No supe cómo habría tomado Skywalker mi desaire, pero poco me importaba su amargura si con ello debía de comprender que bajo ningún concepto se ganaría mi atención. El capitán no objetó, sólo se limitó a proseguir su explicación, describiendo de qué manera nos desenvolveríamos una vez en el buque de carga. – ¿Ya le ha explicado al gobernador a qué deberá su ausencia?

– En efecto, tal como usted ha ordenado.

– ¿Lo creyó?

– Entiende que debemos resolver asuntos militares de importancia en el terreno, y lo cree necesario, además.

– Bien, si no hay impedimentos, entonces debemos partir.

Había dispuesto que viajáramos como campesinos, y así fue. Parecíamos otro grupo de personas que añadir al panorama, aunque el rictus de seriedad que por costumbre componía el rostro de Typho, y la fruición del ceño que endurecía los rasgos de Skywalker, aunque veía esto último con regocijo, no parecían combinar con el talante alegre de los habitantes que se paseaban por alrededor nuestro, aunque bien podría contrarrestar nuestra severa imagen si el velo permitiera que mi sonrisa se avistara. R2D2 revoloteaba alrededor nuestro mientras silbaba alegremente cuando captaba la atención de algún niño. Me dejé llevar por aquella escena, por las risas del niño cuando el droide pitaba enardecido cuando éste lo tocaba demasiado para el propio gusto del astromecánico, sabiendo que tal vez este fuera el único momento en el que disfrutaría de ver una acción tan mundana e inocente como aquella.

– No llamemos la atención y mantengámonos apartados de la gente – nos dijo el capitán una vez estuvimos por subir al buque, o más bien a mí, puesto que Skywalker había desaparecido por la puerta del buque sin siquiera esperarnos. – Es impredecible – comentó, refiriéndose al general. Yo me callé, puesto que no entendía del todo por qué Typho hacía tal comentario, pero supuse que no había sido su intención compartirlo conmigo. Después de todo, no osaría suponer que respondería agravando al general.

Busqué a Skywalker apenas nos encontramos dentro, y al poco rato lo encontré, rezagado en un rincón junto a Artoo, mientras este se dejaba toquetear los cables por el muchacho, quien parecía trabajar arduamente en su empeño. No nos dirigió la palabra cuando nos dispusimos cerca de él, ni nos interrumpió cuando empezamos a conversar comedidamente. Seguía aplicado al droide, como si aquello fuera la tarea más interesante jamás hecha. A poco rato me olvidé completamente de su mal humor, cuando percibí mi implicación en una circunstancia aún más incómoda.

– Nunca he conocido a nadie que antepusiera sus beneficios a una causa común más amplia, como lo hizo usted, cuando repartió sus facultades a distintos órganos de su gobierno.

– La democracia se basa en la repartición de poder, en el predominio de distintas voces.

– Pero usted ha consentido aquello, que se le quitara su poder, y no he conocido gobernante más que usted que lo haya dispuesto.

– Se equivoca, hubo muchos como también habrá más.

– Porque el contexto les impidió conservarlo. Pero a usted nadie la presionaba, fue su voluntad noble y la creencia en sus principios, los que la llevaron a proclamar tan admirable resolución. Nunca habrá nadie como usted, ni como reina, ni como mujer. – Los ojos de Typho se abrieron, como si apenas pudiera creer lo dicho, y se levantó abruptamente, rehuyendo mi mirada inquisitiva. Lamenté que no se haya quedado, porque de esa manera hubiera aplacado cualquier insinuación posible, si es que acertaba en que aquello fue algún tipo de declaración. Ladeé la cabeza para comprobar si Skywalker había escuchado, y lo sorprendí mirándome, aunque no se apartó.

– ¿Y usted qué cree, general? ¿Soy tan admirable, como reina y como mujer, como lo supone el soldado?

– Depende.

– ¿De qué? – Skywalker sonrió, como si aquello le pareciera divertido.

– ¿En verdad le importa lo que pueda pensar? No parecía muy interesada hoy.

– Sólo me preocupo por mi bienestar, debo saber lo que piensa de mí.

– Supongo que es una reina admirable. – Y volvió a desplegar los cables de R2D2, como si el saber que no me considerara una mujer admirable no me hubiera perturbado.

– ¿Y no una mujer? – proseguí, aunque dudé ligeramente de si osar hacer la pregunta. Skywalker levantó la vista y dejó de maniobrar por un momento.

– No lo sé.

Cuando Typho volvió, lo hizo acarreando una bandeja repleta de comida, aunque por el aspecto que presentaban, no sabría si denominarlas comida fuera lo más apropiado.

– Lamento desilusionarla, no es nada parecido a los banquetes que acostumbra. – Typho ni siquiera me miró cuando me derivó uno de los potes, aún cuando le dediqué una sonrisa de gratitud, si bien ésta se me había escapado, puesto que si quería retirar las esperanzas que podría conservar, debía actuar sólo con los ánimos que me permitiera el rigor. Pero como desconocía los procedimientos del cortejo todavía no sabía cómo desprestigiaría sus halagos sin parecer descortés. Estas preocupaciones fueron tomando ligereza cuando el soldado pareció debidamente avergonzado de su insinuación, apenas dirigiéndome la palabra e incluso ni siquiera dignándose a mirarme. Aunque le agradecía profundamente sus intentos por desacreditar sus palabras, me desilusioné ante su extremado mutismo, y me encontré extrañando su charla, que aunque poco prometedora, por lo menos me distraía lo suficiente como para que el viaje se tornara más llevadero. Y ahora, entablando conversación sólo con mis pensamientos, me aburría rotundamente, puesto que no tenía ningún papelerío con el que preocuparme ni ningún escrito para disfrutar. Me encontré con la única compañía de mi soledad, en un minúsculo rincón del buque, cerca de donde Skywalker dormía y de donde Typho, todavía intentando evitarme, me daba la espalda bajo la excusa de deberse a la inspección de los demás pasajeros. Envidié la facilidad con la que el general dormitaba, aunque parecía apacible por momentos y por otros inquieto, como si el sueño lo molestase. Probé recostarme como él, pero tras varios minutos volvía a abrir los ojos, como si mi mente fuera incapaz de sosegarse. Esperé entonces pacientemente hasta que llegamos a destino, habiéndomelo comunicado Typho, quien se levantó apresuradamente para comprobar no sé qué asunto, y dejando en mis manos la ardua tarea de despertar a Skywalker. Me aproximé a su sitio, sabiendo que, como todo soldado, un simple toque de mi mano lo despertaría. Lo rocé en el hombro, pero como aquello no lo inmutó, se lo froté suavemente con mis dedos. Como los resultados fueron nulos, empecé a ejercer más presión, y como aquello tampoco funcionaba me empecé a inquietar. Como parecía no respirar y no había movimiento alguno que me indicara que vivía, mi inquietud se transformó en desespero. Me apoyé contra su pecho, intentando con ello percibir los latidos de su corazón, y mi sorpresa fue acuciante cuando descubrí que no sólo latía, sino que lo hacía aceleradamente. Me incorporé rápidamente y apreté los labios cuando su mirada me sonrió, sin embargo no dije palabra alguna. Me levanté lo más dignamente que pude, dirigiéndome hacia donde Typho se encontraba, mientras con un silbido le pedí a Artoo que me siga, aunque más pudo crecer mi irritación, cuando el droide respondió sólo a la llamada de Skywalker. Me esforcé por parecer indiferente, pero ante la perspectiva de un viaje en el que mis acompañantes no me dirigirían la palabra y tras el tonto engaño de Skywaker, mi irritación creció tan prontamente que casi me caigo al intentar bajar del buque hacia el exterior. Sin embargo no lo hice, mi entrenamiento me proveyó de la agilidad necesaria como para maniobrar correctamente y evitar caer al cometer algún traspié. No sabría precisar si el general fue testigo de mi torpeza, pues estaba detrás de mí y tal vez su ritmo no fuera tan acelerado como el mío como para haberme alcanzado, entendiendo que acababa de despertar. Sin embargo no me permití considerar tan desestimables dudas.

