Los rayos de sol del mediodía caían sobre la arena de la playa y relucían en las cristalinas aguas de la isla que ahora poblaban nuestros dos jóvenes piratas. La temperatura por la noche descendía bruscamente por la humedad que traía consigo la cercanía a la selva; sin embargo, de día el calor era casi insoportable. No era posible permanecer bajo el sol durante más de 1 hora, urgía la necesidad de una fresca sombra bajo la que descansar. Pero descansar es para aquellos que han estado dando el callo, no como Sanji, que llevaba durmiendo desde la noche anterior, y aún siendo ya las 12 de la mañana, no se había movido un ápice. Pero finalmente, el calor que irradiaba la arena a su alrededor terminó por despertarle...
Se despertó, y se levantó y, tras recoger del suelo las katanas de Zoro, rápidamente se apartó de la arena torpemente para introducirse en la selva. Únicamente un par de pasos, lo suficiente para encontrar una sombra y poder ir hasta la cabaña, que estaba muy cerca.
Cuando llegó, no podía creer lo que veían sus ojos...
- ¿¡Qué cojones ha pasado aquí!? - gritó asustado y desorientado. Lo que hasta la noche anterior había sido una sólida y conseguida cabaña, ahora era meras cenizas... Una grande humareda negra salía de su antigua morada. Aún habiendo cesado de arder, seguía expulsando humo. ¿Sería una propiedad de los extraños bambúes de los cuales estaba hecha? Habían olvidado apagar la hoguera la noche anterior. Sanji supuso que el viento nocturno había esparcido las brasas de ésta hasta la cabaña – ¡¿Oh, joder, en serio?! - dio una patada a una gran roca, haciéndose daño en el proceso - ¡ME CAGO EN DIOS! - gritó. Cuando el dolor cesó ligeramente, se sentó sobre la roca mirando los escombros, hasta que recordó que faltaba algo ahí - ¿Y el alga? - en ese momento un flashback llegó a su cerebro: la hermosa visión de un alga volando a la otra punta de la isla, y él, sintiéndose como un portero de fútbol nada más despejar el balón hasta la otra punta del campo. Pero luego recordó el por qué de tal escena, y su cabreó renació – Maldito imbécil tragaplancton... - murmuró. Se puso en pie, y se colgó las katanas del cinturón – De todos modos... tengo que ir a buscarle... con su talento para perderse, es capaz de adentrarse en el océano a pie y encontrar el barco antes que yo – con estas palabras, desenvainó una de las katanas y se adentró en la espesa selva.
Largo rato anduvo sin ubicarse. La selva era territorio desconocido, no se habían llegado a adentrar realmente en ella en ningún momento, sólo lo necesario para víveres, y demás. Con ayuda de la katana de su camarada, se abría paso cortando la espesa vegetación.
- ¿Tan lejos lo mandé? - murmuraba para sí entre dientes mientras repartía katanazos a diestro y siniestro. Sus habilidades dejaban mucho que desear – Ésto no es lo mío...
Mientras tanto... en la otra punta de la isla...
Los suaves cantos de los pájaros tropicales acariciaban sus tímpanos y lo sumían en un sueño, aún más profundo, si cabe, de en el que ya se encontraba. La suave brisa tropical acariciaba su pelo y le refrescaba. Poco a poco fue abriendo los ojos, esperando encontrarse a un cocinero a su lado, sin embargo, se encontró con un tronco de árbol partido por la mitad. Y recordó la noche anterior...
- Oh, ya veo – dijo para sí, con expresión simple y aburrida – Me pregunto dónde estoy... No pudo haberme lanzado muy lejos... ¿no? Bah, un paseo y seguro que le encuentro... Y cuando lo haga... - La vena de su frente se hinchó - ¡lo mataré! - gritó a la nada – Bien, en marcha – pero al llevarse ka mano a la cintura en busca de sus preciadas katanas, no encontró más que un extraño vacío - ¡¿Huh!? ¡Maldito imbécil cara diana! ¡Como les pase algo, juro que lo mataré!
Comenzó a abrirse camino entre las frondosas plantas, apartando éstas con los brazos, mientras el ruido de su rechinar de dientes hacía eco en la inmensidad verde.