El capitán Typho nos proveyó de una nave, un tanto destartalada y sucia, pero que nos sirvió para cruzar la pequeña ciudad hasta la casa de la amante de mi padre. Se podían ver los claros de intensos verdes a través de las ventanas, extendiéndose infinitamente en una llanura impoluta, sin ningún árbol que opacara su tersura, tan uniforme como perfecto, contrastando preciosamente bajo el firmamento azul. No pude entretenerme mucho tiempo con la visión tan discorde de la que estaba acostumbraba, pues Skywalker hacía del paisaje no más que un borrón al impulsar la nave a velocidades desquiciadas. Se paró abruptamente y pensé que me caería al sentir el empujón del freno, hasta que me di cuenta, cuando sentí el fuerte tirón en mis tripas, de la constancia del cinturón. Sino hubiese sido por mi estómago revuelto, le hubiera echado en su cara algunas palabras, replicándole sobre su innecesaria vehemencia, pero también estaba demasiado nerviosa por la perspectiva del encuentro como para detenerme a desgastar mis ánimos en una reprimenda que bien se la tomaría en broma.

Typho me tendió una mano al bajar, aunque apenas percatándose de mí, mientras dirigía una mirada cautelosa al terreno. Pocas casitas configuraban lo que consideraría un pueblo, sino fuera por la longitud que las separaba una de otras y el intenso verdor que hacía resplandecer la superficie como no lo hacía la tierra y la suciedad propias de los pueblos. Las casas estaban hechas con un material desconocido para mí, como de piedra anaranjada, tan suave y brillante que coordinaba perfectamente con el fulgurante suelo que pisaban y el vivo cielo que lo cubría. Pensé que si de haber estado despejado el firmamento del escudo, el panorama sería aún más prometedor, con los rayos del sol reflejándose en las paredes de las casitas y formando tornasoles de colores.

Seguí al capitán Typho mientras sentía crujir sus pasos por la grava, pertenecientes a un camino que conducía a una de las viviendas. Me envolví con mi velo, porque mi rostro era tan reconocido en Naboo que nadie dudaría de que fuera su reina, aún cuando me dirigiera a una pequeña casa destellante en medio de ningún lugar y estuviera vestida con un velo de plebeya. Le pedí a Artoo que se callara, sus ensordecedores sonidos me hastiaban, así como el calor que sentía y los nervios que afloraban. Nunca pensé qué diría una vez delante de la mujer, si sería apropiado tratarla con delicadeza o despiadadamente. Pero la respuesta se me presentó en la mente tan rápido como dije las palabras una vez que estancados en la entrada, llamé a la puerta y una alegre jovencita atendió.

– Soy la Reina Amidala de Naboo y vengo a tener una audiencia con tu madre. – Lo dije como quien no menosprecia ni intenta agradar, sino más bien con un tono uniforme, serio pero indudablemente intimidante. La muchacha quedó tan plasmada que pudo digerir mis palabras después de unos cuantos segundos. Cuando a su expresión de asombro la relevó una asustada, supe que lo había comprendido y me quité el velo, para que creyera firmemente lo revelado. – Exijo ver a tu madre. – La muchacha corrió dentro después de haber asentido torpemente, y al cabo de unos minutos, se escuchó cómo se revolucionaba la casa, cuando gritos, órdenes y chirridos de distintas cosas me indicaron que se preparaban para verme. – Debería mostrarme arrepentida de no haber avisado antes que vendría, y así impedir que se envuelvan en tal compromiso de último momento, pero lo cierto es que me parece graciosísimo.

Al cabo de un rato la misma muchacha volvió, esta vez un tanto más tranquila, aunque entrecerrando los ojos como si quisiera descifrar si en verdad era la reina. Casi me río ante su indiscreción, pero la observé fríamente, para que no osara más tener el descaro de dudar de mí. Luego hizo una reverencia muy tonta, una que no sabía ni que existiera, y se postró a mis pies, mientras levantaba las manos y las bajaba, haciendo un movimiento constante. No pude aguantar más y para evitar que se me escapara una carcajada me tapé con una mano mientras reía suavemente.

– Ven, ¿cómo te llamas? – pregunté, mientras le tendía una mano para que se levantase de una vez. Ella la tomó, apretándola frágilmente con sus trémulos dedos. Luego me miró, como descreyendo que le hablase y cuando fue a contestar, nada salió de sus labios, sólo un breve gorjeo, que la hizo ruborizarse y bajar su cabeza. – Oh, no te molestaré más. Llévame con tu familia.

Me condujo por un pasillo de lo más estrecho hasta dar con una pequeña sala de humilde composición. El mismo material con el que las paredes exteriores estaban hechas se hallaban dentro, pero éstas eran opacas, sin ninguna luz que las hiciera resplandecer. Algunos muebles la adornaban, como pequeñas sillas y sillones y una mesita en el mismo centro, decorada con una pequeña figura transparente, que se movía como el agua cuando se turba pero tan endurecida como el hielo. Lo más curioso fue lo que se extendía en la pared del fondo, como una especie de cortina que se ondulaba constantemente, como si estuviera viva. Era de un material distinto de cualquiera que haya visto, como engomado. Pensé que si lo tocaban mis dedos seguramente resbalarían. Eché un vistazo al pequeño lugar, y no me pareció tan pobre como lo suponía. Tan acostumbrada estaba a los lujos que descartaba cualquier formato que no se asemejara. Pero haciendo una revisión más amplia y comparándola con las casuchas que poblaban Theed, deduje que esta era mejor que muchas, incluso más grande, como si perteneciera a una familia acaudalada. Supe que él había contribuido, pero no los envidié por ello, sino que me sentí aliviada, como si el que mi padre cumpliera con su deber me relegaría de cualquier resentimiento que puedan sentir hacia él por un legado del que no se hubiese responsabilizado. Sin embargo no podía evitar, aunque me sintiera deplorable por ello, despreciar a esa familia y desear con fervor que aquella mujer no se hubiera inmiscuido con mi padre. Pero podía luchar contra mis irrazonables sentimientos, como siempre hacía, y supe que mi compasión por ellos sería mucho mayor que mi odio. Entendía que su condición de bastardos era ya por demás despreciable, y que su madre fuera una ramera consolidaba su humillación, por lo que su vida ya era de por sí horrible y no era tan maliciosa como para querer quebrantar sus espíritus hasta acabar con ellos. Recordaría de mis hermanos que eran inocentes, dedicándoles mis mejores sonrisas para que no se sientan menospreciados por la hija legítima de su padre, para que entiendan que no los culpaba del indecente romance entre nuestro padre y su madre. Actuaría como una muchacha, sin la minuciosa cortesía ni los rigurosos tratos, pero no consentiría mis emociones oscuras, las mantendría en su sitio, tal como una reina.

Me senté en una de las sillas a esperar, mientras el capitán Typho hacía lo mismo y Skywalker se apoyaba en una de las paredes, con gesto aparentemente aburrido, aunque por la expresión atenta de su rostro, supe que le interesaba saber cómo se desarrollarían las presentaciones.

– Será la primera vez que tenga que esperar, Su Majestad, espero que pueda superarlo – dijo Skywalker con tono de mofa. Typho lo miró indignado, como si descreyera que me trate con tanta informalidad.

– Veo que ha recuperado el habla, aunque debo admitir, lo prefería cuando no decía palabra alguna, tan mudo como un sirviente, tan dócil como una sombra. – Me sentaba tan estrecha como una reina, aunque pareciera una broma al ser mis vestiduras tan ordinarias, y también hablaba como tal, con la exquisita y remilgada tonalidad, que tanto repugnaban a quienes no fueran cortesanos, como así pude entrever en la mueca de desagrado de Skywalker cuando escuchó mis palabras, pero más que el contenido de aquellas, le molestó la entonación. Quise sonreír por haberlo enervado, pero eso no serviría sino para declararme suficiente y que contestara inacabablemente, hasta conseguir que su orgullo no fuera machacado. Por lo tanto me levanté hasta estar lo suficientemente alejada de él como para no captarlo en mi línea de visión, y esperé pacientemente, hasta que una mujer se acercó por el pasillo, tan suavemente que no la había sentido, y se paró en el umbral, donde hizo una exagerada reverencia.

– Su Majestad.

– Levántate – dije, porque continuaba con su rodilla hincada en el suelo y su cabellera encubriendo su rostro al estar su cabeza tan agachada. Ella lo hizo, tambaleante, y me miró con ojos culpables y asustados.

– Le juro que no he querido nunca que ocurriera así – se explicó.

– Nadie la ha culpado de nada. – Supe que debía encontrar la manera de suavizar mi voz, de hacerla más agradable, para así cuando le explique que me quedaría algunos días en su casa no se alarme. – Señora, no vengo a juzgarla, sino a conocer a mis hermanos y a preguntarle si son sus vidas confortables.

– Él nos dio hace algunos años este lugar, alejado de todo, así nadie nos molestara, y he recibido un beneficio, al menos hasta que… pasó. – Yo asentí, reconociendo el dolor que le provocaría confesar que estaba muerto, entendiendo que tal vez su amor fuera real. – Mis niños, sus hermanos, asisten a una enseñanza especializada, cada uno de ellos en distintos sectores. Por favor, qué descuidada soy, tomen asiento. – A su petición lo hicimos, hasta Skywalker, y supe que también había sido descuidada al no introducirlos.

– Él es el soldado Typho, mi guardia en este viaje, y él es Anakin Skywalker – los presenté. Typho respondió con un monosílabo cortante pero el general sonrió, pareciendo algo tímido, e inclinó la cabeza. Decidida a ganar su confianza me estiré hasta alcanzar una de las manos de la mujer y la apreté ligeramente. – No la desprecio por haber tenido una relación con mi padre, porque hay quienes no pueden oponerse a un sentimiento de tal magnitud. No va a encontrar en mí una enemiga, sino una hija, a pesar de lo extraño que a usted le pueda parecer. Vine aquí con el único deseo de reconocerla como una persona amada de mi padre, y sé que si él ha logrado apreciarla, usted contará para siempre con mi respeto y también con mi gratitud, por haberlo hecho tan feliz en su estadía en estos lugares. – Le sonreí calurosamente, como para rematar mis palabras, y supe que hubo funcionado cuando sus ojos se llenaron de lágrimas y esbozó una trémula sonrisa que parecía querer romperse ante tal conmoción.

– Gracias, Su Majestad.

– Oh, llámeme Padmé, me he retirado por algunos días y me liberé del título.

– ¿Por mí? – preguntó un tanto sorprendida.

– Por usted, y mis hermanos – me obligué a decir, aunque bien sabía que estaba allí para conseguir información.

La mujer, que descubrí se llamaba Lodj, nos pidió amablemente que pasáramos al comedor, y nos advirtió que el almuerzo sería tan distante de lo que seguramente estábamos acostumbrados que se sentía terriblemente avergonzada. Yo lo descarté agradablemente, pero sabía que no podría reducir la consternación de la mujer. Seguía inoportunamente intimidada, tratando de agasajarnos de la forma más perfecta posible. No importaba si llevara calzas y botas y mi aspecto fuera tan ordinario como las insulsas sillas en las que nos sentábamos, seguiría portando mi corona, hálleme donde me halle.