¡Le estaba haciendo un favor!¡VALE, quizás chincharle no fue una buena idea, pero y ¡¿qué?! ¡Eso no es excusa para darle una patada a otra persona! Y menos, tan fuerte... ¡Tsk.. Kuso! - Se frotó una nalga – En todo el culo... ya me vengaré, ya... ya verás...
Cogió un palo, le serviría de bastón. Además parecía rígido y resistente. Con él, hizo una marca en el árbol más cercano. Me aseguraré de no pasar por el mismo sitio dos veces.
Continuó andando largo rato, y a pesar de que la sombra que daba la espesura de dicha selva refrescaba, en comparación con estar al sol en la playa, la humedad era totalmente sofocante y le hacía sudar. Notaba la piel tirante y pegajosa. El sudor cayendo por su frente. Decidió colocarse la bandana en la frente, con el fin de recoger el sudor y que no se le metiera en los ojos. Conforme las horas pasaban, notaba como el calor comenzaba a calar entre los árboles, y la sombra era inútil; aunque, incluso así, era preferible a un sol abrasador sobre sus hombros.
- No... - susurró – no puede ser... - su frente comenzaba a hincharse de nuevo. Su mirada había ido a parar a un árbol con una curiosa marca hecha sobre él - ¡NO ES POSIBLE! ¡AAAARRRGHGHHHH! - gritó de rabia - ¡Llevo horas dando vueltas en círculos! ¡Qué cojones! ¡Esta isla está maldita! - Agotado por el calor y la rabia (y el ridículo), se sentó sobre una roca y colocó la cabeza entre las rodillas, para ponerse a pensar. Necesitaba meditación, sólo así encontraría el camino de vuelta (probablemente ni con esas). Poco a poco, sus sentidos fueron agudizándose. Ya no sentía la humedad sobre su bronceada piel, ni el calor en su frente. Sus ojos cerrados y la sombra que proyectaba en ellos la bandana, ayudaban a sumirlo en un profundo estado de meditación y relax. Los sonidos y olores se hacían más nítidos cada vez.
Huele... huele a quemado... ¿será el tabaco del cocinero?Por algo se empiez... - Pero antes de que pudiera acabar su frase mental, un sonido entró en su campo de meditación. El crujir de una rama. Notó su energía. El cuerpo que le observaba, al cual aún no había mirado, desprendía la energía que un cazador desprende hacia su presa; exactamente la misma que él tiene durante el combate.
Zoro abrió los ojos de par en par, y dio un salto en dirección opuesta a la que se encontraba su atacante. Al mismo tiempo, llevó sus manos a la cintura en busca de sus armas, pero el pánico lo invadió momentáneamente en el momento en que se dio cuenta de que no las tenía. Todo ésto en una décima de segundo.
Su siguiente movimiento fue el de girarse a mirarlo.
- ¿¡ NAAANIIII?! - gritó retrocediendo aún más. Un tigre de unos 10 metros de largo y 4 de alto, se encontraba a escasos 11 metros de él. El pánico, sorpresa se desvanecieron, dando lugar a una cara simple y distraída – Mmm... vale, honestamente... estoy jodido.
Agarró fuertemente su palo, y corrió hacia la bestia, que comenzó a correr hacia él. El encuentro y choque era inminente, y aunque Zoro era muy fuerte, no había que ser un genio para darse cuenta de que si el tigre lo atrapaba entre sus fauces, no tendría nada con qué defenderse de sus enormes dientes. Pero claro, es Zoro, actúa por instinto, como el capitán, y por tanto, no pensó en ello; aunque, a decir verdad, nadie tiene la rapidez mental para tomar decisiones sabias en una situación como esa.
Finalmente, el encuentro se produjo. Zoro optó por agacharse y deslizarse bajo el tigre. Su plan era, nada más y nada menos, golpear al felino en los testículos. Un tigre de ese tamaño tendría más resistencia muscular que uno de tamaño normal, así que, golpearlo en una zona musculada como la espalda, no tenía sentido; además de que se exponía demasiado y era fácilmente devorable de ese modo.