Mis hermanos entraron por una puerta, algunos temerosos de mirarme, otros que del asombro no despegaban sus ojos de mí, y yo me sentí totalmente confundida al verlos. Algunos eran tan similares a nuestros rasgos familiares que casi suelto un alarido, pero otros eran tan bellos como su madre, con el pelo rojizo castaño y los ojos como dos piedras verdes. Me recompuse casi al segundo de mi impresión y le brindé a cada uno una cálida sonrisa, mientras me presentaba con el solo nombre de Padmé y les pedía que me llamen hermana. Nos dispusimos alrededor de la mesa, en la cual me concedieron la cabecera, estando a mi derecha Lodj y a mi izquierda la mayor de mis hermanas. Se aventuró un silencio tan apremiante que nos incomodó a cada uno de los presentes en la mesa, menos a los más niños, que ajenos al ambiente, resplandecían de orgullo cuando sus miradas divagaban por donde se sentaba Skywalker, su tan aclamado héroe, y cuchicheaban entre ellos, tal vez para comentar su suerte. El murmullo de aquellos niños era lo único que se escuchaba mientras se servía la comida, y decidí ponerle fin cuando entablé conversación con la hermana que se sentaba a mi izquierda. Más mi incomodidad fue evidente, si bien hasta entonces la ocultaba pareciendo complacida, al enterarme de que su nombre era Jobal y que se lo habían puesto por honor a mi madre. Casi me atraganto con mi propia saliva, pero logré recuperarme, sonreírle, y mientras le tocaba la mano, manifestaba mi conformidad con tan noble gesto. Me había fastidiado tanto el que mi padre haya consentido derivarle ese nombre a una hija ilegítima que no dirigí a Jobal más conversación. Traté de ocultar mi frustración con una gran sonrisa, manteniendo un ambiente cálido en la estancia, preguntándoles sobre sus aficiones y sus logros. Ellos me contestaron, aunque turbados, queriendo parecer amigables. Nadie podía saber qué tan mal lo pasaba, ni qué tan mal me sentía por la causa de mi disgusto bajo el manto de mi entusiasmo. Me convertí entonces en el centro de la mesa, como no podía ser de otra manera, exuberante de gozo como en el palacio pero sin el incondicional apoyo de mis cortesanos, sino cargando con el temor de los lugareños, la vergüenza de uno y el desprecio del otro. Pude respirar más tranquilamente cuando mis hermanos correspondieron más, aunque siempre temerosos de equivocarse, cuando Lodj empezó a reírse, casi con un deje despreocupado, y cuando Skywalker despertó de su aturdimiento sonriendo a los niños, percatándose de ser su centro de atención. Supe que tal vez en mi mayor enemigo encontraría mi mayor aliado, y dispuesta a desviar el foco, replanté mis jugadas.

– ¡Si fuera tan niña como ellos! – exclamé. – ¡Con cuánta alegría me sentiría si un héroe como Skywalker se hubiese sentado en la misma mesa que yo en mi niñez! – Los niños corearon divertidos mis palabras, sonrosados por la presencia del general y no dispuestos todavía a adaptarse a la conversación.

– Estoy segura de que siendo una princesa hayas tenido muchas oportunidades de hacerlo – dijo Jobal. Pero determinada a que mi atención se disipe, asentí con la más dulce de las sonrisas y me volví a Skywalker.

– Por favor, general, obsequie a mis hermanos una de sus tan aclamadas aventuras que tan ansiosos deben estar de escuchar pero que no se aventuran a solicitársela. – Skywalker parpadeó ante mi petición, pero no me pudo engañar cuando la excitación asomó a su rostro. Se trasformó ante los niños y se prestó para que lo idolatren cuando comenzó a relatar. Si bien titubeante al principio fue tomando fuerza en su historia, y al cabo de un rato, todos escuchaban conmovidos los tan inusitados y fabulosos cuentos que ellos nunca creyeron ser posibles de ocurrir.

Al cabo de una hora Skywalker seguía alucinando a la familia, sólo que en el pequeño salón de estar. Logré escaparme de allí para tomarme un baño y despojarme de mis sucias ropas. Mi sorpresa fue grande cuando vi a Jobal al salir, disimulando mi irritación al sonreírle y aceptando la túnica que me ofrecía.

– Es la mejor que tengo – murmuró avergonzada. Le apreté los hombros amistosamente como agradecimiento y ella se arreboló intensamente y estuvo a punto de abrazarme cuando a último momento se arrepintió y en vez de sólo sus mejillas, todo su rostro adquirió una tonalidad vivamente rojiza. Yo me reí, pensando que aquello nunca pasaría en la corte, donde los nobles sólo consentían una frialdad comedida. Y me alegré de estar allí, de contar con Jobal en vez de mis traicioneras doncellas, y que tuviera la consideración de traerme su mejor túnica en vez de privarse de mirar embobadamente a Skywalker como la pillé en el salón. Supe regodearme porque la muchacha me admiraba, tal vez al nivel de adoración, como pude deducir por su mirada rebosante de júbilo, sus labios temblorosos de nerviosismo y sus fáciles sonrisas. Me había servido cada vez que terminaba mi bebida, preparado el baño y acomodado los cojines cuando me ofreció el mejor sillón. Nunca había dejado de mirarme, tan pendiente como estaba de mí, hasta que Skywalker convulsionó el interés para sí, y aún así, seguía echándome miradas de soslayo, como si quisiera asegurarse de que estuviera cómoda y fuera aún real. Entendí que haría cualquier cosa por agradarme, y tomé como un arma su disposición. Le ofrecí salir juntas al jardín y le permití entrelazar mi brazo con el suyo. Caminamos juntas un largo trecho, riéndonos de nimiedades y compartiendo poco comprometedoras anécdotas, hasta que estuvimos lo suficientemente lejos para que no nos oigan.

– Nunca he tenido una gran relación con mi madre, era como si todo el tiempo estuviera prefiriendo que no existiera – comencé, sinceramente, porque por primera vez la verdad me servía para el juego. – No me alegré por su muerte, claro – la tranquilicé. – Sino que la extrañé, como una persona imaginaria, quise que volviera la mujer con la que soñaba. Pero cuando crecí me di cuenta que sólo se trataba de una ilusión, que nunca había existido la madre que fantaseaba que era. No fue ni la más cálida ni fría, era como si no estuviera allí, como si nadie existiera.

– ¡Qué horror! – dijo Jobal, dispuesta a concordar con todo lo que pensara.

– Pero fue un ejemplo como reina, y la admiré por ello.

– Vine aquí apenas me enteré de su existencia, quise saber cómo era su vida, si mi padre pudo desprenderse del rigor con tu madre como nunca lo hizo con la mía.

– Oh, si, ellos se amaron.

– Quería saber si para un monarca existe el amor, aunque sea afuera de las paredes del castillo. – Sus ojos se tornaron soñadores, y supe que era una romántica empedernida. Su mirada divagó, tal vez reviviendo el romance que su madre le contó alguna vez, tal vez recordando todas las veces que Ruwee fue a visitarlas, con una sonrisa en el rostro, dispuesto a descansar junto a sus adorados hijos y su hermosa amante, como una familia sin ambición. De repente se enfocó en mí, y una sonrisa sugerente tomó partido en sus labios. Soltó un gritito entusiasta y me tomó los hombros, tal como antes había hecho, y dio dos pequeños saltos mientras mi desconcierto crecía.

– ¿Qué ocurre?

– Ya lo sé – chilló con su aguda voz. – Ya sé por qué me cuentas estas cosas.

– ¿Ah, sí? – simulé curiosidad, pero en ningún momento creí que averiguaría el verdadero motivo.

– ¡Es por Skywalker! – No dije nada, todavía no comprendiendo, y me arrepentí de no contestar cuando tomó mi silencio como una afirmación y giró sobre sí misma, agitando sus manos como sino pudiera contenerlas. – ¡Estás liada con él! ¡Lo sabía! – Mi estupefacción fue tan grande que apartó mi máscara un momento. – ¡Tú lo mirabas tan embelesada! ¡Y él, soslayándote todo el tiempo, como si no pudiera desprenderse de ti!

– ¿Qué dices, Jobal? ¡Soy la reina de Naboo! No puedo "liarme" con un general – dije un poco más cortante de lo que merecía. Jobal no se amilanó, en su ensueño apenas escuchaba otra cosa que no sean sus ilusos pensamientos.

– Por él has venido aquí, para que aprendan a vivir como mis padres. – Estuve a punto de frotarme el rostro, pero me contuve cuando me sobrevino la idea de seguir con la farsa, para así conseguir la información más fácilmente, aprovechando sus ilusiones románticas.

– No se lo digas a nadie, Jobal. Será nuestro secreto.

– Deberías decírselo a mi madre, ella lo comprendería.

– Pero te elijo a ti, eres tan bondadosa y alegre. Sin duda mi preferida – dije con un tono meloso de voz.

– ¿En verdad? – respondió entusiasmada ante la perspectiva de ser la favorita de la reina.

– Prométemelo y lo serás.

Ella lo hizo, hablando tanto y tan rápidamente que temí que se ahogara en sus palabras, dando alegres brincos para remarcar la cumbre de sus relatos, y riendo nerviosamente cuando le sonsacaba detalles íntimos. Yo sonreía, le incitaba a que siguiera y en ningún momento mostré el desagrado y la aflicción que sentía por el amor de mi padre y de otra mujer. Tenía todas las excusas plausibles para que no se me reproche un interés indebido. El amor que sentíamos Skywalker y yo, clandestino e imposible, despertó en mi hermana su sensiblería, y con ello descartó rotundamente todas las posibilidades de que su dulce y amorosa hermana Padmé pudiera ver en el atractivo del relato otra cosa que no fuera una respuesta para su tan desdichado romance. Su descripción fue tan empalagosa como ella misma, aunque me abstuve de recriminarlo. Me enteré, tras melosas palabras que realzaban la relación como si hubiese sido una pasión desbordada, que mi padre había conocido a Lodj en el trabajo, aunque no especificó cuál, y yo no pregunté, sabiendo que para mi excusa aquello era una nimiedad. Después de algún tiempo mi curiosidad llegó a hartarme, tan perseverante en su afán de saber bajo qué clase de labor se conocieron, una tan clandestina como lo era el ocultamiento de sus viajes a Lasca.

– Pero mi Anakin no es como tu madre, pues él es un general, tan famoso que toda la galaxia lo conoce – interrumpí por primera vez. – Seguramente a él le fue mucho más fácil congeniar con una de sus empleadas.

– Oh, bueno, creo que es verdad.

– Sin embargo, puedo suponer que habrá sido tu madre desdichada. Sólo con imaginar que no sólo su vida laboral tendría que permanecer en secreto, sino también su amor. Es como si su vida estuviera oculta.

– ¡Pero ella nunca fue infeliz! – se animó a defender.

– No me imagino cómo si vivía entre las sombras. Aunque el amor todo lo soporta – concluí, imitando su cursilería. Tal vez sin saber, Jobal confirmó mis sospechas sobre la clandestinidad del trabajo.

– Mi madre no tuvo voluntad y cedió fácilmente ante un hombre como Ruwee, tan apuesto y galante.

– Y además un rey. Pero no me malinterpretes, mi padre tampoco tuvo otra alternativa que enamorarse de tu madre.

– ¿Así crees?

– ¡Claro! Ella es tan hermosa, aunque para mi padre lo material nunca fue decisivo, él contaba con la lealtad de las personas. Ése siempre fue su más grande motivo de gratitud. Estoy segura que en tu madre podría encontrar una confidente, así como compartir sus mismos principios, sin sentirse desechado por creer que éstos no fueran del todo correctos.

– No lo comprendo – admitió.

– No importa, querida Jobal, sólo decía que el amor que siento por Anakin es tan grande como el que tuvo nuestro padre con tu madre, tanto en aspectos superficiales como en espirituales. – Ella asintió, no muy convencida, y como pude dar cuenta de su carácter abierto y franco, supe que no estaba escondiendo su desentendimiento, y que en verdad no sabía en qué principios pudo su madre asemejarse a Ruwee. Seguramente desconocía la consistencia del trabajo de Lodj, y la aprecié por su ignorancia, por no consentir los negocios a los que su madre se había prestado.


Una vez en mi habitación decidí llamar a Palo, para cerciorarme de que no haya algún abuso de poder.

– ¡Por fin! He estado esperando que me llames – recriminó la pequeña figura fantasmal perteneciente a mi único amigo.

– ¡Palo! También me alegro de verte – exclamé sonriente.

– Oh, lo siento Padmé, es que he estado esperando noticias tuyas y tú me prohibiste que te llame. – Advinieron las disculpas y protestas en tono de broma, hasta que pasamos a hablar de asuntos serios, de su desempeño como regente y los pocos problemas acaecidos.

– La misión ha salido perfectamente – respondió ante una pregunta. – La infiltración se ha llevado a cabo y hemos podido interceptar a los cinco droides en la nave principal separatista. La base de operaciones está atestada, todos quieren presenciar las novedades. Pero Yesso Colto los ha echado a todos, menos a mí, quien soy ahora la máxima autoridad y no puede ni osar rechistarme – dijo, petulante. Le pedí que no se desviara por asuntos de menor importancia. – ¡Pero, Padmé, no sabes cómo me mira! ¡Como si quisiera abofetearme todo el tiempo!

– Estoy segura de que te aprovechas de tu situación.

– No voy a mentir, ser regente tiene sus ventajas. – Y se echó a reír, regocijándose de su supremacía, aunque después de que le haya ordenado, cortante, continuar, su máscara de seriedad se abrió terreno en su rostro jubiloso. – La situación es la misma, no quieren atacar porque los escudos lo impiden, aunque sino fuera por la flota que nosotros mismos dispusimos, se infiltrarían, y tal como nosotros hicimos a través de un buque separatista, ellos lo harían con un republicano, hasta llegar a tierra y romper los escudos, la única imposición.

– Estaremos preparados si deciden infiltrarse, porque los droides captarán todo movimiento sospechoso. No podrán hacer nada que nosotros no supiéramos de antemano.

– Eso deseamos, Su Majestad.