Golpeó lo más fuerte que pudo al llegar al punto en cuestión, y salió por el otro lado del tigre. Había utilizado la resbaladiza y húmeda mezcla de hierbas y barro para deslizarse bajo él, como si de una cinta transportadora se tratase. El tigre cayó al suelo, aunque solo momentáneamente.
El espadachín se puso en pie con aire socarrón, aunque algo apenado - Lo siento, amigo, sé lo que duele eso... Pero, ahora debo matarte, porque sino me matarás tú, y no entra en mis ambiciosos planes – caminó hacia el tigre, agarrando con fuerza su recién adquirido bastón, para asestar el golpe final.Y vio como éste, se levantaba tan campante y se daba la vuelta para enfrentarle.
Vale, eso no me lo esperaba – Había dado por supuesto que el tigre era macho, pero era una hembra. - Como dije antes... estoy jodido.
Corrió en dirección contraria a la presa, y ésta le siguió. ¡Maldito bastón!¡No sirves para nada!¡Maldito cocinero, me cago en tus cejas, todo es culpa tuya!
El animal empezaba a alcanzarle, y Zoro realmente empezaba a temer por su vida. Ya no sabía hacia qué lado tirar. Era evidente que el animal se conocía la selva mejor que él, y, para rematar, él tenía tendencia a perderse.
Cuando el felino estaba a escasos dos metros de abalanzarse sobre él, una rápida figura saltó sobre Zoro, y lo siguiente que oyó fue un sonido metálico.
Corrió unos metros más hasta que se dio cuenta de que el tigre ya no le seguía. Entonces, exhausto, se dejó caer sobre el suelo, boca abajo. Esperó unos instantes, hasta que notó una presencia sobre él (no literalmente).
- Dime.. que eres tú... - susurró entre jadeos el peliverde.
- Por suerte para tí, sí – respondió una voz socarrona a su espalda.
Zoro sonrió, y giró la cara dejándola de perfil, pero no se movió - ¿lo has matado?
- Sí – respondió el rubio sentándose a su lado.
- ¿Con qué...? - pero antes de que terminara la frase, Sanji colocó las tres katanas a su lado, una de ellas estaba manchada de sangre.
- Más te vale... que estén en... perfectas condiciones...
- Están como las dejaste, idiota... bueno, ésta tiene un poco de sangre, pero eso entra en su repertorio habitual.
Zoro descansaba para recuperar el aliento lo antes posible.
- ¿Sabes...? Estoy pensando en que tú podrías vivir aquí sin problema...
- ¿Y eso? - respondió el peliverde. Algo en el tono de Sanji le hacía pensar que iba a haber pique inminente...
- Todo ésto es verde... te camuflarías muy bien... - respondió el cocinero mientras daba pequeños golpecitos con el pie en el costado de Zoro – Si no fuera por los grititos de nena que dabas corriendo por aquí cual pastorcilla, jamás te hubiera encontrado.
Lo sabía... Dame paciencia... respiiiiiiira... - ¿Te diviertes? - preguntó éste, ésta vez mirándole.
- No lo suficiente – respondió el otro con una amplia sonrisa – debí dejar que te matara, por imbécil cabeza de alga.
- Y eso lo dice el que dijo que "nada de mar-" - pero no pudo terminar la frase, ya que Sanji le había vuelto a dar una patada y lo había lanzado en línea horizontal 7 metros más lejos.
Para cuando Zoro se hubo levantado para contraatacar, el semblante del rubio había cambiado. Un aura oscura lo rodeaba.
- No volveremos a hablar de ello. Jamás. Eso no pasó. Nunca. ¿Entendido?
Tras unos instantes en silencio, Zoro asintió. Volvió a donde se encontraba antes, y recogió sus armas.
- ¿Qué es eso? - preguntó el cocinero.
- ¿El qué? - contestó el espadachín. El cocinero señalaba a su "bastón". - Ah, ¿eso? Sí, bueno... es un bastón, o un palo... yo qué se, lo encontré y trataba de usarlo como arma.
- Los palos se rompen – respondió Sanji.
- Ese no se rompió, parecía resistente, aunque no se si tanto como los bambúes de la cabaña...