– Debemos avanzar, porque seguimos estancados, aunque tenemos el beneficio de la información. Cuando llegue dispondré los próximos movimientos y nos reuniremos en concejo de guerra. – Palo asintió, mostrando su acuerdo, y de inmediato quiso saber los detalles de la misión que me habían traído a Lasca. – Tengo motivos para suponer que Lodj trabajaba para mi padre.

– Espera ¿quién es Lodj? ¿Y por qué tiene un nombre tan raro?

– No lo sé, es la mujerzuela de mi padre. Pero lo más raro es que su hija se llame Jobal.

– ¡Qué horrible! – Asentí mientras resoplaba, pese a que en realidad la muchacha me gustaba, aunque fuera tan atolondrada y exasperante.

– Nunca le contó a sus hijos dónde trabajaba, y como no hay registro alguno sobre los viajes a Lasca, cabe suponer que fue una actividad ilegal…

–… de comercialización de esclavos – terminó Palo.

– Es una posibilidad.

– Puede que esté en funcionamiento.

– Es mi mayor temor.

– Podrías seguir a Lodj cuando fuera a trabajar.

– Ella lo dejó apenas concibió familia.

– Entonces no tienes otro remedio que ir a preguntarle a Sio Bibble.

– ¿Qué? ¿Por qué iría a visitarlo? – Lo último deseado sería encontrarme con un hombre tan caído en desgracia como el antiguo consejero de mi padre.

– Te dejé una nota, Padmé. ¿Es que nunca atiendes lo que hago? – Hice caso omiso a su réplica, frunciendo el ceño como muestra de incertidumbre. – En tu tocado, lo he escondido en el velo, la dirección del viejo.

– ¿Qué sabe él?

– ¡Lo sabe todo, Padmé! Fue el consejero del rey hasta que se le declaró en contra.

– ¡Pero está loco! He visto los informes que dictan de su insania. Los he firmado, además, en calidad de Jefa de la Corte Suprema, autorizando su abdicación.

– Siempre encontraron una excusa para destruir a aquellos que no obtuvieron la gracia del rey. – No dije nada, dolorosa por la tiranía de mi padre, queriendo descreer cada una de las injurias que contra él se lanzaron y hasta el día de hoy, siguen apareciendo. Caminé lentamente hasta donde mi tocado se encontraba, descubriendo en su parte interior una nota sellada. La desplegué después de romper el sello cuidadosamente y unos signos aparecieron en él, conformando un código. – No sé cómo llegarás a él, Padmé, teniendo en cuenta que te asechan el rostro de bantha y el mequetrefe engreído.

– Ya he pensando en eso. Como siempre, Palo, voy un paso por delante de ti. – Y sonreí pícaramente, como si fuera un hecho el que me aventajara a un regio soldado y a un vigoroso general. Palo sonrió tan complacido como las comisuras de sus labios se lo permitían, especialmente, supuse, porque me burlaría del mequetrefe engreído.

Después nos saludamos, tan cándidamente como si no hubiera existido discusión alguna, y me encomendé a mi tarea. Había llevado como arma una única pistola, y en el pequeño compartimiento perteneciente a la batería energética, había puesto una más pequeña para que un frasco del tamaño de mi meñique se las arreglara para entrar. Lo saqué cuidadosamente, temerosa de que en cualquier momento se rompiera la única oportunidad para escapar. El líquido escarlata se removió en su envase hasta que se aquietó cuando lo encerré en mi puño. Unos débiles golpeteos en la puerta me hicieron girar de un salto, resguardando el preciado objeto detrás de mi espalda, adoptando una sonrisa para cuando un niño apareció tras ella, tan compungido que enterró todos mis deseos de reprenderle por no esperar una aprobación para abrir.

– Madre desea saber si se encuentra bien – dijo aparentando toda la firmeza en su porte.

– Dile que sí, y que en unos momentos me reuniré con ella – respondí amablemente. El niño se encorvó como si su firmeza nunca hubiera existido, desapareciendo rápidamente tras la puerta de la habitación. – ¡Espera! – El niño volvió, mordiéndose los labios, deseando que dejara de atemorizarlo con mis palabras. – ¿Le dirías a Jobal que la necesito?

Jobal vino tan apresuradamente como sus pasos, oyéndose repiquetear rápidamente tras las paredes, y se presentó radiante, como si nunca hubiera existido entre nosotras otra cosa que confianza.

– Jobal, ahora eres mi amiga ¿verdad? – Ella asintió, a las claras complacida. – Y las amigas guardan secretos, ¿no es así? – Le tomé las manos, mirándola con urgencia, para rematarle importancia al asunto. – ¿Puedo confiar en ti, querida Jobal?

– ¡Por supuesto, Padmé! Eres mi amiga, la mejor que he tenido.

– Pero no lo sé, Jobal, tal vez tú no correspondas la felicidad que me hace tener una amiga como tú, tan ajena a la avaricia de la corte, tan alegre que puede sonsacar una sonrisa hasta al más desdichado de los hombres. – El labio comenzó a temblarle y sus ojos se llenaron de lágrimas, hasta que dejó escapar una, bailando lentamente por su mejilla, trazando un lastimero recorrido. – Oh, no llores, mi más preciada amiga, porque entonces lloraré por ti. – Se recompuso, aunque continuó tan afectada que no pude apreciar otra cosa que no fuera credibilidad.

– No hay otra cosa que desee más que ser tu amiga, Padmé.

– En la corte me enseñaron a desconfiar de todos, querida amiga, y por eso no puedo evitar recelar de ti.

– Por favor, Padmé, quiero ser tu amiga – susurró, conteniendo advenedizas lágrimas.

– Entonces te pondré a prueba, y si cumples mis expectativas, serás mi mejor y más amada amiga. – Su rostro adquirió toda la seriedad pudiente, secándose las lágrimas con la manga de su túnica, mordiéndose los labios para que de ellos no escapara sollozo alguno. – Quiero casarme con Anakin. – Su seriedad se esfumó con tanta rapidez que casi doy un salto. Saltó, chilló de alegría y no dejó de abrazarme en ningún momento, hasta que le pedí que se controle, porque era un secreto, sólo entre ella y yo. – No hay quien lo sepa más que yo, porque todavía no se lo he contado a Anakin, y ahora lo sabes tú, hermana mía.

– Nunca diré nada a nadie – prometió, todavía con emoción exuberante.

– Nos casaremos en secreto, hoy a la noche. – Bajé la cabeza, como si una duda me afligiera sobremanera. – Pero otros pueden enterarse ¿y qué será de nosotros si otros lo saben y lo divulgan? No puede pasar.

– Creo que podrás confiar en mi familia, ellos no dirán nada.

– ¡Pero yo sólo confío en ti, Jobal! Es algo que siento, es el espíritu que nos envuelve. – Jobal sonrió trémulamente, mientras sus ojos se empañaban con nuevas lágrimas.

– Te ayudaré, queridísima hermana, sólo dime qué hacer.

– Podría salir a hurtadillas por la noche, cuando todos estén durmiendo.

– ¡Sí, sí, qué emoción!

– Pero no, porque está ese soldado, ese Typho, que ante el menor ruido se despertaría. Y no podemos confiar en él.

– Es verdad, sólo con mirarlo da miedo.

– Sí, es muy atemorizante. – Lentamente, fui descubriendo mi brazo que escondía el pequeño frasco, y se lo mostré, expectante de su respuesta.

– ¡Oh, veneno! – dijo, tan sobresaltada que pensé que sucumbiría.

– ¡Oh, cariño, no es veneno! Es una pócima. – Aunque ese calificativo no la tranquilizó del todo. – Es medicinal, y lo utilizan las personas para dormir plácidamente. – Ella soltó un suspiro y volvió a sus sonrisas y al rastro chispeante de sus ojos. – Lo pondrás en la cena y en la bebida, mientras yo los entretengo en el salón.

– ¡Y así podrán casarse! Oh, Padmé, qué alegría.

– Soy la mujer más dichosa – dije con toda la alegría que pude aparentar. Pero si hubo alguna falla, Jobal no lo notó, tan perdida estaba en su mundo de fantasías, de romances prohibidos y casamientos fortuitos.

– Muy bien, vayamos al salón, llevemos a cabo nuestro plan.

– ¿Lo llamo a Anakin? – Pensé en la respuesta, en lo extraño que parecería sino le doy la noticia antes de envenenar a todos, en lo imposible que parecería el no querer compartir la dicha inmediatamente, pero también pensé en que lo tendría que envenenar, en que él debería probar la comida ante los ojos de Jobal.

– A Anakin no le ocurrirá nada, cariño. Él es un general, un héroe de la República, tan poderoso como los jedi. No hay nada capaz de adormilarlo. Esa pequeña pócima no hará ningún efecto en él. Pero deberá tomarla, tanto tú como él. – Ella se sorprendió, y se mordió el labio nerviosamente. – Nadie debe sospechar de la comida, y si además de mi, ustedes no la ingieren, hasta el menos suspicaz podría darse cuenta de que hay algo extraño en ello. Pero no te preocupes, querida mía, nunca te haría daño y Anakin no sentirá más que un leve malestar. ¿Sigues confiando en mí? – le pregunté dulcemente.

– Sí, Padmé, sí, tienes razón.

– Llámalo a Anakin, cariño, debo contarle la tan dichosa novedad.

Preocupada como estaba, no sentí cuando Skywalker entreabrió la puerta, con un ceño afeándole su rostro, como si hubiese estado llamando hace largo tiempo. No le presté atención a la afectación que me produjo el verle, sino que le dediqué una sonrisa, una tal como lo haría una enamorada, y lo hice únicamente porque Jobal se escondía detrás de él, queriendo presenciar nuestro momento feliz. Supe que había confundido a Skywalker con mi muestra de cariño, no sólo eso, sino que lo desencajé totalmente. Estaba totalmente segura de que nunca hubiera prevenido tal descaro de mi parte, de una reina hacia un general que apenas parecía interesarle. Aquello me hizo ruborizarme, aunque más se intensificó cuando comprendí que aquello podría confundirse con el sofoco de una mujer al ver a su amado.

– Anakin – susurré, deseando con efervescencia que Jobal desapareciera para dar por terminada la farsa. A estas alturas la expresión de Skywalker no salía de su asombro, y descubrí que sus mejillas ardían tanto como las mías, incluso más, porque su rostro parecía descomponerse a cada segundo. Era tanta nuestra incomodidad que resultaba íntima. En ese momento nadie dudaría de que fuéramos amantes.

– Déjame, Jobal, necesito hablar con él – le pedí, incluso sin mirarla, como si no pudiera desviar mis ojos de los de Anakin. Después de soltar un suspiro cerró la puerta e inmediatamente la sonrisa se borró de mi rostro. – Acércate – dije tan bajo que dudaba de que escuchara. Temía de Jobal, de que a hurtadillas escuchara nuestra conversación y se enterara de mi mentira. Anakin no sabía qué hacer, ni qué decir, por lo que ni siquiera se movió de su lugar. – Acércate – repetí, un poco más fuerte. Caminó vacilante, tan estupefacto que resultaba gracioso. – Quise que Jobal supiera que no hay discordancias entre nosotros. Te llamaré Anakin y te trataré como a un amigo. No nos beneficiaría que se sepa que entre nosotros no hay buenas relaciones. – Se las arregló para asentir, pero continuaba mirándome con vehemencia, de la misma manera que lo hizo cuando pensaba que sólo era Thesse, una simple doncella.

– ¿Qué fue eso? – preguntó.

– Nada.

– No… – Supe a lo que se refería, y me embargó tanta vergüenza que me obligué a no pensar en ello para que mis mejillas no se tiñan de rojo nuevamente.

– No pasó nada. – Alargó una mano, y en mi confusión no lo detuve. Me recorrió el brazo con las yemas de sus dedos, apenas rozándome, pero encendiéndome allí donde me tocaba, dejando como rastro un molesto cosquilleo. Me aparté, disgustada con su osadía, pero aún más me hastié al saber de mi disfrute. Lo miré severamente, confusa hasta permanecer muda, descreyendo su deseo. Pero estaba allí, en sus ojos chispeantes, en sus labios entreabiertos, en las manos que a poco podía controlar con sus temblores. Mi intolerancia fue repuesta por la incredulidad, pero en él su determinación siguió vigente. Mi pánico se acrecentó al saber que su intensidad tal vez fuera la misma que usó al violentarme, y temí por sus impulsos, por mi incapacidad de acto, por la descomunal fuerza que doblegaba mi espíritu a cada segundo que pasaba.

– Padmé… – susurró lentamente, como si acariciara mi nombre, y con una voz tan ronca, que de tan varonil casi embota mis sentidos. No respondí, tan tiesa como inconsciente, impotente ante la salvaje oscuridad que tomó posesión de sus ojos. Se acercó sigilosamente, aspirando el aroma de mi pelo mientras me rozaba levemente la mejilla. Cerré mis ojos, entregándome al prohibido placer, mientras sentía su agitada respiración en mi sien, mientras me estremecía en los momentos en que me percataba de nuestra cercanía, aunque no sabría confirmar si era por gusto o por temor.