El rubio dejó salir una suave risilla nerviosa – Sí... la cabaña... haha... esto... luego te cuento una cosilla sobre ella... - murmuró mirando hacia otro lado mientras se frotaba la nuca.
Zoro parecía confundido.
- Bueno, me lo quedaré yo – respondió Sanji mientras lo cogía del suelo, cambiando de tema. Ante ésto, el peliverde simplemente asintió.
Comenzaron a andar, y Sanji iba delante, claramente, por temor a perderse aún más - Por cierto, era una hembra – comentó el peliverde.
- ¿Quién, el tigre?
- Ajá.
- ¿y?
- No sé, ¿no te vas a poner a llorar o a pedirla perdón?
- ¿huh?
- Siempre estás bailoteando alrededor de las mujeres... pensé que...
- ¡ES UN TIGRE, NO UNA MUJER! ¡NO SOY ZOOFÍLICO!
- Eh, eh, tranquilo... - respondió el espadachín intentando calmar al rubio; pero no pudo evitar picarle - ...aquí cada cual a su afición – terminó diciendo con una pequeña y pícara sonrisa.
- ¡QUÉ NO ME VAN ESAS COSAS RARAS! - Sanji le dio una patada, pero ésta vez Zoro la paró con sus katanas - Así sí – pensó Zoro sonriendo por dentro.
Un par de horas después, ya habían llegado a la playa. Estaba atardeciendo, y los ardientes rayos anaranjados del sol reflejaban su brillante color sobre las pequeñas olas que rompían en la arena. Sanji se tiró a la arena y comenzó a rodar en cuanto vio la playa. Se alegraba tanto de haber salido de aquella espesa y húmeda selva... Rodaba por la arena que ya apenas conservaba calor del día y comenzaba a estar fría, al igual que el agua de mar que estaba impregnada en ella.
Zoro se limitaba a mirarle, sin decir nada, pero con una sonrisa interior. Al menos, la tenía hasta que vio la cabaña... o lo que quedaba de ella.
- ¿¡QUÉ DEMONIOS HAS HECHO!? - gritó Zoro.
- ¿Huh? - respondió Sanji sin saber a qué se refería. Pero no tardó mucho en darse cuenta. Tragó saliva – ¡No fui yo! ¡Me dormí en la orilla prácticamente! ¡No me moví de donde estábamos! Cuando he despertado estaba así, supongo que la hoguera se extendió... - respondió con cierto tono preocupado al final, cosa que el peliverde notó.
- Bueno... no importa. ¿Quedan más bambúes?
- Nop... - respondió el cocinero con aire infantil, haciendo énfasis en la "p".
- Tsk... bueno, pues dormiremos en la arena. Busca hojas de palmera o algo así.
- No me des órdenes, cabeza de alga... - murmuró entre dientes. Pero hizo caso, y Zoro fingió no haberlo oído.
Una vez encontradas las hojas de palmera con las que cubrirse, se dirigieron a la orilla, en la zona rocosa.
Sanji se sentó en una roca y comenzó a tallar el bastón, con una piedra, para darle una forma afilada y usarlo como lanza. Y Zoro usó sus katanas para ponerse a pescar. Se limitaba a observar a los peces entre las rocas, y cuando era el momento justo, clavaba su espada en el agua, atravesando a uno, o dos a la vez, según la eficacia y la puntería. Cena fresca, eso era lo que necesitaban.
El rubio intentaba no mirar el cuerpo semi-desnudo de su compañero. Su tersa y bronceada piel. Sus músculos... por los cuales las gotas de agua y sudor resbalaban... Se moría por lamerle de arriba a abajo...
Uf... es un gilipollas... pero el traje de saliva no se lo quita nadie... - pensaba el rubio.
- ¡Eh, cook! - le llamó el otro, sacándole de sus pensamientos obscenos.
- ¿Qué?
- Los restos de la cabaña siguen ardiendo, quizás vean el humo desde el barco – respondió con una sonrisa.
- Quizás... - susurró Sanji que volvía a tallar su palo nuevo.
Tras la cena, Zoro decidió ir a dar un paseo por la playa, prometiendo no adentrarse en la selva para no perderse. Mientras tanto, Sanji se quedó sentado en la arena, sobre lo que sería su cama más tarde, y siguió tallando el bastón. Poco a poco, e inconscientemente, lo que al principio iba a ser un pincho, fue redondeándose... y acabó teniendo forma de falo. Oh... mierda... soy un salido... Pero... no lo voy a tirar... sólo... por si acaso... ¿Por si acaso qué? ¡Cállate estúpido cerebro, nadie te ha dado vela en este entierro! Vale, ya me voy... Tsk...
Por el rabillo del ojo, vio acercarse a Zoro a lo lejos, y se escondió el objeto entre sus ropas.
Se fueron a dormir sin intercambiar palabra. Zoro en su colchón de hojas, y Sanji en el suyo.
Zoro estaba a punto de quedarse dormido cuando empezó a oir el castañetear de unos dientes, y no puedo evitar una risa interior.
- ¿Frío, eh?
- Cállate – respondió el rubio que le daba la espalda.
- ¿Quieres mi camiseta? - contestó amablemente.
- No quiero nada de tí – no quería ningún tipo de contacto físico con él. Bueno, en realidad sí que lo quería, pero ya sabéis... el orgullo...
- Como quieras – respondió el peliverde, y volvió a su posición inicial, ambos dándose la espalda, uno mirando para cada lado de la playa.
Al cabo de 5 minutos, el castañetear de dientes volvió a hacer acto de presencia, pero Zoro sabía que Sanji era orgulloso y no reconocería que quería su ayuda, así que hizo lo único que se le ocurrió. Se quitó la camiseta y se la echó por encima al rubio antes de que este pudiera darse cuenta de lo que estaba haciendo.
- ¡¿Qué haces?! ¡Te he dicho que no necesito tu ayuda! - respondió sonrojado y sin girarse.
- Tsk, cállate ya y duérmete – respondió Zoro de igual modo.
Sanji resopló con resignación y se acurrucó, sumergiendo la nariz en la camiseta de Zoro, que olía a él. Era tan agradable y cálida, que no pudo evitar soltar un ligero suspiro. Pero lo disimuló con una tos fingida. Pero Zoro ya estaba dormido.
Una hora después aproximadamente, Zoro volvió a despertarse. Ese incesante castañeteo de nuevo. ¡Será imbécil!¡Maldito sea su orgullo, se va a poner enfermo!¡¿Por qué no puede simplemente usar mi camiseta y ya?! Pero cuando se giró hacia él, se dio cuenta de que la llevaba puesta y aún así estaba tiritando. Este hombre no tiene sangre en las venas... Se inclinó sobre él para verlo mejor, y observó que tenía los labios morados. A riesgo de morir, o de ser catapultado de nuevo hacia la otra punta de la isla, arrastró su colchón improvisado juntos al del rubio y se colocó a su lado, espalda contra espalda, dándole su calor corporal. Sanji se despertó ante tan cálido contacto.
- ¿¡QUÉ COJONES CREES QUE HACES!? ¡TE DIJE QUE ESTE TEMA ESTABA ZANJAD-
- ¡Oye! ¡Ya lo sé! ¡Espalda contra espalda, joder! ¡Si no, mañana habrás muerto de frío!
Sanji dudó – Pero nada de mariconadas, ¿entendido?
Zoro asintió en silencio.
- Además, no es que yo sea débil – ante esto Zoro negó exageradamente burlándose de él y de su actitud con su expresión facial - ¡Es que tú es que eres una puta estufa! - y con el ceño fruncido se colocó espalda contra espalda con el espadachín.
- Si quieres me enchufo a ti con mi cable... estaría aún más caliente... - murmuró Zoro riéndose.
- ¡TE MATO! - Sanji se incorporó de los nervios, y pensaba matarlo, pero verle riéndose así le hizo bajar las defensas. Soltó un largo suspiro que le calmó, y se volvió a recostar con una pequeña sonrisa en la cara.
- Esa era buena... y lo sabes – dijo Zoro en voz baja.
- Lo era... si no fuera una ordinariez, la usaría con mi próxima conquista – respondió el cocinero con una voz que implicaba una sonrisa de por medio.
Zoro sonrió para sí – Buenas noches, rubia.
Sanji notó como la vena de su frente se hinchaba – Buenas noches, musgo.