– Por favor… – Sus palabras fueron una súplica, como si no pudiera soportar más algo. Tal vez a mí, pensé alterada. Abrí mis ojos lentamente, temiendo nuestro encuentro. Su expresión no consultaba, era salvaje y decidida, pero yo no quería escapar, quería que me tomara. No se le podía mentir, su mente procedió cuando sus ennegrecidos ojos le advirtieron de mi deseo. Me asió por la cintura, su firme agarre me recorrió entera, y me estremecí, abrumada por su cercanía, por la fuerza de sus músculos y la firmeza de su pecho, y por el dolor que me causaba el desearlo tan desesperadamente. Apoyé mis palmas en su torso, regocijándome de mi descaro, mientras él, complacido, soltaba un ronco quejido y me apretaba más contra él, hasta tal punto que sentí su erección contra mi vientre. Aquello me alertó lo suficiente como para querer apartarme, pero él no me lo permitió, no estaba dispuesto a ceder.

– ¿Qué estamos haciendo? – pregunté con un hilo de voz.

– No pienses, no te resistas – susurró atropelladamente, como si acaso pudiera hacerlo. Percatándose de mi renuencia, ejerció más presión sobre mi cintura, mientras su estímulo crecía, supuse, al sentir contra sí toda la redondez de mi busto, y tal vez, la tiesura de mis pezones a través de la fina tela de mi túnica. Acalló mi leve resistencia cuando ahuecó en mi nuca su mano, impidiendo cualquier movimiento, estableciendo mi sometimiento. Ni siquiera me envalentoné, sino que, como una ramera, entreabrí mis labios, invitándolo a que me invadiera. Se humedeció los labios mientras se acercaba, temblando ligeramente, torturándonos con su lenta cadencia. Tocó su frente con la mía, mientras tomaba entre mis dedos sedosos mechones de su cabello, suspirándonos mutuamente, rozándonos con nuestros labios.

– ¡Oh! – Ambos nos incorporamos aturdidos cuando el gracioso chillido escapó de los labios de Jobal, quien se asomaba por la puerta entreabierta, tapándose con su mano su boca, y con un gesto tan desesperado que sólo podía deberse a la conciencia de la torpeza que cometió. Me libré rápidamente de los brazos de Skywalker, como si fuera algún maloliente granuja y no el hombre que me despojó de rectitud. Recordando mi papel, le sonreí a Jobal cariñosamente, y en mi cometido por recuperar mi dignidad, me enderecé en una postura recatada, y sin vacilar, caminé hacia donde se encontraba mi hermana, tomándola del brazo y tirando de ella para que se apresurara a salir de la habitación. Me recorrió un temblor la espalda cuando comprendí lo que estuvo a punto de suceder con ese hombre. Sentí una intensa repugnancia hacia mí misma, por haberme entregado tan fácilmente, sin siquiera dudar, al ímpetu de un hombre que parecía odiar con la misma facilidad con la que amaba, añadiendo a su volatilidad la habilidad de variar emociones cada cortos tramos de tiempo. Su inestabilidad era tan alarmante como para hacerlo imprevisible. Era encontrarlo furioso y dominante cuando a la siguiente oportunidad apenas podía siquiera mirarme, como si me temiera, como si le avergonzara osarse cuando antaño no objetó inconvenientes en oprimir con su brazo mi garganta. Tal vez aquello no fuera tan desconcertante si no nos hubiéramos tratado, si él no se hubiera compadecido de mí salvándome, o burlado de mi terquedad. ¡Y cortejado! O algo que podría asemejársele, como fueron aquellas propuestas tan imposibles, tan compasivas, en las que me prometía sacarme de la prisión que hacían mis vestiduras de doncella y llevarme a conocer nuevos mundos. ¡Qué tonto soñador! ¡Y arrogante, impulsivo, inseguro! A poco podía consentir que había conocido una parte de su pasión, desbocada y decidida, pero como si fuera un anhelo que tratara de reprimir. Por supuesto, comprendía su actitud, y no era tan ignorante de sus deseos como para que su aplomo me haya tomado por sorpresa. Lo había encontrado mirándome fijamente en varias ocasiones, y en todas ellas él no hacía más que bajar la cabeza y fruncir el ceño, como si no soportara que lo descubriera, como si incluso él mismo se asqueara de su impulso. Mis conclusiones venían tan rápido como se iban, con tanto ahínco las despedía que nunca fui capaz de admitirlo. Pero no pude alivianar la inflexión ardiente de su mirada cuando la posó hace unos momentos sobre mí. La confirmación de mis sospechas no admitidas finalmente cobró veracidad, pero sin embargo no encontré en ello la respuesta al gran enigma de Anakin Skywalker. Deseaba corregirme ante él, que no viera en mí la tan deplorable persona que él creía que era, pero estaba total y rotundamente segura de que no ansiaba sus caricias. Tanto que me lo repetí varias veces para asegurarme, y luego decidí no pensar nunca más en ello.


Este capítulo fue demasiado largo y temo de que pareciera aburrido, porque vale la pena aclarar, no es mi intención atiborrar de escenas estrambóticas la historia, sino de consolidarla también con menudencias. No es una novela para impresionar, sino que se recrudece en lo seguro, anteponiendo su construcción lenta y pausada a una seguidilla de escenas impresionables.

Espero que sea digna de entenderse, aunque debe tomarse con ligereza, puesto que algunos detalles se confirmarán luego, e incluso puede prestarse a la confusión algunos parajes de la historia. Por lo menos, lo pienso de esa manera, teniendo en mi cabeza tantas cuestiones que dar a entender.

Voy a reclamar una tontería, pero que me asfixia tanto como lo es el insertar en la persona de Padmé Amidala una figura. ¡Y es que Natalie Portman no es mi agrado! No puedo verla como la gran reina de Naboo, como la idealista senadora ¡y todo porque veo en la actriz una superficialidad insoportable, a pesar de todos sus intentos por desacreditarlo! Puede que muchos desacuerden conmigo, y lo asumo, porque Natalie parece encomiable a pesar de sus aires arrogantes. Pero no me gusta. Aunque pensándolo bien, aquellas quienes buscamos encontrar en las historias una heroína con la cual compararse, siempre tiene en su imaginación un ideal irreprochable, una cara particular, un estilo que a gusto se elije. Y Natalie Portman muy lejos estará de ser aquella heroína elegida. O por lo menos a lo que a mí se refiere. Es un inconveniente que Natalie haya adoptado el personaje de Amidala, que lo haya arraigado a su persona, hasta tal punto de que debe pertenecerle. Pero si de acuerdo a mi opinión todavía pongo en duda a la actriz, cabría conceder a aquél arraigo el rasgo de trivial. Porque nunca podría considerar a Anakin Skywalker con otro cuerpo que no fuera el de Hayden Christensen, así como el de Obi Wan, con el de Ewan McGregor. Pero Natalie Portman es una historia muy distinta!

Y no entiendo el por qué de mi confesión, pero lo tenía que hacer, y punto, como esas cosas en la vida que uno tiene que decir por puro despecho, y que después de eso, uno se siente mejor. Pero no me siento nada mejor, porque voy a tener que seguir escribiendo una historia que tiene como protagonista a Natalie Portman! ¡Qué fastidio!